Madurez o inmadurez espiritual.

 Madurez o inmadurez espiritual.

Por Christopher Shaw

 “Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño;pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.” (Hebreos 5.13–14, RVR60)

El autor de Hebreos expresa en este pasaje cierta frustración por las personas a las cuales está escribiendo. El tema que está tratando no es fácil de explicar. La dificultad, sin embargo, se ve multiplicada porque ellos se habían hecho tardos para oir. En lugar de haber avanzado hacia los asuntos de personas maduras, seguían dando vueltas con los asuntos propios de los niños. En este contexto, entonces, el autor señala que no es natural que una persona, que tenga cierta cantidad de años en Cristo, siga con actitudes y comportamientos inmaduros.

¿A qué actitudes y comportamientos hacía referencia? Pues en primer lugar, los niños no poseen ninguna capacidad de relacionarse adecuadamente con los demás. Los niños no han transitado todavía por esas experiencias, ni han vivido aquellos procesos que les ayudan a entender que el mundo no gira exclusivamente en función de ellos. De la misma manera, las cristianos inmaduros tienen una perspectiva particular de la vida espiritual: creen que la iglesia, los líderes y los ministerios deben existir exclusivamente para suplir sus necesidades. Todo lo que acontece en la iglesia lo miden en relación a sus propias vidas y no consiguen separar correctamente los temas relacionados a la vida.

Los niños tampoco poseen los elementos necesarios para saber discernir lo que les conviene y lo que potencialmente les puede resultar peligroso. Un niño encuentra igualmente atractivo un juguete tirado en el piso, como la llama de un estufa encendida o la salida eléctrica de algún artefacto hogareño. Con la misma curiosidad toma todo en sus manos. Por esta razón es necesario que sus padres estén alertas y vigilen sus movimientos. El cristiano inmaduro no posee discernimiento para saber qué le conviene y qué no. Por esta razón es arrastrado por todo «viento de doctrina» y cae preso de las enseñanzas extrañas que pasan muchas veces por la iglesia.

Los niños tampoco poseen la capacidad de atender sus propias necesidades. No saben procurar alimento, cambiar su ropa o higienizarse. Para todo, dependen de sus padres. De la misma manera el cristiano inmaduro necesita que siempre lo estén atendiendo. No puede estudiar solo, ni puede presentar el evangelio a un amigo. Necesita que otros lo hagan por él, y si no lo hacen entonces las tareas quedan inconclusas.

Estos comportamientos son comprensibles en los que tienen pocos años de vida. Entendemos y asumimos que en esta etapa de la vida nosotros deberemos proporcionarles mucha ayuda. No veríamos como normal, sin embargo, estar dispensando estas mismas atenciones a una persona de veinte o treinta años. De la misma manera, no es aceptable que personas que llevan diez, quince o veinte años dentro de la iglesia sigan insistiendo en comportamientos que son propios de niños.

Para pensar:

Para avanzar hacia el manejo de asuntos propios de maduros, es necesario el deseo de abandonar lo que es de niños. Esas actitudes infantiles, que son egoístas, deben ser descartadas para dar lugar a comportamientos y perspectivas propias de adultos.

 

 


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