Excelencias del planeta azul

Excelencias del planeta azul

Por: Antonio Cruz Suárez

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La segunda predicción del principio de la mediocridad -mal atribuido a Copérnico, según vimos- afirma que el Sol es una estrella bastante ordinaria y típica. Hoy podemos decir, sin embargo, que el Sol no se ajusta para nada a esta afirmación ya que es bastante atípico. De hecho, se encuentra entre el 9% de las estrellas con mayor masa de la Vía Láctea. Su luz varía bastante menos que la media de la luz de estrellas similares a él en edad y actividad de manchas solares, evitando así que se produzcan cambios radicales del clima en la Tierra.A la vez, sus particulares condiciones abren información científica vital de un modo más abundante que muchos tipos de estrellas que son más comunes en el cosmos.

La tercera predicción dice que el Sistema Solar es también típico y que cabe esperar que haya muchos sistemas como él. No obstante,los descubrimientos de otros planetas extrasolares vienen a contradecir esta afirmación. La mayor parte de tales planetas tienen órbitas excéntricas que describen elipses muy estrechas y alargadas, bastante en contraste con los planetas de nuestro Sistema Solar. Aún no se tienen suficientes datos, pero los que se van recopilando sugieren que el nuestro es un sistema muy atípico en relación a su habitabilidad.

Una cuarta predicción de mediocridad afirma que el número y tipo de planetas y satélites de un sistema tienen poco que ver con la existencia de vida en ellos. Esta aseveración también está equivocada ya que los planetas grandes, como por ejemplo Júpiter, protegen a la Tierra de los impactos provocados por meteoritos o asteroides. Si no fuera por este gran gigante gaseoso tampoco podríamos habitar nuestro querido planeta azul. Probablemente alguna colisión catastrófica nos habría borrado ya del universo. ¿Casualidad o diseño?

La quinta predicción dice que la localización de nuestro Sistema Solar en la Vía Láctea carece de importancia. ¿Es esto así? El Sistema Solar está localizado en la Vía Láctea a miles de años luz del centro de la galaxia y cerca de un brazo espiral. Los defensores del principio de Copérnico vieron este descubrimiento como una confirmación de su teoría. Sin embargo, ahora sabemos que el centro de la galaxia, lo mismo que el infierno de Dante, es el último lugar donde querríamos estar. En el centro de las galaxias hay agujeros negros, zonas polvorientas, luz contaminada con rayos gamma, radiación abrasadora y no es posible de ninguna manera la vida. Nuestro Sistema Solar está ubicado dentro de una estrecha región habitable del espacio. Ocupamos el mejor lugar de la galaxia no sólo para vivir sino también para aprender sobre las estrellas y el universo. Igual que existe una Zona Habitable Circumestelar en nuestro Sistema Solar, también hay una Zona Habitable Galáctica que permite la existencia de agua líquida para la vida en este preciso lugar de la Vía Láctea.

Dice la sexta proposición de la mediocridad que nuestra galaxia no es particularmente excepcional o importante y que la vida puede existir en cualquier galaxia. Esto tampoco parece ser así. Las grandes galaxias en espiral como la Vía Láctea son más habitables que las galaxias de otras edades y tipos. Alrededor del 98% de las galaxias del universo local son menos luminosas y más pobres en metales que la Vía Láctea. Hay galaxias enteras desprovistas de planetas como la Tierra. Por tanto, nuestra galaxia es un hogar especialmente adecuado para el Sistema Solar.

La creencia de que el universo era eterno en el tiempo e infinito en espacio y materia se mantuvo hasta que a principios del siglo XX, Edwin Hubble, descubrió los corrimientos al rojo, las distancias de las galaxias y dedujo la expansión del universo. Otros descubrimientos posteriores, como la radiación cósmica de fondo de microondas y la relativa abundancia de isótopos de elementos ligeros, vinieron a corroborar dicha idea. Hoy se asume la teoría del Big Bang, que acepta que el universo tuvo un principio en el tiempo, igual que la Tierra y el resto de los astros. Pero, al no querer aceptar esta evidencia, pues la noción de creación no les gusta, algunos científicos han sugerido el modelo de un “universo oscilatorio”. La idea de que nuestro universo sería sólo un episodio de un ciclo de Big Bangs, expansiones y regresiones. Sin embargo, esta teoría presenta serios inconvenientes: la energía disponible para el trabajo de expansión decrece con cada ciclo sucesivo, por lo que el universo si es eterno habría alcanzado ya un equilibrio inerte hace tiempo; las medidas realizadas sugieren que el universo tiene solamente una fracción de la masa requerida para crear una contracción gravitacional en primer lugar; y no solo la expansión del universo no está ralentizándose lo suficiente para implicar una posible contracción, sino que realmente está acelerándose. La teoría del Big Bang implica que el universo no es eterno ni infinito. Además, nuestro tiempo y lugar en el cosmos están bien sintonizados para la vida inteligente y el desarrollo de la tecnología.

Otra predicción mediocre afirma que las leyes físicas no están especialmente preparadas para la existencia de vida inteligente. Se ha comprobado que esto tampoco es así. Las leyes del universo parecen intrincadamente bien afinadas para la existencia de vida en la Tierra. En su última época, el astrofísico Fred Hoyle, un astrónomo manifiestamente ateo, escribió: “Una interpretación de sentido común de los hechos sugiere que un superintelecto ha jugado con la física, y también con la química y la biología, y que no hay fuerzas ciegas de las que valga la pena hablar en la naturaleza” [1] . Esta conclusión obviamente no era de su agrado, pero no tuvo más remedio que reconocerla ante la abrumadora cantidad de hechos que la demandaban. Desde entonces, lentamente se ha venido reconociendo que el universo tiene una especie de “ADN cósmico”. Toda una serie de factores que han venido colaborando entre sí con gran precisión para permitir nuestra existencia. Esto se conoce como el principio Antrópico. Tales coincidencias serían como los “genes del universo” que han codificado la formación de la vida. Existen notables correlaciones entre la constante gravitatoria, la constante de Plank, las singulares propiedades de la molécula de agua, y muchos otros precisos números de la física y la química del universo, en los que una leve desviación de sus equilibrios haría imposible la vida humana en la Tierra. Estos valores parecen haber sido finamente ajustados para permitir la existencia del ser humano. La ciencia contemporánea no puede evitar un componente antrópico y viene a decirnos que, después de todo, sí parecemos importantes para alguien. A muchos cosmólogos ateos les repugna esta idea y procuran encontrar vías de escape. Sin embargo, los hechos son los hechos.

No queda más remedio que reconocer que el principio de la mediocridad ha fracasado al interpretar el mundo. Es verdad que ni la Tierra ni el Sol son el ombligo del universo. Es cierto que el ser humano no habita en el centro geográfico o espacial del cosmos, entre otras cosas porque el universo, tal como lo concibe la teoría del Big Bang, no tiene centro. No obstante, ¿acaso no es verdad que, en cierto sentido, hemos anidado en el verdadero “centro” del universo? No en un trivial sentido espacial, sino con respecto a la habitabilidad y a la  mensurabilidad , es decir, a la posibilidad de medir e investigar el cosmos. Este hecho contradice todas las expectativas del principio de Copérnico y constituye por sí mismo otro principio que podríamos llamar el “principio de la Excelencia”. A veces, da la impresión que puesto que la Tierra y sus habitantes son diminutos en comparación con todo el universo, también somos insignificantes. Esta es la idea que parece expresar el salmista:  Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?  (Salmo 8:3-4). Se trata de algo obvio que expresa la pequeñez humana comparada con la grandeza de Dios.

Sin embargo, el tamaño físico no es un indicador fiable de significado. Nosotros o la misma Tierra, debemos ser realmente importantes, puesto que, en la escala de tamaños que va desde los  quarks  hasta el universo, nos encontramos extrañamente cercanos a la mitad. El punto de vista oficial hoy entre los científicos y académicos es que la noción de diseño inteligente no es científica o al menos resulta superflua para la práctica de la ciencia natural. No obstante, después de observar los hechos, creo que esa opinión no está acertada. El diseño es la mejor explicación para el origen de las criaturas, así como para la correlación entre habitabilidad y mensurabilidad. Un universo tan hábilmente labrado para la vida y para la investigación científica, parece ser el susurro de una inteligencia extraterrestre inconmensurablemente más grande, más antigua y más espléndida que cualquier otra cosa que pudiéramos imaginar.

La Biblia no sólo afirma que  en el principio creó Dios los cielos y la tierra  (Gn 1:1) sino que también somos especialmente importantes para él. Por eso nos colocó en un marco idóneo. Nuestra ubicación en el cosmos es la mejor no sólo para poder vivir sino también para hacer ciencia. Y no sólo nos puso en este medio ambiente adecuado, sino que asimismo nos visitó en la persona de Jesucristo. Si Dios es el diseñador supremo que lo hizo todo con un propósito, nuestra vida tiene sentido, la moralidad un sólido fundamento y, por tanto, podemos saber cómo debemos vivir.

  [1] Hoyle, F., 1982, “The universe: Past and Present Reflections” , Annual Review of Astronomy and Astrophysics  20, p. 16.


La Tierra no es mediocre

La Tierra no es mediocre

Por: Antonio Cruz Suárez

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Se dice que la Tierra no está excepcionalmente dotada para la vida y que posiblemente hay vida en otros planetas ya que ésta debe ser algo común en el universo. ¿Es esto así?

A principios de 1543 falleció el monje y astrónomo polaco Nicolás Copérnico. Durante muchos años estuvo trabajando en la teoría de su vida: el heliocentrismo. La idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, como hasta entonces se pensaba. 

Actualmente se ha extendido el mito que afirma que, en la época de Copérnico, la mayoría de las personas creía que la Tierra era plana. Nada más lejos de la verdad. Las escuelas del momento enseñaban la visión griega de que nuestro planeta era una esfera. Fue el escritor estadounidense del siglo XIX, Washington Irving, quien se inventó la leyenda de que durante la Edad Media se pensaba que la Tierra era plana. Pero, en realidad, no era así ( 1 ).

Pues bien, Copérnico fue plenamente consciente de que su teoría, que había sido presentada al papa Pablo III, sería controvertida sobre todo entre los astrónomos. Éstos asumían el sistema ptolemaico que, durante mil doscientos años, venía diciendo que el Sol giraba alrededor de la Tierra (geocentrismo). Este sistema funcionaba pero requería constantes y tediosas correcciones. Incluso se dice que Alfonso X el Sabio (1221-1284), cientos de años antes, había comentado: “Si yo hubiera estado presente en el momento de la creación, habría ofrecido algunas sugerencias útiles para ordenar mejor el universo” ( 2 ).

Semejante presunción de querer hacer la cosas mejor que el Creador, comprensible desde la visión del geocentrismo, sigue hoy en boca de algunos paladines del Nuevo ateísmo, en relación a otros temas. Un segundo mito que envuelve la historia de Copérnico -tal como se vio la pasada semana- es el de que los filósofos medievales pensaban que la Tierra era el centro del universo porque era muy especial. En realidad, creían todo lo contrario. Estaba en el centro precisamente por no tener nada de especial. Se trataba de un planeta rocoso, pesado, inferior y desde luego no era un cuerpo “celeste”. Todos los objetos pesados caían hacia su interior que era progresivamente más caliente. De manera que allí debía estar el infierno, en el peor lugar del cosmos. Desde luego, Copérnico no lo tenía fácil. Su teoría desmontaba muchos mitos de la época.

Paradójicamente, aquella afirmación copernicana de que la Tierra no está en el centro del Sistema Solar ha venido evolucionando hasta convertirse en una doctrina filosófica que asume que el planeta y sus habitantes no son significativamente especiales. Si la Tierra no es el centro, el ser humano tampoco. Pero, resulta que Copérnico estaría absolutamente en contra de semejante conclusión. Trasladar la Tierra desde el centro infernal a una posición próxima a los demás cuerpos celestes era elevarla en rango y dignidad. A pesar de todo, a este principio anti-copernicano de la mediocridad de la Tierra y sus moradores se le ha colocado la rúbrica de Copérnico. ¿Qué predicciones realiza dicho principio?

En primer lugar, se dice que la Tierra no está excepcionalmente dotada para la vida y que posiblemente hay vida en otros planetas ya que ésta debe ser algo común en el universo. ¿Es esto así? Veamos las siguientes características contrarias a dicha predicción que confirman que el planeta Tierra no tiene nada de común. El sistema formado por la Tierra más la Luna no sólo hace posible la vida sino también el conocimiento científico. El gran satélite plateado estabiliza y conserva la inclinación del eje terrestre, con lo cual hace posible un clima más estable que favorece la existencia de los organismos. Si su masa fuese diferente causaría importante fluctuaciones climáticas incompatibles con la existencia de vida en la Tierra. Por otro lado, si la órbita de la Tierra fuera un poco más grande de lo que es, la temperatura en su superficie variaría notablemente y ésta sería menos habitable. La Luna provoca mareas en los océanos que remueven los nutrientes marinos y los mezclan con los que arrastran los ríos desde la tierra. Esto genera zonas litorales fértiles que contribuyen al ciclo de la vida acuática.

Como el Sol está alrededor de cuatrocientas veces más lejos de la Tierra que la Luna, pero es también cuatrocientas veces más grande, resulta que ambos cuerpos aparecen con el mismo tamaño en nuestro cielo. Esto hace que los eclipses de la Tierra sean los mejores del Sistema Solar y que, por tanto, un observador situado en nuestro planeta pueda discernir mejor pequeños detalles de la cromosfera del Sol y de su corona que desde cualquier otro planeta. Los eclipses de Sol han permitido el avance de la astronomía ya que han ayudado a descubrir la naturaleza de las estrellas, han proporcionado un experimento natural para probar la teoría de la relatividad de Einstein y han servido para medir el retraso de la rotación terrestre. El Sol, la Tierra y la Luna constituyen los componentes primarios de un espectroscopio gigante. Es posible interpretar la luz de las estrellas distantes y determinar su composición química.

La forma de la sombra circular de la Tierra sobre la Luna indicó ya a los antiguos griegos, como Aristóteles, que nuestro planeta era una esfera. La Luna actúa como un telescopio gigante ya que permite detectar objetos muy pequeños o muy juntos para poderlos medir desde la superficie terrestre. Si la Tierra estuviera más cerca del Sol sería como un invernadero con calefacción y tendría una atmósfera espesa como la de Venus, imposible para la vida. Pero si estuviera más lejos necesitaría más dióxido de carbono en su atmósfera para mantener el agua en la superficie. Algo que también iría contra la vida animal. Por tanto, nuestro planeta, es el lugar más habitable de todo el Sistema Solar y además posee la mejor vista de eclipses solares en el momento en el que los observadores los pueden apreciar mejor. Luego, la Tierra es un planeta único, privilegiado para la habitabilidad y la mensurabilidad. Esta es la tesis que defienden Guillermo González y Jay W. Richards en su libro:  El planeta privilegiado ( 3 ).

En la misma línea de observaciones, sabemos que el campo magnético terrestre sirve como primer escudo de defensa contra las partículas de los rayos cósmicos de las galaxias, capaces de generar otras partículas secundarias que pueden atravesar nuestros cuerpos y producir daños en las células. La Tierra tiene el tamaño adecuado para la vida. Si fuera algo más pequeña sería menos habitable ya que variaría su gravedad, perdería la atmósfera con rapidez y su interior se enfriaría demasiado como para poder generar un fuerte campo magnético. Los planetas más pequeños tienden a tener órbitas peligrosamente erráticas. Y al revés, si fuera más grande tendría mayor gravedad y atmósfera. Pero una alta presión en superficie haría disminuir la evaporación del agua y se incrementaría la viscosidad del aire, haciendo la respiración más difícil.

Mucha gente asocia los terremotos con muerte y destrucción, pero, irónicamente, los seísmos son una inevitable muestra del desarrollo de fuerzas geológicas muy ventajosas para la vida. El calor que fluye desde el interior de la Tierra es el motor que produce la convección del manto y los movimientos de la corteza que construyen montañas y reciclan el dióxido de carbono de la atmósfera. Fenómenos todos que hacen la Tierra más habitable. La atmósfera terrestre es lo suficientemente espesa para permitirnos respirar y protegernos de los peligrosos rayos cósmicos, mientras que, a la vez, es lo bastante transparente para poder ver las estrellas. Este frágil equilibrio constituye de forma notable algo muy improbable. No conocemos ningún otro planeta en el universo que reúna estas condiciones. A pesar de todo esto, todavía hoy muchos creen que el origen de la vida es sólo un asunto de encontrar agua líquida en cualquier lugar del cosmos durante unos pocos millones de años. Aunque en la actualidad nadie espera encontrar vida avanzada o inteligente en algún planeta del Sistema Solar, sí que creen que la vida microbiana “simple” sea algo común en el universo.

Mercurio es el planeta más cercano al Sol, lo que significa que es un mundo de ceniza desolado muy parecido a la Luna. Las temperaturas del suelo por la tarde pueden alcanzar fácilmente los 227 grados centígrados, mientras que al anochecer éstas son capaces de descender a unos 173 grados bajo cero. No hay agua ni atmósfera, por lo que resulta absolutamente inhóspito para la vida. Venus está más cerca de la Tierra pero es un auténtico infierno. Tiene una densa atmósfera de dióxido de carbono que mantiene una temperatura en superficie de 477 grados centígrados y una presión atmosférica noventa veces superior a la terrestre. Si, a pesar de tal temperatura, un ser humano consiguiera estar sobre la superficie de Venus, estaría sometido a una presión comparable a la que existe a unos mil metros bajo el mar. Así como la atmósfera terrestre posee gotitas de vapor de agua, la atmósfera venusiana tiene gotitas de ácido sulfúrico, capaz de corroer cualquier aparato o ser vivo. El medio ambiente de Marte no favorece tampoco el crecimiento ni la reproducción de organismos terrestres (al menos en los lugares en que hasta ahora se ha aterrizado). La intensa radiación ultravioleta que llega a su superficie bastaría para aniquilar la mayoría de las bacterias terrestres, y además los oxidantes del suelo destruirían cualquier molécula orgánica. A pesar de ello, su atmósfera de dióxido de carbono así como el hielo polar capaz de fundirse, han hecho pensar a muchos científicos en la posibilidad de que poseyera vida microscópica o la hubiera tenido en el pasado. No obstante, por lo que sabemos hoy, el suelo de Marte carece de moléculas orgánicas complejas.

Según nos movemos hacia afuera en el Sistema Solar, las condiciones de vida se van poniendo peor. Júpiter es el mayor de los planetas del sistema solar. La Tierra cabría de sobras en el interior de su característico sistema tormentoso ovalado que gira como un enorme remolino en el cielo de Júpiter. Tiene una espesa atmósfera formada en un 88% aproximado de gas de hidrógeno molecular y un 11% de helio. El uno por ciento restante está constituido por metano, amoníaco, agua, monóxido de carbono y otros compuestos menores. La superficie del planeta no es sólida sino líquida. No hay continentes, ni islas, sólo un inmenso y único océano viscoso de hidrógeno líquido sobre el que se eleva una espesa niebla formada por gotitas de amoníaco y agua. Júpiter no es apto para la vida, es más bien, un lugar desierto y terrible.

De las dieciséis lunas que se le conocen a Júpiter, algunas han sido propuestas como candidatas para encontrar en ellas moléculas orgánicas o incluso vida microscópica. Este es el caso de Europa, un satélite que genera mucho calor como consecuencia de la deformación mareal. La atracción que sobre él ejerce el inmenso Júpiter lo deforma y esto produce un gran aumento de temperatura en su interior. Europa está formada principalmente por agua helada y, desde el espacio, parece una blanca bola de billar. Se trata de un astro rocoso cuya corteza, que puede alcanzar entre 100 y 300 kilómetros de espesor, es de hielo bastante puro con muy pocos contaminantes y carece por completo de volcanes. La exobiología -disciplina que busca vida extraterrestre- sugiere la posibilidad de que a cierta profundidad bajo el hielo, pudiera existir un océano de agua líquida capaz de alojar vida microscópica, similar a las algas que existen bajo los hielos del Ártico o la Antártida. De nuevo, todo se basa en suposiciones que hoy por hoy son imposibles de verificar.

No obstante, esta posibilidad presenta tres serios inconvenientes: primero, si hay un océano de 100 kilómetros de espesor como mínimo bajo la superficie helada de Europa, (es decir, veinte veces más profundo que los océanos de la Tierra) ejercerá una presión tan elevada que resultará incompatible con cualquier forma microbiana de vida. Los seres vivos no pueden tolerar una presión arbitrariamente elevada; segundo, incluso aunque alguna forma extraña de vida pudiera tolerar semejantes presiones, la luz del Sol no puede penetrar el espeso hielo y eso implica que los océanos de Europa tienen muy poca energía disponible para la actividad biológica; y en tercer lugar, los océanos de Europa pueden ser un inmenso Mar Muerto del tamaño del planeta, demasiado salados para mantener la vida. Su congelación periódica hace que el agua líquida se vuelva más salada ya que la sal no se incorpora al hielo, y esto mataría a los seres vivos.

Por tanto, después de examinar todos los cuerpos celestes que constituyen el Sistema Solar, no parece que la vida sea ese fenómeno emergente que tiende a aparecer por doquier con relativa facilidad, cuando confluyen esas tres condiciones casi mágicas que propone la exobiología: agua, energía y los elementos químicos característicos de la materia orgánica. 

Más bien se confirma la hipótesis contraria. A saber, que la vida es una manifestación altamente singular y especializada, propia de un mundo con características tan especiales como las del planeta Tierra. La próxima semana concluiremos esta serie sobre la singularidad de nuestro planeta y comprobaremos el fracaso del principio de mediocridad a la luz de los actuales conocimientos astronómicos.

   1  O’Leary, D. 2011,  ¿Por diseño o por azar?,  Clie, p. 39.

   2   Oxford Dictionary of Thematic Quotations , 2000.

   3  González, G. y Richards, J. W. 2006,  El planeta privilegiado,  Palabra, Madrid.

Nota del administrador: este post fue tomado de http://www.protestantedigital.com/ES


Derrocados del centro del Universo

Derrocados del centro del Universo

Por: el apologista  Antonio Cruz Suárez

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Los astrónomos del siglo XIX y principios del XX creían que el universo era eterno e infinito. Estaban convencidos de que la idea de una creación u origen del mismo -tal como proponían las religiones monoteístas- no era propiamente científica y debía ser descartada. Sin embargo, había una cuestión que perturbaba poderosamente esta conclusión. ¿Por qué era oscuro el cielo nocturno? ¿Cómo es que durante las noches despejadas podemos observar las estrellas refulgentes brillando en un firmamento ennegrecido?

Semejante interrogante se conoce como “la paradoja de Olbers”, ya que fue este astrónomo alemán quien la reformuló en 1826, pues ya en el siglo XVII Kepler se había referido también a dicha contradicción astronómica. ¿Por qué se trata de una paradoja? Si el cosmos fuera eterno, estático y sin fin, como entonces creían los científicos, un infinito número de estrellas habrían producido desde su eternidad un firmamento brillante y uniformemente iluminado tanto de día como de noche. El cielo nocturno no tendría por qué ser oscuro sino radiante y luminoso. Pero esto, desde luego, no encajaba con la realidad observable.

La concepción actual de un universo con un pasado finito ha permitido a los astrónomos y cosmólogos resolver dicho acertijo. Hoy sabemos que no existe tal paradoja ya que el mundo tuvo un principio y, por tanto, un cielo nocturno oscuro es una evidencia en sí misma de que hubo un comienzo en el tiempo. Precisamente porque el cosmos no es infinito ni eterno resulta posible descubrir tantas cosas sobre él, a pesar de su enorme tamaño. Además, la vida en un universo que fuera estático y eterno, bañado siempre en una intensa radiación cósmica nociva para las células, seguramente no hubiera podido prosperar a pesar de la protección que supone la atmósfera y el magnetismo terrestres.

Hecha esta breve observación introductoria, me gustaría tratar un concepto, relacionado con nuestro planeta azul y el resto del cosmos, que ha entrado a formar parte de la cultura popular de Occidente. Se trata de la idea conocida como “el principio copernicano de la mediocridad”. Es una explicación que se enseña tanto en las escuelas como en la universidad y que afirma que la ciencia moderna desplazó al ser humano del prestigioso pedestal en el que se encontraba.

El hombre, que se consideraba a sí mismo como el centro del universo y medida de todas las cosas, fue relegado por los descubrimientos científicos a una posición marginal y secundaria. Primero, se comprobó que la Tierra no era el centro geográfico del mundo; después, se pensó que la vida y la inteligencia representaban algo corriente y sin propósito en el universo o que podrían haber surgido también en otros muchos lugares del cosmos; y, por último, que el propio ser humano era tan sólo una especie más, perdida entre las ramas del famoso árbol de la evolución darwinista.

El orgullo del hombre fomentado por las religiones quedaba así sin el necesario apoyo de la ciencia. Nuestro lugar en el cosmos no sería excelente, como antes se pensaba, sino mediocre u ordinario. Desde este punto de vista, la Tierra se concibe como uno más de tantos planetas en la inmensidad del cosmos que no tiene nada de significativo o especial. Probablemente existirán -se dice- muchos otros mundos similares a ella, orbitando alrededor de estrellas vulgares como nuestro Sol. Y tampoco nuestra galaxia, la Vía Láctea, sería en esencia diferente del resto de las galaxias del universo para permitir la vida.

Hace casi veinte años, el famoso astrónomo Carl Sagan, comentando una fotografía de la Tierra tomada desde una nave espacial, escribía estas reveladoras palabras: “La Tierra parece estar situada en un haz de luz, como si el mundo tuviese un significado especial, pero se trata sólo de una casualidad de la geometría y la óptica. (…) Nuestra imaginaria autoimportancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el universo se enfrenta al desafío que presenta ese pálido punto de luz. Nuestro planeta es una solitaria mota en la inmensa oscuridad cósmica que le envuelve. En nuestra oscuridad, en esa inmensa vastedad, no hay punto de agarre para firmar que de algún sitio vendrá una ayuda para salvarnos de nosotros mismos”( 1 ). El ateísmo de Sagan -patente en casi todos sus documentales divulgativos sobre astronomía- corroboraba así el principio copernicano de la mediocridad.

Otros muchos investigadores han venido suponiendo que el universo debe estar repleto de numerosas formas de vida. Por ejemplo, el astrónomo estadounidense, Frank Drake, que fue uno de los pioneros del SETI (organización para la búsqueda de vida inteligente extraterrestre), propuso en 1961 una ecuación para llegar a conocer el número de civilizaciones que podían existir en el universo y que estarían en condiciones de usar señales de radio para comunicarse. Diez años después, usando los cálculos de Drake, Carl Sagan estimó que solamente en nuestra galaxia debía haber un millón de civilizaciones avanzadas.

Pues bien, en el siglo XXI podemos decir que los últimos descubrimientos en diferentes campos han socavado aquel optimismo por los extraterrestres, propio de los años sesenta y setenta del pasado siglo. Han aparecido evidencias, como las que analizaremos en próximos trabajos, que sugieren las extraordinarias condiciones necesarias para que pueda darse la vida. Resulta que los requerimientos imprescindibles para la biología compleja son extremadamente raros en el cosmos y la posibilidad de que se den juntos en el momento adecuado en algún otro planeta, que no sea la Tierra, es increíblemente reducida. La euforia por los viajes intergalácticos y los seres inteligentes de otros mundos que se comunican con el ser humano, se ha convertido paulatinamente en un escepticismo científico que sólo aspira ya a encontrar vida bacteriana extraterrestre. Algo que, de momento, tampoco ha ocurrido.

Antes de entrar en detalles astronómicos -algo que como digo haremos en otros artículos-, me gustaría referirme hoy a una cuestión histórica. Es falso decir, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, que antes de Copérnico se daba a la Tierra y, por tanto, a los seres humanos que en ella habitamos, una posición de gran prestigio por considerar que residíamos en el centro geográfico del universo, mientras que las observaciones de este gran pionero de la astronomía nos relegaron a un papel secundario e insignificante. Semejante afirmación no se corresponde con la realidad. Veamos por qué.

En el esquema metafísico del mundo que se concebía en la Edad Media, el centro de todo no era el hombre sino Dios y éste no residía en la Tierra sino en los cielos. La cosmología medieval anterior a Copérnico no entendía el centro del cosmos como el lugar más privilegiado e importante sino, más bien, como todo lo contrario. Para Aristóteles, la Tierra era una especie de cisterna cerrada donde tierra, aire, fuego y agua se mezclaban con el fin de causar decadencia y muerte. Sin embargo, las esferas celestes de la Luna, los demás planetas que se veían brillar y las estrellas, eran el dominio habitual de lo eterno e inmutable.

El famoso poeta italiano, Dante Alighieri (1265-1321), en su conocida obra maestra la  Divina comedia,  describió los distintos niveles del infierno situando el trono de Satanás en el centro mismo de la Tierra. ¿Cómo podía el hombre medieval considerarse afortunado por habitar un planeta en cuyo centro residía el diablo? No era esta la idea que se tenía entonces. Pues bien, frente a semejante escenario que refleja la obra de Dante, y que supone la transición del pensamiento medieval al renacentista, no es sorprendente que Copérnico, Galileo, Kepler y otros, pudieran argumentar que situar el Sol en el centro (punto de vista heliocéntrico) elevaba el estatus de la Tierra porque la aproximaba a las esferas celestes. Justo lo contrario de lo que hoy se afirma. Lejos de degradar la posición del planeta azul, lo que decían los astrónomos renacentistas es que su nuevo esquema, con el Sol en el centro y la Tierra girando a su alrededor, ensalzaba y prestigiaba nuestro planeta. Estaban convencidos de que esta nueva posición terrestre que ellos defendían sacaba al planeta del antiguo lugar de deshonor que ocupaba en el universo aristotélico para aproximarlo a los cielos. Sin duda, una posición mucho más honrosa.

En este sentido, Galileo manifestó: “…se puede probar que la Tierra tiene movimiento, que supera a la Luna en brillo y que no es el sumidero en el que el universo recolecta lo sucio y lo efímero” 2 . Casi siempre que se habla de Galileo, Copérnico o Kepler, esto no se tiene en cuenta. Más bien se dice que estos pioneros de la astronomía lucharon en la búsqueda científica de la verdad contra la superstición religiosa y oscurantista. Se llega así fácilmente a la errónea conclusión de que los científicos son honestos porque persiguen siempre la verdad, mientras que los creyentes serían malos porque no la buscan o anteponen sus ideas preconcebidas a ella.

Al realizar tales planteamientos estereotipados y reduccionistas, se olvida que Copérnico fue durante toda su vida un creyente que aceptaba el mundo como creación de un Dios omnipotente que amaba las matemáticas; Galileo, incluso después de ser censurado por la Iglesia católica y obligado a retractarse, fue siempre un firme creyente que continuó recibiendo una pensión de la Iglesia durante el resto de su vida; y Kepler, un protestante luterano profundamente comprometido con su fe, que siguió la lógica de Copérnico en la búsqueda de las leyes del cosmos.

Lo cierto es que la gran mayoría de los estudiosos que protagonizaron la Revolución científica del Renacimiento fueron creyentes en la existencia de un Dios creador. Es innegable que la ciencia moderna surgió en un tiempo y en un lugar donde imperaban los valores y las convicciones teológicas judeocristianas. Y esto, difícilmente puede tratarse de una coincidencia. A pesar de todo, el ser humano es muy dado a elaborar mitos históricos y estereotipos que arraigan en la cultura de los pueblos y se transmiten de generación en generación. No obstante, me parece relevante y necesario desenmascarar dichos mitos siguiendo aquél sabio consejo dado por el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: “Desecha las fábulas profanas… Ejercítate para la piedad” (1 Tim. 4:7).

…….

1  C. Sagan,  Un punto azul pálido,  1995, Planeta, Barcelona, p. 7.

2  Galileo,  Siderus Nuntius,  citado en González, G. & Richards, J. W., 2006,  El planeta privilegiado , Palabra, Madrid, p. 274.

 


Características de una persona intelectualmente deshonesta

Características de una persona intelectualmente deshonesta

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A veces la verdad molesta. Es más fácil decir que la verdad no existe o que es relativa para no tener la responsabilidad que conlleva conocerla.

Pero, ¿cómo sabemos que lo que conocemos es verdad?

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La verdad es todo aquello que es pertinente a la realidad. Para saber si lo que conocemos es verdad tenemos que probarlo. Esto implica arriesgarse a tener que admitir que lo que creías que era cierto no lo es y cambiar de parecer.

Lo que creemos no debe ser lo que moldea la verdad, sino que la verdad sea lo que moldea lo que creemos.

Para lograr esto, tenemos que ser intelectualmente honestos. Las personas que no lo son, tienden a crear su propia realidad y – no sólo rechazan la verdad arbitrariamente – sino que militan en contra de ella.

Veamos algunas características y hábitos de personas que son intelectualmente deshonestas.

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Piensan que los que están en desacuerdo con ellos son “estúpidos,” menos intelectuales y/o sus argumentos no valen la pena

Muchas veces intentamos de convencernos de que algo es ridículo cuando no queremos ser retados por ello. Nos enajenamos y lo descartamos con burla y palabras que denigran la postura intelectual de otro. El problema es que la burla NO es un argumento. No dice nada en contra de una postura ni a favor de quién la trae – sencillamente busca colgarle un sentimiento negativo a una postura sin proveer evidencias en contra de la postura.

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Se enojan con los que no están de acuerdo con ellos

El enojo es lo que sucede cuando no nos sentimos en control de una situación y se nos hace necesario sobre-enfatizar nuestro dominio en una situación. Nos convencemos de que nuestro enojo es justificado por cuán incorrecto (o inmoral o absurdo o…) es su punto. Es importante entender que esta reacción es emocional y no intelectual. Cuando nuestro enojo vuelva a su estado normal, debemos preguntarnos: “¿Por qué me molesté?” Tal vez fue porque demostraron que estábamos en lo incorrecto y no queremos admitirlo…

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Atacas la persona, no el argumento

Cuando hablas de características de una persona o lo insultas, es un error de lógica llamado “ad hominem,” en el cual se ataca la persona y no el argumento. Por ejemplo, decir “Es que eres Cristiano” como un intento de desacreditar un argumento es un “ad hominem.” No estás hablando del argumento, sino de la persona. También se comete la falacia genética – que es desacreditar un argumento a base de su origen.

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Utilizan muchas citas y/o frases que no pueden apoyar con argumentos

Hay fraces que se escuchan frecuentemente y nos parecen racionales o bonitas y las repetimos sin pensar si son verdad o no. Las usamos y cuando nos cuestionan sobre ellas, caemos en uno de los tres puntos anteriores. Si decimos, por ejemplo, “Nada ha provocado más muertes que la religión,” ¿qué respondemos cuando nos demuestran que los números dicen otra cosa? ¿Qué pasa cuando decimos “Dios quiere tu felicidad” cuando lo que Dios quiere para ti es más importante que tu felicidad?

Una cita de un Cristiano o de un ateo no, necesariamente, es un argumento a favor de alguna de estas posturas, por ejemplo. Es raro que estas frases genéricas tengan peso.

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Nunca tienden a criticar ni dudar sobre sus propias creencias

Hay quiénes buscan puntos contrarios con el único propósito de criticar y atacarlos. Sin embargo, esto logra a que no tengamos que analizar nuestras propias creencias: sólo necesitamos hacer que el otro se vea mal. La razón por la cual esto funciona es que, desafortunadamente, las personas no tienden a ser persuadidos por argumentos razonables, sino por promociones. En este punto vale la pena preguntar: “¿Lo que creo es porque es razonable o porque me hace sentir bien?” Muchas veces rechazamos ideas contrarias porque no nos hacen sentir bien – pero, ¿prefierimos sentirnos bien o conocer la verdad? Recordemos que nuestras creencias tienen que ser moldeadas a la verdad, no al revés.

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Sólo leen y buscan aquello que está de acuerdo con lo que creen.

Los libros, páginas web, vídeos y hasta las personas que seguimos por Facebook y Twitter, todas se conforman a aquello que ya creemos y sirven para confirmar nuestra cosmovisión. Entonces, cuando se encuentran con posturas contrarias, se revierten a los puntos anteriores. Claro, leer y buscar cosas que apoyen nuestra cosmovisión no es inherentemente malo. El problema está en que no podemos aprender sobre posturas contrarias e inmediatamente las descartamos arbitrariamente. Si se está seguro de lo que se cree, ¿por qué huir intelectualmente de ideas opuestas?

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Es muy probable que las personas que se indentifiquen con estos puntos estén confundiendo su intelecto por sus emociones. Si tus razones para rechazar una ideología consiste de frases genéricas comunes, tal vez sea tiempo de reevaluar tu cosmovisión.

Lo que sentimos casi nunca es una buena medida de lo que es la verdad. La verdad es indiferente con cómo nos sintamos y no tiende a enfatizar nuestras emociones.

La pregunta final, pues, queda clara: ¿Qué prefieres: tu verdad o la verdad?

Nota del administrador: Este post se tomo del blog amigo http://verdadyfe.com


La Resurrección de Jesús

La Resurrección de Jesús

Por: William Lane Craig

Traducido por:  Joel Naranjo

La mayor parte de la gente no tiene problemas en reconocer que Dios existe; pero en nuestra sociedad pluralista se ha vuelto políticamente incorrecto afirmar que Dios se ha revelado a sí mismo de una forma decisiva en Jesús. ¿Qué justificación pueden ofrecer los cristianos, en contraste con los hindúes, judíos, o musulmanes, para pensar que el Dios cristiano es real?

Recientemente hablé en una importante universidad canadiense sobre la existencia de Dios. Después de mi charla, una estudiante, ligeramente enfadada, escribió en su tarjeta de comentarios: “Estaba con usted hasta que llegó a todo ese asunto sobre Jesús. ¡Dios no es el Dios cristiano!”

Esta actitud es muy típica en la actualidad. La mayor parte de la gente no tiene problemas en reconocer que Dios existe; pero en nuestra sociedad pluralista se ha vuelto políticamente incorrecto afirmar que Dios se ha revelado a sí mismo de una forma decisiva en Jesús. ¿Qué justificación pueden ofrecer los cristianos, en contraste con los hindúes, judíos, o musulmanes, para pensar que el Dios cristiano es real?

La respuesta del Nuevo Testamento es: la Resurrección de Jesús. “Él ha fijado un día en que juzgará al mundo con justicia, por medio del hombre que ha designado. De ello ha dado pruebas a todos al levantarlo de entre los muertos.” (Hechos 17.31). La resurrección es la vindicación por parte de Dios de las radicales pretensiones personales de autoridad divina de Jesús.

Así qué ¿cómo sabemos que Jesús ha resucitado de entre los muertos? El compositor del himno de Pascua dice, “¿Me preguntas cómo sé que él vive? ¡Él vive dentro de mi corazón!” Esta respuesta es absolutamente apropiada en un nivel individual. Pero cuando los cristianos interactuamos con no creyentes en la arena pública, como en las Cartas al Editor de un periódico local, al llamar a un programa de radio, en las reuniones de padres y maestros, o incluso en una simple conversación con compañeros de trabajo, entonces es crucial que seamos capaces de presentar evidencia objetiva en apoyo de nuestras creencias. De otro modo nuestras afirmaciones no tendrán más peso que la aserción de cualquiera que afirme haber tenido una experiencia privada de Dios.

Afortunadamente, el cristianismo, como religión arraigada en la historia, hace afirmaciones que pueden, en buena medida, ser investigadas históricamente. Supongamos, entonces, que nos acercamos los escritos del Nuevo Testamento, no como Escritura inspirada, si no meramente como una colección de documentos en griego que nos han llegado desde el primer siglo, sin ninguna presunción acerca de su fiabilidad más que aquella con la que consideramos normalmente otras fuentes de historia antigua. Podría sorprendernos descubrir que la mayoría de los críticos del Nuevo Testamento que se dedican a investigar los evangelios de esta manera admite los hechos centrales que subyacen a la resurrección de Jesús. Quiero enfatizar que no hablo sólo de estudiosos evangélicos o conservadores, si no del amplio espectro de críticos del Nuevo Testamento que enseñan en universidades seculares y seminarios no evangélicos. Asombroso como pueda parecer, la mayoría de ellos ha llegado a considerar como históricos los hechos básicos que apoyan la resurrección de Jesús. Estos hechos son los siguientes:

HECHO #1: Después de su crucifixión, Jesús fue sepultado en una tumba por José de Arimatea. Este hecho es altamente significativo porque implica, contrariamente a los críticos radicales como John Dominic Crossan del Seminario de Jesús, que la ubicación del sitio de entierro de Jesús era conocido para judíos y cristianos por igual. En ese caso, los discípulos jamás podrían haber proclamado su resurrección en Jerusalén si la tumba no hubiera estado vacía. Los investigadores del Nuevo Testamento han establecido este primer hecho sobre la base de evidencia tal como la siguiente:

1. La sepultura de Jesús es atestada por una tradición muy antigua citada por Pablo en 1 Cor. 15.3-5:

Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí:

… que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras,
que fue sepultado,
que resucitó al tercer día según las Escrituras,
y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. (1Co 15:3-5 NVI)

Pablo no sólo usa los términos rabínicos típicos “recibir” y “transmitir” con respecto a la información que está entregando a los corintios, si no que los vv. 3-5 son una fórmula de cuatro líneas altamente estilizada, llena de características no paulinas. Esto ha convencido a todos los estudiosos que Pablo está, tal como afirma, citando una antigua tradición que él mismo recibió después de su conversión al cristianismo. Esta tradición probablemente se remonta, por lo menos, a la visita de investigación que Pablo hizo a Jerusalén alrededor del año 36 DC, cuando pasó dos semanas con Cefas y Santiago (Gálatas 1.18). Data así de un período de cinco años desde de la muerte de Jesús. Tan corto espacio de tiempo, y tal contacto personal hace infundado hablar de leyenda en este caso.

2. La historia del entierro es la parte del material de una fuente muy antigua usada por Marcos al escribir su evangelio. Los evangelios tienden a consistir en breves instantáneas de la vida de Jesús vagamente conectadas y no siempre cronológicamente ordenadas. Pero al llegar a la historia de la Pasión nos encontramos con una narrativa fluida y continua. Esto sugiere que la historia de la Pasión fue una de las fuentes de información que Marcos usó para escribir su evangelio. Ahora, la mayoría de los estudiosos piensa que Marcos es ya el evangelio más temprano, y la fuente de Marcos de la pasión de Jesús es, por supuesto, aun más antigua. Una comparación de las narraciones de los cuatro los evangelios revela que sus recuentos no divergen entre si, si no hasta después de la sepultura. Esto implica que el recuento del entierro era parte de la historia de pasión. De nuevo, su antigüedad milita contra la posibilidad de que sea legendaria.

3. Como miembro del tribunal judío que condenó a Jesús, es improbable que José de Arimatea sea una invención cristiana. Había un fuerte resentimiento contra los dirigentes judíos a causa de su papel en la condena de Jesús (1 Tesalonicenses. 2.15). Es, por consiguiente, muy improbable que los cristianos inventaran que un miembro del tribunal que condenó a Jesús honrara a Jesús dándole una sepultura apropiada en lugar de permitirle ser despachado como un delincuente común.

4. No existe ninguna otra historia de la sepultura competidora. Si el entierro por José fuera ficticio, esperaríamos encontrar algún rastro histórico de lo que realmente sucedió con el cadáver de Jesús, o por lo menos alguna leyenda competidora. Sin embargo, todas nuestras fuentes son unánimes en el entierro honorable Jesús por José.

Por ésta y otras razones, la mayoría de críticos del Nuevo Testamento concuerdan que Jesús fue sepultado en una tumba por José de Arimatea. Según el fallecido John A. T. Robinson de la Universidad de Cambridge, el entierro de Jesús en sepulcro es “uno de los más tempranos y mejor atestados hechos acerca de Jesús.”1

HECHO #2: En el domingo siguiente a la crucifixión, la tumba de Jesús fue hallada vacía por un grupo de sus seguidoras. Entre las razones que han llevado la mayoría de los estudiosos a esta conclusión están las siguientes:

1. La historia de la tumba vacía también es parte de la antigua fuente de la pasión usada por Marcos. La fuente de la pasión usada por Marcos no concluía en muerte y derrota, sino con la historia de la tumba vacía, que es gramaticalmente de una pieza con la historia de la sepultura.

2. La antigua tradición citada por Pablo en 1 Cor. 15.3-5 implica el hecho de la tumba vacía. Para cualquier judío del primer siglo, decir de un muerto “que fue enterrado y que fue levantado” es implicar que quedó atrás una tumba vacante. Es más, la expresión “en el tercer día” probablemente deriva de la visita de las mujeres a la tumba en el tercer día, en la forma judía de contar, desde la crucifixión. La tradición de cuatro versos citada por Pablo resume tanto el recuento de los evangelios como la temprana predicación apostólica (Hechos 13. 28-31); significativamente, la tercera línea de la tradición corresponde a la historia de la tumba vacía.

3. La historia es simple y carece de señales de embellecimiento legendario. Todo lo que uno tiene que hacer para apreciar este punto es comparar el recuento de Marcos con las locas historias legendarias que hallamos en los evangelios apócrifos del siglo segundo, en los que Jesús es visto salir de la tumba con su cabeza alcanzando por sobre las nubes y ¡seguido por una cruz parlante!

4. El hecho que el testimonio de una mujer era despreciado en la Palestina del siglo primero está a favor del rol de las mujeres en el descubrimiento de la tumba vacía. Según Josefo, el testimonio de las mujeres era considerado de tan poco valor que ni siquiera era admisible en un tribunal de justicia judío. Cualquier historia legendaria tardía habría hecho, ciertamente, a discípulos masculinos descubrir la tumba vacía.

5. La temprana alegación judía de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús (Mat. 28.15) demuestra que el cuerpo había, de hecho, desaparecido de la tumba. La respuesta judía más temprana a la proclamación de los discípulos de que, “¡Él ha resucitado de los muertos!” no era indicar su tumba ocupada y reírse ellos como fanáticos, sino afirmar que ellos se habían llevado el cuerpo de Jesús. Así, tenemos evidencia de la tumba vacía viniendo de los propios oponentes de los primeros cristianos.

Podríamos continuar, pero creo que se ha dicho que lo suficiente para indicar por qué, en las palabras de Jacob Kremer, un especialista austriaco en la resurrección, “Por lejos, la mayoría de los exegetas sostiene firmemente a la fiabilidad de las declaraciones bíblicas acerca de la tumba vacía.”2

HECHO #3: En múltiples ocasiones y bajo variadas circunstancias, distintos individuos y grupos de personas experimentaron apariciones de Jesús vivo después de su muerte.

Éste es un hecho que es reconocido casi universalmente entre los estudiosos del Nuevo Testamento, por las siguientes razones:

1. La lista de testigos de las apariciones del Jesús resucitado, citadas por Pablo en 1 Cor. 15. 5-7 garantiza que dichas apariciones ocurrieron. Estos incluían a Pedro (Cefas), los Doce, 500 hermanos, y Santiago.

2. Las tradiciones de las apariciones en los evangelios proporcionan atestación múltiple e independiente de las mismas. Ésta es una de las marcas más importantes de historicidad. La aparición a Pedro es atestada independientemente por Lucas, y la aparición a los Doce por Lucas y Juan. También tenemos el testimonio independiente de las apariciones galileas en Marcos, Mateo y Juan, así como a las mujeres en Mateo y Juan.

3. Ciertas apariciones tienen señales de historicidad. Por ejemplo, tenemos buena evidencia en los evangelios que ni Santiago ni ninguno de los hermanos menores de Jesús creyeron en él durante su vida. No hay ninguna razón para pensar que la iglesia primitiva generaría historias ficticias acerca de la incredulidad de la familia de Jesús si hubieran sido desde un principio seguidores fieles. Pero es indiscutible que Santiago y sus hermanos se volvieron creyentes cristianos activos después de la muerte de Jesús. Santiago fue considerado un apóstol y eventualmente ascendió a una posición de liderazgo en la iglesia de Jerusalén. Según el historiador judío del primer siglo, Josefo, Santiago fue martirizado por su fe en Cristo hacia fines de la década del 60 DC. Ahora, la mayoría de nosotros tiene hermanos. ¿Qué se necesitaría para convencerlos que su hermano es el Señor, de tal modo que estuvieran dispuestos a morir por esa creencia? ¿Puede haber alguna duda de que esta notable transformación en el hermano menor de Jesús tuvo lugar porque, en palabras de Pablo, “entonces apareció a Santiago”?

Incluso Gert Lüdemann, un destacado estudioso alemán crítico de la Resurrección, admite, “puede tomarse como históricamente cierto que Pedro y los discípulos tuvieron experiencias después de la muerte de Jesús en que Jesús se les apareció como el Cristo resucitado.”3

HECHO #4: Los discípulos originales creyeron que Jesús había sido levantado de entre los muertos a pesar de tener toda predisposición en contra de ello. Piense en la situación que los discípulos enfrentaron después de la crucifixión de Jesús:

1. Su líder estaba muerto. Y los judíos no tenían ninguna creencia un Mesías que muriese, mucho menos que resucitase. Se suponía que el Mesías debía expulsar a los enemigos de Israel (= Roma) y restablecer el Reino Davídico, no sufrir la muerte ignominiosa de un criminal.

2. Según la ley judía, la ejecución de Jesús como un criminal demostraba que era un hereje, un hombre literalmente bajo la maldición de Dios (Deut. 21.23). La catástrofe de la crucifixión para los discípulos no era simplemente que su Maestro se hubiera ido, sino que la crucifixión demostraba que, en efecto, los Fariseos habían tenido razón desde el principio, que durante tres años habían estado siguiendo a un hereje, ¡a un hombre maldito por Dios!

3. Las creencias judías acerca de la otra vida precluían que alguien fuese levantado de entre los muertos a gloria e inmortalidad antes de la resurrección general en el Fin del mundo. Todo lo que los discípulos podían hacer que era conservar la tumba de su Maestro como un santuario dónde sus huesos podrían residir hasta el día en que los muertos justos de Israel fuesen levantados por Dios a la gloria.

A pesar de todo esto, los discípulos originales creyeron en y estaban deseoso de ir a la muerte por el hecho de la resurrección de Jesús. Luke Johnson, un estudioso del Nuevo Testamento de la Universidad de Emory, reflexiona, “se requiere alguna clase experiencia poderosa y transformativa para generar el tipo de movimiento que el Cristianismo más temprano era…”4 N. T. Wright, un eminente estudioso británico, concluye, “es por eso que, como historiador, no puedo explicar el surgimiento del cristianismo primitivo a menos que Jesús se halla levantado nuevamente, dejando una tumba vacía tras él.”5

En el resumen, hay cuatro hechos aceptados por la mayoría de los estudiosos que han escrito sobre esta materia que cualquier hipótesis histórica adecuada debe responder: la sepultura de Jesús por José de Arimatea, el descubrimiento de su tumba vacía, sus apariciones después de la muerte, y el origen de la creencia de los discípulos en su resurrección.

Ahora la pregunta es: ¿cuál es la mejor explicación de estos cuatro hechos? La mayoría de los estudiosos probablemente permanece agnóstico sobre esta pregunta. Pero el cristiano puede sostener que la hipótesis que mejor explica estos hechos es “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos.”

En su libro que “Justifying Historical Descriptions”, el historiador C. B. McCullagh lista seis tests que los historiadores usan para determinar cual es la mejor explicación para ciertos hechos histórico dados6. La hipótesis “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos” pasa todas estos tests:

1. Tiene mayor alcance explicativo: explica por qué la tumba fue hallada vacía, por qué los discípulos vieron apariciones después de la muerte de Jesús, y por qué la fe cristiana llegó a existir.

2. Tiene mayor poder explicativo: explica por qué el cuerpo de Jesús desapareció, por qué varias personas vieron a Jesús vivo en repetidas oportunidades, a pesar de su ejecución pública previa, etcétera.

3. Es plausible: dado el contexto histórico de la propia vida y afirmaciones incomparables de Jesús, la resurrección sirve como confirmación divina de esas pretensiones radicales.

4. No es ad hoc o artificial: requiere sólo una hipótesis adicional: que Dios existe. Y ni siquiera esa es necesariamente una hipótesis adicional si uno ya cree en la existencia de Dios.

5. Está de acuerdo con creencias aceptadas. La hipótesis: “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos” no contradice en forma alguna la creencia aceptada de que las personas no resucitan naturalmente. El cristiano acepta dicha creencia de todo corazón, tal como acepta la hipótesis de que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos.

6. Supera ampliamente a las hipótesis rivales en cumplir las condiciones (1)-(5). A través de la historia se han ofrecido variadas explicaciones alternativas de los hechos, por ejemplo, la hipótesis de la conspiración, la hipótesis de la muerte aparente, la hipótesis de la alucinación, y así. Tales hipótesis han sido rechazadas casi universalmente por la erudición contemporánea. Ninguna de estas hipótesis naturalistas tiene éxito en cumplir las condiciones tan bien como la hipótesis de la resurrección.

Ahora, esto pone al crítico escéptico en una situación bastante desesperada. Hace unos años participé en un debate sobre la Resurrección de Jesús con un profesor en la Universidad de California en Irvine. Él había escrito su disertación doctoral sobre la resurrección, y estaba completamente familiarizado con la evidencia. No podía negar los hechos del entierro honorable de Jesús, la tumba vacía, las apariciones después de la muerte, y el origen de la creencia de los discípulos en la resurrección. Así que su único recurso era proponer alguna explicación alternativa de esos hechos. Y así, ¡argumentó que Jesús de Nazaret tenía un desconocido hermano gemelo idéntico que fue separado de él en la infancia y creció independientemente, pero que regresó a Jerusalén en el momento de la crucifixión, robo el cuerpo de Jesús de la tumba, y se presentó a los discípulos, quienes equivocadamente infirieron que Jesús había resucitado de entre los muertos! No me tomaré la molestia explicar como refuté dicha teoría. Pero pienso que el ejemplo es ilustrativo de hasta donde debe llegar el escepticismo en su desesperación por refutar la evidencia de la Resurrección de Jesús. De hecho, la evidencia es tan poderosa que uno de los principales teólogos judíos a nivel mundial, el fallecido Pinchas Lapide, quien enseñó en la Universidad Hebrea en Israel, declaró estar convencido en base a la evidencia ¡que el Dios de Israel había levantado a Jesús de Nazaret de entre los muertos!7

La importancia de la resurrección de Jesús descansa en el hecho de que no es sólo cualquier Perico de los Palotes quien ha sido levantado de entre los muertos, si no Jesús de Nazaret, cuya crucifixión fue se instigada por los dirigentes judíos debido a sus pretensiones blasfemas a la Autoridad Divina. Si este hombre ha sido levantado de entre los muertos, entonces el Dios contra quien supuestamente había blasfemado ha vindicado claramente sus pretensiones. Así, en una edad de relativismo y pluralismo religioso, la Resurrección de Jesús constituye una roca sólida en que los cristianos pueden tomar su posición en favor de la auto-revelación definitiva de Dios en Jesús.
 Notas

1 John A. T. Robinson, The Human Face of God (Philadelphia: Westminster, 1973), p. 131.

2 Jacob Kremer, Die Osterevangelien—Geschichten um Geschichte (Stuttgart: Katholisches Bibelwerk, 1977), pp. 49-50.

3 Gerd Lüdemann, What Really Happened to Jesus?, trans. John Bowden (Louisville, Kent. Westminster John Knox Press, 1995), p. 80.

4 Luke Timothy Johnson, The Real Jesus (San Francisco: Harper San Francisco, 1996), p. 136.

5 N. T. Wright, “The New Unimproved Jesus,” Christianity Today (September 13, 1993), p. 26.

6 C. Behan McCullagh, Justifying Historical Descriptions (Cambridge: Cambridge University Press, 1984), p. 19.

7 Pinchas Lapide, The Resurrection of Jesus, trans. Wilhelm C. Linss (London: SPCK, 1983).

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¿Deberían Las distintas religiones estar Unidas?

¿Deberían Las distintas religiones estar Unidas?

hipocrsia

Tomado del Articulo “Un Elefante en la Sala” por Vicent Cheung

“¿Pensáis que vine a traer paz en la tierra? No, os digo, sino división. Porque de ahora en adelante, cinco en una casa estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra”(Lc 12,51-53)

Hace algunos años, tuve un altercado con un familiar. Ella era una devota seguidora de una religión no cristiana, y el conflicto había estallado a causa de eso. Ella era de aquella opinión equivocada de que todas las religiones son esencialmente la misma cosa y que conducen a la humanidad al bien, ella, alegó que consideraba a la familia como lo más importante. Algunas personas asumen que si una religión divide a una familia, debe ser una secta peligrosa. Ella dijo: ” religión no es sobre la unidad? ¿Y la familia no es lo más importante? “Respondí: “claro que no. La religión es sobre la verdad, especialmente la verdad sobre Dios y la verdad de Dios. Esta verdad lleva a la salvación y la adoración correcta. Yo sostengo que la verdad está en Jesús Cristo y en Él solamente. ¿Y cómo usted no piensa así , yo condeno su religión como falsa. Como la religión es sobre Dios, esta es más importante que cualquier otra cosa, y mucho más importante que la familia.

Luego añadí: “Sin embargo, si usted realmente cree que la religión es acerca de la unidad y realmente cree que la familia es lo más importante, ¿por qué no renunciar a su religión para que haya unidad entre nosotros?” Ella se negó. Ve Usted, ella era hipócrita. Ella quería que yo ceda en mi fe para dar cabida a la de ella, mas ella no se movió un centímetro, a pesar de que fue ella quien dijo que la religión debe ser de la unidad y que la familia debe ocupar el lugar más alto. Lo mismo sucede con aquellos que promueven la tolerancia y la diversidad religiosa y culpar a la fe cristiana a negarse a seguir sus agendas. Esta gente es falsa, hipócrita y contradictoria en sí mismo. Ellos realmente no quieren decir que todos deben aceptar a los otros, sino que todos los cristianos deben abandonar sus creencias y adoptar esta mezcla heterogénea de locura y confusión. Si rechazamos estas tonterías, dirán que somos fanáticos y violentos, una amenaza para la sociedad. No se deje engañar. Son unos mentirosos. Presentaran a Cristo como alguien que no fue, interpretando sus palabras para decir algo que él nunca tuvo la intención de decir o, de alguna manera, lo manipularan para comprometer su lealtad a él. A pesar de afirmar que la paz es más importante que nuestras diferencias ideológicas, no van a renunciar a sus propias creencias para hacer la paz con ustedes. Aunque griten diciendo tolerancia y diversidad, su tolerancia y diversidad no tiene lugar a los cristianos que no están de acuerdo con ellos. Tal vez incluso los contemporáneos de Cristo imaginaron que El traería la armonía en todas las relaciones humanas, o al menos en las familias o en el país donde existiere el vínculo de sangre y la nacionalidad, a la espera de ser mejorada por este gran profeta, o Mesías. Jesús dijo que esto era un malentendido. Él no ha venido a traer la paz y la unidad entre los hombres, sino introducir la división, incluso don ella no existía antes. Él no se avergonzó de ello, mas dijo: “quien ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí, y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” ( Mt 10:37 .) La paz verdadera sólo es posible cuando los no cristianos renuncian a sus religiones, sus filosofías, sus ciencias – que son falsas e irracionales – y se postren delante de Jesucristo. La unidad verdadera sólo es posible cuando los no cristianos alcen sus manos arriba y se arrepientan en polvo y ceniza. Y entonces habríamos de abrazarlos y llamarlos hermanos y hermanas, padres y madres. A menos que esto ocurra, habrá siempre división entre nosotros. Los cristianos tratan de culparnos por ello, pero la división persiste porque la verdad llegó, y ellos no pueden ahuyentarla. Él dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, a no ser por mí. “Eso es lo que Él dice. ¿Qué hacemos al respecto? Ellos no creen eso, mas nosotros lo creemos. La gente hablando del “elefante en la sala”. Bueno, Jesucristo vino y está en medio de nosotros. Y esa es la cuestión que no puede ser ignorada. Si usted finge que el no esta ahí o que no hace ninguna diferencia, él le patera en la cara. Como cristianos, anhelamos la paz, pero no estamos satisfechos con el fingimiento, con una paz basada en la transigencia, o ilusión, y ocultar nuestras verdaderas creencias. Nosotros nos satisfacemos sólo con una paz que está basada en una creencia común en la verdad, la verdad que Dios nos ha revelado en Jesucristo y registrado para nosotros en la Biblia.

De hecho, como había declarado en un contexto diferente, Jesucristo trajo unidad, pero sólo a su pueblo. Esta unidad era de hecho tan poderosa que superó muchas generaciones de prejuicios, de manera que Judíos y gentiles aprendieron a aceptarse unos a otros, los ricos y los pobres se abrazaron y lavaron sus pies, y las mujeres fueron reconocidos como co-herederas con los hombres por medio de Jesucristo, e incluso sacerdotes de Dios, que tiene acceso directo al trono celestial, con pleno derecho a recibir educación de piedad. Por supuesto, siempre hay más trabajo por hacer, ya que el pecado sigue funcionando entre nosotros, y nuevos creyentes llegaran a la iglesia todos los días, pero fuera de Cristo no hay ningún tipo de unidad. Una vez más, no nos estamos refiriendo a una cortesía superficial, compromiso o posible eliminación de las diferencias, sino una inquebrantable hermandad unidos por la verdad y la fe. Sigamos entonces el ejemplo de Cristo, trayendo unidad donde debe haber unidad, mas división donde debe haber división.

TRADUCCION: Raul Loyola Roman.

Tomado del Blog: http://cheungyclarkenespanol.wordpress.com/2013/04/18/un-elefante-en-la-sala-2/

Nota del administrador: Este post fue tomado del blog amigo Espíritu Reformado