EL ENFOQUE CATÓLICO DE LA SALVACIÓN

EL ENFOQUE CATÓLICO DE LA SALVACIÓN

Por: Richard B. Ramsay

La siguiente anécdota en la novela popular, Donde el corazón te lleve, es una alegoría de la experiencia religiosa de muchas personas, tanto católicas como protestantes:

En la entrada del colegio las hermanas tenían armado un gran pesebre durante todo el año. Estaba Jesús en su choza con el padre, la madre, el buey y el pequeño asno, y alrededor había montes y despeñaderos de cartón de piedra, poblados solamente con un rebaño de ovejitas. Cada una de ellas era una alumna y, de acuerdo con su comportamiento del día, era alejada o aproximada a la choza de Jesús. Todas las mañanas, antes de ir a clase, pasábamos por delante del pesebre y nos obligaban a mirar nuestra posición. Del otro lado de la choza había un precipicio muy profundo, y era allí donde estaban las más malas, con dos patitas ya suspendidas en el vacío. De los seis a los diez años viví condicionada por los pasos que hacía mi corderito. Y no necesito decirte que casi nunca se movía del borde del despeñadero.[1]

Tendemos a pensar que nuestra distancia de Dios depende directamente de nuestra conducta. La gran pregunta es, ¿cómo puedo resolver este dilema? ¿Cómo puedo quedar bien con Dios?  ¿Cual es las posiciones oficiales de la Iglesia Católica y de la Iglesia Protestante?

Los protestantes creemos que el hombre se acerca a Dios y se salva solamente por la fe en Jesucristo. Destacamos la obra directa del Espíritu Santo en las personas. En cambio, los católicos enseñan que la salvación depende de los sacramentos y de los méritos logrados por el hombre en colaboración con la gracia de Dios, además de la fe. Destacan a la Iglesia como canal de la gracia salvadora de Dios. La posición católica no es tan simple como algunos protestantes pretenden; no es exactamente la fe + las obras = la salvación.

Este tema es el más importante de todos, porque llega al corazón del evangelio. Al principio, las diferencias podrían parecer muy sutiles, pero en realidad son profundas.

Tanto los protestantes como los católicos apuntan a la obra de Cristo como la base de nuestra salvación. El hombre es pecador y merece la condenación eterna. Jesús vino a vivir la vida perfecta y a morir en nuestro lugar. Él recibió el castigo que nosotros merecemos. La salvación depende de la gracia de Dios. En estos temas, ambas iglesias están de acuerdo, por lo menos en lo que enseñan tradicionalmente.

Pero la pregunta clave es: ¿Cómo recibe el hombre la salvación que Jesús consiguió? Es aquí donde las respuestas se diferencian. Es decir, la diferencia no está en cómo Dios logró la salvación por nosotros, sino que está en cómo la aplica a nosotros.

Veamos la posición católica:

El problema del pecado

Primero, antes de hablar de la salvación, debemos explicar por qué se necesita la salvación. Todos los cristianos estamos de acuerdo en que el problema es el pecado. Sin embargo, hay diferencias de perspectiva acerca de la extensión y la gravedad del pecado, algo que influye mucho en la doctrina de la salvación.

Hubo un debate teológico en el quinto siglo entre Agustín de Hipona y Pelagio, un monje inglés, acerca de los efectos de la caída, el pecado original, y la gracia redentora. Pelagio reaccionó en contra del énfasis de Agustín en la necesidad absoluta de la gracia soberana de Dios, temiendo que esta doctrina causara una actitud pasiva en la lucha contra el pecado.[2]  El monje creía que el hombre, aun después de la caída, era capaz en sí mismo, sin ninguna obra sobrenatural de Dios, de obedecer a Dios y evitar el pecado.

… Un hombre puede estar sin pecado y guardar los mandamientos de Dios, si desea, porque Dios le ha dado esta habilidad.[3]

Aunque Agustín no era totalmente consecuente en todos sus escritos, tomó el liderazgo en el debate público en contra de Pelagio y sus colegas. Insistió que el hombre había sido tan afectado por la caída, que era incapaz de agradar a Dios sin una obra previa, soberana y sobrenatural del Espíritu Santo. Según él, el hombre caído es una «massa peccati», una masa de pecado, hasta que Dios regenera su corazón. Antes de la caída era posible pecar o no pecar, pero después de la caída, es imposible no pecar.

La doctrina de Pelagio fue condenada por varios concilios de la Iglesia del oeste (Cartago en 412, 416, y 418; Éfeso en 431; Orange en 529, incluso Trento en 1546). Pelagio fue excomulgado por el Papa Inocencio I.[4]

Sin embargo, no todos estaban completamente de acuerdo con Agustín. Algunos (como Juan Cassiano) adoptaron una posición entre Pelagio y Agustín (llamada normalmente «semi-Pelagiana», pero a veces «semi-Agustiniana»), en que reconocen mayormente los efectos de la caída, pero creen que quedó algún elemento positivo en el hombre que le permite acercarse a Dios. La gracia divina es necesaria para la salvación, pero el hombre toma la iniciativa en buscar esa gracia; la gracia no es eficaz hasta que el hombre responda por su propia voluntad. «El hombre está enfermo pero no muerto en sus pecados; no se puede sanar a sí mismo pero puede llamar el doctor.».[5] Aunque este enfoque también fue condenado por el Concilio de Orange, tuvo gran influencia sobre la futura posición oficial de la Iglesia Romana. Fue expresado en la teología escolástica de Tomás de Aquino y Juan Duns Escoto, y posteriormente en el Concilio de Trento.[6]

El Catecismo de la Iglesia católica lo expresa claramente:

405 … La naturaleza humana no está totalmente corrompida; está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado.[7]

La iniciación

Primero, una persona recibe la gracia inicial en el sacramento del bautismo (normalmente como infante). Esto produce tanto perdón como renovación espiritual. Según el Catecismo católico:

1213 El santo bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu (vitae spritualis ianua) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión.…

1263 Por el bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales, así como todas las penas del pecado.

Note que varias cosas importantes suceden a la persona a través del bautismo: 1) se le perdona el pecado, 2) nace de nuevo, 3) llega a ser miembro de la Iglesia, y 4) recibe la gracia. Obviamente este sacramento es clave para los católicos. Es el comienzo de su vida cristiana, su capacitación inicial.

El catecismo católico también ocupa la terminología de la «justificación» para explicar los resultados del bautismo.

1992 … La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe.

Los protestantes tenemos que evitar una confusión al leer el término «justificación». Para los católicos, la justificación incluye tanto el perdón de los pecados, como la liberación del poder del pecado. La persona bautizada es perdonada y recibe una infusión de fuerza para superar el pecado. Para los católicos, la «justificación» encierra los dos conceptos que los protestantes llamamos «justificación» y «santificación».

1989 … «La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.»

Después, cuando la persona bautizada llega a la «edad del uso de la razón», participa en la confirmación y recibe la Eucaristía. Estos dos sacramentos adicionales forman parte de su «iniciación», porque preparan a la persona a vivir una nueva vida en Cristo.

Cuando los protestantes leemos acerca de todos los beneficios del bautismo, nos preguntamos, «¿No está salva entonces la persona, según los católicos? ¿No recibe ya la vida eterna por medio del bautismo?» Pero según el esquema católico, el problema es que la persona todavía tiene la debilidad de una naturaleza pecaminosa (llamada «concupiscencia»), y cuando peca, pierde el estado de limpieza que viene con los sacramentos de iniciación. En otras palabras, el bautismo cubre el pecado original y el pecado personal anterior al bautismo, pero no los pecados cometidos después del bautismo.

405 … El bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.

Es como si la persona fuera un vaso que ha sido llenado de agua pura, pero cuando la persona comete un pecado, el agua se contamina.[8] Ahora tiene que purificar el agua de nuevo. La ventaja está en que, después de la iniciación, la persona ya tiene el Espíritu Santo y la gracia para hacer méritos. Esto nos lleva a la segunda etapa de su salvación.

La colaboración

La persona bautizada «colabora» con la gracia de Dios para obtener la vida eterna, especialmente haciendo méritos y haciendo uso de los otros sacramentos como la Eucaristía y la penitencia. Este proceso es necesario porque el perdón logrado en el bautismo no era permanente ni completo. Cuando el Catecismo habla de la penitencia, explica que es necesaria porque se puede perder «la gracia bautismal».

1446 Cristo instituyó el sacramento de la penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, para los que después del bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial.

Desde el momento en que la persona recibe la gracia en el bautismo (y es «justificada»), empieza a colaborar con la gracia de Dios, y a hacer méritos.

1993 La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia.

Es verdad que el catolicismo enseña que la salvación está basada fundamentalmente en la gracia (ayuda gratuita) de Dios. En el sentido estricto de la palabra, el hombre no merece nada.

2007 Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre.

Sin embargo, el hombre no está totalmente dependiente de la gracia, sin tener algo que aportar.

Como vimos anteriormente, la caída no produjo una corrupción total, según el enfoque católico. Además, en los sacramentos de iniciación, la persona recibe una capacidad nueva para cooperar con Dios en la lucha espiritual. Ha recibido esta capacidad por gracia, pero la persona misma decide cómo usar esa capacidad.

En la práctica, esta colaboración significa que, tanto la vida eterna, como las bendiciones diarias, dependen de la conducta del hombre.

2010 … Bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para la santificación, para el crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios. Estas gracias y bienes son objeto de la oración cristiana, la que provee a nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias.

2016 Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús. (cf. Cc. de Trento: DS 1576)

2027 Nadie puede merecer la gracia primera que constituye el inicio de la conversión. Bajo la moción del Espíritu Santo podemos merecer en favor nuestro y de los demás todas las gracias útiles para llegar a la vida eterna, como también los necesarios bienes temporales.

Un aspecto clave de la «colaboración» del hombre con la gracia de Dios es el uso debido de los sacramentos. La participación continuada en la Eucaristía es especialmente importante para recibir fuerza espiritual.

1068 … En efecto, la liturgia, por medio de la cual «se ejerce la obra de nuestra redención», sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia.

1074 «La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» … Es en los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres.

La confesión y la penitencia también son importantes, porque otorgan el perdón de pecados cometidos después del bautismo.

1422 «Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él.…»

¿Qué lugar tiene la fe? La Iglesia Católica enseña que la fe es necesaria para la salvación.

161 Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación.

Pero la fe no es lo único que se necesita. Se necesitan también el bautismo, los otros sacramentos, y los méritos.

Además, cuando los católicos hablan de la «fe», ponen mucho énfasis en el aspecto corporal de la fe. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y el depósito de la fe y, por lo tanto, es el canal a través del cual un individuo «cree». En otras palabras, cuando uno se hace miembro de la Iglesia, comparte la fe del Cuerpo entero. Creer es un «acto eclesial».

169 La salvación viene sólo de Dios; pero como recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: «creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación.» … Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe.

181 «Creer» es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. «Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre.»

¡Esto explica la importancia de los sacramentos! Cuando una persona es bautizada, participa de la fe corporal de la Iglesia, dando comienzo al camino de la salvación. La Iglesia es su «madre» quien engendra, alimenta, y cuida a sus miembros. Los sacramentos siguen siendo la conexión vital con la gracia de Dios, canalizándola a través del Cuerpo de Cristo, representado por las autoridades de la institución.

Los católicos han designado esta época histórica como «la economía sacramental».

1076 El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo. El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la «dispensación del Misterio»: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, «hasta que él venga» (1 Co 11:26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama «la Economía sacramental»; ésta consiste en la comunicación (o «dispensación») de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia «sacramental» de la Iglesia.

La palabra nos enseña:

Juan 5:24

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 3:16–18

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Romanos 4:1–5

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque, ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

Efesios 2:8–9

Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Note esto: Dios lo planificó así para que nadie pudiera jactarse. ¿Se puede imaginar una escena en el cielo donde todos están comparando lo que hicieron para merecer la vida eterna, jactándose? ¡No puede ser! La única actitud que tiene lugar en el cielo es una de humilde gratitud al Señor por salvarnos.

La obediencia a la ley no nos salva. Para salvarnos por nuestra propia justicia, tendríamos que ser perfectos. Ya que nadie es perfecto, la ley solamente destaca nuestra culpa. Demuestra la necesidad de la salvación.

La ley es como un letrero apuntando a Jesús. Imagine que queremos ir a la luna, y la única manera es viajar en una nave espacial. Supongamos que hay un letrero que dice, «Aquí a la luna. Tiene que abordar esta nave espacial». Así es nuestra situación. Queremos ir al cielo, pero el único camino es por la fe en Cristo. La ley es como un letrero diciendo, «Aquí al cielo. Tiene que creer en Jesucristo, porque usted es pecador». ¡Tratar de salvarse por buenas obras sería como sentarse encima del letrero para que lo lleve a la luna!

Romanos 3:19–24, 28

Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús …

Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

Gálatas 3:10–11

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá.

No se puede mezclar el concepto de la salvación por gracia con el concepto de la salvación por méritos, porque son conceptos contradictorios. La gracia es favor no merecido. Si la salvación viene por la fe y por méritos, ya no es gracia. Si alguien paga un solo peso por un auto, ya no es un regalo, sino una compra-venta.

Romanos 11:6

Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera, la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.

El error de los judíos era pensar que eran salvos por el hecho de ser judíos y por guardar la ley. Muchos pensaban que la circuncisión, señal de ser judío, garantizaba su salvación. Sin embargo, Pablo les muestra que el judío verdadero es el que tiene fe.

Romanos 2:28–29

Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.

Romanos 9:31–32

… mas Israel, que iba tras la ley de justicia, no alcanzó la ley. ¿Por qué? Porque no era por fe, sino por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo,.…

Gálatas 3:7

Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.

A mi juicio, los católicos cometen el mismo error que los judíos, cuando enseñan que la salvación depende del bautismo. El bautismo para ellos es como la circuncisión para los judíos. Pero según la Biblia, la circuncisión verdadera es la del corazón, y el bautismo verdadero es el bautismo del corazón.

El ladrón en la cruz no pudo ser bautizado, ni hacer méritos. Sólo expresó arrepentimiento y fe en Jesús, pidiendo la salvación.

Pablo lo expresa claramente en sus epístolas. Insiste en que tratar de salvarse por buenas obras solamente lleva a la condenación. ¿Por qué? Porque es lo opuesto de confiar en Dios, y es muy arrogante en el fondo.

Piense en un joven que compra una argolla para su novia. Le declara su amor y le pide que se casen. ¡Ahora imagine que ella saca dinero para pagársela! ¿Por qué le ofendería? ¡Porque él quiere regalarle la argolla! Él quiere mostrarle su amor. Piense en una familia durante Navidad. ¿Cómo sería si cada uno sacara una calculadora para ver cuánto deberían pagar a los demás por sus regalos? Es una ofensa aun más grande para Dios cuando tratamos de pagar algo por nuestra salvación. ¡La vida eterna es el regalo más lindo que pudiéramos recibir! Dios dio a Su propio Hijo en la cruz para conseguirla. Por lo tanto, ofrecer algo por ella, en verdad, pisotea Su amor.

Hay una diferencia fundamental entre el concepto católico y el concepto protestante de la justificación. Los protestantes definimos la justificación como un veredicto divino que deja al hombre libre de culpa y lo deja con la justicia de Jesús a su favor. No la vemos como una combinación de perdón y de renovación interior, como la entienden los católicos. No incluimos la santificación bajo el mismo concepto de la justificación, sino que la separamos como un aspecto distinto de la salvación. Primero viene la justificación, que establece la situación legal de la persona, y después viene la santificación, que es un proceso de crecimiento.

Ramsay, R. B. (2004). Católicos y protestantes: ¿Cuál es la diferencia?. Miami, FL: FLET Inc.

Bibliografía del autor:

1.- Susana Tamaro, Donde el corazón te lleve (Santiago de Chile: Editorial Atlántida, 1995), pp. 66–67.

2.- Confesiones, citado por R. C. Sproul, «Augustine and Pelagius», http://www.leaderu.com/theology/augpelagius.html (28 de octubre, 2004).

3.- Citado por Geoffrey Ó Riada en “Pelagius: To Demetrias”. http://www.brojed.org/pelagius.html (28 de octubre de 2004).

4.- Louis Berkhof, The History of Christian Doctrines (Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 1975), pp. 205–210. Vea también R. Scott Clark, «Pelagianism». http://public.csusm. edu/public/guests/rsclark/Pelagius.htm (28 de octubre, 2004), y R.C. Sproul, «Augustine and Pelagius».

5.- Jorge Trujillo, «¿Son pecadores los niños?

6.-  la doctrina del pecado orginal», http://www.vidaeterna.org/esp/estudios/pecado_original.htm (27 de octubre, 2004).

7.- Se usa solamente el número del párrafo en todas las citas del Catecismo, para poder encontrar la cita en cualquier versión.



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