Excelencias del planeta azul

Excelencias del planeta azul

Por: Antonio Cruz Suárez

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La segunda predicción del principio de la mediocridad -mal atribuido a Copérnico, según vimos- afirma que el Sol es una estrella bastante ordinaria y típica. Hoy podemos decir, sin embargo, que el Sol no se ajusta para nada a esta afirmación ya que es bastante atípico. De hecho, se encuentra entre el 9% de las estrellas con mayor masa de la Vía Láctea. Su luz varía bastante menos que la media de la luz de estrellas similares a él en edad y actividad de manchas solares, evitando así que se produzcan cambios radicales del clima en la Tierra.A la vez, sus particulares condiciones abren información científica vital de un modo más abundante que muchos tipos de estrellas que son más comunes en el cosmos.

La tercera predicción dice que el Sistema Solar es también típico y que cabe esperar que haya muchos sistemas como él. No obstante,los descubrimientos de otros planetas extrasolares vienen a contradecir esta afirmación. La mayor parte de tales planetas tienen órbitas excéntricas que describen elipses muy estrechas y alargadas, bastante en contraste con los planetas de nuestro Sistema Solar. Aún no se tienen suficientes datos, pero los que se van recopilando sugieren que el nuestro es un sistema muy atípico en relación a su habitabilidad.

Una cuarta predicción de mediocridad afirma que el número y tipo de planetas y satélites de un sistema tienen poco que ver con la existencia de vida en ellos. Esta aseveración también está equivocada ya que los planetas grandes, como por ejemplo Júpiter, protegen a la Tierra de los impactos provocados por meteoritos o asteroides. Si no fuera por este gran gigante gaseoso tampoco podríamos habitar nuestro querido planeta azul. Probablemente alguna colisión catastrófica nos habría borrado ya del universo. ¿Casualidad o diseño?

La quinta predicción dice que la localización de nuestro Sistema Solar en la Vía Láctea carece de importancia. ¿Es esto así? El Sistema Solar está localizado en la Vía Láctea a miles de años luz del centro de la galaxia y cerca de un brazo espiral. Los defensores del principio de Copérnico vieron este descubrimiento como una confirmación de su teoría. Sin embargo, ahora sabemos que el centro de la galaxia, lo mismo que el infierno de Dante, es el último lugar donde querríamos estar. En el centro de las galaxias hay agujeros negros, zonas polvorientas, luz contaminada con rayos gamma, radiación abrasadora y no es posible de ninguna manera la vida. Nuestro Sistema Solar está ubicado dentro de una estrecha región habitable del espacio. Ocupamos el mejor lugar de la galaxia no sólo para vivir sino también para aprender sobre las estrellas y el universo. Igual que existe una Zona Habitable Circumestelar en nuestro Sistema Solar, también hay una Zona Habitable Galáctica que permite la existencia de agua líquida para la vida en este preciso lugar de la Vía Láctea.

Dice la sexta proposición de la mediocridad que nuestra galaxia no es particularmente excepcional o importante y que la vida puede existir en cualquier galaxia. Esto tampoco parece ser así. Las grandes galaxias en espiral como la Vía Láctea son más habitables que las galaxias de otras edades y tipos. Alrededor del 98% de las galaxias del universo local son menos luminosas y más pobres en metales que la Vía Láctea. Hay galaxias enteras desprovistas de planetas como la Tierra. Por tanto, nuestra galaxia es un hogar especialmente adecuado para el Sistema Solar.

La creencia de que el universo era eterno en el tiempo e infinito en espacio y materia se mantuvo hasta que a principios del siglo XX, Edwin Hubble, descubrió los corrimientos al rojo, las distancias de las galaxias y dedujo la expansión del universo. Otros descubrimientos posteriores, como la radiación cósmica de fondo de microondas y la relativa abundancia de isótopos de elementos ligeros, vinieron a corroborar dicha idea. Hoy se asume la teoría del Big Bang, que acepta que el universo tuvo un principio en el tiempo, igual que la Tierra y el resto de los astros. Pero, al no querer aceptar esta evidencia, pues la noción de creación no les gusta, algunos científicos han sugerido el modelo de un “universo oscilatorio”. La idea de que nuestro universo sería sólo un episodio de un ciclo de Big Bangs, expansiones y regresiones. Sin embargo, esta teoría presenta serios inconvenientes: la energía disponible para el trabajo de expansión decrece con cada ciclo sucesivo, por lo que el universo si es eterno habría alcanzado ya un equilibrio inerte hace tiempo; las medidas realizadas sugieren que el universo tiene solamente una fracción de la masa requerida para crear una contracción gravitacional en primer lugar; y no solo la expansión del universo no está ralentizándose lo suficiente para implicar una posible contracción, sino que realmente está acelerándose. La teoría del Big Bang implica que el universo no es eterno ni infinito. Además, nuestro tiempo y lugar en el cosmos están bien sintonizados para la vida inteligente y el desarrollo de la tecnología.

Otra predicción mediocre afirma que las leyes físicas no están especialmente preparadas para la existencia de vida inteligente. Se ha comprobado que esto tampoco es así. Las leyes del universo parecen intrincadamente bien afinadas para la existencia de vida en la Tierra. En su última época, el astrofísico Fred Hoyle, un astrónomo manifiestamente ateo, escribió: “Una interpretación de sentido común de los hechos sugiere que un superintelecto ha jugado con la física, y también con la química y la biología, y que no hay fuerzas ciegas de las que valga la pena hablar en la naturaleza” [1] . Esta conclusión obviamente no era de su agrado, pero no tuvo más remedio que reconocerla ante la abrumadora cantidad de hechos que la demandaban. Desde entonces, lentamente se ha venido reconociendo que el universo tiene una especie de “ADN cósmico”. Toda una serie de factores que han venido colaborando entre sí con gran precisión para permitir nuestra existencia. Esto se conoce como el principio Antrópico. Tales coincidencias serían como los “genes del universo” que han codificado la formación de la vida. Existen notables correlaciones entre la constante gravitatoria, la constante de Plank, las singulares propiedades de la molécula de agua, y muchos otros precisos números de la física y la química del universo, en los que una leve desviación de sus equilibrios haría imposible la vida humana en la Tierra. Estos valores parecen haber sido finamente ajustados para permitir la existencia del ser humano. La ciencia contemporánea no puede evitar un componente antrópico y viene a decirnos que, después de todo, sí parecemos importantes para alguien. A muchos cosmólogos ateos les repugna esta idea y procuran encontrar vías de escape. Sin embargo, los hechos son los hechos.

No queda más remedio que reconocer que el principio de la mediocridad ha fracasado al interpretar el mundo. Es verdad que ni la Tierra ni el Sol son el ombligo del universo. Es cierto que el ser humano no habita en el centro geográfico o espacial del cosmos, entre otras cosas porque el universo, tal como lo concibe la teoría del Big Bang, no tiene centro. No obstante, ¿acaso no es verdad que, en cierto sentido, hemos anidado en el verdadero “centro” del universo? No en un trivial sentido espacial, sino con respecto a la habitabilidad y a la  mensurabilidad , es decir, a la posibilidad de medir e investigar el cosmos. Este hecho contradice todas las expectativas del principio de Copérnico y constituye por sí mismo otro principio que podríamos llamar el “principio de la Excelencia”. A veces, da la impresión que puesto que la Tierra y sus habitantes son diminutos en comparación con todo el universo, también somos insignificantes. Esta es la idea que parece expresar el salmista:  Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?  (Salmo 8:3-4). Se trata de algo obvio que expresa la pequeñez humana comparada con la grandeza de Dios.

Sin embargo, el tamaño físico no es un indicador fiable de significado. Nosotros o la misma Tierra, debemos ser realmente importantes, puesto que, en la escala de tamaños que va desde los  quarks  hasta el universo, nos encontramos extrañamente cercanos a la mitad. El punto de vista oficial hoy entre los científicos y académicos es que la noción de diseño inteligente no es científica o al menos resulta superflua para la práctica de la ciencia natural. No obstante, después de observar los hechos, creo que esa opinión no está acertada. El diseño es la mejor explicación para el origen de las criaturas, así como para la correlación entre habitabilidad y mensurabilidad. Un universo tan hábilmente labrado para la vida y para la investigación científica, parece ser el susurro de una inteligencia extraterrestre inconmensurablemente más grande, más antigua y más espléndida que cualquier otra cosa que pudiéramos imaginar.

La Biblia no sólo afirma que  en el principio creó Dios los cielos y la tierra  (Gn 1:1) sino que también somos especialmente importantes para él. Por eso nos colocó en un marco idóneo. Nuestra ubicación en el cosmos es la mejor no sólo para poder vivir sino también para hacer ciencia. Y no sólo nos puso en este medio ambiente adecuado, sino que asimismo nos visitó en la persona de Jesucristo. Si Dios es el diseñador supremo que lo hizo todo con un propósito, nuestra vida tiene sentido, la moralidad un sólido fundamento y, por tanto, podemos saber cómo debemos vivir.

  [1] Hoyle, F., 1982, “The universe: Past and Present Reflections” , Annual Review of Astronomy and Astrophysics  20, p. 16.


La Tierra no es mediocre

La Tierra no es mediocre

Por: Antonio Cruz Suárez

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Se dice que la Tierra no está excepcionalmente dotada para la vida y que posiblemente hay vida en otros planetas ya que ésta debe ser algo común en el universo. ¿Es esto así?

A principios de 1543 falleció el monje y astrónomo polaco Nicolás Copérnico. Durante muchos años estuvo trabajando en la teoría de su vida: el heliocentrismo. La idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, como hasta entonces se pensaba. 

Actualmente se ha extendido el mito que afirma que, en la época de Copérnico, la mayoría de las personas creía que la Tierra era plana. Nada más lejos de la verdad. Las escuelas del momento enseñaban la visión griega de que nuestro planeta era una esfera. Fue el escritor estadounidense del siglo XIX, Washington Irving, quien se inventó la leyenda de que durante la Edad Media se pensaba que la Tierra era plana. Pero, en realidad, no era así ( 1 ).

Pues bien, Copérnico fue plenamente consciente de que su teoría, que había sido presentada al papa Pablo III, sería controvertida sobre todo entre los astrónomos. Éstos asumían el sistema ptolemaico que, durante mil doscientos años, venía diciendo que el Sol giraba alrededor de la Tierra (geocentrismo). Este sistema funcionaba pero requería constantes y tediosas correcciones. Incluso se dice que Alfonso X el Sabio (1221-1284), cientos de años antes, había comentado: “Si yo hubiera estado presente en el momento de la creación, habría ofrecido algunas sugerencias útiles para ordenar mejor el universo” ( 2 ).

Semejante presunción de querer hacer la cosas mejor que el Creador, comprensible desde la visión del geocentrismo, sigue hoy en boca de algunos paladines del Nuevo ateísmo, en relación a otros temas. Un segundo mito que envuelve la historia de Copérnico -tal como se vio la pasada semana- es el de que los filósofos medievales pensaban que la Tierra era el centro del universo porque era muy especial. En realidad, creían todo lo contrario. Estaba en el centro precisamente por no tener nada de especial. Se trataba de un planeta rocoso, pesado, inferior y desde luego no era un cuerpo “celeste”. Todos los objetos pesados caían hacia su interior que era progresivamente más caliente. De manera que allí debía estar el infierno, en el peor lugar del cosmos. Desde luego, Copérnico no lo tenía fácil. Su teoría desmontaba muchos mitos de la época.

Paradójicamente, aquella afirmación copernicana de que la Tierra no está en el centro del Sistema Solar ha venido evolucionando hasta convertirse en una doctrina filosófica que asume que el planeta y sus habitantes no son significativamente especiales. Si la Tierra no es el centro, el ser humano tampoco. Pero, resulta que Copérnico estaría absolutamente en contra de semejante conclusión. Trasladar la Tierra desde el centro infernal a una posición próxima a los demás cuerpos celestes era elevarla en rango y dignidad. A pesar de todo, a este principio anti-copernicano de la mediocridad de la Tierra y sus moradores se le ha colocado la rúbrica de Copérnico. ¿Qué predicciones realiza dicho principio?

En primer lugar, se dice que la Tierra no está excepcionalmente dotada para la vida y que posiblemente hay vida en otros planetas ya que ésta debe ser algo común en el universo. ¿Es esto así? Veamos las siguientes características contrarias a dicha predicción que confirman que el planeta Tierra no tiene nada de común. El sistema formado por la Tierra más la Luna no sólo hace posible la vida sino también el conocimiento científico. El gran satélite plateado estabiliza y conserva la inclinación del eje terrestre, con lo cual hace posible un clima más estable que favorece la existencia de los organismos. Si su masa fuese diferente causaría importante fluctuaciones climáticas incompatibles con la existencia de vida en la Tierra. Por otro lado, si la órbita de la Tierra fuera un poco más grande de lo que es, la temperatura en su superficie variaría notablemente y ésta sería menos habitable. La Luna provoca mareas en los océanos que remueven los nutrientes marinos y los mezclan con los que arrastran los ríos desde la tierra. Esto genera zonas litorales fértiles que contribuyen al ciclo de la vida acuática.

Como el Sol está alrededor de cuatrocientas veces más lejos de la Tierra que la Luna, pero es también cuatrocientas veces más grande, resulta que ambos cuerpos aparecen con el mismo tamaño en nuestro cielo. Esto hace que los eclipses de la Tierra sean los mejores del Sistema Solar y que, por tanto, un observador situado en nuestro planeta pueda discernir mejor pequeños detalles de la cromosfera del Sol y de su corona que desde cualquier otro planeta. Los eclipses de Sol han permitido el avance de la astronomía ya que han ayudado a descubrir la naturaleza de las estrellas, han proporcionado un experimento natural para probar la teoría de la relatividad de Einstein y han servido para medir el retraso de la rotación terrestre. El Sol, la Tierra y la Luna constituyen los componentes primarios de un espectroscopio gigante. Es posible interpretar la luz de las estrellas distantes y determinar su composición química.

La forma de la sombra circular de la Tierra sobre la Luna indicó ya a los antiguos griegos, como Aristóteles, que nuestro planeta era una esfera. La Luna actúa como un telescopio gigante ya que permite detectar objetos muy pequeños o muy juntos para poderlos medir desde la superficie terrestre. Si la Tierra estuviera más cerca del Sol sería como un invernadero con calefacción y tendría una atmósfera espesa como la de Venus, imposible para la vida. Pero si estuviera más lejos necesitaría más dióxido de carbono en su atmósfera para mantener el agua en la superficie. Algo que también iría contra la vida animal. Por tanto, nuestro planeta, es el lugar más habitable de todo el Sistema Solar y además posee la mejor vista de eclipses solares en el momento en el que los observadores los pueden apreciar mejor. Luego, la Tierra es un planeta único, privilegiado para la habitabilidad y la mensurabilidad. Esta es la tesis que defienden Guillermo González y Jay W. Richards en su libro:  El planeta privilegiado ( 3 ).

En la misma línea de observaciones, sabemos que el campo magnético terrestre sirve como primer escudo de defensa contra las partículas de los rayos cósmicos de las galaxias, capaces de generar otras partículas secundarias que pueden atravesar nuestros cuerpos y producir daños en las células. La Tierra tiene el tamaño adecuado para la vida. Si fuera algo más pequeña sería menos habitable ya que variaría su gravedad, perdería la atmósfera con rapidez y su interior se enfriaría demasiado como para poder generar un fuerte campo magnético. Los planetas más pequeños tienden a tener órbitas peligrosamente erráticas. Y al revés, si fuera más grande tendría mayor gravedad y atmósfera. Pero una alta presión en superficie haría disminuir la evaporación del agua y se incrementaría la viscosidad del aire, haciendo la respiración más difícil.

Mucha gente asocia los terremotos con muerte y destrucción, pero, irónicamente, los seísmos son una inevitable muestra del desarrollo de fuerzas geológicas muy ventajosas para la vida. El calor que fluye desde el interior de la Tierra es el motor que produce la convección del manto y los movimientos de la corteza que construyen montañas y reciclan el dióxido de carbono de la atmósfera. Fenómenos todos que hacen la Tierra más habitable. La atmósfera terrestre es lo suficientemente espesa para permitirnos respirar y protegernos de los peligrosos rayos cósmicos, mientras que, a la vez, es lo bastante transparente para poder ver las estrellas. Este frágil equilibrio constituye de forma notable algo muy improbable. No conocemos ningún otro planeta en el universo que reúna estas condiciones. A pesar de todo esto, todavía hoy muchos creen que el origen de la vida es sólo un asunto de encontrar agua líquida en cualquier lugar del cosmos durante unos pocos millones de años. Aunque en la actualidad nadie espera encontrar vida avanzada o inteligente en algún planeta del Sistema Solar, sí que creen que la vida microbiana “simple” sea algo común en el universo.

Mercurio es el planeta más cercano al Sol, lo que significa que es un mundo de ceniza desolado muy parecido a la Luna. Las temperaturas del suelo por la tarde pueden alcanzar fácilmente los 227 grados centígrados, mientras que al anochecer éstas son capaces de descender a unos 173 grados bajo cero. No hay agua ni atmósfera, por lo que resulta absolutamente inhóspito para la vida. Venus está más cerca de la Tierra pero es un auténtico infierno. Tiene una densa atmósfera de dióxido de carbono que mantiene una temperatura en superficie de 477 grados centígrados y una presión atmosférica noventa veces superior a la terrestre. Si, a pesar de tal temperatura, un ser humano consiguiera estar sobre la superficie de Venus, estaría sometido a una presión comparable a la que existe a unos mil metros bajo el mar. Así como la atmósfera terrestre posee gotitas de vapor de agua, la atmósfera venusiana tiene gotitas de ácido sulfúrico, capaz de corroer cualquier aparato o ser vivo. El medio ambiente de Marte no favorece tampoco el crecimiento ni la reproducción de organismos terrestres (al menos en los lugares en que hasta ahora se ha aterrizado). La intensa radiación ultravioleta que llega a su superficie bastaría para aniquilar la mayoría de las bacterias terrestres, y además los oxidantes del suelo destruirían cualquier molécula orgánica. A pesar de ello, su atmósfera de dióxido de carbono así como el hielo polar capaz de fundirse, han hecho pensar a muchos científicos en la posibilidad de que poseyera vida microscópica o la hubiera tenido en el pasado. No obstante, por lo que sabemos hoy, el suelo de Marte carece de moléculas orgánicas complejas.

Según nos movemos hacia afuera en el Sistema Solar, las condiciones de vida se van poniendo peor. Júpiter es el mayor de los planetas del sistema solar. La Tierra cabría de sobras en el interior de su característico sistema tormentoso ovalado que gira como un enorme remolino en el cielo de Júpiter. Tiene una espesa atmósfera formada en un 88% aproximado de gas de hidrógeno molecular y un 11% de helio. El uno por ciento restante está constituido por metano, amoníaco, agua, monóxido de carbono y otros compuestos menores. La superficie del planeta no es sólida sino líquida. No hay continentes, ni islas, sólo un inmenso y único océano viscoso de hidrógeno líquido sobre el que se eleva una espesa niebla formada por gotitas de amoníaco y agua. Júpiter no es apto para la vida, es más bien, un lugar desierto y terrible.

De las dieciséis lunas que se le conocen a Júpiter, algunas han sido propuestas como candidatas para encontrar en ellas moléculas orgánicas o incluso vida microscópica. Este es el caso de Europa, un satélite que genera mucho calor como consecuencia de la deformación mareal. La atracción que sobre él ejerce el inmenso Júpiter lo deforma y esto produce un gran aumento de temperatura en su interior. Europa está formada principalmente por agua helada y, desde el espacio, parece una blanca bola de billar. Se trata de un astro rocoso cuya corteza, que puede alcanzar entre 100 y 300 kilómetros de espesor, es de hielo bastante puro con muy pocos contaminantes y carece por completo de volcanes. La exobiología -disciplina que busca vida extraterrestre- sugiere la posibilidad de que a cierta profundidad bajo el hielo, pudiera existir un océano de agua líquida capaz de alojar vida microscópica, similar a las algas que existen bajo los hielos del Ártico o la Antártida. De nuevo, todo se basa en suposiciones que hoy por hoy son imposibles de verificar.

No obstante, esta posibilidad presenta tres serios inconvenientes: primero, si hay un océano de 100 kilómetros de espesor como mínimo bajo la superficie helada de Europa, (es decir, veinte veces más profundo que los océanos de la Tierra) ejercerá una presión tan elevada que resultará incompatible con cualquier forma microbiana de vida. Los seres vivos no pueden tolerar una presión arbitrariamente elevada; segundo, incluso aunque alguna forma extraña de vida pudiera tolerar semejantes presiones, la luz del Sol no puede penetrar el espeso hielo y eso implica que los océanos de Europa tienen muy poca energía disponible para la actividad biológica; y en tercer lugar, los océanos de Europa pueden ser un inmenso Mar Muerto del tamaño del planeta, demasiado salados para mantener la vida. Su congelación periódica hace que el agua líquida se vuelva más salada ya que la sal no se incorpora al hielo, y esto mataría a los seres vivos.

Por tanto, después de examinar todos los cuerpos celestes que constituyen el Sistema Solar, no parece que la vida sea ese fenómeno emergente que tiende a aparecer por doquier con relativa facilidad, cuando confluyen esas tres condiciones casi mágicas que propone la exobiología: agua, energía y los elementos químicos característicos de la materia orgánica. 

Más bien se confirma la hipótesis contraria. A saber, que la vida es una manifestación altamente singular y especializada, propia de un mundo con características tan especiales como las del planeta Tierra. La próxima semana concluiremos esta serie sobre la singularidad de nuestro planeta y comprobaremos el fracaso del principio de mediocridad a la luz de los actuales conocimientos astronómicos.

   1  O’Leary, D. 2011,  ¿Por diseño o por azar?,  Clie, p. 39.

   2   Oxford Dictionary of Thematic Quotations , 2000.

   3  González, G. y Richards, J. W. 2006,  El planeta privilegiado,  Palabra, Madrid.

Nota del administrador: este post fue tomado de http://www.protestantedigital.com/ES


Derrocados del centro del Universo

Derrocados del centro del Universo

Por: el apologista  Antonio Cruz Suárez

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Los astrónomos del siglo XIX y principios del XX creían que el universo era eterno e infinito. Estaban convencidos de que la idea de una creación u origen del mismo -tal como proponían las religiones monoteístas- no era propiamente científica y debía ser descartada. Sin embargo, había una cuestión que perturbaba poderosamente esta conclusión. ¿Por qué era oscuro el cielo nocturno? ¿Cómo es que durante las noches despejadas podemos observar las estrellas refulgentes brillando en un firmamento ennegrecido?

Semejante interrogante se conoce como “la paradoja de Olbers”, ya que fue este astrónomo alemán quien la reformuló en 1826, pues ya en el siglo XVII Kepler se había referido también a dicha contradicción astronómica. ¿Por qué se trata de una paradoja? Si el cosmos fuera eterno, estático y sin fin, como entonces creían los científicos, un infinito número de estrellas habrían producido desde su eternidad un firmamento brillante y uniformemente iluminado tanto de día como de noche. El cielo nocturno no tendría por qué ser oscuro sino radiante y luminoso. Pero esto, desde luego, no encajaba con la realidad observable.

La concepción actual de un universo con un pasado finito ha permitido a los astrónomos y cosmólogos resolver dicho acertijo. Hoy sabemos que no existe tal paradoja ya que el mundo tuvo un principio y, por tanto, un cielo nocturno oscuro es una evidencia en sí misma de que hubo un comienzo en el tiempo. Precisamente porque el cosmos no es infinito ni eterno resulta posible descubrir tantas cosas sobre él, a pesar de su enorme tamaño. Además, la vida en un universo que fuera estático y eterno, bañado siempre en una intensa radiación cósmica nociva para las células, seguramente no hubiera podido prosperar a pesar de la protección que supone la atmósfera y el magnetismo terrestres.

Hecha esta breve observación introductoria, me gustaría tratar un concepto, relacionado con nuestro planeta azul y el resto del cosmos, que ha entrado a formar parte de la cultura popular de Occidente. Se trata de la idea conocida como “el principio copernicano de la mediocridad”. Es una explicación que se enseña tanto en las escuelas como en la universidad y que afirma que la ciencia moderna desplazó al ser humano del prestigioso pedestal en el que se encontraba.

El hombre, que se consideraba a sí mismo como el centro del universo y medida de todas las cosas, fue relegado por los descubrimientos científicos a una posición marginal y secundaria. Primero, se comprobó que la Tierra no era el centro geográfico del mundo; después, se pensó que la vida y la inteligencia representaban algo corriente y sin propósito en el universo o que podrían haber surgido también en otros muchos lugares del cosmos; y, por último, que el propio ser humano era tan sólo una especie más, perdida entre las ramas del famoso árbol de la evolución darwinista.

El orgullo del hombre fomentado por las religiones quedaba así sin el necesario apoyo de la ciencia. Nuestro lugar en el cosmos no sería excelente, como antes se pensaba, sino mediocre u ordinario. Desde este punto de vista, la Tierra se concibe como uno más de tantos planetas en la inmensidad del cosmos que no tiene nada de significativo o especial. Probablemente existirán -se dice- muchos otros mundos similares a ella, orbitando alrededor de estrellas vulgares como nuestro Sol. Y tampoco nuestra galaxia, la Vía Láctea, sería en esencia diferente del resto de las galaxias del universo para permitir la vida.

Hace casi veinte años, el famoso astrónomo Carl Sagan, comentando una fotografía de la Tierra tomada desde una nave espacial, escribía estas reveladoras palabras: “La Tierra parece estar situada en un haz de luz, como si el mundo tuviese un significado especial, pero se trata sólo de una casualidad de la geometría y la óptica. (…) Nuestra imaginaria autoimportancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el universo se enfrenta al desafío que presenta ese pálido punto de luz. Nuestro planeta es una solitaria mota en la inmensa oscuridad cósmica que le envuelve. En nuestra oscuridad, en esa inmensa vastedad, no hay punto de agarre para firmar que de algún sitio vendrá una ayuda para salvarnos de nosotros mismos”( 1 ). El ateísmo de Sagan -patente en casi todos sus documentales divulgativos sobre astronomía- corroboraba así el principio copernicano de la mediocridad.

Otros muchos investigadores han venido suponiendo que el universo debe estar repleto de numerosas formas de vida. Por ejemplo, el astrónomo estadounidense, Frank Drake, que fue uno de los pioneros del SETI (organización para la búsqueda de vida inteligente extraterrestre), propuso en 1961 una ecuación para llegar a conocer el número de civilizaciones que podían existir en el universo y que estarían en condiciones de usar señales de radio para comunicarse. Diez años después, usando los cálculos de Drake, Carl Sagan estimó que solamente en nuestra galaxia debía haber un millón de civilizaciones avanzadas.

Pues bien, en el siglo XXI podemos decir que los últimos descubrimientos en diferentes campos han socavado aquel optimismo por los extraterrestres, propio de los años sesenta y setenta del pasado siglo. Han aparecido evidencias, como las que analizaremos en próximos trabajos, que sugieren las extraordinarias condiciones necesarias para que pueda darse la vida. Resulta que los requerimientos imprescindibles para la biología compleja son extremadamente raros en el cosmos y la posibilidad de que se den juntos en el momento adecuado en algún otro planeta, que no sea la Tierra, es increíblemente reducida. La euforia por los viajes intergalácticos y los seres inteligentes de otros mundos que se comunican con el ser humano, se ha convertido paulatinamente en un escepticismo científico que sólo aspira ya a encontrar vida bacteriana extraterrestre. Algo que, de momento, tampoco ha ocurrido.

Antes de entrar en detalles astronómicos -algo que como digo haremos en otros artículos-, me gustaría referirme hoy a una cuestión histórica. Es falso decir, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, que antes de Copérnico se daba a la Tierra y, por tanto, a los seres humanos que en ella habitamos, una posición de gran prestigio por considerar que residíamos en el centro geográfico del universo, mientras que las observaciones de este gran pionero de la astronomía nos relegaron a un papel secundario e insignificante. Semejante afirmación no se corresponde con la realidad. Veamos por qué.

En el esquema metafísico del mundo que se concebía en la Edad Media, el centro de todo no era el hombre sino Dios y éste no residía en la Tierra sino en los cielos. La cosmología medieval anterior a Copérnico no entendía el centro del cosmos como el lugar más privilegiado e importante sino, más bien, como todo lo contrario. Para Aristóteles, la Tierra era una especie de cisterna cerrada donde tierra, aire, fuego y agua se mezclaban con el fin de causar decadencia y muerte. Sin embargo, las esferas celestes de la Luna, los demás planetas que se veían brillar y las estrellas, eran el dominio habitual de lo eterno e inmutable.

El famoso poeta italiano, Dante Alighieri (1265-1321), en su conocida obra maestra la  Divina comedia,  describió los distintos niveles del infierno situando el trono de Satanás en el centro mismo de la Tierra. ¿Cómo podía el hombre medieval considerarse afortunado por habitar un planeta en cuyo centro residía el diablo? No era esta la idea que se tenía entonces. Pues bien, frente a semejante escenario que refleja la obra de Dante, y que supone la transición del pensamiento medieval al renacentista, no es sorprendente que Copérnico, Galileo, Kepler y otros, pudieran argumentar que situar el Sol en el centro (punto de vista heliocéntrico) elevaba el estatus de la Tierra porque la aproximaba a las esferas celestes. Justo lo contrario de lo que hoy se afirma. Lejos de degradar la posición del planeta azul, lo que decían los astrónomos renacentistas es que su nuevo esquema, con el Sol en el centro y la Tierra girando a su alrededor, ensalzaba y prestigiaba nuestro planeta. Estaban convencidos de que esta nueva posición terrestre que ellos defendían sacaba al planeta del antiguo lugar de deshonor que ocupaba en el universo aristotélico para aproximarlo a los cielos. Sin duda, una posición mucho más honrosa.

En este sentido, Galileo manifestó: “…se puede probar que la Tierra tiene movimiento, que supera a la Luna en brillo y que no es el sumidero en el que el universo recolecta lo sucio y lo efímero” 2 . Casi siempre que se habla de Galileo, Copérnico o Kepler, esto no se tiene en cuenta. Más bien se dice que estos pioneros de la astronomía lucharon en la búsqueda científica de la verdad contra la superstición religiosa y oscurantista. Se llega así fácilmente a la errónea conclusión de que los científicos son honestos porque persiguen siempre la verdad, mientras que los creyentes serían malos porque no la buscan o anteponen sus ideas preconcebidas a ella.

Al realizar tales planteamientos estereotipados y reduccionistas, se olvida que Copérnico fue durante toda su vida un creyente que aceptaba el mundo como creación de un Dios omnipotente que amaba las matemáticas; Galileo, incluso después de ser censurado por la Iglesia católica y obligado a retractarse, fue siempre un firme creyente que continuó recibiendo una pensión de la Iglesia durante el resto de su vida; y Kepler, un protestante luterano profundamente comprometido con su fe, que siguió la lógica de Copérnico en la búsqueda de las leyes del cosmos.

Lo cierto es que la gran mayoría de los estudiosos que protagonizaron la Revolución científica del Renacimiento fueron creyentes en la existencia de un Dios creador. Es innegable que la ciencia moderna surgió en un tiempo y en un lugar donde imperaban los valores y las convicciones teológicas judeocristianas. Y esto, difícilmente puede tratarse de una coincidencia. A pesar de todo, el ser humano es muy dado a elaborar mitos históricos y estereotipos que arraigan en la cultura de los pueblos y se transmiten de generación en generación. No obstante, me parece relevante y necesario desenmascarar dichos mitos siguiendo aquél sabio consejo dado por el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: “Desecha las fábulas profanas… Ejercítate para la piedad” (1 Tim. 4:7).

…….

1  C. Sagan,  Un punto azul pálido,  1995, Planeta, Barcelona, p. 7.

2  Galileo,  Siderus Nuntius,  citado en González, G. & Richards, J. W., 2006,  El planeta privilegiado , Palabra, Madrid, p. 274.

 


El multiverso: una teoría desesperada

El multiverso: una teoría desesperada

Por: Antonio Cruz Suárez

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La teoría del multiverso puede estar revestida con ropaje matemático, pero necesita un salto de fe similar o superior al de aceptar la existencia de un Dios creador.

Ante la evidencia del extraordinario ajuste fino que muestra el universo, que nos conduce a muchos a la conclusión lógica de que éste es obra de la deidad, bastantes científicos ateos se aferran a una teoría que parece proporcionar una escapatoria a dicha deducción. Se trata del  multiverso .

Un planteamiento que supone la existencia de múltiples universos, cada uno con unas leyes físicas o parámetros diferentes al nuestro. Entre los trillones y trillones de universos que se puedan imaginar, solamente unos pocos poseerían leyes con un ajuste lo suficientemente preciso como para permitir la vida. Esto no sería nada milagroso ya que si existen todos los universos posibles, deben darse también aquellos en los que puedan surgir los seres vivos.

El hecho de que nuestro universo tenga exactamente los valores que sostienen la vida, “probaría” que debe haber otros universos que carezcan de ellos. Si, gracias a la Gran Explosión inicial, es posible que el universo no sea infinito en el tiempo, quizás lo sea en el espacio. Desde semejante perspectiva, resultaría posible la existencia de una serie infinita de universos paralelos en el espacio, cada uno de los cuales constituiría sólo una pequeña parte de un multiverso mucho más grande. Igual que una burbuja de jabón forma parte de la espuma que la contiene.

El físico Max Tegmark, uno de los proponentes del multiverso, escribió en mayo del 2003 estas palabras: “El modelo cosmológico más simple y más popular predice que usted tiene un gemelo en una galaxia situada a diez elevado a veintiocho metros de aquí. Esta distancia es tan grande que está más allá de lo astronómico, pero eso no hace menos real a su doble. En un espacio infinito hasta los eventos más inverosímiles deben tener lugar en alguna parte. Hay infinitos planetas habitados, lo cual incluye no solo uno sino infinitos que tienen personas con la misma apariencia, nombre y recuerdos que usted.” [1]  Por supuesto, no hace falta decir que tal afirmación hay que aceptarla por fe ya que jamás podremos comprobar la existencia de nuestros gemelos intergalácticos, ni siquiera enviarles un correo electrónico. Vivirían demasiado lejos. Trece mil setecientos millones de años luz es la distancia más lejana que se puede observar en el borde de nuestro universo porque desde allí nos llega luz de estrellas. Esto significa que no podemos ver ningún otro universo que esté más allá. Suponiendo, desde luego, que exista.

Puestos a imaginar, Tegmark predice que los multiversos pueden tener espacios, tiempos y leyes físicas diferentes al nuestro. Incluso podrían crearse universos nuevos cada vez que cualquier persona, en la Tierra, escoge un camino y no otro. Esto sería matemáticamente posible suponiendo un espacio de infinitas dimensiones en el que todas las realidades alternativas existirían al mismo tiempo. Y, en fin,Tegmark está convencido de que su hipótesis de los múltiples universos desconocidos parece más razonable que la del diseño inteligente del único universo que conocemos. Pero, ¿lo es realmente?

Lo primero que me gustaría señalar es quela idea de los infinitos universos paralelos no es nueva. El filósofo griego Epicuro (341-271 a. C.) se imaginaba ya, tres siglos antes de Cristo, un “universo infinito que lanzaba mundos aleatoriamente” [2] . Lo que constituye una versión antigua de la moderna teoría del multiverso. No es, por tanto, que la ciencia contemporánea haya descubierto esta posibilidad y la imponga necesariamente, sino que se trata de una concepción más ideológica que matemática.

Suponer la existencia de múltiples universos que no se pueden detectar de ninguna manera en la realidad, puesto que estarían más allá del alcance de los telescopios más sofisticados o de las posibilidades de la ciencia, es como caminar por una pendiente sumamente resbaladiza.La teoría del multiverso puede estar revestida con ropaje matemático, pero necesita un salto de fe similar o superior al de aceptar la existencia de un Dios creador. Si no es una teoría simple como las que buscan habitualmente los científicos, ¿por qué hay tantos que la aceptan? ¿Será quizás que para deshacerse de Dios se requieren infinitos universos, de los que no hay constancia y nada podemos saber? La elección continúa siendo la misma que en tiempos de Epicuro: Dios o el multiverso. No parece que hayamos avanzado mucho.

Refiriéndose a los múltiples universos, el biólogo ateo Richard Dawkins escribe que ha leído que “la mayoría de los físicos odian esta idea. No puedo entender por qué. Creo que es muy bella, quizá porque mi conciencia ha sido mejorada por Darwin” [3] . Como era de esperar, Dawkins aplica su ferviente darwinismo no sólo a la biología sino también a la cosmología. Cree que la teoría del multiverso se complementa perfectamente con la selección natural de Darwin aplicada a los universos paralelos.

Lo que no explica Dawkins es el motivo por el cual dicha teoría no gusta a la mayoría de los físicos. Yo creo quelos físicos odian la hipótesis del multiverso porque no ofrece ninguna evidencia a su favor. Pretende explicarlo todo pero en realidad no explica nada. No hay forma de investigar o verificar esta teoría. Solamente puede resultar interesante para quienes, como Dawkins, desean evitar a toda costa la conclusión obvia de que el ajuste fino del universo, su elegancia física y exquisitez matemática, necesita una explicación divina. Se pretende sustituir el diseño inteligente que muestra el cosmos por una especie de payasada matemática infinitamente compleja y carente de explicación.

El hecho de que pudieran existir múltiples universos con sus propias leyes no demuestra, ni mucho menos, que tales universos existan realmente.No se conoce, hoy por hoy, la menor evidencia física de tal existencia y, por tanto, se trata de una idea absolutamente especulativa. Incluso en el supuesto de que dichos mundos fueran reales, estarían sometidos necesariamente a leyes particulares. ¿De dónde habrían surgido tales leyes? Existiera o no el multiverso, todavía tendríamos que responder a la pregunta acerca del origen de las leyes de la naturaleza. Y la única respuesta razonable es la Mente inteligente que se revela en lo creado. La existencia del multiverso no eliminaría tampoco la necesidad de un origen divino.

En resumen, yo creo que el multiverso no es más que una teoría desesperada que procura borrar las múltiples huellas de Dios en la naturaleza pero, inclusive aunque fuera cierta, nunca lograría su objetivo.

[1] Tegmark, M., mayo del 2003,  Scientific American,  Ver http://www.sciam.com/article.cfm?chanID=sa006&articleID=000F1EDD-B48A-1E90-8EA5809EC5880000.

 

[2] O’Leary, D., 2011,  ¿Por diseño o por azar?,  Clie, p. 50.

 

[3] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB p. 371.


Dawkins y su experimento de la oración

Dawkins y su experimento de la oración

Por el apologista Antonio Cruz Suárez

No deberíamos, como hace el biólogo ateo, concebir a Dios como si fuera un ser humano elevado a la enésima potencia.

Como es sabido, el biólogo ateo Richard Dawkins defiende en sus escritos la idea de que la religión es, en general, la raíz de casi todos los males que hay en el mundo. De tal convicción, saca la motivación principal para arremeter tenazmente contra la probabilidad de la existencia de Dios ya que, según él, toda creencia en el Ser Supremo es una especie de espejismo que puede resultar muy peligroso para la humanidad. La presencia o ausencia de la divinidad es considerada en sus obras como si, en efecto, se tratase de un asunto susceptible de ser analizado científicamente, aunque admite que de momento no está resuelto. ¿Cómo se podría experimentar con Dios?

Si realmente existiera un Creador inteligente, sus huellas deberían resultar evidentes en el cosmos. Sin embargo, si su realidad fuese solamente una ilusión -como cree Dawkins-, el universo mostraría por el contrario signos que reflejarían la no existencia de Dios. Un mundo con Dios y otro sin él tendrían que ser radicalmente distintos. Ahora bien, ¿qué respuesta ofrece la naturaleza? ¿Cómo es el mundo según los datos de la ciencia?

El propio autor reconoce que el universo y la vida parecen decir que existe una inteligencia sobrenatural que diseñó y lo creó todo, incluido el ser humano. En el prefacio de su libro, El relojero ciego,  escribe: “La complejidad de los organismos vivos va pareja con la elegante eficiencia de su diseño aparente. Si alguien no está de acuerdo con que este diseño tan complejo pide a gritos una explicación, me rindo.” [1]  Pero, por supuesto, Dawkins no se rinde. Dedica el resto del libro a defender la idea de que los mecanismos de la evolución han sido los únicos responsables del aparente diseño que evidencia la naturaleza. En su opinión, no se necesita para nada un diseñador divino ya que la acción ciega de la selección natural es capaz de hacerlo igual de bien. Hasta mediados del siglo XIX casi todo el mundo estaba convencido de la existencia de una inteligencia sobrenatural que creó el universo y la vida, pero a partir de Darwin las cosas cambiaron. Se empezó a creer que las múltiples evidencias de diseño eran consecuencia de la acción azarosa de la evolución y, por tanto, la existencia de Dios se volvió cada vez más improbable.

Uno de los argumentos a los que se refiere Dawkins para explicar por qué cree que Dios es tan inseguro, es lo que llama “el gran experimento de la oración”. [2]  El físico británico Russell Stannard llevó a cabo este curioso experimento, que patrocinó la Fundación Templeton (gastándose 2,4 millones de dólares), con el fin de probar experimentalmente que la oración mejoraba la salud de los pacientes con problemas cardíacos. Se eligieron 1.802 enfermos al azar de seis hospitales, a los que se les había implantado un  bypass . Éstos no se conocían entre sí, ni a los médicos, ni a quienes oraban por ellos. Se les dividió en tres grupos: el primero, formado por pacientes que recibían oraciones y no lo sabían; el segundo (grupo control), no recibían oraciones y tampoco lo sabían; mientras que el tercer grupo recibían oraciones y eran conscientes de ello. Las personas encargadas de orar fueron seleccionadas también entre tres iglesias: una de Minnesota, otra de Massachusetts y la tercera de Missouri. Los resultados de tan temerario experimento fueron publicados en el número de abril del 2006 de la revista  American Heart Journal . Al parecer, las conclusiones obtenidas no dejaban lugar a las dudas. No había ninguna diferencia entre la mejoría de los pacientes por los que se había estado orando y aquellos otros por los que no. El regocijo de Dawkins ante semejante resultado era previsible. Si existe un Dios personal que escucha todas las oraciones, ¿por qué no responde? ¿No se debería interpretar dicha falta de respuesta en el sentido de que, sencillamente, Dios no existe?

Hay un error fundamental en este experimento de la oración:  con Dios no se pueden hacer experimentos científicos . No es posible ponerle a prueba mediante la metodología humana porque no está constituido por átomos, moléculas, células o fuerzas físicas. Dios no es una causa natural sino un ser espiritual, racional y personal. Semejante intento de ponerle a prueba es una humillación para la divinidad. Pretender examinarle según nuestros criterios constituye un insulto a Dios del que deberíamos avergonzarnos. No se le ultraja por rogarle en oración que sane a un enfermo, se le ofende cuando esto se le pide en el marco de una manipulación experimental humana. Mediante tal práctica colocamos nuestra razón por encima de la fe como hizo Tomás, mereciendo la recriminación de Jesús: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn 20:29).

Como no creo que este versículo impresione demasiado a Dawkins, me lo imagino replicando, a pesar de todo, que si hay un Dios bueno siempre curará al que se lo pide, como hace cualquier médico si está en su mano. Sin embargo, esta réplica incurre en un segundo error.  El de suponer que Dios hará aquello que nosotros pensamos que debe hacer . En realidad, el experimento de la oración pretende comprobar solamente la omnipotencia divina para curar al enfermo. Pero es incapaz de averiguar la existencia de Dios precisamente porque él es mucho más que un simple sanador de dolencias físicas. Si existe un Creador sobrenatural, personal, sabio y sobrehumano, resulta del todo imposible comprobar únicamente su poder para curar, porque esta cualidad particular no representa todo lo que Dios es. La omnipotencia divina va inseparablemente unida a su sabiduría y benevolencia sobrenatural. En el Creador se conjugan de manera indisoluble los atributos de la inteligencia, el amor y todo poder. Es imposible, por tanto, comprobar únicamente uno de ellos.

No debemos concebir a Dios como si fuera un ser humano elevado a la enésima potencia. No podemos saber cómo percibe y actúa suponiendo cómo lo haríamos nosotros si tuviéramos su poder. Hay una gran diferencia entre lo que es en realidad el Altísimo y aquello que nosotros pensamos que debería ser. El Dios que pretende poner a prueba Richard Dawkins es sólo una versión muy amplificada de él mismo. Por eso no lo ha encontrado todavía. Pero nosotros, por desgracia, no somos seres espirituales, omniscientes, omnipotentes y absolutamente bondadosos. No somos dioses, aunque algunos se lo crean.

El error de Dawkins, de considerar a Dios como un ser natural complejo que ha evolucionado, se observa en estas palabras: “cualquier inteligencia creativa, con suficiente complejidad como para diseñar algo, sólo existe como producto final de un prolongado proceso de evolución gradual. Las inteligencias creativas, tal cual han evolucionado, llegan necesariamente tarde al Universo, y por lo tanto, no pueden ser las responsables de su diseño. Dios, en el sentido ya definido, es un espejismo; y tal como se muestra en capítulos posteriores, un espejismo pernicioso” [3] . Este argumento demuestra, una vez más, el equivocado concepto de Dios que posee Dawkins.

Si Dios hubiera evolucionado, como sugiere él, no sería Dios. Imaginar que la inteligencia del Sumo Hacedor es como una versión potentísima de la nuestra no nos permite saber qué significa realmente ser Dios. Él es una mente sin cerebro ni cuerpo físico capaz de diseñar y crear el universo. Su intencionalidad y premeditación son anteriores a las leyes del cosmos y las explican por completo. Su inteligencia, que es de una clase completamente distinta a la nuestra, precede a la materia y, por supuesto, a cualquier transformación de ésta. Dios es puramente espiritual por definición. No está formado por átomos. Lo sabe todo, lo puede todo, nos ama a todos -incluso a los incrédulos como Dawkins-. Comprende totalmente todas las posibles repercusiones de cualquier acción, así como el bien espiritual y material que se derivaría de ellas, no sólo para el creyente que ora sino para todos los demás en el presente y el futuro. Tal es el Dios cuya existencia hay que probar y no el que evoluciona según el darwinismo gradualista.

Frente a este verdadero Dios, cualquier resultado del experimento de la oración resulta positivo. Él responde las oraciones teniendo en cuenta siempre aquello que es verdaderamente bueno no sólo para quien lo pide, sino también para todos los seres humanos presentes y futuros. No se trata solamente del bien de la sanidad inmediata e individual, sino del bien espiritual y de la inmensa red de bienes múltiples que se entrecruzan en los distintos niveles posibles. Para comprender perfectamente las respuestas de Dios a nuestras oraciones deberíamos poseer su infinita sabiduría y bondad.

El teólogo católico Scott Hahn se refiere a la labor de los médicos para poner un ejemplo de lo que podría ser el papel de Dios antes las oraciones de sus hijos. [4]  Los profesionales de la medicina se encuentran a menudo con pacientes gravemente enfermos de enfisema pulmonar que, por supuesto, desean curarse, pero no están dispuestos a dejar de fumar. Alcohólicos que pretenden sanar su deteriorado hígado, pero no consiguen dejar de tomar bebidas alcohólicas. Conductores temerarios que anhelan caminar bien, después de un serio accidente de tráfico, pero no están dispuestos a conducir con prudencia ni a dejar de poner en peligro las vidas de los demás. Enfermos de cualquier tipo de cáncer, que durante años han venido amargando las vidas de sus familiares y continuarán haciéndolo si se curan. Se podrían poner muchos ejemplos más parecidos a éstos. Pues bien, si un médico humano se da cuenta de tales aspectos en su trabajo diario, ¿cuánto podrá saber un Dios omnisciente?

Es difícil que un materialista entienda que el bien espiritual esté por encima del bien material o físico. Pero para los cristianos es así. La curación última de toda enfermedad o dolencia física es, de hecho, la muerte. El bien final con el que debemos comparar cualquier bien material, como es la propia sanidad, es sin duda la vida eterna. Esto es lo que nos indica la cruz de Jesucristo. Allí fue donde verdaderamente Dios se puso a prueba. Ese fue el gran experimento. Cristo sudó sangre en el Getsemaní, le pidió al Padre si era posible dejar de beber aquella amarga copa y lanzó un último grito al sentirse abandonado mientras cargaba nuestro pecado. Tal es el auténtico escenario que le da sentido a todo y en el que debemos formular todas las preguntas sobre el bien último: los alrededores de la tumba vacía de Jesús.

  [1] Dawkins, R., 1986,  El relojero ciego,  ePUB, p. 7.

   [2] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB p. 58.

   [3] Ibid.,  p. 30.

   [4] Scott H., 2011,  Dawkins en observación , Rialp, Madrid, p. 88.

Nota del administrador: Este post fue tomado de http://www.protestantedigital.com


Las matemáticas y el origen de la vida

Las matemáticas y el origen de la vida

Por: El apologista Antonio Cruz Suárez

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El origen y desarrollo de la vida sobre la Tierra, según propone la evolución darwiniana, se enfrenta con una dificultad insalvable: hay muy poco tiempo para que el azar haya podido ser la causa.

Leyendo las obras de Richard Dawkins, uno llega a la conclusión de que el motivo principal de su distorsionada visión acerca de los orígenes se debe, sobre todo, a la enorme fe que profesa en el azar.

En numerosas ocasiones, se refiere a una antigua sentencia del famoso filósofo ateo, David Hume, para negar la posibilidad de la existencia del Dios creador. Según este pensador escocés del siglo XVIII: “Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de tal tipo que su falsedad resulte más milagrosa que el hecho que trata de establecer.” [1]  Y, por supuesto, Dawkins cree que Dios es mucho más milagroso que el origen materialista de la vida por azar. Cualquier cosa que pudiera atribuirse al Sumo Hacedor, el azar la haría mejor y, por milagroso que parezca un determinado acontecimiento, siempre se podrá explicar más satisfactoriamente como una afortunada casualidad. ¿Está Dawkins en lo cierto? Vamos a ver como la ciencia de la estadística demuestra que no es así.

Hay una objeción importante. Según el darwinismo gradualista y materialista que el famoso biólogo ateo cree a pies juntillas, el azar no dispuso de todo el tiempo del mundo para originar la vida a partir de la materia muerta, por la sencilla razón de que el cosmos no es eterno. Desde luego, ante las vertiginosas expectativas de la eternidad todo puede suceder. Pero si se acepta que el Universo empezó a existir hace alrededor de 13.500 millones de años, que la Tierra se formó hace 4.500 millones y las primeras células vivas surgieron hace 3.700 millones de años, hay que asumir que el azar dispuso como mucho de diez mil millones de años para convertir la química en biología. Es decir, para originar la vida por casualidad sin la intervención de ningún agente inteligente. Semejante cantidad de tiempo puede parecer enorme y suficiente a primera vista pero, en realidad, no lo es. Más bien se trata de un período demasiado breve para que la ruleta de los elementos químicos se parara precisamente en el extraordinario número premiado del ADN. Y esto supone, sin duda, un grave problema para los ateos.

Si el creador hubiera sido el Dios de la Biblia, podría haber formado el universo de manera instantánea o bien en cualquier período de tiempo que le viniera en gana. No obstante, el azar no posee tantas posibilidades ya que requiere muchísimo tiempo para conseguir unos insignificantes resultados. ¿Y esto por qué? Pues porque un ser inteligente es capaz de tomar decisiones inteligentes pero el azar no lo es. Si se caracteriza por algo es precisamente por su falta de inteligencia. El azar no toma decisiones, no planifica el futuro, no elije atajos y, desde luego, es incapaz de elaborar, por mucho tiempo que se le conceda, algo tan sofisticado como un cerebro inteligente.

Suponiendo incluso que la cronología evolucionista sea cierta, al azar le quedaría muy poco tiempo para originar la primera célula viva, ya que hasta hace 3.800 millones de años -según afirma la geología histórica- la Tierra no estuvo suficientemente fría y preparada como para permitir la vida. Se piensa que las primeras células simples, del tipo bacterias o procariotas, (que de simples no tienen nada) debieron originarse casi inmediatamente después de que la Tierra se enfriara. Esto deja un breve margen de tiempo para que el azar juegue con el intrincado puzle de la primera molécula de ADN. Sin embargo, el lento gradualismo que requiere el azar necesita en realidad como cuatro veces y media la edad que se le supone al universo para originar la vida. Hay aquí un serio problema. ¿No podría la evolución dar saltos o ir más rápida? Algunas hipótesis teístas aceptan esta posibilidad pero el azar antiteísta del biólogo inglés la rechaza radicalmente. Para él, cualquier transformación de la materia o de los organismos ha de ser siempre pasito a pasito y sin prisas ni atajos.

Dawkins insiste en que la probabilidad de que la macromolécula de ADN surgiera espontáneamente es de una en mil millones o incluso menos. Sin embargo, la mayoría de los físicos, químicos y biólogos especializados en el origen de la vida no suelen compartir este optimismo matemático. Ellos saben que las bases nitrogenadas que conforman cualquier molécula de ADN (adenina, citosina, guanina y timina) no suelen formarse espontáneamente chocando unas con otras sino que deben ser fabricadas minuciosamente paso a paso. Esto requiere que se tenga que calcular la probabilidad de los enlaces químicos entre los distintos átomos en cada uno de tales pasos. Y así sucesivamente la complejidad se va multiplicando sin cesar. Los estudiosos de la biogénesis no creen que la probabilidad de que el azar fabrique una secuencia de tan sólo 100 bases de ADN sea, como dice Dawkins, de una en 1.000.000.000 sino de una en 1.600.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 [2] . No se trata de un uno seguido de nueve ceros, sino del número dieciséis seguido por cincuenta y nueve ceros. ¡La diferencia es abrumadoramente abismal y sobrepasa cualquier expectativa! Sobre todo cuando se compara con la cantidad total de átomos que podría tener el universo, que es muchísimo menor (un uno seguido por 28 ceros).

Sin embargo, tan remota probabilidad para el origen de la vida por azar es en realidad todavía bastante inferior. Hay que tener en cuenta que el ADN es solamente un componente de la célula; que la información que contiene debe servir para fabricar proteínas y que, para poder hacerlo, necesita de la existencia de otras proteínas ya elaboradas, así como de otros ácidos nucleicos del tipo ARN. Se requiere todo este conjunto de estructuras y actividades proteicas para que el ADN pueda despertar y revelar su información. Esto significa que, además de la secuencia del ADN, hay que contar con la formación al azar del ejército de macromoléculas que le acompaña. Y además se genera la cuestión de siempre: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿el ADN o las proteínas que éste necesita para expresarse? La probabilidad de que ambas estructuras aparecieran simultáneamente disminuye hasta lo impensable. ¿Cómo es posible que Dawkins siga creyendo en el azar, ante semejante estadística? Muy fácil, él dice que si estamos aquí es porque debió ocurrir así, a pesar de los pesares [3] . Pero esta “explicación dawkiniana” no explica nada porque ni siquiera es un argumento serio. En realidad, se trata de una suposición que se hace pasar por demostración. Pero la aparición de la vida por azar no queda así demostrada, ni mucho menos. Siempre resulta sospechoso dar por supuesto precisamente aquello que es menester demostrar. Es verdad que estamos aquí en la Tierra, esto lo sabemos bien, pero de semejante evidencia no se sigue necesariamente que la vida se originara en este planeta por azar. Eso es justo lo que hay que demostrar.

Volvamos a las matemáticas. Si se toma de nuevo una sola proteína sencilla de cien aminoácidos y se calcula la posibilidad de acertar con la combinación correcta por azar, resulta que la estadística de Dawkins se queda muy pero que muy atrás. En vez de su optimista probabilidad de obtener esa pequeña proteína por azar, de uno en mil millones -igual que vimos para el ADN-, resulta, después de hechos los oportunos cálculos matemáticos, una cantidad con tantos ceros que prefiero no escribirlos para no marear al lector. En realidad, tal probabilidad sería de uno entre el número doce seguido por 129 ceros. [4]  Algo absolutamente improbable. No obstante, una célula no es sólo un pequeño trozo de ADN más las pocas proteínas que transcribe. Es muchísimo más que eso.

El origen y desarrollo de la vida sobre la Tierra, según propone la evolución darwiniana, se enfrenta por tanto con una dificultad insalvable: hay muy poco tiempo para que el azar haya podido ser la causa. No solo es improbable, usando la terminología de Dawkins, sino sencillamente imposible. Esto es precisamente lo que certifica la gran cantidad de trabajos científicos sobre el origen de la vida que se han venido publicando durante los últimos treinta años y que Dawkins prefiere ignorar por completo. Si a esta dificultad del tiempo se añade que la célula no puede funcionar, a menos que estén integradas todas sus partes de manera precisa y sean capaces de actuar como un todo desde el principio. Además, las diferentes estructuras y orgánulos celulares son también entidades complejas constituidas por unidades todavía más pequeñas pero perfectamente integradas. ¿Cómo pudo el azar ciego fabricar dichas partes? El azar carece de previsión o finalidad. Es incapaz de construir cualquier estructura celular “para que sirva en el futuro cuando haga falta”. ¿Cómo explicar que existan partes tan sofisticadas, sin función aparente, durante millones de años? No existe una respuesta satisfactoria.

En resumen, son tan pocas las posibilidades de que la vida se originara por casualidad, como propone Dawkins, que la alternativa contraria adquiere notable importancia. Ante el dilema de las dos opciones para el origen de la vida, la inteligencia o el azar, y a la vista de los importantes obstáculos lógicos que presenta éste, la acción de una inteligencia creadora se erige por encima del azar sin propósito. El físico Michael Turner, después de reflexionar sobre el Big Bang y la apabullante precisión con la que debió suceder para poder crear todas las constantes del cosmos, elaboró una analogía que nos parece también pertinente en el asunto del origen de la vida. Dijo: “es como si uno lanzase un dardo a través de todo el universo y acertase en el centro de una diana de un milímetro de diámetro”. [5]  ¿Qué resulta más milagroso para explicar el origen de la vida: el azar ciego o la inteligencia previsora? Dawkins se empeña en la absurda posibilidad del azar porque no quiere aceptar a un Dios todopoderoso, creador del cielo, la tierra y la vida. Yo prefiero pensar que a Dios le gusta jugar a los dardos y sabe tirarlos con exquisita precisión.

  [1] Dawkins, R., 2011,  La magia de la realidad,  Espasa, Barcelona, p. 254.

 

[2] Hahn, S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 43.

 

[3] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB ,  p. 125.

 

[4] Hahn, S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 47.

 

[5] Citado en Gerald Schroeder, The Science of God (New York: Broadway Books, 1997), p. 5.

 


Derribando a Dawkins

Derribando a Dawkins

Por: Will Graham

Nuestro artículo se enfocará exclusivamente en el capítulo más importante del El espejismo de Dios, a saber, el capítulo cuatro, titulado ‘Porqué casi ciertamente Dios no existe’.

Damas y caballeros, en este día quiero presentaros al biólogo británico Richard Dawkins, el ateo más famoso, renombrado y celebrado del planeta Tierra. Nacido en Nairobi (Kenia) en el 1941, Dawkins- además de su labor científica- es conocido principalmente por su desprecio hacia la fe religiosa, ejemplificado en su best seller  El espejismo de Dios (2006) , libro que inició el movimiento del Nuevo Ateísmo.

¿Por qué presentaros, pues, al ‘capellán del diablo’ en este espléndido día? Por dos razones.

Primera razón: porque el nombre de Dawkins está en boca de cada vez más jóvenes universitarios aquí en España. Muchos han leído (o han oído hablar de)  El espejismo de Dios  y por lo tanto, están convencidos de que el ateísmo contemporáneo ha enterrado a Dios definitivamente. Segunda razón: porque muchos creyentes le tienen miedo. ¡Así declaro! Es como si Dawkins fuera el Goliat intelectual del siglo XXI. Si un ateo nos cita un pasaje de Dawkins- como regla general- nos ponemos a temblar, a sudar y no sabemos qué decir salvo: “¡Líbrame de esta situación, Señor!”

Si queremos ser relevantes y más eficaces a la hora de evangelizar (sobre todo con los jóvenes españoles pensantes), sería importante interactuar con el pensamiento del inglés para poder derribarle de la misma forma que el pastorcito David hizo con Goliat. A nivel personal he visto una y otra vez como los agnósticos y ateos se quedan impresionados cuando un creyente común y corriente es capaz de identificar fallos en la lógica de Dawkins en particular (o del ateísmo en general). Enseguida el evangelista consigue mucha más credibilidad con sus interlocutores y por consiguiente, resulta más fácil abrir el camino para la predicación del Evangelio.

Hoy, nuestro artículo se enfocará exclusivamente en el capítulo más importante del  El espejismo de Dios , a saber, el capítulo cuatro, titulado ‘Porqué casi ciertamente Dios no existe’. Dawkins mismo confesó que contiene “el argumento central” de su libro. Lo que haremos es citar los seis pasos del argumento de Dawkins encontrados en el cuarto capítulo y luego proseguiremos analizándolos detenidamente a la luz de la razón.

1.- Los seis pasos de Dawkins

Aquí están los seis pasos de Dawkins. El tercer punto, por cierto, es el más ampliamente citado y usado por los nuevos ateos.

Paso 1: Uno de los mayores desafíos al intelecto humano a través de los siglos ha sido explicar cómo surge en el universo la compleja e improbable apariencia de diseño.

Paso 2: La tentación natural es la de atribuir la apariencia de diseño al mismo diseño actual. En el caso de un artefacto hecho por el hombre como un reloj, el diseñador fue realmente un ingeniero inteligente. Es tentador aplicar la misma lógica a un ojo, a un ala, a una araña o a una persona.

Paso 3: Esa tentación es falsa porque la hipótesis de un diseñador hace surgir inmediatamente el mayor problema de quién diseñó al diseñador. […]

Paso 4: La más ingeniosa y poderosa explicación descubierta hasta ahora es la evolución darwiniana mediante la selección natural. Darwin y sus sucesores han demostrado cómo las criaturas vivientes con su espectacular improbabilidad estadística y apariencia de diseño han evolucionado lentamente mediante grados incrementales desde comienzos simples. Nosotros podemos ahora con seguridad decir que la ilusión del diseño en las criaturas vivientes es precisamente eso, una ilusión.

Paso 5: Nosotros todavía no tenemos una explicación equivalente para la física. Algún tipo de teoría de un multiverso podría, en principio, hacer para la física el mismo trabajo explicativo que el darwinismo hace para la biología. […]

Paso 6: No debemos renunciar a nuestras esperanzas de que aparezca una mejor explicación en física, algo tan poderoso como lo es darwinismo para la biología. […]

Con estos seis pasos, el biólogo concluye, “Si el argumento de este capítulo es aceptado, la premisa factual -la hipótesis de Dios- es insostenible. Dios, casi ciertamente, no existe. Esta es la conclusión principal del libro hasta ahora”.

2.- Un análisis crítico de los seis pasos de Dawkins:

Paso 1:

Estamos cien por cien de acuerdo con el primer paso del biólogo. La tradición intelectual de la humanidad ha reconocido una compleja apariencia de diseño. Así es. No hay quien lo dude.

 Paso 2:

Dawkins simplemente afirma que, según él, es “tentador” pensar que esta apariencia de diseño implica la existencia de un Diseñador. No dice nada más. No sé, sin embargo, si “tentador” sería el adjetivo correcto. ¿Por qué no decir que es “lógico” o “natural” o “razonable” suponer la existencia de un Diseñador? ¿Por qué precisamente “tentador”?

 Paso 3

¿Quién diseñó al Diseñador? ¿Quién creó al Creador? ¿Qué causó la Primera Causa? ¿Cómo puede el creyente contestar semejantes objeciones? Se me ocurren cuatro respuestas sencillas:

La primera es sencillamente reconocer que la hipótesis de un ‘Diseñador diseñado’ está cargada de una presuposición inaceptable, a saber, que Dios es creado. Es como hablar de un círculo cuadrado o de un soltero casado o de un cerdo araña. Son dos conceptos mutuamente excluyentes. El momento en que empezamos a hablar de un Dios creado, estamos refiriéndonos a un  no dios,  o en términos cristianos, a un ídolo. No hay tal cosa como un Dios creado. Dios es -por definición- eterno y por lo tanto, no creado. No me sorprende, pues, que Dawkins no crea en Dios si el Dios en el cual no cree es un Dios creado. De hecho, no conozco a ningún cristiano que tenga fe en tales dioses creados. Me pregunto, ¿por qué llamó Dawkins su libro  El espejismo de Dios ? ¿No debería haberlo llamado más bien  El espejismo de los dioses  creados? Tal vez no hubiera vendido tantos ejemplares ya que prácticamente nadie cree en los ídolos hoy día. Pero a nivel lingüístico, debemos rechazar este argumento como sumamente engañoso. No tenemos que tragarnos todo lo que dice el ateísmo. Es una objeción falsa.

La segunda es darnos cuenta de que -a nivel filosófico- no hace falta tener una explicación de la explicación. ¿Me explico? Aquí empleo la ilustración de William Lane Craig, “Si unos arqueólogos, excavando en la tierra, descubrieran objetos que lucieran como puntas de flecha, cabezas de hachas, y fragmentos de cerámica, estarían justificados al inferir que esos artefactos no son el resultado del azar de la sedimentación y metamorfosis, sino productos de algún grupo desconocido de personas, aunque no tuvieran ninguna explicación de quiénes fueron, ni de dónde vinieron”. La idea es que no hace falta explicar la existencia de la tribu (o el grupo desconocido de personas) para reconocer que fabricó las diversas herramientas. De la misma forma, tampoco hace falta explicar la existencia del Creador para entender que creó todo lo que hay debajo de los cielos. Dios es la explicación del diseño que hay en el universo; pero no necesitamos una explicación de Dios para reconocer que Él lo ha hecho todo. De todas formas, si necesitáramos una explicación de la explicación tarde o temprano necesitaríamos una explicación de la explicación de la explicación y así  ad infinitum  (es decir, una regresión infinita de explicaciones) que no sería capaz de explicar absolutamente nada. En tal caso, la ciencia perecería y, por consiguiente, Richard Dawkins no podría seguir escribiendo libros explicando la no existencia de Dios porque no sería posible explicar nada de nada.

La tercera es entender la razón por la que Dawkins rechaza el concepto del Diseñador. Puesto que Dawkins es darwiniano, cree que lo complejo siempre surge a partir de lo simple. Hay dos maneras de acercarnos a esta objeción (dependiendo del contexto). En primer lugar, podríamos decir que Dios es mucho más simple que el universo porque Él es un Ser espiritual (o sea, inmaterial). No tiene partes físicas. Por lo tanto, podríamos decir que la hipótesis de Dios encaja perfectamente con la idea evolucionista de que lo complejo viene de lo sencillo.

En segundo lugar, podríamos rechazar el postulado evolucionista y explicar que hay muchos ejemplos que demuestran que algo complejo puede producir algo simple. Un buen ejemplo sería el libro  El espejismo de Dios.  ¿Qué es un libro sino papel y tinta? ¿Acaso no es su autor, a saber, Richard Dawkins- cien mil veces más complejo que el libro que produjo? ¡Por supuesto que sí! Por tanto, es muy posible que el Creador del universo sea infinitamente más complejo que aquello que creó.

La cuarta idea es simplemente preguntar a Dawkins la razón la por la que no quiere aceptar la hipótesis de Dios. Al fin y al cabo, el biólogo ha comentado que cree en algún tipo de materia eterna que existía aun antes del Big Bang. Pero si Dawkins está dispuesto a creer en algo eterno, ¿por qué no se abre a la idea de un Dios eterno también?

Estas cuatro respuestas -el engaño lingüístico, la explicación de la explicación, lo complejo de lo sencillo y la eternidad- nos ayudan a contradecir la hipótesis de un Diseñador diseñado.

Paso 4

Aquí Dawkins apela a su héroe científico Charles Darwin (1809-82) para derribar la idea del diseño biológico. ¡Qué extraño! ¿Verdad? Es como si Dawkins no se diera cuenta de que Darwin creía que el Dios Creador había puesto en marcha el proceso evolutivo. Escribió en su  magnum opus Sobre el origen de las especies,  “Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes facultades, fue originalmente alentada por el Creador en unas cuantas formas o en una sola y […] se han desarrollado y se están desarrollado, a partir de un comienzo tan sencillo, infinidad de formas cada vez más bellas y maravillosas”. 1

Es necesario aclarar que la teoría de la evolución no implica la no existencia de un Diseñador. Hasta el día de hoy hay protestantes tales como el genetista americano Francis Collins (1950-) o el teólogo alemán Jürgen Moltmann (1926-) que combinan su fe en Cristo con una cosmovisión abiertamente evolucionista (aprovecho para comentar que yo, personalmente, no comparto la postura macro-evolucionista por varias razones). La evolución puede explicar lo que sucede una vez que haya vida en el universo; pero no es capaz de explicar el origen de dicha vida. En palabras de Wayne Grudem, “Probablemente la mayor dificultad de toda la teoría evolucionista es explicar cómo pudo haber empezado la vida. La generación espontanea de incluso el organismo vivo más sencillo capaz de tener vida independiente (la célula  bacteriana procariota)  de materia inorgánica en la tierra no pudo haber sucedido por la mezcla casual de químicos; exige diseño y artesanía inteligente tan compleja que ningún laboratorio científico avanzado del mundo ha podido lograrlos”.

El cuarto paso de Dawkins, entonces, no hace avanzar su mensaje de ateísmo. La evolución no contradice el teísmo.

 Paso 5

En el quinto paso tristemente acontece lo mismo que con el cuarto. La única diferencia es que esta vez estamos en el terreno de la física -o mejor dicho, la astrofísica- y por lo tanto, en vez de citar al biólogo Darwin, Dawkins evoca la teoría astrofísica del multiverso (la creencia de que hay una infinidad de universos como el nuestro en existencia).

Pero de nuevo, es más de lo mismo. Apelar al multiverso no soluciona nada. Además de ser una teoría disparatada, especulativa y filosóficamente vacía (en términos de Anthony Flew, Richard Swinburne y Paul Davies) que uno ha de aceptar por fe ciega -¡menuda ironía!- el multiverso, si de verdad existe, es algo que requiere una explicación. ¿De dónde vino? ¿Cómo es que surgió de la nada? ¿Cómo explicar sus leyes? “Así que, haya o no multiverso, todavía tenemos que habérnoslas con la cuestión del origen de las leyes de la naturaleza. Y la única explicación viable es la Mente divina” (Anthony Flew). 2

El quinto paso de Dawkins, entonces, tampoco hace avanzar su mensaje de ateísmo. Si existiera el multiverso, sería perfectamente compatible con la existencia de Dios. No implica para nada la no existencia del Creador. Es otro argumento vacío que ofrece una falsa alternativa entre Dios y la física (como la falsa alternativa entre Dios y Darwin).

 Paso 6

El paso seis no se trata de un argumento. Es simplemente una confesión de fe y esperanza ateísta en que un día habrá una explicación física materialista que explicará la compleja apariencia de diseño que hay en el cosmos. En cierto sentido, confieso que admiro a Dawkins. Me encantaría tener tanta fe como él.

3.- Conclusión

Todo lo que hemos estudiado hoy sirve para demostrar que la conclusión de Dawkins de que “Dios, casi ciertamente, no existe” no es coherente con los seis pasos de su argumento. A nivel lógico, su conclusión es manifiestamente falsa.

Evidentemente los puntos tres, cuatro y cinco representan el cénit del libro del  Espejismo de Dios;  pero hemos visto que no implican para nada la no existencia de Dios. Como mucho, Dawkins podría decir que el argumento a partir del diseño no es un buen argumento para defender la hipótesis de Dios (idea que nuestro querido apologeta español, el doctor en biología Antonio Cruz, no aceptaría nunca); pero el inglés se olvida de que hay muchos otros argumentos que dan testimonio de la existencia del Creador tales como el argumento cosmológico, el argumento teleológico, el argumento moral, el argumento a partir de la experiencia personal con Dios y las evidencias tocantes a la resurrección de Jesús de Nazaret de la tumba (entre otros).

Así que, ¡no tengas más miedo a Goliat! Es hora de derribarle en las calles y las universidades de España. Dios, ciertamente, existe. Dios es. Y felizmente Goliat y Dawkins no pueden hacer nada al respecto. ¡Aleluya!

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1  DARWIN, Charles, El origen de las especies (Prisa Innova: Madrid, 2009), p. 778.

2  FLEW, Anthony, Dios existe (Trotta: Madrid, 2012), p. 108.

Nota del administrador: Este post fue tomado de http://www.protestantedigital.com