Muerte en el corazón de los vivos

Muerte en el corazón de los vivos

En una época como la nuestra en que nadie quiere pararse a pensar y hablar de desgracias, porque bastante “sobraditos” vamos de eso, hablar particularmente de la muerte es casi un tabú. Al que tiene este tema presente se le llama agorero, como si a la muerte se la retardase por no mentarla, o como si se la atrajese sin remedio por mencionarla siquiera. Supersticiones aparte, lo que nadie puede negar es que ésta es de las pocas estadísticas de las que verdaderamente nos podemos fiar: el 100% de las personas morimos. Da igual nuestra condición, nuestro estado de salud en el momento en que la muerte nos encuentra, poco importa nuestro estatus socio-económico, o que queramos irnos o no. Si nos, toca, nos toca y nadie ha sido capaz de revertir esta dramática estadística. Sólo Uno, precisamente el más interesado en que nos concienciemos de que el asunto de la muerte es el verdaderamente urgente por tratar.

Ese es, sin duda, el elemento más maravillosamente diferencial del Evangelio: Jesús no solamente entrega Su vida en beneficio por el pecador, no sólo permite que la muerte le arrebate durante unos días, sino que regresa para contarlo y para darle, final y definitivamente, “carpetazo” a la muerte. Otros que fueron resucitados, como Lázaro, sólo retardaron el momento de su muerte (de hecho, años después murió, como todo el mundo). Pero Cristo resucitó para ocupar a partir de entonces su trono como Rey de los tiempos, y de la misma forma que la muerte no pudo con Él, su victoria es la garantía de que la muerte ya no se señoreará más de nosotros. Nuestra muerte, nuestra partida de este mundo, es sólo el comienzo, para los que hemos creído en Cristo, del comienzo de una gloriosa vida en nuestro verdadero lugar: junto al Padre y junto al Hijo, nuestro benefactor.

Sólo teniendo esto en mente parece cobrar sentido el texto de Eclesiastés. Porque de no ser así, lo que Salomón expresa parece la mayor de las locuras. Para quien no tiene esperanza en algo más, su esperanza termina y acaba aquí, por lo que el día de su nacimiento siempre resultará más relevante o importante. Igualmente, si pensamos que todo lo que tenemos verdaderamente está aquí y ahora, nuestro deseo será estar allí donde hay risa, alegría y fiesta, pero no cerca de la muerte o el funeral. Sin embargo, esos lugares donde la alegría no está presente, los espacios más oscuros y tenebrosos, nos hablan alto y claro al corazón acerca de nuestra necesidad de alzar la vista buscando la luz y de tener presente que no podemos quedarnos sólo en el plano de lo que vemos.

Eclesiastés habla de la sabiduría que implica tener estas cosas presentes. Mirar para otro lado nunca sirvió de nada, ni para los pequeños problemas ni mucho menos para los de envergadura eterna. La muerte es el fin de todo hombre y los que viven debieran tenerlo presente. Así, como en tantas otras ocasiones en el texto bíblico, lo que gobierna aquí es una tremenda paradoja: reina más la vida y las posibilidades de disfrutar una de carácter eterno en el corazón de los hombres cuando éstos se ocupan y se preocupan de permitir considerar la muerte en esos mismos corazones. Y considerarla implica hacerse preguntas y contestárselas de forma contundente. Si no hallas respuesta para esas preguntas, es hora de buscar. No estarás perdiendo el tiempo ni malgastando tu vida. Tu corazón estará, simplemente, puesto en las cosas importantes, las que no son una distracción o un entretenimiento, pero marcarán tu eternidad.

Autor: Lidia Martín Torralba


Los dones del Espíritu en la iglesia primitiva y pos-apostólicas

Los dones del Espíritu en la iglesia primitiva pos-apostólicas

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La teología contemporánea se ha dado cuenta de la vitalidad y dinamismo que caracterizaron a la Iglesia recién nacida en las generaciones pos-apostólicas.

Una de las objeciones actuales más comunes a la manifestación de los dones espirituales ( carismata ) tales como el hablar en otras lenguas y el profetizar (entre otros) es la idea de que desaparecieron cuando los apóstoles murieron. Según esta teoría, nadie debe esperar recibir dones espectaculares de parte del Espíritu puesto que pertenecen exclusivamente al pasado.

No obstante, esta perspectiva está perdiendo credibilidad en nuestros días.Gracias al gran resurgimiento de los estudios patrísticos a lo largo del siglo pasado, la teología contemporánea se ha dado cuenta de la vitalidad y dinamismo que caracterizaron a la Iglesia recién nacida en las generaciones pos-apostólicas. Teólogos clave – tales como Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Novaciano y Cirilo de Jerusalén – estaban plenamente convencidos de que los dones del Espíritu seguían vigentes en sus días.

Ya es hora de que estas cosas lleguen al conocimiento del público en general. Lo que vamos a hacer hoy es mencionar algunas de sus citas más significativas relacionadas con este gran tema. ¿Estás sentado cómodamente? ¡Comencemos, pues!

(Tristemente, muchas de las obras citadas abajo no están fácilmente disponibles en castellano. Por eso he traducido casi todo directamente del inglés.)

Justino Mártir (100-165)
En su  Diálogo con Trifón , Justino aclara que los dones proféticos de los judíos fueron transferidos a los cristianos. Empieza el capítulo 82 de su libro declarando que: “Los dones proféticos siguen con nosotros hasta el día de hoy.” Sigue la misma línea de razonamiento en el capítulo 87 argumentado que el Espíritu continúa impartiendo dones de gracia, “a aquellos que son dignos porque creen en Él.” El siguiente capítulo, el 88, afirma explícitamente la presencia de los dones espirituales: “Ahora, es posible ver mujeres y hombres entre nosotros que poseen dones del Espíritu de Dios.” Justino creía que los  carismata  todavía existían en sus días.

En su  Segunda Apología  llega a aseverar que muchos cristianos siguen echando fuera demonios. “Ahora puedes ver esto por ti mismo. Porque muchos endemoniados hay por todo el mundo. Incluso los había en tu ciudad. Muchos hermanos cristianos los echaron fuera en el nombre de Jesucristo, el cual fue crucificado bajo Poncio Pilato. Los libraron y siguen librándolos, quitando el poder de los diablos. Fueron curados aun cuando otros exorcistas y las drogas no podían hacer nada” (capítulo 6). ¡El Espíritu no había parado de obrar en el siglo segundo!

Ireneo (130-202)
El magnum opus de Ireneo –  Contra las herejías  – también da testimonio de la amplia gama de dones espirituales que operaban en el siglo segundo. Ireneo llega a decir que los carismata  son una clara señal del discipulado del Jesús verdadero (y no el Jesús gnóstico).

Escribe: “Aquellos que son verdaderamente sus discípulos, habiendo recibido gracia de Él, llevan a cabo milagros en su nombre para promover el bienestar de otros hombres, según el don que cada uno ha recibido de Él. Porque algunos verdaderamente echan fuera demonios, de modo que aquellos que han sido limpiados así de espíritus malignos suelen creer en Cristo y se unen a la Iglesia. Otros son capaces de ver cosas venideras: ven visiones y pronuncian palabras proféticas. Otros sanan a los enfermos, imponiéndoles las manos, y se sanan. Además, hasta los muertos han sido resucitados y permanecen entre nosotros por muchos años.” (2:32:4). ¡El Espíritu, entonces, hace milagros, echa fuera demonios, revela el futuro, sana a los enfermos e incluso levanta a los muertos!

Otro párrafo relevante en cuanto al tema de las lenguas se halla en el 5:6:1 donde explica que: “Por esta razón declara el apóstol,  Hablamos sabiduría entre los que son perfectos , refiriéndose a aquellos que habían recibido el Espíritu de Dios, y quienes a través del Espíritu de Dios hablan en todo tipo de lenguas, como él mismo hacía. De igual manera, nosotros también oímos a muchos hermanos en la Iglesia que poseen dones proféticos, y que a través del Espíritu hablan en muchas lenguas y traen a la luz las cosas ocultas de los hombres para el beneficio general. El apóstol llama a los tales “espirituales”, siendo espirituales por participar del Espíritu, no porque hayan sido librados de su cuerpo de carne y se hayan convertido en seres puramente espirituales.”

Así Ireneo confesó abiertamente que el Espíritu impartía dones carismáticos a su Iglesia.

Tertuliano (150-220)
Tertuliano estaban tan cautivado por el dinamismo del Espíritu de Dios que algunos lo han nombrado el primero teólogo auténticamente ‘pentecostal’ de la Iglesia (aunque se trata de un anacronismo, es como tachar a Agustín de calvinista). A Tertuliano le encantó el tema del Espíritu Santo.

En el contexto del bautismo, exhorta a los recién convertidos a anhelar los dones espirituales. “Por consiguiente, amados y benditos, a quienes aguarda la gracia de Dios, cuando salís de ese baño santo [el bautismo] y por primera vez extendéis vuestras manos dentro de la casa de tu Madre [la Iglesia] junto con vuestros hermanos, pedid al Padre, pedid al Señor que os dé la riqueza de su gracia y la distribución de sus dones (1 Corintios 12:4-12). “Pedid,” dice, “y se os dará.” Habéis pedido, y habéis recibido. Habéis llamado, y se os ha abierto. Lo único que pido es que mientras estéis pidiendo, que os acordéis de mí, Tertuliano el pecador.” ( Sobre el bautismo , 20).

Otro pasaje útil se encuentra en su obra  Contra Marción  5:8. En esta sección de su libro, Tertuliano repite lo que Ireneo había hecho, esto es, apelar a los dones espirituales para demostrar que su Iglesia era de veras la Iglesia de Cristo. Reta al hereje Marción a producir manifestaciones espirituales parecidas a los dones del Espíritu que operaban en la Iglesia de Tertuliano. Esos dones, creía Tertuliano, le aseguraban que servía al único Dios verdadero del Antiguo y del Nuevo Testamento y no al ‘dios’ modificado de Marción.

“Que Marción exhiba, pues, como dones de su ‘dios’, algunos profetas que no hayan hablado por sentido humano, sino con el Espíritu de Dios, que hayan predicho cosas que han de ocurrir y hayan puesto de manifiesto los secretos del corazón (1ª Corintios 14:25); que él produzca un salmo, una visión, una oración (1ª Corintios 14:26) – sólo que sea por el Espíritu, en un éxtasis, esto es, en un rapto, toda vez que le haya ocurrido una interpretación de lenguas; que él me muestre también, que cualquier mujer de lengua culta en su comunidad haya profetizado alguna vez de entre aquellas hermanas especialmente santas que él tiene. Ahora, todas estas señales (de dones espirituales) se están manifestando de mi lado sin ninguna dificultad, y concuerdan, también, con las reglas y las dispensaciones y las instrucciones del Creador. Por lo tanto, tanto Cristo como el Espíritu y el apóstol pertenecen únicamente a mi Dios. Aquí está mi confesión para todo aquel que quiera conocerla.”

Tertuliano entendió que la abundancia de dones que operaban en su congregación (y la falta de ellos en la secta de Marción) probó el hecho de que su Iglesia estaba alineada con el Dios de las Escrituras. Habló mucho del don de profecía. De hecho, dedicó el noveno capítulo de su obra  Tratado sobre el alma  a contar las poderosas experiencias proféticas que una hermana en el Señor había vivido. “Dado que nosotros reconocemos los  carismata  espirituales, o dones, hemos recibido el don de la profecía, aunque vivimos después de Juan [el Bautista].”

Orígenes (185-254)
Orígenes también era consciente de los carismata. Su obra más conocida,  Sobre los principios , es el primer intento de cualquier escritor cristiano en compilar una teología sistemática amplia. Advierte en contra del mal uso de los dones espirituales. Esto nos lleva a la conclusión de que los  carismata  estaban vigentes en su generación.

Proclama solemnemente, “Cuando la palabra de sabiduría o de conocimiento o cualquier otro don haya sido otorgado al hombre – sea por bautismo o sea por la gracia del Espíritu – y no es administrado correctamente, a saber, el recipiente lo esconde debajo de tierra o en un pañuelo, el don del Espíritu, seguramente, será quitado de su alma, y lo que queda, esto es, la sustancia de su alma, será asignada a su lugar con los incrédulos. Será separada y dividida del Espíritu, el cual quiere unir el alma del hombre al Señor.” (2:10:7).

Si un creyente tiene un don espiritual, lo tiene que usar diligentemente en el temor del Señor. Dios no imparte sus dones con ligereza. Cada don conlleva una gran responsabilidad. Orígenes testifica que: “Entre los cristianos seguimos encontrando huellas del Espíritu, el cual apareció en forma de paloma. Echan fuera demonios y realizan muchas sanidades y predicen ciertos eventos, conforme a la voluntad del Logos.” ( Contra Celso , 1:46).

Novaciano (200-258)
Novaciano el ‘puritano’ (otro anacronismo) estuvo persuadido de que el Espíritu de Dios concedió plenitud a la Iglesia de Cristo. En el Antiguo Testamento sólo se experimentó la obra del Espíritu de una manera parcial, pero ahora, los redimidos en Cristo reciben múltiples bendiciones gracias al ministerio del Espíritu. Su testimonio es el siguiente:

“El Espíritu es quien coloca profetas en la Iglesia, instruye maestros, dirige las lenguas, da poderes y sanidades, hace obras maravillosas, ofrece discernimiento de espíritus, concede poderes de gobierno, sugiere consejos, y ordena y arregla cualesquiera otros dones de carismata  que haya. Y así perfecciona y completa en todo a la Iglesia del Señor en todas partes.” ( Sobre la Trinidad , 29).

Novaciano, pues, añade su voz a aquéllas de Tertuliano y Orígenes para confirmar la obra continua de los  carismata  espirituales en el tercer siglo. ¡La Iglesia era un lugar emocionante y llena de vitalidad divina gracias a la obra del Espíritu de Dios!

Cirilo de Jerusalén (313-386)
El último escritor que mencionaremos es Cirilo de Jerusalén. Éste registró varios comentarios sobre la obra del Espíritu en sus  Lecciones catequéticas  en el siglo cuarto. Prometió a los fieles que: “Si creéis, no solamente recibiréis la remisión de pecados, sino haréis cosas más allá del poder del hombre. ¡Y qué seáis tenidos por dignos de recibir el don de profecía también! […] Tu Guardián, el Consolador, te guardará todos los días de tu vida. Te cuidará como si fueras uno de sus soldados. Cuidará tus entradas y tus salidas. Te guardará de todos tus enemigos. Y te dará dones de todo tipo, si no lo contristas por el pecado. […] Estate preparado para recibir gracia, y cuando la hayas recibido, no la deseches.” (17:37).

Alude también en el capítulo anterior al exorcismo, explicando: “Si eres tenido por digno de la gracia, tu alma será iluminada, recibirás un poder que no tienes, recibirás armas terribles para los espíritus malos; y si no arrojas tus armas, sino guardas el Sello sobre tu alma, ningún espíritu malo se te acercará a ti; porque se acobardará; porque verdaderamente por el Espíritu de Dios son expulsados los malos espíritus.” (17:36)

El Espíritu da varios dones (la profecía incluida) y también echa fuera demonios.

Conclusión
Este breve estudio de los siglos segundo, tercero y cuarto nos revela que los mayores pensadores de la Iglesia pos-apostólica estaban en total acuerdo en que los dones espirituales seguían vigentes en el cuerpo de Cristo. No existía una convicción de que los dones de algún modo habían desaparecido cuando los apóstoles murieron. Ese concepto no surgió hasta finales del siglo cuarto/ principios del siglo quinto por medio de dos teólogos importantes: Juan Crisóstomo en el Oriente y Agustín de Hipona en el Occidente.

La idea que algunos hermanos tienen en nuestros días de que los dones espirituales cesaron una vez que se escribió el libro de Apocalipsis es históricamente insostenible e indefendible. ¿Quién se atrevería a discrepar con seis gigantes tales como Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Novaciano y Cirilo? ¡Yo no! ¿Y tú?

Autor: Will Graham (http://www.protestantedigital.com)


LA BÚSQUEDA DE DIOS

La Búsqueda De Dios

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras “interpretaciones” de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la “penetrante dulzura” del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y cantaron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus propias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros púlpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, “Las ovejas hambrientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta.” Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa.” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

Dios los bendiga.

Este por fue tomado del del Prefacios del libro La Búsqueda de Dios de A. W. Tozer 


Perseverar en la oración

Perseverar en la oración

También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. Lucas 18.1

La falta de perseverancia en la oración es uno de los problemas más comunes que enfrentamos en la vida espiritual. Esto es particularmente así en estos tiempos en los cuales estamos acostumbrados a la gratificación instantánea de nuestros deseos. Aunque nos proponemos, una y otra vez, buscar mayor crecimiento en esta disciplina, pareciera que requiere de una disciplina extraordinaria avanzar en esta dirección.

Hay dos cosas que, según la parábola que contó Jesús, pueden ayudarnos a no desmayar en la oración. En primer lugar, debemos creer en lo válido de nuestra petición. La viuda tenía una convicción inamovible que su causa era justa y que por eso debía insistir en buscar una solución. Sospecho que en esto, muchos de nosotros no creemos demasiado en lo que estamos pidiendo. Pedimos una o dos veces lo que deseamos del Padre, pero frente a la falta de resultados, abandonamos rápidamente el pedido que, hace apenas unos días, creíamos indispensable para nuestra vida.

En segundo lugar, debemos tener convicción de que la respuesta va a venir, aunque pueda haber, a nuestro entender, una demora en el tiempo de la respuesta. La viuda no se daba por vencida porque creía que realmente iba a obtener una respuesta a la situación que estaba exponiendo ante el juez injusto. Por un tiempo tuvo que convivir con la indiferencia de este hombre, pero lo terminó agotando con su continuo pedido. Aunque Cristo señaló que nuestro Padre Celestial de ningún modo posee las mismas cualidades que el juez injusto, debemos, de todas maneras, superar el obstáculo del aparente silencio de Dios. Es solamente una convicción profunda en la bondad de Dios y su deseo de bendecir a sus hijos lo que nos va a sostener cuando aún la respuesta no haya venido.

Se hace evidente, entonces, que para cultivar este tipo de oración debemos superar las peticiones tibias y esporádicas que muchas veces elevamos al Señor. Dick Eastman, un hombre que ha enseñado y escrito mucho sobre la oración, comparte esta observación sobre el tema de la persistencia: «Muchos piensan que orar con persistencia significa tener que esperar semanas y aun años para una respuesta. Aunque esto es verdad en ocasiones, no es siempre así. Una persona puede hacer una oración persistente en un cuarto de hora. Las oraciones largas no necesariamente son oraciones persistentes. Mucho más importante que esto es cuán intensamente oramos. Nuestras oraciones deben ser intensas. Cuando uno ora con un sentimiento intenso de humildad -entremezclado con una profunda dependencia de Dios- aprende la definición de lo que es oración perseverante».

Autor:  Christopher Shaw

Dios los bendiga.