Derrocados del centro del Universo

Derrocados del centro del Universo

Por: el apologista  Antonio Cruz Suárez

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Los astrónomos del siglo XIX y principios del XX creían que el universo era eterno e infinito. Estaban convencidos de que la idea de una creación u origen del mismo -tal como proponían las religiones monoteístas- no era propiamente científica y debía ser descartada. Sin embargo, había una cuestión que perturbaba poderosamente esta conclusión. ¿Por qué era oscuro el cielo nocturno? ¿Cómo es que durante las noches despejadas podemos observar las estrellas refulgentes brillando en un firmamento ennegrecido?

Semejante interrogante se conoce como “la paradoja de Olbers”, ya que fue este astrónomo alemán quien la reformuló en 1826, pues ya en el siglo XVII Kepler se había referido también a dicha contradicción astronómica. ¿Por qué se trata de una paradoja? Si el cosmos fuera eterno, estático y sin fin, como entonces creían los científicos, un infinito número de estrellas habrían producido desde su eternidad un firmamento brillante y uniformemente iluminado tanto de día como de noche. El cielo nocturno no tendría por qué ser oscuro sino radiante y luminoso. Pero esto, desde luego, no encajaba con la realidad observable.

La concepción actual de un universo con un pasado finito ha permitido a los astrónomos y cosmólogos resolver dicho acertijo. Hoy sabemos que no existe tal paradoja ya que el mundo tuvo un principio y, por tanto, un cielo nocturno oscuro es una evidencia en sí misma de que hubo un comienzo en el tiempo. Precisamente porque el cosmos no es infinito ni eterno resulta posible descubrir tantas cosas sobre él, a pesar de su enorme tamaño. Además, la vida en un universo que fuera estático y eterno, bañado siempre en una intensa radiación cósmica nociva para las células, seguramente no hubiera podido prosperar a pesar de la protección que supone la atmósfera y el magnetismo terrestres.

Hecha esta breve observación introductoria, me gustaría tratar un concepto, relacionado con nuestro planeta azul y el resto del cosmos, que ha entrado a formar parte de la cultura popular de Occidente. Se trata de la idea conocida como “el principio copernicano de la mediocridad”. Es una explicación que se enseña tanto en las escuelas como en la universidad y que afirma que la ciencia moderna desplazó al ser humano del prestigioso pedestal en el que se encontraba.

El hombre, que se consideraba a sí mismo como el centro del universo y medida de todas las cosas, fue relegado por los descubrimientos científicos a una posición marginal y secundaria. Primero, se comprobó que la Tierra no era el centro geográfico del mundo; después, se pensó que la vida y la inteligencia representaban algo corriente y sin propósito en el universo o que podrían haber surgido también en otros muchos lugares del cosmos; y, por último, que el propio ser humano era tan sólo una especie más, perdida entre las ramas del famoso árbol de la evolución darwinista.

El orgullo del hombre fomentado por las religiones quedaba así sin el necesario apoyo de la ciencia. Nuestro lugar en el cosmos no sería excelente, como antes se pensaba, sino mediocre u ordinario. Desde este punto de vista, la Tierra se concibe como uno más de tantos planetas en la inmensidad del cosmos que no tiene nada de significativo o especial. Probablemente existirán -se dice- muchos otros mundos similares a ella, orbitando alrededor de estrellas vulgares como nuestro Sol. Y tampoco nuestra galaxia, la Vía Láctea, sería en esencia diferente del resto de las galaxias del universo para permitir la vida.

Hace casi veinte años, el famoso astrónomo Carl Sagan, comentando una fotografía de la Tierra tomada desde una nave espacial, escribía estas reveladoras palabras: “La Tierra parece estar situada en un haz de luz, como si el mundo tuviese un significado especial, pero se trata sólo de una casualidad de la geometría y la óptica. (…) Nuestra imaginaria autoimportancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el universo se enfrenta al desafío que presenta ese pálido punto de luz. Nuestro planeta es una solitaria mota en la inmensa oscuridad cósmica que le envuelve. En nuestra oscuridad, en esa inmensa vastedad, no hay punto de agarre para firmar que de algún sitio vendrá una ayuda para salvarnos de nosotros mismos”( 1 ). El ateísmo de Sagan -patente en casi todos sus documentales divulgativos sobre astronomía- corroboraba así el principio copernicano de la mediocridad.

Otros muchos investigadores han venido suponiendo que el universo debe estar repleto de numerosas formas de vida. Por ejemplo, el astrónomo estadounidense, Frank Drake, que fue uno de los pioneros del SETI (organización para la búsqueda de vida inteligente extraterrestre), propuso en 1961 una ecuación para llegar a conocer el número de civilizaciones que podían existir en el universo y que estarían en condiciones de usar señales de radio para comunicarse. Diez años después, usando los cálculos de Drake, Carl Sagan estimó que solamente en nuestra galaxia debía haber un millón de civilizaciones avanzadas.

Pues bien, en el siglo XXI podemos decir que los últimos descubrimientos en diferentes campos han socavado aquel optimismo por los extraterrestres, propio de los años sesenta y setenta del pasado siglo. Han aparecido evidencias, como las que analizaremos en próximos trabajos, que sugieren las extraordinarias condiciones necesarias para que pueda darse la vida. Resulta que los requerimientos imprescindibles para la biología compleja son extremadamente raros en el cosmos y la posibilidad de que se den juntos en el momento adecuado en algún otro planeta, que no sea la Tierra, es increíblemente reducida. La euforia por los viajes intergalácticos y los seres inteligentes de otros mundos que se comunican con el ser humano, se ha convertido paulatinamente en un escepticismo científico que sólo aspira ya a encontrar vida bacteriana extraterrestre. Algo que, de momento, tampoco ha ocurrido.

Antes de entrar en detalles astronómicos -algo que como digo haremos en otros artículos-, me gustaría referirme hoy a una cuestión histórica. Es falso decir, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, que antes de Copérnico se daba a la Tierra y, por tanto, a los seres humanos que en ella habitamos, una posición de gran prestigio por considerar que residíamos en el centro geográfico del universo, mientras que las observaciones de este gran pionero de la astronomía nos relegaron a un papel secundario e insignificante. Semejante afirmación no se corresponde con la realidad. Veamos por qué.

En el esquema metafísico del mundo que se concebía en la Edad Media, el centro de todo no era el hombre sino Dios y éste no residía en la Tierra sino en los cielos. La cosmología medieval anterior a Copérnico no entendía el centro del cosmos como el lugar más privilegiado e importante sino, más bien, como todo lo contrario. Para Aristóteles, la Tierra era una especie de cisterna cerrada donde tierra, aire, fuego y agua se mezclaban con el fin de causar decadencia y muerte. Sin embargo, las esferas celestes de la Luna, los demás planetas que se veían brillar y las estrellas, eran el dominio habitual de lo eterno e inmutable.

El famoso poeta italiano, Dante Alighieri (1265-1321), en su conocida obra maestra la  Divina comedia,  describió los distintos niveles del infierno situando el trono de Satanás en el centro mismo de la Tierra. ¿Cómo podía el hombre medieval considerarse afortunado por habitar un planeta en cuyo centro residía el diablo? No era esta la idea que se tenía entonces. Pues bien, frente a semejante escenario que refleja la obra de Dante, y que supone la transición del pensamiento medieval al renacentista, no es sorprendente que Copérnico, Galileo, Kepler y otros, pudieran argumentar que situar el Sol en el centro (punto de vista heliocéntrico) elevaba el estatus de la Tierra porque la aproximaba a las esferas celestes. Justo lo contrario de lo que hoy se afirma. Lejos de degradar la posición del planeta azul, lo que decían los astrónomos renacentistas es que su nuevo esquema, con el Sol en el centro y la Tierra girando a su alrededor, ensalzaba y prestigiaba nuestro planeta. Estaban convencidos de que esta nueva posición terrestre que ellos defendían sacaba al planeta del antiguo lugar de deshonor que ocupaba en el universo aristotélico para aproximarlo a los cielos. Sin duda, una posición mucho más honrosa.

En este sentido, Galileo manifestó: “…se puede probar que la Tierra tiene movimiento, que supera a la Luna en brillo y que no es el sumidero en el que el universo recolecta lo sucio y lo efímero” 2 . Casi siempre que se habla de Galileo, Copérnico o Kepler, esto no se tiene en cuenta. Más bien se dice que estos pioneros de la astronomía lucharon en la búsqueda científica de la verdad contra la superstición religiosa y oscurantista. Se llega así fácilmente a la errónea conclusión de que los científicos son honestos porque persiguen siempre la verdad, mientras que los creyentes serían malos porque no la buscan o anteponen sus ideas preconcebidas a ella.

Al realizar tales planteamientos estereotipados y reduccionistas, se olvida que Copérnico fue durante toda su vida un creyente que aceptaba el mundo como creación de un Dios omnipotente que amaba las matemáticas; Galileo, incluso después de ser censurado por la Iglesia católica y obligado a retractarse, fue siempre un firme creyente que continuó recibiendo una pensión de la Iglesia durante el resto de su vida; y Kepler, un protestante luterano profundamente comprometido con su fe, que siguió la lógica de Copérnico en la búsqueda de las leyes del cosmos.

Lo cierto es que la gran mayoría de los estudiosos que protagonizaron la Revolución científica del Renacimiento fueron creyentes en la existencia de un Dios creador. Es innegable que la ciencia moderna surgió en un tiempo y en un lugar donde imperaban los valores y las convicciones teológicas judeocristianas. Y esto, difícilmente puede tratarse de una coincidencia. A pesar de todo, el ser humano es muy dado a elaborar mitos históricos y estereotipos que arraigan en la cultura de los pueblos y se transmiten de generación en generación. No obstante, me parece relevante y necesario desenmascarar dichos mitos siguiendo aquél sabio consejo dado por el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: “Desecha las fábulas profanas… Ejercítate para la piedad” (1 Tim. 4:7).

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1  C. Sagan,  Un punto azul pálido,  1995, Planeta, Barcelona, p. 7.

2  Galileo,  Siderus Nuntius,  citado en González, G. & Richards, J. W., 2006,  El planeta privilegiado , Palabra, Madrid, p. 274.

 


Leyes que demandan Legislador

Leyes que demandan Legislador

Por: Antonio Cruz Suárez

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¿Por qué hay regularidades universales, matemáticamente precisas, que están entrelazadas unas con otras? ¿Cómo es que la naturaleza viene empaqueta de esta manera tan singular?

Se supone que cuando las primeras civilizaciones humanas empezaron a preguntarse acerca de los fenómenos naturales que ocurrían a su alrededor, la imagen que tenían del mundo era bastante diferente de la que poseemos hoy. Se cree que pronto se darían cuenta de que algunos acontecimientos se repetían con una regularidad muy precisa. Así, días, estaciones, años, fases lunares y movimientos de las estrellas les resultarían útiles para calcular el tiempo. Sin embargo, otros eventos naturales podían ser arbitrarios o aleatorios como las tormentas, los relámpagos, las erupciones volcánicas o los temblores de tierra. ¿Cómo podían explicar semejante aspecto ambivalente del mundo natural?

Es fácil entender que aquellos comportamientos regulares que les permitían predecir el futuro, fuesen considerados como benevolentes y les inspirasen un aspecto bondadoso de la naturaleza, mientras que los fenómenos violentos e inesperados se entendieran como la otra cara airada, agresiva o caprichosa del mundo. En este contexto antiguo de intentar reflejar características humanas en los fenómenos del medio ambiente natural, nacería seguramente la astrología. La creencia de que los astros formaban un único sistema con los mortales y que, por tanto, cualquier cambio en éstos debería tener repercusiones sobre la vida de los hombres. Algo que supuestamente podía ser empleado para predecir el futuro de la humanidad.

En ciertas sociedades florecieron los animismos que interpretaron estos diferentes comportamientos de la naturaleza como si se tratasen de auténticas personalidades. Cada fenómeno poseería así su particular espíritu: el del bosque, el río, la lluvia, el fuego o el jaguar. Otras culturas algo más complejas desarrollaron toda una jerarquía de dioses, que reflejaban las virtudes y defectos humanos, para representar el Sol, la Luna, los planetas y hasta la propia Tierra. Esto condujo a la despiadada práctica de los sacrificios de personas, realizados con la intención de apaciguar la ira de los dioses y pedirles lluvia, fertilidad o buenas cosechas. La Biblia muestra las dificultades de un pueblo monoteísta, como el de Israel, por abrirse camino en medio de culturas politeístas que asumían tales costumbres.

Según los historiadores, con los asentamientos urbanos, la vida en sociedad y la aparición de los estados naturales surgió la necesidad de crear estrictos códigos de leyes que regularan la conducta humana. Incluso las divinidades tenían que estar sometidas a las leyes, en función de cada jerarquía, y éstas debían tener también su reflejo en la sociedad humana. Eran los sacerdotes, intermediarios entre dioses y hombres, los encargados de revelar la voluntad divina así como de refrendar sus disposiciones. Pero fue precisamente en el seno de una civilización antigua como la griega, que poseía la convicción de que el universo estaba regido por leyes naturales, donde surgió la novedosa idea de que los fenómenos ocurrían independientemente del estado de ánimo de los dioses. Poco a poco, a medida que fue fortaleciéndose la idea de que el cosmos se desenvolvía según un conjunto de principios fijos e inviolables, el dominio de espíritus y dioses de la naturaleza fue erosionándose a la vez que se descubrían nuevas leyes.

Los trabajos de Galileo Galilei, Johannes Kepler, Isaac Newton y otros investigadores fueron decisivos para reforzar el papel de las leyes físicas. Se entendió que detrás de los fenómenos aparentemente complejos había casi siempre una norma simple que podía ser estudiada y comprendida por el ser humano. Tal creencia en la simplicidad fundamental de la aparente complejidad que muestra el universo, así como en la posibilidad de ser entendida por la razón humana, ha sido la fuerza impulsora de la investigación científica moderna.

Galileo, por ejemplo, estudiando la caída libre de los cuerpos, se dio cuenta de que a pesar de ser un fenómeno complejo que dependía de múltiples factores, tales como el peso, la masa, la forma del objeto, el movimiento, la velocidad del viento, la densidad del aire, etc., en el fondo, todo esto eran solamente incidentes de una ley muy simple. Se trataba de la ley fundamental de la caída de los cuerpos. Es decir, el tiempo que tarda un objeto cualquiera en caer desde una determinada altura es exactamente proporcional a la raíz cuadrada de dicha altura. La idea de ley se había revestido con lenguaje matemático. La antigua creencia en un espíritu que se dedicaba exclusivamente a controlar la caída de los cuerpos sería sustituida pronto por las fórmulas físicas demostrables. Había nacido la ciencia. Se trataba de la Revolución científica del siglo XVI. El comportamiento futuro del mundo, así como su pasado, se podían conocer o predecir por medio de precisas leyes matemáticas.

A mediados del siglo XVII, Newton fue aún más lejos que Galileo al elaborar un sistema global de mecánica que determinaba todo tipo de movimientos. Se aventuró a decir que el Sol y los demás cuerpos del universo experimentan una fuerza gravitatoria entre ellos que disminuye con la distancia según otra ley matemática exacta y sencilla. Se trataba de la famosa ley de la gravitación universal. Al matematizar la gravedad, Newton pudo empezar a predecir el comportamiento de los planetas y esto fue uno de los grandes triunfos de la ciencia moderna. El descubrimiento de otra ley fundamental del universo. Quizás esta revolución científica explicaría en parte la diferencia sociológica existente entre el mundo moderno, caracterizado sobre todo por la idea de progreso, avance y cambio permanente, frente al mundo premoderno más estático y preocupado ante todo por mantener sus costumbres o su inmovilidad cultural. De cualquier manera, la sociedad se volvió dinámica y empezó a pretender el control sobre la naturaleza por medio de la nueva mecánica.

Aquella antigua concepción del mundo, como si fuera una comunidad de espíritus o temperamentos variables que existían en equilibrio manifestando eventualmente sus caprichosos estados de ánimo, dejaría paso a la visión inanimada de un universo mecánico y rígido que funcionaba impasiblemente como un reloj de cuerda sometido a leyes predeterminadas. Aunque se tratase de un avance en la comprensión del cosmos, tal concepción mecanicista resultaba un tanto deprimente. Un mecanismo de relojería condicionado por rígidas leyes puede funcionar con exactitud, pero lamentablemente elimina la posibilidad del libre albedrío. Si el mundo está absolutamente predeterminado por sus leyes inexorables, ¿está también el futuro del hombre determinado de antemano hasta en sus últimos detalles? ¿Son nuestras decisiones, aparentemente libres, el resultado de una maraña de fuerzas naturales totalmente controladas desde el principio? También la concepción de un Dios que se inmiscuía en los asuntos humanos supervisándolo todo, desde las fases lunares hasta las enfermedades y la concepción de los bebés, fue cambiada por otra idea de Dios como creador del cosmos, pero que sólo intervenía observando el mundo y viendo cómo éste evolucionaba según las leyes exactas impuestas desde el principio.

La ciencia actual ha descubierto, después de la teoría cuántica, que las leyes de Newton fallan cuando se aplican estrictamente a los átomos. El ordenado determinismo del mundo macroscópico, al que estamos acostumbrados en nuestra experiencia cotidiana, se derrumba ante el aparente caos que subyace en el interior del átomo. Y, a pesar de todo, este caos subatómico puede dar lugar a alguna clase de orden. La anarquía de las partículas que componen la estructura atómica vuelve a ser coherente, en cierta medida, con las leyes newtonianas.

El universo, después de todo, no es un simple mecanismo de relojería cuyo futuro está absolutamente determinado. Hay lugar para las leyes inexorables pero también para el azar. La incertidumbre es otra propiedad inherente de la materia. Y, aunque esto no le gustara mucho a Einstein y dijera aquello de que “Dios no juega a los dados”, lo cierto es que el Creador no sólo diseñó leyes matemáticas sino también la libertad indeterminista.

En resumen, ¿quién escribió las leyes de la naturaleza que se han venido descubriendo desde Newton hasta las del caos? ¿Por qué hay regularidades universales, matemáticamente precisas, que están entrelazadas unas con otras? ¿Cómo es que la naturaleza viene empaqueta de esta manera tan singular? Los científicos ateos dicen que las leyes existen porque sí y que el universo carece de sentido.

No obstante,grandes genios de la ciencia a lo largo de la historia no han estado de acuerdo con semejante respuesta. Desde Newton hasta Einstein, pasando por Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger, Max Planck, Paul Dirac, Paul Davies, John Barrow, John Polkinghorne, Freeman Dyson, Francis Collins, Owen Gingerich, Roger Penrose y otros muchos, han creído que existía otra alternativa. Sus respuestas apuntan generalmente hacia la mente del Dios creador. Incluso el físico agnóstico, Stephen Hawking, heredero de la cátedra de Newton en la Universidad de Cambridge, no tuvo más remedio que terminar su libro,  Historia del tiempo,  con estas palabras: “Si encontramos una respuesta a esto,  (una teoría completa acerca del tiempo)  sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios.” [1]  Pues bien,nosotros creemos también que el universo existe porque el pensamiento de Dios lo creó. Las leyes universales demandan la existencia del supremo Legislador cósmico.Y, como bien dice Antony Flew: “Las leyes de la naturaleza suponen un problema para los ateos porque son una voz de la racionalidad escuchada a través de los mecanismos de la materia”.[2]  Punto y final.

[1] Hawkin, S. W., 1988,  Historia del tiempo,  Crítica, Barcelona, p. 224.

[2] Flew, A., 2012,  Dios existe,  Trotta, Madrid, p. 101.


El multiverso: una teoría desesperada

El multiverso: una teoría desesperada

Por: Antonio Cruz Suárez

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La teoría del multiverso puede estar revestida con ropaje matemático, pero necesita un salto de fe similar o superior al de aceptar la existencia de un Dios creador.

Ante la evidencia del extraordinario ajuste fino que muestra el universo, que nos conduce a muchos a la conclusión lógica de que éste es obra de la deidad, bastantes científicos ateos se aferran a una teoría que parece proporcionar una escapatoria a dicha deducción. Se trata del  multiverso .

Un planteamiento que supone la existencia de múltiples universos, cada uno con unas leyes físicas o parámetros diferentes al nuestro. Entre los trillones y trillones de universos que se puedan imaginar, solamente unos pocos poseerían leyes con un ajuste lo suficientemente preciso como para permitir la vida. Esto no sería nada milagroso ya que si existen todos los universos posibles, deben darse también aquellos en los que puedan surgir los seres vivos.

El hecho de que nuestro universo tenga exactamente los valores que sostienen la vida, “probaría” que debe haber otros universos que carezcan de ellos. Si, gracias a la Gran Explosión inicial, es posible que el universo no sea infinito en el tiempo, quizás lo sea en el espacio. Desde semejante perspectiva, resultaría posible la existencia de una serie infinita de universos paralelos en el espacio, cada uno de los cuales constituiría sólo una pequeña parte de un multiverso mucho más grande. Igual que una burbuja de jabón forma parte de la espuma que la contiene.

El físico Max Tegmark, uno de los proponentes del multiverso, escribió en mayo del 2003 estas palabras: “El modelo cosmológico más simple y más popular predice que usted tiene un gemelo en una galaxia situada a diez elevado a veintiocho metros de aquí. Esta distancia es tan grande que está más allá de lo astronómico, pero eso no hace menos real a su doble. En un espacio infinito hasta los eventos más inverosímiles deben tener lugar en alguna parte. Hay infinitos planetas habitados, lo cual incluye no solo uno sino infinitos que tienen personas con la misma apariencia, nombre y recuerdos que usted.” [1]  Por supuesto, no hace falta decir que tal afirmación hay que aceptarla por fe ya que jamás podremos comprobar la existencia de nuestros gemelos intergalácticos, ni siquiera enviarles un correo electrónico. Vivirían demasiado lejos. Trece mil setecientos millones de años luz es la distancia más lejana que se puede observar en el borde de nuestro universo porque desde allí nos llega luz de estrellas. Esto significa que no podemos ver ningún otro universo que esté más allá. Suponiendo, desde luego, que exista.

Puestos a imaginar, Tegmark predice que los multiversos pueden tener espacios, tiempos y leyes físicas diferentes al nuestro. Incluso podrían crearse universos nuevos cada vez que cualquier persona, en la Tierra, escoge un camino y no otro. Esto sería matemáticamente posible suponiendo un espacio de infinitas dimensiones en el que todas las realidades alternativas existirían al mismo tiempo. Y, en fin,Tegmark está convencido de que su hipótesis de los múltiples universos desconocidos parece más razonable que la del diseño inteligente del único universo que conocemos. Pero, ¿lo es realmente?

Lo primero que me gustaría señalar es quela idea de los infinitos universos paralelos no es nueva. El filósofo griego Epicuro (341-271 a. C.) se imaginaba ya, tres siglos antes de Cristo, un “universo infinito que lanzaba mundos aleatoriamente” [2] . Lo que constituye una versión antigua de la moderna teoría del multiverso. No es, por tanto, que la ciencia contemporánea haya descubierto esta posibilidad y la imponga necesariamente, sino que se trata de una concepción más ideológica que matemática.

Suponer la existencia de múltiples universos que no se pueden detectar de ninguna manera en la realidad, puesto que estarían más allá del alcance de los telescopios más sofisticados o de las posibilidades de la ciencia, es como caminar por una pendiente sumamente resbaladiza.La teoría del multiverso puede estar revestida con ropaje matemático, pero necesita un salto de fe similar o superior al de aceptar la existencia de un Dios creador. Si no es una teoría simple como las que buscan habitualmente los científicos, ¿por qué hay tantos que la aceptan? ¿Será quizás que para deshacerse de Dios se requieren infinitos universos, de los que no hay constancia y nada podemos saber? La elección continúa siendo la misma que en tiempos de Epicuro: Dios o el multiverso. No parece que hayamos avanzado mucho.

Refiriéndose a los múltiples universos, el biólogo ateo Richard Dawkins escribe que ha leído que “la mayoría de los físicos odian esta idea. No puedo entender por qué. Creo que es muy bella, quizá porque mi conciencia ha sido mejorada por Darwin” [3] . Como era de esperar, Dawkins aplica su ferviente darwinismo no sólo a la biología sino también a la cosmología. Cree que la teoría del multiverso se complementa perfectamente con la selección natural de Darwin aplicada a los universos paralelos.

Lo que no explica Dawkins es el motivo por el cual dicha teoría no gusta a la mayoría de los físicos. Yo creo quelos físicos odian la hipótesis del multiverso porque no ofrece ninguna evidencia a su favor. Pretende explicarlo todo pero en realidad no explica nada. No hay forma de investigar o verificar esta teoría. Solamente puede resultar interesante para quienes, como Dawkins, desean evitar a toda costa la conclusión obvia de que el ajuste fino del universo, su elegancia física y exquisitez matemática, necesita una explicación divina. Se pretende sustituir el diseño inteligente que muestra el cosmos por una especie de payasada matemática infinitamente compleja y carente de explicación.

El hecho de que pudieran existir múltiples universos con sus propias leyes no demuestra, ni mucho menos, que tales universos existan realmente.No se conoce, hoy por hoy, la menor evidencia física de tal existencia y, por tanto, se trata de una idea absolutamente especulativa. Incluso en el supuesto de que dichos mundos fueran reales, estarían sometidos necesariamente a leyes particulares. ¿De dónde habrían surgido tales leyes? Existiera o no el multiverso, todavía tendríamos que responder a la pregunta acerca del origen de las leyes de la naturaleza. Y la única respuesta razonable es la Mente inteligente que se revela en lo creado. La existencia del multiverso no eliminaría tampoco la necesidad de un origen divino.

En resumen, yo creo que el multiverso no es más que una teoría desesperada que procura borrar las múltiples huellas de Dios en la naturaleza pero, inclusive aunque fuera cierta, nunca lograría su objetivo.

[1] Tegmark, M., mayo del 2003,  Scientific American,  Ver http://www.sciam.com/article.cfm?chanID=sa006&articleID=000F1EDD-B48A-1E90-8EA5809EC5880000.

 

[2] O’Leary, D., 2011,  ¿Por diseño o por azar?,  Clie, p. 50.

 

[3] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB p. 371.


El dios Azar y sus Cuatro Jinetes

El dios Azar y sus Cuatro Jinetes

Ateos.

Por: Antonio Cruz Suárez

La fe que tiene Dawkins en el dios Azar es tan fuerte como la de los creyentes en el Dios creador, aunque él se niegue a llamarle fe

Vivimos en una época en la que la verdad se ha relativizado y las cosas se juzgan más por su cantidad que por su autenticidad. A fuerza de repetir una mentira, ésta puede convertirse en verdad aceptada por la mayor parte de la sociedad. Y al revés también, las grandes verdades de siempre pueden ser arrinconadas e ignoradas hasta transformarse en reliquias del pasado sin relevancia social en el presente.

Muchas de las afirmaciones del cristianismo entrarían dentro de esta segunda categoría. La fe en Jesucristo y los valores para la vida del ser humano que de ella se desprenden, están siendo cuestionados y atacados en la actualidad. No solamente por parte de ciertos fanatismos religiosos, como el procedente de algunos grupos extremistas islámicos, sino también por otro tipo de fanatismo antirreligioso, el de unos intelectuales anglo-americanos que se hacen llamar: Los Cuatro Jinetes. Me refiero a Richard Dawkins, Sam Harris, Christopher Hitchens y Daniel Dennet. No son los únicos pero sí los más vehementes y significativos. Durante las últimas décadas, estos militantes del ateísmo radical han venido produciendo montones de best-sellers y DVDs con el único propósito de acometer contra la religión y, en particular, contra la visión cristiana de la vida. Algunos de sus títulos más característicos traducidos al español son:  El espejismo de Dios  (R. Dawkins);  El fin de la fe  (S. Harris); Dios no es bueno: alegato  (C. Hitchens) y  Rompiendo el conjuro  (D. Dennet). Es curioso, pero del gran número de libros escritos por creyentes que responden a estas obras ateas en inglés, sólo un pequeñísimo porcentaje ha sido publicado también en nuestro idioma. ¿Hay motivos para la preocupación?

En mi opinión, no y sí. Me explico. Si hacemos caso a los especialistas, sobre todo, a los filósofos y teólogos de prestigio, toda la propaganda que realizan estos predicadores del ateísmo se apoya en unos argumentos sumamente endebles. La calidad de sus razonamientos, cuando hablan de Dios y de los orígenes, es tan baja que parece propia de alumnos de secundaria (¡con perdón para éstos últimos!). Desde semejante perspectiva, no habría por qué preocuparse ya que las razones que ofrecen, hace ya bastante tiempo que fueron bien replicadas y superadas por el pensamiento filosófico-teológico. Además, parece que la virulencia con que arremeten contra la religión avergüenza incluso a los propios pensadores ateos tradicionales. Esto contribuye a que no gocen de la aprobación del gran público sino solamente de un sector previamente sensibilizado.

No obstante, como la cultura contemporánea valora más la cantidad que la calidad, pienso que sí hay motivos para la preocupación. Muchas de estas publicaciones ateas han hecho que algunos creyentes, jóvenes y no tan jóvenes, pierdan su fe. Al sobreestimar la insistencia y la elocuencia de algunos de estos paladines del nuevo ateísmo por encima de la veracidad y la lógica de sus proposiciones, un cierto sector de la población actual sucumbe a los cantos de sirena del cientifismo descreído. Sobre todo los jóvenes universitarios. Y esto, sí me parece preocupante. Creo que en estos momentos todo esfuerzo argumentativo por parte de los creyentes, en defensa de la fe cristiana, resulta absolutamente necesario para paliar la situación que se está viviendo en el mundo universitario de Occidente. Hoy, como siempre, estamos obligados a seguir realizando una apologética de calidad que sea capaz de contrarrestar la perniciosa visión del mundo que se desprende del ateísmo.

Aunque se pudiera pensar que ponerse a discutir sobre la existencia de Dios, o la veracidad del cristianismo, con alguien que no acepta ninguna de estas realidades, es una auténtica pérdida de tiempo, con todo, creo que quienes pretendemos seguir a Cristo estamos llamados a presentar en todo momento defensa de nuestra fe. Desde luego, con arreglo a nuestras posibilidades. En este sentido, quisiera referirme a un tema que me llama poderosamente la atención y que se desprende del libro,  El espejismo de Dios,  de Richard Dawkins. Este autor manifiesta insistentemente que no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, con el fin de desmentir dicha realidad trascendente, se ve obligado a crear otro dios a su medida. El “dios Azar” se convierte así en el objeto de su fe y esperanza, al que le dedica una considerable devoción. En el fondo, se trata de una especie de anti-dios convertido -de manera equivocada según veremos- en divinidad laica.

Una confusión importante en la que incurre con frecuencia Dawkins es tratar lo “imposible” como si sólo fuera “improbable”. En  El espejismo de Dios  escribe: “En un extremo del espectro de improbabilidades están aquellos eventos probables que nosotros llamamos imposibles. Los milagros son eventos que son extremadamente improbables.” [1]  Mediante esta extraña frase, intenta convencer a sus lectores de que lo imposible es en realidad sólo extremadamente improbable. Esto le hace caer en la contradicción de afirmar que lo imposible, por absurdo que parezca, es posible. El origen de la vida a partir de la materia inorgánica entraría dentro de esta posibilidad. Cualquier cosa sería posible en la naturaleza, por muy improbable que fuera, excepto, por supuesto, la existencia de Dios y los milagros. ¿Por qué? Pues porque, en su opinión, tales cosas serían tan poco probables como la existencia de hadas o gnomos correteando por cualquier bosque.

Dawkins se refiere a las distintas opiniones humanas acerca de la existencia del Sumo Hacedor y propone un espectro de siete probabilidades que irían desde el teísmo fanático al ateísmo radical. Él se confiesa ateo  de facto  y se incluye en la sexta opinión: “No estoy totalmente seguro, más pienso que es muy improbable que Dios exista y vivo mi vida en la suposición de que Él no está ahí.” [2]  Pues bien, esta manera de intentar resolver la existencia de Dios como un simple cálculo de probabilidades es el principal error que atraviesa toda la obra atea de Dawkins.

La existencia de Dios no es cuestión de probabilidades. Él existe o no existe. No podemos tratarlo como si se fuese un ser físico o un fenómeno perteneciente al mundo natural. Lo que entra en el ámbito de las probabilidades son aquellas cosas que se consideran contingentes, es decir, que no tienen por qué existir necesariamente. De hecho, todo es contingente menos Dios que es necesario. El universo existe pero podría no haber existido, por tanto es contingente. Pero Dios, si existe, es necesario y eterno por definición. Esta matización, desde luego, no demuestra que su existencia sea real pero deja claro que existir eternamente y ser Dios son conceptos inseparables. Por tanto, es tan absurdo preguntarse “¿cuál es la probabilidad de que Dios exista?” como cuestionarse “¿cuál es la probabilidad de que los gnomos del bosque lleven un gorro rojo?”.

Otra cosa distinta sería aplicar la probabilidad a los argumentos acerca de la existencia del Creador. Éstos pueden ser más o menos acertados y, por tanto, sería correcto establecer categorías entre los más o menos probables. Pero, lo que hace Dawkins carece por completo de sentido ya que trata a Dios como si éste fuera un pedazo cualquiera de la naturaleza y no un ser trascendente. Esto le lleva a cosas tan absurdas como preguntarse quién creó a Dios o usar métodos estadísticos para verificar su existencia. En realidad, su problema es que sabe muy poco acerca del Dios que intentar rebatir. Por el contrario, usa su ilimitada fe en el azar para ofrecer explicaciones materialistas de aquellos acontecimientos que cualquier persona en su sano juicio atribuiría a una causa sobrenatural. Su razonamiento confuso entre lo posible y lo imposible es como un juego de prestidigitación intelectual con el que pretende convencer a la gente para que crea que la aparición de la vida sobre la Tierra no requiere para nada de un Dios creador.

Veamos cómo argumenta acerca del origen de la vida. Después de reconocer que hay dos hipótesis para explicarlo: la del diseño y la científica (como si la primera no se dedujera también de los últimos datos de la ciencia), asegura que la hipótesis científica es la única estadística ya que los investigadores invocan la magia de los grandes números. “Se ha estimado que hay entre mil y treinta mil millones de planetas en nuestra galaxia, y cerca de cien mil millones de galaxias en el Universo. (…) Supongamos que ( el origen de la vida ) fue tan improbable como para ocurrir solo en uno entre mil millones de planetas. (…) Y aun así… incluso con esas absurdamente bajas posibilidades, la vida habría surgido en un billón de planetas -de los que la Tierra, por supuesto, es uno de ellos-.” [3]  Esta conclusión resulta tan sorprendente que la vuelve a repetir para que el lector se la crea. ¿Está Dawkins en lo cierto? ¿Ha aparecido la molécula de ADN, y por consiguiente la vida, en mil millones de planetas por todo el universo?

Semejante conclusión resulta tan sorprendente por la sencilla razón de que se basa en un razonamiento equivocado. Se trata de un argumento insostenible a la luz de las reglas de la lógica. Éstas dicen que no se puede dar por supuesto aquello que se debe probar. Que la molécula de ADN y la primera célula viva se hayan construido espontáneamente por azar es algo que se tendría que demostrar, no darlo por supuesto. Hay que preguntarse si eso es posible o no, antes de plantearse si es más o menos probable. Porque si es imposible que la tremenda complejidad de la más simple célula se originara en la Tierra por casualidad, a partir de elementos químicos sencillos, el hecho de añadir un billón o un trillón de posibles planetas, no cambia dicha imposibilidad en nada. No importa la cantidad de planetas similares al nuestro que pueda haber en todo el universo. Si algo es imposible, no ocurrirá nunca. Y este es el error que comete Dawkins, dar por hecho que lo imposible es solamente algo muy improbable, pero que puede ocurrir. Cuando, en realidad, no es así.

Aunque se aceptase incluso que el ADN, o alguna otra molécula parecida, ha podido formarse únicamente por azar, continuaría siendo equívoco y excesivo suponer una posibilidad en mil millones. Si esto fuera así, no habría tanto escepticismo entre los especialistas que estudian el origen de la vida porque, en realidad, cuando se hacen bien los cálculos los resultados son aún más aterradores. Por ejemplo, si pensamos en una pequeña cadena de ADN de tan sólo cien bases nitrogenadas de longitud, que sería muchísimo más corta que las que posee cualquier célula, la probabilidad de obtener determinada combinación es alucinante. Una de cada cuatro elevado a cien. Esto significa que los cálculos de Dawkins son excesivamente optimistas, pues considera que una cadena de ADN favorable podría surgir por azar con la probabilidad de una en mil millones. Es decir, una en una cantidad equivalente a un uno seguido por nueve ceros. Pero resulta que, en realidad, ¡es una en un 1’6 seguido por 59 ceros! [4]  No hace falta ser matemático para darse cuenta de la diferencia de ceros. Pero además, resulta que el ADN no sirve de nada sin las proteínas y la probabilidad combinada de la aparición por azar de las proteínas necesarias para que la célula más simple funcione es prácticamente incalculable.

La fe que tiene Dawkins en el dios Azar es tan fuerte como la de los creyentes en el Dios creador, aunque él se niegue a llamarle fe. Su deseo de eliminar al verdadero Creador le lleva a admitir cosas tan absurdas, como que lo imposible es posible. ¿Por qué una persona tan inteligente como él manifiesta tanta devoción hacia el huidizo dios Azar? No lo sé. Habría que averiguar en los entresijos de su alma. Pero lo que está claro es que prefiere creer en cualquier cosa, antes que en el Dios que se revela en la Biblia.

 [1] Dawkins, R., 2011,  El espejismo de Dios,  ePUB ,  p. 339.

 

[2] Ibid.,  p. 48.

 

[3] Ibid.,  p. 125. (Hay que tener en cuenta que “un billón”, en inglés, son “mil millones” y no “un millón de millones”, como en español).

 

[4] Hahn S. y Wiker, B., 2011,  Dawkins en observación,  Rialp, Madrid, p. 43.