Cuidado con la Novia.

Cuidado con la Novia.

Quiero contar lo siguiente basado en una predicación de Bob Sorge. El título del mensaje fue: «No son negocios, es algo personal».

En Juan 3.29–30 dice:

«El que tiene a la novia es el novio. Pero el amigo del novio, que está a su lado y lo escucha, se llena de alegría cuando oye la voz del novio. Ésa es la alegría que me inunda. A él le toca crecer, y a mí menguar».

En este pasaje se menciona al novio que es Jesús, la novia que es la iglesia y el amigo del novio que es Juan el Bautista.

Juan, el amigo del novio, está preparando a la novia para su Señor y lo hace con lealtad hacia el novio. Cuando Jesús llega, Juan se hace a un lado porque piensa: «Él debe tener cada vez más importancia y yo menos». Pero sus discípulos le dicen: «se está yendo la gente, todos van a él en lugar de venir a nosotros». Juan les dice: «que él tenga éxito me llena de alegría». En otras palabras, a mí no me interesa ser famoso o hacer plata, porque lo mío no es un negocio sino un asunto personal, se trata de Jesús.

Juan no estaba interesado en promoverse, en darse a conocer ni en beneficiarse, su único interés era dar a conocer a Jesús y preparar el camino para Él.

Para Jesús es sumamente importante ver cómo estamos sirviendo a la novia o a su iglesia, ¿para nuestro beneficio o para Él? Después de ministrar, ¿de quién habla la novia, de nosotros o de Él? Lo que hacemos, ¿lo hacemos de tal manera que la novia después de haber estado con nosotros piensa en Jesús, habla acerca de Él, está más enamorada del Señor y anhela encontrarse con Dios?

La responsabilidad del amigo del novio es hacer que la novia ponga sus ojos en el novio. Pero a veces el amigo del novio trata de conquistar a la novia y por eso algunas mujeres terminan enamoradas del amigo del novio.

Pablo dijo:«No nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor» (2 Corintios 4.5).

Podemos predicar o cantar acerca de Jesús y al mismo tiempo promocionarnos. Estamos haciendo algo bueno, pero con una intención oculta. Si por alguna razón la novia empieza a poner su atención en nosotros, Jesús se queda observando para ver qué vamos a hacer.

Una de las mejores ilustraciones de lealtad hacia el novio la encontramos en el libro de Ester: «Cuando a Ester […] le llegó el turno de presentarse ante el rey, ella no pidió nada fuera de lo sugerido por Jegay, el eunuco encargado del harén del rey» (Ester 2.15).

La función de Jegay era aconsejar a Ester cómo vestirse, cómo hablar, qué perfume usar, todo lo necesario para conquistar al rey. El rey le había confiado a Jegay las mujeres entre las que elegiría a su futura esposa y confiaba en él porque era un eunuco. Un eunuco era una persona que no tenía interés en las mujeres porque lo habían operado o, para entenderlo mejor, lo habían castrado. Le quitaban todo lo que podría poner en riesgo a su prometida. Eso mismo quiere hacer Dios con los que servimos a su esposa, él quiere que seamos operados de toda intención oculta que pueda llevarnos a sacar provecho o a beneficiarnos de su amada.

Pero no es fácil dejarse operar. No es fácil dejarse quitar la satisfacción que produce el que la novia nos aplauda, admire, idolatre y recuerde. Pero es necesario hacerlo para que Dios nos pueda confiar a su amada porque Él es un Dios celoso y no compartirá su novia con nadie. El Señor quiere verdaderos amigos que no busquen nada de la novia sino que todo lo obtengan de Él. Que Dios sea quien supla todas nuestras necesidades, que Él sea quien nos llene, que sean las palabras de su boca y los besos de su Palabra los que suplan nuestra necesidad de ser amados.

No usurpemos el lugar de Dios en la vida de la novia, pues desde el momento que ella empiece a mirarnos y nosotros comencemos a vivir de la atención que ella nos da, ya no seremos los amigos del novio, sino su competencia.

¿Cómo esperamos que Dios nos bendiga si estamos abusando de su novia?

Servimos a un Dios celoso que no comparte su gloria con nadie. Debemos pedirle a Dios que nos purifique de toda intención oculta y que Él sea el que supla nuestra necesidad de atención.

Dios los bendiga

Nota del administrador: este es un fragmento del libro ¿Como conquistar el corazón de Dios? de Andres Corso.


El Orgullo Espiritual No Discernido

El Orgullo Espiritual No Discernido
Nota del Administrador: Este post fue tomado del blog amigo http://teologiayapologetica.wordpress.com
La primera y peor causa de error que prevalece en nuestros días es el orgullo espiritual. Esta es la puerta principal por la que el diablo viene a los corazones de aquellos que son celosos por el avance de Cristo. Es la entrada principal del humo del pozo sin fondo que oscurece la mente y engaña el juicio. El orgullo es el asa principal por la cual toma a los cristianos y la principal fuente de maldad que introduce para obstaculizar y estorbar una obra de Dios. El orgullo espiritual es el principal impulsor, o al menos el soporte principal, de todos los otros errores. Hasta que esta enfermedad es curada, los medicamentos se aplican en vano para sanar todas las demás enfermedades.A causa del orgullo espiritual, la mente se defiende y justifica a sí misma en otros errores y se guarda de la luz por la cual podría corregirse y recuperarse. El hombre espiritualmente orgulloso ya está lleno de luz y siente que no necesita la instrucción, por lo tanto prontamente la rechaza. Por otro lado, la persona humilde es como un niño pequeño que fácilmente recibe la instrucción. Es cauteloso de como se estima a sí mismo, sensible de cuán propenso es de descarriarse. Si se le sugiriera que se está descarriando, él estaría muy listo para inquirir sobre el asunto. Nada coloca al cristiano tan lejos del alcance del diablo, prepara a la mente para la luz divina sin tinieblas y aclara al ojo para poder ver las cosas como son como la humildad —Salmo 25:9: “Dirige a los humildes en la justicia, y enseña a los humildes su camino.” Si el orgullo espiritual es sanado, otras cosas son fácilmente rectificadas. Nuestro cuidado principal debe ser rectificar el corazón y sacar la viga del orgullo de nuestro ojo y entonces veremos con claridad.

Los que tienen más celo en la causa de Dios son los más propensos a ser acusados de estar llenos de orgullo. Cuando cualquier persona parece, en cualquier sentido, ser extraordinariamente distinguido de los demás en su caminar cristiano, las probabilidades son de diez a uno que esto despertará de inmediato los celos de los que están a su alrededor. Sospecharán (tengan buena razón para hacerlo o no) que tal persona está muy orgullosa de su bondad y que piensa que nadie es tan bueno como él—de tal manera que todo lo que dice y hace es observado con este prejuicio. Los fríos y muertos, especialmente los que nunca han experimentado el poder de la piedad en sus corazones, fácilmente considerarán tales pensamientos con respecto a los mejores cristianos. Esto surge de nada menos que una enemistad secreta contra la santidad vital y ferviente. Pero el cristiano con celo debe cuidarse para que esto no resulte ser un lazo para él, y el diablo no se aproveche de ello para cegar sus ojos para que no contemple la verdadera naturaleza de su corazón, pensando que solo porque él es acusado de orgullo equivocadamente con un espíritu malvado, tales acusaciones a veces no son validas. ¡Ay, cuanto orgullo tienen los mejores en sus corazones! Es la peor parte del cuerpo de pecado y muerte; el primer pecado que jamás entro en el universo es el último que es arrancado de la raíz. ¡Es el enemigo más terco de Dios!

El orgullo es mucho más difícil de discernir que cualquier otra corrupción debido a su misma naturaleza; es decir, el orgullo es una persona que tiene un pensamiento demasiado alto de sí mismo. ¿Nos debe extrañar, entonces, que una persona que tiene una idea demasiada alta de sí misma no sea consciente de ello? Él piensa que la opinión que tiene de sí mismo tiene justa causa y por lo tanto no es demasiado alta. Si el fundamento de esta opinión de sí mismo se derrumbara, él cesaría de tener tal opinión. Pero por la naturaleza del orgullo espiritual, es el más secreto de todos los pecados. No hay otro asunto en el cual el corazón es más engañoso e inescrutable y no hay otro pecado en el mundo del cual los hombres tengan tanta confianza. Su naturaleza misma es estimular la confianza en sí mismo, y alejar cualquier sospecha de maldad respecto a sí mismo. Debido a su naturaleza secreta y sutil, no hay ningún pecado tan parecido al diablo como este, apareciendo en muchas formas que no son discernidas o sospechadas. El orgullo tiene muchos aspectos y formas, uno bajo otro, y abarca el corazón como las capas de una cebolla; cuando quitas una capa, hay otra debajo. Por lo tanto, tenemos que tener la mayor vigilancia imaginable sobre nuestros corazones con respecto a este asunto y clamar con todo fervor al gran Escudriñador de corazones por su ayuda. El que confía en su propio corazón es necio.

Dado que el orgullo espiritual en su propia naturaleza es secreto, no puede ser bien discernido por la intuición inmediata de ello. Es mejor identificado por sus frutos y efectos, algunos de los cuales voy a mencionar, junto con los frutos contrarios de la humildad cristiana. El orgullo espiritual hace que uno hable de los pecados de otros, de su enemistad contra Dios y su pueblo, o con risa y ligereza y un aire de desdén, mientras que la humildad pura y cristiana se dispone a no mencionarlos, o hablar de ellos con tristeza y compasión.

La persona espiritualmente orgullosa lo demuestra al encontrar fallas en los otros santos, que tienen poca gracia y cuán fríos y muertos están, y son prontos para discernir y fijarse en sus deficiencias. El cristiano que es sumamente humilde tiene tanto que hacer en casa y ve tanta maldad en su propio corazón que no es apto de estar muy ocupado con otros corazones. Se queja más de sí mismo y se queja de más de su propia frialdad y poca gracia. Él es apto de estimar a otros como superiores a él mismo y fácilmente espera que la mayoría de las personas tengan más amor y gratitud a Dios que él mismo, y no puede soportar el pensamiento de que otros produzcan menos frutos para el honor de Dios que él.

Algunos que tienen orgullo espiritual mezclado con mucho conocimiento y gozo, hablando de ello con los demás con mucho fervor, son propensos a estar llamando a los otros cristianos a emularles, y a reprenderles por ser tan fríos y sin vida. Hay otros que están abrumados por su propia vileza, y cuando tienen extraordinarios descubrimientos de la gloria de Dios, son absorbidos por su propia pecaminosidad. Aunque ellos están dispuestos a hablar mucho y muy fervorosamente, es principalmente para culparse a sí mismos y exhortar a los cristianos, pero de una manera amorosa y humilde. La humildad cristiana pura hace que una persona se fije en todo lo que es bueno en otros—esperar lo mejor y disminuir los fracasos de los demás, aunque fija su ojo principalmente en las cosas malas de sí mismo y se enfoca mucho en todo lo que exaspera a otros.

El hábito de las personas espiritualmente orgullosas es hablar de casi todo lo que ven en otros usando lenguaje muy duro y severo. Es común con ellos decir acerca de otro, que su opinión, conducta, consejo, frialdad, silencio, cautela, gentileza, prudencia, etc. es del diablo o del infierno. Usaran tal tipo de lenguaje frecuentemente, hablando no solo de hombres malvados, sino de los que son verdaderos hijos de Dios, y también de los ministros del Evangelio y otros que por mucho son sus superiores. Los cristianos, no siendo más que gusanos, deben al menos tratarse el uno al otro con la humildad y dulzura con que Cristo les trata.

El orgullo espiritual a menudo dispone a las personas a actuar de una manera distinta en apariencia externa: asumen una manera diferente de hablar, hablan con palabras distintas, o usan otro tono de voz, expresiones o comportamiento. Pero el que es un cristiano sumamente humilde, aunque será firme en su deber, sin importar cuán diferente tenga que ser—yendo por el camino al cielo solo, aunque todo el mundo lo abandone—sin embargo, no se deleita en ser diferente por ser diferente. No intenta levantarse para ser visto y observado y distinguido, deseando ser contado como mejor que los demás—despreciando su compañía o su conformidad a ellos—sino al contrario, desea hacerse todo a todos, ceder a ellos y conformarse a ellos en todo menos el pecado.

El orgullo espiritual presta gran atención a la oposición y a las ofensas recibidas, y es propenso a hablar a menudo sobre ellas y fijarse mucho en el agravio causado por ellas, con un aire de amargura o desdén.  Por el otro lado, la humildad cristiana pura e integra causa que una persona sea más como su Señor bendito cuando le maldijeron: callado, no abriendo su boca, sino encomendándose en silencio a Aquel que juzga con justicia. Para el cristiano humilde, cuanto más esté el mundo en su contra, más callado y tranquilo será…al menos de que esté en su lugar secreto, ahí él no estará tranquilo.

Otro efecto del orgullo espiritual es un cierto denuedo confiado ante Dios y los hombres. Algunos, en sus regocijos ante Dios, no han considerado lo suficiente la regla en el Salmo 2:11: “Adorad al Señor con reverencia, y alegraos con temblor.” No se han regocijado con un temblor reverencial, a la luz de la impresionante majestad de Dios y la gran distancia entre Él y ellos. También existe un inapropiado denuedo ante los hombres que ha sido promovido y defendido por una mala aplicación de Proverbios 29:25: “El temor al hombre es un lazo…” Es como si fuera apropiado que toda clase de persona—los altos y bajos, los hombres y mujeres e hijos—abandone totalmente, en toda su conducta cristiana, cualquier tipo de modestia o reverencia hacia los hombres. Esto no quiere decir que debemos abstenernos de conducirnos como cristianos, pero debemos tener la humildad que se encuentra en 1 Pedro 3:15: “sino santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia”.

Otro efecto del orgullo espiritual es disponer al que lo tiene a que desee la atención. Las personas tienden a actuar de una manera especial como si los demás deberían darles mucha atención y gran estima. Es muy natural para alguien bajo la influencia del orgullo espiritual aceptar todo el respeto que se le ofrece. Si otros demuestran una disposición de someterse a él y ceder en deferencia a él, él está abierto a ello y libremente lo recibe. Se vuelve natural para él esperar tal tratamiento y notar cuando una persona no lo hace, y formar una mala opinión de aquellos que no le dan lo que siente que merece. Uno que está bajo la influencia del orgullo espiritual es más apto para instruir a otros que inquirir por sí mismo, y por lo tanto naturalmente tiene el aire de control. El cristiano sumamente humilde cree que necesita la ayuda de todos, mientras que aquel que es espiritualmente orgulloso cree que todos necesitan su ayuda. La humildad cristiana, consciente de la miseria de otros, ruega y suplica, pero el orgulloso espiritual trata de mandar y advertir con autoridad.

Así como el orgullo espiritual hace que las personas se atribuyan demasiado a sí mismos, también ignora a los demás. Por el contrario, la humildad cristiana pura dispone a las personas a honrar a todos los hombres, como dice 1 Pedro 2:17. Entrar en disputas sobre el cristianismo es algunas veces inapropiado, como en una reunión de conferencia cristiana o de adoración. Sin embargo, debemos cuidarnos de no rehusar conversar con hombres carnales, como si les contáramos indignos de nuestra atención. Al contrario, debemos condescender con los hombres carnales así como Cristo ha condescendido con nosotros, soportando nuestra incapacidad de aprender y torpeza.

Autor : Jonathan Edwards (1703-1758)

Traducción: Aarón Block

Fuente: http://www.cristianismobiblico.com/el-orgullo-espiritual-no-discernido–jonathan-edwards.html


Posesiones materiales: la negación del do ut des

Posesiones materiales: la negación del do ut des

Por: Cesar Vidal Manzanares.

En mis memorias –  No vine para quedarme: Memorias de un disidente  – lo he contado, pero considero imprescindible volver a hacerlo para poder expresar lo que deseo. Me disculparán los lectores lo extenso del relato. Mediaban los años sesenta y mi padre cayó inesperadamente enfermo. No sólo se trató de eso. Es que los médicos no tenían la menor idea de cuál podía ser su mal y, por lo tanto, difícilmente podían aplicarle un remedio. Durante esa época acentuadamente dolorosa, viví una experiencia relacionada con la ignota enfermedad de mi padre que deja de manifiesto la idea – ciertamente muy errónea – que el común de los mortales tiene sobre Dios.

Regresábamos un día mi madre y yo del hospital Francisco Franco – ahora Gregorio Marañón – de visitar a mi padre cuando, a pocos metros de llegar a casa, nos hizo señas un anciano para que lo esperáramos. Nos detuvimos y entonces, con todo tipo de aspavientos, el hombre comenzó a pedirnos limosna para no recuerdo qué necesidad concreta por la que atravesaba. Abrumados como estábamos con la idea de que mi padre pudiera morirse, recuerdo que tanto mi madre como yo le dimos algo de lo que llevábamos a mano y entonces, el vejete, bastante animado, puso cara de pesadumbre y nos contó otra desgracia que, supuestamente, padecía. Mi madre volvió a echar mano al bolso y entregó un nuevo óbolo al pedigüeño que, convencido – estoy seguro – de haber dado con un filón, volvió a entonar jeremiadas con el efecto de que mi madre sacó un billete de cien pesetas – que no era una fruslería a la sazón – y también se lo dio. Que en aquel momento pensó nuestro inesperado acompañante que tenía campo abierto es algo de lo que no abrigo la menor duda. Mientras se guardaba en el bolsillo el producto de sus peticiones, se rascó la cabeza y comentó el cuarto motivo por el que, en esos precisos momentos, necesitaba dinero. Mi madre – a la que no le quedaba ya un chavo – le dijo no sin pesar que se tendría que conformar con lo que se llevaba porque tenía ya el bolso vacío. Torció el morro aquel personaje que ya debía haberse visto dueño de nuestro caudal y, sin pronunciar una sola palabra de agradecimiento, se dio la vuelta alejándose con paso renqueante. Aquella muestra de caridad – un tanto pánfila – por nuestra parte no había sido sino la manifestación obvia de que estábamos más que dispuestos a comprar a la Divinidad la salud de mi padre. De hecho, cuando yo – que andaba a la que saltaba – le dije a mi madre que estaba dispuesto a realizar el precursorado como Testigo de Jehová, que era lo que yo era entonces, le faltó tiempo para decir que ella – que no era Testigo de Jehová como lo era yo a la sazón – también lo haría si papá se curaba.

No puedo reprochar a mi madre aquella visión supersticiosa de la que era víctima por la sencilla razón de que era fruto directo de la influencia de la iglesia católica en la mentalidad española a lo largo de los siglos. Dios no era visto como el Padre que escucha a Sus hijos porque es Amor sino como un ser que, a semejanza de las divinidades del paganismo, inclina los oídos a nuestras súplicas si le ofrecemos algún tipo de sacrificio. Si nos escuchaba, no lo hacía por misericordia o compasión sino porque lo habíamos sobornado con limosnas, con sufrimiento o con una combinación de ambos. Llevar cilicio o colocarse piedras en el zapato para padecer, acudir a procesiones o rezar el rosario, realizar peregrinaciones o privarse de comer helado son conductas – he visto todas y cada una de ellas en no pocas ocasiones – cuya finalidad es, a fin de cuentas, comprar a la Divinidad para que el hijo apruebe las oposiciones, la hija encuentre un buen novio, el nieto salga con bien del sarampión o el marido no se vaya con la panadera. Mi propio padre, justo después de mi accidentado nacimiento, había estado yendo a visitar una imagen de san Nicolás de Bari durante tiempo y tiempo como cumplimiento de una promesa. Por supuesto, nunca se le pasó por la cabeza que el único Dios verdadero al que nadie debe representar podía no sentirse dispuesto a escuchar a alguien que se inclina ante una imagen de escayola. Por el contrario, intentaba pagar, en cierta medida al menos, lo recibido mediante aquel sacrificio.

En aquellos momentos, yo había salido, como los testigos de Jehová, de la iglesia católica, pero la iglesia católica, como sucede con millones de españoles, portugueses, italianos o hispanoamericanos que la han abandonado, no había salido de mi. Puesto a contemplar a Dios y a comportarme en relación con Él no me movía de acuerdo con categorías como las contenidas en la Biblia sino según el concepto pagano del toma y daca, del “do ut des”, en virtud del cual la Divinidad se nos convierte en propicia porque nos prestamos a humillarnos con sacrificios, no pocas veces absurdos y hasta ridículos, ante Su presencia. Y es que ni que decir tiene que en el paganismo – al igual que actualmente dentro y fuera de la iglesia católica – siempre existe un cúmulo de personas más que dispuestas a indicarnos los padecimientos y donativos más eficaces para conseguirnos la bienquerencia del Todopoderoso. La entrega de dinero para un colegio, una clínica, un campamento infantil o lo que buenamente desee el agente del petitorio toman el lugar del becerro, de la oveja o de la paloma sacrificada en los altares de Zeus o Diana. En ocasiones incluso basta rastrear en las raíces del culto en cuestión ahora dirigido hacia un santo o una virgen para encontrar que bajo su ropaje mal ajustado se encuentra una ceremonia dirigida previamente y durante siglos a un dios o a una diosa anteriores al nacimiento de Jesús. En multitud de casos, la mentalidad pagana no desapareció, por desgracia, con el avance del cristianismo. Simplemente, se adaptó a los nuevos tiempos.

Precisamente por el carácter groseramente pagano de esta visión resulta un insulto, una injuria, una vileza intentar encajarla en el mensaje glorioso del Reino de Dios. La gente que promete bendiciones espirituales si se dona dinero; que anuncia que existe una ley de siembra que implica que si se dan diez euros Dios dará cien veces más – lo que favorecería enormemente a los acaudalados, claro está – o que arroja pesadas cargas económicas sobre los fieles está incurriendo en una gravísima blasfemia que los deshonra no sólo a ellos sino al Dios al que dicen predicar y que es muy diferente de cómo lo proclaman.

La visión de Jesús al respecto es obvia. Jesús alabó a la viuda que echó unas moneditas (Marcos 12: 42-3) por el esfuerzo que significaba y no por la cuantía de lo dado. Por supuesto, ni se le pasó por la cabeza enseñar que, puesto que había dado algo, Dios le devolvería lo dado al templo.

Ese mismo rechazo de la codicia disfrazada de piedad que busca sacar todo el dinero posible subyace en el texto donde Santiago, el hermano de Jesús, condena el que se reciba bien a los ricos a la vez que se desprecia a los pobres (Santiago 2: 1-4).

En ningún caso, enseña la Biblia que, en el Reino de Dios, el Rey dará dinero – todavía menos la salvación eterna – a los que, previamente, hayan entregado dinero a las autoridades religiosas. Dios nos provee de todo porque nos ama y sabe, como buen Padre, lo que nos conviene (Mateo 6: 32-33) no para engrosar la cuenta corriente de los que dicen representarlo. La misma práctica de la limosna debe ir unida a un secretismo extremo (Mateo 6: 1-4). De hecho, Jesús anunció taxativamente que aquellos que devoraban las casas de las viudas apelando a la religión lejos de sumar bendiciones, estaban malditos (Mateo 23: 14). No sólo eso. Aunque hicieran milagros o expulsaran demonios en el nombre de Jesús, la realidad es que nunca los había conocido y serían arrojados a la condenación (Mateo 7: 21-23).

El que da no debe dar esperando una multiplicación de sus haberes u otra ventaja material como si fuera un pagano. Dios bendice al que da sin esperar nada a cambio. Al dador alegre (2 Corintios 9: 7) es al que Dios ama, no al que da acuciado por la necesidad económica y deseando que el Señor le devuelva lo entregado a fin de, por ejemplo, pagar la hipoteca o al que da con tristeza.

Por supuesto, los que han levantado catedrales con el dinero del pueblo – vendiéndoles, por ejemplo, indulgencias para erigir San Pedro en Roma – los que han acumulado riquezas prometiendo falsas bendiciones, incluso los que practican la supuesta caridad a costa de lo que reciben de los presupuestos de la administración sólo están incurriendo en un gravísimo pecado. Convencionalmente, se ha denominado a ese comportamiento simonía en recuerdo de Simón el mago, el que quiso comprar el poder de hacer milagros para negociar con él (Hechos 8: 18-24). A fin de cuentas, Simón no era sino un pagano que creía en que se da a Dios para que Dios nos de. Es bochornoso que esa mentalidad del do ut des – te doy para que me des – esté extendida. La realidad es que nada, absolutamente, nada tiene que ver con el Reino de Dios.


Una ofrenda defectuosa

Una ofrenda defectuosa!!

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Dios habla a su pueblo por labios del profeta Malaquías (Mal 1:6-9)  y pregunta sencilla y directamente a los sacerdotes:  “¿Dónde está mi honra? ”, no porque la exigiera arbitrariamente, sino porque a pesar de haber demostrado Dios su amor tan grande con maravillosos portentos, nunca había recibido una respuesta a la altura de sus misericordias de parte de Israel. Dios nunca falló, su palabra siempre ha sido fiel y verdadera, pero la respuesta de su pueblo no ha tenido la misma firmeza, y sus sentimientos son fluctuantes y condicionados.

Israel profesaba que Dios era su Padre y su Señor, se sentía pueblo suyo, por lo cual Dios, simplemente, exige que lo que confiesan con sus labios se note en sus acciones. Está pidiendo que se note el temor reverente y el amor que profesan a su creador en su servicio diario, que no sean solo palabras. Pero lejos de existir reconocimiento entre su pueblo y de reflexionar en sus acciones, surge de su ceguera espiritual, desde su complaciente insensibilidad la pregunta:  “¿En que hemos menospreciado tu nombre?” . Los sacerdotes que debían velar por la pureza espiritual del pueblo estaban corrompidos e imposibilitados por su ceguera: no vieron su desamor hacia Dios, desconocieron a su Señor y escondieron su culpa.

Víctimas de una Religión Sintética

Nos hemos acostumbrado a una religión barata, sin esfuerzo, que sirve a mis propósitos, que me valgo de ella para exigir el favor de Dios, que nos ha enseñado a cuestionar los propósitos de Dios, a resistirnos a su voluntad como un niño mimado que quiere salirse con la suya y continuamente presentamos ante Dios un corazón condicionado, con una obediencia parcial, ofrendas miserables y defectuosas, frutos de un corazón egoísta que solo desea hacer su voluntad, que no ha entendido que Dios es Santo y que no necesita de nosotros, que solo por su misericordia estamos hoy en pie y existimos.

Vivimos una cultura evangélica tolerante que no ofende la vida pecaminosa del hombre, que justifica un cristianismo mediocre, acomodado para no incomodar a nadie, sin exigencias, que rebajó el evangelio hasta un sencillo mensaje positivo e irrelevante, incapaz de transformar vidas, que no busca ser distinto al mundo que se conforma con estar “bendecido” económicamente.

Siempre las exigencias de Santidad han sido incomprensibles para el hombre, el evangelio es locura para los que se pierden, así lo dice la palabra de Dios, porque considera la Santidad exagerada, porque no están al servicio de sus intereses, porque es un ofrenda demasiado cara para ser presentada ante las plantas de Cristo, porque el corazón está lleno de avaricia, y el yo gigante consume el deseo de agradar a Dios, pues prefiere un evangelio que le hable de bendiciones, de su potencial y de sus merecimientos, y como incautos somos cautivados por ese evangelio sintético que alimenta nuestros sentidos, pero que no produce vidas santas.

Eso no es el evangelio. Es una religión barata y Dios la abomina, no la quiere y un día, al presentarnos ante Él, nos dirá:  “No os conozco, obradores de iniquidad” … y gritaremos pidiendo explicaciones : “¡Señor, en tu nombre yo hice cosas importantes! ¡Iba a la Iglesia siempre! ¡Soy un hombre exitoso! ¡Doy mucho dinero para la Iglesia! ¡Yo prediqué tu palabra!”.  Pero Dios nos dirá:  “Nunca os conocí…” . Ese es el resultado de una religión barata, a mi medida, pero que nada tiene que ver con Dios.

¿Qué nos compromete más: nuestra salvación o el deseo de sentirnos exitosos? Dios nos mira tal como a los sacerdotes de Israel y nos dice:  “Ve e invierte el mismo tiempo que dedicas a buscarme y utilízalo para ser exitoso, para ser profesional. ¿Lo lograrías? ¿Te bastaría para lograr tus sueños o quedarías en la mitad del camino y serias contado como alguien que no se esforzó lo suficiente? ¿Y por qué, si yo soy Tu Señor, me das lo defectuoso y lo que te sobra?”

En busca de la mejor ofrenda para Dios 

Dios quiere lo mejor, no las sobras. Debemos buscar experiencias relevantes con Dios, darle el servicio que Él espera de nosotros, esforzarnos por ser mejores cristianos, por vivir un evangelio relevante, que transforma vidas, que limpia corazones, que vence el pecado y se aparta del mal por amor a Dios. Basta de religiosidad: debemos ser verdaderos hijos de Dios.

Dios estaba desagradado de las ofrendas de su pueblo, pues no eran fruto de su pobreza sino de su avaricia, de su desinterés. Su mezquindad era la expresión de su mal corazón, sus ofrendas defectuosas eran el fruto de haber sacado a Dios del centro de la vida y transformarlo en prescindible.

Ofrendas de un corazón que desconoce a Dios

Dios argumenta contra su pueblo y les desafía a pensar: “Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto?” . Les dice:  “Lleva la misma ofrenda que traes ante mí y ofrécela a tus príncipes. ¿La aceptará? ¿Se agradará de ti? ¿Recibirá él la oveja defectuosa, la ciega o la enferma, alegremente?”.  Dios no está agradado de su pueblo, siente el menosprecio, ve la indiferencia, y enfrenta a su pueblo.

La Biblia enseña que Israel no rechazó públicamente a Dios, seguía sintiéndose pueblo suyo, pero su indiferencia y falta de preocupación por su relación con Dios era peor que el desprecio. Desconocieron a su Señor, mostraron desinterés por agradarle y no reaccionaron; lo encontraron justo y apropiado. Israel no se detuvo a meditar en sus acciones, siguió caminando como si nada pasara. ¿Podrían sus ofrendas defectuosas ser tomadas en cuenta por Dios?

La falta de reflexión sobre la forma en que servían a Dios fue definitoria de la disciplina. Nunca se cuestionaron si lo que ellos estaban ofreciendo era realmente lo que Dios exigía. Por eso dice : “Me han desconocido, dice Jehová” (Jer 9:3) , porque menospreciaron su amor y olvidaron su carácter Santo, trayendo ante su altar lo que les sobraba, lo defectuoso, como si ellos estuvieran haciendo un favor a Dios al ofrendar, como quien da una limosna. Pero Dios no es un pordiosero, es el Rey de Gloria, Creador del universo, Todopoderoso, que no necesita de nosotros, ni de nuestras ofrendas, sino que por su misericordia permite que podamos servirle y traer ante su altar nuestras vidas para rendirlas plenamente a Él. Nosotros somos los pordioseros, que nada podemos ofrecerle a Dios, que sin Él no existimos y, solo por misericordia, Dios mira nuestras insignificantes ofrendas y servicio, y solo por su amor lo acepta como olor grato.

¿Qué calidad ante Dios tiene mi ofrenda?

Aunque el mundo postmoderno se caracteriza por la mediocridad y la búsqueda obsesiva del placer y huida del sufrimiento, el sacrificio y el dolor, debemos ofrecer lo más valioso, lo mejor, pues nuestra ofrenda debe estar relacionada con la comprensión que tenemos de Dios. Sabemos que es Alto y sublime, Eterno en amor y misericordia, por lo tanto presentémonos cada día como ofrenda viva a sus pies.

¿Qué ofrenda hemos traído, la defectuosa o la perfecta? Cuando hablamos de ofrenda, nos referimos a:

  •   ¿Consideramos realmente importante nuestra relación personal con Dios?
  •   ¿Dedico tiempo a solas de calidad a mi búsqueda de Dios?
  •   ¿Presto la misma atención al Sermón que a mis pasatiempos?
  •   ¿Estoy comprometido a derrotar mis debilidades y ser luz del mundo?
  •   ¿Estoy luchando con mis hábitos pecaminosos?
  •   ¿Honro a Dios con mi forma de ser?
  •   ¿Ofrendo mi mejor esfuerzo para evangelizar al círculo de personas en el que me desenvuelvo?
  •   ¿Es el propósito de Dios para mi vida un factor relevante en las decisiones que tomo?

Confiar en Dios es creer que merece lo mejor, porque solo Él es Dios. Es considerar a Dios tan importante como para negarme a mí mismo y servirle en obediencia, es creer que vale la pena dedicarle mi vida porque me ha prometido una patria realmente mejor, una patria celestial.

Autor: Marcelo Riquelme Márquez


LA BÚSQUEDA DE DIOS

La Búsqueda De Dios

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras “interpretaciones” de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la “penetrante dulzura” del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y cantaron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus propias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros púlpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, “Las ovejas hambrientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta.” Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa.” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

Dios los bendiga.

Este por fue tomado del del Prefacios del libro La Búsqueda de Dios de A. W. Tozer 


Perseverar en la oración

Perseverar en la oración

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. Lucas 18.1

La falta de perseverancia en la oración es uno de los problemas más comunes que enfrentamos en la vida espiritual. Esto es particularmente así en estos tiempos en los cuales estamos acostumbrados a la gratificación instantánea de nuestros deseos. Aunque nos proponemos, una y otra vez, buscar mayor crecimiento en esta disciplina, pareciera que requiere de una disciplina extraordinaria avanzar en esta dirección.

Hay dos cosas que, según la parábola que contó Jesús, pueden ayudarnos a no desmayar en la oración. En primer lugar, debemos creer en lo válido de nuestra petición. La viuda tenía una convicción inamovible que su causa era justa y que por eso debía insistir en buscar una solución. Sospecho que en esto, muchos de nosotros no creemos demasiado en lo que estamos pidiendo. Pedimos una o dos veces lo que deseamos del Padre, pero frente a la falta de resultados, abandonamos rápidamente el pedido que, hace apenas unos días, creíamos indispensable para nuestra vida.

En segundo lugar, debemos tener convicción de que la respuesta va a venir, aunque pueda haber, a nuestro entender, una demora en el tiempo de la respuesta. La viuda no se daba por vencida porque creía que realmente iba a obtener una respuesta a la situación que estaba exponiendo ante el juez injusto. Por un tiempo tuvo que convivir con la indiferencia de este hombre, pero lo terminó agotando con su continuo pedido. Aunque Cristo señaló que nuestro Padre Celestial de ningún modo posee las mismas cualidades que el juez injusto, debemos, de todas maneras, superar el obstáculo del aparente silencio de Dios. Es solamente una convicción profunda en la bondad de Dios y su deseo de bendecir a sus hijos lo que nos va a sostener cuando aún la respuesta no haya venido.

Se hace evidente, entonces, que para cultivar este tipo de oración debemos superar las peticiones tibias y esporádicas que muchas veces elevamos al Señor. Dick Eastman, un hombre que ha enseñado y escrito mucho sobre la oración, comparte esta observación sobre el tema de la persistencia: «Muchos piensan que orar con persistencia significa tener que esperar semanas y aun años para una respuesta. Aunque esto es verdad en ocasiones, no es siempre así. Una persona puede hacer una oración persistente en un cuarto de hora. Las oraciones largas no necesariamente son oraciones persistentes. Mucho más importante que esto es cuán intensamente oramos. Nuestras oraciones deben ser intensas. Cuando uno ora con un sentimiento intenso de humildad -entremezclado con una profunda dependencia de Dios- aprende la definición de lo que es oración perseverante».

Autor:  Christopher Shaw

Dios los bendiga.


¿Te sientes culpable? ¿Lo niegas?

¿Te sientes culpable? ¿Lo niegas?

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Fotograma de “Falso Culpable” de Alfred Hitchcock / wikimedia commons (public domain)

Nosotros que calentamos los bancos de las iglesias, también tenemos nuestros pecados de egoísmo, de acumulaciones, de cerrar el puño para no compartir.

A veces caminamos tranquilos ante el espectáculo y escándalo de la pobreza en el mundo. Vemos todo un escenario de horror, pero pensamos que nosotros no lo hemos montado. No somos culpables. Intentamos acallar nuestras conciencias y no queremos ser interpelados por los sujetos que padecen dentro de esos escenarios de muerte. ¡Yo no soy culpable! ¡Yo no soy culpable! Nos repetimos y no dejamos que los gritos de los excluidos nos interpelen. Yo no he hecho nada, decimos. Pero en ese no hacer nada metemos tanto las acciones negativas como las positivas. Pasamos de largo cuando deberíamos actuar, compartir, mancharnos las manos.

Dios condenó al rico con relación a Lázaro, no porque hiciera acciones negativas de maltrato, no porque le diera patadas para echarlo de su presencia, sino porque habiendo tenido en sus manos la posibilidad de hacer la acción positiva de sacarle del pozo donde estaba hundido, no lo hizo. Fue pasivo. Creyó que ese escenario de horror, en el que vivía Lázaro, no lo había creado él. Se equivocaba por pasivo, por insolidario, por ser incapaz de compartir y mancharse las manos en la rehabilitación y dignificación de un hombre.

Muchos cristianos piensan que la injusticia en el mundo no es un problema de ellos que viven separados y de espaldas al mundo, al dolor de los hombres. Creen que la pobreza, la injusticia y la opresión se producen por sí mismas y que contra ello nada se puede hacer. NO usan ni su voz de denuncia ni su voz profética. No comparten ni gritan contra los opresores, sino que los tienen como modelo a imitar… la riqueza como prestigio. Piensan que, quizás, si hay desequilibrios infernales en los sistemas económicos dejando a más de media humanidad en pobreza, debe ser por culpa de algunos hombres malos, muy malos con los cuales yo no tengo nada que ver… y quedamos paralizados, pasivos, insolidarios sin ser movidos s misericordia.

No nos damos cuenta que, nosotros que calentamos los bancos de las iglesias, también tenemos nuestros pecados de egoísmo, de acumulaciones, de cerrar el puño para no compartir, de estar de espaldas al grito de los oprimidos, de no trabajar por la justicia en el mundo, de no intentar que los últimos, siguiendo el aserto bíblico, pasen a ser los primeros. Y nuestros pecados individuales, aunque los consideremos como pequeños, unidos al pecado de insolidaridades de todos, pasan a ser pecados sociales que alimentan las estructuras injustas del mundo, las estructuras económicas que empobrecen a más de medio mundo y que ponen la escasez del pobre en las mesas de los ricos.

Si los cristianos practicáramos la projimidad enseñada por Jesús, la solidaridad cristiana, usáramos la voz de denuncia e hiciéramos justicia, el milagro se podría producir: Dios nos ayudaría a ser agentes de liberación de los oprimidos, pobres y sufrientes del mundo.

El pecado personal no queda sólo como algo entre Dios y nosotros, no queda como algo que se queda sólo en mi interior sin que pase a formar parte de las estructuras injustas. El pecado personal deviene en pecado social que puede empobrecer y marginar a otros. Podemos ser culpables. De hecho, somos culpables.

Cuando uno se siente culpable, algo en su interior puede comenzar a moverse. Se puede comenzar a sentir el deseo de pedirle a Dios que nos saque de este pozo profundo e insolidario y sentimos la necesidad de buscar justicia, de ser personados y convertidos en nuevas criaturas capaces de sentirse movidos a misericordia. Nos damos cuenta como el pecado personal de muchos va cristalizando en leyes, normas y costumbres que sólo benefician a los poderosos y ricos de este mundo, a los acumuladores y opresores que se montan encima de los empobrecidos y dejados tirados y apaleados al lado del camino pr el que pasan religiosos o conocedores de la ley y miran para otro lado. El que se ha sentido culpable y ha sido personado, no puede pasar de largo, sino que se convierte en las manos y los pies del Señor actuando, se convierte en el seguidor del ejemplo del buen samaritano de la parábola.

Todo lo que beneficia a los poderosos, sean leyes, normas, concepciones del mercado, de la economía, de la justicia, todo lo que hace que algunos se enriquezcan y llenen sus graneros como el rico necio de la parábola, empobrece a otros. ¿De parte de quién estamos para no sentirnos culpables? ¿Cómo actuamos, cómo denunciamos, cómo nos convertimos en voceros de Dios, en sus manos y sus pies actuando en el mundo? ¿Cómo entendemos la vivencia de la espiritualidad cristiana?

A veces, he visitado iglesias y alguien me ha dicho que la eliminación de la pobreza está en manos de los políticos. Se echan para atrás, se echan fuera. No conocen la fuerza del Evangelio actuando en el mundo. No conocen sus responsabilidades cristianas. Pasan de largo como malos prójimos. No denuncian, no actúan, no comparten… no aman ni están dispuestos a dar arte de su tiempo, de sus bienes o de su vida a favor del prójimo necesitado. Caemos en la falta de misericordia. Yo quiero sentirme también culpable y ponerme delante de Dios para que Él me perdone y me use en la búsqueda de justicia, en la labor profética, en ser un vocero a favor de la justicia y del prójimo despojado de sus bienes y de su dignidad… es el camino.

Los cristianos tenemos que tener cuidado para que con nuestros comportamientos, nuestras faltas de compromiso, nuestras formas de vivir, nuestros estilos sociales, no ayuden a hacer cada vez más fuertes todas las estructuras, todos los mecanismos sociales marginantes y empobrecedores.

Una llamada a los cristianos: No nos comportemos ni asumamos los valores que están reforzando la injusticia y la opresión en el mundo, los valores antibíblicos que, como contravalores con los valores del Reino, entran en nuestras iglesias y en nuestras vidas alineándonos con los opresores del mundo.

Mejor sentirse culpables y pedir perdón. Dar la vuelta. Convertirse y cambiar de dirección siguiendo las sendas de justicia y de compromiso con el hombre. La conversión es tanto personal como social. Si nuestra conversión no repercute para nada en el ámbito social, deberíamos plantearnos si realmente se trata de la conversión verdadera hacia el Dios de la vida.

Autores: Juan Simarro Fernández

Dios los bendiga.


Trazando un nuevo año

Trazando un nuevo año

Autores: Yolanda Tamayo

La vida es demasiado corta, pese a ello, seguimos preso de un fútil deseo por eternizarlo todo, entregados a la nula labor de querer detener el tiempo y doblegarlo a nuestro antojo. Qué torpeza la de seguir sometiéndonos a las malas costumbres que nos empobrecen.

Desechemos el poner florituras al rencor, a la conveniencia, al sentimiento de pasividad ante lo realmente importante y emprendamos la hermosa tarea de sincerarnos con nosotros mismos. Admitamos que no somos perfectos, que no caminamos sobre nubes de algodón, que contrariamente somos seres que erramos con asiduidad y a quienes nos duelen los pies de andar por terreno pedregoso.

Es eso lo que nos hace realmente especiales, es esa debilidad la que Dios utiliza para enriquecernos y beneficiar a otros.

Ofrendémonos en este nuevo año al Dios que hace nuevas todas las cosas. Permitamos que sea Él quien tome las riendas de nuestras vidas. Si somos capaces de abnegarnos un poco a nosotros mismos y abandonarnos a sus consejos conseguiremos que en este nuevo año la vida que nos toca vivir tenga una luz una tanto distinta, un dulzor deseable.

Ahora que ante mis ojos se desnudan nuevos días, me ilusiono y deseo que mi tierra en barbecho esté preparada para la siembra. Me agarro fuertemente a las promesas de Dios y confiada auguro una travesía grata, un viaje en el que vuelva a asombrarme como Él acostumbra a hacer.

Tomo fuerzas, levanto la mirada y me impulso hacia el año que ante mí se desabriga, deseosa de que cada día esté plagado de enseñanzas que poner en práctica.

Quiero felicitaros por continuar en el camino.

Por estar un año más al pié del cañón, aun cuando a veces lo más sencillo sería abandonar la lucha y dejarse vencer. Felicitaros por seguir creyendo que Dios puede hacer realidad los sueños. Por confiar en los amigos y estar dispuestos a la renuncia de ciertas comodidades con tal de ofrecer un poco de felicidad a quienes os rodean.

Enarbolo el deseo de que esta nueva trayectoria os sea grata y que Dios cumpla su propósito en vuestras vidas.

Dios los bendiga.


¿Qué clase de resolución de Año Nuevo debería hacer un cristiano?

¿Qué clase de resolución de Año Nuevo debería hacer un cristiano?

La práctica de hacer resoluciones de Año Nuevo se remonta a más de 3,000 años con los antiguos babilonios. Hay algo en el inicio del nuevo año que nos hace pensar en un nuevo comienzo, una nueva etapa. En realidad no hay diferencia entre el 31 de diciembre y el 1º de enero. Nada místico ocurre a la media noche del 31 de diciembre. La Biblia no habla en favor ni en contra del concepto de la resolución de Año Nuevo. Sin embargo, si un cristiano desea hacer una resolución de Año Nuevo, ¿que clase de resolución debería ella o él hacer?

Las resoluciones de Año Nuevo más comunes son la determinación de dejar de fumar, dejar de beber, manejar el dinero mas sabiamente y pasar mas tiempo con la familia. La resolución más común de Año Nuevo es sin duda el bajar de peso, juntamente con hacer más ejercicio y comer más sanamente. Todos estos son buenos objetivos. Sin embargo, 1 Timoteo 4:8 nos enseña a mantener el ejercicio físico en perspectiva. “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida preente, y la venidera.” La gran mayoría de las resoluciones de Año Nuevo, aún entre cristianos, tienen que ver con el aspecto físico. Esto no debería de ser.

Muchos cristianos determinan orar más, leer la Biblia todos los días e ir a la iglesia más regularmente. Estos son objetivos fantásticos. Sin embargo, estas resoluciones fallan tanto como las no espirituales, porque no hay poder en una resolución de Año Nuevo. Tener determinación para comenzar o terminar cierta actividad no tiene ningún valor, a menos que se tenga verdadera motivación para hacer o dejar de hacer esa actividad. Por ejemplo, ¿Porqué quieres leer la Biblia todos los días? ¿Es para honrar a Dios y crecer espiritualmente, o porque escuchaste que es bueno hacerlo? ¿Porqué quieres bajar de peso? ¿Es para honrar a Dios con tu cuerpo, o es por vanidad, para honrarte a ti mismo?

Filipenses 4:13 nos dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Juan 15:5 nos enseña: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” Si Dios es el centro de tus resoluciones de Año Nuevo, hay posibilidad de tener éxito, dependiendo de tu compromiso para hacerlo. Si es la voluntad de Dios que algo se cumpla, Él te ayudará a realizarlo. Si una resolución no es para honrar a Dios o no está de acuerdo con la Palabra de Dios, no recibiremos ayuda de Dios para llevarla a cabo.

Entonces, ¿Qué clase de resolución de Año Nuevo debería hacer un cristiano? He aquí algunas sugerencias: (1) Pide al Señor sabiduría (Santiago 1:5) en relación a qué resoluciones, si hubiera alguna, quiere Dios que hagas?; (2) pide sabiduría para saber como alcanzar los objetivos que Dios te indique; (3) confía en que Dios te de la fuerza para ayudarte; (4) encuentra a alguien a quien rendirle cuentas, que te ayude y te motive; (5) no te desanimes con fracasos ocasionales, sino permite que éstos te motiven más, (6) no te envanezcas si lo logras, sino da gloria a Dios. Salmo 37:5-6 dice: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, tu derecho como el mediodía.”

www.GotQuestions.org/Espanol


Fines celestiales

Fines celestiales

gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Efesios 2.7 (LBLA)

El primer y segundo capítulo de Efesios presentan la más extraordinaria descripción de la obra soberana de Dios al redimirnos de la vida de muerte en la cual estábamos atrapados. Pablo enumera en un versículo tras otro el sacrificio de Dios a nuestro favor, presentando una larga lista de los fabulosos beneficios que esto ha traído a todos aquellos que han hecho de Cristo su Señor. Es, literalmente, un testamento que debe ser estudiado cuidadosamente por sus hijos, pues una mera leída no servirá para entender la profundidad ni la extensión de los beneficios que hemos obtenido en él.

Observe por un momento la declaración del objetivo de este regalo de Dios a los hombres: «…a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús». Es de sumo interés para nosotros notar dos cosas puntuales en esta declaración.

En primer lugar, el objetivo de Dios se extiende mucho más allá de los objetivos nuestros. Aun en el caso de las personas más espirituales, nuestros objetivos rara vez se refieren a eventos más allá de nuestra propia vida. Para la mayoría de nosotros las metas de nuestra vida se expresan, más bien, en términos de meses y años. Aquellos pocos que están construyendo a largo plazo, pueden estirarse a metas que se miden en términos de décadas. La declaración de Pablo nos impacta porque declara que la meta de Dios ¡se mide en cuestión de siglos! Mucho después de que Pablo hubiera muerto y los detalles de sus viajes quedaran en el olvido, el Señor estaría cosechando los frutos de la obra que él realizó en y por medio del gran apóstol.

Todos deseamos contribuir en algo a la generación en la que vivimos. El Señor tiene la perspectiva puesta en la eternidad, recordándonos que solamente vale la pena esforzarse y luchar por aquellas cosas que están contempladas dentro de esta dimensión del tiempo. Muchas de las cosas que nos parecían tan importantes en su momento habrán sido olvidadas por las generaciones futuras.

En segundo lugar, notamos una vez más, que lo que Dios desea dar a conocer a los hombres de todas las épocas son «las sobreabundantes riquezas de su gracia». Es decir, que los hombres puedan mirar para atrás y decir de todo corazón: «¡realmente Dios ha sido maravillosamente bueno para con nosotros!»

Un diccionario del Nuevo Testamento define la palabra «gracia» como «una especial manifestación de la presencia, actividad, poder o gloria divina, un favor, un regalo, una bendición». En este sentido, lo visible, con el pasar de los años, las décadas y los siglos, será el carácter bondadoso, misericordioso y paciente de Dios, que ha perseguido con amor insistente, a lo largo de todas las épocas, a un ser humano terco y pervertido en sus caminos. ¿Qué testimonio nos deja está actitud por parte del Padre? El amor persistente de Dios no conoce la frase «darse por vencido».

Oh, Dios eterno, tu misericordia ni una sombra de duda tendrá. Tu compasión y tu bondad nunca fallan, y por los siglos ¡el mismo serás!


Interpretaciones convenientes

Interpretaciones convenientes

Por Christopher Shaw

Arrojando piedras contra David y contra todos los siervos del rey David, mientras todo el pueblo y todos los hombres valientes marchaban a su derecha y a su izquierda. Simei lo maldecía diciendo: «¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago por toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en manos de tu hijo Absalón; has sido sorprendido en tu maldad, porque eres un hombre sanguinario». 2 Samuel 16.6–8

La escena que hoy nos trae el texto bíblico ocurre en el momento en que Absalón se levantó en rebelión contra su padre David. El rey, temiendo por su vida y la de los suyos, abandonó Jerusalén y huyó al desierto. En el camino, cansado y triste, le salió al cruce este descendiente de Saúl, que lo insultaba y agredía con piedras.

Lo invito a que reflexionemos juntos, por un instante, en la interpretación que le da este hombre a los eventos que estaban sucediendo en Israel en ese momento. Con todo el rencor y la ira acumulada por la pérdida del reino, Simei proclamaba confiadamente: «Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón». Seguramente su denuncia no carecía de cierta satisfacción perversa en la situación, pues Simei veía en estos eventos el pago por todo el mal que había vivido la casa de Saúl.

Lo que debe atemorizarnos es esa tremenda facilidad que poseemos de interpretar el accionar de Dios según nuestra propia conveniencia; y no solamente esto, sino tener profunda convicción de que las cosas son, en realidad, así como las estamos describiendo. Saúl mismo, con todos los delirios que había experimentado por darle la espalda a Dios, le había también dado, en su momento, esta conveniente interpretación a las circunstancias. Cuando uno de sus hombres delató el lugar donde se escondía David, había exclamado: «Dios lo ha entregado en mis manos, pues él mismo se ha encerrado al entrar en una ciudad con puertas y cerraduras» (1 S 23.7). Hacía tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de Saúl, pero él seguía creyendo que el Señor lo ayudaba en su afán de destruir a David.

Sabemos que en ambas situaciones la interpretación de estos dos hombres estaba completamente errada. Lo sabemos, sin embargo, porque poseemos el relato completo de la historia, junto a la interpretación de quien escribiera este libro. ¿En cuántas situaciones, donde no contamos con estos elementos, nos convencemos de estar interpretando correctamente el accionar de Dios, no sabiendo que estamos completamente equivocados? La equivocación es fácil de cometer, pues cada uno de nosotros somos arrastrados por los intereses personales de nuestra propia vida. Imaginamos que Dios está prácticamente abocado a acomodar todas las cosas solamente para nosotros.

La verdad es muy diferente. Los caminos del Señor no son nuestros caminos, ni tampoco sus pensamientos son los nuestros. Si somos honestos, tenemos que reconocer que su manera de moverse es radicalmente diferente a la nuestra. Por esta razón, conviene mucha mesura a la hora de interpretar espiritualmente los acontecimientos que nos rodean. ¿Quién puede verdaderamente entender los misterios de Dios?

Dios los bendiga

 


Lo ordinario de la fe

Lo ordinario de la fe

Por Christopher Shaw

¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos». Lucas 17.9–10

Hemos estado considerando algunos aspectos de este pasaje que presenta una de las enseñanzas que Cristo le dio a los discípulos acerca del tema de la fe. En nuestra reflexión de hoy queremos examinar el ejercicio de la fe en la vida del cristiano.

Subsiste una tendencia entre nosotros a creer que el ejercicio de la fe en la vida es algo especial. Cuando relatamos anécdotas donde se vieron extraordinarias manifestaciones de fe lo hacemos con ese asombro de quienes están frente a algo increíble. No pocos dentro de la iglesia creen que hay personas que poseen una capacidad especial para moverse en fe, personas que están en otra dimensión de la vida espiritual que nosotros. Esto no hace más que recalcar que estamos distanciados de la clase de vida que deberíamos estar viviendo en Cristo Jesús.

En el pasaje de hoy Cristo ilustró esta verdad con el trabajo de un siervo en el campo. Habiendo recibido instrucciones al inicio del día, el siervo salió y trabajó toda la jornada en lo que se le había mandado. Cuando llegara la tarde, ¿el amo de aquel siervo lo esperaría con la cena lista, como premio por el buen desempeño que tuvo durante el día de trabajo? ¡Por supuesto que no! No recibiría ningún tipo de reconocimiento, porque en realidad no había estado haciendo más que cumplir con lo que se le había mandado hacer.

De la misma manera, el discípulo que vive por fe no está demostrando un extraordinario compromiso con Cristo, ni avanzando más allá de lo que se espera de él. Simplemente está viviendo de la manera que su amo espera. Moverse por fe, entonces, no es vivir con un mayor grado de compromiso que los demás. Es, simplemente, vivir la vida espiritual como Dios manda. Él nos da a cada momento sus instrucciones, y nosotros obedecemos, haciendo exactamente lo que él nos indica hacer. No tiene ningún mérito lo que hacemos.

Tratar con especial reverencia a aquellas personas que se mueven por fe no hace más que ofrecer un elocuente testimonio de la pobreza de nuestra propia vida espiritual.

Se cuenta que Jorge Müller, el hombre que fundó incontables orfanatos moviéndose solamente por fe, visitó muchas iglesias en los últimos años de su vida, dando testimonio de cómo el Señor había provisto fielmente para las necesidades de miles de niños. La gente que lo escuchaba se maravillaba del gran compromiso que tenía este hombre. Müller les señalaba, sin embargo, que él no había hecho nada extraordinario. Simplemente escogió creer las promesas del Señor cada día de su larga vida. Había hecho lo que se le pide a todo el que cree en Cristo, y eso no tiene ningún mérito en el reino. Fue, en última instancia, nada más que un siervo inútil.

Saludos

 


Superar la adversidad

Superar la adversidad

Llevado, pues, José a Egipto, Potifar, un egipcio oficial del faraón, capitán de la guardia, lo compró de los ismaelitas que lo habían llevado allá. Pero Jehová estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero, y vivía en la casa del egipcio, su amo. Vio su amo que Jehová estaba con él, que Jehová lo hacía prosperar en todas sus empresas. Génesis 39.1–3

Es muy difícil para nosotros imaginarnos la magnitud de la calamidad que visitó a José al ser vendido por sus hermanos. El relato ocupa apenas unos versículos en la Biblia, pero las consecuencias devastadoras de semejante traición quedan escondidas. De todas maneras, es claro que el golpe debe haber afectado en lo más profundo la vida del joven israelita.

En realidad, no podía ser de otra forma. En el lapso de unas semanas lo perdió todo. Primero su libertad, al ser echado a un pozo. Luego, su dignidad, cuando fue vendido por unas monedas de plata. Al ser puesto en cadenas, perdió también su futuro y la posibilidad de escoger los caminos por los cuales transitaría. Cuando llegó a Egipto, también perdió la cultura y el idioma de su familia. Comprado por Potifar como esclavo, perdió también la posibilidad de pertenecer a una familia. ¿Quién podría sobreponerse a semejante catástrofe? ¿Cómo no hundirse en el pozo más hondo de amargura y depresión, almacenando en el corazón odio y rencor hacia los hermanos?

En el pasaje de hoy, sin embargo, encontramos a un José próspero. Su prosperidad, lo aclara bien el historiador, fue producto del respaldo, la compañía y la presencia de Jehová en su vida. Dios estaba con él. Sabemos bien que el Señor no bendice a los que albergan en su alma pensamientos de odio, rencor y venganza. El salmista pregunta: «Jehová, ¿quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia; el que habla verdad en su corazón; el que no calumnia con su lengua ni hace mal a su prójimo ni admite reproche alguno contra su vecino» (15.1–3). De manera que resulta claro que José logró sobreponerse a este duro revés que le presentó la vida.

Esta es una de las características que distingue al líder del resto del pueblo. El líder no está libre de dificultades, contratiempos, y dolores; no permite, sin embargo, que estos determinen lo que ocurre en su vida. Como observa Henry Blackaby, el autor de Mi experiencia con Dios, «líderes no son aquellas personas que están libres de la adversidad, sino aquellas que logran superar los escollos de la vida». La historia está repleta de líderes que vivieron durísimas experiencias personales. Lo que distinguió a estos hombres, sin embargo, es que usaron sus experiencias personales de fracaso y angustia para avanzar hacia cosas mayores. Fueron los escalones sobre los cuales construyeron, más adelante, sus más grandes victorias.


Posturas radicales

Posturas radicales

Así que oró a Jehová y le dijo: ¡Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida. Jonás 4.2–3

¿Cómo se comporta usted cuando no se sale con la suya? Esto es, en muchas situaciones, lo que marca la diferencia entre un líder rendido a Dios y un líder cuyo objetivo principal en la vida es avanzar en sus propios proyectos.

A Jonás no le gustó nada la decisión que el Señor había tomado con los asirios. Se enojó grandemente, elevó un airado reproche, luego le pidió a Dios que le quitara la vida. Es una decisión muy extrema para un problema que, básicamente, tiene que ver solamente con su propio orgullo herido.

Es precisamente en este tipo de circunstancias que vemos dónde está lo que verdaderamente mueve a un líder. Cuando yo era joven, insistía que mi visión era la adecuada para la congregación donde pastoreaba. Otros, en el equipo ministerial, no lo veían de la misma manera. En el afán de convencerlos, no tardé en armarme de argumentos para demostrar que mi visión y la visión del Señor eran idénticas. Aún así, ellos no se convencían. Cansado de las discusiones y de la aparente «resistencia» a lo que yo quería hacer, opté por irme de aquella congregación. Una decisión radical para lo que era, en su esencia, una puja de voluntades.

Esta es una historia que se ha repetido infinidad de veces dentro del pueblo de Dios. Convencidos de que somos dueños de la verdad, creemos que son aceptables, decisiones tan radicales como marcharnos, abandonar el ministerio, o incluso dividir la iglesia. Con esta actitud es imposible trabajar en equipo, porque es un requisito indispensable que los demás vean las cosas como el líder. La belleza de la diversidad del cuerpo se pierde, el desafío de aprender a dialogar con otros se desaprovecha y la posibilidad de cultivar un carácter santo y aprobado por Dios se desperdicia.

Observe la exhortación de Pablo: «Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que, con actitud humilde, cada uno de nosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Flp 2.3–4 – LBLA). La vanagloria no es más que una gloria ficticia. Es aquella que tiene apariencia de ser genuina, pero que en realidad viene de una fuente que jamás puede producir verdadera gloria, porque el único que posee gloria es Dios mismo. Aquellas cosas en las cuales su persona es claramente visible, también poseen gloria. Las otras «glorias» son las que fabricamos nosotros los hombres: tienen muy poco brillo.


Una Carrera de Vida Eterna

Una Carrera de Vida Eterna

Hebreos 12:1–2

«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios».

Los últimos versículos del capítulo 11 nos dan la idea de un gran ejército de soldados rasos que lucharon fielmente por la fe. Después de la lista excelsa de pro-hombres de la historia de Israel, desde los primeros patriarcas hasta los profetas, mencionados por nombre en la primera parte del capítulo, el autor nos ha hablado de otros héroes anónimos que, sin embargo, sirvieron fielmente al Señor hasta el punto de sufrir el martirio por Él. Ninguno de estos mártires es nombrado excepto uno: nuestro Señor Jesucristo.

Una vez concluido el gran desfile de los héroes de la fe, ahora se nos presenta el más grande de ellos. Hemos llegado a la culminación. Cuando vemos a Jesucristo ya no tenemos ojos para los demás. Él llena nuestra visión. La gloria de las proezas de los héroes anteriores queda eclipsada.

Ahora, pues, «ponemos los ojos en Jesús» (v. 2). Y cuando le contemplamos ¿qué es lo que vemos? La misma ambivalencia que hemos estado viendo desde el principio de esta Epístola. Por un lado vemos a Aquel que sufrió. Por otro vemos a Aquel que ahora reina a la diestra del Padre (v. 2).

Ya lo veíamos en el capítulo 2, versículo 9: «Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles… a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos». Era necesario que Él padeciese para efectuar nuestra redención, que fuese perfeccionado por aflicciones como autor de nuestra salvación (v. 10), que participase de nuestra condición humana para expiar los pecados del pueblo (v. 17). Pero Aquel que murió también es el Jesús que ahora vemos «coronado de gloria y de honra».

Ya lo veíamos también en el capítulo 1, versículo 3: «…habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Y en el capítulo 10, versículo 12: «Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios».

Ahora volvemos a ver lo mismo. Jesucristo sufrió la Cruz; ahora reina en gloria. Así es la vida de fe. Participa de los padecimientos de Jesucristo, para luego participar de su gloria.

El grano de trigo primero ha de morir, luego florece. Primero el creyente se encuentra en medio de tribulaciones, angustia y prueba; luego vendrá la vindicación y la gloria. Así fue en el caso de los héroes anónimos. Así fue en el caso de Jesucristo, el testigo supremo.

LA ILUSTRACIÓN DEL ATLETA

El capítulo empieza con estas cuatro palabras: «Por tanto, nosotros también». En cierto modo resumen todo lo que vamos a ver en este estudio. A lo largo de nuestro estudio del capítulo 11, íbamos aplicando los diferentes ejemplos de la fe a nuestra situación actual. Pero el autor mismo ha reservado su «aplicación» hasta ahora. Él se ha limitado a describir las historias de fe sin más comentarios. Es ahora, al concluir la relación, cuando se vuelve hacia nosotros y nos dice, a la luz de aquellos ejemplos de la fe: «Por tanto, nosotros también…»

Ahora nos toca a nosotros hacer el relevo. Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿Cómo va nuestra vida de fe? ¿Cómo está nuestra relación con Dios? ¿Estamos en forma espiritual? ¿O con el paso del tiempo nos hemos desanimado?

Hemos de servir al Señor en nuestra generación, como aquellos héroes sirvieron en la suya. Ellos mantuvieron fielmente el testimonio de la fe, aun al precio de su vida. Ellos son un testimonio elocuente para nosotros de que la fe vale la pena. Por muy mal que lo pasemos vendrá el cumplimiento de las promesas de Dios. Ahora, pues, nos corresponde a nosotros seguir su ejemplo.

A fin de estimularnos en este seguimiento, el autor utiliza una ilustración que es bien conocida en las páginas del Nuevo Testamento, la de una carrera atlética.

Ésta es una ilustración especialmente apreciada por el apóstol Pablo. Al despedirse de los ancianos de Éfeso, dice:

«De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo…» (Hechos 20:24).

Aplica la misma metáfora a los gálatas:

«Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?» (Gálatas 5:7).

Y también a Timoteo:

«el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente» (2 Timoteo 2:5).

«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7).

Pablo tiene la misma perspectiva que el autor de Hebreos. La vida de fe es una carrera y quien corre en ella no tiene tiempo para enredarse en otros asuntos. Va hacia la meta. Ésta es su gran preocupación y todo lo demás lo tiene por trivial y secundario. (Ver también Romanos 9:16; 1 Corintios 9:24, 26–27; Gálatas 2:2; Filipenses 2:16; 3:14).

En un peregrinaje caminamos lentamente de día en día. En una carrera también vamos hacia una meta. Pero ahora hay una nota de urgencia en nuestro avance. Debemos concentrar nuestra atención en lo primordial y, si es necesario, dejar de lado otras cosas que en sí pueden ser legítimas. Lo importante es llegar a la meta.

Esto lo hemos visto en los santos de antaño. Por ser creyentes no se dejaron deslumbrar por lo visible, lo material y lo terrenal, sino que tenían los ojos bien abiertos para ver lo invisible, lo futuro, lo celestial. Tenían la mirada puesta en la meta, en aquello que no se ve, sino que se espera. Veían la ciudad celestial y la esperaban con ilusión (Hebreos 11:10). Tenían «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26).

Participar en una carrera requiere esfuerzo, sacrificio y el abandono de todo tipo de distracción. Ningún perezoso ganó jamás una carrera. Así pues, el autor concluirá su exhortación con estas palabras:

«Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado» (Hebreos 12: 12–13).

Gracias a Dios hoy mismo es posible la sanidad de nuestra cojera espiritual. En estos momentos algunos podemos estar desanimados, otros en pecado, otros, por diferentes motivos, parados en el camino. Pero no hay ninguna razón por la que tengamos que permanecer estancados. Este capítulo es un reto a la perseverancia.

«Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Esto nos recuerda otra cita del apóstol Pablo:

«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13–14).

Si la carrera está por delante, implícitamente hemos de despreocuparnos de lo que queda atrás. Y esto en varios sentidos.

En primer lugar, no debemos permitir que los fracasos del pasado nos desanimen. Si hemos sido creyentes desde hace cierto tiempo, es casi seguro que podremos mirar atrás y ver muchos fracasos. Hemos decepcionado al Señor en muchas ocasiones. Hemos caído en pecado. Incluso es posible que hayamos caído en pecados muy serios. Todas estas situaciones de fracaso son empleadas por el maligno. Él erosiona nuestra confianza y nuestro ánimo diciéndonos: ¿Cómo te atreves a pensar que puedes seguir hacia adelante? ¿No ves que eres un fracasado? Pero el Señor no quiere que vivamos con nuestro pasado atado al cuello, sino que prosigamos hacia adelante. Por supuesto, necesitamos solucionar las situaciones del pasado, confesándolas al Señor, buscando la limpieza de Dios en arrepentimiento. Pero una vez hecho esto, no hemos de vivir paralizados por una mala conciencia ni desanimados por los fracasos del pasado. Puesto que en el Señor hay sanidad de nuestro pasado, podemos y debemos seguir adelante.

En segundo lugar, no debemos desviarnos por las tentaciones que deberíamos haber dejado atrás. Éste era el problema de Israel en el desierto. Tendría que haber ido por el desierto con la mirada puesta en la tierra prometida. Pero tantas veces tenía la mirada puesta en Egipto. Añoraba lo que tendría que haber dejado atrás.

Ninguno ha ganado una carrera mirando hacia atrás. Al contrario, muchos han perdido la carrera porque en el último momento descuidaron la meta y miraron atrás para ver lo que hacían los demás. Como creyentes debemos dejar atrás lo que pertenece a nuestro pasado: las tentaciones del pecado, las distracciones del mundo.

En tercer lugar, no tenemos que vivir de las rentas del pasado. El maná de ayer no vale para hoy. Tampoco la fe de ayer.

Puedes haber sido un gran creyente hace veinte años, pero no debes vivir ahora sólo a base de recuerdos. Si verdaderamente fuiste un gran creyente en aquel entonces, también lo serás hoy. Puedes haber servido al Señor de formas específicas y muy fructíferas en el pasado. Pero lo que importa hoy es que sigas sirviendo al Señor.

Algunos creyentes parecen vivir en el pasado. Recuerdan con nostalgia los viejos tiempos como los mejores. Es como si dijesen: Ya vale; he corrido tanto hasta aquí que el Señor se conformará con lo que ya he hecho. Tal actitud es un engaño. La carrera está aún por delante. Debemos proseguir a la meta.

NUESTRA CARRERA

¿Cómo hemos de correr? Acabamos de ver una primera respuesta a esta pregunta: con la mirada hacia adelante. Sin embargo es una respuesta implícita en el texto («la carrera que tenemos por delante») más que explícita. En cambio el autor nos habla explícitamente de cuatro características de la carrera.

1. Conforme al testimonio de los santos de antaño

En primer lugar él nos recuerda que debemos correr sabiendo que «tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos». ¿Qué quiere decir con esto?

Evidentemente la referencia es a los héroes de la fe que él ha descrito en el capítulo 11. Pero ¿en qué sentido son ellos «testigos»?

No se identifica a estos “testigos”, pero la palabra que se emplea en el original griego es martus, término del que proviene nuestro vocablo “mártires”, pero que también implica testigos judiciales. No se trata, pues, de meros espectadores, pues en el griego había una palabra específica para ellos, sino más bien de aquellos cuyas experiencias y ejemplo atestiguan la fidelidad de Dios y nos inspiran a correr mejor. Ellos nos señalan que por medio de la fe puede obtenerse la victoria.

Hay muchas maneras en las que nuestra fe será probada. Necesitamos esta variedad de ejemplos. De lo que estos testigos testifican es de la fidelidad de Dios. Vale la pena seguir adelante en la vida de fe. No debemos desanimarnos. Este es su testimonio. Nos hablan del poder sustentador de Dios.

2. Despojándonos de todo el peso y del pecado que nos asedia

En segundo lugar, si vamos a correr bien debemos prescindir de todo aquello que nos frenaría en la carrera.

La palabra «peso» puede tener dos significados. En primer lugar, puede significar aquellos «kilos de más» que algunos adquieren con el paso de los años y que les impiden moverse con agilidad. Nadie puede correr bien en una carrera si no está en buena forma física. Por esto los atletas dedican muchas horas diarias a entrenarse. Si ganan peso, en seguida intentan eliminarlo.

Es en este sentido que Pablo, escribiendo a los Corintios, habla de la disciplina que él se impone en la vida de fe:

«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la aventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Corintios 9:24–27).

Necesitamos disciplina en la vida cristiana -incluso es posible que en momentos determinados necesitemos austeridad- a fin de no acabar siendo unos creyentes fofos y pesados, incapaces de correr en la carrera de la fe.

Pero la palabra «peso» también puede referirse a cosas accesorias que no debemos llevar en la carrera. Nunca verás a un atleta correr con la bolsa de la compra en la mano, ni vistiendo traje y gabardina. Antes de bajar a la pista, el atleta va al vestuario, deja allí todas sus pertenencias, se desnuda y se pone una ropa ligera, a fin de correr bien.

La palabra «peso», por lo tanto, puede tener estos dos matices. Pero el verbo «despojémonos» nos inclina al segundo de ellos. Es un verbo que significa «quitar de encima», como cuando nos desvestimos. Tenemos que despojarnos de todo aquello que pueda estorbarnos en la vida de fe.

¡Qué importante es adquirir madurez y prudencia en esto! Porque hay dos extremos. Podemos ir por la vida con un desprecio abierto hacia todo aquello que no sea específicamente espiritual. Así deshonramos a Dios, porque despreciamos lo que Él mismo ha creado e instituido. Por otro lado podemos llenar de tal manera nuestras vidas de posesiones materiales, compromisos laborales y sociales, gustos y pasatiempos, actividades y relaciones, que no tengamos tiempo para participar en la carrera.

Quien tiene muchos números en la cuenta bancaria sabe que las riquezas traen enredos y preocupaciones. Si tienes dos casas, tienes el doble de problemas domésticos que atender que si tienes una sola. Si te suben de categoría en la empresa, es probable que adquieras nuevas preocupaciones y tengas que dedicar más tiempo al trabajo.

Como creyentes necesitamos desembarazarnos de enredos. Esto no quiere decir que tengamos que vivir en la miseria física ni que necesariamente debemos rehuir mayores compromisos sociales. Pero sí quiere decir que necesitamos prudencia para saber cuál es el llamamiento de Dios en nuestro caso, y para distinguir entre compromisos legítimos y enredos innecesarios.

Debemos tener prioridades correctas. Estamos en una carrera. Hay una meta que alcanzar. Para seguir adelante no podemos sacrificar ni nuestra comunión con Dios, ni nuestro estudio de su Palabra, ni la participación en su pueblo. Cualquier cosa que intervenga para impedir que corramos bien, tendrá que ser eliminada.

Esto es lo que Pablo dice a Timoteo, si bien la metáfora es la del soldado, no del atleta:

«Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que le tomó por soldado» (2 Timoteo 2:4).

La frase siguiente, «el pecado que nos asedia», es aún más contundente. Hay cosas que de ninguna manera se pueden tolerar en la vida cristiana. Puede haber cosas legítimas en sí, de las cuales conviene desembarazarse para correr bien. Pero hay otras que ni siquiera son legítimas en sí. Son pecado.

El apóstol Pablo también habla de la necesidad de despojarnos de la vida anterior, caracterizada por el pecado.

«Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno… Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:8–10, 12–13).

El texto sigue con una lista de virtudes que representan la «ropa ligera» que como atletas cristianos tenemos que llevar puesta, en contraste con la ropa pesada y pecaminosa del viejo hombre que antes llevábamos.

Me pregunto si reconocemos el pecado por lo que verdaderamente es. ¿Qué es lo que estorba nuestro avance en la vida cristiana? ¿La mala salud? («Quisiera estar en los cultos pero no puedo. Mi salud no me lo permite. Si no fuera por ello, yo sería un creyente fiel».) ¿La falta de dinero? («Para llevar adelante a la familia tengo que trabajar más horas y esto no me permite que avance tanto en la vida cristiana».) ¿Las tribulaciones? ¿Los disgustos? («Yo sería un buen creyente, pero he visto cosas tan feas en otros cristianos que me he desanimado en la carrera».) Ninguna de estas cosas es motivo válido para no seguir corriendo como atleta.

Nuestra carrera, por así decirlo, no es una carrera lisa, sino de vallas. Los obstáculos están allí. Es necesario que vengan los tropiezos, dijo el Señor Jesucristo (Mateo 18:7). Son una parte necesaria de la carrera. Por medio de las pruebas y dificultades el Señor fortalece nuestra fe. Ninguna de estas cosas impedirá nuestra carrera si tenemos fe. No están allí como excusa para que nos desanimemos.

No. Lo que verdaderamente nos estorba en la vida de fe es el pecado. No son las circunstancias. No son los demás hermanos. No son las pruebas.

Aquel hermano que te ha ofendido, ¿realmente es la causa de que no corras bien? ¿No es más bien tu propio resentimiento, tu reacción pecaminosa ante él? El pecado está en ti.

Y el pecado es pegajoso. «El pecado que nos asedia». De hecho este verbo en griego es una palabra que sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento, y los expertos no saben exactamente qué matiz tenía en el primer siglo. Por esto, las diferentes traducciones del Nuevo Testamento la interpretan de maneras distintas. Algunas dicen: «el pecado que nos conduce a tantas angustias». Otras: «el pecado que es tan admirado por el mundo». Predomina, sin embargo, la idea de la proximidad: «el pecado que se aferra a nosotros tan de cerca que nos acosa» (ver Hewitt, p. 190).

Existe una variante de esta palabra en el manuscrito más antiguo que tenemos en Hebreos (llamado P46). Allí dice: «el pecado que nos distrae», lo cual ha dado lugar a la Versión Popular: «el pecado que nos enreda».

Desde luego, todas estas cosas son ciertas en cuanto al pecado. Nos complica la vida desde muchos ángulos. Pensamos que nos lo hemos quitado de en medio, pero luego descubrimos que aún está presente:

«¡Nos conviene tener delante el cuadro grotesco de un atleta que se dispusiera a dar principio a la carrera envuelto en un gabán y llevando una maleta! ¿Qué esperanza podría tener de terminar bien al lado de competidores ligeramente ataviados? Sin embargo, en la carrera cristiana este cuadro es conocidísimo: tanto que nos hemos olvidado de que es ridículo disponernos a la carrera que nos es propuesta por Dios mismo, y cuya meta es el cielo, siendo la recompensa la corona de gloria, con manos y pies trabados por un testimonio defectuoso, por los pecados que permitimos –que lo son de verdad, por mucho que quisiéramos disfrazarlos como los “defectos normales en el hombre”– y por preocupaciones materiales y humanas que ocupan mucho más de nuestro pensamiento y energías que no el hacer la voluntad de Dios» (Trenchard, p. 213).

Es cierto. Nos reiríamos de cualquier atleta que fuera a las olimpiadas vestido de bombero. Sin embargo, nosotros actuamos como si pudiéramos participar en la carrera espiritual y a la vez llevar encima toda una serie de hábitos, pecados, enredos y ambiciones mundanos. No podemos. Hemos de despojarnos de todas estas cosas.

Si en estos momentos tú sabes que hay algo en tu vida que no es lícito, que estorba tu carrera, debes dejarlo. Puede ser un pasatiempo que te absorbe demasiado, un compromiso laboral que no te deja tiempo para la familia ni para el Señor, una relación que no contribuye a tu crecimiento espiritual, un hábito pecaminoso… Sea lo que sea, escucha lo que el Espíritu te dice: «Despojémonos de todo el peso y del pecado que nos asedia».

3. Con paciencia

No vamos a detenernos mucho en esta tercera característica de nuestra carrera, porque la hemos visto en otras ocasiones (por ejemplo en torno al Hebreos 6:12 ó al Hebreos 10:36). En la Biblia la paciencia nunca es meramente pasiva. No es sólo aguantar. Es mucho más dinámica.

Hemos de correr. ¿Cómo puedes correr «con paciencia» si entiendes la paciencia como algo pasivo?

No. En la carrera la paciencia es la perseverancia, la determinación. Este es el peso de la palabra aquí. Hemos de seguir adelante a pesar de los motivos de desánimo. Hemos de ejercer la fe a pesar de las pruebas, decepciones y tribulaciones del camino.

Vamos a proseguir hasta el fin solamente si adquirimos esta determinación. A nosotros, como a los héroes de antaño, nos es necesaria esta paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengamos la promesa (Hebreos 10:36).

4. Puestos los ojos en Jesús

Con esta cuarta característica, llegamos a la culminación de lo que el autor quiere decirnos acerca de la carrera. Sobre todo debemos correr con los ojos puestos en Jesús. Pero puesto que el autor elabora mucho este punto, vamos a abrir una nueva sección en nuestro estudio y considerar a Jesucristo como nuestro sustentador y modelo en la carrera.

Dios los bendiga

Burt, D. F. (1992). Vol. 136: En Busca de la Ciudad Eterna, Hebreos 12:1–13:25. Comentario Ampliado del Nuevo Testamento. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE.

Página .  Exportado de Software Bíblico Logos 5, 08:34 p.m. 12 de marzo de 2013.

1 Morris, C. A. (1999). Comentario bı́blico del continente nuevo: Hebreos (130–131). Miami, FL: Editorial Unilit.