La Búsqueda de Dios

La Búsqueda de Dios

 

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un destello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean conocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras “interpretaciones” de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único precursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la “penetrante dulzura” del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y cantaron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos, que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus propias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros púlpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, “Las ovejas hambrientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta.” Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa.” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

La doctrina de la justificación por la fe —verdaderamente bíblica y bendita liberación del legalismo estéril y los vanos esfuerzos personales— ha caído en nuestros días en mala compañía. Muchos la han interpretado en manera tal que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Todo el procedimiento de la conversión religiosa ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejercer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma ni tenerle amor alguno. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Nosotros los cristianos corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través de un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despectivamente algunos ministros que se satisfacen con poco, pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de corazón ardiente.

San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquellos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

Gustamos de tí, santo y vivo pan

y ansiamos seguir comiendo aún más;

Bebemos de tí, puro manantial

Sin querer dejar de beber jamás.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, ruégote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Exodo 33:13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria” (vs. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espirituales. En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo: “y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Nuestros himnarios tradicionales están llenos de himnos que expresan el gozo de los creyentes de antaño de haber hallado a Dios después de larga búsqueda. Pero actualmente se cantan muy pocos de esos himnos. Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros. Hacemos depender toda la vida cristiana del acto inicial de “aceptar” a Cristo (una palabra, de paso, que no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra revelación de Dios a nuestras almas. Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruído en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

Rehuyen así la teología del corazón que experimentaron y experimentan aún multitudes de santos, y aceptan una presunta interpretación de las Escrituras que habría asombrado a Jesús y los apóstoles.

Reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta general tibieza, que no se conforman con esa lógica superficial. Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, “¡Oh Dios, muéstrame tu gloria!” Es que quieren probar, tocar con sus corazones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

Mi deliberada intención es estimular este deseo de hallar a Dios. Es la carencia de ese deseo, de esa hambre, lo que ha producido la actual situación de desgano, tibieza y desinterés en que está sumida la iglesia. La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual. Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo nunca se manifestará a su pueblo. ¡El quiere que le deseemos! Y triste es decirlo, él nos está esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo. Y hasta ahora ha sido en vano.

Cada siglo tiene sus propias características. Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma. La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superficial conocimiento que tenemos de Dios. Y que es muy poco lo que sabemos acerca de su paz.

Si queremos hallar a Dios en medio de tanta aparatosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a él, para luego seguir en pos de él con toda sencillez. Hoy en día, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los “niños” y se oculta de los sabios y entendidos. Debemos allegarnos a él del modo más sencillo, y para ello, debemos valernos de medios esenciales, que son ciertamente muy pocos. Debemos evitar toda cosa que tienda a llamar la atención, y acercarnos a él con el candor y la sinceridad de la niñez. Si así lo hacemos, Dios no tardará en responder.

Cuando la religión ha dicho la última palabra, nada necesitamos sino a Dios mismo. La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide hallarle a él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing (“La Nube de lo Desconocido”), nos dice como podemos hacerlo: “Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a él, y no a sus dones. Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios.”

También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de todo, hasta de nuestra teología, pues “basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo únicamente de él.” Por debajo de estos pensamientos descansa la verdad del Nuevo Testamento, pues sigue explicando que “Dios te ha hecho, y te ha comprado, y movido por su tierna gracia, te llama.” Lo que él quiere es la sencillez. “Si queremos que se nos dé la religión envuelta y arrollada en una sola palabra, esta una palabra de dos sílabas, que por su misma pequeñez concuerda con la obra del Espíritu. Esta palabra es AMOR.”

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción. A esta tribu Dios le dijo simplemente “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo. Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento.

El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre.

¡Oh Dios! He probado tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado sediento por más. Reconozco que necesito más y más gracia. Estoy avergonzado de mi falta de interés. Oh Dios, Trino Dios, quiero tener más vivos deseos de tí; deseo que me llenes de esos deseos; quiero que me des más sed de tí. Te ruego que me hagas ver tu gloria, para que pueda conocerte mejor. Comienza dentro de mí una nueva obra de amor. Dile a mi alma, “¡Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente conmigo!” (Cantares 2:10 V.M.) Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de tí, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo. En el Nombre de Jesús, amén.

Los corazones capaces de quebrantarse hasta lo sumo, movidos por el amor al Dios trino y único, son aquellos que han estado en presencia de la Deidad, y la han contemplado con ojos despejados. Los hombres de corazón quebrantado son incomprensibles para la gente común. Ellos hablan habitualmente con autoridad espiritual. Han estado en la presencia de Dios, y hablan de lo que han visto allí. Son profetas, no escribas. El escriba habla de lo que ha leído; el profeta relata lo que ha visto.

Esta distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una separación abismal. Hoy en día tenemos infinidad de escribas, pero muy pocos profetas. La voz estridente de los escribas aturde a los oídos de la iglesia, pero ¿dónde está la voz suave de los profetas que han pasado más allá del velo, y han echado un vistazo a esa Maravilla que es Dios? Y tengamos en cuenta, este privilegio de entrar adentro del velo hasta la santa presencia, es el derecho de cada hijo de Dios en el día presente. Habiendo desaparecido el velo de separación, por el cuerpo desgarrado de Cristo, y no habiendo por parte de Dios ningún impedimento para acercarnos a él, ¿por qué es que nos mantenemos afuera? ¿Por qué nos conformamos con vivir en el atrio, cuando podemos entrar hasta el lugar santísimo?

Aun a riesgo de cansar al lector, he hecho estas acotaciones para señalar que Dios es tan maravilloso, tan completamente deleitoso, que sin ninguna otra cosa mas que su presencia, puede satisfacer los más exigentes anhelos de la naturaleza humana, por más exigente que ésta sea.

Adaptado del libro :Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional (D. Bruchez, Trans.). Camp Hill, PA: Christian Publications.


Una Carrera de Vida Eterna

Una Carrera de Vida Eterna

Hebreos 12:1–2

«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios».

Los últimos versículos del capítulo 11 nos dan la idea de un gran ejército de soldados rasos que lucharon fielmente por la fe. Después de la lista excelsa de pro-hombres de la historia de Israel, desde los primeros patriarcas hasta los profetas, mencionados por nombre en la primera parte del capítulo, el autor nos ha hablado de otros héroes anónimos que, sin embargo, sirvieron fielmente al Señor hasta el punto de sufrir el martirio por Él. Ninguno de estos mártires es nombrado excepto uno: nuestro Señor Jesucristo.

Una vez concluido el gran desfile de los héroes de la fe, ahora se nos presenta el más grande de ellos. Hemos llegado a la culminación. Cuando vemos a Jesucristo ya no tenemos ojos para los demás. Él llena nuestra visión. La gloria de las proezas de los héroes anteriores queda eclipsada.

Ahora, pues, «ponemos los ojos en Jesús» (v. 2). Y cuando le contemplamos ¿qué es lo que vemos? La misma ambivalencia que hemos estado viendo desde el principio de esta Epístola. Por un lado vemos a Aquel que sufrió. Por otro vemos a Aquel que ahora reina a la diestra del Padre (v. 2).

Ya lo veíamos en el capítulo 2, versículo 9: «Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles… a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos». Era necesario que Él padeciese para efectuar nuestra redención, que fuese perfeccionado por aflicciones como autor de nuestra salvación (v. 10), que participase de nuestra condición humana para expiar los pecados del pueblo (v. 17). Pero Aquel que murió también es el Jesús que ahora vemos «coronado de gloria y de honra».

Ya lo veíamos también en el capítulo 1, versículo 3: «…habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Y en el capítulo 10, versículo 12: «Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios».

Ahora volvemos a ver lo mismo. Jesucristo sufrió la Cruz; ahora reina en gloria. Así es la vida de fe. Participa de los padecimientos de Jesucristo, para luego participar de su gloria.

El grano de trigo primero ha de morir, luego florece. Primero el creyente se encuentra en medio de tribulaciones, angustia y prueba; luego vendrá la vindicación y la gloria. Así fue en el caso de los héroes anónimos. Así fue en el caso de Jesucristo, el testigo supremo.

LA ILUSTRACIÓN DEL ATLETA

El capítulo empieza con estas cuatro palabras: «Por tanto, nosotros también». En cierto modo resumen todo lo que vamos a ver en este estudio. A lo largo de nuestro estudio del capítulo 11, íbamos aplicando los diferentes ejemplos de la fe a nuestra situación actual. Pero el autor mismo ha reservado su «aplicación» hasta ahora. Él se ha limitado a describir las historias de fe sin más comentarios. Es ahora, al concluir la relación, cuando se vuelve hacia nosotros y nos dice, a la luz de aquellos ejemplos de la fe: «Por tanto, nosotros también…»

Ahora nos toca a nosotros hacer el relevo. Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿Cómo va nuestra vida de fe? ¿Cómo está nuestra relación con Dios? ¿Estamos en forma espiritual? ¿O con el paso del tiempo nos hemos desanimado?

Hemos de servir al Señor en nuestra generación, como aquellos héroes sirvieron en la suya. Ellos mantuvieron fielmente el testimonio de la fe, aun al precio de su vida. Ellos son un testimonio elocuente para nosotros de que la fe vale la pena. Por muy mal que lo pasemos vendrá el cumplimiento de las promesas de Dios. Ahora, pues, nos corresponde a nosotros seguir su ejemplo.

A fin de estimularnos en este seguimiento, el autor utiliza una ilustración que es bien conocida en las páginas del Nuevo Testamento, la de una carrera atlética.

Ésta es una ilustración especialmente apreciada por el apóstol Pablo. Al despedirse de los ancianos de Éfeso, dice:

«De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo…» (Hechos 20:24).

Aplica la misma metáfora a los gálatas:

«Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?» (Gálatas 5:7).

Y también a Timoteo:

«el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente» (2 Timoteo 2:5).

«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7).

Pablo tiene la misma perspectiva que el autor de Hebreos. La vida de fe es una carrera y quien corre en ella no tiene tiempo para enredarse en otros asuntos. Va hacia la meta. Ésta es su gran preocupación y todo lo demás lo tiene por trivial y secundario. (Ver también Romanos 9:16; 1 Corintios 9:24, 26–27; Gálatas 2:2; Filipenses 2:16; 3:14).

En un peregrinaje caminamos lentamente de día en día. En una carrera también vamos hacia una meta. Pero ahora hay una nota de urgencia en nuestro avance. Debemos concentrar nuestra atención en lo primordial y, si es necesario, dejar de lado otras cosas que en sí pueden ser legítimas. Lo importante es llegar a la meta.

Esto lo hemos visto en los santos de antaño. Por ser creyentes no se dejaron deslumbrar por lo visible, lo material y lo terrenal, sino que tenían los ojos bien abiertos para ver lo invisible, lo futuro, lo celestial. Tenían la mirada puesta en la meta, en aquello que no se ve, sino que se espera. Veían la ciudad celestial y la esperaban con ilusión (Hebreos 11:10). Tenían «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26).

Participar en una carrera requiere esfuerzo, sacrificio y el abandono de todo tipo de distracción. Ningún perezoso ganó jamás una carrera. Así pues, el autor concluirá su exhortación con estas palabras:

«Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado» (Hebreos 12: 12–13).

Gracias a Dios hoy mismo es posible la sanidad de nuestra cojera espiritual. En estos momentos algunos podemos estar desanimados, otros en pecado, otros, por diferentes motivos, parados en el camino. Pero no hay ninguna razón por la que tengamos que permanecer estancados. Este capítulo es un reto a la perseverancia.

«Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Esto nos recuerda otra cita del apóstol Pablo:

«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13–14).

Si la carrera está por delante, implícitamente hemos de despreocuparnos de lo que queda atrás. Y esto en varios sentidos.

En primer lugar, no debemos permitir que los fracasos del pasado nos desanimen. Si hemos sido creyentes desde hace cierto tiempo, es casi seguro que podremos mirar atrás y ver muchos fracasos. Hemos decepcionado al Señor en muchas ocasiones. Hemos caído en pecado. Incluso es posible que hayamos caído en pecados muy serios. Todas estas situaciones de fracaso son empleadas por el maligno. Él erosiona nuestra confianza y nuestro ánimo diciéndonos: ¿Cómo te atreves a pensar que puedes seguir hacia adelante? ¿No ves que eres un fracasado? Pero el Señor no quiere que vivamos con nuestro pasado atado al cuello, sino que prosigamos hacia adelante. Por supuesto, necesitamos solucionar las situaciones del pasado, confesándolas al Señor, buscando la limpieza de Dios en arrepentimiento. Pero una vez hecho esto, no hemos de vivir paralizados por una mala conciencia ni desanimados por los fracasos del pasado. Puesto que en el Señor hay sanidad de nuestro pasado, podemos y debemos seguir adelante.

En segundo lugar, no debemos desviarnos por las tentaciones que deberíamos haber dejado atrás. Éste era el problema de Israel en el desierto. Tendría que haber ido por el desierto con la mirada puesta en la tierra prometida. Pero tantas veces tenía la mirada puesta en Egipto. Añoraba lo que tendría que haber dejado atrás.

Ninguno ha ganado una carrera mirando hacia atrás. Al contrario, muchos han perdido la carrera porque en el último momento descuidaron la meta y miraron atrás para ver lo que hacían los demás. Como creyentes debemos dejar atrás lo que pertenece a nuestro pasado: las tentaciones del pecado, las distracciones del mundo.

En tercer lugar, no tenemos que vivir de las rentas del pasado. El maná de ayer no vale para hoy. Tampoco la fe de ayer.

Puedes haber sido un gran creyente hace veinte años, pero no debes vivir ahora sólo a base de recuerdos. Si verdaderamente fuiste un gran creyente en aquel entonces, también lo serás hoy. Puedes haber servido al Señor de formas específicas y muy fructíferas en el pasado. Pero lo que importa hoy es que sigas sirviendo al Señor.

Algunos creyentes parecen vivir en el pasado. Recuerdan con nostalgia los viejos tiempos como los mejores. Es como si dijesen: Ya vale; he corrido tanto hasta aquí que el Señor se conformará con lo que ya he hecho. Tal actitud es un engaño. La carrera está aún por delante. Debemos proseguir a la meta.

NUESTRA CARRERA

¿Cómo hemos de correr? Acabamos de ver una primera respuesta a esta pregunta: con la mirada hacia adelante. Sin embargo es una respuesta implícita en el texto («la carrera que tenemos por delante») más que explícita. En cambio el autor nos habla explícitamente de cuatro características de la carrera.

1. Conforme al testimonio de los santos de antaño

En primer lugar él nos recuerda que debemos correr sabiendo que «tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos». ¿Qué quiere decir con esto?

Evidentemente la referencia es a los héroes de la fe que él ha descrito en el capítulo 11. Pero ¿en qué sentido son ellos «testigos»?

No se identifica a estos “testigos”, pero la palabra que se emplea en el original griego es martus, término del que proviene nuestro vocablo “mártires”, pero que también implica testigos judiciales. No se trata, pues, de meros espectadores, pues en el griego había una palabra específica para ellos, sino más bien de aquellos cuyas experiencias y ejemplo atestiguan la fidelidad de Dios y nos inspiran a correr mejor. Ellos nos señalan que por medio de la fe puede obtenerse la victoria.

Hay muchas maneras en las que nuestra fe será probada. Necesitamos esta variedad de ejemplos. De lo que estos testigos testifican es de la fidelidad de Dios. Vale la pena seguir adelante en la vida de fe. No debemos desanimarnos. Este es su testimonio. Nos hablan del poder sustentador de Dios.

2. Despojándonos de todo el peso y del pecado que nos asedia

En segundo lugar, si vamos a correr bien debemos prescindir de todo aquello que nos frenaría en la carrera.

La palabra «peso» puede tener dos significados. En primer lugar, puede significar aquellos «kilos de más» que algunos adquieren con el paso de los años y que les impiden moverse con agilidad. Nadie puede correr bien en una carrera si no está en buena forma física. Por esto los atletas dedican muchas horas diarias a entrenarse. Si ganan peso, en seguida intentan eliminarlo.

Es en este sentido que Pablo, escribiendo a los Corintios, habla de la disciplina que él se impone en la vida de fe:

«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la aventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Corintios 9:24–27).

Necesitamos disciplina en la vida cristiana -incluso es posible que en momentos determinados necesitemos austeridad- a fin de no acabar siendo unos creyentes fofos y pesados, incapaces de correr en la carrera de la fe.

Pero la palabra «peso» también puede referirse a cosas accesorias que no debemos llevar en la carrera. Nunca verás a un atleta correr con la bolsa de la compra en la mano, ni vistiendo traje y gabardina. Antes de bajar a la pista, el atleta va al vestuario, deja allí todas sus pertenencias, se desnuda y se pone una ropa ligera, a fin de correr bien.

La palabra «peso», por lo tanto, puede tener estos dos matices. Pero el verbo «despojémonos» nos inclina al segundo de ellos. Es un verbo que significa «quitar de encima», como cuando nos desvestimos. Tenemos que despojarnos de todo aquello que pueda estorbarnos en la vida de fe.

¡Qué importante es adquirir madurez y prudencia en esto! Porque hay dos extremos. Podemos ir por la vida con un desprecio abierto hacia todo aquello que no sea específicamente espiritual. Así deshonramos a Dios, porque despreciamos lo que Él mismo ha creado e instituido. Por otro lado podemos llenar de tal manera nuestras vidas de posesiones materiales, compromisos laborales y sociales, gustos y pasatiempos, actividades y relaciones, que no tengamos tiempo para participar en la carrera.

Quien tiene muchos números en la cuenta bancaria sabe que las riquezas traen enredos y preocupaciones. Si tienes dos casas, tienes el doble de problemas domésticos que atender que si tienes una sola. Si te suben de categoría en la empresa, es probable que adquieras nuevas preocupaciones y tengas que dedicar más tiempo al trabajo.

Como creyentes necesitamos desembarazarnos de enredos. Esto no quiere decir que tengamos que vivir en la miseria física ni que necesariamente debemos rehuir mayores compromisos sociales. Pero sí quiere decir que necesitamos prudencia para saber cuál es el llamamiento de Dios en nuestro caso, y para distinguir entre compromisos legítimos y enredos innecesarios.

Debemos tener prioridades correctas. Estamos en una carrera. Hay una meta que alcanzar. Para seguir adelante no podemos sacrificar ni nuestra comunión con Dios, ni nuestro estudio de su Palabra, ni la participación en su pueblo. Cualquier cosa que intervenga para impedir que corramos bien, tendrá que ser eliminada.

Esto es lo que Pablo dice a Timoteo, si bien la metáfora es la del soldado, no del atleta:

«Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que le tomó por soldado» (2 Timoteo 2:4).

La frase siguiente, «el pecado que nos asedia», es aún más contundente. Hay cosas que de ninguna manera se pueden tolerar en la vida cristiana. Puede haber cosas legítimas en sí, de las cuales conviene desembarazarse para correr bien. Pero hay otras que ni siquiera son legítimas en sí. Son pecado.

El apóstol Pablo también habla de la necesidad de despojarnos de la vida anterior, caracterizada por el pecado.

«Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno… Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:8–10, 12–13).

El texto sigue con una lista de virtudes que representan la «ropa ligera» que como atletas cristianos tenemos que llevar puesta, en contraste con la ropa pesada y pecaminosa del viejo hombre que antes llevábamos.

Me pregunto si reconocemos el pecado por lo que verdaderamente es. ¿Qué es lo que estorba nuestro avance en la vida cristiana? ¿La mala salud? («Quisiera estar en los cultos pero no puedo. Mi salud no me lo permite. Si no fuera por ello, yo sería un creyente fiel».) ¿La falta de dinero? («Para llevar adelante a la familia tengo que trabajar más horas y esto no me permite que avance tanto en la vida cristiana».) ¿Las tribulaciones? ¿Los disgustos? («Yo sería un buen creyente, pero he visto cosas tan feas en otros cristianos que me he desanimado en la carrera».) Ninguna de estas cosas es motivo válido para no seguir corriendo como atleta.

Nuestra carrera, por así decirlo, no es una carrera lisa, sino de vallas. Los obstáculos están allí. Es necesario que vengan los tropiezos, dijo el Señor Jesucristo (Mateo 18:7). Son una parte necesaria de la carrera. Por medio de las pruebas y dificultades el Señor fortalece nuestra fe. Ninguna de estas cosas impedirá nuestra carrera si tenemos fe. No están allí como excusa para que nos desanimemos.

No. Lo que verdaderamente nos estorba en la vida de fe es el pecado. No son las circunstancias. No son los demás hermanos. No son las pruebas.

Aquel hermano que te ha ofendido, ¿realmente es la causa de que no corras bien? ¿No es más bien tu propio resentimiento, tu reacción pecaminosa ante él? El pecado está en ti.

Y el pecado es pegajoso. «El pecado que nos asedia». De hecho este verbo en griego es una palabra que sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento, y los expertos no saben exactamente qué matiz tenía en el primer siglo. Por esto, las diferentes traducciones del Nuevo Testamento la interpretan de maneras distintas. Algunas dicen: «el pecado que nos conduce a tantas angustias». Otras: «el pecado que es tan admirado por el mundo». Predomina, sin embargo, la idea de la proximidad: «el pecado que se aferra a nosotros tan de cerca que nos acosa» (ver Hewitt, p. 190).

Existe una variante de esta palabra en el manuscrito más antiguo que tenemos en Hebreos (llamado P46). Allí dice: «el pecado que nos distrae», lo cual ha dado lugar a la Versión Popular: «el pecado que nos enreda».

Desde luego, todas estas cosas son ciertas en cuanto al pecado. Nos complica la vida desde muchos ángulos. Pensamos que nos lo hemos quitado de en medio, pero luego descubrimos que aún está presente:

«¡Nos conviene tener delante el cuadro grotesco de un atleta que se dispusiera a dar principio a la carrera envuelto en un gabán y llevando una maleta! ¿Qué esperanza podría tener de terminar bien al lado de competidores ligeramente ataviados? Sin embargo, en la carrera cristiana este cuadro es conocidísimo: tanto que nos hemos olvidado de que es ridículo disponernos a la carrera que nos es propuesta por Dios mismo, y cuya meta es el cielo, siendo la recompensa la corona de gloria, con manos y pies trabados por un testimonio defectuoso, por los pecados que permitimos –que lo son de verdad, por mucho que quisiéramos disfrazarlos como los “defectos normales en el hombre”– y por preocupaciones materiales y humanas que ocupan mucho más de nuestro pensamiento y energías que no el hacer la voluntad de Dios» (Trenchard, p. 213).

Es cierto. Nos reiríamos de cualquier atleta que fuera a las olimpiadas vestido de bombero. Sin embargo, nosotros actuamos como si pudiéramos participar en la carrera espiritual y a la vez llevar encima toda una serie de hábitos, pecados, enredos y ambiciones mundanos. No podemos. Hemos de despojarnos de todas estas cosas.

Si en estos momentos tú sabes que hay algo en tu vida que no es lícito, que estorba tu carrera, debes dejarlo. Puede ser un pasatiempo que te absorbe demasiado, un compromiso laboral que no te deja tiempo para la familia ni para el Señor, una relación que no contribuye a tu crecimiento espiritual, un hábito pecaminoso… Sea lo que sea, escucha lo que el Espíritu te dice: «Despojémonos de todo el peso y del pecado que nos asedia».

3. Con paciencia

No vamos a detenernos mucho en esta tercera característica de nuestra carrera, porque la hemos visto en otras ocasiones (por ejemplo en torno al Hebreos 6:12 ó al Hebreos 10:36). En la Biblia la paciencia nunca es meramente pasiva. No es sólo aguantar. Es mucho más dinámica.

Hemos de correr. ¿Cómo puedes correr «con paciencia» si entiendes la paciencia como algo pasivo?

No. En la carrera la paciencia es la perseverancia, la determinación. Este es el peso de la palabra aquí. Hemos de seguir adelante a pesar de los motivos de desánimo. Hemos de ejercer la fe a pesar de las pruebas, decepciones y tribulaciones del camino.

Vamos a proseguir hasta el fin solamente si adquirimos esta determinación. A nosotros, como a los héroes de antaño, nos es necesaria esta paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengamos la promesa (Hebreos 10:36).

4. Puestos los ojos en Jesús

Con esta cuarta característica, llegamos a la culminación de lo que el autor quiere decirnos acerca de la carrera. Sobre todo debemos correr con los ojos puestos en Jesús. Pero puesto que el autor elabora mucho este punto, vamos a abrir una nueva sección en nuestro estudio y considerar a Jesucristo como nuestro sustentador y modelo en la carrera.

Dios los bendiga

Burt, D. F. (1992). Vol. 136: En Busca de la Ciudad Eterna, Hebreos 12:1–13:25. Comentario Ampliado del Nuevo Testamento. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE.

Página .  Exportado de Software Bíblico Logos 5, 08:34 p.m. 12 de marzo de 2013.

1 Morris, C. A. (1999). Comentario bı́blico del continente nuevo: Hebreos (130–131). Miami, FL: Editorial Unilit.


¿Vale la Pena Pelear por la Verdad?

¿Vale la pena Pelear por la Verdad?

 

Ninguna idea es más políticamente incorrecta entre el nuevo estilo de evangélicos de hoy en día, que la vieja idea fundamentalista de que vale la pena luchar por la verdad – incluyendo las proposiciones esenciales de la doctrina cristiana. De hecho, muchos creen que las discusiones por creencias religiosas son las más inútiles y arrogantes de todos los conflictos. Eso puede ser cierto – y lo es en los casos en los que las opiniones humanas son lo único que está en juego. Pero donde la Palabra de Dios habla con claridad, tenemos la obligación de obedecer, defender y proclamar la verdad que Él nos ha dado, y deberíamos hacerlo con una autoridad que refleje nuestra convicción de que Dios ha hablado con claridad e irrevocablemente. Esto es particularmente crucial en los contextos en donde las doctrinas cardinales del cristianismo bíblico están siendo atacadas.

Por cierto, las verdades centrales de la Escritura siempre son atacadas. La Escritura misma enseña claramente que el campo de batalla donde Satanás pelea su lucha cósmica contra Dios es ideológico. En otras palabras, la guerra en la que cada cristiano está involucrado, es ante todo un conflicto entre la verdad y el error, no meramente una competición entre obras buenas y malas. El principal objetivo de la estrategia de Satanás es confundir, negar y corromper la verdad con tanta falacia como sea posible, y eso significa que la batalla por la verdad es muy seria. Ser capaz de distinguir entre doctrina sana y el error, debería ser una de las mayores prioridades de todo cristiano – al igual que defender la verdad contra las falsas enseñanzas.Adopte esa postura en la actualidad, y será regañado por una disonancia de voces que le dirán que es inapropiado y que tiene que callarse. La metáfora de la “guerra” sencillamente no funciona en una cultura posmoderna, insisten ellos. Las epistemologías posmodernas comienzan y terminan con la presunción de que cualquier pregunta acerca de lo que es verdadero o falso es meramente académica. Nuestras diferencias son, en última instancia, triviales.

Únicamente el tono de nuestra conversación no es trivial. Todo indicio de militancia es considerado inapropiado en estos tiempos complicados.Declararse a favor de la verdad era también impopular en el primer siglo. Pero eso no detuvo a los apóstoles para confrontar de frente los errores.

Pablo fue, sin duda, justo con sus oponentes, en el sentido que él nunca tergiversó lo que ellos enseñaban ni dijo mentiras acerca de ellos. Pero Pablo reconocía sus errores claramente, tal y como eran y los catalogaba adecuadamente. Él hablaba la verdad. Con su estilo de enseñanza diario, Pablo hablaba la verdad amablemente y con la paciencia de un tierno padre. Pero cuando las circunstancias justificaban un tipo de franqueza más fuerte, Pablo podía hablar muy directamente, a veces hasta con un duro sarcasmo (1 Corintios 4:8-10). Como Elías (1 Reyes 18:27), Juan el Bautista (Mateo 3:7-10) y el Señor Jesús (Mateo 23:24), él también podía emplear la burla de manera efectiva y apropiada, para resaltar lo ridículo del grave error (Gálatas 5:12). Tal como Moisés y Nehemías, él desafiaba lo que la gente consideraba como sagrado. Pablo no parecía sufrir la misma angustia excesivamente escrupulosa que causa que muchas personas hoy en día encubran todo error tanto como el lenguaje lo permita; que otorguen el beneficio de la duda al más flagrante de los falsos maestros; y que imputen las mejores intenciones posibles hasta al hereje más manifiesto. La idea de amabilidad del apóstol no era el tipo de falsa benevolencia y educación artificial que la gente hoy en día piensa es la verdadera esencia de la caridad. Ni siquiera una vez le vemos invitando a dialogar a falsos maestros o aficionados casuales equivocados en religión, ni tampoco que aprobara esa estrategia aun cuando alguien de la estatura de Pedro sucumbió al temor de lo que otros pudieran pensar y mostró una deferencia indebida a falsos maestros (Gálatas 2:11-14).Pablo comprendió que vale la pena pelear por la verdad. Él se alzó en defensa de la verdad, aun cuando no era popular hacerlo.

Extraído del libro El Jesús Que No Puedes Ignorar de John MacArthur


¿Bendición o Maldición?

¿Bendición o Maldición? Galatas 3

O todo o nada. No hay concesiones ni medias tintas. Mucha gente trata de vivir conforme a los Diez Mandamientos o cumpliendo la ley divina o el Sermón del Monte, porque piensan que pueden lograr que Dios les acepte. No se dan cuenta de que las normas de Dios son absolutas.

Quien piensa vivir conforme a cualquier ley, está bajo la obligación de cumplirla en su totalidad. Al faltar en un solo punto, pasa de ser una persona obediente a transgresor. Este es el argumento que Pablo quiere dejar claro en el pensamiento de los legalistas religiosos. Es imposible cumplir cabalmente con todas las normas porque todos fallamos en algún punto. Al hacerlo, pasamos a pertenecer al sindicato de pecadores culpables.

Pablo basa su premisa en el Antiguo Testamento. Los judaizantes afirmaban que esos libros sagrados apoyaban su punto de vista y ponían sus esperanzas en Abraham, llamándose “hijos de Abraham”. Pero el apóstol demuestra que el origen de su punto de vista procede de la misma fuente de autoridad que ellos decían aceptar. Les enseña que aun el patriarca fue justificado por la fe. Conforme a ese principio, les recuerda que el Señor había revelado que los gentiles serían bendecidos en Abraham por la misma fe, no por obediencia a la ley.

¿Cómo recibió Abraham la bendición prometida? Pablo demuestra que fue declarado justo por causa de su fe (v. 6). A continuación explica la relación entre la fe de Abraham y la posición de ellos como gentiles (vv. 7–14). Los verdaderos hijos de Abraham son quienes se identifican con su fe (vv. 7–9). No todos los hijos físicos del patriarca son sus verdaderos hijos, sino los de la fe (v. 7).

Este principio de herencia basada en la fe se extiende a los gentiles también. Aunque la gente los consideraba “paganos”, a ellos también se les ofreció la promesa de bendición a través de Abraham (v. 8) porque el pacto que Dios hizo con él incluía bendición para todas las naciones. Por lo tanto, todos los que creen pueden recibirla, ya sean gentiles o judíos, porque la bendición de Dios se recibe por la fe, no por la ley (v. 9).

Sin importar que fueran judíos o gentiles, aquellos que quisieran identificarse con Abraham, tenían que seguir su camino (v. 7). Parte de la lógica que respalda esta conclusión se encuentra en el sentido que los hebreos daban a la expresión “hijos de”, misma que se utilizaba para señalar la característica distintiva de alguna persona o grupo. Los “hijos de desobediencia” están caracterizados por la rebelión. Los “hijos de ira”, recibirán el enojo de Dios y serán juzgados por él. Así, los hijos de Abraham son quienes se parecen a su padre.

Por lo tanto, los de la fe también son “hijos de Abraham”. Quienes no se parecen a él no pueden ser sus hijos, aunque puedan trazar su descendencia física hasta él. ¿Cuál es la característica distintiva que Pablo señala en cuanto a Abraham (v. 9)? Dice que los que creen, son sus hijos; quienes no creen, no lo son.

PRUEBA DE LA REDENCION GALATAS 3:10–14

El escritor amplía su argumento para mostrar que la bendición no podría haber venido por medio de obedecer la ley porque ésta sólo produce maldición. Tanto la justificación como la bendición se reciben por fe.

La ley sólo sirve para condenar 3:10

La clave para comprender el legalismo y que muchos no habían entendido, es que los que dependen de la ley no pueden recibir la bendición de Dios, sino la maldición. Parte de esta confusión se deriva de que no hemos asimilado la gravedad que el pecado tiene desde la perspectiva de Dios. ¿Por qué? La clave se expresa en Deuteronomio 27:26, citado por Pablo aquí: “Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas…”

Santiago 2:10 repite la misma idea, señalando que quien cumple todas, excepto un solo punto de las reglas, es tan culpable como aquel que ofende en todo. En Romanos 3 Pablo repite que “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Así que, desde la perspectiva divina, no hay pecadores grandes o pequeños, sólo los hay condenados y justificados.

Por eso Cristo luchaba tanto con los fariseos, porque nunca entendieron la gravedad de su problema. Podían asegurar que no habían cometido adulterio, pero, ¿qué de sus malos deseos? La maldición de la ley se aplicaba a todos, por el simple hecho de que nadie podría cumplir con todas sus exigencias (3:10).

La fe da vida 3:11

Se puede observar entonces, que la ley declara a todos condenados y malditos, porque nadie puede cumplir todo lo que ella exige. Además de ese aspecto negativo, la ley incluía una forma positiva, diciendo que nadie se puede justificar por ella, porque el justo por la fe vivirá (Habacuc 2:4). Así que, aun el Antiguo Testamento dice que el que es declarado justo, no es el que vive por la ley, sino el que vive por la fe.

La ley y la fe se contradicen 3:12

El principio fundamental de la fe contradice al que apoya a las obras. La fe no depende de las obras y la ley no se basa en la fe. La ley exige obediencia completa, nada más, pero nada menos tampoco. La fe no tiene nada que ver con las obras.

Cristo tomó nuestra maldición sobre sí mismo 3:13–14

Nosotros no podemos resolver el problema de la maldición. Sólo Cristo puede hacerlo, y ya lo hizo. La muerte de Cristo nos libró de la maldición de la ley.

Al aceptar esa maldición, Cristo compró nuestra libertad, y quedamos fuera del alcance de la maldición de la ley (3:13). A través de nuestro Salvador, podemos recibir las bendiciones que Dios prometió a Abraham por causa de su fe (3:14). Una de ellas es la recepción del Espíritu Santo (Lucas 24:49; Hechos 1:4; 2:17–18, 33, 38; Joel 2:28). Nosotros recibimos esa divina persona al confiar en Cristo, tal como fue prometido (3:2, 10).

Los judaizantes decían que para recibir la bendición de Dios, tenían que convertirse en hijos de Abraham primero, pero Pablo dice que los que han confiado en Cristo ya poseen los privilegios de los herederos. La presencia del Espíritu Santo lo demuestra.

Según Efesios 1:3, Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Por eso, no hay nada más que esperar. El Espíritu Santo en nuestra vida produce lo que Dios quiere para que gocemos de sus bendiciones.

En este pasaje, Pablo ha presentado el argumento de que la bendición de Dios, que fue prometida a Abraham, sólo podría recibirse por medio de la fe. La ley es incapaz de proporcionarla porque sólo produce maldición. Cristo nos libró de la maldición de la ley y nos capacitó para recibir la bendición por la fe. La experiencia de los gálatas confirmaba esta verdad, porque habían recibido esta bendición en el momento en que fueron salvos por la fe.

Regresar a la ley sólo sirve para recibir condenación. Así que, ¿por qué queremos regresar a ella? Mejor, gocemos la bendición que tenemos y no malgastemos tiempo y esfuerzo tratando de ganar puntos ante Dios para recibir sus promesas. Vivamos por el Espíritu, no por la carne. Vivamos por fe, no por ley. Alabémosle a él por todo lo que hemos recibido al confiar en Cristo.

EL PACTO FUE RATIFICADO POR DIOS 3:15–16

La primera razón que esgrime es que un pacto ya ratificado no puede ser anulado ni enmendado, ni se le pueden añadir condiciones. Esto es cierto aun en los acuerdos humanos. La promesa que Dios le dio a Abraham constituye un pacto ratificado por el Señor mismo. Si la honradez humana obliga a los contratantes a no cambiar su acuerdo, ¿cuánto más se debe confiar en que Dios no cambiará?

El convenio que Dios hizo con Abraham fue para él y su descendencia. Pablo aclara que el pasaje no se refiere a todos los descendientes de Abraham. El uso del nombre singular “simiente” se aplica para demostrar que el beneficio del pacto es para el verdadero descendiente de Abraham, Cristo, la simiente verdadera y para aquellos que están en él.

La segunda razón que Pablo menciona para demostrar que la bendición no viene por cumplir la ley, es que ésta llegó más tarde y no anula el pacto. A veces, al hacer un acuerdo, nos dan treinta días para pensarlo. Si no nos echamos para atrás durante esos días, se considera confirmado.

Pablo quiere dejar bien establecido que los judaizantes estaban equivocados al decir que era necesario cumplir la ley para recibir las misericordias divinas en vez de vivir de acuerdo al pacto abrahámico ratificado por Dios y cumplido en Cristo. La ley había side el medio para dirigir al pueblo judío hasta la venida de Jesucristo y una vez venido Cristo, el creyente ya no está bajo la ley.

Pablo insiste en que quien hizo el convenio no fue un hombre común, sino que Dios mismo hizo la promesa y no la había olvidado. El es justo, y no hay ningún engaño en él. Así que, nuestro Padre no cambiaría las condiciones del pacto original después de 400 años, porque el pacto había sido ratificado por él mismo.

LA ENMIENDA ES CONTRADICTORIA 3:18

La tercera razón que el apóstol da para definir que no era necesario enmendar el pacto abrahámico viviendo conforme a la ley, es que la modificación a éste sugerida por los judaizantes es una contradicción a la promesa original. La ley y la promesa se contradicen. Si la bendición de Dios es por obras, o si es por ley, entonces ya no es un regalo de gracia (Romanos 4:4–5, 16). La herencia fue dada por gracia, como resultado de la promesa unilateral de parte de Dios.

Consideremos una vez más la ilustración dada arriba respecto a mi regalo de cinco manzanas de tierra y que a los veinte años digo a los hijos que no fue un regalo, sino que me deben $10,000 porque me arrepentí de mi obsequio. Esto equivale a una contradicción de todo lo que había dicho. Esto no puede ser, especialmente cuando se trata de Dios que es quien hizo la promesa y la dio gratuitamente.

Esta promesa estaba diseñada para los herederos de Abraham. ¿Quiénes son? Pablo indica que en realidad sólo existe un verdadero heredero, nuestro Señor Jesucristo. No obstante, todos los que están en él son coherederos juntamente con él. Tales personas recibimos la herencia por fe, no por obras ni leyes.

Así que, al estar en Cristo, la bendición de Dios está garantizada. No depende de las obras, sino de la promesa de Dios, dada a todos los que están en Cristo. Es el convenio más seguro del mundo porque está garantizado por Dios mismo.

En fin, la bendición que Dios prometió a Abraham no le llegó por medio de la ley sino por el pacto unilateral ratificado por el Señor. Aun en los tratos humanos, cuando se firma un contrato, nadie puede cambiar las condiciones posteriormente. Si este principio es cierto en el nivel humano, ¿cuánto más cierto será cuando Dios lo hace?

Aunque pasen los años, el pacto no cambia. Un sistema de leyes, dado más de cuatrocientos años después no podría invalidar un pacto hecho y ratificado con anterioridad. Por eso, para que la enseñanza de los judaizantes se aceptara, la promesa anterior tendría que ser anulada, Si la herencia de la bendición se basara en el cumplimiento de la ley, entonces ya no estaría basada en la promesa de Dios como el pacto indica.

DOS OPINIONES CONTRARIAS

La lógica de los judaizantes:

• La promesa de bendición fue dada a Abraham.

• Se basa en el Antiguo Testamento.

• El Antiguo Testameno enseña a obedecer la ley a fin de obtener la bendición.

• Por eso, la bendición de Dios es condicional y es necesario obedecer la ley.

La lógica de Pablo:

• La promesa de bendición vino antes de la ley.

• La ley fue dada 400 años después de la promesa y no puede modificarla.

• No hay contradicción entre las dos.

• La ley es buena, pero hay que entender su Propósito.

 Dios los bendiga.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.


¡Demasiado Fácil!

¡Demasiado Fácil!

Gálatas 1:1–5

Todas las religiones del mundo estipulan que la persona que quiera satisfacer a Dios y obtener la vida eterna, debe hacer méritos propios para cumplir los requisitos divinos. Una salvación basada únicamente en la fe, sin otra condición,se considera “demasiado fácil”. Algunos dicen que “Dios no puede pasar por alto los años pasados en pecado y aceptar una decisión repentina de confiar en Cristo (algunas veces tomada a la hora de la muerte), como suficiente para tener la vida eterna”.

Las religiones paganas primitivas exigían sacrificios u ofrendas para satisfacer a sus dioses y recibir sus bendiciones. Como consecuencia, la gente pasaba toda la vida esclavizada por el temor a morir (Hebreos 2:15), porque no sabían qué esperar de esos dioses que aunque no eran justos ni santos, controlaban el destino del mundo (Gálatas 4:7–9).

Algunos sistemas religiosos orientales son distintos a los de occidente. Postulan que todo el universo es un gran dios del que los humanos forman parte y con el cual deben identificarse para poder participar de su poder divino. Así que cada hombre debe relacionarse con la naturaleza que le rodea a fin de tener unidad con ese dios universal. Esa comunión la logra a través de la meditación y otras actividades.

La iglesia tradicional (no evangélica) de occidente, y las sectas falsas derivadas de ella (en su mayoría ramificaciones de la fe judeocristiana), creen en algunos aspectos de la verdad acerca de Jesucristo. Sin embargo, apoyan el sistema basado en las buenas obras del individuo como condición para obtener la gloria. Aunque algunas reconocen la importancia de la muerte de Cristo, creen que tenemos que añadir algo a su sacrificio para obtener un grado suficientemente elevado de bondad como para merecer la vida eterna. La dificultad estriba en que no se sabe, sino hasta después de la muerte, si se ha alcanzado ese grado o no.

Algunas veces se encuentra esta misma creencia en las iglesias evangélicas. ¿Cómo puede aceptar Dios una decisión intelectual, tomada algunas veces muy tarde en la vida, como requisito único para salvar a alguien que ha pasado parte de su existencia insultándolo y rebelándose contra él? ¡La salvación debe costar más que eso! ¿No es cierto? Con frecuencia se oye en nuestras iglesias que para ser salvos, o al menos para ser aceptados per Dios, debemos hacer ciertas cosas o dejar de hacer otras.

También en los tiempos de Cristo y de Pablo era común esta idea entre la gente de Israel. El judaísmo incluía 613 mandamientos, entre los cuales había 248 exhortaciones positivas y 365 prohibiciones, una para cada día del año. Por eso cuando Cristo vino, la gente le preguntaba constantemente: “¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?”

El Señor siempre contestó esa pregunta de una manera que nos parece demasiado difícil, porque él deseaba enseñarles que nunca podrían hacer suficientes méritos, y que cuando reconocieran su incapacidad de ganar la salvación por ellos mismos, la buscaran basados en la misericordia y gracia de Dios. Por ello, muchos se apartaron con tristeza, porque queriendo establecer su propia justica, se daban cuenta de que jamás lo lograrían (Romanos 10:1–4).

En el Sermón del Monte, Cristo les dijo que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarían en el reino de los cielos (Mateo 5:20). A continuación les explicó las exigencias divinas si querían alcanzar la justificación por méritos propios (Mateo 5:21–48).

Asimismo, en Lucas 10:25–37 y 18:18–27, Cristo afirmó que las normas antiguas del judaísmo no servirían para darles vida eterna porque nadie las podía cumplir totalmente. Lo que quería era que reconocieran su incapacidad de salvarse a sí mismos, y que confiaran en él.

El mensaje del Nuevo Testamento indica que es necesario dar tres pasos para tener vida eterna. En primer lugar, reconocer la necesidad de la salvación. Debido a que somos pecadores rebeldes, estamos bajo la condenación de Dios y jamás podremos hacer suficientes buenas obras para salvarnos (Romanos 3:9–20).

En segundo lugar, aceptar que Dios hizo la provisión para salvarnos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8; Juan 3:16; 1 Pedro 3:18). El pagó el precio de nuestras culpas, las cuales nosotros debíamos haber liquidado personalmente.

Finalmente, para recibir la vida eterna, tenemos que dejar de depender de nosotros mismos y confiar en Jesucristo (Hechos 16:30–31; Juan 3:16; 5:24; 1 Juan 5:11–13). ¿Ha dado usted estos tres pasos? Si no lo ha hecho, hágalo ahora mismo.

Pablo pasó todo su ministerio luchando contra los conceptos legalistas de quienes querían ser hallados justos y ser aceptados por Dios por méritos propios. Entre ellos estaban los judaizantes, quienes se habían infiltrado en la iglesia de Jesucristo en todas partes, oponiéndose a la predicación del mensaje de salvación en Cristo.

En realidad había tres clases de judaizantes que afectaban tanto a la iglesia primitiva como al ministerio de Pablo. La primera la formaban algunos discípulos de Jesucristo. Su doctrina se basaba en ver quiénes podían ser salvos. Pedro y otros apóstoles consideraban que la salvación era sólo para los judíos. Por eso, sólo predicaban el mensaje de las buenas nuevas a los de esa raza y evitaban en lo posible entrar en contacto con los gentiles paganos. Esto se remedió posteriormente, como lo relata Hechos capítulos 10 y 11, cuando aceptaron que el evangelio incluía a los gentiles también, y que éstos no tendrían que convertirse al judaísmo para ser aceptados por Dios, porque él no hace acepción de personas.

Después de convenir en este principio, los apóstoles tuvieron que resolver un problema adicional, el de determinar cómo podrían ser salvos esos gentiles. Pablo y otros habían dicho que la salvación se obtenía sólo por medio de la fe, pero los judaizantes de la segunda clase, insistían en que se limitaba a quienes obedecieran la ley de Moisés. Este debate se resolvió en el Concilio de Jerusalén como lo relata Hechos 15. En él quedó claro que la salvación sólo es por fe e incluye a judíos y a gentiles.

Se podría imaginar que esta decisión eliminaría el legalismo. Sin embargo, la naturaleza de una religión basada en las obras no muere fácilmente. Parece que siempre buscamos la manera de afirmar nuestra justicia personal frente a Dios. Por eso una tercera clase de judaizantes apareció, pero con una idea nueva.

Aunque aceptaban que la salvación incluía a los gentiles y que la única condición para ser salvos era la fe, levantaron otra polémica: ¿Cómo podrían agradar a Dios? Contestaban diciendo que para estar en comunión con Dios y agradarle en la vida diaria, debían vivir conforme a la ley mosaica.

Esta cuestión siguió afectando a las iglesias durante todo el ministerio de Pablo y aún hoy se encuentra en muchas congregaciones evangélicas. Algunos cristianos dicen que tenemos que cumplir con ciertos requisitos para ser salvos y hacer determinadas cosas para llegar a ser cristianos “espirituales”, y tener verdadera comunión con Dios.

Pablo responde a esta enseñanza con un mensaje donde proclama la libertad y afirma que ya no estamos bajo ley. Para agradar a Dios, podemos acercarnos a él por medio de la fe en Cristo y caminar con él cada día, andando en un estilo de vida basado en la misma fe, no en las obras de la ley (Colosenses 2:6–7). De principio a fin, nuestra relación con Dios se basa en la obra de Cristo consumada en la cruz. Este mensaje es el que caracteriza al ministerio de Pablo y a su epístola a los gálatas.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

Dios los bendiga.

 


El Peligro de Predicar para Ganar Popularidad

El Peligro de Predicar para Ganar Popularidad

Galatas 2

En las competencias atléticas siempre hay quienes quieren jugar para obtener la ovación del público. Su interés principal es llamar la atención sobre sí mismos. Les gusta escuchar su nombre, gritado con aprobación entusiasta por miles de aficionados.

En la obra de Dios no faltan quienes tienen la misma actitud. Tal vez nunca alcancen la fama, pero buscarán la forma de lograr que las masas los aplaudan por su “gran ministerio” para el Señor. No cabe duda de que en alguna Ocasión todos hemos tenido que luchar con esta tentación, porque a todos nos gusta recibir la atención y aprobación de los demás. Sin embargo, en Gálatas 2, Pablo nos advierte del peligro de buscar el reconocimiento humano. Dios no nos ha llamado para exaltarnos a nosotros mismos, sino para glorificarle a él. Si nuestra meta es complacer a quienes nos rodean, siempre estaremos descontentos, porque nunca seremos tan bien aceptados como quisiéramos. Pero la mayor pena vendrá al final del camino, cuando nos demos cuenta de que tampoco hemos agradado al Señor por estar ocupados tratando de obtener el aprecio de la gente, en vez de hacer todo para la honra y gloria de él.

En cierto sentido, hay algunos peligros de hacer esto en el servicio cristiano similares a los que se encuentran en el mundo deportivo:

1. Como casi todos están ocupados buscando su propia popularidad, de todas maneras nadie se da cuenta de lo que hacemos.

2. Al poner la mirada en los aplausos, no nos fijamos en el oponente, el enemigo verdadero que quiere eliminarnos y ganar la competencia.

3. Al concentrarnos en conseguir nuestros fines, ignoramos al entrenador; el que quiere que vayamos mejorando, a quien le interesa el triunfo del equipo, y quien tiene derecho a participar de los resultados.

4. Si sólo buscamos popularidad, descuidamos a nuestros compañeros de equipo con quienes debemos colaborar para obtener el triunfo.

Además de los anteriores, Pablo señala en su epístola otros aspectos específicos de este problema que surgieron en las iglesias cuando los líderes empezaron a tratar de conseguir la aprobación de la gente. Al introducir la cuestión, el apóstol indica que aun él mismo había luchado con esa tentación.

Los judaizantes lo atacaban de tal manera, que en ocasiones debe haberse cuestionado cómo iba a ser recibido por la gente de las iglesias. Constantemente tenía que revaluar la meta de su ministerio. Su interés era servir a Dios, glorificarle y agradarle, no recibir la aprobación de las masas. No le importaba si la gente reconocía el valor de su ministerio o no.

Porter, R. (1992). Estudios Bı́blicos ELA: ¡Verdaderamente libre! (Gálatas). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

Bendiciones.