El dios Azar y sus Cuatro Jinetes

El dios Azar y sus Cuatro Jinetes

Ateos.

Por: Antonio Cruz Suárez

La fe que tiene Dawkins en el dios Azar es tan fuerte como la de los creyentes en el Dios creador, aunque él se niegue a llamarle fe

Vivimos en una época en la que la verdad se ha relativizado y las cosas se juzgan más por su cantidad que por su autenticidad. A fuerza de repetir una mentira, ésta puede convertirse en verdad aceptada por la mayor parte de la sociedad. Y al revés también, las grandes verdades de siempre pueden ser arrinconadas e ignoradas hasta transformarse en reliquias del pasado sin relevancia social en el presente.

Muchas de las afirmaciones del cristianismo entrarían dentro de esta segunda categoría. La fe en Jesucristo y los valores para la vida del ser humano que de ella se desprenden, están siendo cuestionados y atacados en la actualidad. No solamente por parte de ciertos fanatismos religiosos, como el procedente de algunos grupos extremistas islámicos, sino también por otro tipo de fanatismo antirreligioso, el de unos intelectuales anglo-americanos que se hacen llamar: Los Cuatro Jinetes. Me refiero a Richard Dawkins, Sam Harris, Christopher Hitchens y Daniel Dennet. No son los únicos pero sí los más vehementes y significativos. Durante las últimas décadas, estos militantes del ateísmo radical han venido produciendo montones de best-sellers y DVDs con el único propósito de acometer contra la religión y, en particular, contra la visión cristiana de la vida. Algunos de sus títulos más característicos traducidos al español son:  El espejismo de Dios  (R. Dawkins);  El fin de la fe  (S. Harris); Dios no es bueno: alegato  (C. Hitchens) y  Rompiendo el conjuro  (D. Dennet). Es curioso, pero del gran número de libros escritos por creyentes que responden a estas obras ateas en inglés, sólo un pequeñísimo porcentaje ha sido publicado también en nuestro idioma. ¿Hay motivos para la preocupación?

En mi opinión, no y sí. Me explico. Si hacemos caso a los especialistas, sobre todo, a los filósofos y teólogos de prestigio, toda la propaganda que realizan estos predicadores del ateísmo se apoya en unos argumentos sumamente endebles. La calidad de sus razonamientos, cuando hablan de Dios y de los orígenes, es tan baja que parece propia de alumnos de secundaria (¡con perdón para éstos últimos!). Desde semejante perspectiva, no habría por qué preocuparse ya que las razones que ofrecen, hace ya bastante tiempo que fueron bien replicadas y superadas por el pensamiento filosófico-teológico. Además, parece que la virulencia con que arremeten contra la religión avergüenza incluso a los propios pensadores ateos tradicionales. Esto contribuye a que no gocen de la aprobación del gran público sino solamente de un sector previamente sensibilizado.

No obstante, como la cultura contemporánea valora más la cantidad que la calidad, pienso que sí hay motivos para la preocupación. Muchas de estas publicaciones ateas han hecho que algunos creyentes, jóvenes y no tan jóvenes, pierdan su fe. Al sobreestimar la insistencia y la elocuencia de algunos de estos paladines del nuevo ateísmo por encima de la veracidad y la lógica de sus proposiciones, un cierto sector de la población actual sucumbe a los cantos de sirena del cientifismo descreído. Sobre todo los jóvenes universitarios. Y esto, sí me parece preocupante. Creo que en estos momentos todo esfuerzo argumentativo por parte de los creyentes, en defensa de la fe cristiana, resulta absolutamente necesario para paliar la situación que se está viviendo en el mundo universitario de Occidente. Hoy, como siempre, estamos obligados a seguir realizando una apologética de calidad que sea capaz de contrarrestar la perniciosa visión del mundo que se desprende del ateísmo.

Aunque se pudiera pensar que ponerse a discutir sobre la existencia de Dios, o la veracidad del cristianismo, con alguien que no acepta ninguna de estas realidades, es una auténtica pérdida de tiempo, con todo, creo que quienes pretendemos seguir a Cristo estamos llamados a presentar en todo momento defensa de nuestra fe. Desde luego, con arreglo a nuestras posibilidades. En este sentido, quisiera referirme a un tema que me llama poderosamente la atención y que se desprende del libro,  El espejismo de Dios,  de Richard Dawkins. Este autor manifiesta insistentemente que no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, con el fin de desmentir dicha realidad trascendente, se ve obligado a crear otro dios a su medida. El “dios Azar” se convierte así en el objeto de su fe y esperanza, al que le dedica una considerable devoción. En el fondo, se trata de una especie de anti-dios convertido -de manera equivocada según veremos- en divinidad laica.

Una confusión importante en la que incurre con frecuencia Dawkins es tratar lo “imposible” como si sólo fuera “improbable”. En  El espejismo de Dios  escribe: “En un extremo del espectro de improbabilidades están aquellos eventos probables que nosotros llamamos imposibles. Los milagros son eventos que son extremadamente improbables.” [1]  Mediante esta extraña frase, intenta convencer a sus lectores de que lo imposible es en realidad sólo extremadamente improbable. Esto le hace caer en la contradicción de afirmar que lo imposible, por absurdo que parezca, es posible. El origen de la vida a partir de la materia inorgánica entraría dentro de esta posibilidad. Cualquier cosa sería posible en la naturaleza, por muy improbable que fuera, excepto, por supuesto, la existencia de Dios y los milagros. ¿Por qué? Pues porque, en su opinión, tales cosas serían tan poco probables como la existencia de hadas o gnomos correteando por cualquier bosque.

Dawkins se refiere a las distintas opiniones humanas acerca de la existencia del Sumo Hacedor y propone un espectro de siete probabilidades que irían desde el teísmo fanático al ateísmo radical. Él se confiesa ateo  de facto  y se incluye en la sexta opinión: “No estoy totalmente seguro, más pienso que es muy improbable que Dios exista y vivo mi vida en la suposición de que Él no está ahí.” [2]  Pues bien, esta manera de intentar resolver la existencia de Dios como un simple cálculo de probabilidades es el principal error que atraviesa toda la obra atea de Dawkins.

La existencia de Dios no es cuestión de probabilidades. Él existe o no existe. No podemos tratarlo como si se fuese un ser físico o un fenómeno perteneciente al mundo natural. Lo que entra en el ámbito de las probabilidades son aquellas cosas que se consideran contingentes, es decir, que no tienen por qué existir necesariamente. De hecho, todo es contingente menos Dios que es necesario. El universo existe pero podría no haber existido, por tanto es contingente. Pero Dios, si existe, es necesario y eterno por definición. Esta matización, desde luego, no demuestra que su existencia sea real pero deja claro que existir eternamente y ser Dios son conceptos inseparables. Por tanto, es tan absurdo preguntarse “¿cuál es la probabilidad de que Dios exista?” como cuestionarse “¿cuál es la probabilidad de que los gnomos del bosque lleven un gorro rojo?”.

Otra cosa distinta sería aplicar la probabilidad a los argumentos acerca de la existencia del Creador. Éstos pueden ser más o menos acertados y, por tanto, sería correcto establecer categorías entre los más o menos probables. Pero, lo que hace Dawkins carece por completo de sentido ya que trata a Dios como si éste fuera un pedazo cualquiera de la naturaleza y no un ser trascendente. Esto le lleva a cosas tan absurdas como preguntarse quién creó a Dios o usar métodos estadísticos para verificar su existencia. En realidad, su problema es que sabe muy poco acerca del Dios que intentar rebatir. Por el contrario, usa su ilimitada fe en el azar para ofrecer explicaciones materialistas de aquellos acontecimientos que cualquier persona en su sano juicio atribuiría a una causa sobrenatural. Su razonamiento confuso entre lo posible y lo imposible es como un juego de prestidigitación intelectual con el que pretende convencer a la gente para que crea que la aparición de la vida sobre la Tierra no requiere para nada de un Dios creador.

Veamos cómo argumenta acerca del origen de la vida. Después de reconocer que hay dos hipótesis para explicarlo: la del diseño y la científica (como si la primera no se dedujera también de los últimos datos de la ciencia), asegura que la hipótesis científica es la única estadística ya que los investigadores invocan la magia de los grandes números. “Se ha estimado que hay entre mil y treinta mil millones de planetas en nuestra galaxia, y cerca de cien mil millones de galaxias en el Universo. (…) Supongamos que ( el origen de la vida ) fue tan improbable como para ocurrir solo en uno entre mil millones de planetas. (…) Y aun así… incluso con esas absurdamente bajas posibilidades, la vida habría surgido en un billón de planetas -de los que la Tierra, por supuesto, es uno de ellos-.” [3]  Esta conclusión resulta tan sorprendente que la vuelve a repetir para que el lector se la crea. ¿Está Dawkins en lo cierto? ¿Ha aparecido la molécula de ADN, y por consiguiente la vida, en mil millones de planetas por todo el universo?

Semejante conclusión resulta tan sorprendente por la sencilla razón de que se basa en un razonamiento equivocado. Se trata de un argumento insostenible a la luz de las reglas de la lógica. Éstas dicen que no se puede dar por supuesto aquello que se debe probar. Que la molécula de ADN y la primera célula viva se hayan construido espontáneamente por azar es algo que se tendría que demostrar, no darlo por supuesto. Hay que preguntarse si eso es posible o no, antes de plantearse si es más o menos probable. Porque si es imposible que la tremenda complejidad de la más simple célula se originara en la Tierra por casualidad, a partir de elementos químicos sencillos, el hecho de añadir un billón o un trillón de posibles planetas, no cambia dicha imposibilidad en nada. No importa la cantidad de planetas similares al nuestro que pueda haber en todo el universo. Si algo es imposible, no ocurrirá nunca. Y este es el error que comete Dawkins, dar por hecho que lo imposible es solamente algo muy improbable, pero que puede ocurrir. Cuando, en realidad, no es así.

Aunque se aceptase incluso que el ADN, o alguna otra molécula parecida, ha podido formarse únicamente por azar, continuaría siendo equívoco y excesivo suponer una posibilidad en mil millones. Si esto fuera así, no habría tanto escepticismo entre los especialistas que estudian el origen de la vida porque, en realidad, cuando se hacen bien los cálculos los resultados son aún más aterradores. Por ejemplo, si pensamos en una pequeña cadena de ADN de tan sólo cien bases nitrogenadas de longitud, que sería muchísimo más corta que las que posee cualquier célula, la probabilidad de obtener determinada combinación es alucinante. Una de cada cuatro elevado a cien. Esto significa que los cálculos de Dawkins son excesivamente optimistas, pues considera que una cadena de ADN favorable podría surgir por azar con la probabilidad de una en mil millones. Es decir, una en una cantidad equivalente a un uno seguido por nueve ceros. Pero resulta que, en realidad, ¡es una en un 1’6 seguido por 59 ceros! [4]  No hace falta ser matemático para darse cuenta de la diferencia de ceros. Pero además, resulta que el ADN no sirve de nada sin las proteínas y la probabilidad combinada de la aparición por azar de las proteínas necesarias para que la célula más simple funcione es prácticamente incalculable.

La fe que tiene Dawkins en el dios Azar es tan fuerte como la de los creyentes en el Dios creador, aunque él se niegue a llamarle fe. Su deseo de eliminar al verdadero Creador le lleva a admitir cosas tan absurdas, como que lo imposible es posible. ¿Por qué una persona tan inteligente como él manifiesta tanta devoción hacia el huidizo dios Azar? No lo sé. Habría que averiguar en los entresijos de su alma. Pero lo que está claro es que prefiere creer en cualquier cosa, antes que en el Dios que se revela en la Biblia.

 [1] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB ,  p. 339.

 

[2] Ibid.,  p. 48.

 

[3] Ibid.,  p. 125. (Hay que tener en cuenta que “un billón”, en inglés, son “mil millones” y no “un millón de millones”, como en español).

 

[4] Hahn S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 43.

 


¿Por qué creyó el más famoso ateo en Dios?

¿Por qué creyó el más famoso ateo en Dios?

Will Graham

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Se cumplen diez años de la conversión al teísmo de Anthony Flew, el intelectual ateo más prominente del siglo XX.

Este año marca el décimo aniversario de la conversión intelectual del ateo más prominente del siglo XX, a saber, el filósofo inglés Anthony Flew (1923-2010). Después de dedicar su vida a la propagación del ateísmo, Flew causó revuelo en el mundo académico anglosajón cuando llegó a profesar fe en un Dios creador públicamente a finales del 2004.

Esta noticia tan significativa a nivel internacional, sin embargo, apenas fue anunciada por la prensa española. Francisco José Soler Gil lamenta este hecho: “Diarios como el  New York Times  dedicaron extensos artículos a comentar el último libro de Flew, y a tomar partido en la discusión acerca de esta obra. Mientras que, en España, la noticia apenas si trascendió de las páginas de Internet dedicadas a la información religiosa. Y algo muy parecido ocurrió tras la muerte de Flew en 2010”. La tendencia actual en España es traducir los libros ateos en seguida al castellano pero la erudición teísta es pasada por alto. ¿Por qué será?

La traducción de la última obra de Flew,  Dios existe  (Editorial Trotta, 2012) ha sido todo un logro. Se trata de un libro pequeño, publicado en el 2007, en el cual Flew cuenta la historia completa de su conversión intelectual. Está repleto de datos autobiográficos; pero lo más interesante son las tres razones que ofrece para explicar su cambio tan radical de cosmovisión. Estos argumentos ocupan el lugar central del tomo. ¿Cuáles son? Respuesta: 1) los orígenes de las leyes de la naturaleza; 2) los orígenes de la vida; y 3) los orígenes del universo.

En el artículo de hoy, queremos analizar cada uno de estos tres puntos del filósofo inglés para demostrar la veracidad de la observación hecha recientemente por nuestro querido apologeta español Antonio Cruz, “Yo creo que la ciencia contemporánea hace que cada vez sea más difícil ser un ateo intelectualmente satisfecho”.

1.- Los orígenes de las leyes de la naturaleza (capítulos 5 y 6)
Flew estima que el argumento del diseño inteligente es sumamente persuasivo. La existencia de leyes (es decir, simetría/ regularidades) en la naturaleza revela una mente divina detrás de ellas. Estas mismas leyes, explica el inglés, llevaron a Albert Einstein y a los padres de la física cuántica (entre otros) a postular el concepto de la Mente de Dios. En una entrevista con Benjamin Wiker, confesó Flew, “Tenía que haber una Inteligencia detrás de la complejidad integrada del universo físico”. [1] 

Es como si el universo supiera que veníamos. Comenta el filósofo, “Se ha calculado que si el valor de solo una de las constantes fundamentales […] hubiese sido ligerísimamente diferente, no se hubiese podido formar ningún planeta capaz de permitir la evolución de la vida humana”. [2]  La única posible explicación de tal ajuste fino se debe al diseño divino. Por esta razón Flew reprende a los ateos contemporáneos que niegan la idea de un Diseñador y proponen- en su lugar- la idea especulativa del multiverso.

La teoría del multiverso enseña que hay una infinidad de universos como el nuestro en existencia y se ha dado la casualidad (¡vamos, casualidad con ‘c’ mayúscula!) de que la vida ha aparecido justamente en nuestro universo. Apelando al físico Paul Davies y al filósofo Richard Swinburne, Flew tacha esta teoría como disparatada, especulativa y filosóficamente vacía. En palabras de Swinburne, “Es una locura postular un trillón de universos (causalmente desconectados entre sí) para explicar los rasgos de un solo universo, cuando postular una sola entidad (Dios) solucionaría el problema”. [3]  Y de todas formas, aun si la teoría del multiverso fuera cierta, tampoco podría explicar el origen de las leyes de la naturaleza.

Concluye Flew, “Así que, haya o no multiverso, todavía tenemos que habérnoslas con la cuestión del origen de las leyes de la naturaleza. Y la única explicación viable es la Mente divina”. [4]  Las leyes de la naturaleza, por tanto, dan testimonio de la existencia de un Dios ordenador/ creador.

2.- Los orígenes de la vida (capítulo 7)
Otra cosa que Flew no podía explicar a partir de una cosmovisión atea fue el origen de la vida en sí. ¿Cómo es que surgió y se conservó la vida en nuestro planeta? Una cosa es tener leyes físicas que permiten la existencia de la vida; pero otra cosa es la aparición de la vida en sí. Y no estamos hablando de cualquier tipo de vida; sino vida inteligente. Flew se pregunta, “¿Cómo puede un universo hecho de materia no pensante producir seres dotados de fines intrínsecos, capacidad de autorreplicación y una ‘química codificada’?” [5]  Tales preguntas constituyen un gran desafío científico e intelectual para el ateísmo del siglo XXI.

En términos sencillos, el materialismo no es capaz de explicar tantas señales de inteligencia de forma satisfactoria. Intenta refugiarse bajo el lema de reacciones químicas. No obstante, el ADN (ácido desoxirribonucleico) y el ARN (ácido ribonucleico) han revelado que la vida se trata de muchísimo más que una simple serie de reacciones químicas. En todas las células hay un código genético asombroso que almacena una cantidad compleja de información. ¿De dónde viene esta información si todo es fruto de materia no pensante y no inteligente? Como explica Paul Davies, “El problema de cómo esta información significativa o semántica pudo surgir de una colección de moléculas no inteligentes, sometidas a fuerzas ciegas y carentes de propósito, supone un profundo desafío conceptual”. [6] 

¿Cómo es que semejante vida puede existir en este planeta? Flew lo tiene bien claro, “La única explicación satisfactoria de esta vida orientada hacia propósitos y autorreplicante que vemos en la Tierra es una Mente infinitamente inteligente”. [7] 

3.- La existencia del universo (capítulo 8)
Flew no solamente se quedó perplejo ante las leyes de la naturaleza y la vida inteligente que existía en la Tierra, sino que la existencia del cosmos también le llevó a Dios. Puesto que nada viene de la nada, todo tiene que venir de algo. El universo es algo que requiere una explicación.

El punto clave en este sentido para Flew fue el descubrimiento de la teoría del Big Bang. En términos autobiográficos, recalca nuestro filósofo que, “Cuando, siendo aún ateo, me enfrenté por primera vez a la teoría del Big Bang, me pareció que esta teoría cambiaba mucho las cosas, pues sugería que el universo había tenido un comienzo y que la primera frase del Génesis […] estaba relacionada con un acontecimiento real. Mientras pudimos albergar la cómoda idea de que el universo no había tenido un comienzo ni tendría un final, fue fácil considerar su existencia (y sus rasgos más fundamentales) como hechos brutos. Y, si no había razón para pensar que el universo tuvo un comienzo, no había necesidad de postular otro ente que lo hubiera producido.

Pero la teoría del Big Bang cambió todo esto. Si el universo había tenido un comienzo, pasaba a ser totalmente razonable, incluso inevitable, preguntar qué había producido ese comienzo. Esto alteraba radicalmente la situación […] Reconocí también que los creyentes podrían, con toda razón, acoger la cosmología del Big Bang como algo que tendía a confirmar su creencia previa en que “en el principio” Dios creó el universo”. [8] 

La incapacidad de la ciencia a la hora de entender la causa del Big Bang condujo a Flew al postulado de Dios. Ya no era posible seguir creyendo en la eternidad de la materia. El Big Bang enseña que todo surgió a partir de algo. Y ese algo tenía que ser inmensamente grande. Y ese algo inmensamente grande es Dios.

Conclusión
Estas, pues, son las tres razones principales por las que Flew renunció su ateísmo y se hizo deísta: los orígenes de las leyes de la naturaleza, los orígenes de la vida y los orígenes del cosmos. No podía refutar la evidencia de la ciencia contemporánea. Por eso explica que, “En resumen, mi descubrimiento de lo divino ha sido una peregrinación de la razón, y no de la fe”. [9] 

De esta forma vemos que la ciencia y la fe no se pueden considerar como enemigas sino como compañeras de milicia que procuran dar a conocer algo más de la gloria de Dios. Para citar a Antonio Cruz de nuevo, “Teología y ciencia constituyen así mecanismos legítimos para la búsqueda de conocimiento verdadero. La primera, intenta aproximarse al carácter y propósito de Dios revelado en la Biblia, mientras que la segunda se preocupa por las leyes y mecanismos que rigen el universo creado por ese mismo Dios”. [10] 

La ciencia da testimonio de Dios y gracias a este testimonio, Flew estaría celebrando hoy su decimo cumpleaños como creyente en el Dios creador.

 


   [1] Se puede leer la entrevista entera haciendo clic en el siguiente enlace en  Protestante Digital:  www.protestantedigital.com/ES/Magacin/articulo/2734/La-conversion-de-flew-el-amigo-ateo-de-cs-lewis (12.01.2008)
   [2] FLEW, Anthony,  Dios existe  (Trotta: Madrid, 2012), p. 104.
   [3] Ibíd., p. 107
   [4] Ibíd., p. 108.
   [5] Ibíd., p. 110.
   [6] Ibíd., p. 113.
   [7] Ibíd., p. 115.
   [8] Ibíd., p. 119.
   [9] Ibíd., p. 90.
   [10] CRUZ, Antonio,  La ciencia encuentra a Dios  (Clie: Barcelona, 2004), p. 65.
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Búsqueda de la verdad científica

Búsqueda de la verdad científica

Por: Antonio Cruz Suárez

La teoría del diseño inteligente propone que las causas naturales por sí solas no pueden explicar la complejidad que muestran ciertas estructuras y funciones de los seres vivos. Acepta, sin embargo, que muchas otras características de la naturaleza han podido originarse mediante el concurso de la selección natural actuando sobre las variaciones al azar, pero niega que la realidad de tal selección elimine la necesidad del diseño. ¿Es posible poner a prueba el diseño inteligente?

Para que una teoría se considere científica es necesario que sus predicciones puedan ser puestas a prueba. Si resulta que éstas no se cumplen en la realidad, la teoría debe considerarse falsa. Pero si lo hacen, y consiguen superar el filtro de la “falsación” sugerido por Karl Popper, entonces la teoría en cuestión es científica. Como es sabido, este famoso filósofo de la ciencia, que se educó en Viena a principios del siglo XX, vivió con intensidad las discusiones intelectuales de su época en torno a dos grandes temas. Uno procedente de la psicología -el psicoanálisis de Freud- y el otro de la política -la lucha de clases de Marx-. Después de escuchar a proponentes y detractores de cada una de estas “teorías científicas”, Popper llegó a la conclusión de estar perdiendo el tiempo. Quienes defendían el psicoanálisis, a pesar de su falta de evidencia, atacaban a los oponentes arguyendo que éstos necesitaban ayuda mental. Por su parte, los que criticaban la teoría económica de Marx eran tildados de burgueses orgullosos e incompetentes. ¿Acaso no había manera de comprobar la veracidad de una teoría?

Fue precisamente una conferencia de Albert Einstein lo que le proporcionó a Popper la respuesta. Después de exponer su teoría de la relatividad general, Einstein no se centró en las evidencias que la apoyaban sino en todo lo contrario. Señaló aquello que, en caso de encontrarse, demostraría sin lugar a dudas que su teoría era falsa. Esta era la diferencia fundamental entre la teoría del gran físico y las de Freud o Marx. Para saber si una teoría es verdaderamente científica no basta con aportar evidencias que la confirmen, es menester también definir un factor clave que, suponiendo que se diera, sería capaz de refutarla por completo. Popper descubrió que esta cualidad de ser rebatibles caracterizaba las teorías genuinas de la ciencia. Una teoría que no presente ningún factor clave capaz de falsearla o rebatirla no puede considerarse científica. Podría tratarse, por el contrario, de una teoría metafísica. Por eso, el psicoanálisis y las teorías económicas de Marx sucumbieron al paso de los años, mientras la teoría de la relatividad general continua explicando la física del universo.

Popper se dio cuenta en seguida que, según este criterio de la falsación, el darwinismo no era tampoco una teoría científica porque no se podía poner a prueba. Es decir, no era contrastable [1] . Y aunque él reconocía las aportaciones positivas de la selección natural al conocimiento científico, concluyó que también se trataba, en realidad, de una teoría metafísica, pues sus predicciones estaban por encima del poder demostrativo de la ciencia. En efecto, cuando el darwinismo afirma que algo pudo haber ocurrido de tal o cual forma, dicha afirmación no constituye una prueba.Únicamente traslada una hipótesis desde el ámbito de la especulación infundada al de la especulación fundamentada en algún dato concreto. Desde luego, podría haber sido así, pero dicha posibilidad no es en sí misma una demostración irrefutable. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia, el darwinismo supone que al poder identificar una determinada forma, estructura o función, aunque ésta sea improbable, toda su especulativa historia evolutiva queda confirmada. Sin embargo, esto no resuelve el problema. Simplemente se trata de una posible explicación que necesita ser evaluada frente a otras interpretaciones.

Los estudios que procuran reconstruir la historia natural suelen tropezar frecuentemente con la pobreza de documentación que sería necesaria para llevarlos a cabo de manera apropiada. Esta escasez de datos genera cierta tendencia perniciosa a recurrir a las grandes teorías, como el darwinismo, y verlas como si fueran leyes de la naturaleza que lo explican todo. Esto hace que muchas interpretaciones que pasan por ser científicas estén constituidas, en realidad, por una parte científica pero por otra mucho más especulativa.Aparecen así justificaciones de todo tipo al estilo de, por ejemplo, “es imposible observar los mecanismos propuestos por el darwinismo ya que ocurren lentamente a lo largo de millones de años”; “el registro fósil no muestra las transiciones necesarias pues es pobre e incompleto”; aunque no sea un buen ejemplo, pues se demostró falso, “el rápido cambio en las famosas polillas del abedul podría ayudar a los escolares a entender el darwinismo”; etc.

Una de las críticas que suele hacerse al diseño inteligente es que no es tampoco una teoría que pueda ponerse a prueba. En opinión de sus detractores, al no hacer predicciones que puedan comprobarse no sería una teoría científica. ¿Se trata quizás de otra teoría metafísica como el darwinismo?

La respuesta es negativa. El diseño inteligente que evidencia el cosmos, a diferencia del darwinismo, sí puede ponerse a prueba. Por ejemplo, si alguien fuera capaz de demostrar “detalladamente” que cualquier sistema irreductiblemente complejo -como los muchos que propone el biólogo Michael Behe- se han podido formar sólo mediante el azar y la casualidad, entonces el diseño inteligente habría sido refutado. El secreto está en la palabra “detalladamente”. No vale aquí decir, por ejemplo, que una determinada estructura que actualmente forma parte de un órgano irreductiblemente complejo -como el ojo, la coagulación sanguínea o el flagelo bacteriano, etc.- y que, por tanto, cumple una función específica en la célula de un ser vivo, podía cumplir otra función distinta en el pasado. Hay que demostrar también que las miles de estructuras y funciones, así como los genes encargados de controlarlas, que acompañan a dicho ejemplo en cuestión formaron parte también de otras cosas diferentes y que paulatinamente fueron cambiando al azar hasta convertirse en lo que ahora son. ¿Sirvieron todas las moléculas y células de un ojo para otras funciones ajenas a la visión? ¿Se transformaron gradualmente gracias a la selección natural en lo que son hoy? ¿Es posible demostrar “detalladamente” algo así? Si alguien lo hiciera habría acabado para siempre con la teoría del diseño inteligente.

A diferencia del darwinismo, el diseño inteligente es experimentable. Es decir, se puede poner a prueba y ver si es falso o no. Cualquier investigador que demuestre que los sistemas irreductiblemente complejos no existen, o que se han originado al azar, habrá rebatido por completo la teoría. Pero si esto no se consigue, si determinadas estructuras de los organismos se empeñan en evidenciar diseño real, entonces resulta que es el darwinismo el que queda cuestionado.

A veces, algunos biólogos afirman que la teoría de Darwin está tan sólidamente establecida como la teoría de la relatividad general de Einstein. Sin embargo, ¿cuántos físicos están dispuestos a decir lo mismo?

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Dios los bendiga.


¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

Antonio Cruz Suárez

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No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común.

¿Puede considerarse científica la idea de que el universo y la vida fueron diseñados por un creador inteligente? ¿Es posible hacer ciencia en base a tal planteamiento? O, como creen muchos, esta cuestión quedaría fuera del ámbito de las investigaciones humanas y no tendría ningún sentido formulársela ya que, desde la perspectiva del darwinismo, todo diseño en la naturaleza sería sólo aparente pero no real.

Según la filosofía naturalista, la apariencia que poseen los seres vivos, así como la materia y las leyes del cosmos, de haber sido diseñados inteligentemente, se debería tan sólo a un espejismo de los sentidos humanos pues, en realidad, todo sería obra de la selección natural, ciega y sin propósito, actuando sobre la materia inanimada o sobre las mutaciones fortuitas en los diversos genomas de los organismos.

Ahora bien,¿y si la propia evidencia científica mostrara la existencia de órganos o funciones biológicas complejas que no pudieran haberse formado de ninguna manera mediante el tipo de transformaciones que requiere el darwinismo? ¿Qué se debería pensar si la filosofía evolucionista ofrece unas explicaciones, pero los últimos descubrimientos científicos sugieren otras completamente diferentes? Por ejemplo, la bioquímica y la citología modernas han evidenciado que las principales macromoléculas de los seres vivos, como el ADN y el ARN, así como casi todas las funciones celulares importantes, apuntan en la dirección de algún tipo de inteligencia original que lo habría diseñado todo. Es matemáticamente imposible que la compleja información que poseen tales estructuras se haya originado al azar, sin propósito ni planificación previa alguna.

Durante más de dos milenios, la mayor parte de los pensadores y científicos del mundo estuvieron convencidos de que el universo había sido diseñado. Esta idea de diseño no interfirió negativamente en su tarea investigadora. Al contrario, entendían que el cosmos podía ser comprendido racionalmente porque había sido creado de manera inteligente. La ciencia era posible debido al orden y la comprensibilidad propia de la naturaleza que facilitaba su estudio. El cosmos era inteligible precisamente por haber sido creado de forma inteligente. En este sentido, Isaac Newton, manifestó: “Este sistema tan bello del Sol, los planetas y los cometas solamente podría proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso” [1] . Otros hombres de ciencia como Copérnico, Galileo, Kepler, Pascal, Faraday o Kelvin, eran de la misma opinión. ¿Acaso no avanzó la ciencia gracias a estos partidarios del diseño inteligente?

En ocasiones se sugiere que la creencia en el diseño impediría el progreso científico ya que ante cualquier problema el investigador podría encogerse de hombros y decir “Dios lo creó así” y el fantasma del Dios tapagujeros sería el recurso fácil que frenaría la ciencia para siempre. Sin embargo, no parece que la ciencia se paralizara debido a las convicciones acerca del diseño de aquellos grandes hombres que la forjaron.Más bien se aceleró en grado sumo.

Semejante convicción teísta imperó en Occidente hasta que Darwin, a mediados del siglo XIX, la cuestionó. En su opinión, según hemos dicho, el diseño sería una apariencia creada por el concurso de la selección natural sobre las variaciones al azar. A finales del siglo XX, el famoso biólogo ateo, Richard Dawkins, incluso llegó a inventarse una palabra para describir tal apariencia de diseño e introdujo el término “designoide” [2]  o falso diseño.Muchas personas creen hoy en este concepto darwinista reformulado por Dawkins. Están convencidas que la ciencia depende de semejante suposición naturalista y que para ser un buen científico hay que comulgar con dicha fe.

No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común. Ante las múltiples evidencias de órganos, estructuras y funciones biológicas complejas que presentan una elevada cantidad de información, decir que “la evolución las originó lentamente de alguna manera” es como apelar a la “evolución tapagujeros”. Afirmar simplemente que “la evolución las hizo”, sin aportar pruebas concluyentes, puede frenar tanto el avance de la ciencia como decir que quien las creó fue Dios. Se trata de un argumento que puede usarse indistintamente en ambos casos.

Es lógico que aquél científico partidario del diseño real en la naturaleza centre sus investigaciones en determinadas hipótesis previas, mientras que el darwinista lo haga en otras diferentes. Si un investigador estudia, por ejemplo, el origen de la fonación o la capacidad para hablar y emitir sonidos articulados, desde la perspectiva darwinista, es probable que se centre en la anatomía de las diferentes laringes y lenguas en los primates superiores, así como en la estructura de los cráneos de sus posibles fósiles y los compare con los análogos humanos. Trataría de comprender cómo el puro azar pudo transformar una laringe muda en otra capaz de hablar. Por su parte, el científico partidario del Diseño inteligente se centraría más en estudiar los patrones que gobiernan el origen embrionario de la laringe humana y su desarrollo. Si la capacidad para hablar, propia de los humanos, es un sistema que fue concebido de manera inteligente debería haber un patrón detectable. Posiblemente existirían genes en las personas que controlarían dicha capacidad que no estarían presentes en los simios. ¿Cuál de las dos líneas de investigación sería la correcta?

Desde luego, si no existe diseño real en la naturaleza, las investigaciones del científico partidario del DI constituirían un freno para la ciencia. Pero si, por el contrario, el diseño es real, entonces resulta que el darwinismo sería la hipótesis previa que estaría frenando el avance del conocimiento científico. Y, por tanto, únicamente el estudio serio de ambas posibilidades podrá determinar cuál de las dos es la verdadera.

Suponer, como suele hacerse habitualmente, que el darwinismo es el único punto de vista adecuado para la ciencia, es reconocer abiertamente que el naturalismo metodológico es la única idea previa válida. Este método significa que la ciencia sólo debe buscar causas naturales en los fenómenos observados. Y tal idea implica que el diseño queda automáticamente descartado de cualquier investigación científica porque si Dios diseñó al principio, evidentemente lo hizo de forma sobrenatural. De manera que hoy un científico tiene que ser darwinista porque, si no lo es, se considera que tampoco es científico. Todo investigador debe rechazar de entrada la idea del diseño, si quiere seguir siendo respetado por sus colegas y ver que sus trabajos se continúan publicado en revistas de prestigio. ¿Es razonable semejante eliminación  a priori ? ¿y si, después de todo, un Ser inteligente hubiera diseñado, tal como afirma la Biblia?

Aunque no todos lo admitan, es evidente que el darwinismo es también una postura que se fundamenta en la fe. Incluso la suposición “científica” de que todos los fenómenos observados en la naturaleza se deben siempre a causas naturales, se basa en la fe de los científicos que la profesan. Esta idea no ha sido descubierta en base a la evidencia. Es algo que se acepta por fe. Por ejemplo, es interesante ver cómo reacciona el darwinismo cuando se enfrenta a un serio problema para su teoría, como es el de las importantes lagunas del registro fósil. El famoso paleontólogo evolucionista, Stephen Jay Gould, tuvo la honradez de reconocer dicho inconveniente de la falta de fósiles de transición y proponer la teoría de los equilibrios puntuados para explicarlo. Aunque, lo cierto es que su teoría crea más interrogantes de los que soluciona. No obstante, a excepción de Gould, el darwinismo nunca ha considerado que la ausencia de tales fósiles intermedios constituya un problema. Se “sabe” que deben estar ahí en alguna parte. Si no se han descubierto es porque no se ha buscado suficientemente, pero ya saldrán. Los ancestros y las transiciones necesarias tuvieron que existir, por tanto, es mejor ignorar la ausencia de evidencia fósil. Tenemos la obligación moral de perseverar en aquello que, a todas luces, resulta improbable para continuar protegiendo el darwinismo porque al final éste recompensará el esfuerzo de nuestra creencia. ¿No es esto fe ciega en el darwinismo? Se descarta de entrada al diseñador inteligente y se deposita la fe en los procesos azarosos de la propia naturaleza. El darwinismo cree que no existe tal diseñador o, cuanto menos, que resulta innecesario. Pero, este planteamiento naturalista, ¿no puede convertirse también en un freno para la ciencia?

Por su parte, el Diseño inteligente no niega que se haya dado la selección natural, lo que no acepta es que ésta elimine la necesidad del diseño. Tampoco afirma que la Tierra fuera creada en seis días literales, ni se refiere a la naturaleza del diseñador. Más bien, afirma que el cosmos está constituido por leyes, azar y diseño; que éste se puede detectar por medio de métodos estadísticos y que algunas características naturales, como la complejidad irreductible, demuestran claramente diseño. Hay que seguir la evidencia hasta donde nos lleve. ¿Y si ésta nos sugiere diseño? ¿Habrá que cambiar las bases metodológicas de la ciencia? El tiempo nos lo dirá.


   [1] Citado por Charles Thaxton en escrito para el  Cosmic Pursuit,  1 de marzo de 1998. Ver http://www.arn.org/docs/thaxton/ct_newdesign3198.htm.
 [2] Richard Dawkins,  Escalando el monte improbable,  Tusquets, 1998.
Nota del administrador: Este Post fue tomado de http://www.protestantedigital.com

La insensatez del ateísmo de Stephen Hawking

La insensatez del ateísmo de Stephen Hawking

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Creo que debemos tomar los comentarios de Hawking con una pizca de sal y pedirle amablemente que deje de meterse en el mundo de la metafísica cuando su verdadero ámbito de trabajo es la ciencia.

La publicación más reciente del astrofísico Stephen Hawking  The Grand Design  (‘El gran diseño’) fue un paso más allá de su anterior obra  A Brief History of Time  (‘Breve historia del tiempo’), con la finalidad de afirmar la no existencia de un Dios creador.

Como un físico de renombre mundial, la voz del cosmólogo británico tiene mucho peso en los círculos científicos. Sin embargo, la razón principal por la que Hawking rechaza a Dios es algo incomprensible en el mejor de los casos (y francamente idiota en el peor).

La tesis atea de su último libro dice así: “Debido a que existe una ley como la gravedad, el universo puede y va a crearse a sí mismo de la nada”. Déjame repetir la cita una vez más para asegurarme de que la has leído bien: “Debido a que existe una ley como la gravedad, el universo puede y va a crearse a sí mismo de la nada“. [1] 

A primera vista suena bastante razonable; pero muchas veces las apariencias engañan. Así que hoy vamos a hacer tres observaciones pequeñas para analizar esta teoría con el fin de ver si sobrevive a la luz de la observación de Einstein: “La teoría es asesinada tarde o temprano por la experiencia”.

¡Investiguemos!

Observación 1: La ley de la gravedad no es “nada”.

Hawking dice que el universo se creó a sí mismo de la nada. Pero, según su teoría, antes de que el cosmos comenzara a existir, la ley de la gravedad ya era. Existía y punto. En otras palabras, antes de la auto-creación del universo había “algo” y no “nada”. De ahí que la afirmación filosófica de nuestro astrofísico implica una contradicción descarada. O no había nada o había gravedad. La gravedad no es nada.

Pero en cualquiera de estos dos casos, un teísta puede hacerle al científico británico algunas preguntas desafiantes: ¿de dónde proviene la ley de la gravedad? ¿Quién o qué la creó? ¿Por qué estaba por ahí colgando en el espacio vacío? ¿Cómo puede algo provenir de la nada? ¿Por qué existe tal ley en un universo tan caótico? La Biblia tiene una respuesta bien sencilla (y mucho más satisfactoria): “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).

Observación 2: El universo no puede crearse a sí mismo.

Hawking comete otro error de lógica muy serio cuando afirma que el universo “puede y va a crearse a sí mismo de la nada“. Es difícil creer que alguien del calibre de Hawking pueda ser tan crédulo. Nada puede crearse a sí mismo.

Vamos a poner un ejemplo. Si digo que tus padres te trajeron al mundo, esto tiene sentido porque tú procedes o desciendes de tus padres biológicos. No hay ningún error allí. Todo el mundo entiendo eso. Pero no puedo decir que tú te trajiste a ti mismo al mundo. Afirmar esto significaría que antes de que tú existieses, tú ya existías, es decir, existías y no existías al mismo tiempo. Eso es absurdo. Nada se crea a sí mismo. ¡Ni tú, ni yo, ni el cosmos! Esta afirmación de Hawking, pues, no tiene sentido ninguno. Sólo comprueba la teoría de que una tontería dicha por un experto sigue siendo una tontería.

Todo eso me hace pensar en un texto paulino: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:20-21). La teoría de Hawking se derrota a sí misma.

Observación 3: Las leyes no crean nada.

La equivocación final de Hawking le lleva a atribuir capacidades creativas a las leyes de la física (en este caso, la ley de la gravedad). Este es otro error de niño de colegio. Las leyes no crean nada. Los creadores son siempre agentes personales con inteligencia y voluntad.

Pongamos otro ejemplo para aclarar las cosas. La ley de la gravedad puede explicar por qué una pelota se cae cuando se lanza desde lo alto de un edificio. Pero la gravedad nunca tira la pelota. Eso requiere un agente personal. Las leyes de las matemáticas pueden demostrar que 10 + 10 = 20. Pero esas leyes nunca han puesto 10 + 10 fresas en mi bolsillo. Eso requiere un agente personal. Las leyes del movimiento pueden enseñar por qué un coche se mueve de A a B. Pero una ley de movimiento no enciende el motor de un coche. Eso requiere un agente personal.

Y de la misma manera, las leyes de la física nos pueden dar detalles de muchas regularidades que ocurren en el universo, pero esas leyes no trajeron el universo a la existencia. Una vez más, se requiere un agente personal de inteligencia y voluntad para explicar la existencia del cosmos.

CONCLUSIÓN
Con estas tres breves observaciones, creo que debemos tomar los comentarios de Hawking con una pizca de sal y pedirle amablemente que deje de meterse en el mundo de la metafísica cuando su verdadero ámbito de trabajo es la ciencia. Y si quiere hacer una incursión en el campo de la filosofía, entonces, que al menos, piense de manera lógica y racional sobre lo que está escribiendo.

“De Él, por Él y para Él son todas las cosas” (Romanos 11:36).

(Traducido por Julian Esquinas)

Autor: Will Graham (http://www.protestantedigital.com)


Genética y vida artificial: ‘Dios creó la vida, el hombre sólo la transforma’

Genética y vida artificial: ‘Dios creó la vida, el hombre sólo la transforma’

 

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Ante la creación de un “cromosoma artificial” en el laboratorio, el Dr. en Biología Antonio Cruz explica que “lo que se hace es manipular la vida ya existente, pero no crear vida artificial”.

Científicos de Estados Unidos y Europa, liderados por la Universidad de Nueva York, han conseguido crear en un laboratorio el primer “cromosoma artificial” de la historia. Para que nadie se asuste, se trata sólo de un cromosoma de la levadura, es decir, el hongo que se usa para hacer el pan y la cerveza.

Todos los titulares han hablado de un paso hacia la creación de la “vida artificial” por parte del hombre.

Pero “en realidad no se crea vida artificial”, expone el Doctor en Biología Antonio Cruz, ya que “realmente lo que se hace es manipular la vida ya existente, introduciendo un ‘cromosoma sintético’ en la célula de la levadura”.

Para realizar esto “lo único que se hace es trocear los genes que interesan de un organismo vivo, juntándolos en un cromosoma e introduciéndolos en otra célula viva de levadura”. Es decir, se utiliza siempre vida ya creada, por lo que no se puede hablar realmente de “vida artificial” creada por el hombre.

En definitiva, concluye el Dr. Cruz, “lo que se hace es utilizar la vida ya existente, no crearla de nuevo”. Como hombre de fe, resume “Sólo Dios crea la vida, el hombre únicamente la transforma“

Antonio Cruz sí entiende que esta técnica, usada adecuadamente, “es posible que logre que se obtengan productos interesantes y útiles para el ser humano”.

De hecho, el nuevo descubrimiento ya tiene algunas aplicaciones prácticas, como por ejemplo, se podrían diseñar mejores biocombustibles o mejores antibióticos y, cómo no- mejorar la producción de la cerveza.

En este mismo sentido de que en ningún caso se puede afirmar que se haya creado vida artificial opina la profesora de Microbiología de la Universidad Complutense, María Molina.. «La vida es mucho más que ADN», resume.

«Si una levadura fuera una persona, podríamos decir que le han sustituido el antebrazo, desde el codo hasta la mano por una prótesis artificial. De esa persona no diríamos que es biónica, ¿verdad?». Manuel Porcar, coordinador del grupo de Biología Sintética del Instituto Cavanilles de la Universidad de Valencia, explica gráficamente lo que supone para la levadura la inserción del cromosoma sintético. Así deja claro que aún no se ha conseguido generar vida artificial en el laboratorio. El avance «técnicamente es muy meritorio pero aún no estamos ante la creación de vida artificial», insiste.

http://www.protestantedigital.com/ES/Sociedad/articulo/18081/Genetica-y-vida-artificial-dios-creo-la-vida-el


Nuevo descubrimiento científico confirma que Dios creó el universo

Nuevo descubrimiento científico confirma que Dios creó el universo

 

El sorprendente descubrimiento, anunciado esta semana, de ondas en el tejido del espacio-tiempo ha sacudido al mundo de laciencia, y al mundo de la religión. Ha sido presentado como evidencia de la inflación(una expansión del universo más rápida que la velocidad de la luz); el nuevo descubrimiento de rastros de ondas gravitacionales afirma los conceptos cientificos en el campo de la cosmología, larelatividad general y la física de partículas.

La teoría prevalente de los orígenes cósmicos antes de la teoría del Big Bang era la del “Estado sostenido”, la cual afirmaba que el universo siempre había existido, sin un comienzo que necesitara una causa.

Sin embargo, esta nueva evidencia fuertemente sugiere que hubo un comienzo para nuestro universo.

Si el universo de hecho tuvo un comienzo, por la simple lógica de causa y efecto, tuvo que haber un agente -separado e independiente del efecto- que lo causara.

Eso me suena mucho a Génesis 1:1: “En el principio Dios creó los cielos y la Tierra”.

Entonces, este último descubrimiento es una buena noticia para nosotros los creyentes, ya que agrega unapoyo científico a la idea de que el universo fue causado -o creado- por algo o alguien fuera de él y que no dependía del mismo.

El astrónomo ateo que se convirtió en agnóstico, Fred Hoyle, quien acuñó el famoso término “Big Bang”, hizo esta famosa declaración: “Una interpretación con sentido común de los hechos sugiere que un superintelecto jugueteó con la física“.

Como Hoyle lo vio, el Big Bang no fue una explosión caótica, sino más bien un evento altamente ordenado, uno que no pudo haber ocurrido por casualidad.

Sbemos que Génesis nunca tuvo la intención de ser un manual científico detallado, en el que se describe cómo Dios creó el universo. El mensaje que imparte es teológico, no científico.

Como científica y creyente moderna, cuando veo el cielo estrellado en una noche despejada, recuerdo que “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1). Me siento maravillada ante la complejidad del mundo físico, y cómo todas las piezas encajan a la perfección y se encuentran en armonía.

En el libro de Jeremías, en el Antiguo Testamento, el escritor nos cuenta que Dios “estableció su pacto con el día y la noche y con las leyes del cielo y de la tierra”.

Si Dios verdaderamente es el creador, entonces Él se revelará a través de lo que ha creado, y la ciencia es una herramienta que podemos usar para descubrir esas maravillas.

Por Leslie A. Wickman, CNN, editado por AcontecerCristiano.Net