La esperanza del «olvidado»

La esperanza del «olvidado»

Por Christopher Shaw

Entonces el faraón envió a llamar a José; lo sacaron apresuradamente de la cárcel, se afeitó, mudó sus vestidos y vino ante el faraón. El faraón dijo a José: Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; pero he oído decir de ti que oyes sueños para interpretarlos. Génesis 41.14–15

En los años que Dios me ha concedido servirle en el ministerio de la consejería me he cruzado muchas veces con obreros frustrados, especialmente entre los jóvenes. La historia de cada uno, aunque posee detalles particulares de la persona, siempre posee matices similares. «Yo quisiera estar desarrollando mi ministerio dentro de la iglesia, pero los líderes no me dan ningún tipo de apoyo». En la perspectiva de esta persona, su acceso al ministerio está bloqueado por aquellos que, por alguna razón, impiden que avance hacia su realización.

Si esta convicción fuera acertada, quisiera hacerle una pregunta: ¿qué posibilidades había de que José, que yacía olvidado en una cárcel egipcia, no siendo más que un insignificante esclavo, pudiera avanzar hacia algún proyecto personal y significativo? Descartemos, de entrada, que pudiera lograr alguna mejora en su situación por su propia acción. Ningún preso tiene posibilidad de mejorar su propia situación, salvo en los insignificantes detalles de la vida misma dentro de la cárcel. La ayuda que José necesitaba tendría que llegar desde afuera, pero ¿quién iba a acodarse de un esclavo hebreo que había sido condenado por tan poderosa persona como Potifar? ¡José había, literalmente, dejado de existir para el mundo!

Quizás usted capte lo absolutamente inútil que parece la situación de José. Así también parecen nuestras opciones en la vida cuando vemos que, por dondequiera que deseamos avanzar, nuestro camino parece estar bloqueado. A diferencia de él, sin embargo, es muy fácil que nos enfoquemos en aquellos que son los aparentes responsables de nuestra frustración. Comenzamos a albergar en nuestros corazones sentimientos de resentimiento y enojo hacia ellos. De no ser por la actitud mezquina que ellos demuestran, seguramente nosotros podríamos estar en una situación mucho mejor que la presente.

Permítame expresar en una frase el principio que el texto de hoy nos revela: el que abre y cierra las puertas de la oportunidad es el Señor. Ningún hombre puede detener su accionar cuando él ha decidido ubicar a uno de sus hijos en algún lugar de responsabilidad dentro de la iglesia, la empresa, o el lugar donde llevamos a cabo nuestra labor cotidiana. Podríamos languidecer en una cárcel, olvidados para el mundo, mas cuando Jehová pone sobre nosotros sus ojos, nadie puede detener el avance de nuestras vidas. No cometa el error de creer que existe alguien sobre la faz de la tierra que posea este mismo poder. Solamente el Señor crea las oportunidades que necesitamos para avanzar a la plenitud de sus proyectos.

¿Cuál debe ser, entonces, nuestra actitud? No debemos atacar a quienes no tienen la autoridad final de lo que pasa en nuestras vidas. Ellos poseen las mismas limitaciones que nosotros. Más bien hemos sido llamados a esperar el tiempo de Dios, aquel momento en que llega un mensajero del faraón para llevarnos delante de príncipes y gobernadores. Mientras tanto, imitemos a José: seamos los «prisioneros» ejemplares en el lugar donde nos encontramos hoy.

Para pensar:

Cuando Dios se detiene, nadie lo puede mover.

Cuando Dios se mueve, nadie lo puede detener.



Pureza de ojos

Pureza de ojos

Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen? Job 31.1

Por Christopher Shaw

¡Qué interesante la frase que utiliza Job para describir su deseo de no pecar con los ojos! Nos permite entender que el patriarca tomó, en algún momento de su vida, una decisión conciente de guardar sus ojos para que no fueran instrumentos de iniquidad. A pesar de que él vivió en una época desprovista de la contaminación visual que, literalmente, abruma nuestros ojos en estos días, igualmente sentía el peligro de reposar la vista en aquello que no le convenía.

Si sabemos que el pecado realmente es una condición que afecta nuestros espíritus, pareciera innecesario disciplinar los ojos para que no nos lleven por el camino del mal. Job, sin embargo, entendía que los ojos son las ventanas por las que entran aquellas imágenes que afectan la condición del corazón. De hecho, si consideramos por un instante la manera en que se mueve el ser humano entenderemos cuán vital es la función de los ojos. Las personas que tienen negocios invierten mucho tiempo y dinero en revestir las vidrieras, pues una fachada atractiva ganará clientes. Si nos acercamos a alguna librería que vende revistas, podremos observar con cuánto cuidado han sido elaboradas las tapas de cada publicación. En realidad, la tapa es uno de los elementos decisivos en la venta de la revista. Del mismo modo podemos detenernos a pensar en el esfuerzo que se invierte en lograr diseños atractivos en autos, electrodomésticos o folletos de turismo. Todo esto apela al profundo aprecio que tiene el ser humano por la belleza.

Los ojos, como todo lo que ha sido contaminado por el pecado, también pueden ser el medio por el cual se siembra el pecado en nuestros corazones. Estamos rodeados por imágenes seductoras que apelan a deseos profundos que ofenden a Dios. El salmista se lamentaba por la condición de los impíos, de los cuales observaba: «Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón» (Sal 73.7). Es decir, echan mano de todo aquello que codician sus ojos, sin medir las consecuencias de sus actos.

La Biblia nos invita a disciplinar nuestra vista para que podamos usarla dentro de los parámetros que Dios ha establecido para una vida de pureza. David pide al Señor: «Aparta mis ojos para que no se fijen en cosas vanas; avívame en tu camino» (Sal 119.37). Del mismo modo el autor de Proverbios anima: «Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante» (Pr 4.25). En el Nuevo Testamento el apóstol Juan identifica al deseo de los ojos como uno de los grandes peligros que enfrenta al hijo de Dios. «No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo», advierte. «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida- proviene del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2.15–16).

Publicado por Pastor: Damian Ayala

Peligro de intoxicación

Peligro de intoxicación

Por Christopher Shaw

El crisol es para la plata y el horno para el oro, y al hombre se lo prueba por la alabanza que recibe. Proverbios 27.21 (NVI)

El proceso de purificar metales preciosos no es muy complejo y ya era conocido en tiempos bíblicos. El metal, que en su estado natural está mezclado con toda clase de impurezas minerales, es sometido a un intenso proceso de calentamiento. El calor producido por el fuego hace que los elementos, que poseen diferentes puntos de fundición, se separen para que quede aislada la plata o el oro puro.

La ilustración, del autor de Proverbios nos ayuda a entender cómo un proceso similar de purificación ocurre en el hombre. Es muy fácil para cada uno de nosotros confiarnos de nuestra propia capacidad para efectuar una evaluación acertada del verdadero estado de nuestro corazón. El mismo autor realiza una pregunta para la cual todos conocemos la respuesta: «¿Quién puede decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» (Pr 20.9 – LBLA). Es imposible que el hombre purifique su propio corazón, especialmente en lo que se refiere al tema del orgullo y la humildad.

El texto de hoy nos da una solución más confiable. Una buena manera de saber la clase de persona que somos o son aquellos con quienes estamos trabajando es medir su reacción frente a la alabanza. Al igual que las más severas pruebas, la alabanza tiende a sacar a la luz las motivaciones y actitudes escondidas en lo más profundo del ser humano.

Existen dos posibles respuestas, frente a la alabanza, que deben preocuparnos. La primera es la persona que se hincha de importancia y cree que sus logros son producto de su propia fuerza e inteligencia. Esta persona está transitando por un camino peligroso porque se ha olvidado que todo lo que tenemos y somos es el resultado de la generosa bondad de Dios hacia nosotros. Lo nuestro no tiene mérito porque todo lo que es bueno y justo procede de lo Alto. «No puede un hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo» (Jn 3.27). Jesús nos recordó claramente esta verdad cuando contó la parábola del siervo que había servido fielmente a su amo, no solamente en el campo, sino también en la casa. ¿Acaso debía el amo darle las gracias por lo que había hecho? La respuesta del Maestro fue clara: «Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos”» (Lc 17.10).

La otra reacción que debemos cuidar es la de la persona que es excesivamente «humilde» y rehúsa reconocer que ha tenido parte en el éxito de algún proyecto. Sospecho que esta actitud revela una extraña manifestación del orgullo, pues la falta de disposición a recibir los regalos que otros nos quieren dar también se debe a la altivez. La verdadera humildad sabe dar, pero también sabe recibir.

Corresponde, entonces, que agradezcamos el cumplido a quien nos lo haya ofrecido y luego se lo entreguemos a nuestro Padre, no sea que lo atesoremos en nuestro corazón. La mejor manera de manejar la alabanza es no dándole mucha importancia.

«Los orgullosos aborrecen el orgullo… ¡en los demás!». Benjamín Franklin.

Publicado Por Pastor Damián Ayala.


Totalmente inadecuados

Totalmente inadecuados

Por Christopher Shaw

Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Y su fe no se debilitó al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Romanos 4.18–19

Siempre resulta difícil para nosotros percibir la verdadera dimensión de las pruebas que enfrentaron los grandes héroes de la fe. En parte esto se debe a que no poseemos mucha capacidad de captar el sufrimiento de aquellos que están a nuestro alrededor. Pero tampoco nos ayuda saber cómo termina la historia, por lo que nos parece que su resolución es más sencilla de lo que en realidad fue.

El texto de hoy nos da una buena idea de la lucha que enfrentaba el patriarca. El Señor había prometido darle un hijo, además de anunciarle que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham, sin embargo, habitaba dentro de un cuerpo sumamente deteriorado. Quienes tenemos ya unos cuantos años de vida no necesitamos que otros nos den testimonio de esto. Basta con que nos miremos un momento en el espejo para encontrar evidencias del paso del tiempo. Como si esto no fuera suficiente, a diario sentimos las limitaciones físicas que vienen con el avance de los años. Nos agitamos con mayor facilidad. Tenemos que cuidarnos al levantar pesos, para no tener algún tirón en la espalda. Las comidas ya no nos sientan tan bien como en las épocas de nuestra juventud, cuando comíamos sin límite todo lo que se nos antojaba. Cuando intentamos leer la letra chica en el periódico, recordamos que nuestros ojos ya no enfocan con la facilidad de otros tiempos. Es decir, el paso del tiempo ha dejado sus huellas.

Por esta razón, cuando Abraham recibió la promesa de Dios de que iba a engendrar un hijo, no podía evitar mirar sus propias limitaciones para lograr este feliz acontecimiento. Al paso de los años se sumaba una vida de frustrados intentos para que Sara quedara embarazada. Hasta nos puede llegar a parecer que la propuesta de Dios es cruel y burlona. Debemos, sin embargo, recordar que este es el modo con que más frecuentemente obra el Señor. Parece deleitarse en escoger hombres y mujeres que no encuentran en sí mismos absolutamente nada que los inspire a creer que son las personas idóneas para la tarea. No pocos sospechan que el Señor ha cometido con ellos un grave error. ¿Cómo, por ejemplo, se puede escoger a un tartamudo para realizar una delicada tarea diplomática ante una figura tan poderosa como la del faraón?

No existe ningún error en el llamado, mi amado. Es por causa de nuestras debilidades que usted y yo hemos sido escogidos para servir a nuestro Dios, para que estemos obligados a depender enteramente de su gracia. Sentirse inadecuado, aunque produce sensaciones de temor y duda en nosotros, es la mejor condición para avanzar exitosamente en los proyectos de Dios. Debemos, entonces, imitar la fe de Abraham, que no tomó en cuenta su propia condición para juzgar la propuesta de Jehová. Y le fue contado por justicia.

 Para pensar:

¿Cómo reacciona cuando se siente inadecuado para la tarea? ¿Cómo puede convertir sus debilidades en escalones para el progreso?

Publicado por Pastor Damian Ayala.