DERRIBANDO LOS FUNDAMENTOS ADVENTISTAS MAS USADOS – EL SABADO EN LA CREACION – EXODO HASTA MALAQUIAS, EL SABADO JUDIO – EL SABADO PERPETUO

DERRIBANDO LOS FUNDAMENTOS ADVENTISTAS MAS USADOS – EL SABADO EN LA CREACION – EXODO HASTA MALAQUIAS, EL SABADO JUDIO – EL SABADO PERPETUO

Por:  Pedro de Jesús

Algunos observadores del sábado, están muy seguros que nadie les puede probar que el sábado está abolido. Sin embargo, un análisis de los argumentos que hacen los defensores de la observancia del sábado, les lleva a una crisis de conciencia que les coloca en una posición muy difícil de zafarse. Los sabatistas piensan que el modo de entender el asunto del sábado es el que ellos ya entienden. Rehusan comprender que la Escritura nos lleva al verdadero sábado, al verdadero descanso, a Cristo Jesús. Por ello, aunque se les presente la verdad sobre el sábado y su abolición, el sabatista cierra su mente a todo texto bíblico que les lleve a comprender que el sábado está obsoleto y no es requisito para el cristiano convertido a Cristo. He hecho un breve resumen o compendio de lo que muchos eruditos en el tema han dicho sobre el SABADO y algunos argumentos sobre conceptos erróneos que han creado los adventistas para defender su falso concepto de lo que es el sábado. Veamos algunos argumentos de los sabatistas para defender la vigencia del sábado, vean sus inconsistencias y veamos otro modo de entender estos textos:

1. EL SABADO EN LA CREACION

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”. (Gén. 2:1-3).

Nótese un patrón recurrente. Después de que Dios creó el día y la noche en el primer día, la Biblia dice: “Y fue la tarde y la mañana un día” (Gén. 1:5). Después de que Dios separó las aguas para crear el firmamento, leemos: “Y fue la tarde y la mañana el día segundo” (Gén. 1:8). Este patrón continúa durante los primeros seis días de la creación. (Véase Gén. 1:13, 19, 23, 31). Sin embargo, cuando miramos el final del séptimo día, no encontramos esta fórmula. Esperaríamos leer: “Y fue la tarde y la mañana el día séptimo”, pero no está allí. Sólo encontramos que lo siguiente se puede desprender de este texto:

1. La creación se completó en seis días.

2. Dios reposó en el séptimo día.

3. Dios bendijo al séptimo día.

4. Dios santificó el séptimo día.

5. La razón de que Dios santificara el séptimo día es que en él reposó.

6. El relato del séptimo día no tiene la fórmula “y fue la tarde y la mañana el día séptimo”, como los otros seis días de la creación.

7. El registro de la creación ha sido construido cuidadosamente.

8. La palabra “sábado” no se menciona en el libro de Génesis.

9. En el registro de Génesis no hay ningún mandamiento para que la

humanidad repose.

10. Nada se dice expresamente con relación al hombre en el reposo del séptimo día de la creación.

11. El “reposo” de Dios en el séptimo día se caracterizó más probablemente por deleitarse en su nueva creación y en la abierta comunidad con Adán y Eva en el ambiente sin pecado y perfecto de Edén.

12. Las condiciones que caracterizaron el “reposo” de Dios probablemente habrían continuado de no haber sido por el pecado del hombre.

13. El séptimo día de Gén. 2: 2, 3 puede haber sido un día regular, como los primeros seis días de la creación, o puede haber sido un período de tiempo indefinido.

14. El hecho de que el relato de Génesis esté construido tan cuidadosamente indica que la omisión de la frase “y fue la tarde y la mañana el día séptimo” fue intencional.

15. Cuando el hombre pecó, fue excluido de la presencia de Dios, y Dios inició su obra de redención para restaurar al hombre de vuelta a Sí mismo.

16. No dice que guardemos el sábado, no dice que es requisito para el cristiano convertido.

EXODO HASTA MALAQUIAS:

Cuando usted analiza los versos que utilizan los sabatistas en estos libros del Antiguo Testamento encontrará que siempre se refieren al pueblo de Israel. Es un pacto entre Dios y el pueblo judío. Nada de ordenanza para los gentiles.

  1. “Sábado” es puramente una palabra hebrea que nunca se encuentra en la Biblia sino hasta el tiempo de Moisés. Éx. 16: 23.
  1. La palabra sábado no se usa nunca en la Biblia en relación con algún tiempo santo judío.
  1. No hay registro de que el sábado fuera guardado jamás antes de que los judíos lo guardasen. Éx. 16.
  1. El sábado fue dado a los judíos. “Y les di mis sábados”. Eze. 20: 12. Si Dios lo dio a los judíos, ¿no era su sábado, no era el sábado judío? Yo le doy un cuchillo a Fred. ¿No es el cuchillo de Fred?
  1. Nótese cuán sencillo es el registro de que Dios dio el sábado a los judíos, pero a nadie más. “Dios OS dio el día de reposo”. Éx. 16: 29. “Hablarás a los HIJOS DE ISRAEL, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo”. Éx. 31: 13. ¿A quiénes se les dijo que guardaran el sábado? A los hijos de Israel, los judíos. “Señal es entre mí y los HIJOS DE ISRAEL”, los judíos. Versículo 17.
  1. Dios mismo llama al sábado “los días de reposo de ella”. Óseas 2: 11. “Haré cesar todo su gozo, sus nuevas lunas y sus días de reposo, y todas sus festividades”. ¿No es entonces el sábado judío?
  1. El sábado no fue dado nunca a ninguna otra nación.
  2. “Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones”. Éx. 31: 16. ¿A quiénes estaba limitado? A la generación de los judíos.
  1. “Señal es entre mí y LOS HIJOS DE ISRAEL”. Éx. 31: 17. Era exclusivamente de ellos, era judío.
  1. El sábado está clasificado junto con los otros días santos y sacrificios judíos. Véase Lev. 23: 1-44; Núm. 28: 2, 16; I Crón. 23: 29-31; II Crón. 2: 4; 8: 13, etc. Fue abolido junto con ellos. Colo. 2: 14-17.
  1. Los judíos abarcan a casi todos los que guardan el séptimo día; por eso, el “sábado judío” es una designación natural e inteligente de ese día.
  2. Por eso, nuevamente, es significante y adecuado designarlos como los guardadores del sábado judío.
  1. Pero los sabadistas dicen que el séptimo día es llamado “el sábado del Señor tu Dios”. Éx. 20: 10, y “mi día santo”, Isa. 58: 10, y que, por lo tanto, no es correcto llamarlo “un sábado judío”. Respuesta: Cada temporada santa, lugar, persona, o artículo era llamado del Señor, como “la pascua del Señor”. Éx. 12:
  1. Y sin embargo, leemos: “La pascua, una fiesta de los judíos”. Juan 6: 4. Así que es “el sábado del Señor” en un lugar, y “sus sábados” en otro. Óseas 2: 11. Por eso, es correcto y bíblico llamar al séptimo día “el sábado judío”.

Éxodo 31: 16-17, El Sábado Perpetuo 

Aquí los sabadistas encuentran tres expresiones que, según ellos arguyen, indican que el sábado no puede terminar nunca.

1.) “Por sus generaciones”.

2.) “Perpetuo”.

3.) “Para siempre”.

Así: “Guardarán, pues, los hijos de Israel el día de reposo, celebrándolo por sus generaciones, por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”. Ellos preguntan: “¿Cuándo termina lo que es PERPETUO y PARA SIEMPRE? Estas expresiones muestran que la generación de los judíos todavía continúa; por eso el sábado todavía debe ser guardado”.

Pero este argumento también perpetuaría toda la ley levítica, la circuncisión, el incienso, la pascua, el sacerdocio, etc. La pascua: “Lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis”. Éx. 12: 14. Debía ser guardada “POR VUESTRAS GENERACIONES” y “PARA SIEMPRE”, exactamente igual que el sábado.

Lo mismo sucede con la ofrenda de incienso. “Incienso PERPETUO delante del Señor POR VUESTRAS GENERACIONES”. Éx. 30: 8. Ahora, si el argumento Adventista en favor del sábado y basado en los términos “perpetuo”, “para siempre”, y “por vuestras generaciones” es bueno, ¡entonces deberían guardar la pascua y ofrecer incienso! Ésta es una buena muestra de la debilidad de los argumentos de los sabadistas.

El mismo argumento probaría la perpetuidad de los holocaustos, Éx. 29: 42; la expiación, Éx. 30: 10; el lavamiento de las manos y los pies, Éx. 30: 21; las primicias, Lev. 23: 13; las ofrendas encendidas, Lev. 6: 18; el aceite para las lámparas, Lev. 24: 3; las franjas en los bordes de los vestidos, Núm. 15: 38; el pentecostés, Lev. 23: 21; la fiesta de los tabernáculos, Lev. 23: 41. Véanse también Éx. 40: 15; Lev. 3: 17; 7: 36; Núm. 10: 8.

La aplicación de estos términos a la observancia del sábado es prueba de que habría de cesar. ¿Por qué? Porque en cada caso en que estos términos se aplican a la observancia de cualquier ordenanza, esa ordenanza ha cesado. Los Adventistas mismos concuerdan con esto en todo, excepto en relación con el sábado. Así, Isa. 58: 12-13 es aplicado osadamente a nuestros días y a la obra de los Adventistas de urgir a todos a guardar el sábado judío. Pero no hay ni una sola palabra en todo el capítulo que siquiera intime tal cosa. Ellos asumen todo esto sin ninguna prueba, y luego aplican las palabras para adaptarlas a su propósito.

Cuando uno busca una afirmación clara y directa en toda la Biblia que requiera que los cristianos gentiles guarden el sábado, no la encuentra. Tiene que ser INFERIDO de esto; ADIVINADO de aquéllo; y una conclusión SACADA de lo de más allá; todo son inferencias, nada es directo. Así, pues, el Antiguo Testamento no proporciona evidencia alguna de que los cristianos deben guardar el sábado judío. Si tal prueba se ha de encontrar, debe ser en el Nuevo Testamento mismo. Vayamos al Nuevo Testamento para ver si Jesús o los apóstoles nos ordenaron guardar el sábado.

Algunas observaciones extras…

LOS ADVENTISTAS VIOLAN LAS LEYES SABÁTICAS DEL ANTIGUO PACTO

1. No encender fuego en sábado. Éx. 35:1, 3. 

Por supuesto, los adventistas dicen que esta ley no se aplica a ellos. Esto de tomar y escoger algunas leyes del Antiguo Pacto, como el diezmo y la prohibición de comer carnes inmundas, y recargar con ellas a los miembros, nunca fue adoptado por la iglesia del Nuevo Testamento.

2. Permanecer en su lugar, no viajar en sábado. Éx. 16:9. 

He visto a adventistas viajar largas distancias en sábado para ir a parques estatales y a campamentos, y para visitar parientes y amigos.

3. No transportar cargas en sábado. Jer. 17:27; Neh. 1:15. 

He visto a adventistas llevando canastas de comida, poniendo mesas y sillas para reuniones y comensales, y transportando equipo para programas de la iglesia.

4. No cocer ni cocinar nada en sábado. Éx. 16:23. 

¿Y las damas adventistas que preparan alimentos en sábado en la iglesia para comidas improvisadas, y en los hogares para la familia y los invitados? Ellas hornean, cuecen, y preparan alimentos en sábado.

5. No comprar ni vender en sábado. Neh. 13:15. 

He visto a adventistas aceptar dinero a cambio de comidas en hospitales y en restaurantes de academias ASD en sábado. ¿Y el aceptar donaciones desde el púlpito en sábado para suscripciones de publicaciones de la iglesia? He visto a muchos ASD, incluyendo a pastores ASD visitantes, comprando gasolina en sábado para llegar a sus hogares.

6. Pena de muerte para los violadores del sábado. Éx. 31:14, 15. 

Todavía no he visto a ningún ASD lapidar a miembros de la iglesia por quebrantar el sábado. Esta es una ley que ellos guardan plenamente.

Las leyes que tratan de la observancia del sábado eran para Israel solamente. Estas leyes terminaron en el Calvario. Los Diez Mandamientos eran la ley del Antiguo Pacto. En el Antiguo Pacto no hay tal cosa como la ley moral y la ley ceremonial. Todo el conjunto de leyes se conocía como la ley o la Torah. Los cristianos están bajo el Nuevo Pacto, que tiene un modelo de ley más elevado según el cual vivir que los Diez Mandamientos.

La verdad es que, para guardar el sábado, tendríamos que guardar TODAS las leyes del Antiguo Pacto que tienen que ver con el sábado. Yo no he encontrado que a ningún miembro de la iglesia del Nuevo Testamento se le ordene obedecer estas leyes sabáticas. Todos somos salvos por la gracia de Cristo en el Calvario.

La iglesia del Nuevo Testamento no enseñó a los conversos gentiles a “guardar el sábado”. Yo no he encontrado ninguna instrucción para los cristianos sobre cómo guardar el sábado.

La Biblia no les dice a los cristianos que tienen que estar en la iglesia todo el día, ni que oren todo el día, ni que lean o hablen sólo de cosas espirituales todo el día. En el Nuevo Testamento, la violación del sábado no es jamás motivo de disputa, ni se menciona jamás como razón para que una persona pierda la salvación.

Es evidente que la forma en que los adventistas entienden el sábado es errada y falla por cualquier ángulo que usted lo analice a la luz sencilla de la Palabra de Dios. Ellos desean ponerle cargas pesadas a los cristianos que ellos mismos no pueden cargar. Cristo es nuestro Sábado, todo apunta a que el cumplimiento del sábado está centrado en la persona de Cristo. Cristo cumplió con la circuncisión, de lo contrario nos estaríamos hoy circuncidando para salvación, Cristo cumplió así con la Pascua, la fiesta de los tabernáculos, todas las fiestas santas de Israel que señalaban su Primera Venida como Mesías, sino fue así entonces hoy estuviéramos guardando todas esas leyes. Y Cristo cumplió con el SABADO. Él fue nuestro sábado, él es nuestro sábado, nuestro descanso. Por ello nos dijo, “venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados que YO OS HARE DESCANSAR”. Cristo cumplió todas estas leyes judías por nosotros.

Este articulo fue tomado de http://www.iglesia.net

Este articulo continuara….

Este articulo fue publicado por Pastor Damián Ayala.

Dios los bendiga…


Teoría de la evolución v/s Creacionismo

Teoría de la evolución v/s Creacionismo

¿La ciencia actual aún cree en la evolución del hombre, o es una teoría ya desechada por la falta de evidencias y nuevos descubrimientos?

En la actualidad aún se enseña en las escuelas que el hombre a evolucionado de los changos, existen museos con valor de millones de dólares para exhibir tal evolución, sin embargo tal teoría ya ha sido desechada por la gran mayoría de los eruditos en esta materia y esto  ha sido por la falta de evidencia y los nuevos descubrimientos.

Nos preguntamos, ¿si esta Teoría ha sido desechada y superada, ¿por que aún se impone a nuestros hijos en los sistemas educativos? ¿Por que no se publica de manera general que dicha teoría ha sido ya desechada?

Veamos la investigación que realizo Antonio Cruz misma que esta al alcance de cualquier persona que sin prejuicios quiera llegar a la verdad.

¿Primate salvaje o persona consciente?

El evolucionismo nos ha enseñado a creer que en la remota antigüedad, allá por el período geológico del Pleistoceno, un reducido grupo de primates inició un proceso de humanización que culminó con la aparición del ser humano. Se dice que primero ocurrió el bipedismo: cansados de caminar en cuatro patas, tales antropoides decidieron erguirse y andar como las personas. Sus manos quedaron así liberadas para fabricar toda clase de objetos útiles: hachas de sílex, flechas de hueso, pistolas y hasta telescopios espaciales como el Hubble. La cabeza les fue creciendo poco a poco porque sus cerebros ya no cabían dentro de la reducida cavidad craneal que tenían aquellos primitivos monos. Así habrían surgido, a lo largo de millones de años, el lenguaje a partir de los gruñidos, la inteligencia humana después del instinto, e incluso la conciencia reflexiva como producto de la más pura animalidad.

Durante mucho tiempo los paleontólogos evolucionistas, especializados en el estudio de los fósiles humanos y de los primates, han venido creyendo que tales ancestros del hombre eran los australopitecos, llamados así por haberse encontrado en el continente africano que está situado en el hemisferio austral. Hoy la cosa ya no está tan clara pues son muchos los especialistas que opinan que este tipo de fósiles perteneció a simios del pasado que nada tuvieron que ver con la pretendida evolución del ser humano. No obstante, como la ciencia asumió mayoritariamente la teoría evolucionista para explicar el origen del hombre, también muchos teólogos creyeron que era necesario aceptarla y empezaron a pensar que el Adán bíblico fue, en realidad, el descendiente de uno de estos australopitecos. Al fin y al cabo, se cuestionaban algunos creyentes, ¿no es mejor descender de un mono que del polvo de la tierra? Según este punto de vista, el relato bíblico de la creación no sería más que una leyenda mítica desacreditada de forma absoluta por la ciencia moderna.

El asunto que pensamos tratar a continuación viene formulado precisamente por las siguientes cuestiones: ¿Qué hay de cierto en este planteamiento transformista del origen del hombre a la luz de los últimos descubrimientos de la paleoantropología, la genética y la neurobiología? ¿Conviene seguir considerando científica una teoría que, como veremos, presenta tantos inconvenientes? ¿Fue esta hipotética evolución lenta y gradual desde el simio al hombre el método que el Creador empleó para originar al primer ser humano o, por el contrario, este posee rasgos imposibles de explicar desde el naturalismo y que demandan una creación directa y especial, como declara el libro del Génesis? ¿Puede la ciencia demostrar el origen de la conciencia humana a partir de las neuronas de los primates? Se trata de preguntas antiguas, a las que los últimos descubrimientos ofrecen respuestas nuevas.

Los especialistas en el estudio de los primates saben que en la Tierra, si se cuentan los fósiles y los que todavía están vivos, han existido más de seis mil especies distintas de monos. De ellas, actualmente solo viven unas ciento veinte. Esto significa que existe un amplio elenco de simios fósiles entre los que elegir si se desea construir el hipotético árbol de la evolución humana. Lo que ha venido haciendo de forma tradicional la paleoantropología evolucionista es precisamente eso, tomar cráneos y huesos fósiles pertenecientes unas veces a simios del pasado, y otras a diversas razas humanas extintas, con la intención de conseguir una perfecta gradación filogenética que demuestre cómo habría ocurrido la evolución entre el simio y el hombre. Asumiendo la existencia de un supuesto eslabón perdido, que habría sido el antecesor tanto de los monos actuales como de los seres humanos, se procura rellenar los huecos mediante fósiles intermedios de transición que irían cambiando lentamente de acuerdo a los diversos y, a su vez, cambiantes ambientes ecológicos.

Sin embargo, después de estudiar el tema durante más de treinta años, no creo que se haya presentado ninguna evidencia real que demuestre sin lugar a dudas la existencia de una relación evolutiva entre cualquier primate fósil y la especie humana. A pesar de todo lo publicado en este sentido y teniendo en cuenta las distorsiones partidistas, malas interpretaciones, modificaciones, falsificaciones, dibujos intencionados realizados a partir de fósiles escasos, discusiones interesadas entre especialistas, y muchas otras cosas, lo cierto es que ningún descubrimiento anatómico o paleontológico serio ha confirmado que descendamos del mono. Se trata más bien de un acto de fe en los requerimientos del evolucionismo que de un hecho real comprobado por la ciencia. Como veremos, los datos que se desprenden del estudio de los fósiles pueden ser interpretados de otra manera, en el sentido de que existen muchas especies de simios extintas, así como también algunas pocas razas humanas, pero no eslabones intermedios que conecten a los monos con las personas.

La mayoría de los antropólogos evolucionistas creen hoy que cada una de las especies fósiles halladas no evidencia cambio o transformación para convertirse en otras especies distintas, sino todo lo contrario, una constancia en su aspecto y una estabilidad durante toda su existencia. La popular serie transicional que todavía aparece en numerosos libros de texto, la cual partiendo de un simio con aspecto de chimpancé y pasando luego por el australopiteco, el Homo habilis y el Homo erectus llega hasta el Homo sapiens moderno, no era más que un icono imaginario del darwinismo sin reflejo en la realidad (Fig. 4). Los evolucionistas creen ahora que las distintas especies aparecieron de golpe y que no existe entre ellas ningún tipo de transición evolutiva. El antiguo gradualismo propuesto por Darwin que imaginaba una sucesión ininterrumpida de pequeños cambios acumulativos en cada especie biológica, la cual la hacía evolucionar lentamente hasta convertirla en otra distinta, no responde a la realidad de los fósiles estudiados por los paleontólogos. De ahí la necesidad, a la que se ha visto abocado el evolucionismo, de aceptar la teoría del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge. Es decir, el gran acto de fe de asumir que aunque las especies no cambian, a pesar de todo van apareciendo otras nuevas como consecuencia de milagrosas mutaciones en los embriones.

Fig. 4. La marcha del progreso humano es un famoso icono de la evolución desde el simio al hombre que, a pesar de haber sido divulgado hasta la saciedad, no responde a la realidad, según han reconocido los propios paleontólogos evolucionistas, como el recientemente fallecido Stephen Jay Gould (1991). Hoy ya no puede sostenerse una evolución darwinista así, lineal o gradual, que provocaría la aparición de nuevas especies a partir de sus antecesoras mediante la acumulación de pequeños e imperceptibles cambios genéticos. Por el contrario, el evolucionismo propone la teoría del equilibrio puntuado de Gould y Eldredge. Es decir, el gran acto de fe de creer que aunque las especies no cambian gradualmente sino que permanecen estables, a pesar de todo, de vez en cuando aparecerían otras nuevas como consecuencia de milagrosas macromutaciones embrionarias. Se continúa, por lo tanto, dentro del ámbito de la creencia indemostrable y no de los hechos científicos.

Los partidarios actuales del transformismo reconocen fundamentalmente cuatro peldaños en la supuesta escalera fósil que conduciría al ser humano. A saber, los ya mencionados australopitecos, seguidos por el Homo habilis, el Homo erectus y, finalmente, el Homo sapiens. Por supuesto, el árbol genealógico es mucho más complejo, ya que en él figuran fósiles nuevos que van apareciendo y desapareciendo en función de las discusiones académicas entre especialistas. No obstante, dejando aparte las ramas laterales, estas cuatro serían las principales formas transitorias propuestas por el evolucionismo que existirían entre nosotros y nuestros supuestos ancestros. Veamos ciertos detalles de cada uno de tales grupos fósiles y descubriremos que pueden ser interpretados de otra manera diferente.

1. Australopitecinos: pretendidos homínidos

Los australopitecos o «monos del hemisferio austral», así como los fósiles incluidos dentro de los géneros Paranthropus, Praeanthropus, Zinjanthropus, Paraustralopithecus y Kenyapithecus, fueron animales parecidos a los simios actuales. Se conocen alrededor de veinte especies distintas de estos australopitecinos, encontrados en las inmediaciones del lago Turkana en Kenia y en otras regiones de África. Entre las especies mejor divulgadas destacan: Australopithecus afarensis, que es la más antigua; A. africanus, con huesos más bien delgados; A. robustus, que como su nombre indica presenta un esqueleto formado por huesos más grandes y robustos; A. boisei, A. anamensis, A. gahri y A. aethiopicus. Todas ellas poseían un volumen craneal igual o más pequeño que el de los actuales chimpancés. Sus manos y pies tenían dedos adaptados a la vida arborícola. Los machos eran más grandes que las hembras, o sea que presentaban dimorfismo sexual, como suele ocurrir habitualmente en algunos monos actuales. Ahora bien, la cuestión obvia es la siguiente, si los australopitecos eran tan parecidos a los simios que viven hoy, ¿por qué razón fueron elegidos como los antecesores de la especie humana?

Los paleoantropólogos supusieron que algunos australopitecos caminaban erguidos como los hombres. Durante décadas, desde que Richard Leakey y Donald C. Johanson estudiaron dichos fósiles, el evolucionismo ha venido creyendo que estos animales se desplazaban sobre las dos patas traseras. Incluso todavía hoy son muchos los que siguen pensando así, como evidencian las múltiples ilustraciones que aparecen en las publicaciones divulgativas. Sin embargo, lo cierto es que en la actualidad los propios especialistas del evolucionismo están divididos ya que, desde la década de los setenta, ciertas investigaciones al respecto han venido sembrando la duda.

En efecto, algunas revisiones del género Australopithecus sugerían todo lo contrario, es decir, que ningún australopiteco caminaba derecho. Dos prestigiosos especialistas en anatomía comparada, los doctores Lord Solly Zuckerman, jefe del Departamento de Anatomía en la Escuela Médica de la Universidad de Birmingham, en Inglaterra, y su antiguo alumno, Charles Oxnard, profesor de la Universidad del Oeste de Australia, después de estudiar detenidamente los esqueletos de todas estas especies, publicaron en la revista científica Nature sendos artículos coincidiendo en que los australopitecos no eran bípedos como se creía, sino que caminaban en cuatro patas, tal como lo hacen los chimpancés, gorilas y orangutanes actuales (Zuckerman, 1970; Oxnard, 1975). Oxnard finalizaba su trabajo señalando que el género Homo podía en realidad ser tan antiguo como el género Australopithecus, o incluso simultáneo en el tiempo, por lo que habría que eliminar a este último del linaje humano.

La postura erguida del ser humano requiere de una configuración anatómica muy especial que le hace notablemente diferente de los simios. Ningún otro animal conocido posee tales características. ¿Pudo la evolución realizar los cambios anatómicos necesarios para pasar del modo de caminar en cuatro patas, propio del mono, a la posición bípeda del hombre? Investigaciones en anatomía comparada que han empleado modelos de computadora han puesto de manifiesto que esto no es posible. Cualquier forma intermedia entre un ser cuadrúpedo y otro bípedo requeriría un consumo de energía tan elevado que la haría del todo inviable. Un animal semibípedo, tal como algunos conciben a Lucy, no puede existir porque, sencillamente, vulneraría las leyes de la biofísica.

La posición vertical propia del ser humano no tiene que ver solo con el esqueleto y los músculos, sino que afecta también a otros órganos del cuerpo. Por ejemplo, el tamaño del oído interno, en el que reside el sentido del equilibrio, está relacionado con la posición del cuerpo durante la locomoción. Mediante tomografías axiales computarizadas de alta resolución (TAC) se ha podido calcular el volumen del laberinto del oído interno de muchas personas y de monos actuales pertenecientes a diversas especies de chimpancés, gorilas y orangutanes, para compararlos con el laberinto correspondiente de cráneos fósiles de australopitecos, Homo habilis y Homo erectus (Word, 1994).

En los organismos vivos estudiados se correlacionó el tamaño de los canales semicirculares con la masa del cuerpo, y se comprobó que los seres humanos modernos poseen dichos canales anteriores y posteriores más grandes que los monos actuales, mientras que el canal lateral es más pequeño. El resultado de tales investigaciones ha revelado que el oído interno de todos los australopitecos, así como el del Homo habilis, era muy similar al de los grandes monos actuales, es decir, no apto para una locomoción bípeda. Por el contrario, el del Homo erectus se asemeja al del hombre moderno. Esto corrobora la idea de que, en cuanto al tipo de locomoción, entre los simios y el hombre existe una diferencia fundamental. Todos los Australopithecus y el Homo habilis serían en realidad simios fósiles comparables a los monos actuales, mientras que el Homo erectus tendría que ser considerado como una auténtica raza humana.

En contra de lo que habitualmente se dice, el bipedismo humano no constituye ninguna ventaja evolutiva sobre el desplazamiento en cuatro patas de los animales. El hombre no es capaz de alcanzar los ciento veinticinco kilómetros por hora del guepardo, ni moverse por la copa de los árboles a la velocidad que lo hacen los chimpancés o los monos aulladores. Desde el punto de vista de la rapidez de movimientos encaminados a huir o defenderse, los seres humanos estamos en inferioridad de condiciones con respecto al resto de los animales. Según la lógica evolutiva, que como suele afirmarse, apostaría siempre por una mayor complejidad y perfección de los seres, no se debería haber producido una transformación desde los monos cuadrúpedos al hombre bípedo, sino todo lo contrario: el ser humano tendría que haberse convertido en mono, ya que desde el punto de vista de la locomoción, este último es mucho más eficaz que nosotros.

Si a esto se replicara que el bipedismo permitiría liberar las manos, así como favorecer el desarrollo de la imaginación y del cerebro hasta convertir al hombre en un piloto de fórmula uno, en un aviador o en astronauta, deberíamos señalar que una cosa es la evolución biológica y otra muy distinta la cultural. Se trata de dos conceptos que no deberían mezclarse ya que, sea como sea, resulta difícil creer que la evolución habría favorecido el bipedismo porque estaba interesada en obtener astronautas. Además, al evolucionismo le ha repugnado siempre la idea teleológica de que las transformaciones de los seres vivos están orientadas hacia un fin determinado.

Por otro lado, el hecho de caminar sobre dos patas o dos pies no prueba de forma ineludible que quien así se desplaza esté relacionado filogenéticamente con el ser humano. Las aves, por ejemplo, son bípedas y a nadie se le ocurriría decir que descendemos de ellas. Lo mismo podría decirse de los lémures de Madagascar, que cuando están en el suelo se mueven saltando sobre sus dos patas traseras. El hecho de que un mono sea capaz de erguirse y ponerse de pie, como hacen casualmente los perros y los osos, no demuestra que vaya a transformarse en hombre después de millones de años.

La prestigiosa revista Science publicó en 1994 un trabajo del Dr. Randall L. Susman en el que se comparaba la forma de la mano humana con la de los simios actuales y de los fósiles en cuestión. La intención era relacionar estructura y función con el posible uso o no de herramientas (Susman, 1994). El tamaño y la forma de los huesos, así como de los músculos y tendones que constituyen la mano del hombre, tiene que ver con la precisión con que es capaz de agarrar y manipular objetos. Los monos poseen dedos largos y curvados con las yemas estrechas, mientras que las personas tienen dedos relativamente cortos, rectos y amplias yemas. Susman concluye su artículo señalando que existen dos grupos bien diferenciados: los que son capaces de utilizar herramientas más o menos sofisticadas y los que no. Entre los primeros, sus cálculos sitúan al Homo sapiens y al H. erectus, mientras que los australopitecos, entre los que se incluye Lucy, pertenecen al grupo de los simios incapaces de usar herramientas con cierta precisión. La investigación de Susman finaliza descartando a los australopitecos del pretendido árbol genealógico humano.

A la vista de las opiniones enfrentadas que se observan hoy dentro del propio evolucionismo, nos parece que la hipótesis del bipedismo dentro del género Australopithecus responde más al deseo de encontrar un eslabón perdido entre los animales cuadrúpedos y el ser humano que a verdaderos argumentos científicos. Los australopitecos constituyen diversas especies de monos fósiles que se extinguieron en el pasado sin dejar descendientes, como ocurrió con los dinosaurios y tantas otras especies biológicas que nada tuvieron que ver con el origen del hombre. Si algunos insisten en considerarlos antepasados humanos es porque no tienen nada mejor a mano. Sin embargo, los australopitecos son tan homínidos como pueden serlo los grandes monos que viven en la actualidad. Ellos eran seres mucho más parecidos a los gorilas, chimpancés y orangutanes de hoy que a nosotros mismos. Esto es precisamente lo que refleja el esquema que exhibe al público el zoológico de Barcelona, en España, en la entrada a su reciente pabellón dedicado a los gorilas de montaña (Fig. 6). Por lo tanto, el primer peldaño de la pretendida escalera evolutiva se tambalea y cae bajo el peso de la evidencia: los australopitecos no fueron antepasados del hombre.

Los australopitecos constituyen diversas especies de monos fósiles que se extinguieron en el pasado sin dejar descendientes, como ocurrió con los dinosaurios y tantas otras especies biológicas que nada tuvieron que ver con el origen del hombre. Si algunos insisten en considerarlos antepasados humanos es porque no tienen nada mejor a mano. Sin embargo, los australopitecos son tan homínidos como pueden serlo los grandes monos que viven en la actualidad. Ellos eran seres mucho más parecidos a los gorilas, chimpancés y orangutanes de hoy que a nosotros mismos. Esto es precisamente lo que refleja el esquema que exhibe al público el zoológico de Barcelona, en España, en la entrada a su reciente pabellón dedicado a los gorilas de montaña (Fig. 6). Por lo tanto, el primer peldaño de la pretendida escalera evolutiva se tambalea y cae bajo el peso de la evidencia: los australopitecos no fueron antepasados del hombre.

Fig. 6. Esquema simplificado que exhibe el parque zoológico de Barcelona (España), en el que puede apreciarse la pretendida relación filogenética que existiría entre el ser humano actual (Homo sapiens sapiens) y los grandes monos. Es significativo el hecho de que los australopitecos ya no han sido colocados en la línea que conduciría al hombre, sino en otra diferente que se extinguió sin dejar descendencia. El evolucionismo cree hoy que hombres y australopitecos descienden de un desconocido e hipotético antepasado común.

2. Homo habilis: un australopiteco más

La denominación de la especie Homo habilis fue propuesta en la década de los sesenta por la familia Leakey, constituida por varios paleoantropólogos famosos, con la intención de agrupar una serie de cráneos y restos óseos enigmáticos o difíciles de clasificar. Desde el principio este taxón, o grupo sistemático de clasificación, ha sido muy problemático y todavía hoy continúa generando divergencias profundas en el seno de la paleontología evolucionista.

En 1964, Louis Leakey, Phillip Tobias y John Napier anunciaron en la revista Nature el descubrimiento del nuevo «ancestro humano», al que llamaron precisamente Homo habilis por creer que era capaz de fabricar herramientas. Los primeros fósiles encontrados en Olduvai (Tanzania), que se denominaron: OH 13, OH 16 y OH 17, eran restos craneales muy incompletos asociados a mandíbulas y maxilares. Después se les añadió OH 8, formado por falanges, un fragmento molar y restos de un pie; OH 6, que incluía un parietal y algunos dientes; y OH 4, que era un trozo de mandíbula con un molar y un premolar. Más tarde se encontraron trozos de otro cráneo al que se llamó OH 24 (Fig. 7), que como puede apreciarse seguía siendo bastante fragmentario. A pesar de haber sido incluidos en el género Homo, por creer que dichos seres fabricaron los primeros instrumentos humanos vinculados con la industria de Olduvai, en realidad, todos estos fósiles recordaban mejor el aspecto simiesco de los australopitecos que el humano, tal como se manifestó ya desde un primer momento.

Fig. 7. Visión lateral y frontal del cráneo OH 24 que fue atribuido al Homo habilis a pesar de su aspecto simiesco y su reducido tamaño.

Los principales rasgos morfológicos del Homo habilis fueron criticados con severidad por algunos de los más ilustres paleontólogos de la época, como Le Gros Clark, Howell, Campbell, Pilbeam, Simons Robinson, entre otros. El primero de esta lista envió una carta al editor de la revista científica Discovery, en la que decía lo siguiente: «Las similitudes de los fósiles de Leakey (se refiere al Homo habilis) con los ejemplares conocidos como Australopithecus son tan remarcables, y las diferencias con respecto a los restos fósiles conocidos como Homo (se refiere a Homo erectus) tan grandes, que difícilmente puede discutirse su relegación al género anterior (es decir, a los australopitecos)». Por su parte, C. Loring Brace, de la Universidad de Michigan, afirmó también: «Ya que el taxón Homo habilis carece de espécimen tipo, de paratipos utilizables o de cualquier otro material inequívocamente referido, constituye un taxón vacío, propuesto de forma inadecuada, y debería ser formalmente suprimido» (Gibert, 2004). Tales fueron las primeras reacciones de buena parte del estamento científico del momento.

No obstante, a pesar de la oposición procedente de las propias filas evolucionistas, el deseo de llenar el vacío existente entre los australopitecos y los verdaderos seres humanos pudo más que las evidencias científicas, y el Homo habilis se mantuvo sobre su endeble y confuso pedestal. La historia se complicó todavía más con el descubrimiento de otros cráneos de diversos tamaños, el KNMER-1470 (Fig. 8), el KNMER-1813 y el OH 62. Los dos primeros hallados por el equipo de Richard Leakey y el tercero debido a los trabajos de Donald C. Johanson. Estos fósiles fueron también clasificados como pertenecientes al Homo habilis, lo que contribuyó a crear un gran cajón de sastre sumamente heterogéneo y confuso, donde se incluían restos que no encajaban en ningún otro lugar.

Algunos autores, como Groves (1989), intentaron ordenar dicho cajón de sastre y les salieron por lo menos dos especies distintas, Homo habilis y H. rudolfensis. La primera para incluir a los fósiles similares a los australopitecos y la segunda para los de aspecto humano. Otros paleontólogos prefirieron creer en la uniformidad del taxón y continúan considerando que el Homo habilis es una única especie intermedia entre el Australopithecus africanus y el Homo erectus.

En medio de toda esta polémica no conviene perder de vista que, en paleontología, muchas conclusiones que se muestran como científicas son en realidad bastante subjetivas y reflejan cuestiones ideológicas, estratégicas o simplemente de promoción personal, más que cualquier otra cosa. Además, en esta disciplina, los criterios para definir nuevas especies no suelen estar bien establecidos, por lo que resulta relativamente fácil crear nuevos taxones que vienen a complicar todavía más las cosas. Por fortuna, las discusiones posteriores de los especialistas a nivel mundial hacen que las aguas vuelvan a su cauce natural y muchos nombres científicos que fueron puestos alegremente se eliminan o son cambiados en función de los nuevos descubrimientos.

Fig. 8. Cráneo denominado KNMER-1470 hallado en la margen oriental del lago Turkana, en Kenya. Se atribuyó a la especie Homo habilis, considerada intermedia entre los australopitecos y el Homo erectus. Los ilustradores imaginaron cómo debía ser su aspecto externo y así se la representa hoy en los medios de divulgación. Sin embargo, muchos paleontólogos creen que se trata de una especie ilegítima que debería eliminarse de la filogenia humana, ya que está constituida por dos tipos de fósiles diferentes: unos claramente humanos, como el de este 1470, y otros pertenecientes al género Australopithecus.

Uno de los principales problemas para el evolucionismo, con relación al Homo habilis, era el que planteaba precisamente este cráneo KNMER-1470, ya que poseía un relativo aspecto de hombre moderno pero había sido encontrado en un estrato demasiado profundo como para pertenecer a un ser humano. Al principio fue datado en 2,9 millones de años de antigüedad, según la cronología evolucionista. Sin embargo, si se aceptaba tal edad, había que suponer que el H. habilis era tan antiguo como los australopitecos, y por lo tanto no podía haber surgido de ellos como se pretendía. Diez años duró la controversia acerca de la antigüedad real de este cráneo, hasta que en 1981 se rebajó ni más ni menos que un millón de años y se asumió que solo tenía 1,9 millones. No cabe duda de que semejante reducción pone en entredicho los métodos empleados por el evolucionismo para datar fósiles. Aunque no se aportaron razones convincentes de por qué el KNMER–1470 no se atribuyó a alguna forma de Homo sapiens, ya que esto era lo que indicaba su aspecto, en vez de ello se prefirió agruparlo con los fragmentos de la especie H. habilis. Y más tarde, este cráneo contribuyó precisamente a darle estatus y aceptación definitiva a la creación de dicha especie.

Hay por lo menos cuatro inconvenientes fundamentales que impiden considerar al Homo habilis como una especie válida (Lubenow, 2003). A saber: (1) según la ley de Dollo, la evolución regresiva es irreversible, o sea que cuando un órgano desaparece ya no reaparece jamás. Esto contradice la pretendida evolución desde el Homo habilis, de aspecto grácil, al Homo erectus, que posee un esqueleto mucho más robusto, y más tarde al Homo sapiens, que vuelve a ser otra vez grácil de formas como el H. habilis; (2) se ha supuesto que el Homo habilis era bípedo y fabricaba herramientas, basándose principalmente en la naturaleza juvenil de unos poco huesos postcraneales, pero esto es una asunción indemostrable; (3) existe una gran disparidad entre los volúmenes de los cráneos 1470 y 1590, que entran claramente dentro del rango humano, y los cráneos 1805, 1813 y OH 24, que son demasiado pequeños para ser considerados humanos, aunque a pesar de tan enormes discrepancias se sigue creyendo que todos pertenecen al H. habilis; y (4) está el hecho de que los fósiles postcraneales no se hayan localizado directamente asociados a los cráneos encontrados. Tales inconvenientes demuestran que el evolucionismo posee mucha fe, o demasiados intereses ideológicos, al pensar que todos estos fósiles pertenecieron a la misma especie.

En mi opinión, el Homo habilis no es un taxón legítimo ya que está formado por fósiles susceptibles de agruparse en dos categorías distintas: unos de mayor tamaño que pueden clasificarse como fósiles humanos y otros notablemente menores que son similares a los australopitecos. Por lo tanto, el H. habilis no constituye ninguna forma intermedia entre los géneros Australopithecus y Homo, como el evolucionismo pretende, sino una mezcla de individuos que pertenecieron a estos dos últimos géneros. Tal conclusión viene respaldada por investigaciones anatómicas de los endocráneos atribuidos al H. habilis (Falk, 1983). Además, la hipótesis de que el Homo erectus surgió del H. habilis ya no puede sostenerse, pues las últimas dataciones evolucionistas afirman que fueron simultáneos en el tiempo (Fig. 14). En resumen, aunque el Homo habilis continúe figurando en los libros de texto y en las publicaciones de divulgación, lo cierto es que se trata de una especie imaginaria que nunca existió. Algunos evolucionistas ya se han atrevido a reconocerlo pero será el tiempo quien se encargue de eliminarlo por completo.

3. Homo erectus: empieza la saga humana

La paleontología evolucionista reconoce la especie Homo erectus, que significa «hombre que caminaba erguido», como perteneciente ya a un verdadero ser humano que poseía su cultura propia. Desde que el médico holandés Eugene Dubois encontrara en 1892 su famoso Pitecanthropus erectus en Trinil (Java), se han venido descubriendo numerosos fósiles atribuidos al Homo erectus en Asia, Europa y África. La razón principal por la que se le considera más primitivo que el Homo sapiens es su capacidad craneal y el prominente arco superciliar (Fig. 9).

El volumen de su cerebro oscilaba entre los ochocientos y los mil doscientos cincuenta centímetros cúbicos. Esto lo sitúa dentro del rango inferior del ser humano, cuya dispersión actual oscila entre los setecientos y los dos mil doscientos centímetros cúbicos. No obstante, muchas personas que viven en la actualidad, como los pigmeos y otras etnias, poseen el mismo volumen craneal que el Homo erectus. También las hay que presentan prominentes arcos superciliares como los aborígenes australianos y, a pesar de ello, son auténticos seres humanos capaces de desarrollar los mismos niveles intelectuales que cualquier otro grupo humano. La neurobiología ha demostrado que la forma del cráneo o el tamaño del cerebro en los seres humanos no están necesariamente relacionados con la capacidad intelectual. Muchos esqueletos atribuidos a esta especie son idénticos a los de los hombres actuales, como el del niño de Turkana, que fue encontrado cerca del lago Turkana en Kenya.

Fig. 9. Reconstrucción del cráneo del Homo erectus con su característica y prominente arcada superciliar. El evolucionismo le considera más primitivo que el Homo sapiens. La razón principal para ello es su capacidad craneal ligeramente inferior y el mencionado arco superciliar. No obstante, muchas personas que viven en la actualidad, como los pigmeos y otras etnias, poseen el mismo volumen craneal que el Homo erectus. También las hay que presentan prominentes arcos superciliares como los aborígenes australianos y, a pesar de ello, son auténticos seres humanos capaces de desarrollar los mismos niveles intelectuales que cualquier otro grupo humano.

El propio paleontólogo Richard Leakey se vio obligado a reconocer que las diferencias existentes entre el Homo erectus y el Homo sapiens no son mayores que las que puedan existir entre razas humanas distintas:

Uno debería ver también las diferencias en las formas del cráneo, en el grado de profusión del rostro, en la prominencia de las cejas, etc. Estas diferencias probablemente no son más pronunciadas que las que vemos hoy día entre razas humanas alejadas geográficamente. Tales variaciones biológicas surgen cuando las poblaciones están apartadas geográficamente durante una cantidad de tiempo significativa (Leakey, 1981).

El mismo error que se cometió al intentar humanizar los australopitecos y el Homo habilis se ha realizado también con el H. erectus pero al revés, animalizándolo. Sin embargo, a pesar de tantas reconstrucciones e ilustraciones divulgativas influidas por el evolucionismo, en las que el H. erectus aparece con aspecto simiesco, a medio camino entre los simios y el hombre, lo cierto es que se trata de una auténtica raza humana. Hay un gran vacío fósil, así como una notable distancia intelectual, entre él y cualquier otro australopiteco u Homo habilis. El género Homo aparece de golpe, y la paleontología actual reconoce que su origen es enigmático e incierto (Gibert, 2004). Por mucho que se procure aproximar los simios a las personas, la verdad es que la propia ciencia de los fósiles se resiste a ello.

No hay señales de transición gradual entre el Homo habilis y el Homo erectus ya que ambas especies aparecen en los estratos casi a la vez. Esto significa que coexistieron en el mismo tiempo. Tampoco se conoce transición alguna entre el Homo erectus y cualquier otra especie de su mismo género (H. ergaster, H. sapiens, H. neanderthalensis, H. antecessor, H. rhodosiensis u H. heidelberguensis). Los árboles evolutivos y las relaciones entre especies se construyen de manera hipotética pues están basados en meras conjeturas o asunciones previas. La realidad es que las especies siempre permanecen estables durante millones de años, nunca se observan evidencias de transición entre una especie y otra.

Por lo que respecta a la capacidad craneal, tan utilizada en esta disciplina, es necesario reconocer que existe una gran variabilidad dentro de las distintas etnias humanas actuales. En ocasiones, el evolucionismo se ha basado en el tamaño del cerebro para construir árboles genealógicos y trazar relaciones de parentesco evolutivo entre las diferentes especies fósiles y el hombre actual. Sin embargo, la realidad es que nuestra capacidad craneal es muy amplia. Cuando se analiza el cráneo de las diversas razas humanas que existen en la actualidad, este oscila entre los setecientos y hasta cerca de los dos mil doscientos centímetros cúbicos de capacidad. Y además, dicha variación no tiene nada que ver con la inteligencia de las personas. Tan inteligente, o torpe, puede ser un individuo que pertenezca al rango inferior como al más elevado. Esto constituye un poderoso argumento a tener en cuenta a la hora de atribuir inteligencia a las especies fósiles.

La capacidad craneal media de los orangutanes actuales está alrededor de los cuatrocientos centímetros cúbicos, la de los chimpancés en cuatrocientos cincuenta, y la de los gorilas en unos quinientos. En el ser humano la misma alcanza los mil setecientos cincuenta centímetros cúbicos. Los antropólogos han elaborado distintos índices de cefalización, comparando el peso del cerebro con el total del individuo, o con la médula espinal, o la proporción entre las áreas prefrontales del córtex y la totalidad de este, etc. De tales estudios surgió el siguiente índice de cefalización de Schenk (Pinillos, 1995: 32).

Esta lista expresa con claridad el enorme salto que nos separa del chimpancé, que es el simio más cercano a nosotros en cuanto a índice de cefalización (Fig. 10). Otros indicadores, como los neopaleales y cerebelosos de Witz, muestran que en su dotación cerebral el ser humano supera a los antropoides más parecidos en cifras tal altas que están por encima del trescientos por ciento. Tales datos resaltan las notables diferencias que nos separan de los simios, a pesar de lo que en ocasiones se nos intenta hacer creer por parte del evolucionismo.

Fig. 10. Gráfico que muestra la gran diferencia existente en el índice de cefalización de Schenk entre el hombre y el resto de los grandes monos actuales.

El volumen craneal medio de los Australopithecus era semejante al de los simios actuales, rondaba los seiscientos centímetros cúbicos. Es decir, estaba en el rango propio de los monos. Sin embargo, el de los fósiles pertenecientes al género Homo, como el H. erectus, superaba ya los mil centímetros cúbicos. Por ejemplo, el hombre de Java y el de Pekín, que se consideran miembros de dicha especie, alcanzaban capacidades medias de mil trescientos centímetros cúbicos, mientras que el hombre de Neandertal y el de Cro-Magnon llegaron incluso a superar la capacidad craneal del hombre moderno. Todos tenían un volumen cerebral que estaba dentro del rango que incluso en la actualidad poseemos las personas. A pesar de las pretensiones de la teoría darwinista, y reconociendo las limitaciones de equiparar el tamaño cerebral con la inteligencia, lo cierto es que el análisis del volumen del cerebro muestra claramente lo que venimos defendiendo hasta ahora, que no hay evidencia de transición gradual entre los fósiles pertenecientes a los simios y los fósiles humanos. Los hechos confirman la existencia de dos grandes grupos fósiles diferentes, el de los monos y el de los hombres. Pero no el de los «hombres-mono» que predica el evolucionismo. El ancestro común está hoy más perdido que nunca.

Es frecuente oír acerca de los «grandes parecidos» que existen entre algunos simios de la actualidad y los seres humanos. Se dice, por ejemplo, que desde el punto de vista genético los chimpancés se parecen a nosotros en un noventa y ocho por ciento. Y es verdad. A primera vista, esto parece reforzar la idea de que ellos y nosotros somos parientes cercanos que habríamos descendido por evolución a partir de un antepasado común. No obstante, ante las evidentes diferencias que hay entre un mono y un científico, por ejemplo, quizás sea interesante preguntarse por esa «pequeña» diferencia del dos por ciento.

Uno de los descubrimientos que más sorprendió a los antropólogos evolucionistas fue el hecho de que tanto chimpancés, como gorilas y orangutanes tuvieran veinticuatro pares de cromosomas en cada una de sus células, mientras que los humanos solo poseyéramos veintitrés. El hombre constituye precisamente la única excepción entre el resto de los primates porque posee un par menos. Esta diferencia hace que las personas puedan ser consideradas como seres únicos. ¡Un par de cromosomas menos y ese misterioso dos por ciento distinto deben ser características tremendamente importantes!

A ellas se debe que nazcamos completamente indefensos y con un pequeño cerebro que solo representa el veinticinco por ciento de su volumen definitivo, para que después, fuera del claustro materno, pueda desarrollarse plenamente por encima de las posibilidades de cualquier simio, permitiendo así la educación y la cultura. A tales desigualdades génicas se deben también características propias, como que podamos andar erguidos, pensar, hablar, trabajar con las manos y creer en Dios. El gorila, por ejemplo, construye cada noche un nido de ramas que desaparece a los pocos días sin dejar rastro alguno. Sin embargo, el hombre siempre deja huellas indelebles de su presencia. Puntas de flecha, piedras de sílex talladas, pinturas rupestres, arte, cerámica, construcciones, enterramientos, etc. El entorno habitado por el ser humano tiene memoria y permite ser estudiado, mientras que el de los monos es casi estéril.

El hombre es la única especie verdaderamente ubicua, adaptada a todos los ambientes y capaz de transformarlos en beneficio propio. La conciencia que tiene de sí mismo le lleva a saber que debe morir y que su propia esencia no puede ser explicada solo como materia natural. La existencia del alma como realidad trascendente, sinónimo de vida, psiquismo, espiritualidad y apertura a lo sobrenatural es una característica fundamental del hombre, la cual no se da en el resto de los primates ni en ningún otro animal, y no puede ser pasada por alto. ¡Después de todo, esa diferencia del dos por ciento no parece tan insignificante!

 4. Homo sapiens: diversidad de razas

El nombre que el ser humano ha dado a su propia especie, Homo sapiens, denota la inteligencia que caracteriza o debiera caracterizar el comportamiento del hombre. Es verdad que cuando nos comparamos con otros animales irracionales, sobre todo por lo que respecta a su conducta, cuidado de las crías, fidelidad a los congéneres, sentido común, etc., en ocasiones el calificativo de «sabio» parece más apropiado para alguno de ellos que para ciertos individuos de la especie humana. No obstante, a pesar de tales consideraciones morales, es innegable que el hombre es cualitativamente diferente de todos los demás organismos que habitan este planeta. Tendremos ocasión de abundar en ello en el siguiente apartado, de momento pasaremos revista a los principales fósiles pertenecientes al género Homo y a las notables similitudes que presentan con el ser humano moderno.

Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, dos paleontólogos españoles que trabajan en el proyecto Atapuerca, proponen en su libro La especie elegida un nuevo esquema evolutivo para el género Homo, a partir del momento en que, según su opinión, se produjo el poblamiento de Eurasia (Arsuaga y Martínez, 1998) (Fig. 11). Evidentemente, en dicho esquema incluyen la nueva especie descubierta por ellos en la cueva de la Gran Dolina (Burgos), que denominan Homo antecessor por creer que fue el antepasado común de nuestra especie y de los neandertales.

Fig. 11. Esquema evolutivo del género Homo propuesto por el equipo de Atapuerca, a partir del momento del poblamiento de Eurasia (Arsuaga, 1998).

Lo primero que se observa en este nuevo árbol evolutivo es que ni el Homo erectus, ni el hombre de Neandertal, ni el de Heidelberg, están en el linaje que conduciría al Homo sapiens, sino que se extinguieron sin dejar descendientes. Esto demuestra cómo han evolucionado los propios árboles genealógicos y cómo cada nuevo cráneo que se descubre supone también una revisión de lo que se creía anteriormente. El esquema propuesto por Johanson y White (Fig. 12), y que se aceptó durante los años de 1979 a 1986, suponía que el Homo erectus fue el antecesor directo del Homo sapiens. Sin embargo, hoy se cree que ambas especies fueron contemporáneas y, por lo tanto, una no pudo surgir de la otra (Fig. 14).

Esquema de la evolución humana 1979–1986

(Según Johanson y White)

Fig. 12. Esquema de la evolución humana, según Johanson y White, que predominó durante la década de los ochenta y posteriormente fue cambiando.

Esquema de la evolución humana 1986–

(según Lubenow)

Fig. 13. Esquema de la evolución humana aceptado a partir de 1986. Con el descubrimiento de nuevos fósiles aumentan considerablemente los interrogantes y los simios fósiles se van separando de los humanos.

El hombre de Neanderthal fue considerado durante mucho tiempo como antepasado del ser humano actual. Se le dibujaba encorvado, peludo y con un cráneo de forma simiesca, para darle apariencia de estar a medio camino entre los monos y las personas. Sin embargo, la paleoantropología actual ha reconocido que esto fue un error. No hay nada en los múltiples restos óseos que se poseen de los neandertales que indique que se tratara de una especie inferior al hombre. Se ha reconocido que la apariencia encorvada era consecuencia del raquitismo que habían sufrido algunos ejemplares. Su esqueleto era más robusto que el nuestro y su capacidad craneal sobrepasaba también ligeramente la del hombre actual. Sabemos que enterraban a sus muertos mediante algún tipo de ceremonial religioso, que fabricaban instrumentos musicales y, probablemente, se relacionaron con el Homo sapiens antiguo. Algunos paleontólogos creen que no era una especie distinta a la nuestra, sino solo una subespecie o raza diferente, por eso prefieren llamarla Homo sapiens neanderthalensis. En resumen, los neandertales fueron una raza humana más fuerte y vigorosa que nosotros, que simplemente desapareció de la tierra, al igual que siguen desapareciendo hoy otras etnias.

Esquema de la evolución humana 1997

(según Bernard Wood, Universidad de Liverpool)

Fig. 14. Uno de los últimos esquemas evolutivos propuestos para el origen del hombre. Como puede apreciarse, continúan aumentando los interrogantes en torno al origen del género Homo, y cada vez resulta mayor la brecha existente entre los simios (Ardipithecus, Australopithecus, Paranthropus) y las distintas variedades humanas.

Lo mismo puede decirse del Homo heidelbergensis, el H. rhodesiensis, el H. antecessor y el H. ergaster. Las diferencias entre ellos y el Homo sapiens arcaico son realmente insignificantes, y el hecho de que se clasifiquen como especies distintas depende más de los criterios conceptuales y sistemáticos entre paleontólogos evolucionistas que de las evidencias reales. Muchas de las divergencias anatómicas que se observan en los cráneos fósiles atribuidos a dos especies distintas son similares a las que pueden existir hoy entre dos razas humanas diferentes, como pueden ser un europeo, un pigmeo o un aborigen australiano (Fig. 15).

No obstante, el descubrimiento más espectacular y trascendente para la paleontología no ha venido de ella sino de la ciencia de la herencia, la genética. Fue el ocurrido a principios de este siglo XXI. En la prestigiosa revista Nature, en el número de marzo del 2002, el evolucionista molecular Alan Templeton, de la Universidad de Washington en Saint Louis (Missouri), hizo público un estudio acerca de las comparaciones de ADN en los seres humanos actuales (Templeton, 2002). Se trata de una especie de técnica detectivesca que pretende reconstruir la historia evolutiva de la humanidad determinando el grado de parecido genético entre las poblaciones humanas actuales de todo el mundo. Sus conclusiones, centradas en métodos matemáticos e informáticos muy avanzados, están revolucionando completamente la antropología. Ya no se habla de huesos fósiles, sino de genes presentes en los humanos actuales que se consideran fósiles del pasado.

Fig. 15. Cráneos contemporáneos de un europeo y un aborigen australiano, ambos pertenecientes a la misma especie Homo sapiens sapiens. Las diferencias entre ellos serían suficientes para clasificarlos como dos especies distintas si se encontraran en estado fósil.

¡Si Templeton tiene razón, y parece que sí la tiene, todas las especies fósiles conocidas, tales como el Homo erectus, el Homo antecessor, el Homo heidelbergiensis, el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens son en realidad la misma y única especie humana! Esto supone un cambio fundamental de paradigma dentro de la antropología, ya que confirma que todos estos pretendidos eslabones fósiles no fueron más que variedades raciales de la única especie de seres humanos. Los genes del hombre actual indican que en el pasado hubo importantes migraciones entre los continentes africano, asiático y europeo, pero tales traslados no produjeron el reemplazo de una variedad humana por otra, sino el entrecruzamiento o la mezcla genética, lo cual contribuyó a consolidar los lazos genéticos entre las poblaciones humanas por todo el mundo.

En otras palabras, no hay evidencia sólida de que el hombre haya evolucionado a partir de ningún simio del pasado. Todos los fósiles pertenecientes al género Homo (a excepción de H. habilis) corresponderían en realidad a seres humanos que nada tuvieron que ver con los monos fósiles de los géneros Australopithecus o Paranthropus. En algunos casos, incluso fueron contemporáneos. Por lo tanto, en contra de lo que habitualmente se divulga, no existe ninguna evidencia fósil convincente de que se hubiera producido una transición evolutiva entre ambos grupos fundamentales. El primitivo árbol de la evolución humana ha quedado convertido en dos arbustos independientes sin conexiones reales entre sí. Por un lado, el de las especies de simios fósiles, y por el otro, el de las variedades o razas de auténticos seres humanos. Estos hechos, que actualmente tienen confundidos a tantos paleoantropólogos evolucionistas, nos llevan a la conclusión lógica de que las personas siempre han sido personas y los monos, monos. El hombre desciende de Dios, no del simio, y esto es precisamente lo que afirma la Biblia.

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¿EXISTE EL GEN DE DIOS?

¿Existe el gen de Dios?

Por:  ANTONIO CRUZ

¿Hay genes para creer en Dios? ¿Actúan tales genes en el cerebro permitiéndole al ser humano creer en la divinidad y en una vida después de la muerte? Recientemente, algunos biólogos evolucionistas han manifestado que la creencia religiosa es la expresión de un instinto humano universal y que en el mapa del genoma habría unos genes para creer en Dios o para ser religioso. En este sentido, el famoso sociobiólogo Edward O. Wilson (1999) ha manifestado que la moralidad es la expresión codificada de nuestros instintos, y que lo que es considerado moralmente correcto se deriva en realidad de lo que acontece de forma natural. Esto conduciría a la conclusión de que la creencia en Dios, por ser algo natural en el ser humano, sería por lo tanto correcta.

A pesar de todo, Wilson admitió que la fe teísta constituía un desafío fundamental para la teoría de la evolución, ya que esta era incapaz de explicar por qué tal creencia era tan extendida entre los seres humanos y estaba arraiga tan fuerte en nuestra especie. Al fin y al cabo, el altruismo, el amor al prójimo y la solidaridad hacia los débiles o necesitados que proponen las religiones monoteístas, no suponen ninguna ventaja evolutiva para los individuos que ponen en práctica tales comportamientos. Más bien, en algunos casos, representan serios perjuicios para ellos.

Posteriormente, el genetista estadounidense Dean H. Hamer, famoso por su controvertido gen de la homosexualidad, ha manifestado haber encontrado otro gen que, con toda probabilidad, dará mucho que hablar, se trata del «gen de Dios» o el gen que haría posible el desarrollo de la fe religiosa en el ser humano. Su planteamiento es puramente materialista y reduccionista. En su opinión, toda religiosidad y espiritualidad humana quedarían bien explicadas en términos exclusivamente físicos y químicos. Las personas creyentes lo serían porque poseen dicho gen, o porque el mismo no habría tenido problemas ambientales o fisiológicos para manifestarse. Por el contrario, en el caso de los incrédulos o ateos, no existiría el hipotético gen de la fe, o bien la educación y el ambiente en que se formaron habrían impedido que se manifestara de forma adecuada.

En su obra The God gene (2004), Hamer afirma que el gen de Dios, al que denomina VMAT2, predispone a la gente hacia la creencia espiritual. ¿Qué repercusiones puede tener esta hipótesis? Si existe dicho factor genético y realmente influye sobre la fe religiosa, cosa que todavía está por ver, esto podría implicar que la espiritualidad carece de fundamento metafísico. Si las personas creen en Dios como consecuencia de poseer un gen determinado, entonces la realidad de Dios y del mundo espiritual no sería más que una construcción ilusoria del ser humano. La genética acabaría así con la teología, pues el gen de Dios sería en realidad el gen del ateísmo asesino que mataría definitivamente la idea de un Creador. ¿Qué podemos replicar a esta cuestión?

El asunto no es, ni mucho menos, tan concluyente como algunos pretenden. Veamos por qué. En primer lugar, aunque se demostrara científicamente que dicho gen VMAT2 existe y que, en efecto, actúa sobre la creencia religiosa del ser humano, esto no implicaría necesariamente que la fe y la espiritualidad fueran algo carente de fundamento. El hecho de conocer la causa fisiológica que hace posible una creencia no determina si dicha creencia es cierta o falsa.

Por ejemplo, imagínese a un hombre que ha sufrido un accidente y como resultado del mismo ha quedado paranoico. Con el transcurso del tiempo podría llegar a creer que su esposa y uno de sus mejores amigos desean matarlo con algún fin oscuro, como cobrar el seguro. Sería razonable pensar que dicha creencia es infundada y que se debe solo a la propia enfermedad que padece. Sin embargo, esto no elimina por completo la posibilidad de que el hombre esté en lo cierto y que en realidad su esposa y su amigo hayan planeado matarle. De la misma manera, aunque el hecho de creer en Dios estuviera favorecido por una causa genética, ello podría interpretarse de dos formas distintas. A saber, o los genes nos engañan y Dios no existe, o bien, Dios existe y fue quien creó los genes que nos permiten creer en él.

No conviene olvidar que Dean H. Hamer fue también el investigador que en 1994 descubrió la famosa región Xq28 en el cromosoma sexual X de setenta y seis varones homosexuales, región que denominó precisamente así: gen de la homosexualidad o gen gay. Pronto se empezó a creer que la homosexualidad tenía una causa biológica hereditaria. Algunos de estos trabajos fueron realizados por científicos homosexuales, como el neurólogo Simon LeVay, del Salk Institute de los Estados Unidos, que estaban interesados en particular en el asunto. Se encontraban ansiosos por fijar en la mente del público aquello de lo que estaban convencidos, es decir, que los homosexuales habían «nacido así» y no podían hacer nada por cambiar de actitud.

Sin embargo, el gen de la homosexualidad se esfumó con las investigaciones realizadas en lesbianas, ya que ellas carecían de dicha zona Xq28. Hoy se sabe además que ni siquiera la poseen todos los homosexuales varones. Las últimas investigaciones genéticas sobre este tema, en especial las del genetista J. Michael Bailey, que ha analizado muchos linajes de homosexuales, no han logrado hallar el pretendido gen gay. Incluso el propio Hamer ha manifestado que hasta que dicho gen no se descubra, sería un error suponer su existencia.

De cualquier manera hay que enfrentar este dilema con sensatez. ¿Qué determina la homosexualidad, la herencia, el ambiente o ambas cosas a la vez? El psicoanálisis, por ejemplo, dice que la homosexualidad masculina está determinada en gran parte por el amor excesivo de la madre. ¿Y si el gen localizado al final del cromosoma X no la determina, pero en su lugar juega un papel importante dando información al cerebro sobre si la madre es demasiado amante o no? Entonces, dicho gen sería irrelevante en el origen de la homosexualidad masculina. Estudios recientes han mostrado que el cincuenta por ciento de los hermanos gemelos de homosexuales no lo son. Esto significa que la región Xq28, que ambos hermanos poseen, no determina la homosexualidad.

Además, si la homosexualidad tuviera una causa hereditaria, ya se habría extinguido, pues cualquier especie que tiende a no reproducirse, tarde o temprano desaparece. Sin embargo, las estadísticas demuestran que la homosexualidad oscila a lo largo de la historia y según las diversas culturas. Ahora está aumentando el número de homosexuales, sobre todo en occidente, al igual que lo hizo en el mundo antiguo (Sodoma y Gomorra, Grecia, Imperio Romano, etc.), gracias a su progresiva aceptación social.

No obstante, la mayor parte de los especialistas cree hoy que la homosexualidad se debe a una alteración del desarrollo psíquico y sexual ocurrida a causa de los modelos de conducta observados en la más tierna infancia. Puede ser desencadenada como consecuencia de anomalías psicosociales debido a una mala influencia de los padres, a ciertos traumas sexuales infantiles, a la presión del ambiente, como reacción frente a las frustraciones, producto de la seducción por parte de otros homosexuales, por saturación de relaciones heterosexuales, al llevar una convivencia forzada entre personas del mismo sexo o, simplemente, por afán de experimentación.

Pues bien, después de la negativa experiencia del doctor Hamer con el pretendido gen de la homosexualidad, uno se pregunta: ¿No debería haber aprendido la lección y ser más prudente en las conclusiones de sus investigaciones futuras? Pues parece que no es así, y en vez de adoptar una actitud sensata ha optado de nuevo por lanzar a los cuatro vientos, a bombo y platillo, su último descubrimiento del gen de Dios y sus precipitadas conclusiones. ¿Cuánto tiempo tardarán sus detractores científicos, que son numerosos, en desacreditar otra vez este sospechoso hallazgo?

No es posible negar que la ciencia de la herencia, como toda disciplina científica experimental que consigue resultados favorables para el ser humano, ha logrado un puesto preferente en la sociedad. Esta se hace eco de los últimos descubrimientos genéticos y los medios informativos están siempre pendientes de todo aquello que pueda mejorar la salud humana. No obstante, algunos investigadores, que también son responsables o accionistas de empresas biotecnológicas, o incluso están ávidos por conseguir un gran éxito, en ocasiones procuran hinchar sus descubrimientos para estimular el curso de sus beneficios económicos. Surgen así las informaciones sensacionalistas, que cuando consiguen el efecto económico deseado, suelen ser desmentidas de inmediato.

Hace algunos años, la prensa empezó a difundir que se había descubierto «la enzima de la inmortalidad». La noticia se basaba en un artículo publicado en la prestigiosa revista Science, en enero de 1998, que trataba sobre el aparente aumento de la duración de la vida de las células cultivadas gracias a la introducción de un gen, el cual produce una enzima capaz de reparar los extremos de los cromosomas. La intensa publicidad que le dieron los medios a esta noticia hizo que en un programa de televisión se dijera que, dentro de unos años, este descubrimiento permitiría alargar la vida humana hasta los ciento cincuenta años. Inmediatamente subieron las acciones en la bolsa de valores de la empresa Geron, que era la compañía de biotecnología que estaba detrás de la campaña mediática. En una sola sesión ganaron más del cincuenta por ciento. Días después, cuando se hizo el correspondiente desmentido, las acciones volvieron a bajar. Pero la popularidad de Geron ya estaba hecha y los avispados inversores que acertaron a comprar y vender a tiempo hicieron su agosto. Algo parecido ocurre cuando algún periódico proclama que ha sido descubierto el gen de la esquizofrenia, del alcoholismo, la homosexualidad, la fe o el de la psicosis maníaco-depresiva. El sensacionalismo perjudica a los afectados creándoles falsas expectativas y contribuye, a la larga, a que la gente empiece a dudar de la honestidad de los científicos.

Ante esta triste realidad, es necesario entender que cuando se dice que se ha descubierto un determinado gen, lo que en realidad se afirma es que se ha realizado una localización del mismo. Pero localizarlo no es lo mismo que aislarlo. Saber donde está, o en qué lugar del cromosoma se halla, no es lo mismo que tenerlo ya en la mano para poderlo clonar. La simple localización de un gen, aunque es un punto de partida necesario para empezar, es también un dato muy frágil. Cada gen tiene un noventa y cinco por ciento de posibilidades de hallarse en la región indicada, pero un cinco por ciento de estar en cualquier otro sitio. Toda localización exige siempre ser confirmada. Hoy, varios cientos de enfermedades están localizadas, pero el gen que las produce no ha sido todavía aislado. De ahí que los resultados deban tomarse con prudencia. Además, la mayor parte de las enfermedades génicas no solo dependen de un único gen, sino de varios, de la interacción de variantes que pueden conferirle a su portador un riesgo mayor o menor.

Después de localizar y aislar un gen, el paso siguiente es el descubrimiento de una proteína que hasta entonces no se conocía. Es probable que tal proteína posea una función desconocida en el organismo que resulte esencial para la salud del individuo. Su ausencia o anormalidad provocan la enfermedad. Es necesario comprender entonces cuál es la función de dicha proteína en la célula que interviene. Y solo entonces se puede pensar en reparar los daños o en suplir su déficit. Todo este proceso de investigación puede tardar lustros o décadas. Pese a las justificadas esperanzas que generan, las curaciones por medio de la terapia génica son todavía muy escasas. Esto ha originado cierta desilusión, que el sensacionalismo periodístico contribuye a incrementar.

Es probable que, en el futuro, la terapia génica tendrá un lugar importante entre los medicamentos derivados del conocimiento de los genes. Pero no parece que este lugar sea preponderante, ni tampoco que se resuelva de forma inmediata el desfase existente entre el diagnóstico y la terapia. No es de extrañar que los medios de comunicación hablen tanto de la genética, ya que se trata de la ciencia que más ha progresado durante los diez últimos años. El problema es que, en ocasiones, la información que se transmite es parcial, deformada e incluso completamente errónea. Esto es algo que todo periodista científico debería evitar, intentando profundizar en la materia que trata para no crear falsas esperanzas en el lector y, sobre todo, para permanecer fiel a la verdad.

Además de los genes y las neuronas cerebrales hay otros factores que influyen también sobre las personas, como son la voluntad, el medio ambiente, la educación, la cultura, por no hablar del poder de la gracia divina. Si, como parece, los genes son capaces de afectar la conducta del ser humano y esta puede afectar a los genes, entonces hay una influencia recíproca y total. No existe un único gen de la fe, o gen de Dios, como tampoco hay un gen de la libertad o de la homosexualidad. Existe, sin embargo, algo mucho más importante: toda nuestra naturaleza humana, predestinada de forma inflexible en nuestros genes por el Creador y, a la vez, exclusiva de cada uno de nosotros. Se trata del propio yo personal. Nuestra conducta depende de él, como también nuestras creencias y valores. Pero también esa conducta puede influir sobre nuestro genoma y potenciarlo o silenciarlo por completo. Por eso somos libres y responsables delante del Creador.

En mi opinión, resulta ridículo pensar que la fe sincera del ser humano pueda estar atada a cualquier estructura génica o material. La Biblia enseña con toda claridad que solo el hombre es capaz de creer y comunicarse con la divinidad, por ser precisamente imagen de Dios. Todo intento de fundamentar esta singular relación espiritual en los átomos de la materia, en las moléculas de ADN y en los genes, está de antemano condenado al fracaso y al descrédito de quien pretenda argumentarlo científicamente. La genética no acabará jamás con la teología, y mucho menos con la Palabra de Dios, como tampoco la materia anulará nunca al espíritu.

Cruz, A. (2005). El Dios Creador. Miami, FL: Editorial Vida.


Jesús es precioso porque elimina nuestra culpa

Jesús es precioso porque elimina nuestra culpa

Por:  John Piper

Romanos 3:19–26

Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; 20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. 21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; 22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, 26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

La culpa es una experiencia universal. Todos alguna vez han tenido la mala sensación de no hacer lo que debieron haber hecho. Hasta los que niegan que exista tal cosa como el bien y el mal, quedan atrapados por la ley de Dios escrita en sus corazones. Pretenden probar que no existe tal cosa como el bien y el mal y que todas las éticas son relativas y arbitrarias, pero terminan diciendo que es bueno para estar de acuerdo con ellos y es malo no estarlo. Nadie jamás ha borrado exitosamente el sentido del deber que Dios escribe en cada alma humana. Nuestras sensibilidades morales pueden estar tan pervertidas que se oponen por completo a las de Dios, pero todos sienten que deben hacer ciertas cosas y otras no. Y todos sabemos que no hemos hecho todo lo que debimos haber hecho, o sentido lo que debimos haber sentido. Y alguna que otra vez esto nos ha hecho sentir mal. A dejar de hacer lo que debimos haber hecho, lo llamamos: culpa. Y a los malos sentimientos que a menudo le acompañan, les llamamos: sentimientos de culpa o remordimientos de conciencia.

Si nuestra conciencia es sensible, estos sentimientos pueden producir tanta miseria que podríamos ser tentados a cometer suicidio. Muy a menudo buscamos otras vías para disminuir el cargo de conciencia. Existen al menos tres vías por las que las personas contemporáneas tratan de resolver el problema de la culpa: las intelectuales, las físicas, y las religiosas. Por ejemplo, entre las vías intelectuales existe la enseñanza de que la culpa se debe a expectativas no reales que ponemos sobre nosotros mismos. Por supuesto, fallamos y hacemos lo malo, pero somos solo seres humanos y es irrazonable esperar demasiado de nosotros. Así disminuyen las expectativas puestas en su propia virtud y tendrá menos culpa. Otro método es decir que nuestros principios morales son anticuados y restrictivos. Son producto del accionar gastado de la ética protestante, o son residuos de la mojigatez puritanita de las costumbres victorianas. Usted resolvería sus problemas de culpa si saliera de esa época y dejara de vivir en las oscuras épocas de la ética. Una de las más asombrosas estrategias para manejar la culpa en los últimos diez años ha sido la enseñanza de que algunas de las cosas que todos pensamos que eran vicios son, en realidad, virtudes, ¡y no tenerlas es malo! Como: la codicia, y la intimidación, y la auto exaltación. (Ellen Goodman tenía una editorial en el periódico Friday’s acerca de seminarios que se ofrecían sobre como casarse por dinero. Un libro acerca de cómo la intimidación se utiliza para tener éxito en las ventas. Y todo, desde R.C hasta el queso fresco, es vendido con la palabra YO en letras mayúsculas). Para muchos ha sido muy prometedor resolver sus problemas de culpa uniéndose a la campaña de convertir los vicios en virtudes.

Pero aun cuando los 70’s fueron marcados por una asombrosa multiplicación de las estrategias intelectuales para resolver el problema de la culpa, las tradicionales vías físicas todavía predominan. Para los que no tienen suficiente cerebro para pensar en una forma de salir de los sentimientos de culpa, siempre se puede recurrir el alcohol, y más recientemente, otras drogas. Pienso que la mala conciencia es la raíz principal del alcoholismo. Se puede decir que fue el estrés lo que le llevó a beber, o que fue el dolor y la soledad lo que le llevó a beber. Pero ¿no es que sintieron que en lo profundo debieron ser capaces de poder con el estrés, y el dolor, y la soledad; y que lo que querían ahogar era la creciente culpa de su fracaso? Por supuesto, el alcohol y las drogas no son las únicas vías para escapar de la culpa. Algunas personas hablan, hablan incesantemente, y nunca escuchan en silencio, no sea que escuchen algo que no quieren oír. Algunas personas se dedican día y noche a los juegos, y a los pasatiempos, y a los deportes. Algunas mantienen la televisión encendida todo el día para crear una lluvia constante de sonido e imágenes en sus mentes que los proteja de lo que Simón y Garfunkel llamaron “Los inquietantes sonidos del silencio.”

Pero la táctica más antigua y reverenciada para evitar la miseria de la culpa, es la religión. Esta táctica puede ser la más engañosa, porque es la que más se acerca a la verdad. Reconoce lo que generalmente ignoran las estrategias intelectuales y físicas: que la causa suprema de la culpa es que existe un Dios justo cuya voluntad para sus criaturas es ignorada o desobedecida. Reconoce que bajo cada remordimiento de conciencia en el alma humana está la silenciosa, y a menudo inexpresada convicción, “He ido en contra de Dios”. Los caminos o modos que la religión ha desarrollado para lidiar con ésta culpa, es tratar de aplacar o apaciguar a Dios con buenas obras o rituales religiosos. Los religiosos conocen que tienen una gran deuda con Dios debido a su desobediencia. Pero a menudo cometen el terrible error de pensar que pueden pagarla mediante las buenas obras y la ejecución de deberes religiosos.

Pienso que si nos tomamos el tiempo, y fuésemos bien cuidadosos, pudiéramos mostrar que ninguna de estas formas de lidiar con la culpa (intelectual, física, o religiosa), es satisfactoria. Desde la profundidad de nuestra culpa, nuestras mentes pueden pervertirse fácilmente, pero nuestros corazones no sanan tan ligeramente. Y en lo profundo, todos nosotros conocemos que existe algo no auténtico en de la auto-confirmación de las ansias de dólar, e intimidar a los ejecutivos que te conocen bien. Sabemos que el alcohol, y las drogas, y el entretenimiento compulsivo, y el ruido no son la vía para vivir en paz. Y debemos saber, los que hemos escuchado el evangelio de Jesucristo, que la deuda que tenemos con Dios no puede ser pagada por nuestra miserable virtud. Pero en vez de tratar de mostrar la incapacidad de todo esto, quiero seguir avanzando en lo que comenzamos en los dos últimos mensajes. El punto de los dos últimos mensajes era que la imagen bíblica de Jesús es verdadera. Está históricamente apoyada y es defendible. Y es racionalmente convincente para la mente abierta. Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre, Jesús (Juan 7:46). En él se puede confiar, él es verdadero, él sostenía el Antiguo Testamento, y es él quien habla por su Espíritu en el Nuevo Testamento. Por tanto, es suficiente para nosotros oír de él, mediante su apóstol, Pablo, como Dios ha lidiado con nuestra culpa. Es la mejor noticia en todo el mundo. Es la única estrategia que confiesa la verdad de la justicia de Dios y lo profundo de nuestra deuda ante él. Una vez que usted ha comprendido la manera en que Dios tratar con su culpa, cualquier otra cosa parecerá ligera, superficial, y completamente inadecuada en comparación, y se regocijará conmigo en que ‘Jesús es Precioso Porque Elimina Nuestra Culpa.’

Recuerden, no es mi palabra, sino la Palabra de Dios, la Biblia, quien nos muestra el camino. Examinemos juntos Romanos 3:19-29. Todo lo que quiero hacer es dejar que el texto hable, porque tiene un poder tremendo para persuadir y conquistar nuestros corazones. Pero permítanme resumir cinco observaciones del texto, y después las examinaremos más de cerca para seguir la línea del argumento de Pablo:

  • Primera, todos, judíos o gentiles, están personalmente bajo el juicio de Dios por su pecado (v.19).
  • Segunda, la relación resultante de la culpa humana y la indignación divina, no puede arreglarse mediante las obras de la ley (v.20).
  • Tercera, Dios, en su propia iniciativa, se ha encargado de buscar absolución gratuita (vv. 21-24).
  • Cuarta, él ha hecho esto poniendo de por medio a su Hijo Jesucristo para que nos redima mediante su muerte y demuestre la justicia de Dios (vv.24-26).
  • Quinta, este regalo de la justificación llega solo a aquellos que confían en Jesús (vv.22, 25,26).

Sigamos ahora la línea del pensamiento de Pablo desde el versículo 19 al 26.

Primero: En Romanos 3:9 Pablo resume la idea que ha expuesto anteriormente: “judíos y a gentiles, […] todos están bajo pecado”. Todos han pecado y están bajo el horroroso dominio del pecado, todos son esclavos del pecado (Romanos 6:16). Para ilustrar y respaldar esta idea toma palabras de los Salmos y de Isaías, y describe la condición pecadora de la especie humana en los versículos 10-18. Luego, en el versículo 19 dice: “ero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”. Nuestra primera observación, por tanto, es que todos, sin tener en cuenta la raza, están personalmente bajo el juicio de Dios. El problema universal de la culpa no se debe al hecho de que le hayamos fallado a nuestros compañeros, sino a que hemos fallado a Dios. Todos los aquí presentes, en esta habitación, están directamente bajo el juicio de Dios. Dios trata con usted como un individuo, y algún día tendrá que rendirle cuentas de su vida. Ese debe ser un pensamiento aterrador si va a tratar de lidiar con su culpa mediante uno de estos caminos: físico, intelectual, o religioso; que mencioné anteriormente. ¡Oh! Cuan necios y trágicos parecerán todos: “el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2:5). No importa cuan virtuosos aparezcamos, todos estamos bajo el juicio de Dios, y habrá un ajuste de cuentas para lo que hayamos hecho, y dicho, y pensado, y sentido. El problema universal de la culpa no trata solo con el cómo sentirnos mejor, sino cómo estar bien con Dios. Las estratagemas seculares para aliviar la miseria de nuestra culpa, más tarde o más temprano fallarán, porque ignoran el principal problema de la existencia humana. Somos culpables ante Dios. Es su ley la que hemos quebrantado. Es de su gloria de la que hemos sido destituidos (Romanos 3:23). Todos los aquí presentes, en esta habitación, están personalmente bajo el juicio de Dios, y algún día se encontrarán con él, lo mismo culpables y condenados, que absueltos y destinados al gozo.

Segundo: El versículo 20 es dado como la base o fundamento del versículo 19: “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él [Dios]; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”. Ser justificado significa ser absuelto por Dios, ser declarado libre e inocente, ser corregidos en relación a Dios de modo que su indignación sea retirada y nuestra rebelión ya no sea tomada en cuenta. La idea de este versículo es que la absolución nunca será lograda por medio de las obras de la ley. Esto quiere decir que, si una persona no confía en la gratuita y justificadora misericordia de Dios, y pretende todavía estar a bien con Dios mediante las obras de la ley, siempre fracasará. El resultado o efecto será revelar aún más claramente su pecado (Romanos 5:20; 7:7,8; Galatas 3:19).

La conexión entre los versículos 19 y 20 parece ser más o menos así: Cuando las personas no confían en la misericordia de Dios, pero tratan de utilizar la ley para estar a bien con él, la ley trae a la luz su pecado y los condena por su incredulidad. Y ya que esto es cierto para todos los humanos (“toda carne”), judíos y gentiles (v.20), sabemos que cuando la ley habla así a los judíos, también tiene en cuenta a todo el mundo, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios. Así que las primeras dos observaciones son que todos son pecadores y están personalmente bajo el juicio de Dios, y que esta relación de culpa no puede repararse mediante las obras de la ley.

Tercero: Dios, en su propia iniciativa, se ha encargado de buscar nuestra absolución.

Versículos 21-24: “21Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; 22la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 23por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 24siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”. Olvidando las promesas acerca de la misericordia de Dios que habían en la ley del Antiguo Testamento, y los llamados al arrepentimiento y a la fe, el verdadero efecto de la ley en general, era exponer y condenar el pecado (Gálatas 3:21-22). Por tanto, cuando Dios se encargó de manifestar su justicia para nuestra justificación, lo hizo “aparte de la ley”. Es decir: no dirigió nuestra atención de vuelta a la ley con sus sacrificios de animales, sino que dirigió nuestra atención hacia su Hijo, al que envió a morir por nuestro pecado. Romanos 8:3 lo expone así: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”.

Lo que quiero subrayar bajo esta tercera observación es que Dios no nos ha abandonado para que lidiemos con nuestra culpa solos, sino que ha tomado la iniciativa mientras todavía éramos pecadores (Romanos 5:8) de buscar nuestra absolución y dárnosla gratuitamente. La gloria del evangelio es el Único ante quien somos culpables y condenados, es el mismo que se ha encargado de reemplazar nuestra culpa y su indignación por justicia y reconciliación. Este acto de Dios que nos pone en una relación correcta para con él, donde ya no existe la culpa y la condenación, es llamado “justificación” en el versículo 24. Y por favor, no pierdan de vista el fundamento de la justificación en ese versículo: su fundamento es la gracia y por tanto es un regalo gratis. Usted no puede ganársela o merecerla por obras. La gracia y las obras se oponen la una a la otra. Escuchen Romanos 11:5, 6: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. Cuando Pablo dice que nuestra culpa es eliminada por gracia, quiere decir que es un regalo gratis, y que usted no puede ganárselo por obras.

Cuarto: Dios produjo el regalo gratuito de la justificación. Los versículos 24 y 25 dicen que fue “mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre”. ¡Oh, cuan importante es ésta oración! Todos los esfuerzos seculares para lidiar con la miseria humana de la culpa son impotentes porque ignoran este hecho: La santidad de Dios y su justa gloria han sido desacreditadas, difamadas, y blasfemadas por nuestro pecado. ¡Es con un Dios Santo con quien tenemos que encarar nuestra culpa! Y no puede haber justificación, reconciliación, o limpieza de conciencia, a menos que la santidad de Dios sea honrada y la difamación de su justicia sea reparada. La urgencia de nuestro problema con la culpa no es que nos sintamos miserables, sino que el nombre de Dios ha sido blasfemado. Vivimos en una época con una opinión del potencial humano tan horrendamente inflada, y con una opinión de la santidad de Dios tan minúscula que apenas podemos entender cuál es el verdadero problema que tenemos con la culpa. El verdadero problema no es: ¿Cómo puede ser Dios amoroso, y sin embargo condenar a personas con pecados tan pequeños? El verdadero problema es: ¿Cómo puede ser Dios justo, si absuelve a personas tan miserables como nosotros? No puede existir un remedio duradero para la culpa que no trate con la justa indignación de Dios contra el pecado.

Es por eso que tiene que haber un sacrificio. Y no cualquier sacrificio, ¡Sino el sacrificio del Hijo de Dios! Nadie más, ni ningún otro acto, podría reparar la difamación hecha a la gloria de Dios por nuestros pecados. Pero cuando Jesús murió por la gloria del Padre, se hizo la satisfacción. La gloria fue restaurada. La justicia fue demostrada. De allí en adelante está claro que cuando Dios, por gracia, justifica gratuitamente a los impíos (Romanos 4:5), no está siendo indiferente a las demandas de la justicia. Todo está basado en la gran transacción entre el Padre y el Hijo en la mañana del Viernes Santo en el Calvario. Ningún otro evangelio puede eliminar nuestra culpa porque ningún otro evangelio se corresponde a las proporciones cósmicas de nuestro pecado en relación a Dios.

La quinta: y última observación es que ahora a este regalo gratuito de la justificación comprada por Jesús en la cruz, solo llegan a aquellos que confían en él. Después que Pablo dijo en el versículo 21 que Dios había manifestado su justicia aparte de la ley, define esa justicia en el versículo 22 como “a justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él”. (cf. Filipenses 3:9), luego, en el versículo 25 dice que Cristo es una expiación (o propiciación) “por medio de la fe”o “que se recibe por la fe.” Finalmente dice en el versículo 26 que Dios “justifica al que es de la fe de Jesús”. De modo que la enseñanza de la Palabra de Dios está clara y éste es el evangelio: Cualquiera que confíe en Jesús para justificación la tendrá gratuitamente.

Esto es a la vez lo más difícil y lo más fácil de hacer para un humano. Es difícil porque significa reconocer en su corazón que es culpable ante Dios y que no hay nada que pueda hacer para resolver el problema. A los seres humanos no les gusta pensar así de sí mismos. Y así el potencial humano tiene un despertar y el verdadero problema con la culpa sigue sin resolverse para la mayoría de las personas. La fe salvadora que es en Jesucristo es difícil porque nace de la desesperación, y lejos de la gracia de Dios los humanos odian admitir que están desesperados.

Pero, por otro lado, ¿qué podría ser más fácil que la fe? No requiere una fuerza extraordinaria, o una belleza extraordinaria, ni una inteligencia extraordinaria. Nadie tendrá como excusa en el día del juicio que el camino para la salvación era muy difícil. Dios simplemente dirá: ‘Teníais que volveros y haceros como niños (Mateo 18:3), y confiar en mí para que te cuidara. ¿Era tan difícil? ¿Era tan difícil inclinarse hacia mí, descansar en mis promesas, y tener en cuenta la obra que Jesús realizó? ¿Era tan difícil aceptar un regalo gratis? ¿Apreciar la perla del perdón? ¿Amar al salvador que murió por ti?’ ¡Es gratis! ¡Es gratis! ¡Es gratis! ¡Confiesa tu necesidad y descansa en él!

Y ahora, concluyendo, permítanme resumir estas cinco observaciones. Y recuerden que vienen de un apóstol de Jesús Cristo que vio al Señor, y que fue encomendado por el Señor para revelar los misterios de Dios (Efesios 3:3-5). Estas no son fábulas ingeniosamente ideadas. Son verdades que tienen sus raíces en la historia y que vienen del Jesús resucitado y confirmado por Dios. Primera, todos los seres humanos están personalmente bajo el juicio de Dios por su pecado (v.19). Segunda, la culpa resultante del hombre y la justa indignación de Dios no se puede reparar por las obras de la ley (v.20).Tercera, Dios, en su propia iniciativa, desarrolló nuestra justificación mediante la gracia y la ofrece como un regalo gratis (vv.21-24). Cuarta, esto lo hizo enviando a su Hijo, Jesús, a redimirnos mediante su muerte y para demostrar la justicia de Dios (vv.24-26). Quinta y última, este regalo que es la justificación, la eliminación de nuestra culpa y de la ira de Dios, llega solo a aquellos que confían en Jesús (vv. 22, 25, 26). Les insto en el nombre de Cristo, a que se reconcilien con Dios (2da a los Corintios 5:20). Apártense de todas las tácticas intelectuales, físicas, y religiosas que el mundo utiliza para evadir su culpa, y descansen en Jesús. Jesús es precioso porque solo él elimina nuestra culpa.

*Este articulo es publicado con el permiso de By John Piper. ©2012 Desiring God Foundation. Website: desiringGod.org

Dios los bendiga.


Lo que puede lograr una Policia Rendida a Dios.

“Si Dios no construye la casa, de nada sirve que se esfuercen los constructores. Si Dios no vigila la ciudad, de nada sirve que se desvelen los vigilantes.” (Salmo 127.1, TLA)

Les paso un video con evidencia de lo que Dios esta haciendo en Guadalupe NL con una Policia temerosa de Dios


La palabra Trinidad por Pablo Santomauro


Doctrinas Del Islam

Doctrinas Del Islam

Por:  Luisa Jeter De Walker

Las doctrinas principales del Islam se resumen en seis artículos de fe: en Dios, sus ángeles, sus libros, sus profetas, el día del juicio y los decretos soberanos de Dios.

Dios

-> La creencia más importante del Islam es la existencia de un solo Dios, Alá. Él es eterno, santo, soberano y todopoderoso. Es el Creador del cielo y la tierra, el Dios de la Biblia, el Dios de Abraham y sus descendientes, el Dios quien inspiró a los profetas del Antiguo Testamento y a Jesús.

Jesucristo

-> El Islam reconoce a Jesús (llamado Isa) como profeta, un hombre perfecto, pero no lo considera como el Hijo de Dios. Algunos dicen que era hijo del ángel Gabriel.

El llamar a Jesús el Hijo de Dios escandaliza a los musulmanes. Suponen que creemos que Dios tuvo relaciones sexuales con María, y como resultado nació Jesús. Por supuesto, no creemos eso. Él siempre existente Hijo de Dios se encarnó en la virgen María no por la unión sexual sino por la obra del Espíritu Santo. Así tomó Dios el Hijo un cuerpo humano y añadió la naturaleza humana a su deidad. Lo hizo para poder vivir entre nosotros, revelarnos la voluntad y naturaleza de Dios, tomar la culpa por nuestros pecados y morir—el Creador por su creación—en nuestro lugar.

Los ángeles anunciaron a María (Lucas 1:26–38), a José (Mateo 1:18–23) y a los pastores (Lucas 2:8–14) el nacimiento del Salvador que había de venir, y Gabriel lo llamó el Hijo de Dios (Lucas 1:35). Dios habló desde el cielo anunciando que Jesús era su Hijo (Mateo 3:13–17; 17:1–5). Jesús se refería a Dios como su Padre y se llamó el Hijo de Dios (Juan 3:16; 5:17–30).

-> Se enseña que Jesús no fue crucificado, que las autoridades crucificaron a otra persona creyendo que era Él. Jesús fue al cielo y volverá, aceptará las enseñanzas del Islam y morirá.

Los sacerdotes que exigían la muerte de Jesús lo conocían bien. Estuvieron presentes en el juicio ante Pilato y en la crucifixión y no habrían permitido tal sustitución. El desánimo de los discípulos verifica la muerte de su líder. Juan y la madre de Jesús presenciaron la crucifixión y podían identificarlo (Juan 19:25–27). Muchos testigos oculares, aun cuando esto los llevaba al martirio, aseveraban que Jesús murió, resucitó y ascendió al cielo. Volverá, no para morir sino para reinar sobre el mundo.

El Espíritu Santo

-> El Islam enseña que el Espíritu Santo es sólo una emanación de Dios y no una persona. Enseña que Jesús como infante en la cuna habló profetizando la venida de Mahoma y después se refería a él cuando prometió la venida del otro Consolador en Juan 14:16, 26.

La venida del Espíritu Santo que se narra en Hechos 2:1–4 es el cumplimiento de la promesa dada en Lucas 3:16; Juan 14:16, 26; Hechos 1:1–8. Lo confirma Pedro en Hechos 11:15, 16.

Según las Escrituras el Espíritu Santo es una persona. Él intercede por nosotros (Romanos 8:26, 27), nos instruye, es nuestro Consolador, se entristece y muestra otros atributos personales que un principio impersonal no tendría (Juan 14:16, 26; 16:7, 8, 13–15; Efesios 4:30).

La Trinidad

-> Los musulmanes creen equivocadamente que los cristianos adoramos a tres dioses: Jesús, María y Dios el Padre.

Esta no es la Trinidad que adoramos. Los evangélicos honramos a María porque permitió que Dios se valiera de ella como instrumento, pero no la adoramos ni oramos a ella. Creemos que Dios ha existido desde la eternidad pasada y siempre existirá en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad. Cada uno tiene su propia identidad y esfera de acción, pero son tan unidos en carácter, propósito, poder y acción que se presentan como tres en uno, una Trinidad.

La Biblia declara que hay un solo Dios, pero lo presenta en más de una persona. Vemos esta pluralidad en acción unida desde el primer capítulo de la Biblia. Génesis 1:1 dice que Dios creó los cielos y la tierra. En 1:2 el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. En 1:26 Dios dijo a los otros miembros de la Deidad que compartían su imagen y semejanza: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.” Y 1:27 dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen.”

El nombre Elohim usado para Dios muchas veces en el Antiguo Testamento es plural. El Salmo 2 habla del Hijo de Dios. Isaías profetizó (7:14; 9:6) que nacería de una virgen un niño que se llamaría Emanuel (Dios con nosotros), Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz.

Jesús mandó bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28:18–20). Enseñó acerca del Espíritu Santo, el otro Consolador, a quien el Padre enviaría (Juan 14:16, 26). El Espíritu Santo vino para residir en los creyentes y darles poder, de modo que Hechos de los Apóstoles bien pudiera llamarse Hechos del Espíritu Santo (Hechos 1:1–8; 2:1–47).

Pablo inicia sus epístolas invocando la gracia de Dios el Padre y del Señor Jesucristo. En muchos pasajes enseña que Jesús es el Hijo de Dios y habla del Espíritu Santo (Romanos 1:1–5; Gálatas 4:4–7; Colosenses 1:1–23). Juan escribió su Evangelio para que el lector pudiera creer que Jesús es el Hijo de Dios y así alcanzar la vida eterna en Él (Juan 20:31). Habla también en sus epístolas de la obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (1 Juan 5:5–9; 2 Juan 9), y el Apocalipsis es la revelación de Jesucristo. En casi todas las epístolas se halla enseñanza respecto a los tres miembros de la Trinidad.

Los ángeles y otros espíritus

-> Se cree que los ángeles interceden ante Dios por los hombres. Algunos llaman al arcángel Gabriel el Espíritu Santo. Trajo de Dios las revelaciones para Mahoma. Los jinn (genios) son espíritus buenos y malos, en un nivel inferior a los ángeles y superior a los hombres. Uno de ellos es Shaitin (Satanás), también llamado Iblis (del término griego diabolos). Es el tentador y encabeza un grupo de espíritus malos, los Shaiyatin.

Nosotros también reconocemos la existencia de los espíritus buenos (los ángeles) y los malos (los demonios). Vemos en la Biblia y en la actualidad el ministerio de los ángeles a los siervos de Dios, y vemos el conflicto con las fuerzas malignas bajo la dirección de Satanás. La Biblia presenta a Gabriel como un ángel de alta categoría, no como el Espíritu Santo. Es un mensajero de Dios y no daría una revelación falsa, pero algún espíritu mentiroso haciéndose pasar por Gabriel pudiera hacerlo.

Según Jesús, Satanás es “mentiroso y padre de mentira” (Juan 8:44). “Se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14). Es el gran imitador de las cosas de Dios y suele dar “revelaciones” falsas a los humanos, de donde han salido muchas herejías y religiones falsas. Pablo indica que debemos juzgar las profecías (1 Corintios 14:29). Si no concuerdan con la Palabra de Dios, la Biblia, no son de Él. Nos advierte 1 Juan 4:1–3 el peligro de espíritus engañadores y nos exhorta a “probar los espíritus si son de Dios”. Se los conoce por lo que dicen acerca de Jesús.

La Biblia y la autoridad

-> El Islam enseña que Dios ha dado cuatro libros a la humanidad: La ley (Torá) dada a Moisés, los Salmos (Zabur) dados a David, el Evangelio (Injil) dado a Jesús, y el Corán dado a Mahoma. Como la revelación final, el Corán sustituye a los libros anteriores de Dios y es la expresión de su voluntad para los seres humanos hoy. En cuanto a la Biblia, se dice que los cristianos la han cambiado en ciertas partes, ajustándola a sus creencias, de modo que no se puede confiar en ella.

Much as evidencias confirman que la Biblia es fidedigna y es la inspirada Palabra de Dios. La comparación con manuscritos antiguos muestra que los cristianos no han alterado sus enseñanzas. Más bien se encuentran alteraciones en el Corán de los acontecimientos bíblicos a los cuales Mahoma se refería. Él conocía muy poco de la Biblia y a veces sus “revelaciones” se contradecían o eran una versión errada de la enseñanza bíblica.

Los decretos y la salvación

-> Se enseña que lo que sucede—bueno o malo—ha sido predestinado por los decretos de Alá, aun la fe o la incredulidad de cada persona. El deber del hombre es someterse a la voluntad de Dios, abrazando la fe del Islam y cumpliendo con sus requisitos. No creen en la muerte de Cristo como sacrificio por nosotros.

Aunque Dios es soberano, ha dado al hombre el libre albedrío, el privilegio de escoger, y nos exhorta a escoger el bien (Deuteronomio 30:19; Josué 24:14–24). La humanidad se ha apartado de Dios y se encamina hacia la perdición eterna, pero Dios ofrece a todos la salvación gratuita en Cristo. Él no quiere que nadie perezca (2 Pedro 3:9). Predestina la salvación de todos los que la aceptan. Se pierden quienes la rechazan. Tenemos la responsabilidad de nuestra decisión. Nuestra salvación depende de creer en Cristo y aceptarlo como Salvador y Señor de nuestra vida (Juan 3:16; 20:31; Hechos 2:37–39; Romanos 6:23; 1 Juan 1:5–9).

El juicio y la vida futura

-> Se enseña que en el día final sonará la trompeta y todos los muertos resucitarán. Todos los no musulmanes irán al infierno. De cada musulmán los hechos malos y los buenos se pesarán en la balanza. Si pesan más los buenos, entrará en el paraíso, a menos que Dios en su soberanía opte por rechazarlo. Si los hechos malos pesan más, será echado al infierno.

Jesús prometió al ladrón arrepentido en la cruz que ese día estaría con Él en el paraíso (Lucas 23:39–43). No dependía de tener más obras buenas que malas. Hay dos resurrecciones y dos juicios futuros. La primera resurrección es de los salvos que han muerto confiando en el Salvador. Ellos irán con Cristo al cielo y sus obras serán juzgadas para darles su recompensa en el reino de Dios (1 Tesalonicenses 4:13–18; 2 Corintios 5:10; Apocalipsis 11:18). Al cabo de mil años resucitarán y serán juzgados y echados al lago de fuego los que no han aceptado la salvación que Cristo ha provisto para todos (Apocalipsis 20:1–15).

-> El paraíso es un lugar de gran placer, ríos hermosos, jardines, frutas deliciosas y mujeres bellas para el deleite de los hombres.

La Biblia habla de la Jerusalén celestial como lugar de belleza y gozo indescriptible (Apocalipsis 21:1–22:5). ¡Pero no dice nada de bellas mujeres para el deleite de los hombres! Al contrario, Jesús dijo que en el cielo seremos como los ángeles de Dios que no se casan (Lucas 20:27–36).

El Trato Con Los Musulmanes

John Elder, misionero presbiteriano durante veinticuatro años en Irán, señala varios principios fundamentales para los que trabajan entre los musulmanes. Mostrarles amistad y no tratarlos como enemigos. Conocer sus costumbres y observar la cortesía que exige su cultura. No hablar en contra de Mahoma o llamarlo un falso profeta; eso solamente los antagoniza y los pone a defenderlo.

Si le preguntan al obrero cristiano qué opina de Mahoma, puede responder sencillamente: “Si yo lo hubiera aceptado, no sería cristiano.” Luego puede señalar que lo que le interesa es Jesucristo y testificar de lo que Él ha hecho y hace ahora. Los musulmanes se interesan mucho en el testimonio personal.

La paciencia, perseverancia y oración son esenciales. A veces uno siembra el evangelio por años sin ver ningún resultado, pero la cosecha vendrá. El que se convierte necesita la amistad y apoyo cristianos para no ceder a la presión de volver al Islam.

En treinta y un países el gobierno islámico impone restricciones contra el evangelismo. En algunos, leyes estrictas prohíben el intentar convertir a un musulmán. El que se convierte corre el riesgo de ser asesinado por su propia familia o de ser echado del hogar y declarado muerto para ellos. Algunos son creyentes “en secreto” mientras oran por la salvación de sus familiares.

Los medios principales de evangelización son los programas evangélicos de radio y televisión, los materiales impresos, la sanidad divina en respuesta a la oración y el evangelismo personal. Se recomienda el Evangelio según San Lucas para la lectura inicial. Muchos que no se atreven a asistir a reuniones evangélicas se interesan en saber lo que creen los cristianos, aunque sea para combatirlo. Compran Biblias, libros y otros materiales impresos en librerías cristianas, o responden a la oferta por radio de un curso por correspondencia gratuita. En 1969 un conjunto de organizaciones misioneras que publicaban cursos por correspondencia indicó que doscientos cincuenta mil musulmanes de casi todos los países árabes o donde se hablaba el arábigo se habían matriculado en los cursos. Desde entonces han aumentado en número y muchos indican que han aceptado a Cristo por lo que han aprendido.

El amor cristiano en acción facilita el trato individual en clínicas, hospitales, orfanatos, escuelas, comedores y hogares para los desamparados, y ayuda en tiempos de desastre.

Para principios de la década de los años noventa el mundo evangélico comenzó a concentrar sus oraciones y esfuerzos más que nunca en llevar a los musulmanes a una fe salvadora en Cristo. Y Dios está contestando sus oraciones.

de Walker, L. J. (1994). ¿Cuál camino?. Miami, FL: Editorial Vida.