¿Quién decía ser Jesús? ¿Es Jesús Dios?

 ¿Quién decía ser Jesús?

Por:  Norman Geisler, Ron Brooks

Dijo ser Jehová (Yavé—YHWH)

Jehová—o propiamente, Yavé—, es el nombre especial dado por Dios para sí mismo. En el Antiguo Testamento hebreo se escribe simplemente con cuatro letras (YHWH) y era considerado tan santo que el judío pío no lo pronunciaba. Aquellos que lo escribían tenían que realizar, primero, una ceremonia especial.; YHWH es el nombre revelado a Moisés, cuando Dios dijo: «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14), y su significado tiene que ver con la autoexistencia de Dios. YHWH solo se emplea para referirse al único Dios verdadero, aunque hay otros títulos dados a Dios que pueden usarse respecto a los hombres (adonai, en Génesis 18:12) o falsos dioses (elohim, en Deuteronomio 6:14). Solo sería adorado o servido (Éxodo 20:5) y su nombre y gloria no se le daban a nadie más. Isaías escribió: «Así dice Jehová: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios. Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas» (Isaías 44:6; 42:8).
No es extraño entonces, a la luz de esto, que los judíos tomaran piedras y acusaran a Jesús de blasfemar cuando afirmó ser YHWH. Él dijo: «Yo soy el buen pastor» (Juan 10:11), pero el Antiguo Testamento decía: «Jehová es mi pastor» (23:1).
Jesús proclamó ser el juez de todos los hombres (Mateo 25:31; Juan 5:27), pero el profeta Joel cita a Jehová que dice: «Me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor» (Joel 3:12).
Jesús oró: «Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5). Pero Jehová del Antiguo Testamento dijo: «Y a otro no daré mi gloria» (Isaías 42:8).
De igual manera, Jesús se llamó «el novio» (Mateo 25:1) cuando el Antiguo Testamento identifica de esa manera a Jehová (Isaías 62:5; Oseas 2:16). El Cristo resucitado dice lo mismo que Jehová en Isaías 44:6: «Yo soy el primero, y yo soy el postrero» (Apocalipsis 1:17).
El salmista declara: «Jehová es mi luz» (Salmo 27:1), y Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12).
Quizá la más fuerte expresión de Jesús proclamando ser Jehová es: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). Esta expresión proclama no solo existir antes que Abraham, sino igualdad con el «YO SOY» de Éxodo 3:14.

Declaraciones de Jesús

Ser Jehová—Juan 8:58
Igualdad con Dios—Juan 5:18
Ser el Mesías—Marcos 14:61–64
Aceptar adoración—Mateo 28:17
Igual autoridad con Dios—Mateo 28:18
Orar en Su nombre—Juan 14:13, 14

Los judíos que lo rodeaban comprendieron claramente lo que quiso decir, y recogieron piedras para matarlo por blasfemo (Juan 8:58; 10:31–33). Lo mismo se manifiesta en Marcos 14:62 y Juan 18:5, 6.

Dijo ser igual a Dios

Jesús también proclamaba ser igual a Dios en otros aspectos. No solo asumió los títulos de la Deidad, sino que reclamó para sí mismo las prerrogativas de Dios. A un paralítico le dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Marcos 2:5).
Los escribas respondieron correctamente: «¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?» Así que, para probar que su proclama no era una vana jactancia, sanó al paralítico, ofreciendo la prueba directa que también era verdad lo que había dicho en cuanto a perdonar pecados.
Otra prerrogativa que Jesús reclamó fue el poder de levantar y juzgar a los muertos: «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán … y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Juan 5:25–29).
Jesús eliminó toda duda que pudiera haber al respecto cuando agregó: «Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida» (Juan 5:21).
El Antiguo Testamento enseña que solamente Dios era el dador de la vida (1 Samuel 2:6; Deuteronomio 32:39); que levantaba a los muertos (1 Samuel 2:6; Salmo 49:15), y el único Juez (Joel 3:12; Deuteronomio 32:35). Jesús asume osadamente poderes que solo Dios tiene.
También proclamó que sería honrado como Dios; dijo que «todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió» (Juan 5:23).
Los judíos que escuchaban sabían que nadie debía proclamar ser igual a Dios de esa manera y, nuevamente, procuraron matarlo (v. 18).

Dijo ser el Dios-Mesías

La doctrina del Antiguo Testamento es clara en cuanto al Mesías que viene a liberar a Israel enseñando que es Dios mismo. Cuando Jesús afirmo ser ese Mesías, estaba proclamando que era Dios. Por ejemplo, el famoso canto navideño (Isaías 9:6) llama al Mesías «Dios fuerte, Padre eterno».

¿Qué es el «Mesías»?

La palabra «Mesías» viene del vocablo hebreo que significa «El ungido». En sentido general, se usó en cuanto a Ciro el persa (Isaías 45:1), y el rey de Israel (1 Samuel 26:11). Tras la muerte de David, Israel empezó a buscar un rey que se le pareciera debido a la promesa de 2 Samuel 7:12–16, pero las profecías de un venidero Salvador-Profeta-Rey se remontan a Génesis 3:15 y Deuteronomio 18. Muchos pasajes describen al venidero Rey del cual se dice será de la simiente de David (Jeremías 33), y nacerá en Belén (Miqueas 5:2). Sus hechos incluirían dar vista al ciego, liberar cautivos, proclamar el evangelio (Isaías 61:1). Su reino se describe en Zacarías 9 y 12. En el período intertestamentario, surgieron dos ideas en cuanto al Mesías, una política y la otra espiritual, conceptos ambos que se esperaban encontrar en la misma Persona.

El salmista escribió del Mesías: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre» (Salmo 45:6; Hebreos 1:8).
El Salmo 110:1 registra una conversación entre el Padre y el Hijo: «Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies».
Jesús se aplica este pasaje en Mateo 22:43, 44. El Hijo del Hombre es llamado el «Anciano de Días» en la gran profecía mesiánica de Daniel (7:22). Frase usada dos veces en el mismo pasaje respecto a Dios Padre (vv. 9, 13). El título «Hijo del Hombre» fue la manera preferida de Jesús para referirse a sí mismo durante todo su ministerio, en clara alusión a este pasaje que citó directamente en su juicio ante el sumo sacerdote, que preguntaba: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Dios Bendito?» «Y Jesús dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia» (Marcos 14:61–64).
No hubo duda que al proclamarse Mesías, también se proclamaba Dios.

Dijo aceptar adoración

El Antiguo Testamento prohíbe adorar a alguien que no sea Dios (Éxodo 20:1–5; Deuteronomio 5:6–9). El Nuevo concuerda con eso y demuestra que los hombres rehusaron adorar (Hechos 14:15), como lo hicieron los ángeles (Apocalipsis 22:8, 9). Pero Jesús aceptó la adoración en numerosas ocasiones. Un leproso sanado lo adoró (Mateo 8:2), y un gobernante se arrodilló ante Él para pedirle algo (9:18). Después de calmar el viento, «Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios» (Mateo 14:33).
Un grupo de mujeres cananitas (15:25), la madre de Santiago y Juan (20:20), el endemoniado gadareno (Marcos 5:6), todos, adoraron a Jesús sin que Él emitiera una palabra de reprensión (Apocalipsis 22:8, 9). Un ciego dijo: «Creo, Señor; y le adoró» (Juan 9:38).
Cristo suscitó más adoración en algunos casos. Por ejemplo, cuando Tomás vio que Cristo había resucitado exclamó: «¡Señor mío, y Dios mío!» (20:28). Esto solo podía hacerlo una Persona que se considerara seriamente Dios.

Dijo tener igual autoridad que Dios

Jesús puso sus palabras a la par de las de Dios, como cuando repitió muchas veces: «Oísteis que fue dicho a los antiguos … pero yo os digo» (Mateo 5:21, 22). «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:18, 19).
Dios le dio los Diez Mandamientos a Moisés, pero Jesús dijo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros» (Juan 13:34).
Jesús afirmó: «Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido» (Mateo 5:18).
Y, más adelante, refiriéndose a sus propias palabras, Jesús dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).
Hablando de quienes lo rechazan, Jesús dijo: «La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero» (Juan 12:48).
No hay duda posible de que Jesús esperaba que sus palabras tuvieran igual autoridad que las declaraciones de Dios en el Antiguo Testamento.

Dijo que oráramos en Su nombre

Jesús no se limitó tan solo a pedirles a los hombres que creyeran en Él y obedecieran sus mandamientos, sino que también les pidió que oraran en su nombre: «Y todo lo que pidiereis … en mi nombre, yo lo haré» (Juan 14:13, 14). «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho» (15:7)
Jesús mismo insistió: «nadie viene al Padre, sino por mí» (14:6). Respondiendo a esto, los discípulos no solo oraban en el nombre de Jesús (1 Corintios 5:4), sino que oraban a Cristo (Hechos 7:59). Ciertamente Cristo quiso que su nombre fuera invocado en oración tanto ante Dios y como Dios.

Así, Jesús proclamó en diversas formas ser Dios. Reclamó igualdad a Dios en materia de prerrogativas, honor, adoración y autoridad. Dijo ser el Jehová del Antiguo Testamento, aplicándose las verdades relativas a Jehová y afirmando ser el prometido Mesías. Por último, se declaró como la única manera de acercarse a Dios y pidió que orarán a Él como Dios.
Las reacciones de los judíos que lo rodeaban muestran que entendieron claramente esas cosas, las cuales calificaron de blasfemas, puesto que las formulaba un simple hombre. Cualquier observador desprejuiciado que estudie este registro de las enseñanzas de Jesús, históricamente confiable, debe concordar en que Él proclamó ser igual a Jehová en le Antiguo Testamento.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe. Miami, FL: Editorial Unilit.



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