Una Carrera de Vida Eterna

Una Carrera de Vida Eterna

Hebreos 12:1–2

«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios».

Los últimos versículos del capítulo 11 nos dan la idea de un gran ejército de soldados rasos que lucharon fielmente por la fe. Después de la lista excelsa de pro-hombres de la historia de Israel, desde los primeros patriarcas hasta los profetas, mencionados por nombre en la primera parte del capítulo, el autor nos ha hablado de otros héroes anónimos que, sin embargo, sirvieron fielmente al Señor hasta el punto de sufrir el martirio por Él. Ninguno de estos mártires es nombrado excepto uno: nuestro Señor Jesucristo.

Una vez concluido el gran desfile de los héroes de la fe, ahora se nos presenta el más grande de ellos. Hemos llegado a la culminación. Cuando vemos a Jesucristo ya no tenemos ojos para los demás. Él llena nuestra visión. La gloria de las proezas de los héroes anteriores queda eclipsada.

Ahora, pues, «ponemos los ojos en Jesús» (v. 2). Y cuando le contemplamos ¿qué es lo que vemos? La misma ambivalencia que hemos estado viendo desde el principio de esta Epístola. Por un lado vemos a Aquel que sufrió. Por otro vemos a Aquel que ahora reina a la diestra del Padre (v. 2).

Ya lo veíamos en el capítulo 2, versículo 9: «Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles… a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos». Era necesario que Él padeciese para efectuar nuestra redención, que fuese perfeccionado por aflicciones como autor de nuestra salvación (v. 10), que participase de nuestra condición humana para expiar los pecados del pueblo (v. 17). Pero Aquel que murió también es el Jesús que ahora vemos «coronado de gloria y de honra».

Ya lo veíamos también en el capítulo 1, versículo 3: «…habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Y en el capítulo 10, versículo 12: «Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios».

Ahora volvemos a ver lo mismo. Jesucristo sufrió la Cruz; ahora reina en gloria. Así es la vida de fe. Participa de los padecimientos de Jesucristo, para luego participar de su gloria.

El grano de trigo primero ha de morir, luego florece. Primero el creyente se encuentra en medio de tribulaciones, angustia y prueba; luego vendrá la vindicación y la gloria. Así fue en el caso de los héroes anónimos. Así fue en el caso de Jesucristo, el testigo supremo.

LA ILUSTRACIÓN DEL ATLETA

El capítulo empieza con estas cuatro palabras: «Por tanto, nosotros también». En cierto modo resumen todo lo que vamos a ver en este estudio. A lo largo de nuestro estudio del capítulo 11, íbamos aplicando los diferentes ejemplos de la fe a nuestra situación actual. Pero el autor mismo ha reservado su «aplicación» hasta ahora. Él se ha limitado a describir las historias de fe sin más comentarios. Es ahora, al concluir la relación, cuando se vuelve hacia nosotros y nos dice, a la luz de aquellos ejemplos de la fe: «Por tanto, nosotros también…»

Ahora nos toca a nosotros hacer el relevo. Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿Cómo va nuestra vida de fe? ¿Cómo está nuestra relación con Dios? ¿Estamos en forma espiritual? ¿O con el paso del tiempo nos hemos desanimado?

Hemos de servir al Señor en nuestra generación, como aquellos héroes sirvieron en la suya. Ellos mantuvieron fielmente el testimonio de la fe, aun al precio de su vida. Ellos son un testimonio elocuente para nosotros de que la fe vale la pena. Por muy mal que lo pasemos vendrá el cumplimiento de las promesas de Dios. Ahora, pues, nos corresponde a nosotros seguir su ejemplo.

A fin de estimularnos en este seguimiento, el autor utiliza una ilustración que es bien conocida en las páginas del Nuevo Testamento, la de una carrera atlética.

Ésta es una ilustración especialmente apreciada por el apóstol Pablo. Al despedirse de los ancianos de Éfeso, dice:

«De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo…» (Hechos 20:24).

Aplica la misma metáfora a los gálatas:

«Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?» (Gálatas 5:7).

Y también a Timoteo:

«el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente» (2 Timoteo 2:5).

«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7).

Pablo tiene la misma perspectiva que el autor de Hebreos. La vida de fe es una carrera y quien corre en ella no tiene tiempo para enredarse en otros asuntos. Va hacia la meta. Ésta es su gran preocupación y todo lo demás lo tiene por trivial y secundario. (Ver también Romanos 9:16; 1 Corintios 9:24, 26–27; Gálatas 2:2; Filipenses 2:16; 3:14).

En un peregrinaje caminamos lentamente de día en día. En una carrera también vamos hacia una meta. Pero ahora hay una nota de urgencia en nuestro avance. Debemos concentrar nuestra atención en lo primordial y, si es necesario, dejar de lado otras cosas que en sí pueden ser legítimas. Lo importante es llegar a la meta.

Esto lo hemos visto en los santos de antaño. Por ser creyentes no se dejaron deslumbrar por lo visible, lo material y lo terrenal, sino que tenían los ojos bien abiertos para ver lo invisible, lo futuro, lo celestial. Tenían la mirada puesta en la meta, en aquello que no se ve, sino que se espera. Veían la ciudad celestial y la esperaban con ilusión (Hebreos 11:10). Tenían «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26).

Participar en una carrera requiere esfuerzo, sacrificio y el abandono de todo tipo de distracción. Ningún perezoso ganó jamás una carrera. Así pues, el autor concluirá su exhortación con estas palabras:

«Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado» (Hebreos 12: 12–13).

Gracias a Dios hoy mismo es posible la sanidad de nuestra cojera espiritual. En estos momentos algunos podemos estar desanimados, otros en pecado, otros, por diferentes motivos, parados en el camino. Pero no hay ninguna razón por la que tengamos que permanecer estancados. Este capítulo es un reto a la perseverancia.

«Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Esto nos recuerda otra cita del apóstol Pablo:

«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13–14).

Si la carrera está por delante, implícitamente hemos de despreocuparnos de lo que queda atrás. Y esto en varios sentidos.

En primer lugar, no debemos permitir que los fracasos del pasado nos desanimen. Si hemos sido creyentes desde hace cierto tiempo, es casi seguro que podremos mirar atrás y ver muchos fracasos. Hemos decepcionado al Señor en muchas ocasiones. Hemos caído en pecado. Incluso es posible que hayamos caído en pecados muy serios. Todas estas situaciones de fracaso son empleadas por el maligno. Él erosiona nuestra confianza y nuestro ánimo diciéndonos: ¿Cómo te atreves a pensar que puedes seguir hacia adelante? ¿No ves que eres un fracasado? Pero el Señor no quiere que vivamos con nuestro pasado atado al cuello, sino que prosigamos hacia adelante. Por supuesto, necesitamos solucionar las situaciones del pasado, confesándolas al Señor, buscando la limpieza de Dios en arrepentimiento. Pero una vez hecho esto, no hemos de vivir paralizados por una mala conciencia ni desanimados por los fracasos del pasado. Puesto que en el Señor hay sanidad de nuestro pasado, podemos y debemos seguir adelante.

En segundo lugar, no debemos desviarnos por las tentaciones que deberíamos haber dejado atrás. Éste era el problema de Israel en el desierto. Tendría que haber ido por el desierto con la mirada puesta en la tierra prometida. Pero tantas veces tenía la mirada puesta en Egipto. Añoraba lo que tendría que haber dejado atrás.

Ninguno ha ganado una carrera mirando hacia atrás. Al contrario, muchos han perdido la carrera porque en el último momento descuidaron la meta y miraron atrás para ver lo que hacían los demás. Como creyentes debemos dejar atrás lo que pertenece a nuestro pasado: las tentaciones del pecado, las distracciones del mundo.

En tercer lugar, no tenemos que vivir de las rentas del pasado. El maná de ayer no vale para hoy. Tampoco la fe de ayer.

Puedes haber sido un gran creyente hace veinte años, pero no debes vivir ahora sólo a base de recuerdos. Si verdaderamente fuiste un gran creyente en aquel entonces, también lo serás hoy. Puedes haber servido al Señor de formas específicas y muy fructíferas en el pasado. Pero lo que importa hoy es que sigas sirviendo al Señor.

Algunos creyentes parecen vivir en el pasado. Recuerdan con nostalgia los viejos tiempos como los mejores. Es como si dijesen: Ya vale; he corrido tanto hasta aquí que el Señor se conformará con lo que ya he hecho. Tal actitud es un engaño. La carrera está aún por delante. Debemos proseguir a la meta.

NUESTRA CARRERA

¿Cómo hemos de correr? Acabamos de ver una primera respuesta a esta pregunta: con la mirada hacia adelante. Sin embargo es una respuesta implícita en el texto («la carrera que tenemos por delante») más que explícita. En cambio el autor nos habla explícitamente de cuatro características de la carrera.

1. Conforme al testimonio de los santos de antaño

En primer lugar él nos recuerda que debemos correr sabiendo que «tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos». ¿Qué quiere decir con esto?

Evidentemente la referencia es a los héroes de la fe que él ha descrito en el capítulo 11. Pero ¿en qué sentido son ellos «testigos»?

No se identifica a estos “testigos”, pero la palabra que se emplea en el original griego es martus, término del que proviene nuestro vocablo “mártires”, pero que también implica testigos judiciales. No se trata, pues, de meros espectadores, pues en el griego había una palabra específica para ellos, sino más bien de aquellos cuyas experiencias y ejemplo atestiguan la fidelidad de Dios y nos inspiran a correr mejor. Ellos nos señalan que por medio de la fe puede obtenerse la victoria.

Hay muchas maneras en las que nuestra fe será probada. Necesitamos esta variedad de ejemplos. De lo que estos testigos testifican es de la fidelidad de Dios. Vale la pena seguir adelante en la vida de fe. No debemos desanimarnos. Este es su testimonio. Nos hablan del poder sustentador de Dios.

2. Despojándonos de todo el peso y del pecado que nos asedia

En segundo lugar, si vamos a correr bien debemos prescindir de todo aquello que nos frenaría en la carrera.

La palabra «peso» puede tener dos significados. En primer lugar, puede significar aquellos «kilos de más» que algunos adquieren con el paso de los años y que les impiden moverse con agilidad. Nadie puede correr bien en una carrera si no está en buena forma física. Por esto los atletas dedican muchas horas diarias a entrenarse. Si ganan peso, en seguida intentan eliminarlo.

Es en este sentido que Pablo, escribiendo a los Corintios, habla de la disciplina que él se impone en la vida de fe:

«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la aventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Corintios 9:24–27).

Necesitamos disciplina en la vida cristiana -incluso es posible que en momentos determinados necesitemos austeridad- a fin de no acabar siendo unos creyentes fofos y pesados, incapaces de correr en la carrera de la fe.

Pero la palabra «peso» también puede referirse a cosas accesorias que no debemos llevar en la carrera. Nunca verás a un atleta correr con la bolsa de la compra en la mano, ni vistiendo traje y gabardina. Antes de bajar a la pista, el atleta va al vestuario, deja allí todas sus pertenencias, se desnuda y se pone una ropa ligera, a fin de correr bien.

La palabra «peso», por lo tanto, puede tener estos dos matices. Pero el verbo «despojémonos» nos inclina al segundo de ellos. Es un verbo que significa «quitar de encima», como cuando nos desvestimos. Tenemos que despojarnos de todo aquello que pueda estorbarnos en la vida de fe.

¡Qué importante es adquirir madurez y prudencia en esto! Porque hay dos extremos. Podemos ir por la vida con un desprecio abierto hacia todo aquello que no sea específicamente espiritual. Así deshonramos a Dios, porque despreciamos lo que Él mismo ha creado e instituido. Por otro lado podemos llenar de tal manera nuestras vidas de posesiones materiales, compromisos laborales y sociales, gustos y pasatiempos, actividades y relaciones, que no tengamos tiempo para participar en la carrera.

Quien tiene muchos números en la cuenta bancaria sabe que las riquezas traen enredos y preocupaciones. Si tienes dos casas, tienes el doble de problemas domésticos que atender que si tienes una sola. Si te suben de categoría en la empresa, es probable que adquieras nuevas preocupaciones y tengas que dedicar más tiempo al trabajo.

Como creyentes necesitamos desembarazarnos de enredos. Esto no quiere decir que tengamos que vivir en la miseria física ni que necesariamente debemos rehuir mayores compromisos sociales. Pero sí quiere decir que necesitamos prudencia para saber cuál es el llamamiento de Dios en nuestro caso, y para distinguir entre compromisos legítimos y enredos innecesarios.

Debemos tener prioridades correctas. Estamos en una carrera. Hay una meta que alcanzar. Para seguir adelante no podemos sacrificar ni nuestra comunión con Dios, ni nuestro estudio de su Palabra, ni la participación en su pueblo. Cualquier cosa que intervenga para impedir que corramos bien, tendrá que ser eliminada.

Esto es lo que Pablo dice a Timoteo, si bien la metáfora es la del soldado, no del atleta:

«Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que le tomó por soldado» (2 Timoteo 2:4).

La frase siguiente, «el pecado que nos asedia», es aún más contundente. Hay cosas que de ninguna manera se pueden tolerar en la vida cristiana. Puede haber cosas legítimas en sí, de las cuales conviene desembarazarse para correr bien. Pero hay otras que ni siquiera son legítimas en sí. Son pecado.

El apóstol Pablo también habla de la necesidad de despojarnos de la vida anterior, caracterizada por el pecado.

«Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno… Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:8–10, 12–13).

El texto sigue con una lista de virtudes que representan la «ropa ligera» que como atletas cristianos tenemos que llevar puesta, en contraste con la ropa pesada y pecaminosa del viejo hombre que antes llevábamos.

Me pregunto si reconocemos el pecado por lo que verdaderamente es. ¿Qué es lo que estorba nuestro avance en la vida cristiana? ¿La mala salud? («Quisiera estar en los cultos pero no puedo. Mi salud no me lo permite. Si no fuera por ello, yo sería un creyente fiel».) ¿La falta de dinero? («Para llevar adelante a la familia tengo que trabajar más horas y esto no me permite que avance tanto en la vida cristiana».) ¿Las tribulaciones? ¿Los disgustos? («Yo sería un buen creyente, pero he visto cosas tan feas en otros cristianos que me he desanimado en la carrera».) Ninguna de estas cosas es motivo válido para no seguir corriendo como atleta.

Nuestra carrera, por así decirlo, no es una carrera lisa, sino de vallas. Los obstáculos están allí. Es necesario que vengan los tropiezos, dijo el Señor Jesucristo (Mateo 18:7). Son una parte necesaria de la carrera. Por medio de las pruebas y dificultades el Señor fortalece nuestra fe. Ninguna de estas cosas impedirá nuestra carrera si tenemos fe. No están allí como excusa para que nos desanimemos.

No. Lo que verdaderamente nos estorba en la vida de fe es el pecado. No son las circunstancias. No son los demás hermanos. No son las pruebas.

Aquel hermano que te ha ofendido, ¿realmente es la causa de que no corras bien? ¿No es más bien tu propio resentimiento, tu reacción pecaminosa ante él? El pecado está en ti.

Y el pecado es pegajoso. «El pecado que nos asedia». De hecho este verbo en griego es una palabra que sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento, y los expertos no saben exactamente qué matiz tenía en el primer siglo. Por esto, las diferentes traducciones del Nuevo Testamento la interpretan de maneras distintas. Algunas dicen: «el pecado que nos conduce a tantas angustias». Otras: «el pecado que es tan admirado por el mundo». Predomina, sin embargo, la idea de la proximidad: «el pecado que se aferra a nosotros tan de cerca que nos acosa» (ver Hewitt, p. 190).

Existe una variante de esta palabra en el manuscrito más antiguo que tenemos en Hebreos (llamado P46). Allí dice: «el pecado que nos distrae», lo cual ha dado lugar a la Versión Popular: «el pecado que nos enreda».

Desde luego, todas estas cosas son ciertas en cuanto al pecado. Nos complica la vida desde muchos ángulos. Pensamos que nos lo hemos quitado de en medio, pero luego descubrimos que aún está presente:

«¡Nos conviene tener delante el cuadro grotesco de un atleta que se dispusiera a dar principio a la carrera envuelto en un gabán y llevando una maleta! ¿Qué esperanza podría tener de terminar bien al lado de competidores ligeramente ataviados? Sin embargo, en la carrera cristiana este cuadro es conocidísimo: tanto que nos hemos olvidado de que es ridículo disponernos a la carrera que nos es propuesta por Dios mismo, y cuya meta es el cielo, siendo la recompensa la corona de gloria, con manos y pies trabados por un testimonio defectuoso, por los pecados que permitimos –que lo son de verdad, por mucho que quisiéramos disfrazarlos como los “defectos normales en el hombre”– y por preocupaciones materiales y humanas que ocupan mucho más de nuestro pensamiento y energías que no el hacer la voluntad de Dios» (Trenchard, p. 213).

Es cierto. Nos reiríamos de cualquier atleta que fuera a las olimpiadas vestido de bombero. Sin embargo, nosotros actuamos como si pudiéramos participar en la carrera espiritual y a la vez llevar encima toda una serie de hábitos, pecados, enredos y ambiciones mundanos. No podemos. Hemos de despojarnos de todas estas cosas.

Si en estos momentos tú sabes que hay algo en tu vida que no es lícito, que estorba tu carrera, debes dejarlo. Puede ser un pasatiempo que te absorbe demasiado, un compromiso laboral que no te deja tiempo para la familia ni para el Señor, una relación que no contribuye a tu crecimiento espiritual, un hábito pecaminoso… Sea lo que sea, escucha lo que el Espíritu te dice: «Despojémonos de todo el peso y del pecado que nos asedia».

3. Con paciencia

No vamos a detenernos mucho en esta tercera característica de nuestra carrera, porque la hemos visto en otras ocasiones (por ejemplo en torno al Hebreos 6:12 ó al Hebreos 10:36). En la Biblia la paciencia nunca es meramente pasiva. No es sólo aguantar. Es mucho más dinámica.

Hemos de correr. ¿Cómo puedes correr «con paciencia» si entiendes la paciencia como algo pasivo?

No. En la carrera la paciencia es la perseverancia, la determinación. Este es el peso de la palabra aquí. Hemos de seguir adelante a pesar de los motivos de desánimo. Hemos de ejercer la fe a pesar de las pruebas, decepciones y tribulaciones del camino.

Vamos a proseguir hasta el fin solamente si adquirimos esta determinación. A nosotros, como a los héroes de antaño, nos es necesaria esta paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengamos la promesa (Hebreos 10:36).

4. Puestos los ojos en Jesús

Con esta cuarta característica, llegamos a la culminación de lo que el autor quiere decirnos acerca de la carrera. Sobre todo debemos correr con los ojos puestos en Jesús. Pero puesto que el autor elabora mucho este punto, vamos a abrir una nueva sección en nuestro estudio y considerar a Jesucristo como nuestro sustentador y modelo en la carrera.

Dios los bendiga

Burt, D. F. (1992). Vol. 136: En Busca de la Ciudad Eterna, Hebreos 12:1–13:25. Comentario Ampliado del Nuevo Testamento. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE.

Página .  Exportado de Software Bíblico Logos 5, 08:34 p.m. 12 de marzo de 2013.

1 Morris, C. A. (1999). Comentario bı́blico del continente nuevo: Hebreos (130–131). Miami, FL: Editorial Unilit.



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