Cuidado con la Novia.

Cuidado con la Novia.

Quiero contar lo siguiente basado en una predicación de Bob Sorge. El título del mensaje fue: «No son negocios, es algo personal».

En Juan 3.29–30 dice:

«El que tiene a la novia es el novio. Pero el amigo del novio, que está a su lado y lo escucha, se llena de alegría cuando oye la voz del novio. Ésa es la alegría que me inunda. A él le toca crecer, y a mí menguar».

En este pasaje se menciona al novio que es Jesús, la novia que es la iglesia y el amigo del novio que es Juan el Bautista.

Juan, el amigo del novio, está preparando a la novia para su Señor y lo hace con lealtad hacia el novio. Cuando Jesús llega, Juan se hace a un lado porque piensa: «Él debe tener cada vez más importancia y yo menos». Pero sus discípulos le dicen: «se está yendo la gente, todos van a él en lugar de venir a nosotros». Juan les dice: «que él tenga éxito me llena de alegría». En otras palabras, a mí no me interesa ser famoso o hacer plata, porque lo mío no es un negocio sino un asunto personal, se trata de Jesús.

Juan no estaba interesado en promoverse, en darse a conocer ni en beneficiarse, su único interés era dar a conocer a Jesús y preparar el camino para Él.

Para Jesús es sumamente importante ver cómo estamos sirviendo a la novia o a su iglesia, ¿para nuestro beneficio o para Él? Después de ministrar, ¿de quién habla la novia, de nosotros o de Él? Lo que hacemos, ¿lo hacemos de tal manera que la novia después de haber estado con nosotros piensa en Jesús, habla acerca de Él, está más enamorada del Señor y anhela encontrarse con Dios?

La responsabilidad del amigo del novio es hacer que la novia ponga sus ojos en el novio. Pero a veces el amigo del novio trata de conquistar a la novia y por eso algunas mujeres terminan enamoradas del amigo del novio.

Pablo dijo:«No nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor» (2 Corintios 4.5).

Podemos predicar o cantar acerca de Jesús y al mismo tiempo promocionarnos. Estamos haciendo algo bueno, pero con una intención oculta. Si por alguna razón la novia empieza a poner su atención en nosotros, Jesús se queda observando para ver qué vamos a hacer.

Una de las mejores ilustraciones de lealtad hacia el novio la encontramos en el libro de Ester: «Cuando a Ester […] le llegó el turno de presentarse ante el rey, ella no pidió nada fuera de lo sugerido por Jegay, el eunuco encargado del harén del rey» (Ester 2.15).

La función de Jegay era aconsejar a Ester cómo vestirse, cómo hablar, qué perfume usar, todo lo necesario para conquistar al rey. El rey le había confiado a Jegay las mujeres entre las que elegiría a su futura esposa y confiaba en él porque era un eunuco. Un eunuco era una persona que no tenía interés en las mujeres porque lo habían operado o, para entenderlo mejor, lo habían castrado. Le quitaban todo lo que podría poner en riesgo a su prometida. Eso mismo quiere hacer Dios con los que servimos a su esposa, él quiere que seamos operados de toda intención oculta que pueda llevarnos a sacar provecho o a beneficiarnos de su amada.

Pero no es fácil dejarse operar. No es fácil dejarse quitar la satisfacción que produce el que la novia nos aplauda, admire, idolatre y recuerde. Pero es necesario hacerlo para que Dios nos pueda confiar a su amada porque Él es un Dios celoso y no compartirá su novia con nadie. El Señor quiere verdaderos amigos que no busquen nada de la novia sino que todo lo obtengan de Él. Que Dios sea quien supla todas nuestras necesidades, que Él sea quien nos llene, que sean las palabras de su boca y los besos de su Palabra los que suplan nuestra necesidad de ser amados.

No usurpemos el lugar de Dios en la vida de la novia, pues desde el momento que ella empiece a mirarnos y nosotros comencemos a vivir de la atención que ella nos da, ya no seremos los amigos del novio, sino su competencia.

¿Cómo esperamos que Dios nos bendiga si estamos abusando de su novia?

Servimos a un Dios celoso que no comparte su gloria con nadie. Debemos pedirle a Dios que nos purifique de toda intención oculta y que Él sea el que supla nuestra necesidad de atención.

Dios los bendiga

Nota del administrador: este es un fragmento del libro ¿Como conquistar el corazón de Dios? de Andres Corso.


El Orgullo Espiritual No Discernido

El Orgullo Espiritual No Discernido
Nota del Administrador: Este post fue tomado del blog amigo http://teologiayapologetica.wordpress.com
La primera y peor causa de error que prevalece en nuestros días es el orgullo espiritual. Esta es la puerta principal por la que el diablo viene a los corazones de aquellos que son celosos por el avance de Cristo. Es la entrada principal del humo del pozo sin fondo que oscurece la mente y engaña el juicio. El orgullo es el asa principal por la cual toma a los cristianos y la principal fuente de maldad que introduce para obstaculizar y estorbar una obra de Dios. El orgullo espiritual es el principal impulsor, o al menos el soporte principal, de todos los otros errores. Hasta que esta enfermedad es curada, los medicamentos se aplican en vano para sanar todas las demás enfermedades.A causa del orgullo espiritual, la mente se defiende y justifica a sí misma en otros errores y se guarda de la luz por la cual podría corregirse y recuperarse. El hombre espiritualmente orgulloso ya está lleno de luz y siente que no necesita la instrucción, por lo tanto prontamente la rechaza. Por otro lado, la persona humilde es como un niño pequeño que fácilmente recibe la instrucción. Es cauteloso de como se estima a sí mismo, sensible de cuán propenso es de descarriarse. Si se le sugiriera que se está descarriando, él estaría muy listo para inquirir sobre el asunto. Nada coloca al cristiano tan lejos del alcance del diablo, prepara a la mente para la luz divina sin tinieblas y aclara al ojo para poder ver las cosas como son como la humildad —Salmo 25:9: “Dirige a los humildes en la justicia, y enseña a los humildes su camino.” Si el orgullo espiritual es sanado, otras cosas son fácilmente rectificadas. Nuestro cuidado principal debe ser rectificar el corazón y sacar la viga del orgullo de nuestro ojo y entonces veremos con claridad.

Los que tienen más celo en la causa de Dios son los más propensos a ser acusados de estar llenos de orgullo. Cuando cualquier persona parece, en cualquier sentido, ser extraordinariamente distinguido de los demás en su caminar cristiano, las probabilidades son de diez a uno que esto despertará de inmediato los celos de los que están a su alrededor. Sospecharán (tengan buena razón para hacerlo o no) que tal persona está muy orgullosa de su bondad y que piensa que nadie es tan bueno como él—de tal manera que todo lo que dice y hace es observado con este prejuicio. Los fríos y muertos, especialmente los que nunca han experimentado el poder de la piedad en sus corazones, fácilmente considerarán tales pensamientos con respecto a los mejores cristianos. Esto surge de nada menos que una enemistad secreta contra la santidad vital y ferviente. Pero el cristiano con celo debe cuidarse para que esto no resulte ser un lazo para él, y el diablo no se aproveche de ello para cegar sus ojos para que no contemple la verdadera naturaleza de su corazón, pensando que solo porque él es acusado de orgullo equivocadamente con un espíritu malvado, tales acusaciones a veces no son validas. ¡Ay, cuanto orgullo tienen los mejores en sus corazones! Es la peor parte del cuerpo de pecado y muerte; el primer pecado que jamás entro en el universo es el último que es arrancado de la raíz. ¡Es el enemigo más terco de Dios!

El orgullo es mucho más difícil de discernir que cualquier otra corrupción debido a su misma naturaleza; es decir, el orgullo es una persona que tiene un pensamiento demasiado alto de sí mismo. ¿Nos debe extrañar, entonces, que una persona que tiene una idea demasiada alta de sí misma no sea consciente de ello? Él piensa que la opinión que tiene de sí mismo tiene justa causa y por lo tanto no es demasiado alta. Si el fundamento de esta opinión de sí mismo se derrumbara, él cesaría de tener tal opinión. Pero por la naturaleza del orgullo espiritual, es el más secreto de todos los pecados. No hay otro asunto en el cual el corazón es más engañoso e inescrutable y no hay otro pecado en el mundo del cual los hombres tengan tanta confianza. Su naturaleza misma es estimular la confianza en sí mismo, y alejar cualquier sospecha de maldad respecto a sí mismo. Debido a su naturaleza secreta y sutil, no hay ningún pecado tan parecido al diablo como este, apareciendo en muchas formas que no son discernidas o sospechadas. El orgullo tiene muchos aspectos y formas, uno bajo otro, y abarca el corazón como las capas de una cebolla; cuando quitas una capa, hay otra debajo. Por lo tanto, tenemos que tener la mayor vigilancia imaginable sobre nuestros corazones con respecto a este asunto y clamar con todo fervor al gran Escudriñador de corazones por su ayuda. El que confía en su propio corazón es necio.

Dado que el orgullo espiritual en su propia naturaleza es secreto, no puede ser bien discernido por la intuición inmediata de ello. Es mejor identificado por sus frutos y efectos, algunos de los cuales voy a mencionar, junto con los frutos contrarios de la humildad cristiana. El orgullo espiritual hace que uno hable de los pecados de otros, de su enemistad contra Dios y su pueblo, o con risa y ligereza y un aire de desdén, mientras que la humildad pura y cristiana se dispone a no mencionarlos, o hablar de ellos con tristeza y compasión.

La persona espiritualmente orgullosa lo demuestra al encontrar fallas en los otros santos, que tienen poca gracia y cuán fríos y muertos están, y son prontos para discernir y fijarse en sus deficiencias. El cristiano que es sumamente humilde tiene tanto que hacer en casa y ve tanta maldad en su propio corazón que no es apto de estar muy ocupado con otros corazones. Se queja más de sí mismo y se queja de más de su propia frialdad y poca gracia. Él es apto de estimar a otros como superiores a él mismo y fácilmente espera que la mayoría de las personas tengan más amor y gratitud a Dios que él mismo, y no puede soportar el pensamiento de que otros produzcan menos frutos para el honor de Dios que él.

Algunos que tienen orgullo espiritual mezclado con mucho conocimiento y gozo, hablando de ello con los demás con mucho fervor, son propensos a estar llamando a los otros cristianos a emularles, y a reprenderles por ser tan fríos y sin vida. Hay otros que están abrumados por su propia vileza, y cuando tienen extraordinarios descubrimientos de la gloria de Dios, son absorbidos por su propia pecaminosidad. Aunque ellos están dispuestos a hablar mucho y muy fervorosamente, es principalmente para culparse a sí mismos y exhortar a los cristianos, pero de una manera amorosa y humilde. La humildad cristiana pura hace que una persona se fije en todo lo que es bueno en otros—esperar lo mejor y disminuir los fracasos de los demás, aunque fija su ojo principalmente en las cosas malas de sí mismo y se enfoca mucho en todo lo que exaspera a otros.

El hábito de las personas espiritualmente orgullosas es hablar de casi todo lo que ven en otros usando lenguaje muy duro y severo. Es común con ellos decir acerca de otro, que su opinión, conducta, consejo, frialdad, silencio, cautela, gentileza, prudencia, etc. es del diablo o del infierno. Usaran tal tipo de lenguaje frecuentemente, hablando no solo de hombres malvados, sino de los que son verdaderos hijos de Dios, y también de los ministros del Evangelio y otros que por mucho son sus superiores. Los cristianos, no siendo más que gusanos, deben al menos tratarse el uno al otro con la humildad y dulzura con que Cristo les trata.

El orgullo espiritual a menudo dispone a las personas a actuar de una manera distinta en apariencia externa: asumen una manera diferente de hablar, hablan con palabras distintas, o usan otro tono de voz, expresiones o comportamiento. Pero el que es un cristiano sumamente humilde, aunque será firme en su deber, sin importar cuán diferente tenga que ser—yendo por el camino al cielo solo, aunque todo el mundo lo abandone—sin embargo, no se deleita en ser diferente por ser diferente. No intenta levantarse para ser visto y observado y distinguido, deseando ser contado como mejor que los demás—despreciando su compañía o su conformidad a ellos—sino al contrario, desea hacerse todo a todos, ceder a ellos y conformarse a ellos en todo menos el pecado.

El orgullo espiritual presta gran atención a la oposición y a las ofensas recibidas, y es propenso a hablar a menudo sobre ellas y fijarse mucho en el agravio causado por ellas, con un aire de amargura o desdén.  Por el otro lado, la humildad cristiana pura e integra causa que una persona sea más como su Señor bendito cuando le maldijeron: callado, no abriendo su boca, sino encomendándose en silencio a Aquel que juzga con justicia. Para el cristiano humilde, cuanto más esté el mundo en su contra, más callado y tranquilo será…al menos de que esté en su lugar secreto, ahí él no estará tranquilo.

Otro efecto del orgullo espiritual es un cierto denuedo confiado ante Dios y los hombres. Algunos, en sus regocijos ante Dios, no han considerado lo suficiente la regla en el Salmo 2:11: “Adorad al Señor con reverencia, y alegraos con temblor.” No se han regocijado con un temblor reverencial, a la luz de la impresionante majestad de Dios y la gran distancia entre Él y ellos. También existe un inapropiado denuedo ante los hombres que ha sido promovido y defendido por una mala aplicación de Proverbios 29:25: “El temor al hombre es un lazo…” Es como si fuera apropiado que toda clase de persona—los altos y bajos, los hombres y mujeres e hijos—abandone totalmente, en toda su conducta cristiana, cualquier tipo de modestia o reverencia hacia los hombres. Esto no quiere decir que debemos abstenernos de conducirnos como cristianos, pero debemos tener la humildad que se encuentra en 1 Pedro 3:15: “sino santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia”.

Otro efecto del orgullo espiritual es disponer al que lo tiene a que desee la atención. Las personas tienden a actuar de una manera especial como si los demás deberían darles mucha atención y gran estima. Es muy natural para alguien bajo la influencia del orgullo espiritual aceptar todo el respeto que se le ofrece. Si otros demuestran una disposición de someterse a él y ceder en deferencia a él, él está abierto a ello y libremente lo recibe. Se vuelve natural para él esperar tal tratamiento y notar cuando una persona no lo hace, y formar una mala opinión de aquellos que no le dan lo que siente que merece. Uno que está bajo la influencia del orgullo espiritual es más apto para instruir a otros que inquirir por sí mismo, y por lo tanto naturalmente tiene el aire de control. El cristiano sumamente humilde cree que necesita la ayuda de todos, mientras que aquel que es espiritualmente orgulloso cree que todos necesitan su ayuda. La humildad cristiana, consciente de la miseria de otros, ruega y suplica, pero el orgulloso espiritual trata de mandar y advertir con autoridad.

Así como el orgullo espiritual hace que las personas se atribuyan demasiado a sí mismos, también ignora a los demás. Por el contrario, la humildad cristiana pura dispone a las personas a honrar a todos los hombres, como dice 1 Pedro 2:17. Entrar en disputas sobre el cristianismo es algunas veces inapropiado, como en una reunión de conferencia cristiana o de adoración. Sin embargo, debemos cuidarnos de no rehusar conversar con hombres carnales, como si les contáramos indignos de nuestra atención. Al contrario, debemos condescender con los hombres carnales así como Cristo ha condescendido con nosotros, soportando nuestra incapacidad de aprender y torpeza.

Autor : Jonathan Edwards (1703-1758)

Traducción: Aarón Block

Fuente: http://www.cristianismobiblico.com/el-orgullo-espiritual-no-discernido–jonathan-edwards.html


Posesiones materiales: la negación del do ut des

Posesiones materiales: la negación del do ut des

Por: Cesar Vidal Manzanares.

En mis memorias –  No vine para quedarme: Memorias de un disidente  – lo he contado, pero considero imprescindible volver a hacerlo para poder expresar lo que deseo. Me disculparán los lectores lo extenso del relato. Mediaban los años sesenta y mi padre cayó inesperadamente enfermo. No sólo se trató de eso. Es que los médicos no tenían la menor idea de cuál podía ser su mal y, por lo tanto, difícilmente podían aplicarle un remedio. Durante esa época acentuadamente dolorosa, viví una experiencia relacionada con la ignota enfermedad de mi padre que deja de manifiesto la idea – ciertamente muy errónea – que el común de los mortales tiene sobre Dios.

Regresábamos un día mi madre y yo del hospital Francisco Franco – ahora Gregorio Marañón – de visitar a mi padre cuando, a pocos metros de llegar a casa, nos hizo señas un anciano para que lo esperáramos. Nos detuvimos y entonces, con todo tipo de aspavientos, el hombre comenzó a pedirnos limosna para no recuerdo qué necesidad concreta por la que atravesaba. Abrumados como estábamos con la idea de que mi padre pudiera morirse, recuerdo que tanto mi madre como yo le dimos algo de lo que llevábamos a mano y entonces, el vejete, bastante animado, puso cara de pesadumbre y nos contó otra desgracia que, supuestamente, padecía. Mi madre volvió a echar mano al bolso y entregó un nuevo óbolo al pedigüeño que, convencido – estoy seguro – de haber dado con un filón, volvió a entonar jeremiadas con el efecto de que mi madre sacó un billete de cien pesetas – que no era una fruslería a la sazón – y también se lo dio. Que en aquel momento pensó nuestro inesperado acompañante que tenía campo abierto es algo de lo que no abrigo la menor duda. Mientras se guardaba en el bolsillo el producto de sus peticiones, se rascó la cabeza y comentó el cuarto motivo por el que, en esos precisos momentos, necesitaba dinero. Mi madre – a la que no le quedaba ya un chavo – le dijo no sin pesar que se tendría que conformar con lo que se llevaba porque tenía ya el bolso vacío. Torció el morro aquel personaje que ya debía haberse visto dueño de nuestro caudal y, sin pronunciar una sola palabra de agradecimiento, se dio la vuelta alejándose con paso renqueante. Aquella muestra de caridad – un tanto pánfila – por nuestra parte no había sido sino la manifestación obvia de que estábamos más que dispuestos a comprar a la Divinidad la salud de mi padre. De hecho, cuando yo – que andaba a la que saltaba – le dije a mi madre que estaba dispuesto a realizar el precursorado como Testigo de Jehová, que era lo que yo era entonces, le faltó tiempo para decir que ella – que no era Testigo de Jehová como lo era yo a la sazón – también lo haría si papá se curaba.

No puedo reprochar a mi madre aquella visión supersticiosa de la que era víctima por la sencilla razón de que era fruto directo de la influencia de la iglesia católica en la mentalidad española a lo largo de los siglos. Dios no era visto como el Padre que escucha a Sus hijos porque es Amor sino como un ser que, a semejanza de las divinidades del paganismo, inclina los oídos a nuestras súplicas si le ofrecemos algún tipo de sacrificio. Si nos escuchaba, no lo hacía por misericordia o compasión sino porque lo habíamos sobornado con limosnas, con sufrimiento o con una combinación de ambos. Llevar cilicio o colocarse piedras en el zapato para padecer, acudir a procesiones o rezar el rosario, realizar peregrinaciones o privarse de comer helado son conductas – he visto todas y cada una de ellas en no pocas ocasiones – cuya finalidad es, a fin de cuentas, comprar a la Divinidad para que el hijo apruebe las oposiciones, la hija encuentre un buen novio, el nieto salga con bien del sarampión o el marido no se vaya con la panadera. Mi propio padre, justo después de mi accidentado nacimiento, había estado yendo a visitar una imagen de san Nicolás de Bari durante tiempo y tiempo como cumplimiento de una promesa. Por supuesto, nunca se le pasó por la cabeza que el único Dios verdadero al que nadie debe representar podía no sentirse dispuesto a escuchar a alguien que se inclina ante una imagen de escayola. Por el contrario, intentaba pagar, en cierta medida al menos, lo recibido mediante aquel sacrificio.

En aquellos momentos, yo había salido, como los testigos de Jehová, de la iglesia católica, pero la iglesia católica, como sucede con millones de españoles, portugueses, italianos o hispanoamericanos que la han abandonado, no había salido de mi. Puesto a contemplar a Dios y a comportarme en relación con Él no me movía de acuerdo con categorías como las contenidas en la Biblia sino según el concepto pagano del toma y daca, del “do ut des”, en virtud del cual la Divinidad se nos convierte en propicia porque nos prestamos a humillarnos con sacrificios, no pocas veces absurdos y hasta ridículos, ante Su presencia. Y es que ni que decir tiene que en el paganismo – al igual que actualmente dentro y fuera de la iglesia católica – siempre existe un cúmulo de personas más que dispuestas a indicarnos los padecimientos y donativos más eficaces para conseguirnos la bienquerencia del Todopoderoso. La entrega de dinero para un colegio, una clínica, un campamento infantil o lo que buenamente desee el agente del petitorio toman el lugar del becerro, de la oveja o de la paloma sacrificada en los altares de Zeus o Diana. En ocasiones incluso basta rastrear en las raíces del culto en cuestión ahora dirigido hacia un santo o una virgen para encontrar que bajo su ropaje mal ajustado se encuentra una ceremonia dirigida previamente y durante siglos a un dios o a una diosa anteriores al nacimiento de Jesús. En multitud de casos, la mentalidad pagana no desapareció, por desgracia, con el avance del cristianismo. Simplemente, se adaptó a los nuevos tiempos.

Precisamente por el carácter groseramente pagano de esta visión resulta un insulto, una injuria, una vileza intentar encajarla en el mensaje glorioso del Reino de Dios. La gente que promete bendiciones espirituales si se dona dinero; que anuncia que existe una ley de siembra que implica que si se dan diez euros Dios dará cien veces más – lo que favorecería enormemente a los acaudalados, claro está – o que arroja pesadas cargas económicas sobre los fieles está incurriendo en una gravísima blasfemia que los deshonra no sólo a ellos sino al Dios al que dicen predicar y que es muy diferente de cómo lo proclaman.

La visión de Jesús al respecto es obvia. Jesús alabó a la viuda que echó unas moneditas (Marcos 12: 42-3) por el esfuerzo que significaba y no por la cuantía de lo dado. Por supuesto, ni se le pasó por la cabeza enseñar que, puesto que había dado algo, Dios le devolvería lo dado al templo.

Ese mismo rechazo de la codicia disfrazada de piedad que busca sacar todo el dinero posible subyace en el texto donde Santiago, el hermano de Jesús, condena el que se reciba bien a los ricos a la vez que se desprecia a los pobres (Santiago 2: 1-4).

En ningún caso, enseña la Biblia que, en el Reino de Dios, el Rey dará dinero – todavía menos la salvación eterna – a los que, previamente, hayan entregado dinero a las autoridades religiosas. Dios nos provee de todo porque nos ama y sabe, como buen Padre, lo que nos conviene (Mateo 6: 32-33) no para engrosar la cuenta corriente de los que dicen representarlo. La misma práctica de la limosna debe ir unida a un secretismo extremo (Mateo 6: 1-4). De hecho, Jesús anunció taxativamente que aquellos que devoraban las casas de las viudas apelando a la religión lejos de sumar bendiciones, estaban malditos (Mateo 23: 14). No sólo eso. Aunque hicieran milagros o expulsaran demonios en el nombre de Jesús, la realidad es que nunca los había conocido y serían arrojados a la condenación (Mateo 7: 21-23).

El que da no debe dar esperando una multiplicación de sus haberes u otra ventaja material como si fuera un pagano. Dios bendice al que da sin esperar nada a cambio. Al dador alegre (2 Corintios 9: 7) es al que Dios ama, no al que da acuciado por la necesidad económica y deseando que el Señor le devuelva lo entregado a fin de, por ejemplo, pagar la hipoteca o al que da con tristeza.

Por supuesto, los que han levantado catedrales con el dinero del pueblo – vendiéndoles, por ejemplo, indulgencias para erigir San Pedro en Roma – los que han acumulado riquezas prometiendo falsas bendiciones, incluso los que practican la supuesta caridad a costa de lo que reciben de los presupuestos de la administración sólo están incurriendo en un gravísimo pecado. Convencionalmente, se ha denominado a ese comportamiento simonía en recuerdo de Simón el mago, el que quiso comprar el poder de hacer milagros para negociar con él (Hechos 8: 18-24). A fin de cuentas, Simón no era sino un pagano que creía en que se da a Dios para que Dios nos de. Es bochornoso que esa mentalidad del do ut des – te doy para que me des – esté extendida. La realidad es que nada, absolutamente, nada tiene que ver con el Reino de Dios.


Una ofrenda defectuosa

Una ofrenda defectuosa!!

64025_N_27-11-13-17-50-18

Dios habla a su pueblo por labios del profeta Malaquías (Mal 1:6-9)  y pregunta sencilla y directamente a los sacerdotes:  “¿Dónde está mi honra? ”, no porque la exigiera arbitrariamente, sino porque a pesar de haber demostrado Dios su amor tan grande con maravillosos portentos, nunca había recibido una respuesta a la altura de sus misericordias de parte de Israel. Dios nunca falló, su palabra siempre ha sido fiel y verdadera, pero la respuesta de su pueblo no ha tenido la misma firmeza, y sus sentimientos son fluctuantes y condicionados.

Israel profesaba que Dios era su Padre y su Señor, se sentía pueblo suyo, por lo cual Dios, simplemente, exige que lo que confiesan con sus labios se note en sus acciones. Está pidiendo que se note el temor reverente y el amor que profesan a su creador en su servicio diario, que no sean solo palabras. Pero lejos de existir reconocimiento entre su pueblo y de reflexionar en sus acciones, surge de su ceguera espiritual, desde su complaciente insensibilidad la pregunta:  “¿En que hemos menospreciado tu nombre?” . Los sacerdotes que debían velar por la pureza espiritual del pueblo estaban corrompidos e imposibilitados por su ceguera: no vieron su desamor hacia Dios, desconocieron a su Señor y escondieron su culpa.

Víctimas de una Religión Sintética

Nos hemos acostumbrado a una religión barata, sin esfuerzo, que sirve a mis propósitos, que me valgo de ella para exigir el favor de Dios, que nos ha enseñado a cuestionar los propósitos de Dios, a resistirnos a su voluntad como un niño mimado que quiere salirse con la suya y continuamente presentamos ante Dios un corazón condicionado, con una obediencia parcial, ofrendas miserables y defectuosas, frutos de un corazón egoísta que solo desea hacer su voluntad, que no ha entendido que Dios es Santo y que no necesita de nosotros, que solo por su misericordia estamos hoy en pie y existimos.

Vivimos una cultura evangélica tolerante que no ofende la vida pecaminosa del hombre, que justifica un cristianismo mediocre, acomodado para no incomodar a nadie, sin exigencias, que rebajó el evangelio hasta un sencillo mensaje positivo e irrelevante, incapaz de transformar vidas, que no busca ser distinto al mundo que se conforma con estar “bendecido” económicamente.

Siempre las exigencias de Santidad han sido incomprensibles para el hombre, el evangelio es locura para los que se pierden, así lo dice la palabra de Dios, porque considera la Santidad exagerada, porque no están al servicio de sus intereses, porque es un ofrenda demasiado cara para ser presentada ante las plantas de Cristo, porque el corazón está lleno de avaricia, y el yo gigante consume el deseo de agradar a Dios, pues prefiere un evangelio que le hable de bendiciones, de su potencial y de sus merecimientos, y como incautos somos cautivados por ese evangelio sintético que alimenta nuestros sentidos, pero que no produce vidas santas.

Eso no es el evangelio. Es una religión barata y Dios la abomina, no la quiere y un día, al presentarnos ante Él, nos dirá:  “No os conozco, obradores de iniquidad” … y gritaremos pidiendo explicaciones : “¡Señor, en tu nombre yo hice cosas importantes! ¡Iba a la Iglesia siempre! ¡Soy un hombre exitoso! ¡Doy mucho dinero para la Iglesia! ¡Yo prediqué tu palabra!”.  Pero Dios nos dirá:  “Nunca os conocí…” . Ese es el resultado de una religión barata, a mi medida, pero que nada tiene que ver con Dios.

¿Qué nos compromete más: nuestra salvación o el deseo de sentirnos exitosos? Dios nos mira tal como a los sacerdotes de Israel y nos dice:  “Ve e invierte el mismo tiempo que dedicas a buscarme y utilízalo para ser exitoso, para ser profesional. ¿Lo lograrías? ¿Te bastaría para lograr tus sueños o quedarías en la mitad del camino y serias contado como alguien que no se esforzó lo suficiente? ¿Y por qué, si yo soy Tu Señor, me das lo defectuoso y lo que te sobra?”

En busca de la mejor ofrenda para Dios 

Dios quiere lo mejor, no las sobras. Debemos buscar experiencias relevantes con Dios, darle el servicio que Él espera de nosotros, esforzarnos por ser mejores cristianos, por vivir un evangelio relevante, que transforma vidas, que limpia corazones, que vence el pecado y se aparta del mal por amor a Dios. Basta de religiosidad: debemos ser verdaderos hijos de Dios.

Dios estaba desagradado de las ofrendas de su pueblo, pues no eran fruto de su pobreza sino de su avaricia, de su desinterés. Su mezquindad era la expresión de su mal corazón, sus ofrendas defectuosas eran el fruto de haber sacado a Dios del centro de la vida y transformarlo en prescindible.

Ofrendas de un corazón que desconoce a Dios

Dios argumenta contra su pueblo y les desafía a pensar: “Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto?” . Les dice:  “Lleva la misma ofrenda que traes ante mí y ofrécela a tus príncipes. ¿La aceptará? ¿Se agradará de ti? ¿Recibirá él la oveja defectuosa, la ciega o la enferma, alegremente?”.  Dios no está agradado de su pueblo, siente el menosprecio, ve la indiferencia, y enfrenta a su pueblo.

La Biblia enseña que Israel no rechazó públicamente a Dios, seguía sintiéndose pueblo suyo, pero su indiferencia y falta de preocupación por su relación con Dios era peor que el desprecio. Desconocieron a su Señor, mostraron desinterés por agradarle y no reaccionaron; lo encontraron justo y apropiado. Israel no se detuvo a meditar en sus acciones, siguió caminando como si nada pasara. ¿Podrían sus ofrendas defectuosas ser tomadas en cuenta por Dios?

La falta de reflexión sobre la forma en que servían a Dios fue definitoria de la disciplina. Nunca se cuestionaron si lo que ellos estaban ofreciendo era realmente lo que Dios exigía. Por eso dice : “Me han desconocido, dice Jehová” (Jer 9:3) , porque menospreciaron su amor y olvidaron su carácter Santo, trayendo ante su altar lo que les sobraba, lo defectuoso, como si ellos estuvieran haciendo un favor a Dios al ofrendar, como quien da una limosna. Pero Dios no es un pordiosero, es el Rey de Gloria, Creador del universo, Todopoderoso, que no necesita de nosotros, ni de nuestras ofrendas, sino que por su misericordia permite que podamos servirle y traer ante su altar nuestras vidas para rendirlas plenamente a Él. Nosotros somos los pordioseros, que nada podemos ofrecerle a Dios, que sin Él no existimos y, solo por misericordia, Dios mira nuestras insignificantes ofrendas y servicio, y solo por su amor lo acepta como olor grato.

¿Qué calidad ante Dios tiene mi ofrenda?

Aunque el mundo postmoderno se caracteriza por la mediocridad y la búsqueda obsesiva del placer y huida del sufrimiento, el sacrificio y el dolor, debemos ofrecer lo más valioso, lo mejor, pues nuestra ofrenda debe estar relacionada con la comprensión que tenemos de Dios. Sabemos que es Alto y sublime, Eterno en amor y misericordia, por lo tanto presentémonos cada día como ofrenda viva a sus pies.

¿Qué ofrenda hemos traído, la defectuosa o la perfecta? Cuando hablamos de ofrenda, nos referimos a:

  •   ¿Consideramos realmente importante nuestra relación personal con Dios?
  •   ¿Dedico tiempo a solas de calidad a mi búsqueda de Dios?
  •   ¿Presto la misma atención al Sermón que a mis pasatiempos?
  •   ¿Estoy comprometido a derrotar mis debilidades y ser luz del mundo?
  •   ¿Estoy luchando con mis hábitos pecaminosos?
  •   ¿Honro a Dios con mi forma de ser?
  •   ¿Ofrendo mi mejor esfuerzo para evangelizar al círculo de personas en el que me desenvuelvo?
  •   ¿Es el propósito de Dios para mi vida un factor relevante en las decisiones que tomo?

Confiar en Dios es creer que merece lo mejor, porque solo Él es Dios. Es considerar a Dios tan importante como para negarme a mí mismo y servirle en obediencia, es creer que vale la pena dedicarle mi vida porque me ha prometido una patria realmente mejor, una patria celestial.

Autor: Marcelo Riquelme Márquez


LA BÚSQUEDA DE DIOS

La Búsqueda De Dios

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras “interpretaciones” de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la “penetrante dulzura” del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y cantaron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus propias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros púlpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, “Las ovejas hambrientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta.” Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa.” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

Dios los bendiga.

Este por fue tomado del del Prefacios del libro La Búsqueda de Dios de A. W. Tozer 


Perseverar en la oración

Perseverar en la oración

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. Lucas 18.1

La falta de perseverancia en la oración es uno de los problemas más comunes que enfrentamos en la vida espiritual. Esto es particularmente así en estos tiempos en los cuales estamos acostumbrados a la gratificación instantánea de nuestros deseos. Aunque nos proponemos, una y otra vez, buscar mayor crecimiento en esta disciplina, pareciera que requiere de una disciplina extraordinaria avanzar en esta dirección.

Hay dos cosas que, según la parábola que contó Jesús, pueden ayudarnos a no desmayar en la oración. En primer lugar, debemos creer en lo válido de nuestra petición. La viuda tenía una convicción inamovible que su causa era justa y que por eso debía insistir en buscar una solución. Sospecho que en esto, muchos de nosotros no creemos demasiado en lo que estamos pidiendo. Pedimos una o dos veces lo que deseamos del Padre, pero frente a la falta de resultados, abandonamos rápidamente el pedido que, hace apenas unos días, creíamos indispensable para nuestra vida.

En segundo lugar, debemos tener convicción de que la respuesta va a venir, aunque pueda haber, a nuestro entender, una demora en el tiempo de la respuesta. La viuda no se daba por vencida porque creía que realmente iba a obtener una respuesta a la situación que estaba exponiendo ante el juez injusto. Por un tiempo tuvo que convivir con la indiferencia de este hombre, pero lo terminó agotando con su continuo pedido. Aunque Cristo señaló que nuestro Padre Celestial de ningún modo posee las mismas cualidades que el juez injusto, debemos, de todas maneras, superar el obstáculo del aparente silencio de Dios. Es solamente una convicción profunda en la bondad de Dios y su deseo de bendecir a sus hijos lo que nos va a sostener cuando aún la respuesta no haya venido.

Se hace evidente, entonces, que para cultivar este tipo de oración debemos superar las peticiones tibias y esporádicas que muchas veces elevamos al Señor. Dick Eastman, un hombre que ha enseñado y escrito mucho sobre la oración, comparte esta observación sobre el tema de la persistencia: «Muchos piensan que orar con persistencia significa tener que esperar semanas y aun años para una respuesta. Aunque esto es verdad en ocasiones, no es siempre así. Una persona puede hacer una oración persistente en un cuarto de hora. Las oraciones largas no necesariamente son oraciones persistentes. Mucho más importante que esto es cuán intensamente oramos. Nuestras oraciones deben ser intensas. Cuando uno ora con un sentimiento intenso de humildad -entremezclado con una profunda dependencia de Dios- aprende la definición de lo que es oración perseverante».

Autor:  Christopher Shaw

Dios los bendiga.


¿Te sientes culpable? ¿Lo niegas?

¿Te sientes culpable? ¿Lo niegas?

65035_N_20-01-14-20-44-33

Fotograma de “Falso Culpable” de Alfred Hitchcock / wikimedia commons (public domain)

Nosotros que calentamos los bancos de las iglesias, también tenemos nuestros pecados de egoísmo, de acumulaciones, de cerrar el puño para no compartir.

A veces caminamos tranquilos ante el espectáculo y escándalo de la pobreza en el mundo. Vemos todo un escenario de horror, pero pensamos que nosotros no lo hemos montado. No somos culpables. Intentamos acallar nuestras conciencias y no queremos ser interpelados por los sujetos que padecen dentro de esos escenarios de muerte. ¡Yo no soy culpable! ¡Yo no soy culpable! Nos repetimos y no dejamos que los gritos de los excluidos nos interpelen. Yo no he hecho nada, decimos. Pero en ese no hacer nada metemos tanto las acciones negativas como las positivas. Pasamos de largo cuando deberíamos actuar, compartir, mancharnos las manos.

Dios condenó al rico con relación a Lázaro, no porque hiciera acciones negativas de maltrato, no porque le diera patadas para echarlo de su presencia, sino porque habiendo tenido en sus manos la posibilidad de hacer la acción positiva de sacarle del pozo donde estaba hundido, no lo hizo. Fue pasivo. Creyó que ese escenario de horror, en el que vivía Lázaro, no lo había creado él. Se equivocaba por pasivo, por insolidario, por ser incapaz de compartir y mancharse las manos en la rehabilitación y dignificación de un hombre.

Muchos cristianos piensan que la injusticia en el mundo no es un problema de ellos que viven separados y de espaldas al mundo, al dolor de los hombres. Creen que la pobreza, la injusticia y la opresión se producen por sí mismas y que contra ello nada se puede hacer. NO usan ni su voz de denuncia ni su voz profética. No comparten ni gritan contra los opresores, sino que los tienen como modelo a imitar… la riqueza como prestigio. Piensan que, quizás, si hay desequilibrios infernales en los sistemas económicos dejando a más de media humanidad en pobreza, debe ser por culpa de algunos hombres malos, muy malos con los cuales yo no tengo nada que ver… y quedamos paralizados, pasivos, insolidarios sin ser movidos s misericordia.

No nos damos cuenta que, nosotros que calentamos los bancos de las iglesias, también tenemos nuestros pecados de egoísmo, de acumulaciones, de cerrar el puño para no compartir, de estar de espaldas al grito de los oprimidos, de no trabajar por la justicia en el mundo, de no intentar que los últimos, siguiendo el aserto bíblico, pasen a ser los primeros. Y nuestros pecados individuales, aunque los consideremos como pequeños, unidos al pecado de insolidaridades de todos, pasan a ser pecados sociales que alimentan las estructuras injustas del mundo, las estructuras económicas que empobrecen a más de medio mundo y que ponen la escasez del pobre en las mesas de los ricos.

Si los cristianos practicáramos la projimidad enseñada por Jesús, la solidaridad cristiana, usáramos la voz de denuncia e hiciéramos justicia, el milagro se podría producir: Dios nos ayudaría a ser agentes de liberación de los oprimidos, pobres y sufrientes del mundo.

El pecado personal no queda sólo como algo entre Dios y nosotros, no queda como algo que se queda sólo en mi interior sin que pase a formar parte de las estructuras injustas. El pecado personal deviene en pecado social que puede empobrecer y marginar a otros. Podemos ser culpables. De hecho, somos culpables.

Cuando uno se siente culpable, algo en su interior puede comenzar a moverse. Se puede comenzar a sentir el deseo de pedirle a Dios que nos saque de este pozo profundo e insolidario y sentimos la necesidad de buscar justicia, de ser personados y convertidos en nuevas criaturas capaces de sentirse movidos a misericordia. Nos damos cuenta como el pecado personal de muchos va cristalizando en leyes, normas y costumbres que sólo benefician a los poderosos y ricos de este mundo, a los acumuladores y opresores que se montan encima de los empobrecidos y dejados tirados y apaleados al lado del camino pr el que pasan religiosos o conocedores de la ley y miran para otro lado. El que se ha sentido culpable y ha sido personado, no puede pasar de largo, sino que se convierte en las manos y los pies del Señor actuando, se convierte en el seguidor del ejemplo del buen samaritano de la parábola.

Todo lo que beneficia a los poderosos, sean leyes, normas, concepciones del mercado, de la economía, de la justicia, todo lo que hace que algunos se enriquezcan y llenen sus graneros como el rico necio de la parábola, empobrece a otros. ¿De parte de quién estamos para no sentirnos culpables? ¿Cómo actuamos, cómo denunciamos, cómo nos convertimos en voceros de Dios, en sus manos y sus pies actuando en el mundo? ¿Cómo entendemos la vivencia de la espiritualidad cristiana?

A veces, he visitado iglesias y alguien me ha dicho que la eliminación de la pobreza está en manos de los políticos. Se echan para atrás, se echan fuera. No conocen la fuerza del Evangelio actuando en el mundo. No conocen sus responsabilidades cristianas. Pasan de largo como malos prójimos. No denuncian, no actúan, no comparten… no aman ni están dispuestos a dar arte de su tiempo, de sus bienes o de su vida a favor del prójimo necesitado. Caemos en la falta de misericordia. Yo quiero sentirme también culpable y ponerme delante de Dios para que Él me perdone y me use en la búsqueda de justicia, en la labor profética, en ser un vocero a favor de la justicia y del prójimo despojado de sus bienes y de su dignidad… es el camino.

Los cristianos tenemos que tener cuidado para que con nuestros comportamientos, nuestras faltas de compromiso, nuestras formas de vivir, nuestros estilos sociales, no ayuden a hacer cada vez más fuertes todas las estructuras, todos los mecanismos sociales marginantes y empobrecedores.

Una llamada a los cristianos: No nos comportemos ni asumamos los valores que están reforzando la injusticia y la opresión en el mundo, los valores antibíblicos que, como contravalores con los valores del Reino, entran en nuestras iglesias y en nuestras vidas alineándonos con los opresores del mundo.

Mejor sentirse culpables y pedir perdón. Dar la vuelta. Convertirse y cambiar de dirección siguiendo las sendas de justicia y de compromiso con el hombre. La conversión es tanto personal como social. Si nuestra conversión no repercute para nada en el ámbito social, deberíamos plantearnos si realmente se trata de la conversión verdadera hacia el Dios de la vida.

Autores: Juan Simarro Fernández

Dios los bendiga.