¿Bendición o Maldición?

¿Bendición o Maldición? Galatas 3

O todo o nada. No hay concesiones ni medias tintas. Mucha gente trata de vivir conforme a los Diez Mandamientos o cumpliendo la ley divina o el Sermón del Monte, porque piensan que pueden lograr que Dios les acepte. No se dan cuenta de que las normas de Dios son absolutas.

Quien piensa vivir conforme a cualquier ley, está bajo la obligación de cumplirla en su totalidad. Al faltar en un solo punto, pasa de ser una persona obediente a transgresor. Este es el argumento que Pablo quiere dejar claro en el pensamiento de los legalistas religiosos. Es imposible cumplir cabalmente con todas las normas porque todos fallamos en algún punto. Al hacerlo, pasamos a pertenecer al sindicato de pecadores culpables.

Pablo basa su premisa en el Antiguo Testamento. Los judaizantes afirmaban que esos libros sagrados apoyaban su punto de vista y ponían sus esperanzas en Abraham, llamándose “hijos de Abraham”. Pero el apóstol demuestra que el origen de su punto de vista procede de la misma fuente de autoridad que ellos decían aceptar. Les enseña que aun el patriarca fue justificado por la fe. Conforme a ese principio, les recuerda que el Señor había revelado que los gentiles serían bendecidos en Abraham por la misma fe, no por obediencia a la ley.

¿Cómo recibió Abraham la bendición prometida? Pablo demuestra que fue declarado justo por causa de su fe (v. 6). A continuación explica la relación entre la fe de Abraham y la posición de ellos como gentiles (vv. 7–14). Los verdaderos hijos de Abraham son quienes se identifican con su fe (vv. 7–9). No todos los hijos físicos del patriarca son sus verdaderos hijos, sino los de la fe (v. 7).

Este principio de herencia basada en la fe se extiende a los gentiles también. Aunque la gente los consideraba “paganos”, a ellos también se les ofreció la promesa de bendición a través de Abraham (v. 8) porque el pacto que Dios hizo con él incluía bendición para todas las naciones. Por lo tanto, todos los que creen pueden recibirla, ya sean gentiles o judíos, porque la bendición de Dios se recibe por la fe, no por la ley (v. 9).

Sin importar que fueran judíos o gentiles, aquellos que quisieran identificarse con Abraham, tenían que seguir su camino (v. 7). Parte de la lógica que respalda esta conclusión se encuentra en el sentido que los hebreos daban a la expresión “hijos de”, misma que se utilizaba para señalar la característica distintiva de alguna persona o grupo. Los “hijos de desobediencia” están caracterizados por la rebelión. Los “hijos de ira”, recibirán el enojo de Dios y serán juzgados por él. Así, los hijos de Abraham son quienes se parecen a su padre.

Por lo tanto, los de la fe también son “hijos de Abraham”. Quienes no se parecen a él no pueden ser sus hijos, aunque puedan trazar su descendencia física hasta él. ¿Cuál es la característica distintiva que Pablo señala en cuanto a Abraham (v. 9)? Dice que los que creen, son sus hijos; quienes no creen, no lo son.

PRUEBA DE LA REDENCION GALATAS 3:10–14

El escritor amplía su argumento para mostrar que la bendición no podría haber venido por medio de obedecer la ley porque ésta sólo produce maldición. Tanto la justificación como la bendición se reciben por fe.

La ley sólo sirve para condenar 3:10

La clave para comprender el legalismo y que muchos no habían entendido, es que los que dependen de la ley no pueden recibir la bendición de Dios, sino la maldición. Parte de esta confusión se deriva de que no hemos asimilado la gravedad que el pecado tiene desde la perspectiva de Dios. ¿Por qué? La clave se expresa en Deuteronomio 27:26, citado por Pablo aquí: “Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas…”

Santiago 2:10 repite la misma idea, señalando que quien cumple todas, excepto un solo punto de las reglas, es tan culpable como aquel que ofende en todo. En Romanos 3 Pablo repite que “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Así que, desde la perspectiva divina, no hay pecadores grandes o pequeños, sólo los hay condenados y justificados.

Por eso Cristo luchaba tanto con los fariseos, porque nunca entendieron la gravedad de su problema. Podían asegurar que no habían cometido adulterio, pero, ¿qué de sus malos deseos? La maldición de la ley se aplicaba a todos, por el simple hecho de que nadie podría cumplir con todas sus exigencias (3:10).

La fe da vida 3:11

Se puede observar entonces, que la ley declara a todos condenados y malditos, porque nadie puede cumplir todo lo que ella exige. Además de ese aspecto negativo, la ley incluía una forma positiva, diciendo que nadie se puede justificar por ella, porque el justo por la fe vivirá (Habacuc 2:4). Así que, aun el Antiguo Testamento dice que el que es declarado justo, no es el que vive por la ley, sino el que vive por la fe.

La ley y la fe se contradicen 3:12

El principio fundamental de la fe contradice al que apoya a las obras. La fe no depende de las obras y la ley no se basa en la fe. La ley exige obediencia completa, nada más, pero nada menos tampoco. La fe no tiene nada que ver con las obras.

Cristo tomó nuestra maldición sobre sí mismo 3:13–14

Nosotros no podemos resolver el problema de la maldición. Sólo Cristo puede hacerlo, y ya lo hizo. La muerte de Cristo nos libró de la maldición de la ley.

Al aceptar esa maldición, Cristo compró nuestra libertad, y quedamos fuera del alcance de la maldición de la ley (3:13). A través de nuestro Salvador, podemos recibir las bendiciones que Dios prometió a Abraham por causa de su fe (3:14). Una de ellas es la recepción del Espíritu Santo (Lucas 24:49; Hechos 1:4; 2:17–18, 33, 38; Joel 2:28). Nosotros recibimos esa divina persona al confiar en Cristo, tal como fue prometido (3:2, 10).

Los judaizantes decían que para recibir la bendición de Dios, tenían que convertirse en hijos de Abraham primero, pero Pablo dice que los que han confiado en Cristo ya poseen los privilegios de los herederos. La presencia del Espíritu Santo lo demuestra.

Según Efesios 1:3, Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Por eso, no hay nada más que esperar. El Espíritu Santo en nuestra vida produce lo que Dios quiere para que gocemos de sus bendiciones.

En este pasaje, Pablo ha presentado el argumento de que la bendición de Dios, que fue prometida a Abraham, sólo podría recibirse por medio de la fe. La ley es incapaz de proporcionarla porque sólo produce maldición. Cristo nos libró de la maldición de la ley y nos capacitó para recibir la bendición por la fe. La experiencia de los gálatas confirmaba esta verdad, porque habían recibido esta bendición en el momento en que fueron salvos por la fe.

Regresar a la ley sólo sirve para recibir condenación. Así que, ¿por qué queremos regresar a ella? Mejor, gocemos la bendición que tenemos y no malgastemos tiempo y esfuerzo tratando de ganar puntos ante Dios para recibir sus promesas. Vivamos por el Espíritu, no por la carne. Vivamos por fe, no por ley. Alabémosle a él por todo lo que hemos recibido al confiar en Cristo.

EL PACTO FUE RATIFICADO POR DIOS 3:15–16

La primera razón que esgrime es que un pacto ya ratificado no puede ser anulado ni enmendado, ni se le pueden añadir condiciones. Esto es cierto aun en los acuerdos humanos. La promesa que Dios le dio a Abraham constituye un pacto ratificado por el Señor mismo. Si la honradez humana obliga a los contratantes a no cambiar su acuerdo, ¿cuánto más se debe confiar en que Dios no cambiará?

El convenio que Dios hizo con Abraham fue para él y su descendencia. Pablo aclara que el pasaje no se refiere a todos los descendientes de Abraham. El uso del nombre singular “simiente” se aplica para demostrar que el beneficio del pacto es para el verdadero descendiente de Abraham, Cristo, la simiente verdadera y para aquellos que están en él.

La segunda razón que Pablo menciona para demostrar que la bendición no viene por cumplir la ley, es que ésta llegó más tarde y no anula el pacto. A veces, al hacer un acuerdo, nos dan treinta días para pensarlo. Si no nos echamos para atrás durante esos días, se considera confirmado.

Pablo quiere dejar bien establecido que los judaizantes estaban equivocados al decir que era necesario cumplir la ley para recibir las misericordias divinas en vez de vivir de acuerdo al pacto abrahámico ratificado por Dios y cumplido en Cristo. La ley había side el medio para dirigir al pueblo judío hasta la venida de Jesucristo y una vez venido Cristo, el creyente ya no está bajo la ley.

Pablo insiste en que quien hizo el convenio no fue un hombre común, sino que Dios mismo hizo la promesa y no la había olvidado. El es justo, y no hay ningún engaño en él. Así que, nuestro Padre no cambiaría las condiciones del pacto original después de 400 años, porque el pacto había sido ratificado por él mismo.

LA ENMIENDA ES CONTRADICTORIA 3:18

La tercera razón que el apóstol da para definir que no era necesario enmendar el pacto abrahámico viviendo conforme a la ley, es que la modificación a éste sugerida por los judaizantes es una contradicción a la promesa original. La ley y la promesa se contradicen. Si la bendición de Dios es por obras, o si es por ley, entonces ya no es un regalo de gracia (Romanos 4:4–5, 16). La herencia fue dada por gracia, como resultado de la promesa unilateral de parte de Dios.

Consideremos una vez más la ilustración dada arriba respecto a mi regalo de cinco manzanas de tierra y que a los veinte años digo a los hijos que no fue un regalo, sino que me deben $10,000 porque me arrepentí de mi obsequio. Esto equivale a una contradicción de todo lo que había dicho. Esto no puede ser, especialmente cuando se trata de Dios que es quien hizo la promesa y la dio gratuitamente.

Esta promesa estaba diseñada para los herederos de Abraham. ¿Quiénes son? Pablo indica que en realidad sólo existe un verdadero heredero, nuestro Señor Jesucristo. No obstante, todos los que están en él son coherederos juntamente con él. Tales personas recibimos la herencia por fe, no por obras ni leyes.

Así que, al estar en Cristo, la bendición de Dios está garantizada. No depende de las obras, sino de la promesa de Dios, dada a todos los que están en Cristo. Es el convenio más seguro del mundo porque está garantizado por Dios mismo.

En fin, la bendición que Dios prometió a Abraham no le llegó por medio de la ley sino por el pacto unilateral ratificado por el Señor. Aun en los tratos humanos, cuando se firma un contrato, nadie puede cambiar las condiciones posteriormente. Si este principio es cierto en el nivel humano, ¿cuánto más cierto será cuando Dios lo hace?

Aunque pasen los años, el pacto no cambia. Un sistema de leyes, dado más de cuatrocientos años después no podría invalidar un pacto hecho y ratificado con anterioridad. Por eso, para que la enseñanza de los judaizantes se aceptara, la promesa anterior tendría que ser anulada, Si la herencia de la bendición se basara en el cumplimiento de la ley, entonces ya no estaría basada en la promesa de Dios como el pacto indica.

DOS OPINIONES CONTRARIAS

La lógica de los judaizantes:

• La promesa de bendición fue dada a Abraham.

• Se basa en el Antiguo Testamento.

• El Antiguo Testameno enseña a obedecer la ley a fin de obtener la bendición.

• Por eso, la bendición de Dios es condicional y es necesario obedecer la ley.

La lógica de Pablo:

• La promesa de bendición vino antes de la ley.

• La ley fue dada 400 años después de la promesa y no puede modificarla.

• No hay contradicción entre las dos.

• La ley es buena, pero hay que entender su Propósito.

 Dios los bendiga.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.


¡Demasiado Fácil!

¡Demasiado Fácil!

Gálatas 1:1–5

Todas las religiones del mundo estipulan que la persona que quiera satisfacer a Dios y obtener la vida eterna, debe hacer méritos propios para cumplir los requisitos divinos. Una salvación basada únicamente en la fe, sin otra condición,se considera “demasiado fácil”. Algunos dicen que “Dios no puede pasar por alto los años pasados en pecado y aceptar una decisión repentina de confiar en Cristo (algunas veces tomada a la hora de la muerte), como suficiente para tener la vida eterna”.

Las religiones paganas primitivas exigían sacrificios u ofrendas para satisfacer a sus dioses y recibir sus bendiciones. Como consecuencia, la gente pasaba toda la vida esclavizada por el temor a morir (Hebreos 2:15), porque no sabían qué esperar de esos dioses que aunque no eran justos ni santos, controlaban el destino del mundo (Gálatas 4:7–9).

Algunos sistemas religiosos orientales son distintos a los de occidente. Postulan que todo el universo es un gran dios del que los humanos forman parte y con el cual deben identificarse para poder participar de su poder divino. Así que cada hombre debe relacionarse con la naturaleza que le rodea a fin de tener unidad con ese dios universal. Esa comunión la logra a través de la meditación y otras actividades.

La iglesia tradicional (no evangélica) de occidente, y las sectas falsas derivadas de ella (en su mayoría ramificaciones de la fe judeocristiana), creen en algunos aspectos de la verdad acerca de Jesucristo. Sin embargo, apoyan el sistema basado en las buenas obras del individuo como condición para obtener la gloria. Aunque algunas reconocen la importancia de la muerte de Cristo, creen que tenemos que añadir algo a su sacrificio para obtener un grado suficientemente elevado de bondad como para merecer la vida eterna. La dificultad estriba en que no se sabe, sino hasta después de la muerte, si se ha alcanzado ese grado o no.

Algunas veces se encuentra esta misma creencia en las iglesias evangélicas. ¿Cómo puede aceptar Dios una decisión intelectual, tomada algunas veces muy tarde en la vida, como requisito único para salvar a alguien que ha pasado parte de su existencia insultándolo y rebelándose contra él? ¡La salvación debe costar más que eso! ¿No es cierto? Con frecuencia se oye en nuestras iglesias que para ser salvos, o al menos para ser aceptados per Dios, debemos hacer ciertas cosas o dejar de hacer otras.

También en los tiempos de Cristo y de Pablo era común esta idea entre la gente de Israel. El judaísmo incluía 613 mandamientos, entre los cuales había 248 exhortaciones positivas y 365 prohibiciones, una para cada día del año. Por eso cuando Cristo vino, la gente le preguntaba constantemente: “¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?”

El Señor siempre contestó esa pregunta de una manera que nos parece demasiado difícil, porque él deseaba enseñarles que nunca podrían hacer suficientes méritos, y que cuando reconocieran su incapacidad de ganar la salvación por ellos mismos, la buscaran basados en la misericordia y gracia de Dios. Por ello, muchos se apartaron con tristeza, porque queriendo establecer su propia justica, se daban cuenta de que jamás lo lograrían (Romanos 10:1–4).

En el Sermón del Monte, Cristo les dijo que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarían en el reino de los cielos (Mateo 5:20). A continuación les explicó las exigencias divinas si querían alcanzar la justificación por méritos propios (Mateo 5:21–48).

Asimismo, en Lucas 10:25–37 y 18:18–27, Cristo afirmó que las normas antiguas del judaísmo no servirían para darles vida eterna porque nadie las podía cumplir totalmente. Lo que quería era que reconocieran su incapacidad de salvarse a sí mismos, y que confiaran en él.

El mensaje del Nuevo Testamento indica que es necesario dar tres pasos para tener vida eterna. En primer lugar, reconocer la necesidad de la salvación. Debido a que somos pecadores rebeldes, estamos bajo la condenación de Dios y jamás podremos hacer suficientes buenas obras para salvarnos (Romanos 3:9–20).

En segundo lugar, aceptar que Dios hizo la provisión para salvarnos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8; Juan 3:16; 1 Pedro 3:18). El pagó el precio de nuestras culpas, las cuales nosotros debíamos haber liquidado personalmente.

Finalmente, para recibir la vida eterna, tenemos que dejar de depender de nosotros mismos y confiar en Jesucristo (Hechos 16:30–31; Juan 3:16; 5:24; 1 Juan 5:11–13). ¿Ha dado usted estos tres pasos? Si no lo ha hecho, hágalo ahora mismo.

Pablo pasó todo su ministerio luchando contra los conceptos legalistas de quienes querían ser hallados justos y ser aceptados por Dios por méritos propios. Entre ellos estaban los judaizantes, quienes se habían infiltrado en la iglesia de Jesucristo en todas partes, oponiéndose a la predicación del mensaje de salvación en Cristo.

En realidad había tres clases de judaizantes que afectaban tanto a la iglesia primitiva como al ministerio de Pablo. La primera la formaban algunos discípulos de Jesucristo. Su doctrina se basaba en ver quiénes podían ser salvos. Pedro y otros apóstoles consideraban que la salvación era sólo para los judíos. Por eso, sólo predicaban el mensaje de las buenas nuevas a los de esa raza y evitaban en lo posible entrar en contacto con los gentiles paganos. Esto se remedió posteriormente, como lo relata Hechos capítulos 10 y 11, cuando aceptaron que el evangelio incluía a los gentiles también, y que éstos no tendrían que convertirse al judaísmo para ser aceptados por Dios, porque él no hace acepción de personas.

Después de convenir en este principio, los apóstoles tuvieron que resolver un problema adicional, el de determinar cómo podrían ser salvos esos gentiles. Pablo y otros habían dicho que la salvación se obtenía sólo por medio de la fe, pero los judaizantes de la segunda clase, insistían en que se limitaba a quienes obedecieran la ley de Moisés. Este debate se resolvió en el Concilio de Jerusalén como lo relata Hechos 15. En él quedó claro que la salvación sólo es por fe e incluye a judíos y a gentiles.

Se podría imaginar que esta decisión eliminaría el legalismo. Sin embargo, la naturaleza de una religión basada en las obras no muere fácilmente. Parece que siempre buscamos la manera de afirmar nuestra justicia personal frente a Dios. Por eso una tercera clase de judaizantes apareció, pero con una idea nueva.

Aunque aceptaban que la salvación incluía a los gentiles y que la única condición para ser salvos era la fe, levantaron otra polémica: ¿Cómo podrían agradar a Dios? Contestaban diciendo que para estar en comunión con Dios y agradarle en la vida diaria, debían vivir conforme a la ley mosaica.

Esta cuestión siguió afectando a las iglesias durante todo el ministerio de Pablo y aún hoy se encuentra en muchas congregaciones evangélicas. Algunos cristianos dicen que tenemos que cumplir con ciertos requisitos para ser salvos y hacer determinadas cosas para llegar a ser cristianos “espirituales”, y tener verdadera comunión con Dios.

Pablo responde a esta enseñanza con un mensaje donde proclama la libertad y afirma que ya no estamos bajo ley. Para agradar a Dios, podemos acercarnos a él por medio de la fe en Cristo y caminar con él cada día, andando en un estilo de vida basado en la misma fe, no en las obras de la ley (Colosenses 2:6–7). De principio a fin, nuestra relación con Dios se basa en la obra de Cristo consumada en la cruz. Este mensaje es el que caracteriza al ministerio de Pablo y a su epístola a los gálatas.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

Dios los bendiga.