¿Vale la Pena Pelear por la Verdad?

¿Vale la pena Pelear por la Verdad?

 

Ninguna idea es más políticamente incorrecta entre el nuevo estilo de evangélicos de hoy en día, que la vieja idea fundamentalista de que vale la pena luchar por la verdad – incluyendo las proposiciones esenciales de la doctrina cristiana. De hecho, muchos creen que las discusiones por creencias religiosas son las más inútiles y arrogantes de todos los conflictos. Eso puede ser cierto – y lo es en los casos en los que las opiniones humanas son lo único que está en juego. Pero donde la Palabra de Dios habla con claridad, tenemos la obligación de obedecer, defender y proclamar la verdad que Él nos ha dado, y deberíamos hacerlo con una autoridad que refleje nuestra convicción de que Dios ha hablado con claridad e irrevocablemente. Esto es particularmente crucial en los contextos en donde las doctrinas cardinales del cristianismo bíblico están siendo atacadas.

Por cierto, las verdades centrales de la Escritura siempre son atacadas. La Escritura misma enseña claramente que el campo de batalla donde Satanás pelea su lucha cósmica contra Dios es ideológico. En otras palabras, la guerra en la que cada cristiano está involucrado, es ante todo un conflicto entre la verdad y el error, no meramente una competición entre obras buenas y malas. El principal objetivo de la estrategia de Satanás es confundir, negar y corromper la verdad con tanta falacia como sea posible, y eso significa que la batalla por la verdad es muy seria. Ser capaz de distinguir entre doctrina sana y el error, debería ser una de las mayores prioridades de todo cristiano – al igual que defender la verdad contra las falsas enseñanzas.Adopte esa postura en la actualidad, y será regañado por una disonancia de voces que le dirán que es inapropiado y que tiene que callarse. La metáfora de la “guerra” sencillamente no funciona en una cultura posmoderna, insisten ellos. Las epistemologías posmodernas comienzan y terminan con la presunción de que cualquier pregunta acerca de lo que es verdadero o falso es meramente académica. Nuestras diferencias son, en última instancia, triviales.

Únicamente el tono de nuestra conversación no es trivial. Todo indicio de militancia es considerado inapropiado en estos tiempos complicados.Declararse a favor de la verdad era también impopular en el primer siglo. Pero eso no detuvo a los apóstoles para confrontar de frente los errores.

Pablo fue, sin duda, justo con sus oponentes, en el sentido que él nunca tergiversó lo que ellos enseñaban ni dijo mentiras acerca de ellos. Pero Pablo reconocía sus errores claramente, tal y como eran y los catalogaba adecuadamente. Él hablaba la verdad. Con su estilo de enseñanza diario, Pablo hablaba la verdad amablemente y con la paciencia de un tierno padre. Pero cuando las circunstancias justificaban un tipo de franqueza más fuerte, Pablo podía hablar muy directamente, a veces hasta con un duro sarcasmo (1 Corintios 4:8-10). Como Elías (1 Reyes 18:27), Juan el Bautista (Mateo 3:7-10) y el Señor Jesús (Mateo 23:24), él también podía emplear la burla de manera efectiva y apropiada, para resaltar lo ridículo del grave error (Gálatas 5:12). Tal como Moisés y Nehemías, él desafiaba lo que la gente consideraba como sagrado. Pablo no parecía sufrir la misma angustia excesivamente escrupulosa que causa que muchas personas hoy en día encubran todo error tanto como el lenguaje lo permita; que otorguen el beneficio de la duda al más flagrante de los falsos maestros; y que imputen las mejores intenciones posibles hasta al hereje más manifiesto. La idea de amabilidad del apóstol no era el tipo de falsa benevolencia y educación artificial que la gente hoy en día piensa es la verdadera esencia de la caridad. Ni siquiera una vez le vemos invitando a dialogar a falsos maestros o aficionados casuales equivocados en religión, ni tampoco que aprobara esa estrategia aun cuando alguien de la estatura de Pedro sucumbió al temor de lo que otros pudieran pensar y mostró una deferencia indebida a falsos maestros (Gálatas 2:11-14).Pablo comprendió que vale la pena pelear por la verdad. Él se alzó en defensa de la verdad, aun cuando no era popular hacerlo.

Extraído del libro El Jesús Que No Puedes Ignorar de John MacArthur


¿Maldiciones Generacionales?

¿Maldiciones Generacionales?

Por  apologista Pablo Santomauro.

Poco a poco en el campo evangélico nos vamos acostumbrando a definir cosas inexistentes. ¿Cómo definir algo que no existe? De acuerdo a cómo lo han imaginado aquellos que dicen que sí existe. He aquí una definición básica: Una Maldición Generacional (ancestral o hereditaria) es un daño o perjuicio proferido sobre un individuo una o más generaciones atrás y cuyo efecto es transmitido a sus descendientes a través del tiempo.

Se supone que el individuo que está bajo una Maldición Generacional ha nacido ya destinado a cometer ciertos pecados, o es propenso a sufrir ciertos males o desgracias, y es dominado por un poder que ningún humano puede controlar. Es por ello que se necesita un poder mayor, el de Dios, para romper o cancelar la maldición.

Cosas como la pobreza, enfermedades, problemas de carácter y temperamento, infidelidad, inconstancia, pereza, alcoholismo, drogas, adicción sexual, depresión, negativismo, esterilidad, inestabilidad mental, obesidad, etc., de acuerdo con esta teología, son pasados de generación a generación en una familia. Los predicadores que trafican con las maldiciones generacionales, por lo general están involucrados en la moderna guerra espiritual con la que embaucan a muchos cristianos sin preparación bíblica. Ellos prometen liberarlo de demonios y romper o cancelar estas maldiciones supuestamente proferidas sobre sus antepasados y que han sido transmitidas a través de su árbol genealógico.

Estilos de vida perpetuados

Cierta autora que promueve esta extraña teología, lista una serie de declaraciones supuestamente formuladas por gente que está o ha estado bajo el efecto de una maldición:

• Todos en mi familia han muerto a los 39 años. • Mis cuatro hermanas se han divorciado. • Mi madre fue infiel y a pesar de aborrecer esa actitud, tengo una relación con un hombre casado.

• Mis hermanos y hermanas “han tenido que casarse”.

• Cada varón en mi familia ha sido alcohólico y mi hijo adolescente está bebiendo mucho.

• No veo progreso en mi vida espiritual.

•He sido despedido de cada empleo, o las compañías donde he trabajado han quebrado.

• No puedo disfrutar la vida, porque siento que pronto sucederá una desgracia y así ocurre. [1]

La autora finaliza diciendo: “Para entender las maldiciones debemos darnos cuenta que estamos lidiando con fuerzas poderosas que no podemos ver y que nuestros sentidos no pueden entender.”

En otras palabras, sin detenerse a pensar ni por un momento de que los males descritos pueden ser patrones de conducta adquiridos, un efecto “natural” de la Caída de la raza humana, una manifestación de la naturaleza pecaminosa del ser humano en general, hábitos de un pésimo trabajador en particular, o consecuencia de la crisis económica que predomina en el mundo, la autora del artículo determina automáticamente que las personas afectadas por estas cosas no son responsables de sus situaciones en absoluto, sino que son víctimas de una maldición que los alcanza desde el pasado en su línea generacional.

Influencia Parental, no “Maldición Generacional”

No cabe duda que por regla general el carácter de los padres , así como la influencia que ellos ejercen sobre los hijos, juega un papel primordial en la personalidad y la conducta de los hijos y sucesivos descendientes. En muchas familias podemos encontrar que el alcoholismo, por ejemplo, afecta a las diferentes generaciones, que en cierta forma sólo están imitando la conducta y los pecados de sus antecesores. Un padre borracho y jugador condena a su familia a la pobreza y una vida miserable desde todo punto de vista. Si los hijos imitan al padre, y los nietos al hijo, es claro que la pobreza y la desgracia se perpetuarán en la familia. Pero no se deben confundir los malos hábitos adquiridos por el ejemplo de los padres con una maldición que fue proferida por alguien y que debe ser rota por medio de una invocación especial pronunciada por un predicador especial.

¿Quién profiere la maldición?

Ante esta pregunta, los promotores de la doctrina de las Maldiciones Ancestrales tienen para contestar sólo tres opciones:

1) Un humano. El ejemplo más claro de un humano profiriendo una maldición es el de Noé maldiciendo y profetizando sobre Canaán (Gén. 9:25) y sus descendientes. En este caso, la maldición es enunciada por un profeta de Dios (pregonero de justicia) hablando directamente bajo la guía y la autoridad de Dios, lo que equivale a decir que fue Dios el que pronunció la profecía. Los descendientes de Canaán fueron los habitantes de la tierra del mismo nombre, la que finalmente fue conquistada por los israelíes quienes en el proceso eliminaron, redujeron y asimilaron, dependiendo del caso, a los canaanitas. La evidencia muestra que estas tribus fueron castigadas por su propio pecado, no el de su patriarca histórico. Algunos comentaristas de renombre destacan que el texto para nada implica que la maldición fue más allá de Canaán.

2) La segunda opción es que la maldición es proferida por Satanás mismo. El problema con esto es que cuando revisamos la Biblia, que debe ser nuestra guía en materia de fe y práctica, en ningún lugar vemos a Satanás o a sus demonios proferir maldiciones sobre las personas. Uno busca en vano para encontrar en la Escritura alguna instancia en donde el diablo y sus huestes tengan poder para traer males proferidos a manera de maldición sobre las personas y su descendencia.

3) La tercera opción es Dios. En realidad, en la Biblia vemos que sólo Dios tiene el derecho y el poder de invocar una maldición (Deut. 28:15-68), aunque en ciertas ocasiones concede a los humanos el derecho de pronunciarla, pero siempre con su aval (Gén: 27:29). Si bien cualquiera puede proferir una maldición con sus labios, de ahí a que se cumplan hay un largo trecho. El Proverbio 26:2 establece que una maldición dañina dirigida hacia una víctima inocente es totalmente inefectiva. El único que maldice de verdad, vale la pena repetirlo, es Dios. La maldición de Dios, aunque el término suene feo por la fuerza de la costumbre, es una revelación de Su justicia que afirma Su derecho a exigir completa obediencia de los humanos.

Una vez confrontados con las opciones, los proponentes de las maldiciones ancestrales no tienen más remedio que aceptar que el único ser de quien vienen las maldiciones es Dios, pero para justificar su metodología agregan, sin ninguna base bíblica, que son Satanás y los demonios los que se encargan de que la maldición perdure. En otras palabras, si me permiten el sarcasmo, Dios necesita la ayuda de los ángeles caídos para perpetuar la maldición.

La pregunta de rigor es, si Dios emplaza una maldición, ¿puede un humano cancelarla, sea cual fuere la fórmula que use para hacerlo?

Un concepto erróneo de maldición

El concepto de maldición que estos predicadores manejan está relacionado con los poderes mágicos ocúlticos y la superstición pagana, equivalente a un hechizo o un encantamiento que llevado al ridículo es similar al embrujamiento que convirtió al hermoso príncipe en un sapo. Este tipo de absurdidades no existe. La gente involucrada en la brujería, la santería o el vudú manejan estos conceptos mientras clavan agujas en un muñeco, le suenan la maraca al enfermo o bailan alrededor del “cliente” sacudiendo la pobre gallina.

Veamos cómo se define “maldición” en las propias palabras de aquellos que enseñan el concepto de Maldiciones Generacionales:

“¿Qué es una maldición? Es aborrecer, detestar, execrar, vituperar, condenar a una persona o cosa. Es atar a alguien con palabras o blasfemias. Una maldición es una fuerza demoníaca puesta sobre una persona o una familia a través de: palabras, o por voluntad y acción de alguien. Las acciones pueden incluir a los propios padres involucrados en actividades de ocultismo.” [2]

Ignacio García comenta refutando esta definición:

“La primera parte (hasta antes del primer punto y seguido) es correcta, porque está copiada de un diccionario bíblico; el resto ya es de su propia cosecha. Agregarle incoherencias de su peculio a la definición, provoca que los MG (proponentes de las Maldiciones Generacionales) tengan dificultad para saber de dónde proviene la maldición. Porque por un lado apoyan su doctrina con Exodo 20:5, “…Yo visito la iniquidad de los padres a los hijos…”, en donde es Dios quien habla, pero luego invierten todo y dicen (como en el párrafo de arriba) que ¡”la maldición es una fuerza demoníaca”! O sea: Dios maldice pero el diablo le gana a maldecir.” [3]

El significado bíblico de “maldición”

Ya dijimos que el único que realmente se reserva el derecho y poder de maldecir es Dios. Pero una maldición de parte de Dios es totalmente diferente al concepto pagano-ocúltico de la palabra. El primer uso de la palabra hebrea ârarocurre en Génesis 3:17 (maldita será la tierra). Es un pronunciamiento de juicio sobre aquellos que quebrantaron un pacto. Maldición, en el contexto bíblico, es una expresión de la justicia de Dios que se aplica sobre alguien o algo como consecuencia de una decisión personal e intencional de desobediencia contra Dios, y que el hombre toma haciendo uso de su libre albedrío. Dios, entonces, pone distancia entre El y el pecado.

Ejemplo: En Deuteronomio 28, Dios establece las increíbles bendiciones que vendrán sobre el pueblo de Israel como resultado de la obediencia a los mandamientos de Dios (Deut. 28:1-14), y luego como contraposición expresa lo que ocurrirá como consecuencia de desobedecer voluntariamente esos mandamientos (Deut. 28:15-68), lo que es equivalente a “haber dejado a Jehová” (v. 20). Como vemos, una maldición de Jehová siempre conlleva el deseo de que el bien sea derramado sobre los que lo aman y le obedecen. No tiene el propósito primario de hacer el mal. Aún más, las maldiciones de Dios no excluyen la posibilidad de arrepentimiento por parte de la persona, sino por el contrario, son enunciadas con el fin de que evitemos pecar contra Dios.

¿Pasan las maldiciones de Dios a los descendientes?

Las maldiciones pronunciadas por Dios son directamente dirigidas a individuos o naciones por pecados específicos, jamás son dirigidas a los descendientes de una persona. El capítulo 18 del libro de Ezequiel es categórico respecto a la errónea idea de que los hijos pagan por los pecados de los padres. Los judíos sufrían del mismo error que los promotores de la doctrina de la Maldición Generacional. Dios les dice en Ezequiel 18 que ya dejen de creer en eso: “… el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo …” (ver también Jer. 31:29-30).

En realidad, parece increíble que Dios tenga que repetir un concepto que ya había impartido al pueblo judío siglos antes: “Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos morirán por sus padres; cada uno morirá por su pecado” (Deut. 24:16).

En el capítulo 9 del Evangelio de Juan encontramos algo relacionado con el concepto que venimos tratando: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres; sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9: 1-3). Los discípulos de Jesús aun seguían aferrados al mismo error que los judíos en los tiempos de Ezequiel. Si en realidad los hijos pagaran por los pecados de los padres, ésta hubiera sido la perfecta oportunidad para que Jesús corroborara o expandiera sobre la doctrina. Sin embargo, su respuesta fue directa y fulminante. Prácticamente les dijo que se bajaran del caballo de tal absurdidad.

¿Apoyo escritural para la doctrina?

Por supuesto que los maestros de la Maldición Ancestral citan pasajes bíblicos para apoyar la enseñanza. El favorito es el siguiente:

“…que visito [Dios] la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.” (Éxodo 20:5).

Este parece ser para ellos el pasaje que definitivamente establece que Dios castiga a los descendientes de los pecadores. El problema es que:

1) La palabra “castigo” no aparece por ningún lado, ni aun en las repeticiones del pasaje (Ex. 34:7; Núm. 14:18; Deut. 5:9).

2) El pasaje usa la palabra “”visitar.” En hebreo es “paqad”; significa “visitar, inspeccionar, interesarse en.” Los rabinos judíos la traducen “… yo soy Jehová tu Dios … que reviso la iniquidad de los padres sobre los hijos …”

3) Los expertos que produjeron la versión Septuaginta del Antiguo Testamento del hebreo al griego usaron la palabra griega “episkeptomai”, que significa “observar, supervisar, cuidar, examinar de cerca.”

4) El pasaje se cita en forma parcial. El contexto es la prohibición de la idolatría por parte de Dios. La inferencia clara es que Dios visitará a las sucesivas generaciones de aquellos que cayeron en el pecado de idolatría para ver si continúan en los mismos pasos de sus ancestros. Esto es confirmado por la cualificación, “de los que me aborrecen.” En muchos casos, los hijos y descendientes inmediatos continúan en rebeldía contra Dios. La advertencia no está dirigida a aquellos que andan en los caminos del Señor.

5) La palabra “maldición” tampoco aparece en ningún lado, ni aun en las repeticiones. Ellos quisieran ver la palabra “maldición” en lugar de “maldad”, pero ni el lenguaje ni el contexto les permite forzar el concepto dentro del pasaje. La palabra de Exodo 20:25 es ‘âwon (generalmente traducida al español como iniquidad, maldad, culpa o pecado), mientras que maldición es ârar, como ya hemos visto.

Como vemos, tanto el castigo como la maldición sobre las generaciones venideras está ausente del pasaje. Otro error de los maestros de la maldición hereditaria es ignorar totalmente el resto del pasaje, donde se enfatiza la misericordia de Dios sobre los que le aman y guardan sus mandamientos. Esto, automáticamente cancela cualquier pretensión de que un cristiano esté marcado por una maldición ancestral y deba ser liberado de ella.

Estimado lector, no se deje embaucar por aquellos que le inculcan ideas de que usted ha sido afectado por una “maldición ancestral, hereditaria o generacional”, “línea sanguínea familiar”, “iniquidad familiar”, “líneas de iniquidad”, o cualquiera sea el mote que le apliquen a esta horrenda doctrina pergeniada por humanos, no por Dios. Usted, como cristiano, debe afirmarse en la verdad de que Cristo perdonó las iniquidades de muchos con su sacrificio en la cruz (Isa. 53:11).

¿Por qué esta doctrina es tan popular?

En primer lugar, digamos que aquellos que se convierten a Cristo en esta generación presente, traen consigo un pesado bagaje que la Nueva Era impuso casi inconscientemente sobre ellos. Si bien la Nueva Era como movimiento se diluyó a partir del decenio de los noventas, sus enseñanzas han permanecido y aun influencian a la gente por diferentes medios, televisión, películas, revistas, libros, música, educación pública, prácticas de la salud holísticas, etc.

Muchos libros de texto en las escuelas y aun universidades contienen referencias a prácticas ocúlticas que despiertan la curiosidad de los estudiantes. El paganismo resucitó de las cenizas en los ochentas para quedarse. Los temas de la dimensión oculta como la brujería y la magia donde se pueden manejar ciertas circunstancias y ciertos espíritus para crear una realidad propia y traer o detener el mal con poderes sobrenaturales obtenidos con fórmulas mágicas, hechizos, encantamientos, etc., son aceptados por la juventud como una realidad. Es fácil ver como una doctrina que apoya la existencia de tales invocaciones maléficas como las Maldiciones Generacionales, pueda ser creída por gente moderna. Copulado esto con la ignorancia bíblica que campea en ciertos círculos evangélicos, es natural que estos maestros cuenten con la credibilidad de los cristianos no discipulados propiamente.

¡Qué pena que no se les inculquen las verdades de la Palabra de Dios! ¿No es el cristiano una nueva criatura en Cristo y las cosas viejas pasaron (2 Cor. 5:17)? ¿No hemos sido librados de la potestad de las tinieblas y trasladados al reino de Jesucristo (Col. 1:13)? ¿Acaso no dice la Escritura que a los cristianos el maligno [el diablo] no nos toca (1 Jn. 5:18)? ¿Puede el diablo y sus huestes ejercer mayor influencia en un cristiano que la presencia del Espíritu Santo que mora dentro de él? ¡De ninguna manera! Mayor es el que está en nosotros [Dios Espíritu Santo] que el que está en el mundo [Satanás] (1 Jn. 4:4).

¿Puede el cristiano estar poseído por un demonio? ¡No! Las tinieblas no tienen comunión con la luz (2 Cor. 6:14). Los cristianos somos el templo del Dios viviente (2 Cor. 6:16). Esta es una referencia a la presencia del Espíritu Santo en nuestros cuerpos. El Espíritu Santo no se corre hacia un lado para hacerle lugar a un demonio. Walter Martin, el recordado apologista, lo ponía de esta forma: “Cuando el demonio golpea a la puerta del corazón del cristiano, el Espíritu Santo abre la puerta y le dice, ‘Mándate mudar’.” A mí me agrada más la expresión “Vete al diablo.” Claro, sólo para esta ocasión, no como parte de mi lenguaje habitual.

Otra razón para la popularidad de la doctrina de las maldiciones generacionales es que la mayoría de la gente, siguiendo la corriente de la psicología moderna, se rehusa a aceptar responsabilidad por sus propias faltas y pecados. Los cristianos, en muchos casos, nos negamos a aceptar la verdad bíblica de que somos tentados de nuestra propia concupiscencia y ni aun el diablo puede obligarnos a pecar (Stg. 1:14). Hoy la iglesia, en gran parte, colabora en el plan de victimización de la sociedad moderna. Todo el mundo es una víctima, ya sea de las circunstancias, de nuestros padres, del ambiente, de la herencia genética, de la sociedad, etc., y si bien en algunos casos puede haber una medida de verdad en esto, la tendencia general es a pensar que nadie es responsable por su propia conducta. Esto no es verdad, de lo contrario la Escritura nos ha mentido en un sin número de pasajes que nos exhortan a una conducta santa, y que vamos a dar cuenta ante el Tribunal de Cristo. Dios no cree en el dicho “El Diablo me hizo hacerlo.”

La motivación detrás de la teología

Al considerar que esta doctrina de las Maldiciones Generacionales surgió por primera vez en el decenio de los ochentas, luego de miles de años en que supuestamente los hombres y mujeres de Dios estuvieron en tinieblas con respecto a estas cosas, corresponde analizar las causas por las cuales ciertos predicadores la iniciaron y propagaron.

Este invento de los círculos carismáticos, neopentecostales, movimientos de renovación y de la confesión positiva, cumple una función muy importante. Antes, cuando oraban por la sanidad o la prosperidad económica de una persona y el individuo no sanaba o no mejoraba su condición financiera, le echaban la culpa a la poca fe de la persona o argumentaban que la persona estaba en pecado. Ahora, para no hacer sentir mal a la persona, le dicen que sus problemas se deben a una maldición heredada de sus padres o sus antecesores. !Magnífico! Por lo menos de esta forma no ofenden la sensibilidad del individuo por un tiempo al menos. Cuando luego de “romper” la maldición la persona sigue con su problema, de nuevo tienen que recurrir a la excusa del pecado o de la poca fe, pero ya han logrado mantener al incauto en sus redes por un poco más de tiempo, durante el cual, con toda seguridad, lo exprimirán con los métodos de sacar dinero que emplean en sus iglesias.

La guerra espiritual y la doctrina de la prosperidad van tomadas de la mano y son usadas por los mismos falsos maestros. Además, otras fuentes de ganancias para ellos son la publicación de una lista interminable de libros en el tema y las conferencias o seminarios para romper maldiciones hereditarias, cuyo costo no baja de entre los cien y doscientos dólares por cabeza en los EEUU.

Otra ventaja económica es que los diezmos de la congregación aumentarán en forma considerable una vez que se les impresiona con el asunto de las maldiciones. La autora de un artículo sobre maldiciones generacionales cita a Malaquías 3:8-9, “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado.”

Y luego comenta: “Qué importante es enseñar a los niños desde pequeños a diezmar y a los jóvenes que trabajan apartar su diezmo para Dios, esto ayuda a romper cualquier maldición de pobreza y ser apartado el enemigo de sus vidas y tener prosperidad.” [4]

¡Vaya estratagema inteligente para colectar diezmos!

Publicado por Pastor Damián Ayala.


La causa del universo.

 

La causa del universo.

 

 

“Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y todo lo que en él hay, tú lo fundaste.”

Salmos 89:11

(Si deseas ir al indice, pica aqui)

Nota: Pueden hacer copy-paste con libertad a todo lo escrito aquí, únicamente les pido de favor que me avisen a donde lo publicaran, para saber que uso se le da. Especial interés tengo en refutaciones que se intenten hacer al argumento, para tener derecho a réplica. En sí, no necesitan mi permiso, solo les pido la cortesía de avisarme. Gracias.

Durante nuestra vida, todo el tiempo vemos cosas viniendo a la existencia. Seres humanos, animales, insectos y plantas nacen; aparatos como los celulares, computadoras, televisores, refrigeradores, climas, autos y radios son creados por el hombre o por otras maquinas que también tuvieron un inicio en su existencia. Estas experiencias nos han enseñado que las cosas que tienen un inicio en su existir, tienen una causa. De hecho, podríamos decir que todo en el universo tiene un inicio en su existencia y por lo tanto, que todo en el universo tiene una causa, pero ¿Qué tal el universo mismo? ¿Podría ser que el universo tenga una causa?

Durante muchos años, los cristianos y un gran número de teístas hemos dicho: si, el universo tiene un inicio absoluto en su existencia. Del otro lado, muchos no-creyentes, defienden a capa y espada la idea de que el universo es eterno, es decir, nunca tuvo un inicio en su existencia. La razón de esto, es que si el universo tiene un inicio absoluto en su existencia, esto nos llevaría a implicaciones metafísicas que apuntan de forma seria a la existencia de Dios. Es decir, en el inicio del universo podemos encontrar un argumento muy poderoso y persuasivo a favor de la existencia de nuestro creador.

El argumento que podemos formular a favor de la existencia de Dios, utilizando el inicio absoluto del universo como base, es el llamado argumento cosmológico Kalam, el cual es tradicional entre las 3 grandes religiones monoteístas del mundo desde tiempos antiguos. En la actualidad, el filósofo y teólogo cristiano, el Dr. William Lane Craig, ha revivido este argumento y  ofrecido una rigurosa defensa para el mismo, al punto en que, podríamos decir, no existe ninguna refutación exitosa al argumento cosmológico kalam hasta hoy en día. Este argumento, lo podemos formular de la siguiente manera:

1)      Todo aquello que tiene un inicio en su existencia tiene una causa.

2)      El universo tiene un inicio en su existencia.

3)      Por lo tanto, el universo tiene una causa.

Una vez que el argumento se ha defendido de manera exitosa, se pasan a hablar de las consecuencias lógicas de que el universo tenga una causa y así, se argumenta a favor de la existencia de Dios. Ahora, pasemos a las defensas para cada premisa:

1)      Todo aquello que tiene un inicio en su existencia tiene una causa.

Esta premisa no debería representar un problema en lo absoluto, de hecho, creo que la gran mayoría de las personas estarán de acuerdo con ella, pues parece ser muy intuitiva.

Sin embargo, demos algunas razones para justificarla.

Primero, esta premisa nos habla del principio de causalidad, el cual postula que todo efecto o suceso, tiene una causa.  Ahora, cuando aplicamos este principio a nuestra premisa, nosotros utilizamos un segundo principio que fortalece y defiende la idea de que la causalidad que se propone es cierta y este principio es: Ex nihilo nihil fit. (Nada surge de la nada)

Lo que señala este segundo principio es que de la nada no surge nada, por la sencilla razón de que la nada es inexistencia, no es algo. Es decir, el universo no puede provenir de la nada, porque la nada no es “algo” que exista y por lo tanto, no posee ningún atributo que pueda utilizar, como para traer el universo a la existencia. Decir que la premisa es falsa, es decir que las cosas pueden provenir de la inexistencia y eso no solo es peor que apelar a la magia, sino que dejaría a la ciencia, la cual se basa en la causalidad, en la total ruina.

Segundo ¿Por qué si la nada puede traer cosas a la existencia no aparecen cosas de manera espontanea en la existencia? Querer refutar esta premisa para negar que el hecho de que el universo tenga un inicio, significa que tenga una causa, nos permite preguntar ¿Por qué solo el universo? ¿Por qué esa discriminación de parte de la nada hacia el resto de las cosas? ¿Qué tiene de especial el universo para venir de la nada a la existencia? ¿Por qué no surge de la nada por ejemplo, una mamba negra en medio de mi sala? Y más aun ¿Qué razón hay para pensar que de hecho el universo vino a la existencia de la nada? ¿Hay razones suficientes para pensar y aceptar esto o es una creencia sostenida por fe o por el deseo de no aceptar este argumento que apunta a la existencia de Dios como conclusión?

Tercero, tenemos confirmación científica y común de que esta premisa es verdadera. El principio de causalidad y el principio ex nihilo nihil fit son pilares fundamentales de la ciencia.  En cada rama de la ciencia encontramos confirmación para estos principios y por tanto, evidencia de que nuestra premisa es cierta. Las cosas que tienen un inicio en su existencia, tienen una causa.

Aun así, parece haber personas que por alguna razón, intentan refutar esta premisa para poder echar abajo el argumento. Analicemos las objeciones:

1)      Nada tiene un inicio en su existencia porque todos estamos hechos de materia y la materia siempre ha existido.

Esta objeción en realidad no deberíamos tomarla enserio. Porque ¿Qué es lo que se quiere decir? ¿Qué yo existía en la época jurasica? ¿Nosotros existíamos cuando Jesucristo nació? ¿Yo existía cuando nuestra galaxia se formaba? ¿Nosotros existíamos cuando la inquisición mato a miles de personas?

La persona que presenta esta objeción, confunde el objeto con el material del que puede estar hecho un objeto. Por ejemplo, supongamos que tenemos plastilina y con ella formamos un gato. ¿Ese gato de plastilina ha existido desde antes de que lo formáramos? Por supuesto que no, ese gato es una forma nueva de la plastilina, una forma que no tenia, una forma que tiene un inicio en su existencia.

Por el otro lado, la persona que presenta esta objeción, no distingue entre una causa material y una causa eficiente. Una causa material es aquella de la que está hecha la cosa de la que hablamos. Una causa eficiente es aquella que produjo aquello de lo que hablamos. Un ejemplo podría ser una escultura. La causa material es la piedra o el bronce o el material del que se vaya a ser la estatua y la causa eficiente, es el escultor. Otro ejemplo, podría ser un cachorro de león. La causa material del cachorro de león se puede reducir a materia, pero las causas eficientes, se pueden rastrear en el león, la leona y quizá los procesos que dan lugar a la fecundación y desarrollo del futuro cachorro.

Pasemos a la siguiente objeción.

2)      La mecánica cuántica nos prueba que algunas cosas pueden venir a la existencia de la nada, por lo tanto, la primera premisa es falsa.

Esta objeción es un triste mal entendido de lo que dice la mecánica cuántica sobre algunas partículas fundamentales. En muchas ocasiones, leemos a nivel popular que la mecánica cuántica ha probado que algunas partículas aparecen en la nada y desaparecen. Esto lleva a confusiones como la presentada en esta objeción.

Cuando en mecánica cuántica se habla de “nada”, no usan el término de la forma en que lo usamos nosotros. La nada, hace referencia al vacio cuántico y el vacio cuántico, no está vacío (aunque su nombre sugiera que es así), más bien, es como un mar de energía fluctuante, con su propia estructura y gobernada por sus propias leyes físicas. Así, cuando leemos que la física cuántica probó que algunas partículas vienen de la nada y luego desaparecen, nos están queriendo decir que las partículas aparecen en este vacio cuántico lleno de energía y leyes físicas y que luego, vuelven a ese mismo vacio. La nada, que es inexistencia (no-algo) y el vacio cuántico (algo), no hacen referencia a lo mismo.

Así que esta objeción es falsa, la mecánica cuántica no ha probado que haya cosas viniendo a la existencia de la nada.

Pasemos a la defensa de la segunda premisa:

2)      El universo tiene un inicio en su existencia.

Esta es la premisa clave del argumento. Para defenderla, daremos un argumento filosófico y dos argumentos que provienen de la ciencia. Después, pasaremos a revisar las múltiples objeciones que puedan levantarse contra la premisa. Esta parte será larga, pero aseguro que vale la pena, así que les pido paciencia.

Primero, argumentemos en contra de la existencia de un infinito actual. Un infinito actual seria un infinito que existe en la realidad, que no está formándose, sino que está terminado. Seria, por ejemplo, como haber terminado de contar todos los números posibles que existan (los cuales son infinitos). Lo anterior ya nos da una idea de la ridiculez de sostener que los infinitos actuales existen, sin embargo, tratemos de argumentar mejor acerca de la imposibilidad de esta situación.

Supongamos que el universo es eterno y que por tanto, no tiene un inicio en su existencia. ¿Qué sucedería en una situación así? ¿Sería posible que tú o yo pudiéramos existir? Analicémoslo. El mundo se rige por el principio de causa y efecto, con respecto a la existencia de las cosas. Así, como dice la primera premisa, todo lo que tiene un inicio en su existencia, tiene una causa. ¿Qué consecuencias tiene este principio si el universo es eterno? Averigüémoslo utilizando este ejemplo:

(Infinito)…-3,-2,-1, 0, 1, 2,3,… (Infinito)

Imaginemos que estos números, son objetos. Cada uno, tiene un inicio en su existencia, lo que significa que tienen una causa. La causa de cada número, es el número anterior, por lo tanto, podríamos decir que cada número depende de todos los números que están antes de él. Teniendo esto en cuenta, yo pregunto ¿Cuándo llega el momento en que el numero 3 venga a la existencia?

¿Ya lo tienen? La respuesta es, nunca. ¿Por qué? podrían preguntarse ustedes. Bueno, es simple. El numero 3, depende de la existencia del numero 2, es decir, el numero 2 debe haber venido primero a la existencia, para causar al número 3. Pero el numero 2 depende del número 1, ósea que, el numero 1 debió ser primero, para que este causara al 2 y el 2 al 3. Pero el 1 depende del 0, lo que significa que el 0 debió ser primero, para causar al 1, el 1 al 2 y el 2 al 3. Pero el 0 depende del -1, lo que significa que el -1 debió ser primero, para causar al 0, el 0 al 1, el 1 al 2 y el 2 al 3. Pero el -1 depende del -2. Lo que significa que…

¿Ya se dieron cuenta? Cada número depende de que primero, todos los números que están antes de él hayan llegado a la existencia. Ahora, pregúntense ¿Cómo puede un numero en concreto llegar a la existencia, si primero tienen que venir una infinita cantidad de números antes de el? ¡Es imposible! Siempre habría un número más antes del número que elijamos. Podemos de hecho tomar cualquier número y veremos que aun así aplica. Lleven este ejemplo al universo regido por el principio causa y efecto y podrán inferir que de hecho, el universo NO puede ser eterno (y cada uno de nosotros es la prueba).

Pero demos otro ejemplo, una paradoja. Supongamos que, en este universo eterno, tenemos un número infinito de parcas (con parca me refiero a ese personaje esquelético, con capucha negra y una hoz que conocemos como La Muerte) y un hombre. Este hombre, ha existido por siempre y no puede morir, a menos que una parca lo mate. Ahora, supongamos que cada parca tiene una alarma, para una hora en específico, de un día en especifico, un momento en especifico, en toda la eternidad y cuando suena esta alarma, la parca va, busca en donde está este hombre y si le ve vivo, lo mata, si lo ve muerto, se va. Pregunta ¿Cuándo murió este hombre? Bien en este momento son las 5:00 am en mi país, por lo que podría decir : “ya está muerto”.  Es imposible que ese hombre este vivo en este momento, pues la parca que tiene la alarma para esta hora en este momento en la existencia eterna del universo, ya debe haberle matado (aplica el ejemplo si quieres con tu hora). Sin embargo, hay un problema con esto. La parca de las 5:00 am, del día de hoy, no pudo haberlo matado, porque la parca de las 4:00 am, del día de hoy, lo debió matar primero. Pero la parca de las 4:00 am, del día de hoy, no pudo haberlo matado, porque la parca de las 3:00 am, del día de hoy, debió haberlo matado primero. Pero la parca de las 3:00 am, del día de hoy, no pudo haberlo matado, porque la parca de las 2:00 am, del día de hoy, debió haberlo matado. ¿Ven a donde guía esto? Si regresamos en el tiempo, a cada hora, debió de haber habido una parca que matara a este hombre. Sin embargo, si el universo es eterno, podemos regresarnos de manera infinita en las horas y nos daremos cuenta, que ninguna parca ha podido matar a este hombre, porque a la parca que le tocaba la hora anterior, ya debió haberle matado. Pregunta ¿Este hombre estaría vivo o muerto?

Otro ejemplo. Supongamos que tenemos un infinito número de cartas, marcadas con los números, del 1, al infinito. Supongamos que a ese infinito numero de cartas, tú le sumas 1 carta más. ¿Cuántas cartas tienes ahora? Bien, sigues teniendo el mismo número, infinito. Pero supón ahora que tu restas a estas cartas, todas las cartas que tengan un numero múltiplo de 5. ¿Cuántas cartas tendrías? Bien, el resultado, sigue siendo infinito. Pero ahora, supongamos que a este infinito numero de cartas, tú le restas todas las cartas que tengan un número mayor al número 50. ¿Cuántas cartas te quedan? Bien, te quedan 50 cartas. ¿Cómo puede ser esto? Hemos hecho dos veces la misma operación y hemos obtenido números diferentes. En una ocasión infinito menos infinito, es infinito. En otra, infinito menos infinito, es 50. Esto nos demuestra que el infinito no puede ser real pues nos guía a resultados contradictorios. Un número infinito actual de cosas no puede existir en la realidad.

Ahora, pasemos a la confirmación científica.

Primera confirmación científica, el modelo estándar del Big Bang.

En 1917, Albert Einstein hizo una aplicación cosmológica de su recién descubierta teoría gravitacional, la teoría general de la relatividad.

El asumió que el universo es homogéneo e isotrópico y que existe en un estado fijo. Sin embargo, se encontró con que la teoría no permitiría un modelo así del universo, a menos que introdujera un sus ecuaciones del campo gravitacional, un factor “extra”, en orden de contrabalancear el efecto gravitacional de la materia, para asegurar un universo estático. Así lo hizo y su modelo acabo balanceado sobre una cuerda floja, pues la mas mínima perturbación en ese universo,  causaría que su modelo permitiera que el universo se expandiera o implosionara.

Tomando estas características del modelo de Einstein en cuenta, en 1920, el matemático ruso Alexander Friedmann y el astrónomo belga Georges Lemaitre, formularon de manera independiente soluciones a las ecuaciones de campo, que predecirían un universo en expansión.

En 1929, el astrónomo americano Edwin Hubble mostro que el corrimiento al rojo en el espectro óptico de la luz desde galaxias distantes, era una característica común de todas las galaxias registradas y era proporcional a sus distancias de nosotros. Asi, Hubble descubrió la expansión isotrópica del universo predica por Lemaitre y Friedmann.

De acuerdo con el modelo de Lemaitre-Friedmann, mientras el tiempo procede, la distancia que separa las partículas ideales del fluido cosmológico constituido por materia y energía del universo, se vuelve mayor. Dicho de otra forma, el espacio se está expandiendo y con forme se expande, los cuerpos celestes se separan entre sí. Una manera de entenderlo es pegando 4 pedazos de papel en un globo desinflado, luego, inflarlo y ver como los pedazos de papel se separan entre sí, no porque se muevan, sino porque el espacio se expande.

Las implicaciones que este modelo cosmológico tiene, son, que si hacemos reversa en el tiempo, en vez de una expansión veríamos una contracción, hasta que llegara un punto en donde todo se volvería una singularidad, donde todo el espacio-tiempo, la presión, la temperatura, la densidad, etc. se volverían infinitos. Esto significa no habría ninguna galaxia, ni materia como la conocemos, pues todo estaría comprimido a un punto 0, donde no existiría nada, ni el espacio, ni el tiempo, ni la energía, ni la materia.

Por lo tanto, podemos decir que la singularidad cosmológica inicial, no está en el espacio-tiempo, sino que constituye un límite o borde al espacio tiempo en sí mismo.

Esto implica no solo que las cosas en el universo empezaron a existir, sino que el espacio-tiempo también comenzó a existir hace un tiempo finito en el pasado (y con él, la materia y la energía).

 Segunda confirmación científica, la segunda ley de la termodinámica.

Podríamos decir que la segunda ley de la termodinámica nos dice esto: El nivel de energía de trabajo útil en el universo, tiende a disminuir con el tiempo. Esto significa que la energía busca un estado de equilibrio, en donde la temperatura y la presión sean la misma en todas partes. Esto sucede con el tiempo, de hecho, esta ley nos dice que la energía está buscando ese estado de equilibrio en este mismo instante.

¿Eso qué significa para nosotros? Bien, que ninguna forma de vida podría ser posible.

Para entender esto, comencemos explicando de forma breve que es un sistema abierto y uno cerrado. Un sistema cerrado es un sistema físico que no permite la interacción con agentes fuera de el, podríamos decir, para entenderlo mejor, que esta “aislado”. Un sistema abierto es un sistema físico que si permite la interacción con elementos fuera de el.

Tomando lo anterior en cuenta podemos entender porque ninguna forma de vida sería posible si el universo es eterno.

La razón es: nuestro universo, tiene una cantidad limitada de energía de trabajo útil (considerando que el universo o un multiverso, acabara siendo un sistema cerrado, pues llega el punto en que no hay otro sistema con el cual interactuar, considerando también que con universo o multiverso, hacemos referencia a toda la materia y energía que exista). Esa energía útil es la que usa para mantener el movimiento y la vida. La segunda ley de la termodinámica nos dice que esa energía, con el tiempo, deja de ser útil y se vuelve energía “inútil”, al grado en que, pasado suficiente tiempo, toda la energía en el universo se volverá inútil, es decir, alcanzara el grado máximo de entropía y toda el universo sufrirá una muerte térmica.

Pensemos al respecto. Si el universo (o el multiverso) fuera eterno ¿no significa eso que por causa de la segunda ley de la termodinámica nosotros no deberíamos de existir? Por supuesto. Por lo tanto ¿Qué es lo que estamos haciendo aquí si el universo es eterno? Bien, la explicación es simple. El universo NO es eterno y cada uno de nosotros, somos la prueba. Si el universo fuera eterno, este ya habría alcanzado el grado máximo de entropía.

Ahora, pasemos a revisar las múltiples objeciones que pueden presentarse a esta premisa.

1)      Puedes obtener un infinito actual añadiendo a una serie finita, infinitos elementos, uno por uno, en una infinita cantidad de tiempo.

Esta objeción falla, pues lo que propone no es un infinito actual, sino un infinito potencial. Un infinito potencial es un infinito en construcción. Un infinito actual es un infinito que ya existe.  Añadir a una serie finita, infinitos elementos, en  una cantidad infinita de tiempo, no te lleva nunca a un infinito actual, pues siempre tendrás un elemento más que agregar a la serie, además que, nunca terminarías si necesitas una cantidad infinita de tiempo para hacerlo, por lo que no es y nunca sería un infinito actual.

2)      Los infinitos existen en matemáticas, ergo, tu premisa es falsa.

Es verdad, los infinitos en matemáticas existen, sin embargo, esto no contradice la premisa. Los infinitos en matemáticas son ideales, no reales. Nunca encontraras estos en el mundo real, solo en ecuaciones matemáticas. Como el matemático David Hilbert dice:

“El infinito no puede ser encontrado en ninguna parte en la realidad. Tampoco existe en la naturaleza, ni proporciona una base legítima para el pensamiento racional… El papel que le queda por jugar al infinito es exclusivamente el de una idea.”

3)      ¿Entonces qué? ¿Aquiles nunca alcanza a la tortura? Si tu argumento filosófico sobre el infinito es cierto, entonces, los argumentos de Zenón también son ciertos.

Esto hace referencia a las paradojas de Zenón y en si nos dice que si mi argumento acerca de la imposibilidad del infinito es cierto, entonces, las paradojas de Zenón también son ciertas.

Esto es un error. Las paradojas de Zenón, a diferencia de mi argumentación, lo que hacen es dividir un espacio o cosa en infinitas partes, mientras que el argumento que presento, habla del inicio en la existencia de las cosas y de la necesidad de que, estas cosas que tienen un inicio en su existencia, tengan una causa, porque no pueden surgir de la nada. Por lo tanto, si el universo es eterno, una cadena causal infinita hacia el pasado es cierta y si esto es así, entonces nada hubiera llegado a la existencia. Son dos cosas con un abismo de diferencia.

Zenón tomaba por ejemplo, la distancia entre tú y la pared y te decía que si tu tirabas una piedra a la pared, la piedra jamás llegaría a la pared, porque podías dividir la distancia en partes infinitas y como la piedra se vería obligada a recorrer cada parte de la distancia, una por una, nunca llegaría, pues hay un número infinito de partes que recorrer. Pero es claro que eso es un error:

Primero, la piedra no atraviesa una a una cada parte de esta distancia, sino atravesaría, incluso, una infinita cantidad de partes en un solo movimiento o evento y así lo hace hasta llegar a la pared.

Segundo, si divides al infinito, llegara el momento en que las partes serán tan pequeñas que la piedra no podrá pasar una a una, sino que por necesidad, en su movimiento, pasara una infinita cantidad de ellas, por su tamaño en comparación del tamaño de los espacios divididos entre la piedra y la pared.

Tercero, Zenón jamás justifico porque deberíamos asumir que el espacio entre un objeto A y el punto que se desea alcanzar B debería estar dividido al infinito, cuando nosotros podemos ver que no es así, que es un todo sin divisiones.

Y cuarto, esto no tiene nada que ver con el argumento, pues aquí no hablamos de dividir objetos o espacios, sino de Causa-Efecto, cosas viniendo a la existencia.

4)      La primera ley de la termodinámica dice que la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma, por lo tanto, tu premisa es falsa.

Esta objeción falla, pues la primera ley de la termodinámica aplica solo cuando ya tienes el sistema, no antes. Por ejemplo, en la singularidad propuesta en el modelo estándar del Big Bang, esta ley no aplicaría, porque no hay materia y energía allí. Así, la primera ley no refuta la premisa, pues esta ley tan solo se aplica cuando el sistema ya está en existencia (y antes del inicio del universo, por lógica, el sistema (que es el mismo universo) no existía).

5)      ¿Qué hay de otros modelos cosmológicos del universo que apuestan por una existencia eterna?

Bien, primero esta objeción tendría que justificar la evidencia que tenemos de la termodinámica y de la expansión del universo, sin embargo, creo que podemos entregar una tercera defensa para poder terminar de desbaratar cualquier pretensión de defender un universo eterno.

En el 2003, Arvind Borde, Alan Guth y Alexander Vilenkin, lograron probar que cualquier universo que este en promedio, expandiéndose a través de su historia, no puede ser infinito en el pasado, sino que tiene que tener un espacio-tiempo limitado en el pasado.

Lo que hace que a esta prueba tan poderosa es que se mantiene de forma independiente de la descripción física del universo temprano. Debido a que todavía no podemos proporcionar una descripción física del universo temprano, este breve momento ha sido un terreno fértil para especulaciones. Un científico lo ha comparado a las regiones en los mapas antiguos con la etiqueta “Aquí hay dragones “-es decir, puede ser llenado con todo tipo de fantasías. Pero el teorema de Borde-Vilenkin Guth-es independiente de cualquier descripción física de ese momento. Su teorema implica que, incluso si nuestro universo es sólo una pequeña parte de un multiverso llamado: el compuesto de muchos universos, el multiverso debe tener un comienzo absoluto.

 Vilenkin es contundente acerca de las implicaciones:

“Se dice que un argumento es lo que convence a los hombres razonables y una prueba de ello es lo que se necesita para convencer incluso a un hombre irracional. Con la prueba ahora en su lugar, los cosmólogos ya no pueden esconderse detrás de la posibilidad de un universo eterno en el pasado. No hay escapatoria: tienen que enfrentar el problema de un principio cósmico.”

6)      El Argumento Cosmológico Kalam comete la falacia de composición.

Esta objeción nos dice que el argumento sostiene que, porque todo en el universo tiene una causa, significa que el universo también tiene una causa, es decir, como todas las partes del universo tienen una causa, significa que el universo mismo tiene una causa. Eso es una falacia de composición. Es como decir que porque al cortar una anaconda muchísimas en partes, estas no pesan, significa que la anaconda completa no pesa.

Bien, el argumento no hace eso. El argumento nunca dice que porque todo en el universo tiene una causa, se deduce que el mismo universo tiene una causa. Más bien, argumentamos que el pasado no puede ser infinito y utilizamos el principio causa y efecto para esto. Así, decimos que el universo no puede ser infinito en el pasado, porque nada habría llegado a existir en él y además, damos dos confirmaciones científicas para defender el inicio en la existencia del universo.

7)      ¿Cómo es que Dios puede ser infinito si dicen que el infinito no puede existir en la realidad?

Simple, el infinito que estamos negando, habla de cantidades, mas no de cualidades. Cuando decimos que Dios es infinito, no nos referimos a cantidades, sino a cualidades: Omnipotencia, omnipresencia, omnisapiencia, eternidad, etc.

Son dos ideas diferentes en su totalidad. El problema surge con infinitas cantidades de cosas, no con una cualidad que decimos, es infinita (tratando de expresar la idea de que Dios posee perfección en todos sus aspectos).

8)      El universo se creó a sí mismo.

Esto es ilógico. Crearse a si mismo significa que existía antes de existir, para poder crearse. ¿Pero cómo va a existir, antes de existir? Es algo ilógico, si ya existe, entonces no puede crearse, pues ya está allí.

9)      Tu primera premisa dice que todo tiene una causa, siendo así ¿Quién causo a Dios?

Esta objeción falla, porque la primera premisa dice que todo lo que TIENE UN INICIO EN SU EXISTENCIA, tiene una causa y Dios, estamos postulando, es eterno.

¿Por qué Dios si puede ser eterno y el universo no? Porque en Dios no se da una cadena causa y efecto infinita al pasado, como si sucede con el universo. Recuerden, el problema en sí mismo no es la eternidad, ni la infinitud, sino las cantidades infinitas existiendo de forma real y ese sería el caso del universo si este es eterno.

Bien, ahora que hemos defendido nuestras dos premisas con éxito, podemos concluir sin ningún miedo que:

3)      El universo tiene una causa.

Ahora que hemos llegado a esta conclusión, veamos las implicaciones lógicas de todo lo que hemos argumentando antes.

Primero, reconocemos el principio Ex nihilo nihil fit: Nada surge de la nada. Si el universo tiene un inicio en su existencia, este no pudo surgir de la nada, por lo tanto, tiene una causa.

Ahora ¿Qué características posee esta causa? Bien, primero, debemos recordar que hemos argumentado en contra de la existencia de una cadena causal infinita hacia el pasado, es decir, debe haber un inicio absoluto y por tanto, una primera causa, incausada. Aplicando la Navaja de Ockham, decimos que esta primera causa incausada es la que origino el universo (es decir, no vamos a multiplicar causas sin necesidad para el universo, demos una).

Considerando lo anterior, podemos decir que la primera característica de la causa es la eternidad, es decir, que la causa no tiene un inicio en su existencia y tampoco un final,  sino que siempre ha estado allí.

Pero ser eterno, nos arroja una segunda conclusión lógica acerca de la causa, que esta es atemporal. Si eternidad significa que no hay inicio en existencia y no habrá final, significa que esa existencia no tiene tiempo de existir, es decir, está fuera de la cuenta temporal. La segunda razón para pensar esto, es que si el universo tiene un inicio en su existencia y el universo es la suma del tiempo, espacio, materia y energía, significa que antes del universo (cuando la causa existía), no había tiempo, por tanto, era la atemporalidad.

Ahora, podemos extraer otra conclusión lógica del inicio absoluto del universo, y esta es, la trascendencia del espacio que tiene la causa. Si al iniciar el universo, también inicio el espacio a existir, entonces, la causa está fuera del espacio.

Esto nos trae una cuarta conclusión lógica y esta es, que la causa es inmaterial. Tenemos 2 razones para pensar esto. Primero, la materia se mueve y no puede haber movimiento en la eternidad (porque se formaría una cadena causal similar a la de las cantidades infinitas, pero en este caso, por movimiento infinito), por lo tanto, por razón de que la causa sea eterna, podemos decir que también es inmaterial. Segundo, si el espacio inicia junto al universo, significa que la materia no tendría donde estar antes de la existencia de este, por lo tanto, la causa es inmaterial.

Por último, la eternidad de la causa y su atemporalidad, nos indican que la causa debe ser quiescente, es decir, que esta sin movimiento, pero que tiene la capacidad de moverse (si no la tuviera, no podría traer el universo a la existencia). Esto porque el movimiento no puede existir sin tiempo y porque el movimiento no puede existir en la eternidad o traernos un problema parecido a la de la cadena causal hacia el pasado infinito.

Bien, entonces tenemos una causa eterna, atemporal, fuera del espacio, inmaterial y quiescente. Preguntémonos ¿Podría una causa así traer el universo a la existencia de forma natural? Bien, yo creo que es imposible.

Mi razón para pensarlo es esta. Si una causa natural con las características anteriores es la responsable de traer a la existencia el universo, significa que en esta causa estaba todo lo necesario para que el universo viniera a la existencia. Si este es el caso ¿Cómo es que el universo no es eterno, si su causa, que tenía en ella todo lo necesario para traerlo a la existencia, si lo es?

Una manera de ejemplificar lo que digo, seria esta. Si tuviéramos gasolina (material, substancia o energía) y una llama (leyes de la naturaleza), se produciría una inflamación violenta. Ahora, supongamos que tenemos una cantidad infinita de gasolina y una llama, juntas durante toda la eternidad. Pregunta ¿Desde cuándo ha estado ardiendo la gasolina? La respuesta correcta seria: desde la eternidad. Verán, es imposible tener gasolina y una llama juntas y que la inflamación no se produzca de inmediato, pues si lo necesario (la causa) para producir la inflamación (el efecto) está allí ¿Cómo es que la gasolina no estaría ardiendo desde siempre dado que han estado juntos en la eternidad?

Demos otro ejemplo. Supongamos que tenemos agua (material, substancia o energía) y temperatura de 0 grados centígrados (leyes de la naturaleza). El agua se congelaría por completo en una temperatura de 0 grados centígrados. Si decimos que tenemos agua y dicha temperatura durante toda la eternidad, yo preguntaría ¿Desde cuándo se congelo el agua? Bien, la respuesta seria: desde siempre ha estado congelada. No puedes tener agua y temperatura de 0 grados centígrados durante la eternidad y esperar que el agua se haya congelado hace una cantidad finita de tiempo en el pasado.

Llevemos eso al universo. Si en la causa (natural) del universo esta todo lo necesario para traer a este a la existencia (como en los ejemplos anteriores) ¿Por qué el universo no es eterno? Si el universo fuera eterno, tendríamos el problema de la cadena causal infinita hacia el pasado, por lo que, la causa del universo no puede ser natural.

Ahora. ¿Qué tal una causa personal? Una causa personal, dotada con libertad de elegir de manera espontanea cuando crear el universo, sería la solución a este problema. Para ilustrarlo de manera mas fácil, imaginemos a una persona, existiendo en la eternidad totalmente quieta, sin moverse y que de repente, haciendo uso de su libertad, elija comenzar a moverse y crear el universo. No habría ningún problema con esta causa, mientras sus acciones sean finitas en el tiempo pasado. (Es decir, que no haya realizado un infinito actual de acciones, lo único permitido seria un infinito potencial)

Ahora, si esta causa que trae el universo a la existencia, es personal, significa que tiene sabiduría, para saber cómo realizar las acciones que se proponga.

Esto último, nos lleva a inferir que la causa tiene poder de acción, pues debe ser capaz de realizar lo que se proponga.

Por último, si la causa es personal, tiene libertad y sabiduría, podemos inferir que la causa está viva, pues estos últimos atributos solo se presentan en la vida.

Por tanto, tenemos una causa eterna, atemporal, fuera del espacio, inmaterial, quiescente, personal, con libertad de elegir, con sabiduría, con poder de acción y  que está viva. Creo que una enorme parte de los teístas estaremos de acuerdo en que eso es con precisión una definición descriptiva de Dios.

Ahora, revisemos objeciones.

1)      La causa natural no tendría por qué haber traído al universo desde la eternidad, por lo tanto, tu inferencia falla.

Bien, es cierto que podría haber alguna forma en que la causa natural no tuviera que traer el universo a la existencia desde la eternidad…por ejemplo, pudo traer primero a la existencia otro mecanismo que trajera al universo a la existencia y así librarse del problema. Sin embargo, eso no ayuda para nada  a la causa natural.

Verán, la causa natural por necesidad debe ser automática, es decir, si desde la eternidad han estado interactuando las leyes de la física o naturaleza y el material necesario en ella para que pueda traerse el universo a la existencia, significa que desde siempre ha habido movimiento o efectos, por lo tanto, la causa natural se enfrenta al problema del movimiento en la eternidad o al problema de una cadena causa infinita hacia el pasado, con o sin universo eterno.

2)      ¿Por qué si Dios es eterno el universo no es eterno también? En Dios también está todo lo necesario para traer el universo a la existencia, por lo tanto, la crítica a la causa natural, aplica a Dios también.

Esto es falso, la diferencia entre ambas causas, es que la natural, tiene por necesidad reacción automática (causa-efecto) mientras que la personal, decide utilizando su libertad, cuando crear.

Bien, este es, de forma resumida, el argumento cosmológico kalam. Como podrán ver, es un argumento muy pero muy poderoso, que se apoya en lógica, filosofía y ciencia, ayudándonos a demostrar, al final, que tenemos una causa eterna, atemporal, fuera del espacio, inmaterial, quiescente, personal, con libertad, con sabiduría, con poder de acción y con vida, la cual, corresponde a las características del ser que llamamos Dios.

Espero este argumento sea de edificación para todos y que ayude a fortalecer la fe de los teístas al darse cuenta que, en el mismo universo, esta una razón poderosa para creer en la existencia de nuestro creador.

Que la paz, la sabiduría y la bendición de Dios este siempre con ustedes.

Este articulo fue tomado del blog amigo http://defensadefe.wordpress.com


Teoría de la evolución v/s Creacionismo

Teoría de la evolución v/s Creacionismo

¿La ciencia actual aún cree en la evolución del hombre, o es una teoría ya desechada por la falta de evidencias y nuevos descubrimientos?

En la actualidad aún se enseña en las escuelas que el hombre a evolucionado de los changos, existen museos con valor de millones de dólares para exhibir tal evolución, sin embargo tal teoría ya ha sido desechada por la gran mayoría de los eruditos en esta materia y esto  ha sido por la falta de evidencia y los nuevos descubrimientos.

Nos preguntamos, ¿si esta Teoría ha sido desechada y superada, ¿por que aún se impone a nuestros hijos en los sistemas educativos? ¿Por que no se publica de manera general que dicha teoría ha sido ya desechada?

Veamos la investigación que realizo Antonio Cruz misma que esta al alcance de cualquier persona que sin prejuicios quiera llegar a la verdad.

¿Primate salvaje o persona consciente?

El evolucionismo nos ha enseñado a creer que en la remota antigüedad, allá por el período geológico del Pleistoceno, un reducido grupo de primates inició un proceso de humanización que culminó con la aparición del ser humano. Se dice que primero ocurrió el bipedismo: cansados de caminar en cuatro patas, tales antropoides decidieron erguirse y andar como las personas. Sus manos quedaron así liberadas para fabricar toda clase de objetos útiles: hachas de sílex, flechas de hueso, pistolas y hasta telescopios espaciales como el Hubble. La cabeza les fue creciendo poco a poco porque sus cerebros ya no cabían dentro de la reducida cavidad craneal que tenían aquellos primitivos monos. Así habrían surgido, a lo largo de millones de años, el lenguaje a partir de los gruñidos, la inteligencia humana después del instinto, e incluso la conciencia reflexiva como producto de la más pura animalidad.

Durante mucho tiempo los paleontólogos evolucionistas, especializados en el estudio de los fósiles humanos y de los primates, han venido creyendo que tales ancestros del hombre eran los australopitecos, llamados así por haberse encontrado en el continente africano que está situado en el hemisferio austral. Hoy la cosa ya no está tan clara pues son muchos los especialistas que opinan que este tipo de fósiles perteneció a simios del pasado que nada tuvieron que ver con la pretendida evolución del ser humano. No obstante, como la ciencia asumió mayoritariamente la teoría evolucionista para explicar el origen del hombre, también muchos teólogos creyeron que era necesario aceptarla y empezaron a pensar que el Adán bíblico fue, en realidad, el descendiente de uno de estos australopitecos. Al fin y al cabo, se cuestionaban algunos creyentes, ¿no es mejor descender de un mono que del polvo de la tierra? Según este punto de vista, el relato bíblico de la creación no sería más que una leyenda mítica desacreditada de forma absoluta por la ciencia moderna.

El asunto que pensamos tratar a continuación viene formulado precisamente por las siguientes cuestiones: ¿Qué hay de cierto en este planteamiento transformista del origen del hombre a la luz de los últimos descubrimientos de la paleoantropología, la genética y la neurobiología? ¿Conviene seguir considerando científica una teoría que, como veremos, presenta tantos inconvenientes? ¿Fue esta hipotética evolución lenta y gradual desde el simio al hombre el método que el Creador empleó para originar al primer ser humano o, por el contrario, este posee rasgos imposibles de explicar desde el naturalismo y que demandan una creación directa y especial, como declara el libro del Génesis? ¿Puede la ciencia demostrar el origen de la conciencia humana a partir de las neuronas de los primates? Se trata de preguntas antiguas, a las que los últimos descubrimientos ofrecen respuestas nuevas.

Los especialistas en el estudio de los primates saben que en la Tierra, si se cuentan los fósiles y los que todavía están vivos, han existido más de seis mil especies distintas de monos. De ellas, actualmente solo viven unas ciento veinte. Esto significa que existe un amplio elenco de simios fósiles entre los que elegir si se desea construir el hipotético árbol de la evolución humana. Lo que ha venido haciendo de forma tradicional la paleoantropología evolucionista es precisamente eso, tomar cráneos y huesos fósiles pertenecientes unas veces a simios del pasado, y otras a diversas razas humanas extintas, con la intención de conseguir una perfecta gradación filogenética que demuestre cómo habría ocurrido la evolución entre el simio y el hombre. Asumiendo la existencia de un supuesto eslabón perdido, que habría sido el antecesor tanto de los monos actuales como de los seres humanos, se procura rellenar los huecos mediante fósiles intermedios de transición que irían cambiando lentamente de acuerdo a los diversos y, a su vez, cambiantes ambientes ecológicos.

Sin embargo, después de estudiar el tema durante más de treinta años, no creo que se haya presentado ninguna evidencia real que demuestre sin lugar a dudas la existencia de una relación evolutiva entre cualquier primate fósil y la especie humana. A pesar de todo lo publicado en este sentido y teniendo en cuenta las distorsiones partidistas, malas interpretaciones, modificaciones, falsificaciones, dibujos intencionados realizados a partir de fósiles escasos, discusiones interesadas entre especialistas, y muchas otras cosas, lo cierto es que ningún descubrimiento anatómico o paleontológico serio ha confirmado que descendamos del mono. Se trata más bien de un acto de fe en los requerimientos del evolucionismo que de un hecho real comprobado por la ciencia. Como veremos, los datos que se desprenden del estudio de los fósiles pueden ser interpretados de otra manera, en el sentido de que existen muchas especies de simios extintas, así como también algunas pocas razas humanas, pero no eslabones intermedios que conecten a los monos con las personas.

La mayoría de los antropólogos evolucionistas creen hoy que cada una de las especies fósiles halladas no evidencia cambio o transformación para convertirse en otras especies distintas, sino todo lo contrario, una constancia en su aspecto y una estabilidad durante toda su existencia. La popular serie transicional que todavía aparece en numerosos libros de texto, la cual partiendo de un simio con aspecto de chimpancé y pasando luego por el australopiteco, el Homo habilis y el Homo erectus llega hasta el Homo sapiens moderno, no era más que un icono imaginario del darwinismo sin reflejo en la realidad (Fig. 4). Los evolucionistas creen ahora que las distintas especies aparecieron de golpe y que no existe entre ellas ningún tipo de transición evolutiva. El antiguo gradualismo propuesto por Darwin que imaginaba una sucesión ininterrumpida de pequeños cambios acumulativos en cada especie biológica, la cual la hacía evolucionar lentamente hasta convertirla en otra distinta, no responde a la realidad de los fósiles estudiados por los paleontólogos. De ahí la necesidad, a la que se ha visto abocado el evolucionismo, de aceptar la teoría del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge. Es decir, el gran acto de fe de asumir que aunque las especies no cambian, a pesar de todo van apareciendo otras nuevas como consecuencia de milagrosas mutaciones en los embriones.

Fig. 4. La marcha del progreso humano es un famoso icono de la evolución desde el simio al hombre que, a pesar de haber sido divulgado hasta la saciedad, no responde a la realidad, según han reconocido los propios paleontólogos evolucionistas, como el recientemente fallecido Stephen Jay Gould (1991). Hoy ya no puede sostenerse una evolución darwinista así, lineal o gradual, que provocaría la aparición de nuevas especies a partir de sus antecesoras mediante la acumulación de pequeños e imperceptibles cambios genéticos. Por el contrario, el evolucionismo propone la teoría del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge. Es decir, el gran acto de fe de creer que aunque las especies no cambian gradualmente sino que permanecen estables, a pesar de todo, de vez en cuando aparecerían otras nuevas como consecuencia de milagrosas macromutaciones embrionarias. Se continúa, por lo tanto, dentro del ámbito de la creencia indemostrable y no de los hechos científicos.

Los partidarios actuales del transformismo reconocen fundamentalmente cuatro peldaños en la supuesta escalera fósil que conduciría al ser humano. A saber, los ya mencionados australopitecos, seguidos por el Homo habilis, el Homo erectus y, finalmente, el Homo sapiens. Por supuesto, el árbol genealógico es mucho más complejo, ya que en él figuran fósiles nuevos que van apareciendo y desapareciendo en función de las discusiones académicas entre especialistas. No obstante, dejando aparte las ramas laterales, estas cuatro serían las principales formas transitorias propuestas por el evolucionismo que existirían entre nosotros y nuestros supuestos ancestros. Veamos ciertos detalles de cada uno de tales grupos fósiles y descubriremos que pueden ser interpretados de otra manera diferente.

1. Australopitecinos: pretendidos homínidos

Los australopitecos o «monos del hemisferio austral», así como los fósiles incluidos dentro de los géneros Paranthropus, Praeanthropus, Zinjanthropus, Paraustralopithecus y Kenyapithecus, fueron animales parecidos a los simios actuales. Se conocen alrededor de veinte especies distintas de estos australopitecinos, encontrados en las inmediaciones del lago Turkana en Kenia y en otras regiones de África. Entre las especies mejor divulgadas destacan: Australopithecus afarensis, que es la más antigua; A. africanus, con huesos más bien delgados; A. robustus, que como su nombre indica presenta un esqueleto formado por huesos más grandes y robustos; A. boisei, A. anamensis, A. gahri y A. aethiopicus. Todas ellas poseían un volumen craneal igual o más pequeño que el de los actuales chimpancés. Sus manos y pies tenían dedos adaptados a la vida arborícola. Los machos eran más grandes que las hembras, o sea que presentaban dimorfismo sexual, como suele ocurrir habitualmente en algunos monos actuales. Ahora bien, la cuestión obvia es la siguiente, si los australopitecos eran tan parecidos a los simios que viven hoy, ¿por qué razón fueron elegidos como los antecesores de la especie humana?

Los paleoantropólogos supusieron que algunos australopitecos caminaban erguidos como los hombres. Durante décadas, desde que Richard Leakey y Donald C. Johanson estudiaron dichos fósiles, el evolucionismo ha venido creyendo que estos animales se desplazaban sobre las dos patas traseras. Incluso todavía hoy son muchos los que siguen pensando así, como evidencian las múltiples ilustraciones que aparecen en las publicaciones divulgativas. Sin embargo, lo cierto es que en la actualidad los propios especialistas del evolucionismo están divididos ya que, desde la década de los setenta, ciertas investigaciones al respecto han venido sembrando la duda.

En efecto, algunas revisiones del género Australopithecus sugerían todo lo contrario, es decir, que ningún australopiteco caminaba derecho. Dos prestigiosos especialistas en anatomía comparada, los doctores Lord Solly Zuckerman, jefe del Departamento de Anatomía en la Escuela Médica de la Universidad de Birmingham, en Inglaterra, y su antiguo alumno, Charles Oxnard, profesor de la Universidad del Oeste de Australia, después de estudiar detenidamente los esqueletos de todas estas especies, publicaron en la revista científica Nature sendos artículos coincidiendo en que los australopitecos no eran bípedos como se creía, sino que caminaban en cuatro patas, tal como lo hacen los chimpancés, gorilas y orangutanes actuales (Zuckerman, 1970; Oxnard, 1975). Oxnard finalizaba su trabajo señalando que el género Homo podía en realidad ser tan antiguo como el género Australopithecus, o incluso simultáneo en el tiempo, por lo que habría que eliminar a este último del linaje humano.

La postura erguida del ser humano requiere de una configuración anatómica muy especial que le hace notablemente diferente de los simios. Ningún otro animal conocido posee tales características. ¿Pudo la evolución realizar los cambios anatómicos necesarios para pasar del modo de caminar en cuatro patas, propio del mono, a la posición bípeda del hombre? Investigaciones en anatomía comparada que han empleado modelos de computadora han puesto de manifiesto que esto no es posible. Cualquier forma intermedia entre un ser cuadrúpedo y otro bípedo requeriría un consumo de energía tan elevado que la haría del todo inviable. Un animal semibípedo, tal como algunos conciben a Lucy, no puede existir porque, sencillamente, vulneraría las leyes de la biofísica.

La posición vertical propia del ser humano no tiene que ver solo con el esqueleto y los músculos, sino que afecta también a otros órganos del cuerpo. Por ejemplo, el tamaño del oído interno, en el que reside el sentido del equilibrio, está relacionado con la posición del cuerpo durante la locomoción. Mediante tomografías axiales computarizadas de alta resolución (TAC) se ha podido calcular el volumen del laberinto del oído interno de muchas personas y de monos actuales pertenecientes a diversas especies de chimpancés, gorilas y orangutanes, para compararlos con el laberinto correspondiente de cráneos fósiles de australopitecos, Homo habilis y Homo erectus (Word, 1994).

En los organismos vivos estudiados se correlacionó el tamaño de los canales semicirculares con la masa del cuerpo, y se comprobó que los seres humanos modernos poseen dichos canales anteriores y posteriores más grandes que los monos actuales, mientras que el canal lateral es más pequeño. El resultado de tales investigaciones ha revelado que el oído interno de todos los australopitecos, así como el del Homo habilis, era muy similar al de los grandes monos actuales, es decir, no apto para una locomoción bípeda. Por el contrario, el del Homo erectus se asemeja al del hombre moderno. Esto corrobora la idea de que, en cuanto al tipo de locomoción, entre los simios y el hombre existe una diferencia fundamental. Todos los Australopithecus y el Homo habilis serían en realidad simios fósiles comparables a los monos actuales, mientras que el Homo erectus tendría que ser considerado como una auténtica raza humana.

En contra de lo que habitualmente se dice, el bipedismo humano no constituye ninguna ventaja evolutiva sobre el desplazamiento en cuatro patas de los animales. El hombre no es capaz de alcanzar los ciento veinticinco kilómetros por hora del guepardo, ni moverse por la copa de los árboles a la velocidad que lo hacen los chimpancés o los monos aulladores. Desde el punto de vista de la rapidez de movimientos encaminados a huir o defenderse, los seres humanos estamos en inferioridad de condiciones con respecto al resto de los animales. Según la lógica evolutiva, que como suele afirmarse, apostaría siempre por una mayor complejidad y perfección de los seres, no se debería haber producido una transformación desde los monos cuadrúpedos al hombre bípedo, sino todo lo contrario: el ser humano tendría que haberse convertido en mono, ya que desde el punto de vista de la locomoción, este último es mucho más eficaz que nosotros.

Si a esto se replicara que el bipedismo permitiría liberar las manos, así como favorecer el desarrollo de la imaginación y del cerebro hasta convertir al hombre en un piloto de fórmula uno, en un aviador o en astronauta, deberíamos señalar que una cosa es la evolución biológica y otra muy distinta la cultural. Se trata de dos conceptos que no deberían mezclarse ya que, sea como sea, resulta difícil creer que la evolución habría favorecido el bipedismo porque estaba interesada en obtener astronautas. Además, al evolucionismo le ha repugnado siempre la idea teleológica de que las transformaciones de los seres vivos están orientadas hacia un fin determinado.

Por otro lado, el hecho de caminar sobre dos patas o dos pies no prueba de forma ineludible que quien así se desplaza esté relacionado filogenéticamente con el ser humano. Las aves, por ejemplo, son bípedas y a nadie se le ocurriría decir que descendemos de ellas. Lo mismo podría decirse de los lémures de Madagascar, que cuando están en el suelo se mueven saltando sobre sus dos patas traseras. El hecho de que un mono sea capaz de erguirse y ponerse de pie, como hacen casualmente los perros y los osos, no demuestra que vaya a transformarse en hombre después de millones de años.

La prestigiosa revista Science publicó en 1994 un trabajo del Dr. Randall L. Susman en el que se comparaba la forma de la mano humana con la de los simios actuales y de los fósiles en cuestión. La intención era relacionar estructura y función con el posible uso o no de herramientas (Susman, 1994). El tamaño y la forma de los huesos, así como de los músculos y tendones que constituyen la mano del hombre, tiene que ver con la precisión con que es capaz de agarrar y manipular objetos. Los monos poseen dedos largos y curvados con las yemas estrechas, mientras que las personas tienen dedos relativamente cortos, rectos y amplias yemas. Susman concluye su artículo señalando que existen dos grupos bien diferenciados: los que son capaces de utilizar herramientas más o menos sofisticadas y los que no. Entre los primeros, sus cálculos sitúan al Homo sapiens y al H. erectus, mientras que los australopitecos, entre los que se incluye Lucy, pertenecen al grupo de los simios incapaces de usar herramientas con cierta precisión. La investigación de Susman finaliza descartando a los australopitecos del pretendido árbol genealógico humano.

A la vista de las opiniones enfrentadas que se observan hoy dentro del propio evolucionismo, nos parece que la hipótesis del bipedismo dentro del género Australopithecus responde más al deseo de encontrar un eslabón perdido entre los animales cuadrúpedos y el ser humano que a verdaderos argumentos científicos. Los australopitecos constituyen diversas especies de monos fósiles que se extinguieron en el pasado sin dejar descendientes, como ocurrió con los dinosaurios y tantas otras especies biológicas que nada tuvieron que ver con el origen del hombre. Si algunos insisten en considerarlos antepasados humanos es porque no tienen nada mejor a mano. Sin embargo, los australopitecos son tan homínidos como pueden serlo los grandes monos que viven en la actualidad. Ellos eran seres mucho más parecidos a los gorilas, chimpancés y orangutanes de hoy que a nosotros mismos. Esto es precisamente lo que refleja el esquema que exhibe al público el zoológico de Barcelona, en España, en la entrada a su reciente pabellón dedicado a los gorilas de montaña (Fig. 6). Por lo tanto, el primer peldaño de la pretendida escalera evolutiva se tambalea y cae bajo el peso de la evidencia: los australopitecos no fueron antepasados del hombre.

Los australopitecos constituyen diversas especies de monos fósiles que se extinguieron en el pasado sin dejar descendientes, como ocurrió con los dinosaurios y tantas otras especies biológicas que nada tuvieron que ver con el origen del hombre. Si algunos insisten en considerarlos antepasados humanos es porque no tienen nada mejor a mano. Sin embargo, los australopitecos son tan homínidos como pueden serlo los grandes monos que viven en la actualidad. Ellos eran seres mucho más parecidos a los gorilas, chimpancés y orangutanes de hoy que a nosotros mismos. Esto es precisamente lo que refleja el esquema que exhibe al público el zoológico de Barcelona, en España, en la entrada a su reciente pabellón dedicado a los gorilas de montaña (Fig. 6). Por lo tanto, el primer peldaño de la pretendida escalera evolutiva se tambalea y cae bajo el peso de la evidencia: los australopitecos no fueron antepasados del hombre.

Fig. 6. Esquema simplificado que exhibe el parque zoológico de Barcelona (España), en el que puede apreciarse la pretendida relación filogenética que existiría entre el ser humano actual (Homo sapiens sapiens) y los grandes monos. Es significativo el hecho de que los australopitecos ya no han sido colocados en la línea que conduciría al hombre, sino en otra diferente que se extinguió sin dejar descendencia. El evolucionismo cree hoy que hombres y australopitecos descienden de un desconocido e hipotético antepasado común.

2. Homo habilis: un australopiteco más

La denominación de la especie Homo habilis fue propuesta en la década de los sesenta por la familia Leakey, constituida por varios paleoantropólogos famosos, con la intención de agrupar una serie de cráneos y restos óseos enigmáticos o difíciles de clasificar. Desde el principio este taxón, o grupo sistemático de clasificación, ha sido muy problemático y todavía hoy continúa generando divergencias profundas en el seno de la paleontología evolucionista.

En 1964, Louis Leakey, Phillip Tobias y John Napier anunciaron en la revista Nature el descubrimiento del nuevo «ancestro humano», al que llamaron precisamente Homo habilis por creer que era capaz de fabricar herramientas. Los primeros fósiles encontrados en Olduvai (Tanzania), que se denominaron: OH 13, OH 16 y OH 17, eran restos craneales muy incompletos asociados a mandíbulas y maxilares. Después se les añadió OH 8, formado por falanges, un fragmento molar y restos de un pie; OH 6, que incluía un parietal y algunos dientes; y OH 4, que era un trozo de mandíbula con un molar y un premolar. Más tarde se encontraron trozos de otro cráneo al que se llamó OH 24 (Fig. 7), que como puede apreciarse seguía siendo bastante fragmentario. A pesar de haber sido incluidos en el género Homo, por creer que dichos seres fabricaron los primeros instrumentos humanos vinculados con la industria de Olduvai, en realidad, todos estos fósiles recordaban mejor el aspecto simiesco de los australopitecos que el humano, tal como se manifestó ya desde un primer momento.

Fig. 7. Visión lateral y frontal del cráneo OH 24 que fue atribuido al Homo habilis a pesar de su aspecto simiesco y su reducido tamaño.

Los principales rasgos morfológicos del Homo habilis fueron criticados con severidad por algunos de los más ilustres paleontólogos de la época, como Le Gros Clark, Howell, Campbell, Pilbeam, Simons Robinson, entre otros. El primero de esta lista envió una carta al editor de la revista científica Discovery, en la que decía lo siguiente: «Las similitudes de los fósiles de Leakey (se refiere al Homo habilis) con los ejemplares conocidos como Australopithecus son tan remarcables, y las diferencias con respecto a los restos fósiles conocidos como Homo (se refiere a Homo erectus) tan grandes, que difícilmente puede discutirse su relegación al género anterior (es decir, a los australopitecos)». Por su parte, C. Loring Brace, de la Universidad de Michigan, afirmó también: «Ya que el taxón Homo habilis carece de espécimen tipo, de paratipos utilizables o de cualquier otro material inequívocamente referido, constituye un taxón vacío, propuesto de forma inadecuada, y debería ser formalmente suprimido» (Gibert, 2004). Tales fueron las primeras reacciones de buena parte del estamento científico del momento.

No obstante, a pesar de la oposición procedente de las propias filas evolucionistas, el deseo de llenar el vacío existente entre los australopitecos y los verdaderos seres humanos pudo más que las evidencias científicas, y el Homo habilis se mantuvo sobre su endeble y confuso pedestal. La historia se complicó todavía más con el descubrimiento de otros cráneos de diversos tamaños, el KNMER-1470 (Fig. 8), el KNMER-1813 y el OH 62. Los dos primeros hallados por el equipo de Richard Leakey y el tercero debido a los trabajos de Donald C. Johanson. Estos fósiles fueron también clasificados como pertenecientes al Homo habilis, lo que contribuyó a crear un gran cajón de sastre sumamente heterogéneo y confuso, donde se incluían restos que no encajaban en ningún otro lugar.

Algunos autores, como Groves (1989), intentaron ordenar dicho cajón de sastre y les salieron por lo menos dos especies distintas, Homo habilis y H. rudolfensis. La primera para incluir a los fósiles similares a los australopitecos y la segunda para los de aspecto humano. Otros paleontólogos prefirieron creer en la uniformidad del taxón y continúan considerando que el Homo habilis es una única especie intermedia entre el Australopithecus africanus y el Homo erectus.

En medio de toda esta polémica no conviene perder de vista que, en paleontología, muchas conclusiones que se muestran como científicas son en realidad bastante subjetivas y reflejan cuestiones ideológicas, estratégicas o simplemente de promoción personal, más que cualquier otra cosa. Además, en esta disciplina, los criterios para definir nuevas especies no suelen estar bien establecidos, por lo que resulta relativamente fácil crear nuevos taxones que vienen a complicar todavía más las cosas. Por fortuna, las discusiones posteriores de los especialistas a nivel mundial hacen que las aguas vuelvan a su cauce natural y muchos nombres científicos que fueron puestos alegremente se eliminan o son cambiados en función de los nuevos descubrimientos.

Fig. 8. Cráneo denominado KNMER-1470 hallado en la margen oriental del lago Turkana, en Kenya. Se atribuyó a la especie Homo habilis, considerada intermedia entre los australopitecos y el Homo erectus. Los ilustradores imaginaron cómo debía ser su aspecto externo y así se la representa hoy en los medios de divulgación. Sin embargo, muchos paleontólogos creen que se trata de una especie ilegítima que debería eliminarse de la filogenia humana, ya que está constituida por dos tipos de fósiles diferentes: unos claramente humanos, como el de este 1470, y otros pertenecientes al género Australopithecus.

Uno de los principales problemas para el evolucionismo, con relación al Homo habilis, era el que planteaba precisamente este cráneo KNMER-1470, ya que poseía un relativo aspecto de hombre moderno pero había sido encontrado en un estrato demasiado profundo como para pertenecer a un ser humano. Al principio fue datado en 2,9 millones de años de antigüedad, según la cronología evolucionista. Sin embargo, si se aceptaba tal edad, había que suponer que el H. habilis era tan antiguo como los australopitecos, y por lo tanto no podía haber surgido de ellos como se pretendía. Diez años duró la controversia acerca de la antigüedad real de este cráneo, hasta que en 1981 se rebajó ni más ni menos que un millón de años y se asumió que solo tenía 1,9 millones. No cabe duda de que semejante reducción pone en entredicho los métodos empleados por el evolucionismo para datar fósiles. Aunque no se aportaron razones convincentes de por qué el KNMER–1470 no se atribuyó a alguna forma de Homo sapiens, ya que esto era lo que indicaba su aspecto, en vez de ello se prefirió agruparlo con los fragmentos de la especie H. habilis. Y más tarde, este cráneo contribuyó precisamente a darle estatus y aceptación definitiva a la creación de dicha especie.

Hay por lo menos cuatro inconvenientes fundamentales que impiden considerar al Homo habilis como una especie válida (Lubenow, 2003). A saber: (1) según la ley de Dollo, la evolución regresiva es irreversible, o sea que cuando un órgano desaparece ya no reaparece jamás. Esto contradice la pretendida evolución desde el Homo habilis, de aspecto grácil, al Homo erectus, que posee un esqueleto mucho más robusto, y más tarde al Homo sapiens, que vuelve a ser otra vez grácil de formas como el H. habilis; (2) se ha supuesto que el Homo habilis era bípedo y fabricaba herramientas, basándose principalmente en la naturaleza juvenil de unos poco huesos postcraneales, pero esto es una asunción indemostrable; (3) existe una gran disparidad entre los volúmenes de los cráneos 1470 y 1590, que entran claramente dentro del rango humano, y los cráneos 1805, 1813 y OH 24, que son demasiado pequeños para ser considerados humanos, aunque a pesar de tan enormes discrepancias se sigue creyendo que todos pertenecen al H. habilis; y (4) está el hecho de que los fósiles postcraneales no se hayan localizado directamente asociados a los cráneos encontrados. Tales inconvenientes demuestran que el evolucionismo posee mucha fe, o demasiados intereses ideológicos, al pensar que todos estos fósiles pertenecieron a la misma especie.

En mi opinión, el Homo habilis no es un taxón legítimo ya que está formado por fósiles susceptibles de agruparse en dos categorías distintas: unos de mayor tamaño que pueden clasificarse como fósiles humanos y otros notablemente menores que son similares a los australopitecos. Por lo tanto, el H. habilis no constituye ninguna forma intermedia entre los géneros Australopithecus y Homo, como el evolucionismo pretende, sino una mezcla de individuos que pertenecieron a estos dos últimos géneros. Tal conclusión viene respaldada por investigaciones anatómicas de los endocráneos atribuidos al H. habilis (Falk, 1983). Además, la hipótesis de que el Homo erectus surgió del H. habilis ya no puede sostenerse, pues las últimas dataciones evolucionistas afirman que fueron simultáneos en el tiempo (Fig. 14). En resumen, aunque el Homo habilis continúe figurando en los libros de texto y en las publicaciones de divulgación, lo cierto es que se trata de una especie imaginaria que nunca existió. Algunos evolucionistas ya se han atrevido a reconocerlo pero será el tiempo quien se encargue de eliminarlo por completo.

3. Homo erectus: empieza la saga humana

La paleontología evolucionista reconoce la especie Homo erectus, que significa «hombre que caminaba erguido», como perteneciente ya a un verdadero ser humano que poseía su cultura propia. Desde que el médico holandés Eugene Dubois encontrara en 1892 su famoso Pitecanthropus erectus en Trinil (Java), se han venido descubriendo numerosos fósiles atribuidos al Homo erectus en Asia, Europa y África. La razón principal por la que se le considera más primitivo que el Homo sapiens es su capacidad craneal y el prominente arco superciliar (Fig. 9).

El volumen de su cerebro oscilaba entre los ochocientos y los mil doscientos cincuenta centímetros cúbicos. Esto lo sitúa dentro del rango inferior del ser humano, cuya dispersión actual oscila entre los setecientos y los dos mil doscientos centímetros cúbicos. No obstante, muchas personas que viven en la actualidad, como los pigmeos y otras etnias, poseen el mismo volumen craneal que el Homo erectus. También las hay que presentan prominentes arcos superciliares como los aborígenes australianos y, a pesar de ello, son auténticos seres humanos capaces de desarrollar los mismos niveles intelectuales que cualquier otro grupo humano. La neurobiología ha demostrado que la forma del cráneo o el tamaño del cerebro en los seres humanos no están necesariamente relacionados con la capacidad intelectual. Muchos esqueletos atribuidos a esta especie son idénticos a los de los hombres actuales, como el del niño de Turkana, que fue encontrado cerca del lago Turkana en Kenya.

Fig. 9. Reconstrucción del cráneo del Homo erectus con su característica y prominente arcada superciliar. El evolucionismo le considera más primitivo que el Homo sapiens. La razón principal para ello es su capacidad craneal ligeramente inferior y el mencionado arco superciliar. No obstante, muchas personas que viven en la actualidad, como los pigmeos y otras etnias, poseen el mismo volumen craneal que el Homo erectus. También las hay que presentan prominentes arcos superciliares como los aborígenes australianos y, a pesar de ello, son auténticos seres humanos capaces de desarrollar los mismos niveles intelectuales que cualquier otro grupo humano.

El propio paleontólogo Richard Leakey se vio obligado a reconocer que las diferencias existentes entre el Homo erectus y el Homo sapiens no son mayores que las que puedan existir entre razas humanas distintas:

Uno debería ver también las diferencias en las formas del cráneo, en el grado de profusión del rostro, en la prominencia de las cejas, etc. Estas diferencias probablemente no son más pronunciadas que las que vemos hoy día entre razas humanas alejadas geográficamente. Tales variaciones biológicas surgen cuando las poblaciones están apartadas geográficamente durante una cantidad de tiempo significativa (Leakey, 1981).

El mismo error que se cometió al intentar humanizar los australopitecos y el Homo habilis se ha realizado también con el H. erectus pero al revés, animalizándolo. Sin embargo, a pesar de tantas reconstrucciones e ilustraciones divulgativas influidas por el evolucionismo, en las que el H. erectus aparece con aspecto simiesco, a medio camino entre los simios y el hombre, lo cierto es que se trata de una auténtica raza humana. Hay un gran vacío fósil, así como una notable distancia intelectual, entre él y cualquier otro australopiteco u Homo habilis. El género Homo aparece de golpe, y la paleontología actual reconoce que su origen es enigmático e incierto (Gibert, 2004). Por mucho que se procure aproximar los simios a las personas, la verdad es que la propia ciencia de los fósiles se resiste a ello.

No hay señales de transición gradual entre el Homo habilis y el Homo erectus ya que ambas especies aparecen en los estratos casi a la vez. Esto significa que coexistieron en el mismo tiempo. Tampoco se conoce transición alguna entre el Homo erectus y cualquier otra especie de su mismo género (H. ergaster, H. sapiens, H. neanderthalensis, H. antecessor, H. rhodosiensis u H. heidelberguensis). Los árboles evolutivos y las relaciones entre especies se construyen de manera hipotética pues están basados en meras conjeturas o asunciones previas. La realidad es que las especies siempre permanecen estables durante millones de años, nunca se observan evidencias de transición entre una especie y otra.

Por lo que respecta a la capacidad craneal, tan utilizada en esta disciplina, es necesario reconocer que existe una gran variabilidad dentro de las distintas etnias humanas actuales. En ocasiones, el evolucionismo se ha basado en el tamaño del cerebro para construir árboles genealógicos y trazar relaciones de parentesco evolutivo entre las diferentes especies fósiles y el hombre actual. Sin embargo, la realidad es que nuestra capacidad craneal es muy amplia. Cuando se analiza el cráneo de las diversas razas humanas que existen en la actualidad, este oscila entre los setecientos y hasta cerca de los dos mil doscientos centímetros cúbicos de capacidad. Y además, dicha variación no tiene nada que ver con la inteligencia de las personas. Tan inteligente, o torpe, puede ser un individuo que pertenezca al rango inferior como al más elevado. Esto constituye un poderoso argumento a tener en cuenta a la hora de atribuir inteligencia a las especies fósiles.

La capacidad craneal media de los orangutanes actuales está alrededor de los cuatrocientos centímetros cúbicos, la de los chimpancés en cuatrocientos cincuenta, y la de los gorilas en unos quinientos. En el ser humano la misma alcanza los mil setecientos cincuenta centímetros cúbicos. Los antropólogos han elaborado distintos índices de cefalización, comparando el peso del cerebro con el total del individuo, o con la médula espinal, o la proporción entre las áreas prefrontales del córtex y la totalidad de este, etc. De tales estudios surgió el siguiente índice de cefalización de Schenk (Pinillos, 1995: 32).

Esta lista expresa con claridad el enorme salto que nos separa del chimpancé, que es el simio más cercano a nosotros en cuanto a índice de cefalización (Fig. 10). Otros indicadores, como los neopaleales y cerebelosos de Witz, muestran que en su dotación cerebral el ser humano supera a los antropoides más parecidos en cifras tal altas que están por encima del trescientos por ciento. Tales datos resaltan las notables diferencias que nos separan de los simios, a pesar de lo que en ocasiones se nos intenta hacer creer por parte del evolucionismo.

Fig. 10. Gráfico que muestra la gran diferencia existente en el índice de cefalización de Schenk entre el hombre y el resto de los grandes monos actuales.

El volumen craneal medio de los Australopithecus era semejante al de los simios actuales, rondaba los seiscientos centímetros cúbicos. Es decir, estaba en el rango propio de los monos. Sin embargo, el de los fósiles pertenecientes al género Homo, como el H. erectus, superaba ya los mil centímetros cúbicos. Por ejemplo, el hombre de Java y el de Pekín, que se consideran miembros de dicha especie, alcanzaban capacidades medias de mil trescientos centímetros cúbicos, mientras que el hombre de Neandertal y el de Cro-Magnon llegaron incluso a superar la capacidad craneal del hombre moderno. Todos tenían un volumen cerebral que estaba dentro del rango que incluso en la actualidad poseemos las personas. A pesar de las pretensiones de la teoría darwinista, y reconociendo las limitaciones de equiparar el tamaño cerebral con la inteligencia, lo cierto es que el análisis del volumen del cerebro muestra claramente lo que venimos defendiendo hasta ahora, que no hay evidencia de transición gradual entre los fósiles pertenecientes a los simios y los fósiles humanos. Los hechos confirman la existencia de dos grandes grupos fósiles diferentes, el de los monos y el de los hombres. Pero no el de los «hombres-mono» que predica el evolucionismo. El ancestro común está hoy más perdido que nunca.

Es frecuente oír acerca de los «grandes parecidos» que existen entre algunos simios de la actualidad y los seres humanos. Se dice, por ejemplo, que desde el punto de vista genético los chimpancés se parecen a nosotros en un noventa y ocho por ciento. Y es verdad. A primera vista, esto parece reforzar la idea de que ellos y nosotros somos parientes cercanos que habríamos descendido por evolución a partir de un antepasado común. No obstante, ante las evidentes diferencias que hay entre un mono y un científico, por ejemplo, quizás sea interesante preguntarse por esa «pequeña» diferencia del dos por ciento.

Uno de los descubrimientos que más sorprendió a los antropólogos evolucionistas fue el hecho de que tanto chimpancés, como gorilas y orangutanes tuvieran veinticuatro pares de cromosomas en cada una de sus células, mientras que los humanos solo poseyéramos veintitrés. El hombre constituye precisamente la única excepción entre el resto de los primates porque posee un par menos. Esta diferencia hace que las personas puedan ser consideradas como seres únicos. ¡Un par de cromosomas menos y ese misterioso dos por ciento distinto deben ser características tremendamente importantes!

A ellas se debe que nazcamos completamente indefensos y con un pequeño cerebro que solo representa el veinticinco por ciento de su volumen definitivo, para que después, fuera del claustro materno, pueda desarrollarse plenamente por encima de las posibilidades de cualquier simio, permitiendo así la educación y la cultura. A tales desigualdades génicas se deben también características propias, como que podamos andar erguidos, pensar, hablar, trabajar con las manos y creer en Dios. El gorila, por ejemplo, construye cada noche un nido de ramas que desaparece a los pocos días sin dejar rastro alguno. Sin embargo, el hombre siempre deja huellas indelebles de su presencia. Puntas de flecha, piedras de sílex talladas, pinturas rupestres, arte, cerámica, construcciones, enterramientos, etc. El entorno habitado por el ser humano tiene memoria y permite ser estudiado, mientras que el de los monos es casi estéril.

El hombre es la única especie verdaderamente ubicua, adaptada a todos los ambientes y capaz de transformarlos en beneficio propio. La conciencia que tiene de sí mismo le lleva a saber que debe morir y que su propia esencia no puede ser explicada solo como materia natural. La existencia del alma como realidad trascendente, sinónimo de vida, psiquismo, espiritualidad y apertura a lo sobrenatural es una característica fundamental del hombre, la cual no se da en el resto de los primates ni en ningún otro animal, y no puede ser pasada por alto. ¡Después de todo, esa diferencia del dos por ciento no parece tan insignificante!

 4. Homo sapiens: diversidad de razas

El nombre que el ser humano ha dado a su propia especie, Homo sapiens, denota la inteligencia que caracteriza o debiera caracterizar el comportamiento del hombre. Es verdad que cuando nos comparamos con otros animales irracionales, sobre todo por lo que respecta a su conducta, cuidado de las crías, fidelidad a los congéneres, sentido común, etc., en ocasiones el calificativo de «sabio» parece más apropiado para alguno de ellos que para ciertos individuos de la especie humana. No obstante, a pesar de tales consideraciones morales, es innegable que el hombre es cualitativamente diferente de todos los demás organismos que habitan este planeta. Tendremos ocasión de abundar en ello en el siguiente apartado, de momento pasaremos revista a los principales fósiles pertenecientes al género Homo y a las notables similitudes que presentan con el ser humano moderno.

Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, dos paleontólogos españoles que trabajan en el proyecto Atapuerca, proponen en su libro La especie elegida un nuevo esquema evolutivo para el género Homo, a partir del momento en que, según su opinión, se produjo el poblamiento de Eurasia (Arsuaga y Martínez, 1998) (Fig. 11). Evidentemente, en dicho esquema incluyen la nueva especie descubierta por ellos en la cueva de la Gran Dolina (Burgos), que denominan Homo antecessor por creer que fue el antepasado común de nuestra especie y de los neandertales.

Fig. 11. Esquema evolutivo del género Homo propuesto por el equipo de Atapuerca, a partir del momento del poblamiento de Eurasia (Arsuaga, 1998).

Lo primero que se observa en este nuevo árbol evolutivo es que ni el Homo erectus, ni el hombre de Neandertal, ni el de Heidelberg, están en el linaje que conduciría al Homo sapiens, sino que se extinguieron sin dejar descendientes. Esto demuestra cómo han evolucionado los propios árboles genealógicos y cómo cada nuevo cráneo que se descubre supone también una revisión de lo que se creía anteriormente. El esquema propuesto por Johanson y White (Fig. 12), y que se aceptó durante los años de 1979 a 1986, suponía que el Homo erectus fue el antecesor directo del Homo sapiens. Sin embargo, hoy se cree que ambas especies fueron contemporáneas y, por lo tanto, una no pudo surgir de la otra (Fig. 14).

Esquema de la evolución humana 1979–1986

(Según Johanson y White)

Fig. 12. Esquema de la evolución humana, según Johanson y White, que predominó durante la década de los ochenta y posteriormente fue cambiando.

Esquema de la evolución humana 1986–

(según Lubenow)

Fig. 13. Esquema de la evolución humana aceptado a partir de 1986. Con el descubrimiento de nuevos fósiles aumentan considerablemente los interrogantes y los simios fósiles se van separando de los humanos.

El hombre de Neanderthal fue considerado durante mucho tiempo como antepasado del ser humano actual. Se le dibujaba encorvado, peludo y con un cráneo de forma simiesca, para darle apariencia de estar a medio camino entre los monos y las personas. Sin embargo, la paleoantropología actual ha reconocido que esto fue un error. No hay nada en los múltiples restos óseos que se poseen de los neandertales que indique que se tratara de una especie inferior al hombre. Se ha reconocido que la apariencia encorvada era consecuencia del raquitismo que habían sufrido algunos ejemplares. Su esqueleto era más robusto que el nuestro y su capacidad craneal sobrepasaba también ligeramente la del hombre actual. Sabemos que enterraban a sus muertos mediante algún tipo de ceremonial religioso, que fabricaban instrumentos musicales y, probablemente, se relacionaron con el Homo sapiens antiguo. Algunos paleontólogos creen que no era una especie distinta a la nuestra, sino solo una subespecie o raza diferente, por eso prefieren llamarla Homo sapiens neanderthalensis. En resumen, los neandertales fueron una raza humana más fuerte y vigorosa que nosotros, que simplemente desapareció de la tierra, al igual que siguen desapareciendo hoy otras etnias.

Esquema de la evolución humana 1997

(según Bernard Wood, Universidad de Liverpool)

Fig. 14. Uno de los últimos esquemas evolutivos propuestos para el origen del hombre. Como puede apreciarse, continúan aumentando los interrogantes en torno al origen del género Homo, y cada vez resulta mayor la brecha existente entre los simios (Ardipithecus, Australopithecus, Paranthropus) y las distintas variedades humanas.

Lo mismo puede decirse del Homo heidelbergensis, el H. rhodesiensis, el H. antecessor y el H. ergaster. Las diferencias entre ellos y el Homo sapiens arcaico son realmente insignificantes, y el hecho de que se clasifiquen como especies distintas depende más de los criterios conceptuales y sistemáticos entre paleontólogos evolucionistas que de las evidencias reales. Muchas de las divergencias anatómicas que se observan en los cráneos fósiles atribuidos a dos especies distintas son similares a las que pueden existir hoy entre dos razas humanas diferentes, como pueden ser un europeo, un pigmeo o un aborigen australiano (Fig. 15).

No obstante, el descubrimiento más espectacular y trascendente para la paleontología no ha venido de ella sino de la ciencia de la herencia, la genética. Fue el ocurrido a principios de este siglo XXI. En la prestigiosa revista Nature, en el número de marzo del 2002, el evolucionista molecular Alan Templeton, de la Universidad de Washington en Saint Louis (Missouri), hizo público un estudio acerca de las comparaciones de ADN en los seres humanos actuales (Templeton, 2002). Se trata de una especie de técnica detectivesca que pretende reconstruir la historia evolutiva de la humanidad determinando el grado de parecido genético entre las poblaciones humanas actuales de todo el mundo. Sus conclusiones, centradas en métodos matemáticos e informáticos muy avanzados, están revolucionando completamente la antropología. Ya no se habla de huesos fósiles, sino de genes presentes en los humanos actuales que se consideran fósiles del pasado.

Fig. 15. Cráneos contemporáneos de un europeo y un aborigen australiano, ambos pertenecientes a la misma especie Homo sapiens sapiens. Las diferencias entre ellos serían suficientes para clasificarlos como dos especies distintas si se encontraran en estado fósil.

¡Si Templeton tiene razón, y parece que sí la tiene, todas las especies fósiles conocidas, tales como el Homo erectus, el Homo antecessor, el Homo heidelbergiensis, el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens son en realidad la misma y única especie humana! Esto supone un cambio fundamental de paradigma dentro de la antropología, ya que confirma que todos estos pretendidos eslabones fósiles no fueron más que variedades raciales de la única especie de seres humanos. Los genes del hombre actual indican que en el pasado hubo importantes migraciones entre los continentes africano, asiático y europeo, pero tales traslados no produjeron el reemplazo de una variedad humana por otra, sino el entrecruzamiento o la mezcla genética, lo cual contribuyó a consolidar los lazos genéticos entre las poblaciones humanas por todo el mundo.

En otras palabras, no hay evidencia sólida de que el hombre haya evolucionado a partir de ningún simio del pasado. Todos los fósiles pertenecientes al género Homo (a excepción de H. habilis) corresponderían en realidad a seres humanos que nada tuvieron que ver con los monos fósiles de los géneros Australopithecus o Paranthropus. En algunos casos, incluso fueron contemporáneos. Por lo tanto, en contra de lo que habitualmente se divulga, no existe ninguna evidencia fósil convincente de que se hubiera producido una transición evolutiva entre ambos grupos fundamentales. El primitivo árbol de la evolución humana ha quedado convertido en dos arbustos independientes sin conexiones reales entre sí. Por un lado, el de las especies de simios fósiles, y por el otro, el de las variedades o razas de auténticos seres humanos. Estos hechos, que actualmente tienen confundidos a tantos paleoantropólogos evolucionistas, nos llevan a la conclusión lógica de que las personas siempre han sido personas y los monos, monos. El hombre desciende de Dios, no del simio, y esto es precisamente lo que afirma la Biblia.

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Más objeciones sobre la Biblia

Más objeciones sobre la Biblia

NOTA: Extracto del artículo titulado con el mismo nombre, el cual puede ver completamente en el Blog Amigo del Pastor Daniel,

Objeción número 2: El Canon de la Biblia fue formado arbitrariamente por la Iglesia, y muchos otros libros fueron dejados de lado.

Es un error pensar que el Canon fue establecido por la Iglesia. No, el Canon fue establecido por Dios, la Iglesia luego lo discierne.

¿Qué método se usó? ¿Cuál fue el examen de canonicidad para incluir un libro?

1)    El libro es autoritativo – Tiene la marca indeleble de “Así dice el Señor”

2)    Fue escrito por un hombre de Dios

3)    Posee el poder transformador de Dios para las vidas

4)    Fue recibido, coleccionado, leído y usado por los cristianos de los primeros siglos

5)    Su autenticidad es corroborada por los Padres de la Iglesia (NT), y por los judíos (AT)

6)    La regla de oro para no canonizar un libro era: “Si existen dudas, se descarta”

Pero la mejor prueba de canonicidad sigue siendo la estampa de aprobación de Jesucristo. Cristo corroboró el canon del Antiguo Testamento, aunque éste ya estaba establecido antes de su nacimiento. Si leemos Lucas 24:44 veremos que Jesús dijo que la figura central de las escrituras judías era él, y dice cuáles eran los libros con la autoridad de Dios. Lo mismo hace en Lucas 11:51, donde abarca desde el primer mártir, Abel, hasta el último, Zacarías (ver también Mateo 23:35). El punto que debe notarse es que los fariseos no disputaron para nada con Jesús acerca de la inspiración y formación del Canon del AT.

En cuanto al Nuevo Testamento:

A los efectos de centrarnos en el tema, es esencial tener una noción sólida de lo que es el Canon. La Palabra griega significa “vara de medir”. Hablando metafóricamente, estos libros fueron “medidos” y por lo tanto reconocidos como la Palabra de Dios. Hoy en día, cuando hablamos del Canon de la Escritura, los cristianos nos referimos a todos los libros que colectivamente constituyen la Palabra de Dios.

Es importante saber que muchos libros escritos durante los tiempos del NT ya eran reconocidos como Palabra de Dios. Es altamente revelador el hecho de que Pablo, en 1 Timoteo 5:18, une en un solo versículo una referencia del AT con otra del NT (Dt. 25:4 y Lc. 10:17).

En el primer siglo no era nada fuera de lo normal que un pasaje del AT fuera llamado “Escritura”, pero que un pasaje de un evangelio fuera llamado “Escritura”, eso nos dice mucho acerca de que Pablo consideraba esos libros del NT con autoridad divina.

Para ser mas específicos, sólo habían pasado tres años entre el Evangelio de Lucas (60 d.C.) y el tiempo en que se escribe 1 Timoteo (63 d.C.)  A pesar de esto, Pablo, un judío (hebreo de hebreos), no tiene ningún empacho en poner al Evangelio de Lucas en el mismo nivel de autoridad que el libro de Deuteronomio.

Sumado a esto, sabemos que Pedro reconoce los escritos de Pablo como inspirados por Dios (2 P. 3:15), y Pablo, dicho sea de paso. escribió prácticamente la mitad del NT.

Esto en breve,  pone fin a los alegatos de que el Canon fue determinado siglos más adelante por la Iglesia. El Canon fue determinado por Dios, la Iglesia más adelante simplemente lo reconoce. Eso debe quedar claro.

Por último, hubo razones de peso para proceder a canonizar el NT, y fueron éstas:

1)    Un hereje, Marción (140 d.C.) había elaborado su propio canon

2)    Las iglesias del este estaban usando libros en sus cultos completamente desalineados con el evangelio

3)    El emperador Diocleciano (303 d.C) había ordenado la destrucción de los libros sagrados

Como dato informativo, agreguemos que Atanasio fue el que compiló la primera lista de libros del NT tal cual la tenemos hoy (367 d.C.). Jerome y Agustín también listaron 27 libros. <>

*Este Escrito ha sido Publicado en este blog con el Permiso del apologista Pablo Santomauro*

Artículo tomado del blog amigo  El blog del Pastor Daniel

Publicado por: Héctor Reséndiz



Luego de tantas traducciones, adiciones y revisiones, ¿Es confiable la Biblia?

Luego de tantas traducciones, adiciones y revisiones, ¿Es confiable la Biblia?

Por Pablo Santomauro

La pregunta del título parece ser un cliché favorito de los críticos de la Biblia provenientes del sector ateo y muchos enemigos de la fe cristiana. Desde ahí se ha filtrado hacia los niveles de la ignorancia del hombre de la calle, y como éste no tiene la capacidad crítica suficiente para analizar y razonar ante las evidencias por la veracidad de la Biblia, este ataque en forma de pregunta probablemente continuará en las siguientes generaciones.¿Recuerda el lector el Código Da Vinci, del autor Dan Brown? El libro también atacaba la Biblia de la misma manera. Las proposiciones a continuación son puestas en boca de un pretendido historiador, quien se dedica a contestar preguntas y dudas de sus interlocutores, según el Código Da Vinci:

La Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo … La Biblia es un producto del hombre … no de Dios. La Biblia no nos cayó de las nubes. Fue el hombre que la creó para dejar constancia histórica de unos tiempos tumultuosos, y ha evolucionado a partir de innumerables traducciones, adiciones y revisiones. La historia no ha contado con una versión definitiva del libro. (CDV. pp. 287-88) [subrayado nuestro]

Es obvio que la primera parte de este párrafo en referencia a que la Biblia no fue inspirada por Dios pertenece al campo de la metafísica y por lo tanto debemos dejar que los teólogos y apologistas del cristianismo la refuten. Numerosos apologistas a través del tiempo han presentado argumentos poderosos e intelectualmente sólidos por la inspiración de la Biblia. Una exposición de éstos no está dentro del alcance de este trabajo. Es la segunda parte del párrafo la que al ser puesta en boca de un historiador real le causaría la degradación de profesor a barrendero en cualquier instituto de educación. Me refiero a “innumerables traducciones, adiciones y revisiones” que supuestamente han distorsionado lo que originalmente los textos decían. Es fácil lanzar al aire una acusación tan general y vaga como ésta, pero es significativo que Brown no hace ninguna mención específica que sustancie los cargos.

¿Innumerables Traducciones?

La acusación de Dan Brown carece de base académica y trasluce su ignorancia. Los problemas de traducción de la Biblia son los mismos problemas de cualquier documento de la antigüedad y en el análisis final no presentan ninguna dificultad. Siempre han habido problemas para transmitir los conceptos encerrados en las palabras de un lenguaje a otro, pero eso no significa que no se pueda comunicar la idea, especialmente cuando se trata de expertos haciendo el trabajo.

Traducir no es fácil, y menos cuando se hace de un lenguaje antiguo a uno moderno, por ejemplo, de hebreo, arameo y griego al español moderno o cualquier otro lenguaje contemporáneo. Un lenguaje es mucho más que sólo palabras, es también la forma en que la gente usa las palabras. Es por ello que existen buenos traductores que conocen cómo todas esas palabras funcionan cuando se acoplan en una secuencia, no sólo en el lenguaje original sino también en el lenguaje al cual se traduce. El traductor también trata con las palabras en contexto, o sea, en relación con las otras palabras en la frase, con el párrafo y con toda la obra o documento.

El debe, además, encontrar la médula y el significado en ciertas frases y cláusulas. Por ejemplo, hay muchas expresiones en hebreo que también son usadas en español. En hebreo se puede hablar del corazón como el asiento de nuestras emociones y sentimientos, al igual que en español. Pero sucede que en ciertos casos, el hebreo puede hablar de otros órganos del cuerpo para expresar el mismo concepto, tal como intestinos, hígado y riñones. El traductor debe convertir el idioma original a lo que las palabras, en contexto, significan. Cuando el profeta Jeremías estaba angustiado por la caída de Jerusalén, el hebreo expresa literalmente que su “hígado se derramó por tierra”. Eso es lo que el texto hebreo dice exactamente, pero no significa que Jeremías sufría de cirrosis. Es por ello que los traductores de la Nueva Versión Internacional transmiten la expresión idiomática como Estoy con el ánimo por los suelos.

El punto es que los traductores de la Biblia, así como de otros documentos de la antigüedad, poseen un extenso conocimiento del vocabulario, las expresiones idiomáticas, la gramática y la puntuación de los diferentes lenguajes. Estas cosas son pre-requisitos para los traductores bíblicos, quienes van mejorando con el paso del tiempo acercándose más y más a la cuasi-perfección. Gracias a muchos descubrimientos arqueológicos, los traductores hoy conocen el significado exacto de ciertas palabras que no se conocían hace 400 años. En vista de todo este progreso junto con los adelantos tecnológicos modernos, resulta ridículo que algunos sugieran que las múltiples traducciones han sido un factor negativo que arroja dudas sobre la fidelidad de la traducción de la Biblia.

(Más sobre la objeción de “innumerables traducciones” en la próxima sección)

¿Innumerables Adiciones?

Cualquier conocedor imparcial admitirá, por ejemplo, que los manuscritos del Mar Muerto prueban la precisión con que han sido transmitidos los documentos bíblicos. Estos rollos descubiertos en Qumran en 1947, son manuscristos 1000 años más antiguos (150 b.C.) que los manuscritos que se poseían en aquel entonces, los cuales databan del 900 d.C.. Lo notable en esto es que cuando comparamos los dos grupos de manuscritos, es claro que ambos son esencialmente lo mismo, con muy pocos cambios. El hecho de que manuscritos separados por un espacio de 1000 años sean esencialmente iguales indica la increíble exactitud con que fue ejecutada la transmisión de los manuscritos del Antiguo Testamento.

Por ejemplo, dos copias del Libro de Isaías fueron descubiertas en Qumran (cueva #1), cerca del Mar Muerto en 1947. Estas copias que eran 1000 años más antiguas que las conocidas previamente, que databan del 960 d.C., resultaron ser palabra por palabra idénticas a nuestra Biblia hebrea estándar en más del 95 % del texto. El 5 % de variación consiste primariamente en deslices obvios de la pluma y variaciones de deletreado. Si bien es cierto que toda traducción de documentos de la antigüedad presenta ciertos problemas al ser vertida del griego y el hebreo antiguo a cualquier lenguaje moderno, de ninguna manera esto constituye un impedimento para lograr una versión definitiva de lo escrito.

En realidad, la transmisión de los antiguos textos, la calidad y el número de copias manuscritas, la ciencia de la crítica textual, y el arte de la traducción aseguran que las Biblias de reputación que tenemos hoy son una rendición muy exacta de lo que se escribió originalmente. Obsérvese que no me estoy refiriendo a la credibilidad de la narración bíblica, me refiero al texto contenido en la Biblia. Esto no tiene nada que ver con religión, sino con el material documentario. Este tópico ha sido tratado tan exhaustivamente por tantos y tan buenos eruditos que la distorsión de Brown, el autor del Código Da Vinci, no tiene excusas. El apologista cristiano Greg Koukl plantea un interesante comentario del cual transcribimos esta extensa porción:

¿Podemos saber si el Nuevo Testamento ha llegado a nosotros libre de errores y distorsiones? Sí, podemos.

El argumento en contra.

El argumento contra la credibilidad de los textos del Nuevo Testamento puede ser expresado en una forma muy simple. ¿Cómo podemos saber que los documentos que nosotros tenemos reflejan exactamente los originales destruidos hace casi dos milenios? La comunicación no es perfecta; la gente comete errores. Los errores se acumulan y aumentan con cada generación sucesiva. Un ejemplo claro de esto es lo que se conoce con el nombre del juego del teléfono. Simplemente pásele un rumor o un mensaje a una persona y transfiéralo de persona a persona, de oído a oído, en un círculo. Luego compare el mensaje final con el original. La transformación radical de la frase original en tan corto tiempo siempre crea la ocasión para reirnos un poco. Esta comparación es suficiente para convencer al escéptico promedio de que los documentos del Nuevo Testamento no son de confiar. Por supuesto, todo el mundo sabe eso, ¿verdad?

Claro, es fácil plantear la crítica. Presentar pruebas de que el argumento es correcto es un poquito más difícil. Debemos aclarar que la objeción es presentada por gente que tiene muy poco entendimiento de los temas reales. En casos como este, el apelar al conocimiento general es como apelar a la ignorancia general. Como otras tantas críticas al cristianismo, esta objeción es esgrimida por gente que no ha recibido información veraz.

Examinando la información, y nada más que la información.

La cuestión de la autenticidad de los documentos no es algo que está dentro de la esfera religiosa, sino dentro de la académica. Puede ser contestada en una forma académica sin relación ninguna con convicciones espirituales mediante una técnica apologética que apela sólo a la evidencia. Reconozcamos que la objeción es convincente a primera vista. Cuando tratamos de conceptualizar el cómo reconstruir un original después de 2000 años de haber sido copiado, traducido y copiado de nuevo, el objetivo parece imposible.

El escepticismo sin embargo, está basado en dos conceptos erróneos sobre la trasmisión de documentos de la antigüedad tales como el Nuevo Testamento. El primer error es que la transmisión es linear, tal como el ejemplo del teléfono – una persona comunicando a una segunda, que a su vez se comunica con una tercera, etc. En un paradigma linear terminamos con un mensaje y muchas generaciones entre el original y el final.

Segundo, el juego del teléfono depende de la transmisión oral, la cual es más vulnerable a la distorsión que algo que es escrito.

Ninguno de estos supuestos aplica a los textos escritos del Nuevo Testamento.

Primero, la transmisión no fue linear, sino geométrica – o sea, una carta originó 5 copias, que a su vez crearon 25, que luego fueron 200 y así sucesivamente.

Segundo, la transmisión fue hecha por escrito, y los manuscritos escritos pueden ser examinados en una forma en que la comunicación oral no puede serlo.

Reconstruyendo la receta de la tía Juliana.

Permítanme ilustrar como se puede hacer este examen. Les ayudará para que entiendan como los eruditos pueden confiadamente reconstruir el texto tomando como punto de partida los manuscritos existentes (extantes) aun cuando haya diferencias entre las mismas copias, y éstas sean mucho menos antiguas que la autógrafa (el original).

Supongan que la tía Juliana tiene un sueño en el cual se le muestra la receta para un elíxir que le permitirá mantenerse siempre joven. Cuando se despierta, ella anota las instrucciones en un papel, y luego va la cocina a prepararse el primer vaso. En unos pocos días la tía Juliana ha sido transformada. Su belleza y juventud han retornado gracias a la fórmula secreta del jarabe de la tía Juliana

Juliana está tan entusiasmada que envía notas escritas a mano con la receta a sus tres amigas del juego de canasta (la tía Juliana todavía no sabe nada de fotocopiadoras o de e-mails). Las amigas a su vez, hacen copias y las envían a diez de sus amigas.

Todo va bien hasta que un día el perro salchicha de la tía, Sócrates, se come la receta original. Juliana entra en estado de pánico y contacta a sus tres amigas, quienes por esas cosas extrañas del destino, también han perdido sus copias. Estas amigas entonces recurren a las otras amigas, en un intento de recuperar las palabras o los ingredientes originales.

Finalmente pueden juntar todas las notas manuscritas que sobrevivieron, 26 en total. Cuando las despliegan sobre la mesa de la cocina inmediatamente notan algunas diferencias. Veintitrés de las copias son exactamente iguales. De las otras tres, una tiene una palabra mal deletreada, otra tiene dos frases invertidas (”mezcle y luego corte en trocitos” en lugar de “corte en trocitos y luego mezcle”), y una de las notas tiene un ingrediente que ninguna de las otras muestra en la lista.

Aquí está la pregunta crucial, ¿ustedes piensan que la tía Juliana puede con exactitud reconstruir su receta original a partir de la evidencia? ¡Por supuesto que puede! La falta de ortografía es un error obvio, y las frases invertidas se destacan fácilmente y pueden ser corregidas. En la tercera, Juliana simplemente tiene que tachar el ingrediente que está demás. El razonamiento es sencillo, es más factible que una persona agregue un ingrediente por error que 25 personas lo omitan accidentalmente. Aun si las variantes fueran más numerosas o más diversas, el original puede ser reconstruido con un alto grado de exactitud si tuviéramos suficientes copias (en el caso del Nuevo Testamento esto no es problema).

Así es, en forma simplificada, como la ciencia de la crítica textual funciona. Los críticos de texto son académicos que reconstruyen un original non-existente partiendo de manuscritos que datan muchas generaciones de distancia de la autógrafa. De acuerdo con el erudito Nuevo Testamentario F.F. Bruce, “Su objetivo es determinar tan exactamente como sea posible, partiendo de la evidencia existente, las palabras originales del documento en cuestión”.

La ciencia de la crítica textual es usada para examinar los documentos de la antigüedad, históricos y literarios. No se trata de un ejercicio teológico basado en esperanzas y adivinación. Es un experimento lingüístico que se rige por una serie de normas pre-establecidas. Este procedimiento permite que el crítico alerta y dedicado pueda determinar el grado de posible corrupción en cualquier documento. [Greg Koukl, Solid Ground, Jan/Feb 2005, Stand to Reason]

Agregar algo más a lo dicho por Greg Kokoul sería redundante.

¿Innumerables Revisiones?

Las revisiones son cosa común en cualquier obra de la antigüedad. A medida que el lenguaje va cambiando o cierta información sale a luz, así como ciertos hechos se van haciendo menos conocidos entre el público, se hace necesario ajustar los textos para que estos sean entendibles para futuros lectores. El castellano que hablaban Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera no es el mismo que se habla hoy. El español ha ido evolucionando y por ende se debieron llevar a cabo las correspondientes revisiones para ajustarse al lenguaje moderno. César Vidal Manzanares, erudito español, señala que la Biblia Reina Valera fue revisada en 1862, 1909 y 1960. En el 1909 se cambiaron 60,000 palabras por sinónimos más comunes. En el 1960 se introdujeron alrededor de 10,000 cambios de vocabulario para poner el lenguaje al día. Por ejemplo en la versión del 1909 la palabra “caridad” significaba amor, pero ahora la misma palabra se aplica a una persona caritativa, que da limosna a los necesitados; por lo tanto, se ha sustituido la palabra “caridad” por la palabra “amor”. En Colosenses 3:5 decía: “Amortiguad, pues, vuestros miembros…” y ahora dice “Haced morir pues lo terrenal en vosotros”. La palabra “amortiguar” no significa hoy lo que significaba hace cien años. Las revisiones, contrario a lo que afirman los críticos de la Biblia, no constituyen ningún obstáculo que impidan que hoy poseamos un versión “definitiva”, al decir de Dan Brown, de la Biblia. Brown habla de revisiones de la Biblia como si éstas hubieran sido cambios totales de contenido, o cambios en ideologías. Estas revisiones tampoco han sido “innumerables”. Brown es básicamente deshonesto, y llego a esta conclusión porque tanta ignorancia en una sola persona, no es posible.

*Este Artículo ha sido publicado con el permiso de el apologista Pablo Santomauro*

*Este artículo fue tomado del blog amigo: El Blog del Pastor Daniel*


¿CUMPLIÓ JESÚS LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS?

¿CUMPLIÓ JESÚS LAS PROFECÍAS MESIÁNICAS?

POR: LEE STROBEL

En una entrevista, Norman Geisler, de su vasta colección de citas de escépticos, me refirió la respuesta del agnóstico, Bertrand Russell, cuando le preguntaron bajo qué condiciones creería en Dios:

-«Bueno, si oyera una voz desde el cielo que predijera una serie de cosas para las siguientes veinticuatro horas, cosas muy improbables, y llegaran a suceder, creo que tal vez tendría que creer que hay alguna clase de inteligencia supra humana. No puedo concebir otro tipo de evidencia que pudiera convencerme y, en lo que a mí respecta, no existe dicha evidencia»- .

Cuando le preguntaron qué respondería a Russell, Geisler sonrió y dijo: -«Yo le diría: “Sr. Russell, hubo una voz del cielo; esta predijo muchas cosas; y sin duda algunas las hemos visto suceder”».-

Geisler se refería a la manera milagrosa en que los profetas predijeron acontecimientos y circunstancias específicas que culminarían cientos de años después con la llegada del Mesías (el «Ungido») que redimiría a Israel y al mundo. Aun un escéptico recalcitrante como Russell, tuvo que admitir que se requeriría un acto de Dios para que alguien pudiera predecir una serie de sucesos improbables y que estos se cumplieran contra toda probabilidad. Por lo tanto, las profecías mesiánicas, que se cumplieron con Jesús de Nazaret, son una poderosa confirmación de su identidad.

El Antiguo Testamento contiene miles de profecías acerca de la venida del Mesías. Según Barton Payne’s Encyclopedia oi Biblical Prophecy [Enciclopedia de Profecía Bíblica Barton Payne]’ se cumplieron ciento noventa y una profecías, mientras que el académico de Oxford, Alfred Edersheim, cita cuatrocientos casos: «Lo más importante que debemos tener presente es la unidad orgánica del Antiguo Testamento -apunta – . Sus predicciones no están aisladas sino que son parte de un gran cuadro profético».

Es indudable que estas predicciones se escribieran cientos de años antes de que Jesús naciera en Belén. «Aun los críticos más liberales reconocen que los libros proféticos se completaron unos cuatrocientos años a.c. y que el libro de Daniel se terminó alrededor del año 167 a.c.», dice Geisler.

Agregó que hay suficiente evidencia para datar la mayoría de los libros en fechas considerablemente anteriores que esas; hay algunos Salmos y profecías tempranas que datan de los siglos octavo y noveno antes de Cristo.28

Geisler señala que un pasaje solo, Isaías 53:2-12, predice doce aspectos de la pasión de Cristo, todos los cuales se cumplieron: Jesús sería rechazado, sería un varón de dolores, tendría una vida de sufrimiento, los hombres lo despreciarían, llevaría nuestros dolores, sería golpeado y herido por Dios, sería traspasado por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, y sufriría como un cordero, moriría por los malvados, sería sin pecado, y oraría por otros.

La mayoría de los rabinos rechazan la noción de que este pasaje de Isaías sea una figura del Mesías e insisten en que se trata de una referencia a la nación judía. Sin embargo, Geisler dice: «Antes del tiempo de Cristo era común que los intérpretes judíos enseñaran que Isaías estaba hablando del Mesías judío. Solo después que los primitivos cristianos comenzaran a usar el texto apologéticamente y con mucha fuerza, se convirtió en una enseñanza rabíhica del sufrimiento de la nación judía. Esta visión no es plausible en el contexto».

Otras de las principales predicciones acerca del Mesías, que se cumplieron todas en Jesús, fueron: que nació de mujer (Génesis 3:15), que sería una virgen ( Isaías 7:14), de los descendientes de Abraham (cf. Génesis 12:1~3j 22:18), de la tribu de Judá (cf. Génesis 49:10), de la casa de David

(cf. 2 Samuel 7:12~16), que nacería en Belén (cf. Miqueas 5:2), que sería anunciado por el mensajero del Señor (cf. Isaías 40:3); que purificaría el templo (cf. Malaquías 3:1), que se «le quitaría la vida» 483 años después del anuncio de la reconstrucción de Jerusalén en el año 444 a.e. (cf. Daniel 9:24~27), que sería rechazado (cf. Salmo 118:22), que sus manos y sus pies serían horadados (cf. Salmo 22:16), que su costado sería traspasado (cf. Zacarías 12:10), que resucitaría de entre los muertos (cf. Salmo 16:10), que ascendería a los cielos (cf. Salmo 68:18), y que se sentaría a la derecha del estrado de Dios (cf. Salmo 110:1).

El cumplimiento exacto de tantas predicciones específicas es de tal persuasión apologética que los críticos reiteradas veces las han objetado en un intento por negarlas. Las objeciones más comunes son las siguientes:

Jesús cumplió las profecías por casualidad. Las probabilidades de que Jesús cumpliera las profecías por casualidad serían increíblemente ínfimas. En realidad, el profesor Peter Stoner, que fue presidente de la División de Ciencias de Westmont College, a mediados de los cincuenta, trabajó con seiscientos estudiantes para determinar cuál sería la mejor estimación de probabilidades matemáticas de que solo ocho profecías del Nuevo Testamento se cumplieran en una sola persona hasta la fecha. Tomándolas en conjunto, Stoner luego calculó que la probabilidad era una en cien millones de billones. El equivalente de esto sería la cantidad de cuadrados de tres centímetros de lado que se necesitaría para cubrir toda la superficie seca del planeta.

La gente puede discrepar con las estimaciones a las que llegaron estos estudiantes con los cálculos de Stoner. Al fin de cuentas, es difícil cuantificar las profecías, y los criterios de evaluación pueden variar. Stoner retó a los escépticos a producir sus propias estimaciones y hacer ellos los cálculos. Pero cuando examiné las profecías, tuve que concordar con la conclusión suya: la probabilidad de que alguien cumpliera por mera coincidencia estas antiguas predicciones era absolutamente mínima.

«Solamente las probabilidades indican que sería imposible que alguien cumpliera las profecías del Antiguo Testamento. Sin embargo, Jesús y solo él en toda la historia, logró hacerlo», dice Louis Lapides, que se crió en un hogar conservador judío pero que luego se convirtió en cristiano y más adelante en pastor, después de estudiar las profecías.

Jesús cumplió de manera intencionada las profecías. Aunque Jesús podría haber maniobrado su vida para cumplir ciertas profecías, muchas de éstas hubieran estado completamente fuera de su control, como su lugar de nacimiento, sus antepasados, el haber sido traicionado por treinta piezas de plata, la manera en que lo mataron, el que no le hubiesen quebrado las piernas en la cruz o que los soldados apostaran para quedarse con sus prendas.

Los escritores de los Evangelios inventaron los detalles. Algunos críticos sostienen que los Evangelios, simplemente, cambiaron los detalles de su vida para hacer que Jesús cumpliera con las profecías. Louis Lapides ofrece esta defensa: «Cuando los Evangelios comenzaron a circular, había gente que había vivido en el tiempo en que sucedieron estas cosas. Alguien le hubiera dicho a Mateo: “Oye, no sucedió así. Estamos tratando de comunicar una vida de rectitud y verdad, por lo tanto no la manches con una mentira”. Y agregó que, por otro lado:’¿por qué razón Mateo inventaría profecías cumplidas y luego permitiría que lo mataran por seguir a alguien que bien sabía que no era el Mesías? Péro todavía más, aunque el Talmud judío hace referencia a Jesús en términos derogatorios, nunca alega que el cumplimiento de las profecías fuera falso.

Los Evangelios mal interpretaron las profecías. Según Mateo, los padres de Jesús lo llevaron a Egipto y luego regresaron a Nazaret, después de la muerte de Herodes; «De este modo se cumplió lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”» (Mateo 2:15). Los críticos, sin embargo, señalan que esta referencia del Antiguo Testamento se refería a los hijos de Israel que habían salido de Egipto con el éxodo. Para ellos es un ejemplo de cómo se interpretan fuera de contexto las profecías, para alegar falsamente que Jesús cumplió lo que los profetas dijeron.

«Es cierto que el Nuevo Testamento aplicó ciertos pasajes del Antiguo Testamento a Jesús que no profetizaban directamente de él -explica Norman Geisler-. Muchos eruditos ven estas referencias cumplidas en Cristo según la “tipología” … En otras palabras, alguna verdad en el pasaje se puede aplica: a Cristo en forma apropiada, a pesar de que no se profetizó específicamente de él. Otros eruditos dicen que hay un

cierto significado genérico en ciertos pasajes del Antiguo Testamento que se ajustan a Israel y Cristo, a los cuales se les llama “hijos” de Dios. A esto, a veces, se le llama “punto de vista de referencia doble” de la profecía».

Muchos psíquicos han adivinado el futuro. Un estudio cuidadoso del historial de los psíquicos, desde Nostradamus a Jeane Dixon, muestra que, a diferencia de las profecías bíblicas, sus predicciones son extremadamente vagas, en ocasiones contradictorias, y muy a menudo resultan falsas. Dixon es recordada por haber predicho la elección de John Kennedy en 1960, pero la gente se olvida que luego predijo ¡que ganaría Richard Nixon! Un análisis de las profecías de veinticinco psíquicos demostró que en el noventa y dos por ciento de los casos estaban totalmente equivocadas, a diferencia de las

profecías bíblicas que invariablemente se cumplían.

El cumplimiento milagroso de Jesús de las profecías de la antigüedad es todavía uno de los argumentos más sólidos para confirmar su identidad. Quienes escudriñan cuidadosa- mente estos antecedentes, encontrarán que no es fácil descartar estas predicciones. Uno de mis ejemplos favoritos lo suministra el Dr. Peter Greenspan, un obstetra y ginecólogo judío que también es profesor en una facultad de medicina, que dice que cuantos más libros leía escritos por críticos que intentaban atacar las profecías, más reconocía las fallas de sus argumentaciones. Irónicamente, concluyó Greenspan,

«Creo que llegué a tener fe en Yshua (Jesús) al leer lo que sus detractores escribieron».

Publicado por Pastor Damián Ayala