Creo en el Espíritu Santo

Creo en el Espíritu Santo

La Trinidad es el dogma central sobre la naturaleza divina en la mayoría de las iglesias cristianas. En ella se afirma que Dios es un ser único, con una existencia simultánea en tres personas distintas:

El Padre,

El Hijo y,

El Espíritu Santo

El Credo de los Apóstoles comienza diciendo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso… Creo en su Hijo Jesucristo… Creo en el Espíritu Santo.” Aunque no se sabe quien escribió este antiguo credo, es clara su afirmación de la doctrina de la Trinidad. Esto refleja que la iglesia cristiana desde sus orígenes siempre creyó y enseñó esta verdad.

La doctrina concerniente al Padre siempre ha sido aceptada por la iglesia, tomándola como herencia tal y como fue instituida en el Antiguo Testamento (Éxodo 20:2, 3; Deuteronomio 5:6, 7; Isaías 45:22). Por otro lado, la teología del Hijo fue defendida por los primeros cristianos con tal denuedo y valor que estuvieron dispuestos a sufrir el martirio por su afirmación de que Jesús es Dios manifestado en carne. Juan 1:1, 14; Hechos 7:56–60

Por extraño que parezca la doctrina acerca del Espíritu Santo no recibió mucha atención en los primeros años del cristianismo. La razón es simple, la verdad que se atacaba era sobre la naturaleza de Jesucristo. En el Concilio de Nicea (año 325) se proclamó la relación filial existente entre Padre e Hijo. Sin embargo, no se hace alusión en ello a la tercera persona de la Trinidad. Fue hasta Constantinopla (año 381) que la iglesia afirmó y entendió la doctrina de Jesús cuando pudieron dedicarse a investigar lo que la Biblia enseñaba sobre la persona del Espíritu Santo, indicando en dicha asamblea que éste es adorado y glorificado junto con Dios y Cristo, además de que era también consustancial con ellos.

“Creo en el Espíritu Santo” no como un apéndice doctrinal sino como lo describe el credo apostólico, “Dios de Dios”, la tercera persona de la trina deidad. Es el Espíritu (ruaj) que se movía sobre la faz de las aguas (Génesis 1:2), el que descendió (reposando y revistiéndose) sobre jueces y profetas (Jueces 3:10; 6:34; 13:25; Lucas 1:13–15), que posó sobre Jesús como grácil paloma (Mateo 3:16; Marcos 1:10) y que cayó como viento recio sobre los discípulos en el Aposento Alto. Hechos 2:1–4

“Creo en el Espíritu Santo”, no como fuerza activa o emanación ignota, sino como la amorosa persona divina que ama, guía y enseña (Gálatas 5:18, 22; Juan 16:13; Lucas 12:12). Como aquél que redarguye al mundo de pecado (Juan 16:8), el Maestro Divino que abre las Escrituras al entendimiento del creyente que con devoción las estudia, revelándole la identidad de Jesucristo y la verdad del Evangelio (Juan 15:26; 1 Corintios 12:3; Juan 16:14).

“Creo en el Espíritu Santo” como mi testigo y abogado, que me asegura que soy de Cristo y está a mi lado para ayudarme, apoyarme y defenderme. Romanos 8:16; Efesios 1:13, 14

“Creo en el Espíritu Santo”, no como reliquia doctrinal sino como poder. Él dinamiza y da energía al creyente; da fuerza al hombre para decir no al pecado y vivir una vida santa, pero también hace que la palabra expresada en testimonio, prédica o enseñanza esté saturada de la autoridad celestial. Él es quien nos faculta para vivir y proclamar el Evangelio de Cristo. Hechos 1:8; Romanos 8:2, 4–6

“Creo en el Espíritu Santo” como agente principal en la dispensación de la gracia. La época que vivimos es la era del Espíritu. Desde Pentecostés hasta el Rapto, le toca a él vivificar y dar vigor a la iglesia, pues ésta no existe sin la presencia de aquél, el cual la convierte en una sociedad distinta a las demás habidas dentro del orbe, librándola así de naufragar y perecer ahogada en los mares del mundo y estableciéndola como una institución otorgadora de vida y esperanza, salud y gozo, sanidad y perdón. 1 Corintios 12:5–11; Efesios 4:3–13

“Creo en el Espíritu Santo” como parte indispensable de la iglesia de hoy. No es con programa ni con recursos modernos, sino con el poder antiguo del Espíritu eterno que las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia.

Si usted quiere vivir de forma abundante, abra su vida al ministerio del Espíritu Santo. No sólo en la fase salvadora o santificadora sino en la dimensión carismática de poder. Déjese revestir por él, que le ayude a descubrir sus dones y usarlos y desarrollarlos para la gloria de Dios y para servir en el lugar que el Señor tiene para usted en su iglesia.

Este es un fragmento del libro Creo en el Espíritu Santo de David Gómez Ruiz (publicación original en la revista Conozca)