Preguntas: El Argumento Cosmológico “Kalam”

Preguntas: El Argumento Cosmológico “Kalam”

Nota del Administrador: Este Post fue tomado del blog amigo: http://verdadyfe.com

Hace algún tiempo, publicamos uno de los argumentos a favor de la Existencia de Dios. El Argumento Kalam, es uno de los argumentos más utilizados por apologetas cristianos actualmente. Siendo esto así, es uno de los que más preguntas y discordias suele crear. Hace algunas semanas recibimos unas preguntas y nos pareció pertinente compartirlas por aquí. Puede que otros de ustedes tengan las mismas dudas. Comencemos.

Seré breve, aunque conciso. Agradezco el tiempo que Josué dedicó a estas preguntas. Son muy buenas.

Pregunta 1: ¿Por qué hay algo en vez de nada?
Primero debemos cuestionarnos algo ¿Qué es “nada”? Al asumir los cristianos esta pregunta, les corresponde a ellos probar que existe algo llamado “nada” y también dar un ejemplo de “nada”. Hasta entonces, yo podría responderte: No sé qué es “nada” ya que no la has probado.

Respuesta: Nada: (según la rae.es) es: Ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de la de las personas.

Así que si digo, “Hoy no almorzé nada.” Significa que me quedé con hambre, no que había algo en el menú que se llamaba nada y eso comí.

Cuando decimos que no existía nada, queremos decir que estábamos en ausencia de todo. No es la nada que por ejemplo, Lawrence Krauss define como partículas sub-atómicas. Asi que “nada” es: la ausencia de todo.

Pregunta 2: Todo lo que comienza a existir tiene una causa.
Así hayas recopilado y llegado a la conclusión de que la causa del universo tuvo que ser un ser pensante, sin tiempo ni espacio, todopoderoso, etc. Aun así tendrías que probar que dicho ser es un dios. ¿Cómo sabes que no es otra criatura pensante, con omnipotencia, benevolencia, etc.? – Aun así pruebes de que tuvo que ser un dios – tendrías que probar que fue tu dios y no el de otra religión.

Respuesta: No decimos que fue obra de “un” dios pues significaría que ese ente tuvo también un comienzo. Decimos que fue el creador/Dios del Universo quien por definición es eterno. Tampoco identificamos que es el Dios en el que cree el Cristiano para llegar a esa conclusión debemos analizar otras evidencias que forman parte del caso acumulativoen pos del Cristianismo.

Pregunta 3: El universo comenzó a existir.
Si es que esta afirmación fuese verdadera, no significa que tuvo una causa, significa que no sabemos cómo se inició exactamente, pero te puedo asegurar que algún día lo sabremos ya que la ciencia ha ido avanzado. El error que cometen ustedes es asumir que Dios hace lo que no entendemos. Así como civilizaciones antiguas no comprendía por qué llovía, entonces pensaban que lo hacía un dios. Hoy, sin embargo sabemos cómo se producen las lluvias. Por esa razón te aseguro que la ciencia no tiene límites y algún día se sabrá exactamente cómo se creó el universo.

Respuesta: Decir “algún día la ciencia lo sabrá” es lo mismo que decir “Dios lo hizo (cuando no sabemos cómo sucedió algo)” porque no entendemos como sucedió. A nosotros se nos acusa de usar el argumento del dios de los agujeros, mientras que a ti se te puede acusar de usar “la ciencia de los agujeros”

Cuando decimos que el Universo tuvo un comienzo nos basamos en evidencia científica y la teoría más aceptada (Big Bang) de cómo todo comenzó según iniciada por Georges Lamêtre, confirmada por E. Hubble y reafirmada por Borde, Guth y Vilenken. Esto parece ir en acuerdo a lo que enseña la Biblia.

Pregunta 4: El universo requiere una causa.
La razón de que algo comience a existir, no significa de que tenga una causa y asumir lo mismo con el universo se puede comparar con otras situaciones. Por ejemplo, es como preguntarse ¿Por qué razón existen las montañas? Nosotros tal vez sabemos cómo se crearon las montañas pero preguntarse “por qué” desde mi punto de vista no es una pregunta válida. Lo que sí es válido preguntar es: ¿Cuáles son los factores causales que conducen a la existencia de las montañas? Lo mismo con la vida, y lo mismo con el universo.
Incluso podría cambiar el Argumento Kalam por el siguiente:
Premisa #1: Todo aquello que comienza a existir requiere una causa.
Premisa #2: Las montañas comenzaron a existir.
Conclusión: Las montañas requieren una causa.

Sabemos que las montañas comenzaron a existir pero no por esa razón significa que ellas necesitan una causa o un propósito. Y podríamos aplicarlo con todas las cosas que existen como los virus, las enfermedades, las ratas, la inmundicia, etc. Todas estas cosas comenzaron a existir pero acaso ¿tienen un propósito? – ¡Claro que no! – todas esas cosas son un accidente biológico, genético o simplemente fueron creados sin querer. Y quizá lo crearon los humanos, pero no con un propósito ni una causa, sino porque fue un accidente, o porque se salió de sus manos. Y yo creo que lo mismo pasa con el universo. Pienso que éste solo fue un accidente natural y que los hechos y sucesos solo son consecuencia de este accidente.

OJO: no estoy asumiendo que el universo fue causado por un accidente o sea un accidente, de hacerlo, tendría que demostrarlo, solo digo que eso es lo que creo yo al respecto.

Respuesta: Decimos: “El Universo tuvo una causa”. El argumento no trata de explicar el propósito por el cual el Universo comenzó o existe. Este argumento no entra en esos temas y la conclusión es que un Dios teísta existe. Ni siquiera infiere cuál Dios. El argumento podría ser utilizado por cualquier religión teísta. De hecho, inicialmente el argumento fue musulmán, aunque actualmente su mayor defensor es el cristiano William Lane Craig.

El argumento provoca a pensar en lo que hoy existe, que la ciencia apunta a que tuvo un comienzo. Si hubo un punto en que no existía, nada de lo que existe actualmente pudo haber dado inicio al Universo, pues no existía. De esto podemos inferir cualidades de lo que pudo ser la causa. Sabiendo que tiene que ser Sobrenatural, pues la naturaleza no estaba. Atemporal (o eterno) pues no existía el tiempo. Poderoso e inteligente pues provocó todo lo que existe y ahora está ordenado, por lo que se necesita una mente racional que organice.

Bueno Josué, espero haber podido ayudarte a entender el argumento. No te cierres a la posibilidad de la veracidad de Dios. Búscale con toda sinceridad, te aseguro que si le buscas de todo corazón, le encontrarás. Dios te bendiga.


Las matemáticas y el origen de la vida

Las matemáticas y el origen de la vida

Por: El apologista Antonio Cruz Suárez

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El origen y desarrollo de la vida sobre la Tierra, según propone la evolución darwiniana, se enfrenta con una dificultad insalvable: hay muy poco tiempo para que el azar haya podido ser la causa.

Leyendo las obras de Richard Dawkins, uno llega a la conclusión de que el motivo principal de su distorsionada visión acerca de los orígenes se debe, sobre todo, a la enorme fe que profesa en el azar.

En numerosas ocasiones, se refiere a una antigua sentencia del famoso filósofo ateo, David Hume, para negar la posibilidad de la existencia del Dios creador. Según este pensador escocés del siglo XVIII: “Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de tal tipo que su falsedad resulte más milagrosa que el hecho que trata de establecer.” [1]  Y, por supuesto, Dawkins cree que Dios es mucho más milagroso que el origen materialista de la vida por azar. Cualquier cosa que pudiera atribuirse al Sumo Hacedor, el azar la haría mejor y, por milagroso que parezca un determinado acontecimiento, siempre se podrá explicar más satisfactoriamente como una afortunada casualidad. ¿Está Dawkins en lo cierto? Vamos a ver como la ciencia de la estadística demuestra que no es así.

Hay una objeción importante. Según el darwinismo gradualista y materialista que el famoso biólogo ateo cree a pies juntillas, el azar no dispuso de todo el tiempo del mundo para originar la vida a partir de la materia muerta, por la sencilla razón de que el cosmos no es eterno. Desde luego, ante las vertiginosas expectativas de la eternidad todo puede suceder. Pero si se acepta que el Universo empezó a existir hace alrededor de 13.500 millones de años, que la Tierra se formó hace 4.500 millones y las primeras células vivas surgieron hace 3.700 millones de años, hay que asumir que el azar dispuso como mucho de diez mil millones de años para convertir la química en biología. Es decir, para originar la vida por casualidad sin la intervención de ningún agente inteligente. Semejante cantidad de tiempo puede parecer enorme y suficiente a primera vista pero, en realidad, no lo es. Más bien se trata de un período demasiado breve para que la ruleta de los elementos químicos se parara precisamente en el extraordinario número premiado del ADN. Y esto supone, sin duda, un grave problema para los ateos.

Si el creador hubiera sido el Dios de la Biblia, podría haber formado el universo de manera instantánea o bien en cualquier período de tiempo que le viniera en gana. No obstante, el azar no posee tantas posibilidades ya que requiere muchísimo tiempo para conseguir unos insignificantes resultados. ¿Y esto por qué? Pues porque un ser inteligente es capaz de tomar decisiones inteligentes pero el azar no lo es. Si se caracteriza por algo es precisamente por su falta de inteligencia. El azar no toma decisiones, no planifica el futuro, no elije atajos y, desde luego, es incapaz de elaborar, por mucho tiempo que se le conceda, algo tan sofisticado como un cerebro inteligente.

Suponiendo incluso que la cronología evolucionista sea cierta, al azar le quedaría muy poco tiempo para originar la primera célula viva, ya que hasta hace 3.800 millones de años -según afirma la geología histórica- la Tierra no estuvo suficientemente fría y preparada como para permitir la vida. Se piensa que las primeras células simples, del tipo bacterias o procariotas, (que de simples no tienen nada) debieron originarse casi inmediatamente después de que la Tierra se enfriara. Esto deja un breve margen de tiempo para que el azar juegue con el intrincado puzle de la primera molécula de ADN. Sin embargo, el lento gradualismo que requiere el azar necesita en realidad como cuatro veces y media la edad que se le supone al universo para originar la vida. Hay aquí un serio problema. ¿No podría la evolución dar saltos o ir más rápida? Algunas hipótesis teístas aceptan esta posibilidad pero el azar antiteísta del biólogo inglés la rechaza radicalmente. Para él, cualquier transformación de la materia o de los organismos ha de ser siempre pasito a pasito y sin prisas ni atajos.

Dawkins insiste en que la probabilidad de que la macromolécula de ADN surgiera espontáneamente es de una en mil millones o incluso menos. Sin embargo, la mayoría de los físicos, químicos y biólogos especializados en el origen de la vida no suelen compartir este optimismo matemático. Ellos saben que las bases nitrogenadas que conforman cualquier molécula de ADN (adenina, citosina, guanina y timina) no suelen formarse espontáneamente chocando unas con otras sino que deben ser fabricadas minuciosamente paso a paso. Esto requiere que se tenga que calcular la probabilidad de los enlaces químicos entre los distintos átomos en cada uno de tales pasos. Y así sucesivamente la complejidad se va multiplicando sin cesar. Los estudiosos de la biogénesis no creen que la probabilidad de que el azar fabrique una secuencia de tan sólo 100 bases de ADN sea, como dice Dawkins, de una en 1.000.000.000 sino de una en 1.600.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 [2] . No se trata de un uno seguido de nueve ceros, sino del número dieciséis seguido por cincuenta y nueve ceros. ¡La diferencia es abrumadoramente abismal y sobrepasa cualquier expectativa! Sobre todo cuando se compara con la cantidad total de átomos que podría tener el universo, que es muchísimo menor (un uno seguido por 28 ceros).

Sin embargo, tan remota probabilidad para el origen de la vida por azar es en realidad todavía bastante inferior. Hay que tener en cuenta que el ADN es solamente un componente de la célula; que la información que contiene debe servir para fabricar proteínas y que, para poder hacerlo, necesita de la existencia de otras proteínas ya elaboradas, así como de otros ácidos nucleicos del tipo ARN. Se requiere todo este conjunto de estructuras y actividades proteicas para que el ADN pueda despertar y revelar su información. Esto significa que, además de la secuencia del ADN, hay que contar con la formación al azar del ejército de macromoléculas que le acompaña. Y además se genera la cuestión de siempre: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿el ADN o las proteínas que éste necesita para expresarse? La probabilidad de que ambas estructuras aparecieran simultáneamente disminuye hasta lo impensable. ¿Cómo es posible que Dawkins siga creyendo en el azar, ante semejante estadística? Muy fácil, él dice que si estamos aquí es porque debió ocurrir así, a pesar de los pesares [3] . Pero esta “explicación dawkiniana” no explica nada porque ni siquiera es un argumento serio. En realidad, se trata de una suposición que se hace pasar por demostración. Pero la aparición de la vida por azar no queda así demostrada, ni mucho menos. Siempre resulta sospechoso dar por supuesto precisamente aquello que es menester demostrar. Es verdad que estamos aquí en la Tierra, esto lo sabemos bien, pero de semejante evidencia no se sigue necesariamente que la vida se originara en este planeta por azar. Eso es justo lo que hay que demostrar.

Volvamos a las matemáticas. Si se toma de nuevo una sola proteína sencilla de cien aminoácidos y se calcula la posibilidad de acertar con la combinación correcta por azar, resulta que la estadística de Dawkins se queda muy pero que muy atrás. En vez de su optimista probabilidad de obtener esa pequeña proteína por azar, de uno en mil millones -igual que vimos para el ADN-, resulta, después de hechos los oportunos cálculos matemáticos, una cantidad con tantos ceros que prefiero no escribirlos para no marear al lector. En realidad, tal probabilidad sería de uno entre el número doce seguido por 129 ceros. [4]  Algo absolutamente improbable. No obstante, una célula no es sólo un pequeño trozo de ADN más las pocas proteínas que transcribe. Es muchísimo más que eso.

El origen y desarrollo de la vida sobre la Tierra, según propone la evolución darwiniana, se enfrenta por tanto con una dificultad insalvable: hay muy poco tiempo para que el azar haya podido ser la causa. No solo es improbable, usando la terminología de Dawkins, sino sencillamente imposible. Esto es precisamente lo que certifica la gran cantidad de trabajos científicos sobre el origen de la vida que se han venido publicando durante los últimos treinta años y que Dawkins prefiere ignorar por completo. Si a esta dificultad del tiempo se añade que la célula no puede funcionar, a menos que estén integradas todas sus partes de manera precisa y sean capaces de actuar como un todo desde el principio. Además, las diferentes estructuras y orgánulos celulares son también entidades complejas constituidas por unidades todavía más pequeñas pero perfectamente integradas. ¿Cómo pudo el azar ciego fabricar dichas partes? El azar carece de previsión o finalidad. Es incapaz de construir cualquier estructura celular “para que sirva en el futuro cuando haga falta”. ¿Cómo explicar que existan partes tan sofisticadas, sin función aparente, durante millones de años? No existe una respuesta satisfactoria.

En resumen, son tan pocas las posibilidades de que la vida se originara por casualidad, como propone Dawkins, que la alternativa contraria adquiere notable importancia. Ante el dilema de las dos opciones para el origen de la vida, la inteligencia o el azar, y a la vista de los importantes obstáculos lógicos que presenta éste, la acción de una inteligencia creadora se erige por encima del azar sin propósito. El físico Michael Turner, después de reflexionar sobre el Big Bang y la apabullante precisión con la que debió suceder para poder crear todas las constantes del cosmos, elaboró una analogía que nos parece también pertinente en el asunto del origen de la vida. Dijo: “es como si uno lanzase un dardo a través de todo el universo y acertase en el centro de una diana de un milímetro de diámetro”. [5]  ¿Qué resulta más milagroso para explicar el origen de la vida: el azar ciego o la inteligencia previsora? Dawkins se empeña en la absurda posibilidad del azar porque no quiere aceptar a un Dios todopoderoso, creador del cielo, la tierra y la vida. Yo prefiero pensar que a Dios le gusta jugar a los dardos y sabe tirarlos con exquisita precisión.

  [1] Dawkins, R., 2011,  La magia de la realidad,  Espasa, Barcelona, p. 254.

 

[2] Hahn, S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 43.

 

[3] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB ,  p. 125.

 

[4] Hahn, S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 47.

 

[5] Citado en Gerald Schroeder, The Science of God (New York: Broadway Books, 1997), p. 5.

 


Dios y el Diseño Inteligente

Dios y el Diseño Inteligente

Por Antonio Cruz Suárez

Lo que se propone es que la actividad inteligente de Dios al crear la naturaleza puede ser detectable, de la misma manera que lo es la de un informático que diseña determinado programa.

La afirmación de que la vida, y en general el cosmos, fueron diseñados por un agente inteligente puede turbar al ser humano contemporáneo, educado desde la enseñanza primaria en la

creencia de que todo deriva de las simples leyes naturales. Sin embargo, el desarrollo de la ciencia durante las últimas décadas constituye un avance progresivo en esa dirección. De la misma manera que en la Edad Media la humanidad tuvo que acostumbrarse a pensar que la Tierra se movía alrededor del Sol, a pesar de que nadie podía ver ningún movimiento de rotación ni traslación, probablemente el siglo XXI impondrá también la idea de un diseño inteligente de la vida y el universo.Otra cosa distinta ocurrirá con la naturaleza del diseñador. Aquí no habrá acuerdo. En efecto, ante la cuestión: ¿qué idea de Dios transmite el Diseño inteligente (DI)? Hay que responder simplemente que ninguna. Por su propia naturaleza, que pretende seguir la evidencia empírica, esta teoría es incapaz de definir las características de la inteligencia que evidencia la vida.Está claro que, para quienes creemos en el Dios de la Biblia, resultará fácil transferir sus atributos al diseñador inteligente que sugiere la ciencia. No obstante, quienes no aceptan la existencia del Dios judeocristiano probablemente propondrán otras explicaciones a la realidad del diseño. Aunque no hay demasiados sustitutos, se han sugerido los siguientes: que la inteligencia provenga de los extraterrestres; de un enigmático principio autoorganizador del universo; que los entes vivos sean inteligentes en sí mismos; entender la biosfera como un todo (Gaia, la Diosa Tierra) que pudiera ser inteligente y actuara como un único organismo, etc. Todas estas posibilidades pueden estar interrelacionadas o ser la misma. La ciencia no tiene aquí la última palabra y debe ceder ante las explicaciones de la teología o de la especulación filosófica más o menos fundamentada.Uno de los famoso descubridores de la estructura helicoidal del ADN, el doctor Francis Crick, propuso su conocida teoría de la panspermia. En su opinión, la vida habría sido sembrada en la Tierra por parte de alguna civilización inteligente procedente del espacio exterior. Aunque tal planteamiento no resuelve el problema del origen de dicha hipotética civilización, sí asume parte de la premisa fundamental del DI. Es decir, que la vida muestra diseño, aunque éste no sea perfecto. Crick abre así la puerta a la posibilidad de diseñadores inteligentes pero capaces de cometer errores. Alienígenas del espacio que no tienen por qué ser moralmente superiores a nosotros. Exportadores de una sofisticada tecnología que puede responder a motivaciones altruistas o quizá egoístas. Nadie lo sabe. En pocas palabras, la panspermia sustituye a Dios por múltiples dioses menores que a veces se equivocan, ya que las cosas no siempre les salen como ellos quisieran. Y a nadie se le escapa que con la especie humana, desde luego, no acertaron.

Esta idea de la panspermia se sustenta sobre arenas movedizas. Carece de evidencia científica y apela a algo que es imposible de investigar: unos seres inteligentes que aparecieron hace mucho tiempo en una galaxia desconocida y muy lejana. Lo cual convierte la teoría en un auténtico milagro. Es como si Crick estuviera diciendo que “el origen de la vida en la Tierra fue un milagro”. Con lo cual el asunto queda inmediatamente fuera del ámbito de la ciencia. ¡Para este viaje no hacían falta tantas alforjas! Es lo mismo que, desde hace miles de años, viene proponiendo la doctrina bíblica del milagro de la creación.

No obstante, si no fueron los extraterrestres, ¿en qué otro diseñador permite pensar la teoría del DI? ¿Es bíblica la teología que parece sugerir? Aunque el DI no dice nada acerca de la naturaleza del diseñador, muchos creacionistas, y la mayoría de los evolucionistas cristianos, ven con malos ojos el tipo de Dios que se desprende.Unos porque creen que no se adecua al Dios creador del relato del Génesis, interpretado literalmente. Los otros porque piensan que el diseñador inteligente es, en realidad, el denostado Dios tapagujeros.

Ciertos partidarios del creacionismo de la Tierra joven -no todos, por supuesto- recriminan al DI el hecho de no interpretar literalmente el libro de Génesis y, por lo tanto, no respetar la Escritura, decir poco del Dios bíblico y no glorificarle como se merece. Para ellos, el DI no es “creacionismo camuflado”, como creen muchos darwinistas, sino una especie de enorme cajón de sastre donde caben todas las posibles concepciones de la divinidad. Por su parte, algunos teólogos que defienden el evolucionismo teísta ven la teoría del DI como poco científica porque les parece que apela demasiado al Dios tapagujeros. Es decir, creen que los proponentes del DI sólo ven diseño en aquellas áreas de la naturaleza que la ciencia no ha estudiado suficientemente todavía. Una idea peligrosa pues a medida que el conocimiento científico avanza, Dios retrocedería. Es como si la ignorancia humana fuera lo único capaz de dar cobijo a la creencia en Dios. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

En primer lugar, no todos los creacionistas de la Tierra joven -menos aún los de la Tierra antigua- disienten ante los puntos de vista del DI. Muchos reconocen que no siempre la Biblia debe interpretarse literalmente y apoyan la defensa del diseño como un hecho fundamental de la naturaleza. Conviene recordar, una vez más, que la teoría del DI, como toda teoría empírica, no puede decir absolutamente nada sobre un diseñador con el que no se puede experimentar. Salvo que actuó de manera inteligente dejando la impronta de su sabiduría en los seres vivos.

En cuanto al argumento del Dios tapagujeros, con el que los cristianos evolucionistas acusan al DI, creo que está equivocado. No es que los investigadores vean diseño inteligente en ciertas estructuras naturales irreductiblemente complejas porque éstas han sido poco estudiada y sean prácticamente desconocidas por la ciencia. Es precisamente al revés. Aquello que motiva a los científicos a pensar en un diseñador inteligente es el gran conocimiento que poseen de dichas estructuras o funciones. No es lo que no saben sino lo que sí saben. Darwin y sus coetáneos, al observar una célula bajo sus rudimentarios microscopios, no podían pensar en el diseño real de la misma porque sólo veían simples esferas de gelatina que rodeaba un pequeño núcleo oscuro. Nada más. Pero es precisamente el elevado grado de información y sofisticación bioquímica en las estructuras celulares, descubierto por los potentes microscopios electrónicos actuales, lo que ha hecho posible la teoría del DI. No se está apelando al Dios tapagujeros. Lo que se propone es que la actividad inteligente de Dios al crear la naturaleza puede ser detectable, de la misma manera que lo es la de un informático que diseña determinado programa. Los sistemas biológicos manifiestan las huellas distintivas de los sistemas diseñados inteligentemente. Poseen características que, en cualquier otra área de la experiencia humana, activarían el reconocimiento de una causa inteligente. Según el DI, los seres vivos no sólo serían el resultado del azar y la necesidad sino, sobre todo, del diseño real y de decisiones sabiamente precisas.

Deseo terminar con una cuestión que me parece relevante. Muchos creen que el diseño en la naturaleza, para ser auténtico, debiera ser también perfecto, benéfico o, cuanto menos, inofensivo. Pero la realidad es que no siempre es así. El cosmos en el que vivimos actualmente es limitado, finito, cambiante y sometido a la ley física de la entropía. Si no se le aplica energía extra, su grado de desorden no disminuye sino que aumenta. Finalmente a los seres vivos les sobreviene la muerte. Por tanto, resulta bastante improbable que el diseño real sortee todos los inconvenientes o satisfaga todos los gustos y las necesidades en un mundo así. Me parece un error la afirmación de que: “el diseño tiene que ser perfecto o no es diseño”. ¿Acaso no pueden darse diseños imperfectos? Más aún, ¿existe el diseño maligno?

Uno de los organismos que hacían dudar a Darwin de la existencia de un Dios bondadoso eran las avispas. En concreto, unas pequeñas avispas del grupo de los icneumónidos ( Ichneumon ) que tienen el hábito de poner sus huevos dentro de los cuerpos vivos de orugas de otros insectos. Así, cuando nacen las larvas de  Ichneumon  disponen de alimento fresco, el cuerpo de sus desafortunados hospedantes, las orugas a las que se comen vivas.

William Dembski, uno de los principales proponentes del DI escribe: “La naturaleza es un morral mezclado. No es el mundo feliz de William Paley en el cual todo estaba en delicada armonía y equilibrio. No es el mundo darwinista ampliamente caricaturizado de la naturaleza roja de sangre en los dientes y en las garras. La naturaleza contiene diseño maligno, diseño mal construido y diseño exquisito. La ciencia necesita comenzar a aceptar el diseño como tal y no despreciarlo…” [1]

La existencia del mal, así como de la injusticia y miseria del mundo actual es un argumento clásico contra la existencia de Dios. Sin embargo, no es la ciencia quien debe dar la respuesta sino la teología, la filosofía o más concretamente la teodicea. Y me consta que lo vienen haciendo casi desde la noche de los tiempos.

 

 

 

[1] Dembski, W.  No Free Lunch,  Rowman y Littlefield, Lanham, 2002, p. 16.

 

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Búsqueda de la verdad científica

Búsqueda de la verdad científica

Por: Antonio Cruz Suárez

La teoría del diseño inteligente propone que las causas naturales por sí solas no pueden explicar la complejidad que muestran ciertas estructuras y funciones de los seres vivos. Acepta, sin embargo, que muchas otras características de la naturaleza han podido originarse mediante el concurso de la selección natural actuando sobre las variaciones al azar, pero niega que la realidad de tal selección elimine la necesidad del diseño. ¿Es posible poner a prueba el diseño inteligente?

Para que una teoría se considere científica es necesario que sus predicciones puedan ser puestas a prueba. Si resulta que éstas no se cumplen en la realidad, la teoría debe considerarse falsa. Pero si lo hacen, y consiguen superar el filtro de la “falsación” sugerido por Karl Popper, entonces la teoría en cuestión es científica. Como es sabido, este famoso filósofo de la ciencia, que se educó en Viena a principios del siglo XX, vivió con intensidad las discusiones intelectuales de su época en torno a dos grandes temas. Uno procedente de la psicología -el psicoanálisis de Freud- y el otro de la política -la lucha de clases de Marx-. Después de escuchar a proponentes y detractores de cada una de estas “teorías científicas”, Popper llegó a la conclusión de estar perdiendo el tiempo. Quienes defendían el psicoanálisis, a pesar de su falta de evidencia, atacaban a los oponentes arguyendo que éstos necesitaban ayuda mental. Por su parte, los que criticaban la teoría económica de Marx eran tildados de burgueses orgullosos e incompetentes. ¿Acaso no había manera de comprobar la veracidad de una teoría?

Fue precisamente una conferencia de Albert Einstein lo que le proporcionó a Popper la respuesta. Después de exponer su teoría de la relatividad general, Einstein no se centró en las evidencias que la apoyaban sino en todo lo contrario. Señaló aquello que, en caso de encontrarse, demostraría sin lugar a dudas que su teoría era falsa. Esta era la diferencia fundamental entre la teoría del gran físico y las de Freud o Marx. Para saber si una teoría es verdaderamente científica no basta con aportar evidencias que la confirmen, es menester también definir un factor clave que, suponiendo que se diera, sería capaz de refutarla por completo. Popper descubrió que esta cualidad de ser rebatibles caracterizaba las teorías genuinas de la ciencia. Una teoría que no presente ningún factor clave capaz de falsearla o rebatirla no puede considerarse científica. Podría tratarse, por el contrario, de una teoría metafísica. Por eso, el psicoanálisis y las teorías económicas de Marx sucumbieron al paso de los años, mientras la teoría de la relatividad general continua explicando la física del universo.

Popper se dio cuenta en seguida que, según este criterio de la falsación, el darwinismo no era tampoco una teoría científica porque no se podía poner a prueba. Es decir, no era contrastable [1] . Y aunque él reconocía las aportaciones positivas de la selección natural al conocimiento científico, concluyó que también se trataba, en realidad, de una teoría metafísica, pues sus predicciones estaban por encima del poder demostrativo de la ciencia. En efecto, cuando el darwinismo afirma que algo pudo haber ocurrido de tal o cual forma, dicha afirmación no constituye una prueba.Únicamente traslada una hipótesis desde el ámbito de la especulación infundada al de la especulación fundamentada en algún dato concreto. Desde luego, podría haber sido así, pero dicha posibilidad no es en sí misma una demostración irrefutable. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia, el darwinismo supone que al poder identificar una determinada forma, estructura o función, aunque ésta sea improbable, toda su especulativa historia evolutiva queda confirmada. Sin embargo, esto no resuelve el problema. Simplemente se trata de una posible explicación que necesita ser evaluada frente a otras interpretaciones.

Los estudios que procuran reconstruir la historia natural suelen tropezar frecuentemente con la pobreza de documentación que sería necesaria para llevarlos a cabo de manera apropiada. Esta escasez de datos genera cierta tendencia perniciosa a recurrir a las grandes teorías, como el darwinismo, y verlas como si fueran leyes de la naturaleza que lo explican todo. Esto hace que muchas interpretaciones que pasan por ser científicas estén constituidas, en realidad, por una parte científica pero por otra mucho más especulativa.Aparecen así justificaciones de todo tipo al estilo de, por ejemplo, “es imposible observar los mecanismos propuestos por el darwinismo ya que ocurren lentamente a lo largo de millones de años”; “el registro fósil no muestra las transiciones necesarias pues es pobre e incompleto”; aunque no sea un buen ejemplo, pues se demostró falso, “el rápido cambio en las famosas polillas del abedul podría ayudar a los escolares a entender el darwinismo”; etc.

Una de las críticas que suele hacerse al diseño inteligente es que no es tampoco una teoría que pueda ponerse a prueba. En opinión de sus detractores, al no hacer predicciones que puedan comprobarse no sería una teoría científica. ¿Se trata quizás de otra teoría metafísica como el darwinismo?

La respuesta es negativa. El diseño inteligente que evidencia el cosmos, a diferencia del darwinismo, sí puede ponerse a prueba. Por ejemplo, si alguien fuera capaz de demostrar “detalladamente” que cualquier sistema irreductiblemente complejo -como los muchos que propone el biólogo Michael Behe- se han podido formar sólo mediante el azar y la casualidad, entonces el diseño inteligente habría sido refutado. El secreto está en la palabra “detalladamente”. No vale aquí decir, por ejemplo, que una determinada estructura que actualmente forma parte de un órgano irreductiblemente complejo -como el ojo, la coagulación sanguínea o el flagelo bacteriano, etc.- y que, por tanto, cumple una función específica en la célula de un ser vivo, podía cumplir otra función distinta en el pasado. Hay que demostrar también que las miles de estructuras y funciones, así como los genes encargados de controlarlas, que acompañan a dicho ejemplo en cuestión formaron parte también de otras cosas diferentes y que paulatinamente fueron cambiando al azar hasta convertirse en lo que ahora son. ¿Sirvieron todas las moléculas y células de un ojo para otras funciones ajenas a la visión? ¿Se transformaron gradualmente gracias a la selección natural en lo que son hoy? ¿Es posible demostrar “detalladamente” algo así? Si alguien lo hiciera habría acabado para siempre con la teoría del diseño inteligente.

A diferencia del darwinismo, el diseño inteligente es experimentable. Es decir, se puede poner a prueba y ver si es falso o no. Cualquier investigador que demuestre que los sistemas irreductiblemente complejos no existen, o que se han originado al azar, habrá rebatido por completo la teoría. Pero si esto no se consigue, si determinadas estructuras de los organismos se empeñan en evidenciar diseño real, entonces resulta que es el darwinismo el que queda cuestionado.

A veces, algunos biólogos afirman que la teoría de Darwin está tan sólidamente establecida como la teoría de la relatividad general de Einstein. Sin embargo, ¿cuántos físicos están dispuestos a decir lo mismo?

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Dios los bendiga.


¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

Antonio Cruz Suárez

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No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común.

¿Puede considerarse científica la idea de que el universo y la vida fueron diseñados por un creador inteligente? ¿Es posible hacer ciencia en base a tal planteamiento? O, como creen muchos, esta cuestión quedaría fuera del ámbito de las investigaciones humanas y no tendría ningún sentido formulársela ya que, desde la perspectiva del darwinismo, todo diseño en la naturaleza sería sólo aparente pero no real.

Según la filosofía naturalista, la apariencia que poseen los seres vivos, así como la materia y las leyes del cosmos, de haber sido diseñados inteligentemente, se debería tan sólo a un espejismo de los sentidos humanos pues, en realidad, todo sería obra de la selección natural, ciega y sin propósito, actuando sobre la materia inanimada o sobre las mutaciones fortuitas en los diversos genomas de los organismos.

Ahora bien,¿y si la propia evidencia científica mostrara la existencia de órganos o funciones biológicas complejas que no pudieran haberse formado de ninguna manera mediante el tipo de transformaciones que requiere el darwinismo? ¿Qué se debería pensar si la filosofía evolucionista ofrece unas explicaciones, pero los últimos descubrimientos científicos sugieren otras completamente diferentes? Por ejemplo, la bioquímica y la citología modernas han evidenciado que las principales macromoléculas de los seres vivos, como el ADN y el ARN, así como casi todas las funciones celulares importantes, apuntan en la dirección de algún tipo de inteligencia original que lo habría diseñado todo. Es matemáticamente imposible que la compleja información que poseen tales estructuras se haya originado al azar, sin propósito ni planificación previa alguna.

Durante más de dos milenios, la mayor parte de los pensadores y científicos del mundo estuvieron convencidos de que el universo había sido diseñado. Esta idea de diseño no interfirió negativamente en su tarea investigadora. Al contrario, entendían que el cosmos podía ser comprendido racionalmente porque había sido creado de manera inteligente. La ciencia era posible debido al orden y la comprensibilidad propia de la naturaleza que facilitaba su estudio. El cosmos era inteligible precisamente por haber sido creado de forma inteligente. En este sentido, Isaac Newton, manifestó: “Este sistema tan bello del Sol, los planetas y los cometas solamente podría proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso” [1] . Otros hombres de ciencia como Copérnico, Galileo, Kepler, Pascal, Faraday o Kelvin, eran de la misma opinión. ¿Acaso no avanzó la ciencia gracias a estos partidarios del diseño inteligente?

En ocasiones se sugiere que la creencia en el diseño impediría el progreso científico ya que ante cualquier problema el investigador podría encogerse de hombros y decir “Dios lo creó así” y el fantasma del Dios tapagujeros sería el recurso fácil que frenaría la ciencia para siempre. Sin embargo, no parece que la ciencia se paralizara debido a las convicciones acerca del diseño de aquellos grandes hombres que la forjaron.Más bien se aceleró en grado sumo.

Semejante convicción teísta imperó en Occidente hasta que Darwin, a mediados del siglo XIX, la cuestionó. En su opinión, según hemos dicho, el diseño sería una apariencia creada por el concurso de la selección natural sobre las variaciones al azar. A finales del siglo XX, el famoso biólogo ateo, Richard Dawkins, incluso llegó a inventarse una palabra para describir tal apariencia de diseño e introdujo el término “designoide” [2]  o falso diseño.Muchas personas creen hoy en este concepto darwinista reformulado por Dawkins. Están convencidas que la ciencia depende de semejante suposición naturalista y que para ser un buen científico hay que comulgar con dicha fe.

No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común. Ante las múltiples evidencias de órganos, estructuras y funciones biológicas complejas que presentan una elevada cantidad de información, decir que “la evolución las originó lentamente de alguna manera” es como apelar a la “evolución tapagujeros”. Afirmar simplemente que “la evolución las hizo”, sin aportar pruebas concluyentes, puede frenar tanto el avance de la ciencia como decir que quien las creó fue Dios. Se trata de un argumento que puede usarse indistintamente en ambos casos.

Es lógico que aquél científico partidario del diseño real en la naturaleza centre sus investigaciones en determinadas hipótesis previas, mientras que el darwinista lo haga en otras diferentes. Si un investigador estudia, por ejemplo, el origen de la fonación o la capacidad para hablar y emitir sonidos articulados, desde la perspectiva darwinista, es probable que se centre en la anatomía de las diferentes laringes y lenguas en los primates superiores, así como en la estructura de los cráneos de sus posibles fósiles y los compare con los análogos humanos. Trataría de comprender cómo el puro azar pudo transformar una laringe muda en otra capaz de hablar. Por su parte, el científico partidario del Diseño inteligente se centraría más en estudiar los patrones que gobiernan el origen embrionario de la laringe humana y su desarrollo. Si la capacidad para hablar, propia de los humanos, es un sistema que fue concebido de manera inteligente debería haber un patrón detectable. Posiblemente existirían genes en las personas que controlarían dicha capacidad que no estarían presentes en los simios. ¿Cuál de las dos líneas de investigación sería la correcta?

Desde luego, si no existe diseño real en la naturaleza, las investigaciones del científico partidario del DI constituirían un freno para la ciencia. Pero si, por el contrario, el diseño es real, entonces resulta que el darwinismo sería la hipótesis previa que estaría frenando el avance del conocimiento científico. Y, por tanto, únicamente el estudio serio de ambas posibilidades podrá determinar cuál de las dos es la verdadera.

Suponer, como suele hacerse habitualmente, que el darwinismo es el único punto de vista adecuado para la ciencia, es reconocer abiertamente que el naturalismo metodológico es la única idea previa válida. Este método significa que la ciencia sólo debe buscar causas naturales en los fenómenos observados. Y tal idea implica que el diseño queda automáticamente descartado de cualquier investigación científica porque si Dios diseñó al principio, evidentemente lo hizo de forma sobrenatural. De manera que hoy un científico tiene que ser darwinista porque, si no lo es, se considera que tampoco es científico. Todo investigador debe rechazar de entrada la idea del diseño, si quiere seguir siendo respetado por sus colegas y ver que sus trabajos se continúan publicado en revistas de prestigio. ¿Es razonable semejante eliminación  a priori ? ¿y si, después de todo, un Ser inteligente hubiera diseñado, tal como afirma la Biblia?

Aunque no todos lo admitan, es evidente que el darwinismo es también una postura que se fundamenta en la fe. Incluso la suposición “científica” de que todos los fenómenos observados en la naturaleza se deben siempre a causas naturales, se basa en la fe de los científicos que la profesan. Esta idea no ha sido descubierta en base a la evidencia. Es algo que se acepta por fe. Por ejemplo, es interesante ver cómo reacciona el darwinismo cuando se enfrenta a un serio problema para su teoría, como es el de las importantes lagunas del registro fósil. El famoso paleontólogo evolucionista, Stephen Jay Gould, tuvo la honradez de reconocer dicho inconveniente de la falta de fósiles de transición y proponer la teoría de los equilibrios puntuados para explicarlo. Aunque, lo cierto es que su teoría crea más interrogantes de los que soluciona. No obstante, a excepción de Gould, el darwinismo nunca ha considerado que la ausencia de tales fósiles intermedios constituya un problema. Se “sabe” que deben estar ahí en alguna parte. Si no se han descubierto es porque no se ha buscado suficientemente, pero ya saldrán. Los ancestros y las transiciones necesarias tuvieron que existir, por tanto, es mejor ignorar la ausencia de evidencia fósil. Tenemos la obligación moral de perseverar en aquello que, a todas luces, resulta improbable para continuar protegiendo el darwinismo porque al final éste recompensará el esfuerzo de nuestra creencia. ¿No es esto fe ciega en el darwinismo? Se descarta de entrada al diseñador inteligente y se deposita la fe en los procesos azarosos de la propia naturaleza. El darwinismo cree que no existe tal diseñador o, cuanto menos, que resulta innecesario. Pero, este planteamiento naturalista, ¿no puede convertirse también en un freno para la ciencia?

Por su parte, el Diseño inteligente no niega que se haya dado la selección natural, lo que no acepta es que ésta elimine la necesidad del diseño. Tampoco afirma que la Tierra fuera creada en seis días literales, ni se refiere a la naturaleza del diseñador. Más bien, afirma que el cosmos está constituido por leyes, azar y diseño; que éste se puede detectar por medio de métodos estadísticos y que algunas características naturales, como la complejidad irreductible, demuestran claramente diseño. Hay que seguir la evidencia hasta donde nos lleve. ¿Y si ésta nos sugiere diseño? ¿Habrá que cambiar las bases metodológicas de la ciencia? El tiempo nos lo dirá.


   [1] Citado por Charles Thaxton en escrito para el  Cosmic Pursuit,  1 de marzo de 1998. Ver http://www.arn.org/docs/thaxton/ct_newdesign3198.htm.
 [2] Richard Dawkins,  Escalando el monte improbable,  Tusquets, 1998.
Nota del administrador: Este Post fue tomado de http://www.protestantedigital.com