La Búsqueda de Dios

La Búsqueda de Dios

 

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras “interpretaciones” de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la “penetrante dulzura” del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y cantaron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos, que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus propias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros púlpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, “Las ovejas hambrientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta.” Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa.” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

La doctrina de la justificación por la fe —verdaderamente bíblica y bendita liberación del legalismo estéril y los vanos esfuerzos personales— ha caído en nuestros días en mala compañía. Muchos la han interpretado en manera tal que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Todo el procedimiento de la conversión religiosa ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejercer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma ni tenerle amor alguno. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Nosotros los cristianos corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través de un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despectivamente algunos ministros que se satisfacen con poco, pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de corazón ardiente.

San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquellos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

Gustamos de tí, santo y vivo pan

y ansiamos seguir comiendo aún más;

Bebemos de tí, puro manantial

Sin querer dejar de beber jamás.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, ruégote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Exodo 33:13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria” (vs. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espirituales. En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo: “y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Nuestros himnarios tradicionales están llenos de himnos que expresan el gozo de los creyentes de antaño de haber hallado a Dios después de larga búsqueda. Pero actualmente se cantan muy pocos de esos himnos. Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros. Hacemos depender toda la vida cristiana del acto inicial de “aceptar” a Cristo (una palabra, de paso, que no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra revelación de Dios a nuestras almas. Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruído en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

Rehuyen así la teología del corazón que experimentaron y experimentan aún multitudes de santos, y aceptan una presunta interpretación de las Escrituras que habría asombrado a Jesús y los apóstoles.

Reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta general tibieza, que no se conforman con esa lógica superficial. Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, “¡Oh Dios, muéstrame tu gloria!” Es que quieren probar, tocar con sus corazones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

Mi deliberada intención es estimular este deseo de hallar a Dios. Es la carencia de ese deseo, de esa hambre, lo que ha producido la actual situación de desgano, tibieza y desinterés en que está sumida la iglesia. La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual. Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo nunca se manifestará a su pueblo. ¡El quiere que le deseemos! Y triste es decirlo, él nos está esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo. Y hasta ahora ha sido en vano.

Cada siglo tiene sus propias características. Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma. La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superficial conocimiento que tenemos de Dios. Y que es muy poco lo que sabemos acerca de su paz.

Si queremos hallar a Dios en medio de tanta aparatosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a él, para luego seguir en pos de él con toda sencillez. Hoy en día, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los “niños” y se oculta de los sabios y entendidos. Debemos allegarnos a él del modo más sencillo, y para ello, debemos valernos de medios esenciales, que son ciertamente muy pocos. Debemos evitar toda cosa que tienda a llamar la atención, y acercarnos a él con el candor y la sinceridad de la niñez. Si así lo hacemos, Dios no tardará en responder.

Cuando la religión ha dicho la última palabra, nada necesitamos sino a Dios mismo. La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide hallarle a él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing (“La Nube de lo Desconocido”), nos dice como podemos hacerlo: “Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a él, y no a sus dones. Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios.”

También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de todo, hasta de nuestra teología, pues “basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo únicamente de él.” Por debajo de estos pensamientos descansa la verdad del Nuevo Testamento, pues sigue explicando que “Dios te ha hecho, y te ha comprado, y movido por su tierna gracia, te llama.” Lo que él quiere es la sencillez. “Si queremos que se nos dé la religión envuelta y arrollada en una sola palabra, esta una palabra de dos sílabas, que por su misma pequeñez concuerda con la obra del Espíritu. Esta palabra es AMOR.”

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción. A esta tribu Dios le dijo simplemente “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo. Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento.

El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre.

¡Oh Dios! He probado tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado sediento por más. Reconozco que necesito más y más gracia. Estoy avergonzado de mi falta de interés. Oh Dios, Trino Dios, quiero tener más vivos deseos de tí; deseo que me llenes de esos deseos; quiero que me des más sed de tí. Te ruego que me hagas ver tu gloria, para que pueda conocerte mejor. Comienza dentro de mí una nueva obra de amor. Dile a mi alma, “¡Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente conmigo!” (Cantares 2:10 V.M.) Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de tí, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo. En el Nombre de Jesús, amén.

Los corazones capaces de quebrantarse hasta lo sumo, movidos por el amor al Dios trino y único, son aquellos que han estado en presencia de la Deidad, y la han contemplado con ojos despejados. Los hombres de corazón quebrantado son incomprensibles para la gente común. Ellos hablan habitualmente con autoridad espiritual. Han estado en la presencia de Dios, y hablan de lo que han visto allí. Son profetas, no escribas. El escriba habla de lo que ha leído; el profeta relata lo que ha visto.

Esta distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una separación abismal. Hoy en día tenemos infinidad de escribas, pero muy pocos profetas. La voz estridente de los escribas aturde a los oídos de la iglesia, pero ¿dónde está la voz suave de los profetas que han pasado más allá del velo, y han echado un vistazo a esa Maravilla que es Dios? Y tengamos en cuenta, este privilegio de entrar adentro del velo hasta la santa presencia, es el derecho de cada hijo de Dios en el día presente. Habiendo desaparecido el velo de separación, por el cuerpo desgarrado de Cristo, y no habiendo por parte de Dios ningún impedimento para acercarnos a él, ¿por qué es que nos mantenemos afuera? ¿Por qué nos conformamos con vivir en el atrio, cuando podemos entrar hasta el lugar santísimo?

Aun a riesgo de cansar al lector, he hecho estas acotaciones para señalar que Dios es tan maravilloso, tan completamente deleitoso, que sin ninguna otra cosa mas que su presencia, puede satisfacer los más exigentes anhelos de la naturaleza humana, por más exigente que ésta sea.

Adaptado del libro :Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional (D. Bruchez, Trans.). Camp Hill, PA: Christian Publications.


Entre la Adoración y la Duda

Entre la Adoración y la Duda

Por: Carlos Scott

« Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña que Jesús les había indicado. Cuando lo vieron, lo adoraron; pero algunos dudaban. Jesús se acerco entonces a ellos y les dijo: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» Mt. 28:16-20

Es interesante observar que el encuentro de los discípulos con Jesús se caracteriza por la adoración y la duda. La palabra adoración es reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina: significa e implica caer postrado. Pero la palabra duda tiene que ver con la falta de determinación acerca de una creencia; por lo tanto es la indeterminación del ánimo acerca de un hecho o noticia. Es vacilar e implica incertidumbre, irresolución e incredulidad. «Al poner juntos adoración y duda, este texto adquiere una dimensión profundamente humana y realista. El grupo de discípulos que sale al encuentro de Jesús resucitado es una pequeña comunidad humana, con conflictos y dudas». [1] Por lo tanto adoración y duda caracterizan el encuentro de los discípulos con Jesús.

Entre la adoración y la duda, el conflicto y la tensión, ésta comunidad de discípulos es recibida por Jesús. Hay palabras de consuelo, ánimo y esperanza. De ninguna manera Jesús los rechaza porque algunos dudaban. Jesús nos anima a todos a seguir adelante, por lo tanto nuestras dudas no deben excluir la obediencia. Es a esta comunidad de discípulos y a nosotros que se nos encomienda la gran comisión. Se nos concede un mandato de confianza donde Jesús establece que toda autoridad se le ha dado en el cielo y la tierra. Es la autoridad amplia e ilimitada de Jesús. Podemos descansar y confiar en las palabras de Jesús: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra».

Pero lo cierto es que Adoramos y a su vez Dudamos. Dudamos muchas veces sobre la dirección que debemos tomar y lo que debemos hacer. Otras veces dudamos sobre la protección del Señor ante las diferentes circunstancias como la enfermedad, la falta de empleo, los problemas familiares, los principios y valores que debemos mantener. La duda puede tener semejanza con una noche muy oscura donde no sabemos por donde caminar. Pero en medio de las circunstancias Dios no deja solo a sus hijos y tampoco nos rechaza. Es precisamente en esos momentos donde necesitamos aferrarnos a una palabra del Señor. En el Sermón del Monte Jesús habla de nuestro presente y nos dice: «No te atormentes, no tengas miedo»[2] y ante el desafío que tenemos el profeta Isaías nos recuerda: «Yo te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra»[3].

Los discípulos en su momento recibieron una palabra: «Este es mi hijo amado. Escúchenlo»[4]. Es precisamente ahí donde el camino del creyente se ilumina por una palabra. «Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero»[5]. Alessandro Pronzato nos comparte que si bien la lámpara no elimina la noche nos permitirá caminar. Podemos encontrar el sendero por el cual transitar por medio de su palabra y presencia. Ante nuestras dudas, sufrimiento y dolor debemos mantenernos mirando al Invisible[6] que todo lo puede y nos dice: “estoy aquí”. Siendo así debemos arriesgarnos y seguir en fe[7]. La gran comisión es una invitación a experimentar la obediencia con carácter Universal e Integral.

Lo más hermoso en este relato bíblico es que Jesús de ninguna manera nos rechaza. Nos recibe con amor y esta dispuesto acompañarnos en nuestro caminar. Nos recuerda cual debe ser nuestra labor por más adversas que sean las circunstancias y nos da una promesa: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre hasta el fin del mundo» Mat. 28:20. Esta promesa del Señor debe ser nuestra gran motivación para la obediencia. Su presencia, provisión y consuelo van junto a la tarea que tenemos por delante y no separadas de la misma.

Entre la adoración y la duda consideremos fiel al que nos ha hecho la promesa[8] para seguir a Jesús.

Carlos Scott


[1]Valdir R. Steuernagel, La misión de la Iglesia, Visión Mundial, Pág. 92, 1992, S. Jose, Costa Rica.

[2]Lucas 12:29-32

[3]Isaías 49.6

[4]Marcos 9:7

[5]Salmo 119:105

[6]Hebreos 11:27

[7]Hebreos 11:1, 6

[8]Hebreos 11:11


“Esta vez alabare al Señor”

“Esta vez alabare al Señor”

Las Desilusiones Son Inevitables
No podemos transitar por la vida sin ser dañados. En este mundo el dolor y la desilusión son inevitables. No obstante, la manera en la que manejamos nuestros reveses forma nuestro carácter y nos preparan para la eternidad. Nuestras actitudes son el factor crucial que determina el nivel de inmunidad frente a las luchas.

Mas allá de las dificultades que hayamos enfrentado, y a pesar de los errores que hemos cometido, el fin de nuestras vidas puede ser lleno de alabanza y acción de gracias – o lleno de miseria y queja. En el análisis final, lo que hayamos experimentado en la vida, será tan rico como los deseos que hayamos alcanzado o tan doloroso como las cosas que lamentamos.

La Biblia nos dice, “La esperanza que se demora es tormento del Corazón;” (Prov. 13:12). Esas profundas desilusiones en la vida tienen una manera de nunca dejarnos; penetran en nuestros corazón es como fuego y entonces se endurecen en nuestra naturaleza como lava. Los reveses pueden dejarnos cautelosos acerca de nuevas empresas y suspicaces hacia nuevos amigos.

Nuestras heridas restringen nuestra franqueza. Tenemos temor de ser dañados nuevamente por nuevas relaciones. Gradualmente, a menos que aprendamos como manejar el dolor correctamente, nos volvemos en unos amargados y cínicos resentidos. Perdemos el gozo de estar vivos.

La Fuente de Realización
Son nuestros propios deseos y el grado de realización de los mismos lo que produce tanto gozo como dolor en nuestras vidas. Aun deseos básicos acerca del matrimonio o amigos pueden esclavizarnos si consumen nuestra atención. ¿Son estos deseos malos? No, pero si el tener nuestros deseos cumplidos es la razón principal por la cual vinimos a Cristo, es posible que nuestras vidas no mejoren hasta que cambien nuestras prioridades.

El Señor se ocupa por cumplir nuestros deseos, pero para hacerlo El debe retirar nuestras manos de nuestras vidas y volver nuestros corazón es a Él. Sin lugar a dudas, la razón por la cual estamos vivos no es para realizar nuestros deseos sino para convertirnos en Sus adoradores.

La realización personal puede convertirse en un ídolo; puede volverse en tal obsesión que estemos viviendo por la felicidad más que viviendo para Dios. Así, parte de nuestra salvación incluye el tener nuestros deseos priorizados por Cristo. En el Sermón del Monte, El lo dijo de esta forma: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” (Mateo 6:33-34). Dios quiere, y lo hará, satisfacernos más allá de nuestros sueños, pero no antes que El sea lo primero en nuestros corazones.

Un maravilloso ejemplo de esto puede observarse en la vida de Lea, la primera esposa de Jacob. Lea no era atractiva, no era deseada ni amada por su esposo. Jacob había servido a Laban, el padre de Lea, siete años por Raquel, quien era la hermana menor de Lea. En su noche de bodas, sin embargo, Laban puso a Lea en la carpa nupcial en vez de a Raquel. Aunque Jacob realmente se caso con Raquel una semana más tarde, tuvo que trabajar otros siete años por ella. Por lo tanto, Jacob tenía dos esposas que eran hermanas.

Las Escrituras nos dicen que Raquel fue amada por Jacob, pero Lea fue repudiada: “Y vio Jehová que Lea era menospreciada…” (Gen. 29:31). Debemos entender esto acerca de la naturaleza de Dios: El Señor es atraído a aquellos que se duelen “Y vio Jehová….Lea”. ¡Que maravillosas palabras! De la misma forma que las aguas descienden y llenan aquello que está más bajo, así Cristo alcanza primero a los afligidos para cubrir su depresión y confortarlos.

El Señor vio que Lea no era amada. El vio su dolor, su soledad, su pena en el corazón. Lea, si bien no fue amada por Jacob, fue profundamente amada por el Señor, y El le dio un hijo. La reacción de Lea era predecible. Ella dijo, “ahora por tanto, me amara mi marido” (v. 32).

Peor que vivir una vida en soledad, es estar casado con alguien que te repudia, como lo fue Lea. Como anheló que Jacob pudiera compartir con ella el amor que tenia por Raquel. ¿Quién puede culparla? Los deseos de Lea eran justificados. Ella le había dado el primogénito .En su mente, si el Señor pudo abrir su matriz, podría también abrir el corazón de Jacob. Pero no era aun el tiempo, Jacob todavía no la amaba.

Dos veces más Lea dio hijos a luz, y cada vez su deseo fue para su marido. Ella dijo, “Ahora esta vez se unirá mi marido conmigo, porque le he dado a luz tres hijos” (v. 34). Aun así, el corazón de Jacob no la deseó.

Para Lea, como para nosotros, aquí hay una lección: No puedes hacer que alguien te ame. De hecho, cuanto más presión pones sobre otros para que te acepten, más probablemente te rechazaran. El concepto de realización de Lea estuvo basado en obtener el amor de Jacob y ahora su problema se tornaba peor. Porque, no solamente no fue atractiva para Jacob, sino que sus celos le añadían carencia de hermosura.

Tres veces leemos en este texto que el Señor vio y oyó que Lea no era amada. El había visto su aflicción. A través de todo su esfuerzo por conseguir a Jacob y su desilusión hacia su relación matrimonial, el Señor cortejaba a Lea tiernamente hacia El.

Al quedar Lea embarazada por cuarta vez, un milagro de gracia ocurrió en ella. Gradualmente se dio cuenta que mientras ella no había sido el foco del amor de su marido, había sido amada por Dios. Y al acercarse al final de este cuarto embarazo, se acerco más y más a Dios. Se convirtió en una adoradora del Todopoderoso.

Ahora al dar nacimiento a su otro hijo, dijo “Esta vez alabare a Jehová” (v. 35). Nombró aquel niño Judá que significa “alabanza”. Fue de la tribu de Judá que nació Jesús.

Lea había estado buscando su realización personal y encontró solamente pena y dolor. Pero al volverse en una adoradora de Dios, alcanzo la más alta realización de vida: Comenzó a agradar a Dios.

Es ahí mismo que el alma humana verdaderamente comienza a cambiar y entra en la fortaleza de Dios. Al encontrar realización en Dios, El comenzó a remover de ella los celos, inseguridades y penas que la vida le había trasmitido. Una verdadera belleza interior comenzó a crecer en Lea; se volvió en una mujer en reposo.

De la misma forma, cada uno de nosotros tiene defectos de carácter que somos reacios o incapaces de enfrentar. Otros han visto estas cosas en nosotros, pero no han tenido el coraje de decírnoslo. Tanto en lo físico como en nuestra personalidad, estos defectos en nuestra naturaleza son lo que nos dejan ansiosos, intimidados y sin realización.

No son los consejos o las clases de éxito o de auto estima lo que necesitamos; simplemente necesitamos descubrir el amor de Dios hacia nosotros. Al comenzar a alabarlo en todas las cosas, nos ponemos simultáneamente las vestiduras de salvación. En realidad estamos siendo salvados de aquello que de otra manera nos habría destruido!

Las desilusiones y penas no pueden pegársenos, porque nosotros somos adoradores de Dios! “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas le ayudan a bien,” (Rom. 8:28). Si continuamos amando a Dios, nada de lo que experimentemos puede en última instancia resultar dañoso dado que Dios toma todo por lo que transitamos y, en Su poder redentor, lo hace obrar para bien!

El árbol de Vida
Usted recordara el versículo que citamos, “La esperanza que se demora es tormento del Corazón” (Prov. 13:12). El versículo concluye con, “pero árbol de vida es el deseo cumplido” Al realizarse nuestros deseos, nosotros nos realizamos. Dado que es la realización de nuestros deseos lo que nos llena de satisfacción, el secreto de una vida recompensada esta en confiar nuestros deseos a Dios.

Déjele elegir a Él los tiempos y los medios de nuestra realización, permitiendo al Señor que nos prepare para El a lo largo del camino. La verdad es que en nosotros mismos estamos incompletos; pero en Cristo estamos completos. (Col. 2:10).

Usted dirá, “Es fácil para usted decirlo. Usted tiene una esposa y familia maravillosas. Usted es bendecido. Pero usted no entiende mis problemas”. Si, lo hago. Mi maravilloso matrimonio fue muy difícil durante los primeros años. Luchamos con muchas cosas en nuestra relación. Mi esposa y yo, ambos llegamos a no estar completos uno en el otro. Pero, como Lea, los dos miramos a Dios y dijimos, “Esta vez alabare al Señor”. De hecho, le pusimos a nuestro segundo hijo el mismo nombre que Lea dio a su cuarto – Judá.

Para nosotros, como para Lea, nuestras vidas fueron dadas vueltas al elegir deleitarnos en Dios en vez de permanecer sin realización el uno con el otro. Al volvernos Sus adoradores, El comenzó a trabajar en nuestros corazón es hasta que no solamente le agradamos más a Él, sino que nos agradamos el uno al otro!  De lo que hablo es exactamente lo que salvo y bendijo nuestro matrimonio!

El salmo 37:4 dice, “Deléitate asimismo en Jehová, Y el te concederá las peticiones de tu Corazón” Mientras te deleitas en Dios, cambias. Los efectos negativos de la desilusión y la pena se desprenden. Al comenzar a realizarnos en el amor y gozo de Dios, nuestras propias almas son restauradas y embellecidas. Si, deléitate a ti mismo con Jesús y tus tendencias auto destructivas comenzaran realmente a desaparecer. Cristo embellecerá tu vida de adentro hacia afuera.

El Resultado de la Vida de Lea
Que sucedió con Lea? Bueno, los largos años vinieron y se fueron. Raquel y después Lea murieron. Jacob en su lecho de muerte, hablo a sus hijos: “Yo voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres en la cueva…la cual compro Abraham…para heredad de sepultura. Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer, allí también sepulte yo a Lea.” (Gen 49:29-31).

¡Jacob había enterrado a Lea en el lugar ancestral de honor! ¡Oh como estas palabras, a pesar de pocas, dicen tanto! Nos dicen que Dios había embellecido a esta afligida con salvación. Después que Lea encontró realización en Dios, le dio realización en Jacob. A través de los años, paz interior y belleza espiritual brillaron a través de Lea; Jacob fue entretejido con ella en amor. No es difícil imaginar que cuando Lea murió, se fue sonriendo, con las alabanzas a Dios en sus labios.

Vuélvete en un adorador de Dios! Al rendir tus deseos a Él, al ponerlo a El primero, El tomara lo que tú le des y lo hará bello en su tiempo. Tomara lo que ha estado torcido y desequilibrado en ti y te hará parar erguido en Su luz y Su gloria.

Por tanto ¡habla este día a tu alma! ¡Dile a tus áreas sin realización que esta vez alabaras al Señor!

Señor, Yo soy una Lea, sin atractivo y buscando siempre el amor de aquellos que me han rechazado. Cuan tonto he sido. Cuan ciego. No hay amor, ni realización en esta vida separado de Ti .Tú eres el Árbol de Vida que satisface todos los deseos; Tú eres el Sanador de mi Corazón. Te amo, Señor Jesús. Amén.

Tomado del  más reciente libro del Pastor Frangipane, “And I Will Be Found By You”. ( aun no disponible en español)

Publicado por Pastor Damián Ayala.