¿CÓMO SE COMPILÓ LA BIBLIA? – ¿QUÉ OCURRE CON LOS APÓCRIFOS? – ¿QUÉ PASA CON LOS EVANGELIOS GNÓSTICOS? – ¿CUÁN CONFIABLES SON NUESTRAS BIBLIAS MODERNAS?

¿CÓMO SE COMPILÓ LA BIBLIA? – ¿QUÉ OCURRE CON LOS APÓCRIFOS? – ¿QUÉ PASA CON LOS EVANGELIOS GNÓSTICOS? – ¿CUÁN CONFIABLES SON NUESTRAS BIBLIAS MODERNAS?

Por: Norman Geisler y Ron Brooks

¿CÓMO SE COMPILÓ LA BIBLIA?

¿Cómo saber que los sesenta y seis libros de la Biblia son los únicos escritos que debían ser incluidos en la Escritura? ¿Qué ocurre con los apócrifos o los evangelios gnósticos? ¿Por qué deben excluirse? La respuesta yace en el concepto de canonicidad. Canon viene de palabras griegas y hebreas que se refieren a una vara de medir, es decir, una medida que todos los libros de las Escrituras deben satisfacer. Varios puntos de vista inadecuados de lo que debió ser esa medida se han planteado, tal como la antigüedad, el acuerdo con la Torah si fue escrito en hebreo, el valor religioso, y el uso cristiano. Pero cada uno de esos criterios cometen el mismo error: confunden la determinación de Dios en cuanto a lo que es la Escritura con el reconocimiento por parte del hombre de esos escritos. La línea divisoria pasa por aquello que Dios inspiró como Escritura y lo que no inspiró, lo cual no es Escritura. Cuando el Espíritu Santo inspiró a un hombre de Dios a escribir, ese escrito se hizo no solo inspirado sino transcrito. Dios ya había decidido lo que debía incluirse; nuestro problema es saber cómo descubrir cuáles escritos inspiró Dios.

Hay cinco preguntas que la iglesia ha formulado para aceptar o rechazar como canónicos a los libros. La primera es la más elemental:

1. ¿Fue escrito por un profeta de Dios? Deuteronomio 18:18 nos dice que solo un profeta de Dios hablará la Palabra de Dios. Esta es la manera en que Dios se revela (Hebreos 1:1). En 2 Pedro 1:20, 21 se nos asegura que la Escritura solo es escrita por hombres de Dios.

2. ¿Fue él confirmado por un acto de Dios? Hebreos 2:3, 4 nos da la idea de que debemos esperar alguna confirmación milagrosa de aquellos que hablan por Dios. Moisés tuvo su vara que se volvió serpiente. Jesús tuvo la Resurrección, y los apóstoles continuaron los milagros de Jesús, todo para confirmar que el mensaje de ellos era de Dios. Muchos de los profetas vieron cumplidas las profecías que pronunciaron poco tiempo después de decirlas para confirmar la autoridad de ellos.

3. ¿Dice la verdad acerca de Dios? «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). El acuerdo con toda la revelación precedente es esencial. Este dictamen también descarta las profecías falsas hechas en el nombre de Dios (Deuteronomio 18:22).

Libros cuestionados

Hebreos —porque se desconoce el autor. Es aceptado por tener autoridad apostólica, si es que no autoría apostólica.

Santiago —debido al conflicto que plantea con la enseñanza de Pablo en cuanto a la salvación «solo por fe». El cual se resolvió viendo las obras como un resultado de la fe real.

2 Pedro —porque el estilo difiere de 1 Pedro. Pero el apóstol recurrió a un escriba para redactar su primera carta (véase 1 Pedro 5:12), lo que puede haberlo ayudado a mejorar su griego.

2 y 3 Juan —porque el autor es llamado «anciano», y no apóstol. Sin embargo, Pedro también se llama anciano a sí mismo (1 Pedro 5:1). Estos libros son citados en las más tempranas listas del canon.

Judas —porque se refiere al Libro de Enoc y a la Asunción de Moisés, aunque no los califica de Escritura, y lo hace como Pablo cuando cita a poetas paganos (Hechos 17:28; Tito 1:12). Tuvo una amplia aceptación temprana.

Apocalipsis —porque enseña el reino de mil años de Cristo, lo que también hacía cierta secta. De todos modos, fue aceptado por los primeros padres de la iglesia.

4. ¿Tiene el poder de Dios? Todo escrito que no exhiba el poder transformador de Dios en la vida de sus lectores no es de Dios: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).

5. ¿Fue aceptada por el pueblo de Dios? Pablo les agradeció a los tesalonicenses por recibir el mensaje de los apóstoles como Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13). Es norma que el pueblo de Dios, es decir, la inmensa mayoría de ellos y no solo una facción, reciba inicialmente la Palabra de Dios como tal. Los libros de Moisés fueron puestos de inmediato en el arca del pacto (Deuteronomio 31:24–26), y los escritos de Josué fueron agregados en la misma forma (24:26) igual que los de Samuel (1 Samuel 10:25). Se conoce a Jeremías como el profeta plagiario porque citó a muchos otros profetas que escribieron pocos anos antes que él, lo cual muestra que sus escritos fueron prontamente aceptados. Leemos que Daniel fue visto estudiando el libro de Jeremías medio siglo después de haber sido escrito (9:2). El Nuevo Testamento también muestra aceptación semejante cuando Pedro trata de Escritura a los escritos de Pablo (2 Pedro 3:16), y este cita a Lucas con un pasaje de la ley (1 Timoteo 5:18). También tenemos conciencia de que las cartas de Pablo circularon por muchas iglesias (Colosenses 4:16, 1 Tesalonicenses 5:27). Esto puede haber sido el comienzo de la recopilación de libros para el canon neotestamentario. Aunque después se objetaron algunos libros, su aceptación original habla fuertemente a favor de su inclusión.

Pero, ¿qué ocurre con los libros que quedaron fuera? Esta pregunta se plantea desde la perspectiva errónea. Ningún otro libro fue aceptado jamás, y no hay razón para creer que la mayoría de ellos estaban siquiera disponibles.

Hay ciertos libros —para el Antiguo y el Nuevo Testamentos— que fueron aceptados por unanimidad, unos objetados tardíamente y otros rechazados por todos. No hay una categoría de libros que inicialmente fueran aceptados y, más tarde, echados fuera. Sin embargo, existen dos grupos de libros que muchos alegan debieran ser incluidos, son los apócrifos (o deuterocanónicos) y los evangelios gnósticos.

¿QUÉ OCURRE CON LOS APÓCRIFOS?

Los apócrifos son una serie de libros escritos entre el tercer siglo antes de Cristo y el primero después de Cristo. Son catorce libros (quince, si se los divide en forma diferente), que se encuentran en varias copias antiguas de importantes traducciones al griego del Antiguo Testamento y que reflejan algo de la tradición e historia judía posterior a la época de Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento. La mayoría de los apócrifos fueron aceptados en el siglo IV como Escritura por Agustín y la iglesia siria (ortodoxa), siendo canonizados más tarde por la iglesia católica (romana). Los libros apócrifos son mencionados en el Nuevo Testamento y por los primeros padres de la iglesia, y copias de ellos fueron encontradas en Qumran, entre los rollos del Mar Muerto.

Estos libros, sin embargo, nunca fueron aceptados como Escritura por los judíos y no están en la Biblia hebrea. Aunque el Nuevo Testamento podría mencionarlos (por ejemplo, en Hebreos 11:35, donde señala que «Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección», declaración que se cree procedente de la literatura apócrifa), ninguna de las alusiones los llama claramente Palabra de Dios (Pablo cita también a poetas paganos pero no como Escritura). Agustín reconoció que tienen una posición secundaria en el resto del Antiguo Testamento. Una razón para argumentar eso es que fueron incluidos en la Septuaginta (una traducción griega) que él consideraba inspirada; pero fue Jerónimo, un erudito hebreo, el que hizo la versión oficial del Antiguo Testamento en latín —la Vulgata— sin los apócrifos. Las iglesias que aceptaron los apócrifos lo hicieron mucho después que fueron escritos (siglos IV, XVI y XVII).

Los padres que citaron estos escritos fueron desplazados por otros que se opusieron a ello con vehemencia, como Atanasio y Jerónimo.

 

Estos libros nunca fueron, en efecto, agregados oficialmente a la Biblia hasta 1546 d.C. en el Concilio de Trento. Pero es sospechoso que los aceptaran en base al uso cristiano (razón errónea), justo veintinueve años después que Martín Lutero pidió apoyo bíblico para las creencias tales como la salvación por obras y la oración por los muertos (argumento provisto por los apócrifos: 2 Macabeos 12:45, 46; Tobías 12:9).

En lo tocante a los hallazgos de Qumran, diremos que se encontraron ahí cientos de libros que no son canónicos, lo que no constituye prueba de que esa secta haya aceptado los apócrifos más que como literatura popular.

Por último, ningún apócrifo dice ser inspirado y, sin duda, algunos niegan de manera específica ser inspirados (1 Macabeos 9:27). Si Dios no lo inspiró, no es su Palabra.

¿QUÉ PASA CON LOS EVANGELIOS GNÓSTICOS?Estos evangelios —y los escritos relacionados con ellos— integran los llamados seudoepígrafes [escritos falsos] del Nuevo Testamento, debido a que el autor usó el nombre de algún apóstol en vez del propio, por ejemplo: el Evangelio de Pedro y los Hechos de Juan, que no fueron escritos por esos apóstoles, sino por hombres del segundo siglo (y posteriores) que pretendieron usar la autoridad apostólica para proponer sus propias doctrinas. Hoy calificamos esto como fraude y falsificación, cosa que no representa problema para la gente que propone estos escritos como tradición cristiana legítima, pues piensan que gran parte del Nuevo Testamento fue escrito de la misma manera. Estos libros enseñan las doctrinas de las dos herejías más tempranas que niegan la realidad de la encarnación. Decían que Jesús fue en verdad solo un espíritu que parecía hombre, de modo que su resurrección fue nada más que el regreso a la forma espiritual. Afirman contener información acerca de la niñez de Jesús, pero los relatos registrados son altamente improbables y no provienen de testigos oculares. Nadie los aceptó como Escritura en sentido alguno, excepto las facciones herejes que los crearon. No son parte legítima de la tradición cristiana, sino un registro de mitos y herejías que surgieron fuera de la corriente principal del cristianismo.

¿Están a la par de la Escritura los evangelios gnósticos? A continuación un relato tomado del evangelio de Tomás. Lea y decida:

Pero el hijo del escriba Anás estaba de pie ahí, con José; y tomó una rama de sauce y con ella desparramó el agua que Jesús había reunido. Cuando Jesús vio lo que había hecho se enojó y le dijo: «Insolente, impío estúpido, ¿qué mal te hacían los charcos y el agua? Ahora te marchitarás como un árbol y no darás hojas ni fruto». E inmediatamente el muchacho se secó por completo; y Jesús se fue y entró en la casa de José [su padre]. Pero los padres del que se había secado lo llevaron, lamentando su juventud, y lo trajeron a José y le reprocharon: «¿Qué hijo tienes que hace estas cosas?» (Evangelio de Tomás 3:1–3).

¿CUÁN CONFIABLES SON NUESTRAS BIBLIAS MODERNAS?

En ninguna parte de la Biblia se promete pureza textual de la Escritura a través de la historia, pero sí hay mucha evidencia que sugiere que las Biblias que leemos son extremadamente parecidas a los manuscritos inspirados originales que escribieron los profetas y apóstoles. La exactitud de las copias que tenemos así lo demuestra. Esa confiabilidad ayuda a respaldar nuestra afirmación de que la Biblia es valiosa como relato histórico y como revelación de Dios. Puesto que cada testamento tiene su propia tradición, debemos tratarlos por separado.

MANUSCRITOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Si queremos saber del Antiguo Testamento debemos mirar a su guardián, la religión judía. Aunque, a primera vista, no alienta lo que encontramos.

Historia del texto masorético

Como resultado de la destrucción de Jerusalén acaecida en el año 70 d.C., el judaísmo experimentó un avivamiento. A medida que la Biblia cobraba más importancia para la gente, fue aclarándose la necesidad de contar con un texto hebreo unificado, el cual avalara la fuerte tradición oral. Dicho texto consistía solamente de consonantes, pues el idioma carecía de símbolos para las vocales. Los escribas que copiaron el texto contaron efectivamente las letras y las palabras para cerciorarse por completo de que no había errores. Encontraron que la «w» [en el idioma original], en una palabra de Levítico 11:42, era la letra media de la Tora y que «drsh», en ese mismo pasaje, era la palabra media.

También agregaron ciertas marcas en el texto para destacar los acentos, las lecturas semanales de la Escritura y la sintaxis. Crearon símbolos para las vocales que podían escribirse debajo de las consonantes sin corromper el texto. La obra principal de los escribas fue transcribir la Masorah, compuesta por notas al margen y al final, las cuales se referían al texto mismo, señalando puntos problemáticos a los copistas, la frecuencia del uso de una palabra y listas semejantes a las de las concordancias.

Escribir de esta manera el texto del Antiguo Testamento llegó a ser todo un riguroso estilo de vida para estos hombres.

Conservar en buen estado —durante tres a cuatro milenios— los manuscritos trazados sobre pieles de animales, no es muy fácil, y los judíos ni siquiera trataron de hacerlo. Estos establecieron una tradición, por respeto a los sagrados escritos, que consistió en enterrar ceremoniosamente todas las copias defectuosas y gastadas. Además, los escribas que en el siglo V unificaron el texto hebreo (uniendo todas sus tradiciones orales y añadiendo las vocales que el hebreo escrito no tiene), probablemente destruyeron todas las copias que no concordaban con las suyas. Así pues, tenemos solamente unos pocos manuscritos que datan del siglo X de la era cristiana, y solo uno de ellos está completo. Esas son las malas noticias.

He aquí las buenas. La exactitud de las copias que tenemos está avalada por otra prueba. Primero, todos los manuscritos, sin que importe quién los preparó o dónde se encontraron, concuerdan en forma abrumadora. Tal acuerdo de los textos que vienen de Palestina, Siria y Egipto, sugiere que tienen una fuerte tradición original, la cual se remonta muy lejos en la historia.

Segundo, concuerdan con otra vieja fuente del Antiguo Testamento, la llamada Septuaginta (la traducción al griego) que data del segundo y tercer siglos. Por último, los rollos del Mar Muerto proporcionan una base de comparación del milenio anterior a la época en que se escribieron nuestros manuscritos. Esa comparación muestra una asombrosa confiabilidad en la trasmisión del texto.

Un académico observó que las dos copias de Isaías encontradas en las cuevas de Qumran «resultaron ser idénticas, palabra por palabra, a nuestra Biblia hebrea estándar en más del 95% del texto. La variación del 5% consistió principalmente de obvios errores de pluma y variaciones ortográficas». La razón principal de toda esta coherencia se debe a que los escribas que hicieron las copias reverenciaban profundamente el texto.

Las tradiciones judías establecían —con fuerza de ley— cada aspecto del copiado de textos, desde la clase de materiales a emplearse hasta el número de columnas y líneas de una página. Nada se escribía de memoria. Había incluso una ceremonia religiosa cada vez que se escribía el nombre de Dios. Se destruía toda copia errada aunque solo tuviera un error. Esto nos garantiza que no ha habido cambio sustancial en el texto del Antiguo Testamento en los últimos dos mil años, y demuestra que, probablemente, hubo muy poco cambio antes de eso.

MANUSCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO

Las pruebas del Nuevo Testamento también resultan abrumadoras. Son cinco mil trescientos sesenta y seis los manuscritos por comparar, y de los cuales extraer información; algunos datan del segundo y tercer siglos. Para encuadrar esto en cierta perspectiva, consideremos que hay solamente seiscientos cuarenta y tres copias de la Ilíada, de Homero, ¡el libro más famoso de la antigua Grecia! Nadie pone en duda el texto de Las guerras galas de Julio César, aunque solo contamos con diez copias, y la más temprana fue hecha mil años después que fue escrito. Asombra tener tal abundancia de copias del Nuevo Testamento que daten solamente de setenta años después de haberse escrito.

Problemas textuales del Nuevo Testamento

La mayoría de las dificultades que presenta el texto del Nuevo Testamento son triviales, como decidir entre cinco diferentes órdenes de palabras para pasajes, como: «¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?» (Juan 1:21), todos los cuales tienen exactamente el mismo sentido. Sin embargo, algunos son más importantes. El pasaje de 1 Juan 5:7 de la Versión actualizada ha sido omitido en las traducciones más nuevas, sencillamente porque lo tiene un solo manuscrito griego, de entre mil quinientos veinte. La historia de la mujer atrapada en adulterio (Juan 7:53–8:11), puede haber sido agregada tardíamente puesto que la omiten todos los manuscritos, traducciones y padres de la iglesia de los primeros tiempos, e incluso las copias que la tienen la insertaron en cuatro diferentes ubicaciones. La conclusión del Evangelio de Marcos (16:9–20) tal vez no sea original, pero escasea el acuerdo existente sobre cuál fue el final auténtico. Este es uno de los problemas más difíciles del Nuevo Testamento y puede que nunca se alcance certeza a su respecto.

Hay muchas diferencias menores con todos estos manuscritos, resultando fácil que alguien tenga una impresión equivocada al decir que hay doscientos mil «errores» que se han infiltrado en la Biblia, cuando en realidad debiera decirse variantes. Se contabiliza una variante cada vez que una copia difiere de cualquier otra; y se vuelve a contar en toda otra copia donde aparezca. Así, cuando una palabra tiene ortografía diferente en tres mil copias, cuenta por tres mil variantes. Efectivamente, solo hay diez mil lugares donde ocurren las variantes y la enorme mayoría es solo asunto de ortografía y organización de palabras. Hay menos de cuarenta partes en el Nuevo Testamento donde realmente no estamos seguros de cuál es la lectura original, pero ninguna de ellas influye en alguna doctrina central de la fe. Nótese: el problema no es que no sepamos cuál es el texto sino que no estamos seguros de cuál texto tiene la lectura correcta. Tenemos el 100% del Nuevo Testamento y estamos seguros de su 99,5%.

Podríamos, efectivamente, reconstruir casi todo el Nuevo Testamento a partir de las citas de los padres de la iglesia —siglos II y III—, en caso de que no tuviéramos a disposición tanta buena evidencia manuscrita. Solo faltan once versículos, en especial de 2 y 3 Juan. Podríamos saber virtualmente todo lo del Nuevo Testamento estudiando esos escritos, aunque todas las copias hubiesen sido quemadas a finales del siglo tercero de nuestra era.

Algunos alegan que la doctrina de la inerrancia de la Biblia no se puede probar porque se refiere solamente a los escritos inspirados originales, los que no tenemos; y no a las copias que sí tenemos. Pero si podemos estar seguros del texto del Nuevo Testamento, y tener un texto del Antiguo Testamento que no ha cambiado en dos mil años, entonces no necesitamos los originales para saber lo que dirían. El texto de nuestras Biblias modernas es tan semejante al original que podemos tener toda confianza que lo allí enseñado es la verdad.

RESUMEN

Este capítulo ha demostrado que la Biblia es la Palabra de Dios, enseñanza que tiene no menos autoridad que Jesucristo mismo, quien confirmó la inspiración del Antiguo Testamento y prometió el Nuevo. El testimonio de Jesús y los apóstoles es que la Biblia es inerrante en lo que enseña acerca de todas las materias, desde los tiempos de los verbos y las mismísimas letras de las palabras. Además, tenemos mucha evidencia para demostrar que las Biblias que hoy tenemos en nuestras manos representan a los manuscritos originales con un muy alto grado de exactitud, como ningún otro libro del mundo antiguo. La Biblia que usted tiene en su mano es Dios hablándole.

Geisler, Norman, and Ron Brooks. Apologética: Herramientas Valiosas Para La Defensa De La Fe. Miami, FL: Editorial Unilit, 1997.


¿CÓMO SE ESCRIBIÓ LA BIBLIA?

¿CÓMO SE ESCRIBIÓ LA BIBLIA?

Por:

Norman Geisler y Ron Brooks

El proceso por el cual se escribió la Biblia se llama inspiración, término que proviene de la segunda epístola a Timoteo, que dice: «Toda la Escritura es inspirada [literalmente soplada] por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).

Dios es la fuente de todo lo que se dice en la Biblia. El profeta, desde Moisés hasta Juan, siempre es el hombre que entrega el mensaje de Dios a la humanidad. Ese mensaje empieza con una revelación de Dios. Esta puede ser una voz desde una zarza ardiente (Éxodo 3:2), una serie de visiones (Ezequiel 1:1; 8:3; Apocalipsis 4:1), una voz interior que surge de la comunión del profeta con Dios («La palabra de Dios vino sobre mí») o el derivado de una profecía anterior (Daniel 9:1, 2).

Pero para que sea Escritura, el mensaje también tiene que ser escrito. El siguiente pasaje nos proporciona la descripción del proceso: «… porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21). Esa palabra, «inspirados», significa literalmente: «ser llevados a» como el velero es llevado por el viento. Dios llevó a cada escritor mientras escribía, de modo que el mensaje permaneciera intacto.

La inspiración no significa simplemente que el escritor se sintiera entusiasmado, al igual que Handel componiendo El Mesías, ni tampoco que los escritos son necesariamente inspiradores como un poema que eleva al lector. Como proceso, se refiere al control que Dios ejerció en los escritores y los escritos. Como producto, a los escritos solamente, en cuanto documentos que son el mensaje de Dios.

¿Cómo opera la inspiración? Eso sigue siendo en gran parte un misterio, pero sabemos que fue dada por medio de los profetas en su calidad de voceros de Dios. También sabemos que no fueron simples escribanos. El modelo de secretario indica que esos hombres se limitaban a tomar el dictado divino cuando escribieron los libros de la Biblia. Eso asegura la llegada del mensaje de Dios, sin embargo no explica los elementos humanos presentes en las Escrituras, a saber las diferencias de estilo, el relato de las experiencias personales y los diferentes lenguajes usados. Tampoco fueron simples testigos de la revelación. Aquí el autor humano es considerado como un observador de la revelación de Dios que registra la experiencia. Aunque sus palabras puedan no ser inspiradas, los conceptos que registra sí lo son. Sin embargo, este modelo tiende a evadir los aspectos divinos de la inspiración en favor del énfasis de la contribución humana, incluido el error humano. Este enfoque no toma en serio lo que dice la Biblia sobre la inspiración porque no incluye a Dios en el proceso de escritura, lo que implicaría que no toda ella viene de Dios.

Aspectos humanos de las Escrituras

Escrita en diferentes lenguajes (hebreo y griego) que exhiben formas lingüísticas identificables.

Escrita por unos treinta y cinco autores humanos diferentes.

Refleja irregularidades gramaticales.

Muestra diferentes estilos literarios humanos.

Expone intereses humanos (2 Timoteo 4:13).

Usa la falible memoria humana (1 Corintios 1:15, 16)

Incorpora distintas culturas (1 Tesalonicenses 5:26).

Habla desde una perspectiva humana (Josué 10:12, 13).

Refleja diferentes perspectivas humanas (en los relatos del Evangelio).

Habla de Dios desde la perspectiva humana (antropomorfismo).

El enfoque adecuado incorpora los factores humanos y divinos, siendo tal el modelo del profeta, pues en ese proceso el escritor humano es visto como uno que ha recibido una revelación y que participa activamente en su redacción, mientras Dios da la revelación y supervisa lo escrito. De ahí que el mensaje sea totalmente de Dios, pero la humanidad del escritor se incluye para destacar el mensaje. Tanto lo divino como lo humano concurren en las mismas palabras a la vez (1 Corintios 2:13).El resultado neto es que tenemos la Palabra de Dios escrita por hombres de Dios, inspirada no solo en sus conceptos sino en las mismas palabras usadas para expresar esos conceptos. Los escritores humanos no son simples escribientes, sino agentes activos que expresan sus propias experiencias, pensamientos y sentimientos en lo que escribieron. No se trata sencillamente de un registro de la revelación, en sí misma sino que es en sí misma. Es el mensaje de Dios en forma escrita (Hebreos 1:1; 2 Pedro 1:21).¿PUEDE EQUIVOCARSE LA BIBLIA?

¿Cuán confiable es la Biblia? Este ha sido uno de los grandes temas del siglo. ¿Es la Biblia inerrante (que no puede errar), o es una simple guía infalible en materia de fe y conducta (lo cual significa que es verdad lo que dice sobre las verdades espirituales, pero puede haber errores en la ciencia, la geografía y la historia)? Los enfoques expresados son el centro del debate actual, aunque hay algunos antibíblicos que rechazan por completo la autoridad de la Palabra o que aducen que se vuelve Palabra de Dios a medida que uno la experimenta.

El enfoque neoevangélico de la infalibilidad afirma que el propósito de la Escritura es dirigir al hombre a la salvación (2 Timoteo 3:15) y que cualquier otro tema que pueda tratar (como botánica o cosmología) es irrelevante a ese fin, de modo que puede ser incorrecto lo que diga al respecto. Destacan que los autores no nos engañaron intencionadamente con estas declaraciones falsas, pues o no supieron o sencillamente se adaptaron a los enfoques populares del momento para poder exponer en forma comprensible su punto principal relacionado con la salvación. Jack Rogers, uno de los principales proponentes de este enfoque, escribió:

Indudablemente, se puede definir qué significa que la Biblia sea inerrante de acuerdo a su propósito salvador, considerando las formas humanas por medio de las cuales Dios condescendió revelarse … nos distrae de la seria intención de la Escritura de confundir el error, en el sentido de exactitud técnica, con la noción bíblica de error concebido como engaño intencional. El propósito de la Biblia no es sustituir a la ciencia humana, sino advertir contra el pecado humano y ofrecernos la salvación de Dios en Cristo; y lo logra infaliblemente».

 

Varias cosas se hacen evidentes a partir de la expresión del enfoque neoevangélico Primero, la verdad reside en la intención o propósito del autor y no en lo que dijo realmente. Los apóstoles no tuvieron la intención de dirigirnos mal en materia de ciencia o historia—eso no era parte de su propósito—de modo que está bien si lo que dijeron no es cierto de acuerdo a las normas. El significado se halla en el propósito, no en la afirmación. Jesús quiso decir (intencionadamente) que un poco de fe logra grandes cosas; de modo que no importa si se equivocó al calificar a la semilla de mostaza como la más pequeña (cuando, en realidad, es la de orquídea), pues eso no era parte de su propósito. Segundo, el lenguaje humano es realmente inadecuado para comunicar las verdades acerca de Dios. Es muy limitado a este mundo, por lo que no puede trasmitir completamente a un Dios ilimitado, el cual es tan diferente de nosotros. Así que el error es inevitable en la medida que estamos limitados a este lenguaje humano. Si Dios se nos va a revelar a medida que leemos la Biblia, entonces tendremos que experimentarlo según avance nuestra lectura. Él no puede comunicarse en palabras, pero puede obrar a través de ellas para conocernos en una forma personal, lo que trasciende todo idioma. Finalmente, la fe se opone a la razón. Razón que no puede juzgar lo que es verdad acerca de la fe, y ésta no está sujeta a la razón ni a su verificación. Los métodos para determinar la verdad acerca de este mundo no operan en el otro mundo. De ahí que la ciencia sea correcta en materia científica y la Biblia en lo espiritual.

Los neoevangélicos tienen razón al señalar que la Biblia no es concebida como texto de ciencias. También están en lo correcto al reconocer la limitación del lenguaje humano. Sin embargo, si sus enfoques fueran aceptados, los resultados serían devastadores.

Las palabras y acciones de Jesús contradicen muchas de las afirmaciones de los neoevangélicos: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?» (Juan 3:12).

Jesús esperaba que su exactitud en materias potencialmente examinables fueran la prueba de que decía la verdad en cuanto a asuntos espirituales no verificables.

Repetimos, Jesús le dijo a la multitud: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa» (Marcos 2:9–11).

Jesús demostró que lo que dijo respecto a la fe y al reino —lo cual no podía verificarse— era verdadero, al proveer una sanidad física comprobable. Señaló, especialmente, que revelación lo que Dios dice respecto a este mundo demuestra su veracidad en cuanto al otro mundo.

¿Y qué hay con la resurrección de Jesús? ¿Fue mítica o histórica? Si fue mítica, ¿significa que puede no haber ocurrido en el mundo real donde podría ser examinada? Si fue histórica, ¿indica carencia de significado espiritual relevante? Tal distinción es imposible de hacer dada la clase de evidencias que Jesús ofreció para probar su deidad.

Además, Él tenías la molesta costumbre de afirmar los mismo pasajes que la alta crítica califica de errores, tales como la creación (Lucas 11:51), Adán y Eva (Mateo 19:4, 5), Noé y el diluvio (24:37–39), Sodoma y Gomorra (Lucas 10:12), y Jonás con el gran pez (Mateo 12:39–41). Llegó al extremo de decir que Moisés escribió todo su libro (los críticos dicen que última mitad fue escrita siglos más tarde; véase Juan 12:38–41, donde cita ambas mitades juntas y las atribuye a Isaías). Esos pasajes demuestran que Jesús vinculaba la realidad histórica del Antiguo Testamento con la verdad de su propio mensaje espiritual.

Los neoevangélicos responden diciendo que Jesús solo se adaptaba a los criterios populares de su época para que la gente pudiera entender su argumento principal, sin distraerse con el nuevo conocimiento de que Dios usó la evolución, así como que algunos de los milagros nunca ocurrieron. Esta idea plantea dos serios problemas: el primero, que el estilo de Jesús no es ajustarse a la opinión popular. Él nunca dudó en confrontar directamente las falsas creencias (Mateo 5:21, 22, 27, 28, 21, 32; 15:1–9; 22:29; 23ss; Juan 2:13ss; 3:10).

Por eso siempre estaba discutiendo con los fariseos y los saduceos. Segundo, y más importante todavía, eso equivaldría a engaño moral por parte de Jesús que, como Dios que era, sabía que no era cierto lo que les estaba diciendo, y aun así se los dijo.

La posición de la infalibilidad es filosóficamente insatisfactoria, pues expresar que la verdad se halla en el propósito o intención no encaja con lo que la mayoría de las personas llaman verdad. Esperamos que la verdad corresponda a la realidad de que se habla. Si la verdad fuese solo asunto de intención, entonces nunca podríamos saber si una declaración es cierta o falsa, porque no sabemos la intención que hay en la mente de quien la expresa. Lo mismo rige en materia de significado. Si no podemos señalar qué quiere decir una persona por lo que afirma, ¿cómo podremos, entonces, saber cuál es su intención? Aunque nos la dijera para aclararla, seguiría usando el lenguaje, lo que impediría asegurarnos de que expresa su verdadera intención. Significado y verdad son entonces incompatibles. Además, uno mismo se derrota si dice que el lenguaje nada puede expresar acerca de Dios porque acaba de hacerlo: expresó la idea de que nada puede expresarse. Ciertamente hay límites a lo que nuestro lenguaje puede expresar sobre el infinito, pero eso no quiere decir que tengamos que renunciar, en absoluto, a su uso. Hay ciertas cosas que podemos expresar en lenguaje humano acerca de Dios. Si no las hubiera, ¿cómo podrían los neoevangélicos decir que la Biblia enseña la verdad en materia espiritual?

La palabra de Dios

Encarnada                                                                              Inspirada

El enfoque de la mayoría de los evangélicos es que la Biblia enseña la verdad en materia espiritual, científica e histórica. Los pasajes que se usaron con referencia a la inspiración parecen sugerir que esto es lo que la Biblia afirma por sí misma, y que es la manera en que Jesús la entendió. El examen de la evidencia sugiere que la Biblia es extremadamente confiable en asuntos científicos e históricos, habiéndose equivocado repetidamente sus críticos. Si la Biblia es la Palabra de Dios, y Dios solo puede hablar la verdad, es más fundamental entender que no hay forma de evitar concluir que la Biblia no contiene errores. La inspiración garantiza la inerrancia. Solo observe la manera en que se iguala lo que dice la Biblia a lo que afirma Dios. Jesús señaló que Dios dijo: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre» (Génesis 2:24), pero un análisis más detallado muestra que esas fueron palabras de Moisés. Pablo atribuye de igual manera una cita directa de Dios a la «Escritura». Donde habla la Biblia, habla Dios, y Dios no puede mentir.Esto no significa que la manera en que entendemos la Biblia sea perfectamente verdadera; significa que la Biblia es verdadera cuando es entendida correctamente. Tampoco significa que todo lo de las Escrituras deba ser entendido literalmente. Hay figuras literarias en casi cada página, pero hay una gran diferencia entre decir la verdad mediante metáforas y contar cuentos usando un mito. Además, la calidad de inerrante no significa que todo lo que se registra en la Biblia sea verdadero, sino que lo que se afirma como cierto lo es. Caín dijo: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?», queriendo decir que no lo era. La Biblia registra que él dijo eso, pero no avala su actitud. Después de todo, ¡venía de un hombre que acababa de matar a su hermano! La enseñanza del pasaje es que somos responsables del bienestar del prójimo.

Finalmente, hay una analogía entre la Palabra de Dios escrita y la Palabra Viva. Aunque los neoevangélicos dicen que el error se debe a la introducción del pensamiento y el lenguaje humanos, deben responder de alguna manera al hecho de que Jesucristo fue plenamente humano y totalmente divino a la vez, aunque sin pecado. En ambos casos, lo humano y lo divino están vinculados aunque lo humano no tiene imperfecciones. Eso sugiere que el pecado y el error no son consecuencias necesarias de la humanidad sino accidentales. Dios puede producir tanto una Persona como un Libro, y sin error.

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Geisler, Norman, and Ron Brooks. Apologética: Herramientas Valiosas Para La Defensa De La Fe. Miami, FL: Editorial Unilit, 1997.


PREGUNTAS SOBRE LA BIBLIA

PREGUNTAS SOBRE LA BIBLIA

Por: Norman Geisler y Ron Brooks

La Biblia es multifacética. Puede estudiarse como literatura y explorarse como una serie de historias y expresiones poéticas, o ser vista como una historia acerca de los comienzos y el crecimiento del pueblo de Dios. Para algunos es una guía arqueológica que señala el camino a las civilizaciones enterradas. Hay un lugar y un propósito para cada uno de esos aspectos, pero —en esencia— la Biblia es: la Palabra de Dios, el mensaje divino que le indica al mundo rebelde cómo puede volverse a Él. La Biblia es también una carta de amor de Dios para nosotros, pero, ¿tomamos en serio esta declaración o nos interesamos solo en un aspecto?

¿Cuán importante es la Biblia? En los primeros capítulos de este libro vimos que podemos saber que Dios existe, cómo es Él, cómo vence al mal; que obra prodigios, y que Jesús es Dios, sin siquiera referirnos a la Biblia en su calidad de libro sagrado. Los argumentos vistos son guiados por la Biblia aunque no se apoyan en ella. Toman el camino de la razón para llegar a esas conclusiones, las cuales son dirigidas por la revelación. No hay garantía de que alguien pueda llegar a esas conclusiones sin la Palabra de Dios. Aunque lo lograran, no podrían ser muchos los que las encuentren, por no mencionar siquiera cuánto tiempo consumiría ni cuánto error incluiría el proceso. Además, la razón solo puede hacernos avanzar un paso mas. Y ese paso nos conduce a las Escrituras como Palabra de Dios. Si vamos a conocer algo de la gracia y el amor de Dios, entonces debemos tener la Palabra de Dios.

He aquí la gran pregunta: «¿Es realmente la Biblia una revelación de Dios?» Eso es lo que trataremos de responder en este capítulo.

¿CÓMO SABEMOS QUE LA BIBLIA PROVIENE DE DIOS?

Sabemos que la Biblia viene de Dios por una razón muy sencilla: Jesús nos lo dijo. Es en su autoridad, como Dios del universo, que basamos nuestra certeza de que la Biblia es la Palabra de Dios. Jesús confirmó la autoridad del Antiguo Testamento en su doctrina y prometió un Nuevo Testamento autorizado por medio de sus discípulos. El Hijo de Dios nos asegura que la Biblia es la Palabra de Dios.

JESÚS CONFIRMÓ LA AUTORIDAD DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Jesús habló de todo el Antiguo Testamento (Mateo 22:29), de sus divisiones centrales (Lucas 16:16), de sus libros individuales (Mateo 22:43; 24:15), de sus sucesos (19:4, 5; Lucas 17:27), y hasta de sus cartas y partes de ellas (Mateo 5:18) como poseedor de autoridad divina. Llamó Palabra de Dios a las Escrituras (Juan 10:35). Manifestó que fueron escritas por hombres movidos por el Espíritu cuando afirmó: «El mismo David dijo por el Espíritu Santo» (Marcos 12:36), y al referirse a acontecimientos «que habló el profeta Daniel» (Mateo 24:15).

Jesús confirmó en esas declaraciones la autoridad de los libros que se discuten con mayor frecuencia, como los escritos de Moisés (Marcos 7:10), Isaías (v. 6), Daniel y los Salmos. También se refiere a los mismos milagros que los críticos rechazan como históricos. Jesús cita la creación (Lucas 11:51), Adán y Eva (Mateo 19:4, 5), Noé y el diluvio (24:37–39), Sodoma y Gomorra (Lucas 10:12), y a Jonás y el gran pez (Mateo 12:39–41). Él dijo: «Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley» (Lucas 16:17).

Lo que enseñó Jesús acerca del Antiguo Testamento

1. Autoridad —Mateo 22:43

2. Confiabilidad —Mateo 26:54

3. Finalidad —Mateo 4:4, 7, 10

4. Suficiencia —Lucas 16:31

5. Indestructibilidad —Mateo 5:17, 18

6. Unidad —Lucas 24:27, 44

7. Claridad —Lucas 24:27

8. Historicidad —Mateo 12:40

9. Factibilidad (científicamente) —Mateo 19:2–5

10. Calidad de inerrable —Mateo 22:29; Juan 3:12; 17:17

11. Infalibilidad —Juan 10:35

 El hecho de que Jesús consideraba las Escrituras como la autoridad final se observa claramente en el episodio de sus tentaciones, cuando se defendió tres veces de los ataques de Satanás con la frase: «Escrito está» (Mateo 4:4ss). Jesús decía: «He aquí el testigo permanente e inmutable del Dios eterno, consagrado a escribir para nuestra instrucción». Tal parece, ello —en lo más recóndito del alma de Jesús—, le fue totalmente ajeno en la controversia. Las palabras de la Escritura que acudieron a sus labios a la hora de mayor crisis y en el momento de morir fueron: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmos 22:1; Mateo 27:46; Marcos 15:34). «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Salmos 31:5 Lucas 23:46).JESÚS PROMETIÓ EL NUEVO TESTAMENTOJusto antes de dejar a sus discípulos, Jesús les dijo: «Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:25, 26). Y añadió: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Juan 16:13).Estas declaraciones prometen que las enseñanzas de Jesús serán recordadas y comprendidas, y que se les darían verdades adicionales a los apóstoles para que pudiera establecerse la iglesia. Ellas sentaron el marco de la era apostólica que empezó el día de Pentecostés (Hechos 2:1ss), continuando hasta que murió el último apóstol (Juan, alrededor del año 100 d.C.).Durante este período, los apóstoles se constituyeron en los agentes de la revelación completa y definitiva de Jesucristo, que continuó enseñando y obrando por medio de ellos (Hechos 1:1). Los apóstoles recibieron las llaves del reino (Mateo 16:19), y los creyentes recibieron al Espíritu Santo por imposición de sus manos (Hechos 8:14, 15; 19:1–6). La iglesia primitiva basó sus doctrinas y prácticas sobre «el fundamento de los apóstoles» (Efesios 2:20), siguiendo la enseñanza de los apóstoles (Hechos 2:42), y estuvo circunscrita a las decisiones del concilio apostólico (Hechos 15). Aunque Pablo recibió su apostolado por revelación de Dios, los apóstoles de Jerusalén confirmaron sus credenciales.Algunos de los escritores del Nuevo Testamento no fueron apóstoles, ¿cómo explicar su autoridad entonces? Usaron el mensaje apostólico que fue «confirmado por los que oyeron» (Hebreos 2:3). Marcos trabajó asociado con Pedro (1 Pedro 5:13); Santiago y Judas estuvieron muy cerca de los apóstoles de Jerusalén, se cree que estos eran hermanos de Jesús. Lucas acompañó a Pablo (2 Timoteo 4:11), y entrevistó a muchos testigos para armar su relato (Lucas 1:19). Pedro llegó a igualar los escritos de Pablo con las Escrituras (2 Pedro 3:15, 16). En cada caso, salvo en el de Hebreos —pues no sabemos con certeza quién lo escribió—, hay un vínculo definido entre el escritor y los apóstoles que les dieron información (cf. 2:3).Ahora bien, si Jesús, el Dios encarnado que siempre dijo la verdad, dio testimonio de que el Antiguo Testamento era Palabra de Dios, y que sus apóstoles y profetas iban a escribir el Nuevo Testamento, en su calidad de únicos agentes autorizados para dar su mensaje, entonces hemos probado que toda nuestra Biblia proviene de Dios. Tenemos en ella la mejor de todas las autoridades: Jesucristo mismo.
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Geisler, Norman, and Ron Brooks. Apologética: Herramientas Valiosas Para La Defensa De La Fe. Miami, FL: Editorial Unilit, 1997.