¡Demasiado Fácil!

¡Demasiado Fácil!

Gálatas 1:1–5

Todas las religiones del mundo estipulan que la persona que quiera satisfacer a Dios y obtener la vida eterna, debe hacer méritos propios para cumplir los requisitos divinos. Una salvación basada únicamente en la fe, sin otra condición,se considera “demasiado fácil”. Algunos dicen que “Dios no puede pasar por alto los años pasados en pecado y aceptar una decisión repentina de confiar en Cristo (algunas veces tomada a la hora de la muerte), como suficiente para tener la vida eterna”.

Las religiones paganas primitivas exigían sacrificios u ofrendas para satisfacer a sus dioses y recibir sus bendiciones. Como consecuencia, la gente pasaba toda la vida esclavizada por el temor a morir (Hebreos 2:15), porque no sabían qué esperar de esos dioses que aunque no eran justos ni santos, controlaban el destino del mundo (Gálatas 4:7–9).

Algunos sistemas religiosos orientales son distintos a los de occidente. Postulan que todo el universo es un gran dios del que los humanos forman parte y con el cual deben identificarse para poder participar de su poder divino. Así que cada hombre debe relacionarse con la naturaleza que le rodea a fin de tener unidad con ese dios universal. Esa comunión la logra a través de la meditación y otras actividades.

La iglesia tradicional (no evangélica) de occidente, y las sectas falsas derivadas de ella (en su mayoría ramificaciones de la fe judeocristiana), creen en algunos aspectos de la verdad acerca de Jesucristo. Sin embargo, apoyan el sistema basado en las buenas obras del individuo como condición para obtener la gloria. Aunque algunas reconocen la importancia de la muerte de Cristo, creen que tenemos que añadir algo a su sacrificio para obtener un grado suficientemente elevado de bondad como para merecer la vida eterna. La dificultad estriba en que no se sabe, sino hasta después de la muerte, si se ha alcanzado ese grado o no.

Algunas veces se encuentra esta misma creencia en las iglesias evangélicas. ¿Cómo puede aceptar Dios una decisión intelectual, tomada algunas veces muy tarde en la vida, como requisito único para salvar a alguien que ha pasado parte de su existencia insultándolo y rebelándose contra él? ¡La salvación debe costar más que eso! ¿No es cierto? Con frecuencia se oye en nuestras iglesias que para ser salvos, o al menos para ser aceptados per Dios, debemos hacer ciertas cosas o dejar de hacer otras.

También en los tiempos de Cristo y de Pablo era común esta idea entre la gente de Israel. El judaísmo incluía 613 mandamientos, entre los cuales había 248 exhortaciones positivas y 365 prohibiciones, una para cada día del año. Por eso cuando Cristo vino, la gente le preguntaba constantemente: “¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?”

El Señor siempre contestó esa pregunta de una manera que nos parece demasiado difícil, porque él deseaba enseñarles que nunca podrían hacer suficientes méritos, y que cuando reconocieran su incapacidad de ganar la salvación por ellos mismos, la buscaran basados en la misericordia y gracia de Dios. Por ello, muchos se apartaron con tristeza, porque queriendo establecer su propia justica, se daban cuenta de que jamás lo lograrían (Romanos 10:1–4).

En el Sermón del Monte, Cristo les dijo que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarían en el reino de los cielos (Mateo 5:20). A continuación les explicó las exigencias divinas si querían alcanzar la justificación por méritos propios (Mateo 5:21–48).

Asimismo, en Lucas 10:25–37 y 18:18–27, Cristo afirmó que las normas antiguas del judaísmo no servirían para darles vida eterna porque nadie las podía cumplir totalmente. Lo que quería era que reconocieran su incapacidad de salvarse a sí mismos, y que confiaran en él.

El mensaje del Nuevo Testamento indica que es necesario dar tres pasos para tener vida eterna. En primer lugar, reconocer la necesidad de la salvación. Debido a que somos pecadores rebeldes, estamos bajo la condenación de Dios y jamás podremos hacer suficientes buenas obras para salvarnos (Romanos 3:9–20).

En segundo lugar, aceptar que Dios hizo la provisión para salvarnos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8; Juan 3:16; 1 Pedro 3:18). El pagó el precio de nuestras culpas, las cuales nosotros debíamos haber liquidado personalmente.

Finalmente, para recibir la vida eterna, tenemos que dejar de depender de nosotros mismos y confiar en Jesucristo (Hechos 16:30–31; Juan 3:16; 5:24; 1 Juan 5:11–13). ¿Ha dado usted estos tres pasos? Si no lo ha hecho, hágalo ahora mismo.

Pablo pasó todo su ministerio luchando contra los conceptos legalistas de quienes querían ser hallados justos y ser aceptados por Dios por méritos propios. Entre ellos estaban los judaizantes, quienes se habían infiltrado en la iglesia de Jesucristo en todas partes, oponiéndose a la predicación del mensaje de salvación en Cristo.

En realidad había tres clases de judaizantes que afectaban tanto a la iglesia primitiva como al ministerio de Pablo. La primera la formaban algunos discípulos de Jesucristo. Su doctrina se basaba en ver quiénes podían ser salvos. Pedro y otros apóstoles consideraban que la salvación era sólo para los judíos. Por eso, sólo predicaban el mensaje de las buenas nuevas a los de esa raza y evitaban en lo posible entrar en contacto con los gentiles paganos. Esto se remedió posteriormente, como lo relata Hechos capítulos 10 y 11, cuando aceptaron que el evangelio incluía a los gentiles también, y que éstos no tendrían que convertirse al judaísmo para ser aceptados por Dios, porque él no hace acepción de personas.

Después de convenir en este principio, los apóstoles tuvieron que resolver un problema adicional, el de determinar cómo podrían ser salvos esos gentiles. Pablo y otros habían dicho que la salvación se obtenía sólo por medio de la fe, pero los judaizantes de la segunda clase, insistían en que se limitaba a quienes obedecieran la ley de Moisés. Este debate se resolvió en el Concilio de Jerusalén como lo relata Hechos 15. En él quedó claro que la salvación sólo es por fe e incluye a judíos y a gentiles.

Se podría imaginar que esta decisión eliminaría el legalismo. Sin embargo, la naturaleza de una religión basada en las obras no muere fácilmente. Parece que siempre buscamos la manera de afirmar nuestra justicia personal frente a Dios. Por eso una tercera clase de judaizantes apareció, pero con una idea nueva.

Aunque aceptaban que la salvación incluía a los gentiles y que la única condición para ser salvos era la fe, levantaron otra polémica: ¿Cómo podrían agradar a Dios? Contestaban diciendo que para estar en comunión con Dios y agradarle en la vida diaria, debían vivir conforme a la ley mosaica.

Esta cuestión siguió afectando a las iglesias durante todo el ministerio de Pablo y aún hoy se encuentra en muchas congregaciones evangélicas. Algunos cristianos dicen que tenemos que cumplir con ciertos requisitos para ser salvos y hacer determinadas cosas para llegar a ser cristianos “espirituales”, y tener verdadera comunión con Dios.

Pablo responde a esta enseñanza con un mensaje donde proclama la libertad y afirma que ya no estamos bajo ley. Para agradar a Dios, podemos acercarnos a él por medio de la fe en Cristo y caminar con él cada día, andando en un estilo de vida basado en la misma fe, no en las obras de la ley (Colosenses 2:6–7). De principio a fin, nuestra relación con Dios se basa en la obra de Cristo consumada en la cruz. Este mensaje es el que caracteriza al ministerio de Pablo y a su epístola a los gálatas.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

Dios los bendiga.

 



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