QUE CONOZCA A DIOS

QUE CONOZCA A DIOS

José M. Martínez

«¿Qué quiere Dios del hombre?»

 «A mí no me importa en absoluto». Ésta podría ser la respuesta de multitud de personas en nuestros días. Muchos hacen suyas, sin saberlo, las palabras del antiguo Faraón de Egipto: «¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?» (Éxodo 5:2). Esta pregunta es la expresión del ateísmo, de la indiferencia, o de una fe superficial que rehusa profundizar en el conocimiento de Dios.

¿Qué hay detrás de esas actitudes de ateísmo, indiferencia o superficialidad? Siempre, como causa fundamental, encontramos un desconocimiento del verdadero Dios. Imágenes falsas de Dios han hecho imposible para muchas personas creer en el Dios que se nos revela en Cristo.

No sólo hay imágenes falsas de Dios, hay también falsos conceptos que reducen a Dios a una mera abstracción filosófica; y eso, por supuesto, lleva al fracaso todo esfuerzo por conocer a Dios. Aun en los casos en que el concepto filosófico pudiera tener algo de positivo, siempre es insuficiente.

A pesar de todos los errores, el hombre no puede librarse por completo de la idea de Dios. A veces ni siquiera puede evitar que se le escape de los labios su nombre, que está por encima de todo nombre, aunque muchas veces se haga de modo inconsciente.

Es bastante conocida la anécdota del político republicano francés del siglo pasado, León Gambetta, quien en cierta ocasión declaró: «No podéis imaginaros cuánto esfuerzo me ha costado eliminar de mis discursos la palabra Dios. Pero por fin, después de grandes esfuerzos, ahora, cuando hablo en público, puedo hacerlo sin mencionar ese nombre, gracias a Dios».

En el fondo de la mente, e incluso en el subconsciente, el hombre no puede liberarse por completo de la idea de divinidad.

¿Existe Dios o no existe? Si existe, ¿cómo es?, ¿qué piensa?, ¿cuál es su voluntad? El gran deber de todo ser humano es llegar a conocerle.

En el libro del profeta Jeremías (9:23–24), leemos palabras que debieran ser tomadas seriamente en consideración por todos, porque en contraste con los valores humanos tan apreciados por la sociedad de todos los tiempos, hallamos el valor supremo:

«Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová».

Pero ¿qué significa conocer a Dios? Éste es el primer punto que debemos considerar. Para muchos conocer a Dios es simplemente tener un conocimiento mental correcto. Y esto es positivo. No podemos conocer a Dios si tenemos ideas equivocadas de Él. Lo que sobre Él pensamos debe corresponder a la realidad de lo que Dios es. Hemos de conocer cuál es su verdadera naturaleza: su espiritualidad (de ahí que no podamos representarlo con imágenes materiales) y sus atributos (trascendencia, inmanencia, omnipresencia, omnisciencia, su sabiduría infinita, poder sin límites, justicia, amor).

Hemos de conocer también cuáles son sus propósitos respecto al universo que ha creado, sobre todo en lo que concierne al hombre, originalmente hecho y puesto en el mundo como corona de la creación. Hemos de conocer las obras de Dios, no sólo como creador y sostenedor de cuanto existe, sino también como soberano que actúa sobre todo y sobre todos, llevando a cabo una obra mediante la cual no sólo busca la gloria de su nombre, sino también el mayor bien de sus criaturas.

Así que bien está que empecemos por ahí, por tener un conocimiento correcto de Dios, de quién es, cómo es, qué piensa, qué quiere, qué hace. Pero esto no basta. Conocer a Dios implica reconocer a Dios, admitir que Él es quien es y someternos a su soberanía.

Cantamos en el Salmo 100:

«Reconoced que Él es Dios; Él nos hizo, no nosotros a nosotros mismos; somos su pueblo, ovejas de su prado».

En nuestros días no gusta mucho que se hable de autoridad en ningún sentido, y mucho menos de la autoridad de Dios. Todavía, al parecer, el lema de millones de personas sigue siendo: «Ni Dios ni amo».

Pero si Dios no es reconocido como soberano, el hombre está indefectiblemente condenado a sufrir toda clase de esclavitudes, de opresiones. Será esclavo de otros hombres, de sus circunstancias, de sus propias pasiones, de su egoísmo, de su naturaleza caída, gravemente dañada por el pecado. Conocer a Dios significa reconocer que Él es el Señor, y que nuestro privilegio y nuestra bendición radican precisamente en nuestro voluntario sometimiento a su autoridad divina.

Pero hay más. Conocer a Dios equivale a mantener una relación personal con Él. No es sólo cuestión de la mente. Es una cuestión vivencial, existencial.

Los hebreos eran un pueblo muy práctico. No eran demasiado metafísicos, como los griegos: no eran dados a especulaciones; tenían conceptos muy prácticos de las cosas y de las personas. Por eso, cuando en el Antiguo Testamento se habla de conocer a Dios, el verbo que generalmente se emplea (yada) es un verbo que tiene como significado esencial «mantener relación con». Conocer a Dios es, por consiguiente, mantener una relación personal con Dios.

Era, sin duda, recogiendo esta idea que el gran pensador francés, Pascal, se refería al «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el Dios de los filósofos». Porque el Dios de los patriarcas era un Dios con el cual ellos pudieron relacionarse.

A pesar de la distancia enorme que la trascendencia de Dios establece entre Él y los hombres, Él es el Dios vivo, y es posible tener conexión viva con Él: oírle cuando Él nos habla a través de su Palabra y hablarle cuando respondemos a su voz mediante la plegaria.

Esa relación personal con Dios es una relación de confianza y de obediencia a sus preceptos, lo que nos llevará a una vida de rectitud moral, en contraste con la injusticia, impiedad y maldad que abundan en el mundo.

En el libro del profeta Oseas, leemos:

«Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra, porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra; perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden» (Oseas 4:1–2).

El mensaje de Oseas no puede ser más actual. No ha cambiado tanto el mundo desde sus tiempos hasta nuestros días. Cuando no hay conocimiento de Dios, que lleva a la obediencia a sus preceptos, indefectiblemente nos encontramos con las mismas realidades: no hay verdad, no hay justicia, no hay misericordia. En su lugar se suceden y multiplican los perjurios, las mentiras, las violencias, las muertes.

Conocer a Dios con nuestra mente, reconocer su soberanía, relacionarse personalmente con Él en una actitud de confianza y con una disposición que nos lleve a la obediencia, eso es reconocer a Dios. Y ésa es la mayor necesidad de todo ser humano.

Quizás algunos habrían empezado esta serie de artículos por el que viene a continuación: «¿Qué quiere Dios del hombre?: Que se conozca a sí mismo». Ésta era la inscripción famosa que había en el pórtico de Delfos: «Conócete a ti mismo».

Pero es imposible que una persona se conozca a sí misma si no conoce a Dios y su Palabra, en la que encontramos la luz necesaria para entender al hombre. Sin Dios y su Palabra el hombre es un misterio indescifrable. Por otro lado, sin Dios el hombre experimenta un vacío espiritual que nada ni nadie puede llenar. Muchas personas recurren a todos los medios que el mundo puede ofrecer para llenarlas, pero el vacío subsiste. Y el vacío se convierte en oscuridad. El gran poeta germano. Lema, decía: «Suprimid a Dios y se habrá hecho la noche en el alma humana».

Y la Biblia, ahondando en esta verdad, nos dice que ignorar a Dios, decidir no tenerle en cuenta, es hundirse en la idolatría, en la injusticia y en la inmoralidad.

¡Cuán estremecedor es el cuadro que nos presenta el apóstol Pablo en el primer capítulo de su carta a los Romanos!:

«La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó (la creación). Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios (a través de estas obras de la naturaleza), no le glorificaron como a Dios» (vs. 18–21).

Ahí no hay tanto una insuficiencia mental para conocer a Dios como una desviación moral, una actitud de rebeldía y desobediencia.

«No le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido» (v. 21).

¿Y cuál fue el resultado?: La idolatría.

«Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» (v. 23).

Y, por otra parte, la inmoralidad sin freno. Dios abandona al hombre para que siga su propio camino de pecado con sus consecuencias:

«Por lo cual también Dios lo entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al creador, el cual es bendito por los siglos» (vs. 24–25.

«Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia» (vs. 28–31).

¡Qué radiografía de la sociedad del primer siglo! No tenemos necesidad hoy de ir a un nuevo radiólogo, porque el resultado sería exactamente el mismo, consecuencia de la actitud que se empeña en no conocer a Dios, es decir, en no reconocer su señorío y relacionarse con Él como corresponde a criaturas creadas para su gloria, gloria en la que el hombre halla su supremo bienestar.

Porque las consecuencias de ignorar a Dios son tan fatales, es necesario que el hombre conozca y reconozca a Dios. Pero junto a todas las razones negativas hay una positiva. El Señor Jesucristo, en su oración sacerdotal, dijo al Padre:

«Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el solo Dios verdadero y a tu Hijo Jesucristo» (Juan 17:3).

Dicho de otro modo: conocer a Dios, de la manera que hemos explicado, es tener la vida eterna.

¿Y qué es la vida eterna? Lo primero que viene a nuestra mente es la idea de una vida sin fin, que se prolonga por los siglos de los siglos.

Ese aspecto cuantitativo de la vida eterna es correcto, pero no expresa toda la realidad de la expresión bíblica, porque la vida eterna no es sólo cuestión de tiempo, sino de calidad, calidad de vida. La vida eterna es una vida plena en la que el ser humano halla su plena realización. Esta palabra (realización) está de moda, pero nosotros queremos utilizarla en su sentido más literal: «realización», hacerse real, que el hombre llegue a ser real, porque ahora no lo es. El hombre no es lo que debería ser: la gloriosa imagen del Dios que lo creó.

Algunos pensadores nos hablan del hombre como en proceso: «El hombre no es, sino que está en vías de llegar a ser». La Biblia nos amplía y aclara esta idea con gran realismo. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, como un ser perfecto. Cuando salió de las manos de Dios, podía decirse que el hombre era ya todo lo que podía y debía ser en toda su grandeza: corona de la creación, poco menor que los ángeles, pero superior a todo lo que Dios ponía bajo su dominio.

Cuando sobrevino la caída el hombre fue destituido de la gloria de Dios. Pero Dios inició desde aquel mismo momento su obra de restauración. Y aunque es verdad que ahora el hombre ya es lo que debería ser, Dios está obrando y prevalece la esperanza de que en Cristo el hombre puede llegar a adquirir la plenitud de su realidad en toda la grandiosidad de sus posibilidades mentales, morales, espirituales y sociales.

Sólo así puede llegarse a la realidad del hombre nuevo, concepto eminentemente bíblico que algunos pensadores no cristianos han tratado de apropiarse y usar en provecho de sus propias ideologías.

Resumiendo, diríamos que la vida eterna es la vida en abundancia que el Señor Jesucristo prometió para aquellos que le siguen:

«Yo he venido—dijo Él—para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:10).

Por eso es necesario conocer y reconocer a Dios.

Pero ese conocimiento no es fácil, hemos de admitirlo. Hay dificultades para llegar a conocer de veras a Dios. Tropezamos con dificultades intelectuales. Es cierto que tenemos muchas razones lógicas para creer en Dios, que una mente sin prejuicios se siente inclinada de modo natural a reconocer que forzosamente tiene que haber algo o alguien que ha hecho todas las cosas, y que un universo tan grande, tan ordenado, tan sobrecogedor, no puede ser resultado del azar. Como se ha dicho tantas veces, cuesta mucho más ser ateo y creer que todas las maravillas del universo se han hecho por casualidad, como resultado del choque fortuito de los atómos del universo, que creer en la intervención de un Dios todopoderoso y sabio.

Sin embargo, la aceptación de la existencia de Dios—y mucho más la comprensión, el conocimiento verdadero de Dios—tiene sus problemas. La existencia de Dios no puede demostrarse científicamente, es cierto. Y aun admitiendo la existencia de Dios, surge la gran pregunta: ¿Cómo es Dios? Porque su realidad escapa, como hemos dicho, a toda especulación filosófica. Desde el punto de vista intelectual, quizás la posición más correcta sería la del agnóstico, que sin llegar al ateísmo piensa que es imposible conocer a Dios.

También hay dificultades psicológicas, las hay especialmente en el caso de personas que han tenido en su vida experiencias traumáticas de sufrimiento, de frustración o desilusión, experiencias que vienen a ser como un velo tupido que oculta cualquier rayo de revelación, cualquier fuente de conocimiento de Dios. La idea de Dios como Padre, por ejemplo, ¡cuán difícil es de aceptar para las personas que han tenido una infancia desgraciada, que han sufrido los rigores de un padre despótico que ha maltratado a sus hijos sin consideración alguna. ¿Cómo aceptar la imagen de un Dios Padre?

Por causas intelectuales o psicológicas hay muchas personas que tienden al escepticismo y la duda, aunque cabe decir que sus dificultades no necesariamente han de ser decisivas (en muchísimos casos no lo han sido). Tomás, el apóstol, era por temperamento y por estructura natural un escéptico: «A menos que pueda meter mis dedos en el lugar de los clavos, no creeré». Y, sin embargo, llegó a creer.

Si yo hubiese de dar mi testimonio personal, habría de decir que también por naturaleza soy escéptico. Pero el escepticismo puede ser vencido, y lo es cuando la Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, penetra en la mente de una persona.

Puede haber también dificultades sociales, la influencia del medio ambiente, sobre todo en nuestros días con sus corrientes de ateísmo y menosprecio de todo lo religioso. Vivimos en una sociedad que ha sufrido los efectos de un cristianismo adulterado, con una presentación de Dios que dista mucho del Dios de la Biblia, bajo los efectos de un cristianismo que en muchos momentos históricos ha resultado abiertamente escandaloso, pues en nombre de Dios se cometieron verdaderas atrocidades. Todo eso crea un mentalidad que predispone desfavorablemente respecto al conocimiento del verdadero Dios.

Sobre todo, hay dificultades morales. Se rechaza la idea de Dios porque no gusta la verdad de su existencia. Es mejor rechazar su autoridad y sus leyes.

Éste fue el motivo principal por el cual el antiguo pueblo de Israel no conoció a Dios. Isaías escribía:

«El buey conoce a su dueño y el asno conoce el pesebre de su señor, pero mi pueblo no conoce, no tiene discernimiento …» (Isaías 1:3).

¿Por qué? ¿Porque no habían tenido suficiente luz? ¿Porque Dios no les había hablado con suficiente claridad? No, sino porque se habían obstinado en vivir su propia vida en una actitud de rebeldía abierta.

Es lo que sucedió en el mundo pagano en los días del apóstol Pablo, como hemos leído en el capítulo primero de la carta a los Romanos. Habiendo conocido las obras de Dios, no quisieron glorificarle, antes se envanecieron en sus propios pensamientos y su mente fue oscurecida a causa de su actitud. Entonces su sabiduría se convirtió en necedad (1 Corintios 1:20–21).

Es difícil, sí, conocer a Dios, a causa de dificultades intelectuales, psicológicas, sociales y morales (sobre todo morales); pero no es imposible. Es muy posible. Y Dios, que quiere ser conocido por los hombres, ha hecho todo lo necesario para que el conocimiento de Él sea correcto.

Solamente su Palabra, el testimonio que Dios da de sí mismo, puede llevarnos a conocerle de veras. Aparte de esto, todo lo que nosotros podamos pensar o imaginar siempre resultará confuso, nebuloso, ambiguo.

Fue muy honrado y muy sincero el filósofo Tales de Mileto, a quien Creso, famoso por sus riquezas, dijo: «Quisiera que me contestaras una pregunta: ¿Cómo es Dios?» El filósofo respondió: «Dame un día para pensar y mañana te contestaré». Al día siguiente compareció ante él, y dijo: «Lo siento, dame un día más». Después de otro día tampoco tenía respuesta satisfactoria. Pasaron algunas semanas, y finalmente Tales dijo: «Confieso que para tu pregunta no tengo respuesta».

Tertuliano, algunos siglos más tarde, haría alusión a esta anécdota y añadiría, dirigiéndose a los paganos de su tiempo: «Ya lo veis; lo que el más grande de vuestros filósofos no pudo saber, lo sabe el cristiano más sencillo a la luz de la Palabra de Dios».

Como decía el apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, el hombre natural por sí mismo, por su propia sabiduría, no puede entender o conocer a Dios. Las cosas de Dios le son locura (1 Corintios 2:14).

Hay sólo un medio para conocer a Dios: su propia revelación. Pero esa revelación existe. Dios no ha permanecido en el silencio a través de los siglos, sino que, por el contrario, como leemos en la carta a los Hebreos (1:1), «Dios ha hablado muchas veces, de muchas maneras». Ha hablado por el testimonio del Antiguo Testamento y, finalmente, a través de la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo.

Como leemos en Juan 1:18: «A Dios nadie le vio jamás», pero «el unigénito Hijo, Él le ha dado a conocer». Él es la revelación perfecta de Dios. En Cristo se nos revela un Dios santo y justo. La vida de Jesús fue una denuncia constante de todos los pecados de su tiempo, no sólo de los pecados más graves condenados por la sociedad, sino de los otros más refinados, practicados con el beneplácito de la sociedad de su día: la hipocresía, el egoísmo, la vanagloria, la falsa religiosidad.

Cristo nos revela un Dios justo que condena todas las formas de pecado de los hombres. Pero también nos revela un Dios de amor, un Dios que ama al mundo con compasión infinita y profunda, como se ilustra en la palabra del hijo pródigo; un Dios redentor, que libera al hombre del pecado y de todas su consecuencias, que lo arranca de la desgracia de su caída moral para restaurarlo a la comunión con Él para que goce de todos los bienes de una salvación maravillosa. Esta salvación no es una liberación parcial, como la que se preconiza en la teología de la liberación. Incluye, sí, la liberación de los males sociales acarreados por el pecado, pero empezando por la raíz del pecado, que es el divorcio del hombre respecto a Dios, la rebeldía ante su autoridad.

El hombre necesita conocer a Dios, y aunque sea difícil puede y debe conocerle.

Y con eso concluimos, con la responsabilidad del hombre ante el Dios que se ha dado a conocer. Si Él no se hubiese revelado, podríamos tener, si no una excusa total, al menos atenuantes.

Pero ahora, habiéndose revelado Dios de un modo tan perfecto en la persona y obra de Jesucristo, no podemos eludir nuestra responsabilidad. Y de nuestra actitud ante Cristo depende que tengamos vida eterna de plenitud o, por el contrario, perdición en el sentido bíblico: frustración total, degradación, sufrimiento y condenación, reprobación por parte de Dios.

Es una realidad muy solemne la que destaca el Evangelio refiriéndose a quienes se empeñan en ignorar y no conocer al Dios revelado en Cristo. A éstos Cristo les dirá un día: «Apartaos de mí, nunca os conocí» (Mateo 7:23).

La responsabilidad impone una decisión: La decisión de empezar hoy mismo, si no lo has hecho antes, a conocer a Dios por medio de su Palabra, leyéndola, escuchándola, pidiendo su ayuda, aunque sea con la oración del escéptico («Señor, no sé si existes o no. Pero si existes revélate a mi alma»), oración que muchas veces ha sido contestada positivamente por Dios, siempre que se ha hecho con sinceridad.

Sí, empieza a partir de hoy a conocer a Dios por medio de su Palabra, y una vez conocida y comprendida acepta su invitación al reconocimiento de este Dios maravilloso que se nos ha revelado en Cristo, su invitación a la conversión, a confesarle nuestros fracasos, nuestros pecados, nuestro alejamiento, nuestra rebeldía, y a decirle:

«Dios mío, hasta ahora he vivido de espaldas a ti; pero he oído tu Palabra, ha llegado a mí un rayo de tu luz, dame más claridad porque, como decía el salmista: ‘en tu luz veremos la luz’» (Salmo 36:9).

Y aquellos que ya conocemos a Dios, busquemos también a través de su Palabra un conocimiento más amplio, más profundo de Él. Todavía sigue en vigor la exhortación de Pedro que hallamos al final de su segunda carta: «Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo», aquel que nos ha revelado a Dios para que le conozcamos y sirvamos, porque en su conocimiento y en su servicio el ser humano encuentra su plena realización, su más profunda satisfacción: la vida eterna.

Martínez, J. M., Vila, P. M., Velert, R., & Burt, D. F. (2000). ¿Qué quiere Dios del hombre?. Barcelona: Publicaciones Andamio.
Página .  Exportado de Software Bíblico Logos 5, 11:38 a.m. 14 de diciembre de 2012.



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