¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?

“Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?” (Lucas 9.25, RVR60)


¿Importa lo que creamos?

¿Importa lo que creamos?

En aras de guardar la paz y las buenas relaciones, muchos expresan que lo más importante no es realmente lo que creamos, sino el respetar las ideas de los demás. En otras palabras, se promueve la indiferencia a la doctrina con el fin de hacer sentir bien a los que poseen una postura distinta a la nuestra.

Nuestra generación es pragmática—tiene una clara inclinación hacia lo que funciona. Quiere libros que brinden un atajo al conocimiento, libros enlatados, manuales para “idiotas” (como ellos mismos los llaman). Se evade el estudio serio de las cosas; se menosprecia la filosofía; las declaraciones de verdad están perdiendo adeptos. Cada quien es “libre” de creer lo que le parezca. Somos post-modernistas… personas con mente abierta a todo tipo de posturas y pensamientos; tolerantes con todas las corrientes del saber, excepto por supuesto con el absolutismo de los cristianos. Es lo que alguien ha llamado “la intolerancia de la tolerancia.”
Cuando estuvo en esta tierra, Jesucristo habló como un absolutista. Se identificó como “el camino y la verdad y la vida” (Juan 14:6) y como la única vía para ir la cielo. Hoy en día, no obstante, se aboga por la indiferencia de las convicciones. Se enseña que a final de cuentas todas las personas, con sus diferentes posturas, llegarán al cielo y pasarán la eternidad juntas. Nuestro Maestro no pensaba de esa manera. Habló en contra de los falsos profetas (Mateo 7:15), como luego también lo hicieron los apóstoles (Rom. 16:17-18; Gál. 1:6-10; 2 Pedro 2:1-2).
Dios está profundamente interesado en las doctrinas que creemos. Él se comunicó con su pueblo por medio de declaraciones de verdad.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar (impartir doctrina)… a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:1617).

Bien lo dice John Murray:

“El uso de la Escritura para la enseñanza (doctrina) es tan indispensable para equipar al hombre de Dios, como su uso para redargüir, corregir e instruir.”

En Efesios 4:11-15, el apóstol nos explica la necesidad de maestros para que la iglesia cumpla con su labor. ¿Qué enseñan estos maestros? Doctrina. Los hermanos deben crecer espiritualmente en base a la verdad que han abrazado (vv. 13-15), pues existe el peligro al que las falsas doctrinas exponen al pueblo de Dios.
¿Importa lo que creamos? Importa y mucho.

“Siempre encuentro que aquellos que son llevados por todo viento de doctrina son aquellos mismos que son demasiado perezosos para estudiar la doctrina” (Martyn Lloyd-Jones).


¿Está la iglesia fundada sobre Pedro o sobre Cristo?

¿Está la iglesia fundada sobre Pedro o sobre Cristo?

Según la doctrina Católica Romana, Pedro es la roca sobre la cual está edificada la iglesia. El pasaje que sirve de base para esta doctrina es Mateo 16:18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Antes de considerar la correcta interpretación de este pasaje y compararlo con otras declaraciones del NT, veamos algunas de las doctrinas que el catolicismo romano extrae de este texto, doctrinas que, como bien señala el ex sacerdote Francisco Lacueva, “constituyen toda la clave dogmática del sistema católico-romano” (La Iglesia, Cuerpo de Cristo; pg. 58).

Según la Iglesia Católica, en este pasaje Cristo constituyó a Pedro la roca sobre la cual estaría fundada Su iglesia. Cito aquí a un teólogo católico: “Cristo hizo a Pedro el fundamento de Su Iglesia, esto es, el garante de su unidad y de su fortaleza inconmovible, y prometió a Su Iglesia una duración perenne (Mt. 16:18). Ahora bien, la unidad y la solidez de la iglesia, no son posibles sin la recta Fe. Por tanto, Pedro es también el supremo maestro de la Fe. Como tal debe ser infalible en la promulgación oficial de la Fe, tanto en su propia persona como en la de sus sucesores (es decir, los Papas)” (cit. Por Lacueva; pg. 58; el paréntesis es mío).

Debo señalar que esta interpretación tiene carácter de dogma y, por lo tanto, debe ser creída por todos los miembros de la iglesia Católica Romana, so pena de eterna condenación. ¿Cuáles son las consecuencias doctrinales que emanan de esta interpretación bíblica? Básicamente tres:

En primer lugar, que el Papa, como Cabeza y Fundamento visible de toda la Iglesia, es el principio y raíz de de la unidad de la Iglesia.

En segundo lugar, que el Papa tiene sobre la Iglesia un poder de jurisdicción universal, supremo e inmediato sobre cada uno de los pastores, cada uno de los fieles y cada una de las iglesias. El Papa Bonifacio VIII declaró en cuanto a esto: “Toda criatura humana está sometida al Romano Pontífice, como algo necesario para su salvación”. De paso, es importante señalar aquí que el papa Francisco I declaró recientemente: “Es absurdo pretender vivir con Jesús, amar a Jesús y creer en Jesús, pero sin la Iglesia”. Y para que no haya dudas en cuanto a cuál iglesia se refería, exhortó a los fieles a caminar todos juntos, “llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, jerárquica y católica, como decía san Ignacio de Loyola”.

En tercer lugar, esta doctrina también afirma que el Papa es el único intérprete infalible de la Escritura y la tradición. Así que cuando el Papa habla ex cátedra, es decir, en calidad de maestro universal de la cristiandad, no puede equivocarse y, por lo tanto, todo el mundo está obligado a aceptar su interpretación.

Ahora bien, ¿enseña el Señor todo eso en este pasaje de Mateo 16:18? Lo primero que debemos hacer es colocar este texto en su contexto. Y el contexto de esta declaración es la pregunta que el Señor Jesús hace a los discípulos en el vers. 13: “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Noten que el centro de la cuestión era la identidad de Cristo, no de Pedro o de ningún otro de los apóstoles. El punto crucial de la pregunta del Señor en el vers. 15 era lo que ellos pensaban acerca de Él. “Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

¿Qué fue lo que el Padre reveló a Pedro? Lo mismo que revela a todo pecador para traerlo a la salvación: Que Jesús es el Cristo y el Hijo del Dios viviente. La palabra Cristo es la traducción griega de la palabra hebrea Mesías, que traducido al español significa “el Ungido”. Así que las palabras Mesías, Cristo y Ungido son equivalentes, pero en tres idiomas distintos. En el AT se ungía con aceite a los reyes, a los profetas y a los sacerdotes. Cuando el Señor Jesús es señalado como el Ungido de Dios, como el Cristo, lo que se quiere significar es que Él es Rey, Profeta y Sacerdote. En Su Persona estos tres oficios alcanzan su punto más alto y definitivo. Y es en ese contexto que el Señor dice a Pedro en el vers. 18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

Hay un juego de palabras aquí. El nombre de Pedro significa “piedra”, una referencia a la obra que Cristo estaba haciendo en este hombre que había mostrado ser tan impulsivo y voluble en ocasiones. “Tú eres Pedro – una piedra – y sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (y allí el Señor usa la palabra griega kefa que señala una gran piedra firme y estable).

“Tú eres una piedra, pero yo edificaré mi iglesia sobre una roca firme e inamovible”. Si la intención hubiera sido señalar a Pedro como el fundamento, hubiera sido más natural decirle: “Tu eres Pedro y sobre ti edificaré mi iglesia”; pero eso no fue lo que Cristo dijo, sino más bien: “Sobre esta roca, sobre eso que acabas de confesar de que yo soy el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. La Iglesia está fundada sobre la identidad de Jesús como el Hijo de Dios y como el Mesías prometido en el AT.

Agustín de Hipona, que vivió en el siglo V y a quien la iglesia Católica venera como santo, parafrasea el texto de Mt. 16:18 de este modo: “Sobre esta piedra que has confesado, edificaré mi iglesia. Pues la piedra era Cristo – dice Agustín – y el mismo Pedro fue edificado también sobre este fundamento”.

Si todavía alguien tiene duda al respecto, entonces debemos dejar que el mismo Pedro nos explique el sentido de estas palabras. En Hch. 4:11-12 él declaró: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Cristo es la piedra angular sobre la cual está siendo edificado este templo espiritual, la iglesia. Su Persona y Su obra sustentan el edificio y le proveen simetría y fortaleza. La Iglesia no está fundada sobre ningún hombre, sino sobre el Dios – Hombre. De ahí su gloria y su fortaleza. Pedro recalca esta enseñanza en su primera carta cuando escribe: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

Y lo mismo dice el apóstol Pablo en Efesios 2:19-22: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

He ahí, entonces, el fundamento de este templo espiritual, la iglesia: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Sólo a Él escogió Dios el Padre como “la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”, dice el apóstol Pedro en su primera carta (1P. 2:6). Por lo tanto, sólo “el que creyere en Él, no será avergonzado”. Todo lo demás es doctrina de hombres, sin ningún valor.

Dios los bendiga.


Interpretaciones convenientes

Interpretaciones convenientes

Por Christopher Shaw

Arrojando piedras contra David y contra todos los siervos del rey David, mientras todo el pueblo y todos los hombres valientes marchaban a su derecha y a su izquierda. Simei lo maldecía diciendo: «¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago por toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en manos de tu hijo Absalón; has sido sorprendido en tu maldad, porque eres un hombre sanguinario». 2 Samuel 16.6–8

La escena que hoy nos trae el texto bíblico ocurre en el momento en que Absalón se levantó en rebelión contra su padre David. El rey, temiendo por su vida y la de los suyos, abandonó Jerusalén y huyó al desierto. En el camino, cansado y triste, le salió al cruce este descendiente de Saúl, que lo insultaba y agredía con piedras.

Lo invito a que reflexionemos juntos, por un instante, en la interpretación que le da este hombre a los eventos que estaban sucediendo en Israel en ese momento. Con todo el rencor y la ira acumulada por la pérdida del reino, Simei proclamaba confiadamente: «Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón». Seguramente su denuncia no carecía de cierta satisfacción perversa en la situación, pues Simei veía en estos eventos el pago por todo el mal que había vivido la casa de Saúl.

Lo que debe atemorizarnos es esa tremenda facilidad que poseemos de interpretar el accionar de Dios según nuestra propia conveniencia; y no solamente esto, sino tener profunda convicción de que las cosas son, en realidad, así como las estamos describiendo. Saúl mismo, con todos los delirios que había experimentado por darle la espalda a Dios, le había también dado, en su momento, esta conveniente interpretación a las circunstancias. Cuando uno de sus hombres delató el lugar donde se escondía David, había exclamado: «Dios lo ha entregado en mis manos, pues él mismo se ha encerrado al entrar en una ciudad con puertas y cerraduras» (1 S 23.7). Hacía tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de Saúl, pero él seguía creyendo que el Señor lo ayudaba en su afán de destruir a David.

Sabemos que en ambas situaciones la interpretación de estos dos hombres estaba completamente errada. Lo sabemos, sin embargo, porque poseemos el relato completo de la historia, junto a la interpretación de quien escribiera este libro. ¿En cuántas situaciones, donde no contamos con estos elementos, nos convencemos de estar interpretando correctamente el accionar de Dios, no sabiendo que estamos completamente equivocados? La equivocación es fácil de cometer, pues cada uno de nosotros somos arrastrados por los intereses personales de nuestra propia vida. Imaginamos que Dios está prácticamente abocado a acomodar todas las cosas solamente para nosotros.

La verdad es muy diferente. Los caminos del Señor no son nuestros caminos, ni tampoco sus pensamientos son los nuestros. Si somos honestos, tenemos que reconocer que su manera de moverse es radicalmente diferente a la nuestra. Por esta razón, conviene mucha mesura a la hora de interpretar espiritualmente los acontecimientos que nos rodean. ¿Quién puede verdaderamente entender los misterios de Dios?

Dios los bendiga

 


Lo ordinario de la fe

Lo ordinario de la fe

Por Christopher Shaw

¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos». Lucas 17.9–10

Hemos estado considerando algunos aspectos de este pasaje que presenta una de las enseñanzas que Cristo le dio a los discípulos acerca del tema de la fe. En nuestra reflexión de hoy queremos examinar el ejercicio de la fe en la vida del cristiano.

Subsiste una tendencia entre nosotros a creer que el ejercicio de la fe en la vida es algo especial. Cuando relatamos anécdotas donde se vieron extraordinarias manifestaciones de fe lo hacemos con ese asombro de quienes están frente a algo increíble. No pocos dentro de la iglesia creen que hay personas que poseen una capacidad especial para moverse en fe, personas que están en otra dimensión de la vida espiritual que nosotros. Esto no hace más que recalcar que estamos distanciados de la clase de vida que deberíamos estar viviendo en Cristo Jesús.

En el pasaje de hoy Cristo ilustró esta verdad con el trabajo de un siervo en el campo. Habiendo recibido instrucciones al inicio del día, el siervo salió y trabajó toda la jornada en lo que se le había mandado. Cuando llegara la tarde, ¿el amo de aquel siervo lo esperaría con la cena lista, como premio por el buen desempeño que tuvo durante el día de trabajo? ¡Por supuesto que no! No recibiría ningún tipo de reconocimiento, porque en realidad no había estado haciendo más que cumplir con lo que se le había mandado hacer.

De la misma manera, el discípulo que vive por fe no está demostrando un extraordinario compromiso con Cristo, ni avanzando más allá de lo que se espera de él. Simplemente está viviendo de la manera que su amo espera. Moverse por fe, entonces, no es vivir con un mayor grado de compromiso que los demás. Es, simplemente, vivir la vida espiritual como Dios manda. Él nos da a cada momento sus instrucciones, y nosotros obedecemos, haciendo exactamente lo que él nos indica hacer. No tiene ningún mérito lo que hacemos.

Tratar con especial reverencia a aquellas personas que se mueven por fe no hace más que ofrecer un elocuente testimonio de la pobreza de nuestra propia vida espiritual.

Se cuenta que Jorge Müller, el hombre que fundó incontables orfanatos moviéndose solamente por fe, visitó muchas iglesias en los últimos años de su vida, dando testimonio de cómo el Señor había provisto fielmente para las necesidades de miles de niños. La gente que lo escuchaba se maravillaba del gran compromiso que tenía este hombre. Müller les señalaba, sin embargo, que él no había hecho nada extraordinario. Simplemente escogió creer las promesas del Señor cada día de su larga vida. Había hecho lo que se le pide a todo el que cree en Cristo, y eso no tiene ningún mérito en el reino. Fue, en última instancia, nada más que un siervo inútil.

Saludos