Dios y el Diseño Inteligente

Dios y el Diseño Inteligente

Por Antonio Cruz Suárez

Lo que se propone es que la actividad inteligente de Dios al crear la naturaleza puede ser detectable, de la misma manera que lo es la de un informático que diseña determinado programa.

La afirmación de que la vida, y en general el cosmos, fueron diseñados por un agente inteligente puede turbar al ser humano contemporáneo, educado desde la enseñanza primaria en la

creencia de que todo deriva de las simples leyes naturales. Sin embargo, el desarrollo de la ciencia durante las últimas décadas constituye un avance progresivo en esa dirección. De la misma manera que en la Edad Media la humanidad tuvo que acostumbrarse a pensar que la Tierra se movía alrededor del Sol, a pesar de que nadie podía ver ningún movimiento de rotación ni traslación, probablemente el siglo XXI impondrá también la idea de un diseño inteligente de la vida y el universo.Otra cosa distinta ocurrirá con la naturaleza del diseñador. Aquí no habrá acuerdo. En efecto, ante la cuestión: ¿qué idea de Dios transmite el Diseño inteligente (DI)? Hay que responder simplemente que ninguna. Por su propia naturaleza, que pretende seguir la evidencia empírica, esta teoría es incapaz de definir las características de la inteligencia que evidencia la vida.Está claro que, para quienes creemos en el Dios de la Biblia, resultará fácil transferir sus atributos al diseñador inteligente que sugiere la ciencia. No obstante, quienes no aceptan la existencia del Dios judeocristiano probablemente propondrán otras explicaciones a la realidad del diseño. Aunque no hay demasiados sustitutos, se han sugerido los siguientes: que la inteligencia provenga de los extraterrestres; de un enigmático principio autoorganizador del universo; que los entes vivos sean inteligentes en sí mismos; entender la biosfera como un todo (Gaia, la Diosa Tierra) que pudiera ser inteligente y actuara como un único organismo, etc. Todas estas posibilidades pueden estar interrelacionadas o ser la misma. La ciencia no tiene aquí la última palabra y debe ceder ante las explicaciones de la teología o de la especulación filosófica más o menos fundamentada.Uno de los famoso descubridores de la estructura helicoidal del ADN, el doctor Francis Crick, propuso su conocida teoría de la panspermia. En su opinión, la vida habría sido sembrada en la Tierra por parte de alguna civilización inteligente procedente del espacio exterior. Aunque tal planteamiento no resuelve el problema del origen de dicha hipotética civilización, sí asume parte de la premisa fundamental del DI. Es decir, que la vida muestra diseño, aunque éste no sea perfecto. Crick abre así la puerta a la posibilidad de diseñadores inteligentes pero capaces de cometer errores. Alienígenas del espacio que no tienen por qué ser moralmente superiores a nosotros. Exportadores de una sofisticada tecnología que puede responder a motivaciones altruistas o quizá egoístas. Nadie lo sabe. En pocas palabras, la panspermia sustituye a Dios por múltiples dioses menores que a veces se equivocan, ya que las cosas no siempre les salen como ellos quisieran. Y a nadie se le escapa que con la especie humana, desde luego, no acertaron.

Esta idea de la panspermia se sustenta sobre arenas movedizas. Carece de evidencia científica y apela a algo que es imposible de investigar: unos seres inteligentes que aparecieron hace mucho tiempo en una galaxia desconocida y muy lejana. Lo cual convierte la teoría en un auténtico milagro. Es como si Crick estuviera diciendo que “el origen de la vida en la Tierra fue un milagro”. Con lo cual el asunto queda inmediatamente fuera del ámbito de la ciencia. ¡Para este viaje no hacían falta tantas alforjas! Es lo mismo que, desde hace miles de años, viene proponiendo la doctrina bíblica del milagro de la creación.

No obstante, si no fueron los extraterrestres, ¿en qué otro diseñador permite pensar la teoría del DI? ¿Es bíblica la teología que parece sugerir? Aunque el DI no dice nada acerca de la naturaleza del diseñador, muchos creacionistas, y la mayoría de los evolucionistas cristianos, ven con malos ojos el tipo de Dios que se desprende.Unos porque creen que no se adecua al Dios creador del relato del Génesis, interpretado literalmente. Los otros porque piensan que el diseñador inteligente es, en realidad, el denostado Dios tapagujeros.

Ciertos partidarios del creacionismo de la Tierra joven -no todos, por supuesto- recriminan al DI el hecho de no interpretar literalmente el libro de Génesis y, por lo tanto, no respetar la Escritura, decir poco del Dios bíblico y no glorificarle como se merece. Para ellos, el DI no es “creacionismo camuflado”, como creen muchos darwinistas, sino una especie de enorme cajón de sastre donde caben todas las posibles concepciones de la divinidad. Por su parte, algunos teólogos que defienden el evolucionismo teísta ven la teoría del DI como poco científica porque les parece que apela demasiado al Dios tapagujeros. Es decir, creen que los proponentes del DI sólo ven diseño en aquellas áreas de la naturaleza que la ciencia no ha estudiado suficientemente todavía. Una idea peligrosa pues a medida que el conocimiento científico avanza, Dios retrocedería. Es como si la ignorancia humana fuera lo único capaz de dar cobijo a la creencia en Dios. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

En primer lugar, no todos los creacionistas de la Tierra joven -menos aún los de la Tierra antigua- disienten ante los puntos de vista del DI. Muchos reconocen que no siempre la Biblia debe interpretarse literalmente y apoyan la defensa del diseño como un hecho fundamental de la naturaleza. Conviene recordar, una vez más, que la teoría del DI, como toda teoría empírica, no puede decir absolutamente nada sobre un diseñador con el que no se puede experimentar. Salvo que actuó de manera inteligente dejando la impronta de su sabiduría en los seres vivos.

En cuanto al argumento del Dios tapagujeros, con el que los cristianos evolucionistas acusan al DI, creo que está equivocado. No es que los investigadores vean diseño inteligente en ciertas estructuras naturales irreductiblemente complejas porque éstas han sido poco estudiada y sean prácticamente desconocidas por la ciencia. Es precisamente al revés. Aquello que motiva a los científicos a pensar en un diseñador inteligente es el gran conocimiento que poseen de dichas estructuras o funciones. No es lo que no saben sino lo que sí saben. Darwin y sus coetáneos, al observar una célula bajo sus rudimentarios microscopios, no podían pensar en el diseño real de la misma porque sólo veían simples esferas de gelatina que rodeaba un pequeño núcleo oscuro. Nada más. Pero es precisamente el elevado grado de información y sofisticación bioquímica en las estructuras celulares, descubierto por los potentes microscopios electrónicos actuales, lo que ha hecho posible la teoría del DI. No se está apelando al Dios tapagujeros. Lo que se propone es que la actividad inteligente de Dios al crear la naturaleza puede ser detectable, de la misma manera que lo es la de un informático que diseña determinado programa. Los sistemas biológicos manifiestan las huellas distintivas de los sistemas diseñados inteligentemente. Poseen características que, en cualquier otra área de la experiencia humana, activarían el reconocimiento de una causa inteligente. Según el DI, los seres vivos no sólo serían el resultado del azar y la necesidad sino, sobre todo, del diseño real y de decisiones sabiamente precisas.

Deseo terminar con una cuestión que me parece relevante. Muchos creen que el diseño en la naturaleza, para ser auténtico, debiera ser también perfecto, benéfico o, cuanto menos, inofensivo. Pero la realidad es que no siempre es así. El cosmos en el que vivimos actualmente es limitado, finito, cambiante y sometido a la ley física de la entropía. Si no se le aplica energía extra, su grado de desorden no disminuye sino que aumenta. Finalmente a los seres vivos les sobreviene la muerte. Por tanto, resulta bastante improbable que el diseño real sortee todos los inconvenientes o satisfaga todos los gustos y las necesidades en un mundo así. Me parece un error la afirmación de que: “el diseño tiene que ser perfecto o no es diseño”. ¿Acaso no pueden darse diseños imperfectos? Más aún, ¿existe el diseño maligno?

Uno de los organismos que hacían dudar a Darwin de la existencia de un Dios bondadoso eran las avispas. En concreto, unas pequeñas avispas del grupo de los icneumónidos ( Ichneumon ) que tienen el hábito de poner sus huevos dentro de los cuerpos vivos de orugas de otros insectos. Así, cuando nacen las larvas de  Ichneumon  disponen de alimento fresco, el cuerpo de sus desafortunados hospedantes, las orugas a las que se comen vivas.

William Dembski, uno de los principales proponentes del DI escribe: “La naturaleza es un morral mezclado. No es el mundo feliz de William Paley en el cual todo estaba en delicada armonía y equilibrio. No es el mundo darwinista ampliamente caricaturizado de la naturaleza roja de sangre en los dientes y en las garras. La naturaleza contiene diseño maligno, diseño mal construido y diseño exquisito. La ciencia necesita comenzar a aceptar el diseño como tal y no despreciarlo…” [1]

La existencia del mal, así como de la injusticia y miseria del mundo actual es un argumento clásico contra la existencia de Dios. Sin embargo, no es la ciencia quien debe dar la respuesta sino la teología, la filosofía o más concretamente la teodicea. Y me consta que lo vienen haciendo casi desde la noche de los tiempos.

 

 

 

[1] Dembski, W.  No Free Lunch,  Rowman y Littlefield, Lanham, 2002, p. 16.

 

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¿Por qué creyó el más famoso ateo en Dios?

¿Por qué creyó el más famoso ateo en Dios?

Will Graham

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Se cumplen diez años de la conversión al teísmo de Anthony Flew, el intelectual ateo más prominente del siglo XX.

Este año marca el décimo aniversario de la conversión intelectual del ateo más prominente del siglo XX, a saber, el filósofo inglés Anthony Flew (1923-2010). Después de dedicar su vida a la propagación del ateísmo, Flew causó revuelo en el mundo académico anglosajón cuando llegó a profesar fe en un Dios creador públicamente a finales del 2004.

Esta noticia tan significativa a nivel internacional, sin embargo, apenas fue anunciada por la prensa española. Francisco José Soler Gil lamenta este hecho: “Diarios como el  New York Times  dedicaron extensos artículos a comentar el último libro de Flew, y a tomar partido en la discusión acerca de esta obra. Mientras que, en España, la noticia apenas si trascendió de las páginas de Internet dedicadas a la información religiosa. Y algo muy parecido ocurrió tras la muerte de Flew en 2010”. La tendencia actual en España es traducir los libros ateos en seguida al castellano pero la erudición teísta es pasada por alto. ¿Por qué será?

La traducción de la última obra de Flew,  Dios existe  (Editorial Trotta, 2012) ha sido todo un logro. Se trata de un libro pequeño, publicado en el 2007, en el cual Flew cuenta la historia completa de su conversión intelectual. Está repleto de datos autobiográficos; pero lo más interesante son las tres razones que ofrece para explicar su cambio tan radical de cosmovisión. Estos argumentos ocupan el lugar central del tomo. ¿Cuáles son? Respuesta: 1) los orígenes de las leyes de la naturaleza; 2) los orígenes de la vida; y 3) los orígenes del universo.

En el artículo de hoy, queremos analizar cada uno de estos tres puntos del filósofo inglés para demostrar la veracidad de la observación hecha recientemente por nuestro querido apologeta español Antonio Cruz, “Yo creo que la ciencia contemporánea hace que cada vez sea más difícil ser un ateo intelectualmente satisfecho”.

1.- Los orígenes de las leyes de la naturaleza (capítulos 5 y 6)
Flew estima que el argumento del diseño inteligente es sumamente persuasivo. La existencia de leyes (es decir, simetría/ regularidades) en la naturaleza revela una mente divina detrás de ellas. Estas mismas leyes, explica el inglés, llevaron a Albert Einstein y a los padres de la física cuántica (entre otros) a postular el concepto de la Mente de Dios. En una entrevista con Benjamin Wiker, confesó Flew, “Tenía que haber una Inteligencia detrás de la complejidad integrada del universo físico”. [1] 

Es como si el universo supiera que veníamos. Comenta el filósofo, “Se ha calculado que si el valor de solo una de las constantes fundamentales […] hubiese sido ligerísimamente diferente, no se hubiese podido formar ningún planeta capaz de permitir la evolución de la vida humana”. [2]  La única posible explicación de tal ajuste fino se debe al diseño divino. Por esta razón Flew reprende a los ateos contemporáneos que niegan la idea de un Diseñador y proponen- en su lugar- la idea especulativa del multiverso.

La teoría del multiverso enseña que hay una infinidad de universos como el nuestro en existencia y se ha dado la casualidad (¡vamos, casualidad con ‘c’ mayúscula!) de que la vida ha aparecido justamente en nuestro universo. Apelando al físico Paul Davies y al filósofo Richard Swinburne, Flew tacha esta teoría como disparatada, especulativa y filosóficamente vacía. En palabras de Swinburne, “Es una locura postular un trillón de universos (causalmente desconectados entre sí) para explicar los rasgos de un solo universo, cuando postular una sola entidad (Dios) solucionaría el problema”. [3]  Y de todas formas, aun si la teoría del multiverso fuera cierta, tampoco podría explicar el origen de las leyes de la naturaleza.

Concluye Flew, “Así que, haya o no multiverso, todavía tenemos que habérnoslas con la cuestión del origen de las leyes de la naturaleza. Y la única explicación viable es la Mente divina”. [4]  Las leyes de la naturaleza, por tanto, dan testimonio de la existencia de un Dios ordenador/ creador.

2.- Los orígenes de la vida (capítulo 7)
Otra cosa que Flew no podía explicar a partir de una cosmovisión atea fue el origen de la vida en sí. ¿Cómo es que surgió y se conservó la vida en nuestro planeta? Una cosa es tener leyes físicas que permiten la existencia de la vida; pero otra cosa es la aparición de la vida en sí. Y no estamos hablando de cualquier tipo de vida; sino vida inteligente. Flew se pregunta, “¿Cómo puede un universo hecho de materia no pensante producir seres dotados de fines intrínsecos, capacidad de autorreplicación y una ‘química codificada’?” [5]  Tales preguntas constituyen un gran desafío científico e intelectual para el ateísmo del siglo XXI.

En términos sencillos, el materialismo no es capaz de explicar tantas señales de inteligencia de forma satisfactoria. Intenta refugiarse bajo el lema de reacciones químicas. No obstante, el ADN (ácido desoxirribonucleico) y el ARN (ácido ribonucleico) han revelado que la vida se trata de muchísimo más que una simple serie de reacciones químicas. En todas las células hay un código genético asombroso que almacena una cantidad compleja de información. ¿De dónde viene esta información si todo es fruto de materia no pensante y no inteligente? Como explica Paul Davies, “El problema de cómo esta información significativa o semántica pudo surgir de una colección de moléculas no inteligentes, sometidas a fuerzas ciegas y carentes de propósito, supone un profundo desafío conceptual”. [6] 

¿Cómo es que semejante vida puede existir en este planeta? Flew lo tiene bien claro, “La única explicación satisfactoria de esta vida orientada hacia propósitos y autorreplicante que vemos en la Tierra es una Mente infinitamente inteligente”. [7] 

3.- La existencia del universo (capítulo 8)
Flew no solamente se quedó perplejo ante las leyes de la naturaleza y la vida inteligente que existía en la Tierra, sino que la existencia del cosmos también le llevó a Dios. Puesto que nada viene de la nada, todo tiene que venir de algo. El universo es algo que requiere una explicación.

El punto clave en este sentido para Flew fue el descubrimiento de la teoría del Big Bang. En términos autobiográficos, recalca nuestro filósofo que, “Cuando, siendo aún ateo, me enfrenté por primera vez a la teoría del Big Bang, me pareció que esta teoría cambiaba mucho las cosas, pues sugería que el universo había tenido un comienzo y que la primera frase del Génesis […] estaba relacionada con un acontecimiento real. Mientras pudimos albergar la cómoda idea de que el universo no había tenido un comienzo ni tendría un final, fue fácil considerar su existencia (y sus rasgos más fundamentales) como hechos brutos. Y, si no había razón para pensar que el universo tuvo un comienzo, no había necesidad de postular otro ente que lo hubiera producido.

Pero la teoría del Big Bang cambió todo esto. Si el universo había tenido un comienzo, pasaba a ser totalmente razonable, incluso inevitable, preguntar qué había producido ese comienzo. Esto alteraba radicalmente la situación […] Reconocí también que los creyentes podrían, con toda razón, acoger la cosmología del Big Bang como algo que tendía a confirmar su creencia previa en que “en el principio” Dios creó el universo”. [8] 

La incapacidad de la ciencia a la hora de entender la causa del Big Bang condujo a Flew al postulado de Dios. Ya no era posible seguir creyendo en la eternidad de la materia. El Big Bang enseña que todo surgió a partir de algo. Y ese algo tenía que ser inmensamente grande. Y ese algo inmensamente grande es Dios.

Conclusión
Estas, pues, son las tres razones principales por las que Flew renunció su ateísmo y se hizo deísta: los orígenes de las leyes de la naturaleza, los orígenes de la vida y los orígenes del cosmos. No podía refutar la evidencia de la ciencia contemporánea. Por eso explica que, “En resumen, mi descubrimiento de lo divino ha sido una peregrinación de la razón, y no de la fe”. [9] 

De esta forma vemos que la ciencia y la fe no se pueden considerar como enemigas sino como compañeras de milicia que procuran dar a conocer algo más de la gloria de Dios. Para citar a Antonio Cruz de nuevo, “Teología y ciencia constituyen así mecanismos legítimos para la búsqueda de conocimiento verdadero. La primera, intenta aproximarse al carácter y propósito de Dios revelado en la Biblia, mientras que la segunda se preocupa por las leyes y mecanismos que rigen el universo creado por ese mismo Dios”. [10] 

La ciencia da testimonio de Dios y gracias a este testimonio, Flew estaría celebrando hoy su decimo cumpleaños como creyente en el Dios creador.

 


   [1] Se puede leer la entrevista entera haciendo clic en el siguiente enlace en  Protestante Digital:  www.protestantedigital.com/ES/Magacin/articulo/2734/La-conversion-de-flew-el-amigo-ateo-de-cs-lewis (12.01.2008)
   [2] FLEW, Anthony,  Dios existe  (Trotta: Madrid, 2012), p. 104.
   [3] Ibíd., p. 107
   [4] Ibíd., p. 108.
   [5] Ibíd., p. 110.
   [6] Ibíd., p. 113.
   [7] Ibíd., p. 115.
   [8] Ibíd., p. 119.
   [9] Ibíd., p. 90.
   [10] CRUZ, Antonio,  La ciencia encuentra a Dios  (Clie: Barcelona, 2004), p. 65.
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Búsqueda de la verdad científica

Búsqueda de la verdad científica

Por: Antonio Cruz Suárez

La teoría del diseño inteligente propone que las causas naturales por sí solas no pueden explicar la complejidad que muestran ciertas estructuras y funciones de los seres vivos. Acepta, sin embargo, que muchas otras características de la naturaleza han podido originarse mediante el concurso de la selección natural actuando sobre las variaciones al azar, pero niega que la realidad de tal selección elimine la necesidad del diseño. ¿Es posible poner a prueba el diseño inteligente?

Para que una teoría se considere científica es necesario que sus predicciones puedan ser puestas a prueba. Si resulta que éstas no se cumplen en la realidad, la teoría debe considerarse falsa. Pero si lo hacen, y consiguen superar el filtro de la “falsación” sugerido por Karl Popper, entonces la teoría en cuestión es científica. Como es sabido, este famoso filósofo de la ciencia, que se educó en Viena a principios del siglo XX, vivió con intensidad las discusiones intelectuales de su época en torno a dos grandes temas. Uno procedente de la psicología -el psicoanálisis de Freud- y el otro de la política -la lucha de clases de Marx-. Después de escuchar a proponentes y detractores de cada una de estas “teorías científicas”, Popper llegó a la conclusión de estar perdiendo el tiempo. Quienes defendían el psicoanálisis, a pesar de su falta de evidencia, atacaban a los oponentes arguyendo que éstos necesitaban ayuda mental. Por su parte, los que criticaban la teoría económica de Marx eran tildados de burgueses orgullosos e incompetentes. ¿Acaso no había manera de comprobar la veracidad de una teoría?

Fue precisamente una conferencia de Albert Einstein lo que le proporcionó a Popper la respuesta. Después de exponer su teoría de la relatividad general, Einstein no se centró en las evidencias que la apoyaban sino en todo lo contrario. Señaló aquello que, en caso de encontrarse, demostraría sin lugar a dudas que su teoría era falsa. Esta era la diferencia fundamental entre la teoría del gran físico y las de Freud o Marx. Para saber si una teoría es verdaderamente científica no basta con aportar evidencias que la confirmen, es menester también definir un factor clave que, suponiendo que se diera, sería capaz de refutarla por completo. Popper descubrió que esta cualidad de ser rebatibles caracterizaba las teorías genuinas de la ciencia. Una teoría que no presente ningún factor clave capaz de falsearla o rebatirla no puede considerarse científica. Podría tratarse, por el contrario, de una teoría metafísica. Por eso, el psicoanálisis y las teorías económicas de Marx sucumbieron al paso de los años, mientras la teoría de la relatividad general continua explicando la física del universo.

Popper se dio cuenta en seguida que, según este criterio de la falsación, el darwinismo no era tampoco una teoría científica porque no se podía poner a prueba. Es decir, no era contrastable [1] . Y aunque él reconocía las aportaciones positivas de la selección natural al conocimiento científico, concluyó que también se trataba, en realidad, de una teoría metafísica, pues sus predicciones estaban por encima del poder demostrativo de la ciencia. En efecto, cuando el darwinismo afirma que algo pudo haber ocurrido de tal o cual forma, dicha afirmación no constituye una prueba.Únicamente traslada una hipótesis desde el ámbito de la especulación infundada al de la especulación fundamentada en algún dato concreto. Desde luego, podría haber sido así, pero dicha posibilidad no es en sí misma una demostración irrefutable. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia, el darwinismo supone que al poder identificar una determinada forma, estructura o función, aunque ésta sea improbable, toda su especulativa historia evolutiva queda confirmada. Sin embargo, esto no resuelve el problema. Simplemente se trata de una posible explicación que necesita ser evaluada frente a otras interpretaciones.

Los estudios que procuran reconstruir la historia natural suelen tropezar frecuentemente con la pobreza de documentación que sería necesaria para llevarlos a cabo de manera apropiada. Esta escasez de datos genera cierta tendencia perniciosa a recurrir a las grandes teorías, como el darwinismo, y verlas como si fueran leyes de la naturaleza que lo explican todo. Esto hace que muchas interpretaciones que pasan por ser científicas estén constituidas, en realidad, por una parte científica pero por otra mucho más especulativa.Aparecen así justificaciones de todo tipo al estilo de, por ejemplo, “es imposible observar los mecanismos propuestos por el darwinismo ya que ocurren lentamente a lo largo de millones de años”; “el registro fósil no muestra las transiciones necesarias pues es pobre e incompleto”; aunque no sea un buen ejemplo, pues se demostró falso, “el rápido cambio en las famosas polillas del abedul podría ayudar a los escolares a entender el darwinismo”; etc.

Una de las críticas que suele hacerse al diseño inteligente es que no es tampoco una teoría que pueda ponerse a prueba. En opinión de sus detractores, al no hacer predicciones que puedan comprobarse no sería una teoría científica. ¿Se trata quizás de otra teoría metafísica como el darwinismo?

La respuesta es negativa. El diseño inteligente que evidencia el cosmos, a diferencia del darwinismo, sí puede ponerse a prueba. Por ejemplo, si alguien fuera capaz de demostrar “detalladamente” que cualquier sistema irreductiblemente complejo -como los muchos que propone el biólogo Michael Behe- se han podido formar sólo mediante el azar y la casualidad, entonces el diseño inteligente habría sido refutado. El secreto está en la palabra “detalladamente”. No vale aquí decir, por ejemplo, que una determinada estructura que actualmente forma parte de un órgano irreductiblemente complejo -como el ojo, la coagulación sanguínea o el flagelo bacteriano, etc.- y que, por tanto, cumple una función específica en la célula de un ser vivo, podía cumplir otra función distinta en el pasado. Hay que demostrar también que las miles de estructuras y funciones, así como los genes encargados de controlarlas, que acompañan a dicho ejemplo en cuestión formaron parte también de otras cosas diferentes y que paulatinamente fueron cambiando al azar hasta convertirse en lo que ahora son. ¿Sirvieron todas las moléculas y células de un ojo para otras funciones ajenas a la visión? ¿Se transformaron gradualmente gracias a la selección natural en lo que son hoy? ¿Es posible demostrar “detalladamente” algo así? Si alguien lo hiciera habría acabado para siempre con la teoría del diseño inteligente.

A diferencia del darwinismo, el diseño inteligente es experimentable. Es decir, se puede poner a prueba y ver si es falso o no. Cualquier investigador que demuestre que los sistemas irreductiblemente complejos no existen, o que se han originado al azar, habrá rebatido por completo la teoría. Pero si esto no se consigue, si determinadas estructuras de los organismos se empeñan en evidenciar diseño real, entonces resulta que es el darwinismo el que queda cuestionado.

A veces, algunos biólogos afirman que la teoría de Darwin está tan sólidamente establecida como la teoría de la relatividad general de Einstein. Sin embargo, ¿cuántos físicos están dispuestos a decir lo mismo?

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Dios los bendiga.


¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

¿Apariencia o diseño? El fundamento de la Ciencia

Antonio Cruz Suárez

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No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común.

¿Puede considerarse científica la idea de que el universo y la vida fueron diseñados por un creador inteligente? ¿Es posible hacer ciencia en base a tal planteamiento? O, como creen muchos, esta cuestión quedaría fuera del ámbito de las investigaciones humanas y no tendría ningún sentido formulársela ya que, desde la perspectiva del darwinismo, todo diseño en la naturaleza sería sólo aparente pero no real.

Según la filosofía naturalista, la apariencia que poseen los seres vivos, así como la materia y las leyes del cosmos, de haber sido diseñados inteligentemente, se debería tan sólo a un espejismo de los sentidos humanos pues, en realidad, todo sería obra de la selección natural, ciega y sin propósito, actuando sobre la materia inanimada o sobre las mutaciones fortuitas en los diversos genomas de los organismos.

Ahora bien,¿y si la propia evidencia científica mostrara la existencia de órganos o funciones biológicas complejas que no pudieran haberse formado de ninguna manera mediante el tipo de transformaciones que requiere el darwinismo? ¿Qué se debería pensar si la filosofía evolucionista ofrece unas explicaciones, pero los últimos descubrimientos científicos sugieren otras completamente diferentes? Por ejemplo, la bioquímica y la citología modernas han evidenciado que las principales macromoléculas de los seres vivos, como el ADN y el ARN, así como casi todas las funciones celulares importantes, apuntan en la dirección de algún tipo de inteligencia original que lo habría diseñado todo. Es matemáticamente imposible que la compleja información que poseen tales estructuras se haya originado al azar, sin propósito ni planificación previa alguna.

Durante más de dos milenios, la mayor parte de los pensadores y científicos del mundo estuvieron convencidos de que el universo había sido diseñado. Esta idea de diseño no interfirió negativamente en su tarea investigadora. Al contrario, entendían que el cosmos podía ser comprendido racionalmente porque había sido creado de manera inteligente. La ciencia era posible debido al orden y la comprensibilidad propia de la naturaleza que facilitaba su estudio. El cosmos era inteligible precisamente por haber sido creado de forma inteligente. En este sentido, Isaac Newton, manifestó: “Este sistema tan bello del Sol, los planetas y los cometas solamente podría proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso” [1] . Otros hombres de ciencia como Copérnico, Galileo, Kepler, Pascal, Faraday o Kelvin, eran de la misma opinión. ¿Acaso no avanzó la ciencia gracias a estos partidarios del diseño inteligente?

En ocasiones se sugiere que la creencia en el diseño impediría el progreso científico ya que ante cualquier problema el investigador podría encogerse de hombros y decir “Dios lo creó así” y el fantasma del Dios tapagujeros sería el recurso fácil que frenaría la ciencia para siempre. Sin embargo, no parece que la ciencia se paralizara debido a las convicciones acerca del diseño de aquellos grandes hombres que la forjaron.Más bien se aceleró en grado sumo.

Semejante convicción teísta imperó en Occidente hasta que Darwin, a mediados del siglo XIX, la cuestionó. En su opinión, según hemos dicho, el diseño sería una apariencia creada por el concurso de la selección natural sobre las variaciones al azar. A finales del siglo XX, el famoso biólogo ateo, Richard Dawkins, incluso llegó a inventarse una palabra para describir tal apariencia de diseño e introdujo el término “designoide” [2]  o falso diseño.Muchas personas creen hoy en este concepto darwinista reformulado por Dawkins. Están convencidas que la ciencia depende de semejante suposición naturalista y que para ser un buen científico hay que comulgar con dicha fe.

No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común. Ante las múltiples evidencias de órganos, estructuras y funciones biológicas complejas que presentan una elevada cantidad de información, decir que “la evolución las originó lentamente de alguna manera” es como apelar a la “evolución tapagujeros”. Afirmar simplemente que “la evolución las hizo”, sin aportar pruebas concluyentes, puede frenar tanto el avance de la ciencia como decir que quien las creó fue Dios. Se trata de un argumento que puede usarse indistintamente en ambos casos.

Es lógico que aquél científico partidario del diseño real en la naturaleza centre sus investigaciones en determinadas hipótesis previas, mientras que el darwinista lo haga en otras diferentes. Si un investigador estudia, por ejemplo, el origen de la fonación o la capacidad para hablar y emitir sonidos articulados, desde la perspectiva darwinista, es probable que se centre en la anatomía de las diferentes laringes y lenguas en los primates superiores, así como en la estructura de los cráneos de sus posibles fósiles y los compare con los análogos humanos. Trataría de comprender cómo el puro azar pudo transformar una laringe muda en otra capaz de hablar. Por su parte, el científico partidario del Diseño inteligente se centraría más en estudiar los patrones que gobiernan el origen embrionario de la laringe humana y su desarrollo. Si la capacidad para hablar, propia de los humanos, es un sistema que fue concebido de manera inteligente debería haber un patrón detectable. Posiblemente existirían genes en las personas que controlarían dicha capacidad que no estarían presentes en los simios. ¿Cuál de las dos líneas de investigación sería la correcta?

Desde luego, si no existe diseño real en la naturaleza, las investigaciones del científico partidario del DI constituirían un freno para la ciencia. Pero si, por el contrario, el diseño es real, entonces resulta que el darwinismo sería la hipótesis previa que estaría frenando el avance del conocimiento científico. Y, por tanto, únicamente el estudio serio de ambas posibilidades podrá determinar cuál de las dos es la verdadera.

Suponer, como suele hacerse habitualmente, que el darwinismo es el único punto de vista adecuado para la ciencia, es reconocer abiertamente que el naturalismo metodológico es la única idea previa válida. Este método significa que la ciencia sólo debe buscar causas naturales en los fenómenos observados. Y tal idea implica que el diseño queda automáticamente descartado de cualquier investigación científica porque si Dios diseñó al principio, evidentemente lo hizo de forma sobrenatural. De manera que hoy un científico tiene que ser darwinista porque, si no lo es, se considera que tampoco es científico. Todo investigador debe rechazar de entrada la idea del diseño, si quiere seguir siendo respetado por sus colegas y ver que sus trabajos se continúan publicado en revistas de prestigio. ¿Es razonable semejante eliminación  a priori ? ¿y si, después de todo, un Ser inteligente hubiera diseñado, tal como afirma la Biblia?

Aunque no todos lo admitan, es evidente que el darwinismo es también una postura que se fundamenta en la fe. Incluso la suposición “científica” de que todos los fenómenos observados en la naturaleza se deben siempre a causas naturales, se basa en la fe de los científicos que la profesan. Esta idea no ha sido descubierta en base a la evidencia. Es algo que se acepta por fe. Por ejemplo, es interesante ver cómo reacciona el darwinismo cuando se enfrenta a un serio problema para su teoría, como es el de las importantes lagunas del registro fósil. El famoso paleontólogo evolucionista, Stephen Jay Gould, tuvo la honradez de reconocer dicho inconveniente de la falta de fósiles de transición y proponer la teoría de los equilibrios puntuados para explicarlo. Aunque, lo cierto es que su teoría crea más interrogantes de los que soluciona. No obstante, a excepción de Gould, el darwinismo nunca ha considerado que la ausencia de tales fósiles intermedios constituya un problema. Se “sabe” que deben estar ahí en alguna parte. Si no se han descubierto es porque no se ha buscado suficientemente, pero ya saldrán. Los ancestros y las transiciones necesarias tuvieron que existir, por tanto, es mejor ignorar la ausencia de evidencia fósil. Tenemos la obligación moral de perseverar en aquello que, a todas luces, resulta improbable para continuar protegiendo el darwinismo porque al final éste recompensará el esfuerzo de nuestra creencia. ¿No es esto fe ciega en el darwinismo? Se descarta de entrada al diseñador inteligente y se deposita la fe en los procesos azarosos de la propia naturaleza. El darwinismo cree que no existe tal diseñador o, cuanto menos, que resulta innecesario. Pero, este planteamiento naturalista, ¿no puede convertirse también en un freno para la ciencia?

Por su parte, el Diseño inteligente no niega que se haya dado la selección natural, lo que no acepta es que ésta elimine la necesidad del diseño. Tampoco afirma que la Tierra fuera creada en seis días literales, ni se refiere a la naturaleza del diseñador. Más bien, afirma que el cosmos está constituido por leyes, azar y diseño; que éste se puede detectar por medio de métodos estadísticos y que algunas características naturales, como la complejidad irreductible, demuestran claramente diseño. Hay que seguir la evidencia hasta donde nos lleve. ¿Y si ésta nos sugiere diseño? ¿Habrá que cambiar las bases metodológicas de la ciencia? El tiempo nos lo dirá.


   [1] Citado por Charles Thaxton en escrito para el  Cosmic Pursuit,  1 de marzo de 1998. Ver http://www.arn.org/docs/thaxton/ct_newdesign3198.htm.
 [2] Richard Dawkins,  Escalando el monte improbable,  Tusquets, 1998.
Nota del administrador: Este Post fue tomado de http://www.protestantedigital.com

¿Fue la doctrina de la Trinidad inventada por la Iglesia Católica?

¿Fue la doctrina de la Trinidad inventada por la Iglesia Católica?

Por Pablo Santomauro

Sin duda alguna usted habrá leído a los oponentes de la doctrina de la Trinidad exponiendo sus teorías al respecto de cómo ésta fue “formada” o “inventada”. La más popular de esas teorías dice que la Trinidad fue maquinada por la iglesia católica. El adagio popular dice que una mentira repetida muchas veces se transforma en una verdad, aunque en realidad debería ser más obvia la noción de que una mentira repetida muchas veces sólo demuestra que quien la repite es un mentiroso.

En líneas generales, el argumento expresa que la doctrina de la Trinidad fue formulada en el 4to. siglo, en el Concilio de Nicea (325 d.C.), bajo el patrocinio del emperador Constantino. Fue a partir de ese entonces que fue impuesta a las masas por la iglesia católico-romana (que para ese entonces era una iglesia apóstata, se nos dice).

Bien se ha dicho que no existe peor mentira que aquella que contiene algo de verdad. Digo esto porque este argumento antitrinitario es precisamente una mezcla de verdad y error. Tengamos presente una realidad inescapable: Ningún antitrinitario ha sido enfrentado con una exposición clara de la historia de la iglesia, y si algunos han tenido la oportunidad de estudiarla, es obvio que han negado el testimonio de la historia. No solamente son herejes, sino también revisionistas históricos.

Yo he llegado a la conclusión de que aquellos antitrinitarios en posiciones de liderazgo que señalan hacia la iglesia Católica y Constantino como los promotores de la Trinidad, han fabricado ex-profeso una defectuosa representación histórico-teológica porque les es más fácil batallar contra una mentira que contra la verdad.

Primero que nada, no existió una “Iglesia Católica Romana” con una estructura jerárquica, es decir, un obispo en Roma con jurisdicción sobre muchas iglesias en una amplia área geográfica, hasta finales del siglo sexto. En verdad, el obispo de Roma ni siquiera estuvo presente en el Concilio de Nicea, cuya concurrencia estuvo exclusivamente formada por obispos de las iglesias del este. Fue cientos de años después de Nicea que la historia reporta los primeros vestigios de una organización con alguien en Roma funcionando como cabeza de la Iglesia Católica, o sea, algo similar a lo que vemos hoy.

Segundo, la doctrina de la Trinidad como tal, o sea, producto de la cuidadosa examinación de la Biblia y con la terminología esencial que conocemos hoy, la encontramos mucho antes de Nicea. Los términos “tres personas – una sustancia – trinidad” fueron usados por Tertuliano, quien escribió entre el 200/220 al 240 d.C. Esbozos bastantes definidos de la Trinidad pueden ser encontrados también en los escritos de Teófilo de Antioquía (115-181 d.C.), Hipólito (170-235 d.C.) e Irineo (120-202 d.C.). Si bien el término Trinitas fue popularizado por Tertuliano en el contexto de su debate con el hereje modalista Praxeas, él no fue el primero en usar el vocablo. La primera mención de la palabra que tenemos en forma escrita data del 160 d.C., por mano de Teófilo en su epístola a Autólico.

Tercero, muchas de las doctrinas esenciales de la fe cristiana se formaron a través de un desarrollo histórico similar al de la Trinidad. Entiéndase bien, y aclaro porque el antitrinitario tiene usualmente dificultades de comprensión, que no estoy diciendo que tales doctrinas fueron “inventadas” en determinado momento de la historia. Más bien estoy diciendo que a medida que el tiempo avanzaba surgían nuevos ataques a la fe cristiana original, lo que llevaba a los defensores de la fe a codificar o formular estas doctrinas en sucesivos concilios y declaraciones.

Por ejemplo, los libros del Canon del Nuevo Testamento no fueron listados hasta recién el siglo cuarto. Hubo que hacer esto porque muchos herejes agregaban o sustraían libros de la Escritura. Del mismo modo, la Escritura no dice explícitamente que su contenido es inerrante en asuntos históricos y temas científicos. La inerrancia de la Escritura fue formulada recién en el siglo 19 como respuesta a aquellos teólogos liberales y escépticos que propusieron que la Biblia no era inspirada y contenía errores. Fue así como ciertas doctrinas que son enseñadas en la Escritura fueron finalmente “formuladas” (recibieron una estructura y definición formal u oficial) como respuesta a ciertas herejías.

Lo mismo sucedió con la Trinidad, la cual fue formulada para evitar o contrarrestar los errores del arrianismo y el modalismo. La próxima vez que un sectario le confronte con el clásico caballito de batalla “Constantino- Roma”, hágale saber la verdad con amor y firmeza. Quizá el Espíritu de Dios obre para que este amigo sea trasladado de las tinieblas al reino de su amado Hijo.

Hoy por hoy, la doctrina de la Trinidad sigue siendo salvaguarda contra las diferentes herejías, las antiguas y las modernas, y por ello persistimos diligentemente en enseñarla. <>

Nota del administrador. Este pos´t fue tomado del blog amigo http://pastordanielbrito.wordpress.com