La Caja Negra de Darwin. (Michael J. Behe)

La Caja Negra de Darwin. (Michael J. Behe)

La ciencia grita Diseño!!!

En 1996, la primera edición de este libro («La caja negra de Darwin») ayudó a consolidar el Movimiento del Diseño Inteligente (MDI), planteando los enormes desafíos de la bioquímica a la teoría darwinista de la evolución. Desató un gran debate científico que continúa intensificándose. El concepto de «complejidad irreducible» propuesto por Behe en esta obra es uno de los principales aportes del MDI.

En el prefacio, el autor explica: «La ciencia moderna ha aprendido que, en última instancia, la vida es un fenómeno molecular: todos los organismos están hechos de moléculas que actúan como las tuercas y tornillos, engranajes y poleas de los sistemas biológicos. Ciertamente hay características biológicas complejas (tales como la circulación de la sangre) que emergen a niveles superiores, pero los rasposos detalles de la vida son la provincia de las biomoléculas. Por ende la ciencia de la bioquímica, que estudia esas moléculas, tiene la misión de explorar el mismo cimiento de la vida.

Desde mediados de los años 1950 la bioquímica ha dilucidado esmeradamente las obras de la vida en el nivel molecular. Darwin ignoraba la razón para la variación dentro de una especie (uno de los requisitos de su teoría), pero la bioquímica ha identificado su base molecular. La ciencia del siglo XIX no podía siquiera adivinar el mecanismo de la visión, la inmunidad o el movimiento, pero la bioquímica moderna ha identificado las moléculas que permiten esas y otras funciones.» (p. X).

El libro está dividido en tres partes. La Parte I («Se abre la caja») introduce las nociones básicas y muestra por qué ahora la evolución debe ser explicada en el nivel molecular. La Parte II («Examinando los contenidos de la caja») contiene cinco capítulos, en cada uno de los cuales se examina un sistema bioquímico complejo. La gran mayoría de los detalles técnicos están concentrados en esos cinco capítulos. Behe hace gala de maestría pedagógica al presentar esos sistemas tremendamente complejos: primero usa analogías con objetos de la vida cotidiana y sólo después se sumerge en descripciones técnicas detalladas de los sistemas bioquímicos. En la Parte III («¿Qué nos dice la caja?») el autor argumenta que los descubrimientos de la bioquímica tienden a apoyar la hipótesis del diseño inteligente de los seres vivos, en detrimento de la visión darwinista de la evolución como un proceso natural no planificado ni guiado por inteligencia alguna.

1. El desafío de la bioquímica a la teoría darwinista

En el Capítulo 1 (titulado «Biología liliputiense») Behe narra una muy breve historia de la biología, presenta «la química de la vida» y explica por qué los descubrimientos de la bioquímica revelan los límites de la evolución darwinista.

Se ha dado en llamar «cajas negras» a los dispositivos conocidos sólo desde un punto de vista externo (en términos de entradas y salidas, o insumos y productos), pero cuyo funcionamiento interno se desconoce. En tiempos de Darwin, la célula era una caja negra; pero la bioquímica ha abierto esa caja negra. Después de la segunda guerra mundial, cuando se volvió práctico el uso del microscopio electrónico, el conocimiento de la estructura interna de la célula creció espectacularmente.

Al final del Capítulo 1, Behe plantea con algún detalle el ejemplo de la visión. Para Darwin, la visión era una caja negra. Él desestimó la cuestión del origen último del ojo de la siguiente manera: «Cómo un nervio se vuelve sensible a la luz difícilmente nos concierne más que cómo se originó la vida misma» (p. 18). Sin embargo, la bioquímica actual se aproxima a resolver el problema de la visión.

«Uno de los principales defensores de la teoría de la generación espontánea durante mediados del siglo XIX fue Ernst Haeckel, un gran admirador de Darwin y un vehemente divulgador de la teoría de Darwin. Con base en la visión limitada de las células que suministraban los microscopios, Haeckel creía que la célula era un «simple bultito de una combinación albuminosa de carbono», no muy diferente de un trozo microscópico de gelatina. Por lo tanto le parecía a Haeckel que una vida tan simple, sin órganos internos, podía ser producida fácilmente a partir de materia inanimada. Ahora, por supuesto, sabemos más.

He aquí una simple analogía: Darwin es a nuestra comprensión del origen de la visión lo que Haeckel es a nuestra comprensión del origen de la vida. En ambos casos científicos brillantes del siglo XIX trataron de explicar la biología liliputiense que les estaba oculta y ambos lo hicieron asumiendo que el interior de la caja negra debía de ser simple. El tiempo ha probado que estaban equivocados.» (p. 24).

El neodarwinismo o «síntesis evolutiva» es la teoría elaborada a principios del siglo XX para combinar la visión darwinista de la evolución con los conocimientos de otras ramas de la ciencia, tales como la genética, la embriología, la anatomía comparada, etc. En ese entonces la bioquímica no existía. «Así, al igual que la biología tuvo que ser reinterpretada después que se descubrió la complejidad de la vida microscópica, el neodarwinismo debe ser reconsiderado a la luz de los avances en la bioquímica… Para que la teoría darwinista de la evolución sea verdadera, debe dar cuenta de la estructura molecular de la vida. El propósito de este libro es mostrar que no lo hace.» (pp. 24-25).

2. La complejidad irreducible

Darwin desconocía cuál era el mecanismo que generaba las variantes biológicas. El neodarwinismo identificó ese mecanismo con las mutaciones genéticas aleatorias. Fieles al darwinismo ortodoxo, los neodarwinistas defienden una visión de la evolución producida por una enorme sucesión de mutaciones aleatorias, cada una de las cuales produce un pequeño cambio por vez.

Al comienzo del Capítulo 2 («Tuercas y tornillos») Behe presenta sintéticamente las principales críticas científicas al darwinismo. Durante más de un siglo, siempre ha habido científicos bien informados y respetados que han encontrado inadecuado al darwinismo. En 1871, St. George Mivart resumió sus críticas al darwinismo de la siguiente manera, sorprendentemente actual: «Que la «selección natural» es incompetente para dar cuenta de las etapas incipientes de estructuras útiles. Que no armoniza con la coexistencia de estructuras muy similares de orígenes diversos. Que hay razones para pensar que las diferencias específicas podrían desarrollarse súbitamente en vez de gradualmente. Que la opinión de que las especies tienen límites definidos, aunque muy diferentes, a su variabilidad es aún sostenible. Que ciertas formas fósiles de transición, que se habría esperado que estuvieran presentes, están ausentes… Que hay muchos fenómenos notables en las formas orgánicas sobre los cuales la «selección natural» no arroja ninguna luz.» (p. 30).

A lo largo de los años los matemáticos se han quejado de que los números del darwinismo simplemente no cuadran. En 1967 el matemático M. P. Schützenberger sostuvo lo siguiente: «Hay una brecha considerable en la teoría neodarwinista de la evolución, y creemos que esta brecha es de tal naturaleza que no puede ser salvada con la actual concepción de la biología.» (p. 29).

En 1992 el profesor de biología Jerry Coyne, de la Universidad de Chicago, dio este veredicto inesperado: «Concluimos… que hay poca evidencia de la visión neodarwinista: sus fundamentos teóricos y la evidencia experimental que la apoyan son débiles.» (p. 29).

En opinión de Lynn Margulis, proponente de la teoría de la endosimbiosis (mecanismo no darwinista que habría originado las células eucariotas a partir de células procariotas), la historia en última instancia juzgará al neodarwinismo como «una secta religiosa menor del siglo XX dentro de la extensa creencia religiosa de la biología anglosajona» (p. 26).

A continuación Behe revisa dos discusiones entre el neodarwinista Richard Dawkins (autor de «El relojero ciego») y Francis Hitching, autor de «El cuello de la jirafa», libro que expone muchas ideas de los llamados «creacionistas»: la primera discusión trata sobre el escarabajo bombardero y la segunda sobre el ojo humano. Behe sostiene que los argumentos de Hitching están mal planteados y que los argumentos de Dawkins no son concluyentes, porque eluden los detalles bioquímicos de su tesis.

En la parte final del Capítulo 2 Behe aborda el tema de la complejidad irreducible y la naturaleza de las mutaciones. El gradualismo es un componente absolutamente esencial de la teoría darwinista de la evolución. Charles Darwin escribió: «Si pudiera demostrarse que existió cualquier órgano complejo que no podría haber sido formado por medio de modificaciones numerosas, sucesivas y leves, mi teoría sería absolutamente destruida» (p. 39). Los críticos de Darwin sospechan que su criterio de fracaso se ha cumplido. ¿Pero cómo podemos estar seguros de esto? ¿Qué tipo de sistema biológico no podría ser formado por medio de «modificaciones numerosas, sucesivas y leves»? Behe responde: «Para empezar, un sistema que es irreduciblemente complejo» (p. 39).

Enseguida Behe propone su ya célebre definición de la complejidad irreducible: «Por irreduciblemente complejo me refiero a un solo sistema compuesto de varias partes bien coordinadas que interactúan entre sí, contribuyendo a la función básica, en donde la eliminación de una cualquiera de las partes hace que el sistema efectivamente cese de funcionar. Un sistema irreduciblemente complejo no puede ser producido directamente… por modificaciones leves y sucesivas de un sistema precursor, porque cualquier precursor… que carece de una parte es por definición no-funcional. Un sistema biológico irreduciblemente complejo, si existe tal cosa, sería un desafío poderoso a la evolución darwinista.» (p. 39).

Hay sólo tres formas en que el darwinismo podría resolver el problema del origen de un sistema irreduciblemente complejo, pero las tres son muy poco creíbles: 1) que el sistema surja por una vía directa y gradual, pero sin cumplir su función hasta alcanzar el grado de complejidad irreducible; 2) que el sistema se forme por una vía indirecta; 3) que el sistema surja entero, como una unidad integrada, de un solo golpe.

La primera solución es altamente improbable porque la selección natural, que asegura la supervivencia de las variantes biológicas más aptas, sólo puede favorecer a los sistemas que cumplan una función útil. Pero nuestro sistema, antes de alcanzar el grado de complejidad irreducible, no cumple ninguna función, por lo que la selección natural debería descartar las variantes dotadas de las versiones incompletas del sistema.

La segunda solución plantea que las distintas partes del sistema irreduciblemente complejo podrían tener otras funciones (ajenas a las de ese sistema) antes de integrarse en él. La probabilidad de esta solución cae precipitadamente a medida que aumenta la complejidad de los sistemas considerados. En esta perspectiva, las vías indirectas de formación de los sistemas con complejidad irreducible deberían volverse cada vez más tortuosas, hasta un grado inimaginable.

La tercera solución no es estrictamente darwinista porque implicaría renunciar al postulado del gradualismo, absolutamente central para Darwin y los darwinistas ortodoxos. Dawkins lo explica así: la evolución «debe ser gradual cuando está siendo usada para explicar la venida a la existencia de objetos complicados y aparentemente diseñados, como los ojos. Porque si no es gradual en estos casos, ella deja de tener todo poder explicativo. Sin gradualidad en esos casos, estamos de vuelta en el milagro, lo cual es simplemente un sinónimo de la total ausencia de explicación.» (p. 40).

3. El cilio y el flagelo bacteriano

En el Capítulo 3 («Rema, rema, rema tu bote») el autor examina dos ejemplos de sistemas biológicos con complejidad irreducible (el cilio y el flagelo bacteriano) utilizando como analogía principal los sistemas de nado. Algunas células nadan usando un cilio, mientras que algunas bacterias nadan rotando sus flagelos.

El cilio es un sistema de nado basado en un remo. Los sistemas de ese tipo constan de tres partes básicas: una paleta que se pone en contacto con el agua, un motor o fuente de energía y un conector que une a ambos. En el cilio, los remos son los microtúbulos (hechos de una proteína llamada tubulina), cuya superficie está en contacto con el medio acuoso y empuja contra él; los motores son los brazos de dineína (una proteína que impulsa el movimiento mecánico); y los conectores son los brazos de nexina (otra proteína), que transmiten la fuerza del motor desde un microtúbulo hasta su vecino. Si falta cualquiera de esas tres partes principales, el cilio no cumple su función. Por lo tanto, el cilio es un sistema irreduciblemente complejo.

No obstante, esta descripción es una gran simplificación: un cilio contiene más de 200 tipos diferentes de proteínas. Revisando la enorme literatura científica sobre los cilios, Behe constató que en las dos décadas anteriores se habían publicado sólo dos artículos que intentaron siquiera sugerir un modelo para la evolución del cilio teniendo en cuenta consideraciones mecánicas reales. Peor aún, los dos artículos estaban en grave desacuerdo entre sí y ninguno de ellos discutía detalles cuantitativos cruciales. Los proponentes de ambos modelos discutieron entre sí, señalando exitosamente los enormes problemas del modelo ajeno. En líneas generales la comunidad científica había ignorado ambas contribuciones. En resumen, nadie sabe cómo evolucionó el cilio.

El flagelo bacteriano es similar a un sistema de nado basado en una hélice giratoria. Los sistemas de esa clase constan de tres componentes fundamentales: un elemento rotatorio (el rotor), un elemento estacionario (el estator) y una hélice. En el flagelo bacteriano, la «hélice» es un filamento externo compuesto de una proteína llamada «flagelina». El motor giratorio, localizado en la base del flagelo, consta de un rotor y un estator, identificados respectivamente con las estructuras llamadas «anillo M» y «anillo S». También esta descripción es una simplificación. El flagelo bacteriano está formado por más de 40 proteínas, cuyas funciones son en muchos casos desconocidas.

Behe concluye: «En resumen, cuando los bioquímicos comenzaron a examinar estructuras aparentemente simples como los cilios y los flagelos, descubrieron una complejidad asombrosa, con docenas o incluso cientos de partes precisamente ajustadas entre sí. Es muy probable que muchas de las partes que no hemos considerado aquí sean requeridas para que cualquier cilio funcione en una célula. A medida que el número de partes requeridas se incrementa, la dificultad de armar gradualmente el sistema completo se dispara, y la probabilidad de escenarios indirectos se desploma. Darwin luce cada vez más perdido. Una nueva investigación de los roles de las proteínas auxiliares no puede simplificar el sistema irreduciblemente complejo. La intransigencia del problema no puede ser aliviada; sólo se volverá peor. La teoría darwinista no ha dado ninguna explicación del cilio o el flagelo. La abrumadora complejidad de los sistemas de nado nos impulsa a pensar que podría no dar nunca una explicación.» (p. 73).

4. La coagulación de la sangre

En el Capítulo 4 («Rube Goldberg en la sangre») el autor examina el sistema de coagulación de la sangre utilizando como analogía las excéntricas máquinas de las caricaturas de Rube Goldberg, un dibujante humorístico norteamericano.

La investigación bioquímica ha descubierto que la coagulación de la sangre es un sistema complejísimo, compuesto por más de 30 piezas de proteínas interdependientes. Los componentes principales del sistema son el fibrinógeno, la fibrina y la trombina. El fibrinógeno está compuesto de seis cadenas de proteínas. La trombina corta algunas de esas cadenas en pequeños trozos de fibrina. La fibrina forma el coágulo inicial, una red que atrapa las células de la sangre. El resto de las proteínas son proenzimas y enzimas que controlan el proceso de coagulación a través de una intrincada red de pesos y contrapesos cuidadosamente balanceados, a fin de que la coagulación se inicie sólo cuando y donde se necesita, cubra toda la herida y luego se detenga. Así se evitan normalmente las dos fallas principales (ambas potencialmente letales): el defecto y el exceso de coagulación. El sistema de coagulación es irreduciblemente complejo. Un problema en uno cualquiera de sus muchos componentes puede causar la falla del sistema completo.

Behe analiza el intento de explicación darwinista del origen del sistema de coagulación de la sangre ofrecido por Russell Doolittle, el científico que había hecho el mayor esfuerzo en esa área. Doolittle propuso una serie de pasos hipotéticos en los que las proteínas de la coagulación aparecen una tras otra. Behe concluye que esa explicación es muy inadecuada porque no se dan razones para las apariciones de las proteínas, no se intenta calcular la probabilidad de esas apariciones y no se intenta estimar las propiedades de las nuevas proteínas. «En ningún paso –ni siquiera uno– Doolittle da un modelo que incluya números o cantidades; sin números, no hay ciencia. Cuando se pinta un cuadro meramente verbal del desarrollo de un sistema tan complejo, no hay absolutamente ninguna manera de saber si realmente funcionaría.» (p. 95).

«El escenario de Doolittle reconoce implícitamente que la cascada de la coagulación es irreduciblemente compleja, pero trata de empapelar el dilema con una plétora de referencias metafóricas al yin y el yang. La conclusión es que los grupos de proteínas deben ser insertadostodos a la vez en la cascada. Esto puede hacerse sólo postulando un «monstruo esperanzado» que afortunadamente consigue todas las proteínas de una sola vez, o por la guía de un agente inteligente… El hecho es que nadie en la tierra tiene la más vaga idea de cómo la cascada de la coagulación llegó a existir» (pp. 96-97).

5. El transporte intracelular

En el Capítulo 5 («De aquí para allá») el autor examina el sistema de transporte intracelular utilizando varias analogías. Una de ellas es la de una ficticia sonda espacial no tripulada que explora el espacio interestelar y está dotada de mecanismos automáticos para fabricar nuevas piezas y llevarlas hasta el lugar donde se necesitan. En el ejemplo considerado la nueva pieza requerida es una trituradora de baterías.

«Todas las máquinas fantásticas de nuestra sonda espacial tienen contrapartes directas en la célula. La sonda espacial misma es la célula, la biblioteca es el núcleo, el plano es el ADN, la copia del plano es el ARN, la ventana de la biblioteca es el poro nuclear, las máquinas principales son los ribosomas, el área principal es el citoplasma, el adorno es la secuencia de señales, la trituradora de baterías es la hidrolasa lisosomal, la guía es la partícula de reconocimiento de señal (PRS), el sitio de recepción es el receptor de PRS, la sala de procesamiento 1 es el retículo endoplásmico (RE), las salas de procesamiento 2-4 son el aparato de Golgi, la antena es un carbohidrato complejo, las sub-salas son vesículas recubiertas de clatrina, y varias proteínas desempeñan los roles de recortador, transportista, codificador de entrega, marcador de puerto y puerta de entrada. La sala de tratamiento de basura es el lisosoma. (…)

La sonda espacial ficticia es tan complicada que aún no ha sido inventada, ni siquiera de una manera burda. El sistema celular auténtico ya está en su lugar, y cada segundo de cada día este proceso ocurre incontables miles de millones de veces en tu cuerpo. La ciencia es más extraña que la ficción.» (pp. 106-108).

Se puede distinguir tres métodos que la célula usa para introducir las proteínas en compartimientos. Dos de esos métodos se parecen, porque ambos usan portales en una membrana para seleccionar a las proteínas que permiten entrar. Behe llama a estos dos métodos «transporte por puerta» y compara a éste con un garage de estacionamiento que está reservado a automóviles con placa diplomática. Este sistema requiere tres componentes básicos: una etiqueta de identificación, un escáner para leer la etiqueta y una puerta que es activada por el escáner. Cada uno de estos tres componentes es imprescindible. Por lo tanto el sistema es irreduciblemente complejo.

El tercer método usado en la célula es aún más complejo. Es el transporte vesicular, en el que la carga de proteína es cargada en contenedores para el envío. En nuestra analogía, es como si los diplomáticos tuvieran que entrar sus autos en un gran camión de remolque, el camión entrara al garage especial y luego los autos salieran del camión y estacionaran. Este sistema requiere un mínimo de seis componentes distintos, por lo que es irreduciblemente complejo.

Los sistemas irreduciblemente complejos no pueden evolucionar de un modo darwinista, paso a paso, por una vía directa. Un sistema de transporte vesicular con uno o dos de los seis componentes mínimos requeridos no sirve para nada. Es todo o nada: o se tienen los seis componentes de entrada o el sistema no funciona. Además, es extremadamente improbable que componentes usados para otros propósitos se adapten fortuitamente a nuevos roles en un sistema complejo.

Behe analiza la enfermedad de las células I. «Un niño puede morir a causa de este solo defecto en una de las muchas máquinas necesarias para llevar proteínas al lisosoma. Una sola falla en el laberíntico camino de transporte de proteínas de la célula es fatal. A menos que el sistema entero estuviera inmediatamente en su lugar, nuestros ancestros habrían sufrido un destino similar. Los intentos de evolución gradual del sistema de transporte de proteínas son una receta para la extinción.» (p. 114).

Behe concluye: «El transporte vesicular es un proceso alucinante, no menos complejo que la entrega completamente automatizada de vacunas de un área de almacenamiento a una clínica a mil millas de distancia. Los defectos en el transporte vesicular pueden tener las mismas consecuencias letales que el fracaso en entregar una vacuna requerida en una ciudad atacada por una enfermedad. Un análisis muestra que el transporte vesicular es irreduciblemente complejo, y por lo tanto su desarrollo resiste firmemente las explicaciones gradualistas, como las que la evolución darwinista requiere. Una búsqueda en la literatura bioquímica profesional y en los libros de texto muestra que nadie ha propuesto jamás una ruta detallada por medio de la cual tal sistema podría haber venido a la existencia. De cara a la enorme complejidad del transporte vesicular, la teoría darwinista está muda.» (pp. 115-116).

6. El sistema inmunológico

En el Capítulo 6 («Un mundo peligroso») Behe examina el sistema inmunológico del cuerpo humano, describiendo cuatro de sus principales características: diversidad, reconocimiento, destrucción y tolerancia.

  • Diversidad

Los enemigos microscópicos (bacterias, virus y hongos) del ser humano son muy abundantes y muy diferentes entre sí. Para enfrentarlos, el cuerpo humano produce miles de millones de anticuerpos de distintas formas. En el óvulo fecundado hay cuatro grupos de genes que contribuyen a hacer anticuerpos: el grupo 1 contiene unos 250 segmentos de genes, el grupo 2 contiene diez segmentos, el grupo 3 contiene seis más y el grupo 4 otros ocho. Cuando el feto crece, comienza a producir células B, que son las «fábricas de anticuerpos». Durante la construcción de células B, ocurre algo raro: el genoma del ADN es reordenado y parte del mismo es descartado. Tres segmentos de los grupos 1, 2 y 3 son elegidos, aparentemente al azar, y unidos entre sí. Esto, unido a otros efectos que aumentan el número de variaciones posibles, permite fabricar unos diez mil millones de tipos diferentes de anticuerpos. Esta cantidad es tan grande que es casi seguro que al menos un tipo de anticuerpo se unirá a casi cualquier molécula, incluso las sintéticas.

  • Reconocimiento

Cada anticuerpo está formado por cuatro cadenas de aminoácidos: dos cadenas livianas idénticas y dos cadenas pesadas idénticas. El conjunto tiene una forma simétrica semejante a una letra Y. La base de la Y está unida a la membrana de la célula B y el resto de la Y sobresale hacia afuera de esa célula, para tratar de detectar a los invasores. Los dos extremos superiores de la Y contienen los «sitios de unión». Cada tipo de anticuerpo tiene sitios de unión con diferentes características: por ejemplo, un anticuerpo puede tener un sitio de unión con una pieza que sobresale aquí, un agujero más allá y un parche aceitoso en el borde; otro anticuerpo puede tener una carga positiva a la izquierda, una hendidura en el medio y un bulto a la derecha; etc. Si la forma de un sitio de unión es exactamente complementaria a la forma de una molécula de la superficie de un invasor, entonces el anticuerpo se unirá a esa molécula. Enseguida el anticuerpo, a través de un mecanismo muy complicado, enviará una señal hasta el núcleo de la célula B. Al recibir esta señal, la célula B comienza a reproducirse rápidamente, pero ahora los anticuerpos ya no están pegados a la membrana celular, sino que quedan libres para moverse en el fluido extracelular, buscar a los invasores y unirse a ellos.

Incluso en un esquema muy simplificado, este sistema de reconocimiento de enemigos consta de al menos tres componentes esenciales: la forma del anticuerpo unida a la membrana de la célula B, el mensajero y la forma libre o exportada del anticuerpo. Este sistema es irreduciblemente complejo. Una célula que tratara de desarrollar este sistema en pasos darwinistas (graduales) estaría en un grave dilema. ¿Qué debería hacer primero? Ninguno de los tres componentes tiene utilidad alguna sin los otros dos. Behe afirma: «Somos conducidos inexorablemente a la conclusión de que incluso esta selección clonal muy simplificada no podría haberse originado en pasos graduales.» (p. 125).

  • Destrucción

Los anticuerpos no destruyen por sí mismos a los virus o bacterias enemigos, sino que sólo ofician como señales para otros sistemas que destruyen a los objetos así marcados. Gran parte de la matanza real de enemigos es hecha por el «sistema complementario», llamado así porque complementa la acción de los anticuerpos. El sistema complementario consta de unos veinte tipos de proteínas que forman dos caminos relacionados, llamados el «camino clásico» y el «camino alternativo». Estos caminos son notablemente complejos y recuerdan en varios sentidos a la cascada de la coagulación de la sangre discutida en el Capítulo 4. El camino clásico comienza cuando un gran conjunto de proteínas (llamado C1) se une a un anticuerpo que a su vez está unido a la superficie de una célula extraña. C1 está compuesto por 22 cadenas de proteínas. En este camino intervienen nueve conjuntos de proteínas (de C1 a C9), varios de ellos con más de una variante, que interactúan de diversos modos entre sí. Al final de un complejísimo proceso, una forma tubular pincha y agujerea la membrana de la bacteria invasora. La presión osmótica hace que el agua se precipite hacia adentro y destruya a la bacteria. El camino alternativo es tan complejo como el camino clásico y ambos caminos son sistemas irreduciblemente complejos.

  • Tolerancia

El sistema inmunológico tiene que discriminar entre el cuerpo humano y el resto del mundo. Por ejemplo, no se deben generar anticuerpos contra los glóbulos rojos que circulan permanentemente por la sangre. Cuando el cuerpo produce anticuerpos contra sí mismo, generalmente ocurre un desastre. Es lo que pasa, por ejemplo, en la esclerosis múltiple o en la diabetes juvenil. Cómo el cuerpo adquiere tolerancia a sus propios tejidos es todavía algo oscuro, pero sea cual sea el mecanismo, sabemos una cosa: un sistema de auto-tolerancia tuvo que estar presente desde el comienzo del sistema inmunológico.

Behe concluye: «Diversidad, reconocimiento, destrucción, tolerancia –todos estos y más interactúan los unos con los otros. Hacia cualquier lado que nos volvamos, una explicación gradualista del sistema inmune está bloqueada por múltiples requisitos entretejidos. Como científicos anhelamos entender cómo este magnífico mecanismo vino a la existencia, pero la complejidad del sistema condena a todas las explicaciones darwinistas a la frustración. El mismo Sísifo se apiadaría de nosotros.» (p. 139).

7. La biosíntesis de moléculas complejas

En los Capítulos 3-6 el autor describe en detalle varios sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos, mostrando que no pueden ser formados de un modo gradualista. Los ejemplos de complejidad irreducible podrían multiplicarse sin mayores dificultades, incluyendo aspectos de la replicación del ADN, el transporte de electrones, la síntesis de telómeros, la fotosíntesis, la regulación de la transcripción, etc. En el Capítulo 7 («Atropello en la ruta») Behe muestra que también hay sistemas bioquímicos que, pese a no ser irreduciblemente complejos, son inexplicables desde una perspectiva darwinista. Incluso sistemas que a primera vista parecen dóciles a un enfoque gradualista resultan ser problemas insolubles dentro del marco darwinista, porque las probabilidades de que algo salga mal son abrumadoras. Behe sostiene que muchos de los procesos metabólicos que sintetizan aminoácidos, proteínas, nucleótidos o ácidos nucleicos dentro del organismo son sistemas de ese tipo.

Como introducción a esta idea, el autor presenta esta situación imaginaria. Un gran grupo de marmotas intenta cruzar una autopista de 2.000 carriles, llenos de vehículos que se mueven a la velocidad máxima permitida. En abstracto, no parece haber ningún límite que las marmotas no puedan superar, pero en la práctica la mayoría muere atropellada en el primer carril, algunas alcanzan el segundo carril, y unas pocas llegan hasta el tercer carril, o excepcionalmente hasta el cuarto; ninguna más allá.

Behe describe detalladamente la biosíntesis del monofosfato de adenosina (AMP), una de las muchas sustancias químicas complejas necesarias para la vida, a partir de la ribosa 5-fosfato (pp. 142-149). Una molécula de AMP contiene 33 átomos: diez de carbono, once de hidrógeno, siete de oxígeno, cuatro de nitrógeno y uno de fósforo. La síntesis de una molécula de AMP insume trece pasos (es decir, trece reacciones químicas sucesivas) y requiere doce enzimas, dos grupos formilo, cinco moléculas de ATP, una de GTP, una de dióxido de carbono, dos de glutamina, una de glicina y dos de ácido aspártico. Las moléculas obtenidas en los pasos intermedios no sirven para nada a la célula excepto para hacer AMP o GMP. La síntesis aleatoria de AMP es absolutamente improbable. Si disolviéramos en agua todas las sustancias requeridas no obtendríamos AMP aunque esperáramos un millón de años.

A continuación Behe analiza la explicación darwinista típica de los caminos metabólicos. Supongamos que el compuesto A es transformado en el compuesto D a través de los compuestos intermedios B y C. ¿El camino A-B-C-D podría haber evolucionado gradualmente? Depende. Si A, B y C son útiles para la célula y si B, C y D no son esenciales desde el principio, quizás un desarrollo lento y gradual es posible. Empero, ¿qué ocurre si (como en el caso del AMP) D es necesario desde el principio y A, B y C sólo sirven como precursores de D? En ese caso, ¿para qué le sirve al organismo producir A? ¿O, si produce A, para qué le sirve producir B? La respuesta darwinista típica es ésta: D estaba ya disponible en la sopa primordial; a medida que D se volvió escaso, los organismos aprendieron a sintetizar D a partir de C; luego, a medida que C se acababa, produjeron C a partir de B; y cuando la escasez amenazó otra vez, produjeron B a partir de A.

En los libros de texto, nadie ha puesto nombres químicos reales sobre las míticas letras A, B, C, D, porque al hacerlo uno tiene que mostrar reacciones químicas reales que las producen. Los problemas graves de la teoría A-B-C-D son muy numerosos. Behe detalla tres de ellos. Primero, los experimentos de síntesis prebiótica no han producido ninguna de las sustancias intermedias de la biosíntesis del AMP, excepto una. Segundo, hay buenas razones para pensar que las reacciones químicas intermedias sólo pueden ocurrir bajo la cuidadosa guía de las enzimas. Tercero, algunas de las sustancias intermedias son químicamente inestables. Behe concluye: «El cuento A-B-C-D es una vieja idea que ha sido transmitida irreflexivamente… Nadie tiene idea de cómo se desarrolló el camino del AMP. Aunque unos cuantos investigadores han observado que el camino en sí mismo presenta un severo desafío al gradualismo, nadie ha escrito sobre el obstáculo planteado por la necesidad de regular el camino metabólico de una célula inmediatamente desde su comienzo. No es de extrañar –nadie quiere escribir sobre el atropello en las rutas» (pp. 154 y 159).

8. La ciencia de la evolución molecular

El autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos, como los ejemplos analizados en los Capítulos 3-7, no han sido explicados por nadie, ¿qué tipos de trabajos bioquímicos han sido publicados bajo el rótulo de «evolución»? En el Capítulo 8 («Publica o perece»), Behe muestra qué ha sido estudiado en esta área y qué no.

El autor comienza su relevamiento por una revista especializada de mucho prestigio, el Journal of Molecular Evolution (JME), dedicada exclusivamente a la investigación orientada a explicar el origen de la vida en el nivel molecular. Durante la década anterior, el JME había publicado alrededor de mil artículos científicos. Esos artículos pueden ser clasificados fácilmente de la siguiente manera:

  • Más del 80% corresponde a comparaciones de secuencias de ADN o de proteínas.
  • Alrededor del 10% corresponde a la síntesis química de moléculas consideradas necesarias para el origen de la vida.
  • Alrededor del 5% corresponde a modelos matemáticos de la evolución molecular o métodos matemáticos para comparar e interpretar datos de secuencias.

Una comparación de secuencias es una comparación de dos proteínas diferentes, aminoácido por aminoácido; o una comparación de dos porciones diferentes de ADN, nucleótido por nucleótido. Aunque útil para determinar posibles líneas de descendencia, lo cual es una cuestión interesante por sí misma, comparar secuencias no puede mostrarnos cómo un sistema bioquímico complejo logró su función, la cuestión principal tratada en este libro. Behe explica esto con una analogía: los manuales de dos modelos diferentes de computadoras producidos por la misma compañía pueden tener muchas palabras, frases o incluso párrafos idénticos, sugiriendo un origen común (quizás el mismo autor escribió los dos manuales), pero comparar las secuencias de letras de los manuales nunca nos dirá si una computadora puede ser producida paso a paso comenzando con una máquina de escribir (y, agrego yo, cambiando piezas en forma aleatoria).

Por otra parte, los modelos matemáticos de la evolución molecular, aunque útiles para entender cómo los procesos graduales se comportan en el tiempo, asumen como hipótesis que la evolución en el mundo real es un proceso gradual y aleatorio; no lo demuestran ni pueden demostrarlo.

En cuanto a la investigación sobre el origen de la vida, se ha desvanecido el optimismo prevalente en los años 1950 después de los famosos experimentos de Stanley Miller. Behe cita la siguiente evaluación global de Klaus Dose, un científico prominente en esta área: «Más de 30 años de experimentación sobre el origen de la vida en los campos de la evolución química y molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema del origen de la vida en la Tierra más que a su solución. En la actualidad todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en este campo terminan en un estancamiento o en una confesión de ignorancia.» (p. 168).

Behe sostiene que los artículos publicados en el JME incluyen muchos artículos valiosos e interesantes, pero ninguno que contradiga el mensaje de su libro. Este mensaje no consiste en negar la existencia de la evolución por mutaciones aleatorias y selección natural, sino en negar que esa clase de evolución pueda explicar todo en el ámbito de la biología. Behe se pronuncia así: «Como los analistas de secuencias, yo creo que la evidencia apoya fuertemente el origen común. Pero la pregunta radical sigue sin respuesta: ¿Qué ha causado la formación de los sistemas complejos? Nadie ha explicado jamás de un modo detallado y científico cómo la mutación y la selección natural podrían construir las estructuras complejas e intrincadas discutidas en este libro.» (p. 176).

A continuación Behe presenta los resultados de su relevamiento de los 400 artículos sobre evolución molecular publicados entre 1984 y 1994 por otra revista prestigiosa: Proceedings of the Nacional Academy of Sciences (PNAS). Este relevamiento arroja un resultado muy similar al del JME. Luego el autor recurre a los libros y a las reuniones científicas. Behe afirma: «La búsqueda puede ser extendida, pero los resultados son los mismos. Nunca ha habido una reunión, ni un libro, ni un artículo sobre detalles de la evolución de sistemas bioquímicos complejos.» (p. 179).

Finalmente, Behe presenta un relevamiento de treinta libros de texto de bioquímica publicados entre 1970 y 1995 y usados en universidades importantes. Este relevamiento muestra que muchos libros de texto ignoran completamente la evolución, mientras que el resto le dedica muy poca atención. Por ejemplo, uno de esos libros de texto (Conn et al., 1987, John Wiley & Sons) tiene una sola referencia a la evolución en su índice temático, que tiene en total unas 2.500 referencias. Se refiere a una frase de la página 4: «Los organismos han evolucionado y se han adaptado a las condiciones cambiantes en una escala de tiempo geológica y continúan haciéndolo.» No dice nada más. (p. 183).

Behe concluye: ««Publica o perece» es un proverbio que los académicos toman en serio… La teoría de la evolución molecular darwinista no ha publicado, y por lo tanto debería perecer.» (p. 186).

9. El diseño inteligente

Tras haber demostrado la impotencia de la teoría darwinista para dar cuenta de la base molecular de la vida, el autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos contenidos en las plantas y animales no surgieron de un modo darwinista, ¿entonces cómo surgieron? En el Capítulo 9 («Diseño inteligente»), Behe analiza tres posibles respuestas: la teoría de la simbiosis (propuesta por Lynn Margulis), la teoría de la complejidad (propuesta por Stuart Kauffman) y el diseño inteligente.

En lugar de la visión darwinista del progreso por medio de la competencia y la lucha, Margulis propuso el avance por medio de la cooperación y la simbiosis. Su teoría sobre el origen bacteriano de las mitocondrias de las células eucariotas, inicialmente ridiculizada, fue ganando aceptación a regañadientes y actualmente goza de amplia aceptación. Margulis y otros científicos han propuesto que también otros componentes de la célula son el resultado de simbiosis. Estas otras propuestas son más discutidas. No obstante, supongamos que la simbiosis hubiera ocurrido con frecuencia a través de la historia de la vida. Aun así, la simbiosis no podría explicar el origen de sistemas bioquímicos complejos, por una razón muy sencilla: la simbiosis es la unión de dos células o sistemas separados, tales que ambos estaban funcionando antes de esa unión. La simbiosis requiere la preexistencia de sistemas bioquímicos complejos funcionales.

La teoría de la complejidad afirma que los sistemas con un gran número de componentes interactivos se auto-organizan espontáneamente en patrones ordenados. Kauffman propuso que las sustancias químicas de la sopa prebiótica se auto-organizaron en caminos metabólicos complejos y que también el cambio entre distintos tipos de células es un resultado de la auto-organización. La teoría de la complejidad comenzó como un concepto matemático para describir el comportamiento de algunos programas de computadora. Sus proponentes aún no han logrado conectarla a la vida real. Kauffman sostiene que su teoría podría explicar no sólo el origen de la vida y el metabolismo, sino también las formas corporales, las relaciones ecológicas, la psicología, los patrones culturales y la economía. La vaguedad de la teoría de la complejidad ha comenzado a decepcionar a algunos de sus defensores. El número de junio de 1995 de la revista Scientific American preguntó en su portada: «¿La complejidad es un engaño?» Adentro estaba un artículo titulado «De la complejidad a la perplejidad» que hacía la siguiente observación irónica: «La vida artificial, un sub-campo importante de los estudios de la complejidad, es una «ciencia libre de hechos», de acuerdo con un crítico. Pero sobresale en la generación de gráficos de computadoras.» (p. 191).

Sin embargo, supongamos que la teoría de la complejidad fuera verdadera. Aun así, esa teoría no explicaría los sistemas bioquímicos complejos discutidos en este libro. Behe lo explica así: «La esencia de la vida celular es la regulación: la célula controla cuánto y qué tipos de sustancias químicas produce; cuando pierde el control, muere. Un ambiente celular controlado no permite las interacciones casuales entre sustancias químicas (nunca especificadas) que Kauffman necesita.» (p. 191). Behe concluye: «La teoría de la complejidad puede todavía hacer contribuciones importantes a la matemática e incluso modestas contribuciones a la bioquímica. Pero no puede explicar el origen de las estructuras bioquímicas complejas que apuntalan la vida. Ni siquiera lo intenta.» (p. 192).

Para una persona que no se siente obligada a restringir su búsqueda a causas no inteligentes, la sencilla conclusión es que muchos sistemas bioquímicos fueron diseñados, es decir planificados. La conclusión del diseño inteligente fluye naturalmente de los datos mismos, no de libros sagrados ni de creencias religiosas, del mismo modo en que deducimos el diseño en la vida cotidiana.

El autor define «diseño» como ordenamiento de partes con un propósito. Con esta definición amplia, en principio todo podría haber sido diseñado. Behe sostiene que no podemos demostrar que algo no ha sido diseñado. Concuerdo con esta afirmación si se le da un alcance metafísico, que Behe no explicita; y subrayo que, dentro del ámbito empírico, con frecuencia podemos demostrar que un hecho dado no fue causado intencionalmente por nadie. Pero la cuestión fundamental aquí es esta otra: ¿Cómo podemos detectar el diseño? ¿Cuándo es razonable concluir que algo ha sido diseñado? Behe responde lo siguiente: «Para sistemas físicos discretos –si no hay una ruta gradual para su producción– el diseño es evidente cuando una cantidad de componentes separados e interactivos están ordenados de modo tal de lograr una función más allá de los componentes individuales. Cuanto mayor es la especificidad de los componentes interactivos requeridos para producir la función, mayor es nuestra confianza en la conclusión de diseño.» (p. 194). A continuación el autor presenta unos cuantos ejemplos (las efigies del Monte Rushmore, posters de Elvis Presley, ratoneras, mensajes en el juego de Scrabble, etc.) que muestran cómo aplicamos un criterio de este tipo para inferir con certeza el diseño en la vida cotidiana. Behe admite que este criterio de detección de diseño no es fácil de cuantificar, pero señala que los aportes del matemático William Dembski en esta materia son muy importantes y merecen ser profundizados por otros científicos.

Generalmente el diseño es aprehendido antes de que podamos plantearnos la pregunta acerca de la identidad del diseñador. La inferencia de diseño puede ser sostenida con toda la firmeza posible incluso sin saber nada acerca del diseñador.

El autor pasa luego a considerar la siguiente cuestión: ¿Los sistemas bioquímicos vivientes pueden ser inteligentemente diseñados? Su respuesta es «sí». Los avances recientes de la bioquímica permiten a los científicos diseñar cambios en organismos vivos. El diseño inteligente de sistemas bioquímicos a través de la ingeniería genética es bastante común hoy en día. Todos los científicos, incluso Richard Dawkins, admiten el hecho de que los sistemas bioquímicos pueden ser diseñados por agentes inteligentes para sus propios propósitos y que este diseño puede ser detectado por otras personas. Por lo tanto, la cuestión de si un sistema bioquímico dado fue diseñado se reduce simplemente a aducir la evidencia que apoya el diseño. Aplicando el criterio antes expuesto, podemos inferir con certeza el diseño de algunos sistemas bioquímicos complejos.

Ninguna de las teorías basadas en causas no inteligentes (darwinismo, simbiosis, complejidad) puede explicar los sistemas bioquímicos fundamentales de los seres vivos. ¿Podría haber un proceso natural aún no descubierto que explicara la complejidad bioquímica? Si existe ese proceso, nadie tiene la menor idea sobre cómo funciona. Además, esto iría contra toda la experiencia humana, como postular que un proceso natural podría explicar la existencia de computadoras. No es lógico ignorar la masiva evidencia del diseño de los sistemas bioquímicos complejos en nombre de un proceso fantasmagórico. El diseño humano de los productos de la ingeniería genética es análogo al trabajo hecho para causar el primer cilio.

Behe no sostiene que podamos demostrar con certeza que todos los sistemas bioquímicos fueron diseñados. En cambio él afirma lo siguiente: «Dado que todo podría haber sido diseñado y que necesitamos aducir evidencia para mostrar el diseño, no es sorprendente que podamos tener más éxito en demostrar el diseño con un sistema bioquímico que con otro. Algunas características de la célula parecen ser el resultado de simples procesos naturales, otras probablemente lo sean. Sin embargo, otras características fueron casi seguramente diseñadas. Y con otras características, podemos estar tan seguros de que han sido diseñadas como que algunas cosas lo fueron.» (p. 208).

10. El debate sobre el diseño inteligente

En el Capítulo 10 («Cuestiones acerca del diseño») el autor presenta el debate sobre el diseño inteligente, siguiendo un enfoque histórico. Hasta el tiempo de Darwin, el argumento de que el mundo era diseñado era un lugar común tanto en filosofía como en ciencia. En el ámbito anglosajón, el argumento del diseño alcanzó su punto más alto de influencia a través del libro «Teología Natural» del clérigo anglicano William Paley, publicado en 1802. Behe reproduce el párrafo introductorio de ese libro, donde Paley ofrece su ejemplo más famoso de inferencia de diseño: si un caminante encontrara un reloj en el suelo y lo examinara, llegaría fácilmente y con certeza a la conclusión de que fue diseñado y fabricado por un agente inteligente, un relojero.

Behe sostiene que, como suele suceder, el argumento de Paley habría sido más fuerte si él hubiera escrito menos, porque en su libro, junto a algunos buenos ejemplos de diseño, incluye también muchos ejemplos mediocres o malos. Paley cayó en descrédito por sus malos ejemplos y sus discusiones teológicas fuera de tema. «Pero exactamente dónde –pregunta Behe– ha sido refutado Paley? ¿Quién ha respondido su argumento? ¿Cómo fue producido el reloj sin un diseñador inteligente? Es sorprendente pero verdadero que el argumento principal del desacreditado Paley no ha sido nunca refutado realmente. Ni Darwin ni Dawkins, ni la ciencia ni la filosofía, han explicado cómo un sistema irreduciblemente complejo como un reloj podría ser producido sin un diseñador.» (p. 213). «Pobre Paley. Sus oponentes modernos se sienten justificados en asumir puntos de partida enormemente complejos (tales como un reloj o una retina) si piensan que entonces pueden explicar una simple mejora (tales como una cobertura de reloj o la curvatura del ojo). No se argumenta nada más; no se da ninguna explicación de la complejidad real, la complejidad irreducible. Incluso los que deberían saber más afirman que la refutación de las extralimitaciones de Paley son una refutación de su punto principal.» (p. 216).

A continuación el autor analiza dos argumentos del filósofo David Hume contra el diseño inteligente. En su primer argumento, Hume sostiene que los relojes y los organismos son muy diferentes entre sí, por lo que es absurdo inferir que los organismos tienen una propiedad determinada porque los relojes la tienen. Sin embargo, el argumento de diseño basado en la analogía es válido. Este argumento no dice que los organismos son diseñados porque los relojes son diseñados, sino que ambos (relojes y organismos) son diseñados porque comparten una propiedad determinada (la complejidad irreducible) que exige un diseño inteligente.

En su segundo argumento, Hume sostiene que para tener una buena razón para pensar que los organismos de nuestro mundo son productos de un diseño inteligente, tendríamos que haber visitado muchos otros mundos y haber observado allí a diseñadores inteligentes produciendo organismos. Hume critica aquí el diseño como un argumento inductivo; pero en realidad el argumento de diseño no es una inducción, sino una inferencia basada en la mejor explicación. Es decir que si se consideran el diseño inteligente y la evolución «ciega» (en honor a la verdad y por respeto a los ciegos, sería mejor decir «evolución sin inteligencia») como explicaciones que compiten entre sí, el diseño inteligente es por lejos la explicación más probable. Además, añade Behe, hoy tenemos experiencia directa de miles de diseños inteligentes de sistemas bioquímicos, a través de la ingeniería genética.

Luego el autor refuta una analogía de Richard Dawkins que, a pesar de ser patentemente falsa, ha convencido a filósofos de la ciencia como Michael Ruse, Daniel Dennett y Elliott Sober. Behe la presenta según la versión de Sober. Imaginen una cerradura de combinación compuesta de 19 discos. En el borde de cada disco figuran las 26 letras del idioma inglés. Los discos pueden girar separadamente de forma que en una ventana aparecen secuencias de 19 letras. La probabilidad de que aparezca una secuencia determinada es bajísima: uno en 26^19. Pero ahora imaginen que un disco se bloquea si en la ventana sale una letra que coincide con el mensaje elegido como blanco. Repitiendo este proceso, el mensaje elegido aparecerá al cabo de un número sorprendentemente pequeño de pasos (del orden de 13×19). Dawkins establece esta analogía con la evolución darwinista: los giros de los discos representan a las mutaciones aleatorias, pero la selección natural entre las variantes (representada por el bloqueo de los discos) no es aleatoria.

La falla garrafal de esta analogía es evidente: ¿Cómo la selección natural decide cuáles letras bloquear? ¿Por qué la selección natural habría de seleccionar una combinación errónea? Si tu vida dependiera de que una combinación aleatoria de letras abriera la cerradura, no te serviría de nada acertar la primera letra. Aunque acertaras 18 de las 19 letras, pronto estarías mirando a las flores desde abajo. La analogía de Dawkins es en realidad un excelente ejemplo de diseño inteligente. El agente inteligente «tiene la frase deseada en mente y guía el resultado en esa dirección tan seguramente como un adivino guía una tabla ouija. Esto difícilmente parece un fundamento firme sobre el cual construir una filosofía de la biología.» (p. 221).

Hacia el final del Capítulo 10 el autor analiza la objeción más frecuente contra el diseño inteligente: el argumento basado en la imperfección. Este argumento tiene usualmente la siguiente forma silogística (que expresaré de un modo más general que Behe):

  • Premisa mayor: Ningún diseñador habría hecho la especie X con la característica Y.
  • Premisa menor: La especie X tiene la característica Y.
  • Conclusión: La evolución darwinista produjo la especie X con la característica Y.

Podemos hacer dos objeciones a este razonamiento. La objeción menos importante es que este silogismo es una falacia lógica conocida como non sequitur, porque la conclusión no se deduce de las premisas. La conclusión correcta sería: «La especie X con la característica Y no fue hecha por un diseñador».

La objeción principal consiste en cuestionar la premisa mayor. Ésta no es un hecho (como la premisa menor), ni una verdad evidente por sí misma, sino una mera opinión subjetiva. Hay argumentos a favor del diseño inteligente que son débiles precisamente por la misma razón que hace ineficaces a los argumentos contra el diseño inteligente basados en las imperfecciones: es decir, porque se basan en meras opiniones o sentimientos sobre cómo deberían ser las cosas.

El silogismo en cuestión asume dos cosas que podemos cuestionar: 1) Que la característica Y de la especie X es una imperfección técnica. 2) Que ningún diseñador produce diseños con imperfecciones técnicas.

Acerca del primer punto, citaré parte de un discurso pronunciado por el filósofo darwinista Daniel Dennett en marzo de 2006: «Francis Crick lo llamó la Segunda Regla de Orgel. “La evolución es más lista que tú.” Una y otra vez evolucionistas, biólogos moleculares, biólogos en general, ven algún aspecto de la naturaleza que les parece inútil o tonto o que no tiene demasiado sentido –y luego descubren que es de hecho un diseño exquisitamente ingenioso, es una brillante pieza de diseño– eso es lo que Francis Crick quería decir con la Segunda Regla de Orgel.»

(fuente: http://www.idnet.com.au/files/pdf/Fundamentalist%20Dennett.pdf)

El segundo punto es el principal, por lo que me detendré más en él, formulando dos objeciones.

  1. La objeción menor es ésta: es un hecho que a veces los diseñadores cometen errores. Los darwinistas no suelen tomar en cuenta este hecho obvio porque generalmente consideran sólo a Dios (un Ser omnisciente y omnipotente) como posible diseñador de los seres vivos. Pero desde un punto de vista lógico no se puede descartar a priori otros posibles diseñadores (por ejemplo, seres extraterrestres).
  2. La objeción principal es ésta: es un hecho que a menudo los diseñadores no buscan la perfección técnica. Behe cita dos ejemplos. En primer lugar, la «obsolescencia incorporada» en muchos productos industriales. Y en segundo lugar, él da un ejemplo personal: «No doy a mis hijos los juguetes mejores y más elegantes porque no quiero echarlos a perder y porque quiero que aprenden el valor de un dólar.» (p. 223). El argumento de la imperfección pasa por alto que el diseñador podría tener múltiples motivos, y que a menudo la excelencia ingenieril queda relegada a un rol secundario. El problema básico de este argumento es que «depende críticamente de un psicoanálisis del diseñador no identificado. Sin embargo las razones por las que un diseñador haría o no haría algo son virtualmente imposibles de conocer a menos que el diseñador te diga específicamente cuáles son esas razones.» (p. 223).

En este punto yo agrego que es muy curioso e ilógico que los darwinistas pretendan conocer mejor la psicología de Dios (el Ser infinito, inabarcable para nuestra inteligencia finita) que la psicología de los demás diseñadores reales o posibles (seres humanos o extraterrestres). Pienso que esto es un ejemplo de su fuerte tendencia a refugiarse en una mala teología para ocultar las debilidades científicas de su teoría.

Luego el autor analiza una subcategoría del argumento de la imperfección: el argumento basado en los órganos llamados «vestigiales», que aparentan ser residuos inútiles de una función perdida a lo largo de la evolución. Behe dice que ese argumento no es convincente, por tres razones: 1) Que no hayamos descubierto una utilidad para una estructura no significa que esa utilidad no exista. Se ha descubierto la utilidad de muchos órganos antes considerados vestigiales. 2) Incluso si alguna estructura (como por ejemplo los llamados «pseudo-genes») no tuviera ninguna función, la teoría darwinista no ha explicado realmente cómo esa estructura surgió, con todos los detalles bioquímicos que una explicación científica requiere. 3) Este argumento confunde la teoría del diseño inteligente con el creacionismo fijista o el creacionismo de la «Tierra joven». El diseño inteligente es perfectamente compatible con la evolución en general, e incluso con alguna medida de evolución basada en mutación y selección natural, en particular.

En la sección final del capítulo, el autor plantea algunos de los temas que debería abordar un programa de investigación científica basado en la teoría del diseño inteligente. Por ejemplo, se debería investigar si es posible que la primera célula contuviera ya la información genética de todas las especies que han existido, de tal modo que activando o desactivando determinadas porciones de esa información se hayan generado las diferentes especies.

Behe concluye lo siguiente: «La teoría del diseño inteligente promete revigorizar un campo de la ciencia que se ha estancado por falta de soluciones viables a callejones sin salida. La competencia intelectual creada por el descubrimiento del diseño traerá un análisis más agudo a la literatura científica profesional y requerirá que las afirmaciones estén respaldadas por datos duros. La teoría provocará enfoques experimentales y nuevas hipótesis que de otro modo no habrían sido considerados. Una teoría rigurosa del diseño inteligente será una herramienta útil para el avance de la ciencia en un área que ha estado moribunda durante décadas.» (p. 231).

11. Ciencia, filosofía y religión

En el Capítulo 11 («Ciencia, filosofía y religión») el autor se plantea la siguiente cuestión: después de 40 años de grandes esfuerzos acumulados para investigar la vida en el nivel molecular, el resultado es un grito fuerte y claro de «¡diseño!» Este resultado debería ser considerado como uno de los mayores logros de la historia de la ciencia. Sin embargo, en lugar de la gran celebración colectiva que cabría esperar, un silencio embarazoso rodea la espantosa complejidad de la célula. ¿Por qué la mayoría de la comunidad científica se resiste a admitir una teoría bien fundada (el diseño inteligente) con posibles consecuencias teológicas? Behe analiza cuatro razones.

La primera razón es de orden sociológico: una especie de patrioterismo científico que se manifiesta en una lealtad exagerada o desordenada hacia las ideas predominantes en el ámbito científico.

La segunda razón es de orden histórico. Algunos científicos y algunos teólogos o creyentes se han enfrentado acerca de la teoría de la evolución de Darwin, y de allí muchos han sacado la errónea conclusión de que existe o debe existir una guerra entre la ciencia y la religión.

Los sentimientos o emociones relacionados con estos dos primeros factores no tienen en sí mismos un valor intelectual y no deberían interferir con el debate científico sobre el diseño inteligente. En cambio los dos factores filosóficos que examinaremos a continuación afectan directamente a la cuestión en el nivel intelectual.

La tercera razón es la concepción naturalista de la ciencia. El autor ofrece una cita de Richard Dickerson, un prominente bioquímico, que es representativa de esta concepción: «La ciencia, fundamentalmente, es un juego. Es un juego con una regla primordial y definitoria: Regla Nº 1: veamos cuán lejos y hasta dónde podemos explicar el comportamiento del universo físico y material en términos de causas puramente físicas y materiales, sin invocar lo sobrenatural.» (p. 238). Behe subraya que esta regla no es científica sino filosófica y responde que la ciencia no es un juego, sino un vigoroso intento de hacer afirmaciones verdaderas acerca del mundo físico, por lo que la ciencia debería seguir la evidencia física a dondequiera que ella conduzca, sin restricciones artificiales. Behe responde a algunas objeciones, afirmando que el temor a una proliferación de lo sobrenatural en la ciencia es una pomposa exageración, y destacando que, aunque el diseñador inteligente no puede ser objeto de observación o experimentación directa, podemos estudiar sus efectos, de forma análoga al caso del meteorito que destruyó a los dinosaurios hace millones de años.

La cuarta razón es la más poderosa: muchas personas, incluyendo a muchos científicos importantes, simplemente no quieren que haya nada más allá de la naturaleza. Esto se puso de manifiesto claramente en la discusión en torno al Big Bang, una teoría científica muy bien fundada con posibles implicaciones teológicas. El autor ofrece una cita muy ilustrativa del célebre astrofísico Arthur S. Eddington: «Filosóficamente, la noción de un comienzo abrupto del presente orden de la Naturaleza es repugnante para mí, como creo que debe ser para la mayoría.» (p. 244). Sentimientos de este tipo movieron a Albert Einstein a cometer un error grave (la inserción de la «constante cosmológica» en sus ecuaciones para evitar un universo inestable) y a Fred Hoyle a proponer la absurda teoría del universo en estado estacionario, que postulaba la continua creación de materia de la nada, sin causa y a un ritmo constante. A pesar de que algunas teorías alternativas al Big Bang han sido descartadas, los científicos comprometidos con el ateísmo (como Stephen Hawking) continúan ideando nuevas teorías alternativas. De aquí se puede inferir que los científicos ateos no tienen por qué temer que una admisión del valor científico del diseño inteligente los obligue a adherirse a una cosmovisión religiosa. Ellos siempre tendrán a mano vías de escape (si razonables o no es otra cuestión), como por ejemplo la panspermia dirigida, postulada por Francis Crick (co-descubridor de la estructura de doble hélice del ADN) y el químico Leslie Orgel.

El autor sostiene que hay que vivir y dejar vivir. «La negativa a dar a otros una amplia latitud para sus creencias definitorias ha conducido una y otra vez al desastre. La intolerancia no surge cuando yo creo que he encontrado la verdad. Más bien surge sólo cuando yo pienso que, porque la he encontrado, todos los demás deberían estar de acuerdo conmigo. Richard Dawkins ha escrito que cualquiera que niegue la evolución es «ignorante, estúpido o demente (o malvado –pero prefiero no considerar eso)». No hay mucha distancia entre llamar a alguien malvado y tomar medidas de fuerza para poner fin a su maldad. John Maddox, el editor de Nature, ha escrito en su revista que «puede que no falte mucho para que la práctica de la religión deba ser vista como anti-ciencia». En su reciente libro La peligrosa idea de Darwin, el filósofo Daniel Dennett compara a los creyentes en la religión –90% de la población– con animales salvajes que podrían tener que ser enjaulados, y dice que se debería impedir (presumiblemente por coerción) que los padres desinformen a sus hijos sobre la verdad de la evolución, que es tan evidente para él.» (p. 250).

La conclusión del diseño inteligente puede parecer muy curiosa, pero en cierto modo el progreso de la ciencia en los últimos siglos ha sido una marcha continua hacia lo extraño. Behe concluye su libro así: «La resultante comprensión de que la vida fue diseñada por una inteligencia es una conmoción para aquellos de nosotros del siglo XX que nos hemos acostumbrado a pensar que la vida es el resultado de simples leyes naturales. Pero otros siglos tuvieron sus conmociones, y no hay razón para suponer que nosotros deberíamos escapar a ello. La humanidad ha soportado mientras el centro de los cielos se movió de la Tierra a más allá del Sol, mientras la historia de la vida se expandió para abarcar a reptiles muertos hace mucho tiempo, mientras el universo eterno probó ser mortal. Nosotros soportaremos la apertura de la caja negra de Darwin.» (pp. 252-253).

12. Consideraciones finales

La edición del décimo aniversario de «La caja negra de Darwin» (del año 2006) contiene un nuevo Epílogo, titulado «Diez años después». Al comienzo de ese epílogo, el autor sostiene que, a pesar del gran progreso de la bioquímica en los diez años transcurridos, de cientos de comentarios críticos a su libro y de la oposición implacable de algunos científicos muy influyentes, hay muy pocas cosas del texto original que cambiaría si lo volviera a escribir. En cambio hay mucho que podría agregar. A medida que la ciencia avanza, el fundamento molecular de la vida se está revelando exponencialmente más complejo; y así el argumento del diseño inteligente de la vida se vuelve exponencialmente más fuerte.

A continuación el autor analiza las principales críticas a su libro. Sostiene que las mayores fuentes de confusión son los malentendidos sobre el concepto de complejidad irreducible y sobre la naturaleza del argumento a favor del diseño. Con respecto al primero de estos dos puntos, Behe refuta detalladamente las críticas de tres autores: el filósofo de la ciencia Robert Pennock, el bioquímico Ken Miller y el biólogo Allen Orr. En pocas palabras, Pennock y Miller tergiversan la definición de complejidad irreducible, volviendo la tesis de Behe lo más frágil posible para poder refutarla fácilmente. Por su parte, Orr pretende resolver el problema de la evolución darwinista de los sistemas irreduciblemente complejos de un modo abstracto, con una explicación vaga e hipotética, sin ninguna referencia concreta a los problemas bioquímicos reales.

El argumento a favor del diseño ha sido caricaturizado por muchos críticos como un «argumento basado en la ignorancia». Behe responde que los sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos permiten desarrollar dos argumentos, uno negativo y otro positivo. El argumento negativo muestra que tales sistemas resisten una explicación darwinista (que requeriría una evolución mediante pasos pequeños). El argumento positivo es que sus partes aparecen ordenadas para cumplir un propósito, lo cual es exactamente la forma en que detectamos un diseño. Según Richard Dawkins, esta apariencia de diseño forma parte de la mismísima definición de la biología: «La biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas para un propósito.» (p. 264). Más aún, Dawkins admite que esa apariencia de diseño es abrumadora: «Los resultados vivientes de la selección natural nos impresionan abrumadoramente con la apariencia de diseño como por un maestro relojero, nos impresionan con la ilusión de diseño y planificación.» (p. 264).

A continuación el autor afirma que, después de diez años, el darwinismo sigue siendo tan especulativo como siempre. «Todas las ciencias comienzan con la especulación; sólo el darwinismo termina rutinariamente en ella.» (p. 268). Behe revisa las críticas a sus capítulos de ejemplos de sistemas bioquímicos complejos y muestra la invalidez de esas críticas. En 1996 el microbiólogo James Shapiro declaró: «No hay explicaciones darwinistas detalladas de la evolución de ningún sistema bioquímico o celular fundamental, sólo una variedad de especulaciones ilusionadas.» (p. 271). Behe agrega: «Diez años después, nada ha cambiado. Llámenlas especulaciones ilusionadas o escenarios plausibles –ambos sólo significan una falta de respuestas reales.» (p. 271).

Behe concluye el epílogo afirmando que las perspectivas futuras para la hipótesis del diseño inteligente son excelentes y que estudiantes avanzados y destacados de disciplinas científicas demuestran mucho interés en el diseño inteligente.

El libro termina con un Apéndice («La química de la vida») que es una breve introducción a la bioquímica.

En mi opinión, «La caja negra de Darwin» es un libro muy importante y recomendable. A través de la noción de complejidad irreducible, Behe ha hecho un aporte fundamental al debate entre el darwinismo y el diseño inteligente. «La caja negra de Darwin» demuestra sobradamente que los abundantes sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos representan un obstáculo formidable para la teoría darwinista de la evolución; un obstáculo tal que no hay razón para suponer que ésta pueda superarlo algún día.

En cuanto al argumento positivo de Behe a favor del diseño, pienso que, aunque es esencialmente correcto, necesita ser reforzado por medio de una formulación matemática. En este sentido, los aportes de los dos principales exponentes del movimiento del diseño inteligente (Michael Behe y William Dembski) se complementan entre sí: la teoría matemática de Dembski sobre la información con complejidad especificada da una forma más rigurosa a la inferencia de diseño.

Fuente: http://infocatolica.com/blog/bloggerleen.php/1202201106-la-caja-negra-de-darwin-micha#c345832

Dios los bendiga.

 



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